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La luz de Ana y Julio sigue brillando

Hoy la cristiandad celebra la fiesta de los fieles difuntos, en que recordamos a nuestros seres queridos que han partido.  Hoy en Misa, el padre Guillermo dio un magnífico sermón de esperanza sobre la muerte. 

Mientras nos dejamos convencer por el materialismo de que todo lo que existe es un puñado de células realizando intercambios químicos, y que cuando cesa la actividad celular, cesa la vida, la realidad parece indicar otra cosa.  Aunque algunos simplemente lo atribuyan a procesos químicos.

Hoy, el padre Guillermo nos invitó a todos a ser como velas.  Velas que se encienden, irradiando luz y calor hasta que se consumen.  Me gustó. 

Y me puse a pensar que algunos serán como enormes cirios pascuales, otros como velitas de cumpleaños.  Pero no es importante el tamaño porque ambos, por el tiempo que tengan asignado, cumplirán su misión cuando estén encendidos, que será la de irradiar luz y calor.

Volví de Misa y me di una vuelta por los blogs de Hazte Oir.  Y me encontré con dos bellísimos ejemplos de vidas que -como velas- irradiaron su luz y su calor hasta el último suspiro.  Me refiero a Ana y a Julio

No tuve la bendición de conocerles en vida, pero tengo la suerte de que parte de su luz y su calor me lleguen a través de los posts de homenaje publicados por la Redacción de HO y por José Carlos Muñoz.

En el día de los fieles difuntos, quiero unirme en la celebración de sus vidas entre nosotros, y en la alegría de su regreso a la casa del Padre.

Ana, Julio:  gracias por haber irradiado vuestra luz y vuestro calor.  Vuestro ejemplo ha tocado muchas vidas, hasta las de aquellos que -como yo- no llegamos a conocerles.

Que Dios los bendiga.

Paul Newman: muchísimo más que una cara bonita

Ha muerto un gran actor.  Y creo que una mejor persona.  Un hombre que con su belleza física cautivó a millones de mujeres de varias generaciones.  Y sin embargo, jamás hizo alarde de ella.

Un hombre con el que no compartía ideas políticas, por ejemplo, pero al que admiré profundamente por su generosidad y por su sentido de solidaridad para con la niñez, llegando a ser declarado “padre del año” por UNICEF.  Y porque supo convertir el dolor en ayuda.  Su  único hijo varón murió de una sobredosis de droga, y Paul Newman decidió transformar su dolor en una fundación de ayuda a jóvenes drogodependientes.

Creó la Fundación Scott Newman, en memoria de su hijo, con el objeto de prevenir la drogadicción a través de la educación.

Hace 26 años fundó una compañía de alimentos orgánicos, dedicada a fabricar aderezos y salsas para ensaladas, la Newman’s Own.  Los ingresos generados por la empresa, que se estiman en más de 220 millones de dólares desde la fecha de su creación, han sido donados a diferentes obras de caridad.  

También creó la fundación Hole in the Wall Camps, dedicada a brindar recreación terapéutica, y programas que enseñen a los niños afectados de graves enfermedades crónicas a ganar fortaleza interior, motivación y confianza en si mismos, a la vez que ganan control sobre su condición médica.  Todo ello, de manera gratuita.

Un hombre que,  a pesar de contar con un divorcio a sus espaldas, creía fervientemente en el matrimonio, y compartió los últimos 50 años de su vida con su esposa Joanne Woodward. 

Paul Newman al enterarse que su cáncer de pulmón era terminal, decidió abandonar el hospital donde se encontraba y regresar a su casa.  No pidió una “muerte digna”.  Evidentemente sabía que la única “muerte digna” es aquella que se afronta con la conciencia en paz, y rodeado del apoyo y cariño de los suyos.

En una entrevista realizada hace ocho años, Newman aseguró que su deseo era ser enterrado en el campamento Hole in the Wall de Connecticut (el primero que fundó) o que sus cenizas fueran esparcidas en el lago. Preguntado por qué, simplemente respondió  “Siempre admiré a los peces”.

Muchos lo admiramos a él.

Descansa en paz, Paul.