
Dice el viejo dicho que cuando uno menos lo espera ”la justicia tarda pero llega”. Eso es lo que algunos peruanos alegan cuando se enteran del fallo condenatorio a Alberto Fujimori por crímenes de lesa humanidad.
Fujimori, de 70 años, fue sentenciado a 25 años de pena privativa de la libertad al ser encontrado responsable de los delitos de homicidio calificado, lesiones graves y secuestro agravado, los que se suman a la primera condena de seis años por el allanamiento de la casa de Trinidad Becerra, esposa del ex asesor de inteligencia Vladimiro Montesinos.
El presidente del tribunal, César San Martín, señaló que existen pruebas suficientes para considerar que Fujimori fue autor mediato de crímenes de lesa humanidad durante su gobierno en los casos La Cantuta, Barrios Altos y el secuestro del periodista Gustavo Gorriti y el empresario Samuel Dyer, por lo que permanecería en prisión hasta el 10 de febrero de 2032.
La autoría mediata fue planteada en 1963 por el jurista alemán Claus Roxin y propone sancionar al “autor detrás del autor” o a quienes tienen el “dominio del hecho”.
El concepto de Roxin, uno de los grandes juristas del siglo XX, considera como autor a aquel que, sin obrar por sí mismo, utiliza a otras personas como instrumento para cometer el delito.
Como precedente, se puede considerar que esta tesis ya fue aplicada en los juicios de Nüremberg contra los jerarcas nazis y, posteriormente, contra la dictadura argentina de los años setenta.

Como ciudadano peruano sólo puedo decir que el tribunal que juzgó a Fujimori fue muy limpio en su accionar. Cada sesión de los más de 15 meses de juzgamiento fue realmente transparente. Todos los testigos traídos por la defensa, la parte civil y la fiscalía pudieron dar sus declaraciones sin mayor problema.
Para algunos Fujimori fue un gran presidente, para otros fue un verdadero martirio. Sin embargo las notas que haya sacado en su presidencia no cuentan verdaderamente a la hora del veredicto del tribunal. Los casos de derechos humanos son el punto de la discusión de hoy, salirse de ello es hacer político algo que nunca debiera salirse de lo estríctamente jurídico.





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