Hoy la cristiandad celebra la fiesta de los fieles difuntos, en que recordamos a nuestros seres queridos que han partido. Hoy en Misa, el padre Guillermo dio un magnífico sermón de esperanza sobre la muerte.
Mientras nos dejamos convencer por el materialismo de que todo lo que existe es un puñado de células realizando intercambios químicos, y que cuando cesa la actividad celular, cesa la vida, la realidad parece indicar otra cosa. Aunque algunos simplemente lo atribuyan a procesos químicos.
Hoy, el padre Guillermo nos invitó a todos a ser como velas. Velas que se encienden, irradiando luz y calor hasta que se consumen. Me gustó.
Y me puse a pensar que algunos serán como enormes cirios pascuales, otros como velitas de cumpleaños. Pero no es importante el tamaño porque ambos, por el tiempo que tengan asignado, cumplirán su misión cuando estén encendidos, que será la de irradiar luz y calor.
Volví de Misa y me di una vuelta por los blogs de Hazte Oir. Y me encontré con dos bellísimos ejemplos de vidas que -como velas- irradiaron su luz y su calor hasta el último suspiro. Me refiero a Ana y a Julio.
No tuve la bendición de conocerles en vida, pero tengo la suerte de que parte de su luz y su calor me lleguen a través de los posts de homenaje publicados por la Redacción de HO y por José Carlos Muñoz.
En el día de los fieles difuntos, quiero unirme en la celebración de sus vidas entre nosotros, y en la alegría de su regreso a la casa del Padre.
Ana, Julio: gracias por haber irradiado vuestra luz y vuestro calor. Vuestro ejemplo ha tocado muchas vidas, hasta las de aquellos que -como yo- no llegamos a conocerles.
Que Dios los bendiga.





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