
Es mucha la intranquilidad que nos rodea. El desasosiego está en nuestro ánimo casi de forma permanente. Necesitamos que nuestro espíritu se serene y para ello hemos de abrir la puerta del alma a la humildad. Es triste y dolorosa la herida que produce, en el alma de toda persona, la refriega entablada en el seno de la sociedad; en ese conjunto de personas libres que decidieron unirse porque se necesitaban unos de otros y que cada día se necesitan más. Esa continua laceración a la que estamos sometidos por absurdos motivos que han tomado alguna especie de forma en el fuego de la vanidad, del orgullo y hasta de la soberbia, debe remitir hasta acabar apagado, hasta llegar a convertirse en ceniza por la delicada acción de la humildad. Necesitamos días de serena humildad en nuestras vidas; cuántos más mejor.
Es que la humildad tiene un valor muy grande. La humildad no es cosa de espíritus endebles, pusilánimes, quejosos y enfermizos sino de quienes con sencillez ponen toda su voluntad al servicio de los demás. Su afán es unir su esfuerzo al de todos los que laboran, de una u otra forma pero siempre con amor, por la paz en las almas, por el sosiego del espíritu de cada persona. Y también para asumir el error propio en aquello que se haya hecho mal o que se haya emprendido con falta de caridad para quienes no piensan como uno mismo. Ellos también forman parte de nuestra misma sociedad y hay que ofrecerles, de todo corazón, lo mejor del alma, la generosidad de la serena humildad para la que no hay vallas ni barreras.
Todo lo que tiene valor ha de ser descubierto y después mantenido y eso es lo que sucede con la humildad; que hay que descubrirla, hacerle sitio en el alma y mantenerla viva en su valor y hasta hacerla más rica cada instante de la vida. Ahora tenemos unos días en los que se invita a la reflexión, a la consideración de lo que ha venido siendo la dedicación de nuestros días y, para facilidad nuestra, se abren las puertas de nuestros templos para acogernos, en silencio, ante el Sagrario y también ante alguna imagen en la que se nos muestra algún detalle de la Pasión; tal vez nos venga bien que nos paremos ante el que nos muestra la Humildad y Paciencia del Señor porque habla de ello, de serena humildad y de paciencia llena de amor ante la adversidad, sin rencor hacia nadie, ni siquiera para los que nos hagan daño y hasta traten de aniquilarnos. Esa contemplación, serena y anima el espíritu.
Días, los próximos, en los que las puertas de nuestros templos se van a abrir para ofrecer a todos, en las calles de las ciudades y los pueblos, el máximo ejemplo que puede darse de generosa y serena humildad.
Días de alegría, satisfacción y devoción para las cofradías y para quienes quieran que su alma sienta la verdad del amor y lo expresen de alguna forma, cómo Pemán lo hacía en su poesía: A tus pies postrado; por tus dolores herido de un dolor desconsolado; ante tu imagen vencido y ante tu Cruz humillado…
Manuel de la Hera Pacheco
30 Marzo 2007






