El pasado sábado se celebró en Madrid una concentración contra la presencia de ETA en las instituciones. Una plataforma, liderada por un incansable paisano, volvía a convocar a los ciudadanos en la madrileña Plaza República Dominicana, conocida por el atentado de De Juana Chaos en el que murieron doce personas.
Miles de personas nos congregamos allí, a pesar del silencio mediático generalizado que ha habido sobre esta convocatoria. Viene siendo habitual cuando el convocante es Alcaraz, que no se doblega ante nada ni ante nadie.
Pero, ¿Estaban todos los que debían estar en Madrid? Una nueva traición a la nación española, una nueva evidencia de la negociación política con la banda terrorista y un nuevo atentado contra el Estado de Derecho. El escenario es aterrador y la situación no puede ser más grave. ETA volverá a gobernar cientos de ayuntamientos, podrá recibir subvenciones de millones de euros y tendrá acceso al censo electoral y a los datos personales.
Y sólo los de siempre volvimos a salir a la calle para protestar contra la decisión del Tribunal Constitucional que permite a los asesinos de las víctimas del terrorismo financiarse de las arcas públicas, del dinero de los contribuyentes. Completamente solos, con apenas medios de comunicación que respaldasen la concentración más importante de esta legislatura, y por supuesto, sin el respaldo de ningún partido político.
Toda España tenía que haber estado allí. Los más de 35 millones de españoles que están llamados a votar en las próximas elecciones, ajenos a este desolador panorama nacional, el sábado 14 de mayo continuaban con su rutina diaria. Pocas excusas caben para justificar la ausencia a la concentración del sábado. Seguro que todos estaban muy ocupados, paseando en el parque, disfrutando de un día de campo, viendo la película sin cortes publicitarios de la 1… Casi todos ellos, sumergidos en un profundo desconocimiento, esclavos de la ignorancia. Y los que conocen la realidad, prefieren vivir en la pasividad y el pasotismo, a protestar contra la presencia de ETA en las elecciones, que nos afecta a TODOS.
Hay quien dice “que ya son muchas manifestaciones”, que debemos ser cuidadosos con las veces que salimos a la calle; pero, ¿los terroristas cuidan las veces que salen a la calle? ¿Se plantean los proetarras no manifestarse porque “ya son muchas las manifestaciones convocadas”? Mientras los etarras no se preocupan por el número de convocatorias, hay quienes dicen que “ya están cansados de manifestaciones de las víctimas”. Yo también estoy cansado, pero de ver a España adormecida y con una actitud indecente e incoherente de los españoles.
Justo el día después de la bochornosa sentencia del TC, teníamos que haber tomado la calle y manifestarnos contra la peor sentencia que puede emitir un tribunal. Pero no, los españoles continuábamos en nuestra rutina como si nada hubiera pasado.
Volvemos a revivir el día de los difuntos de 1836, aquél en que las calles eran tomadas por la gente que en gran número se dirigían al cementerio. Pero vasto cementerio donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza, de un deseo, de una ilusión. La gente se movía para ver a sus difuntos, pero, ¿Qué difuntos? ¿No tienen espejos por ventura? Que se miren y observen su rostro, se detengan un instante y se analicen. Ellos son los muertos.
Aquellos a los que van a visitar, viven. Descansan en paz, tienen libertad, la única posible sobre la tierra, la que da su situación. No son presos y ningún jurado se atrevería a condenarlos. Hablan en voz bien alta y gozan de libertad. No conocen otra Ley que la de la propia Naturaleza, la que los ha puesto allí.
Son los propios españoles que, moribundos, miran extraños los movimientos contracorriente, ésos que contrarios al aborto, a la eutanasia y los que luchan por la memoria, la dignidad y la justicia de las víctimas del terrorismo, se enfrentan sin descanso al gobierno, pero con una mirada atónita de los ciudadanos que les rodean.
España es el cementerio. El silencio se apodera de las calles de España, el pasotismo y la ignorancia reinan las ciudades. Aparentemente, nada despierta el letargo de sus ciudadanos que parecen vivir alejados de la realidad. Sólo se escuchan algunas voces lejanas que claman por los derechos de todos los españoles.
Un abrazo.
Álvaro Ortega.








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