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La heroicidad de Erin Gruwell

Las películas sobre profesores enfrentándose a aulas repletas de alumnos rebeldes han sido un tópico que no pasan de moda. Quizás la mítica “Rebelión en las aulas” dirigida por James Clavell y protagonizada por Sidney Portier haya sido un molde en la realización de este tipo de películas. También es cierto que la misma realidad a la que se enfrentan millares de profesores hoy en día, en vista de la situación por la que atraviesa el actual panorama educativo español, daría para hacer centenares de películas. Lo que la distingue a “Diarios de la calle” es que es una historia real, basada en la propia experiencia de la profesora Erin Gruwell a mediados de los años 90.

Para Erin Gruwell, empezar su primer trabajo como profesora era como entrar a una zona de guerra. Ella era blanca y veinteañera en una de las peores escuelas de secundaria de Long Beach. En su primer día de trabajo le asignaron el aula 203, una clase con estudiantes de los cuales no se esperaba ningún éxito, destinada al fracaso, y con la supuesta intención de retenerlos hasta que la desidia y el abandono fueran haciendo mella. Una clase dura, racialmente dividida e infestada de pandillas, donde las peleas y asesinatos formaban parte de las vivencias de los propios estudiantes. Algunos de ellos no tenían hogar, y muchos provenían de familias desestructuradas con violencia intrafamiliar.

La administración esperaba pocos resultados por parte de la novata profesora. Es más, preveían que pronto acabaría renunciando a su tarea docente. De forma contraria, Growell se lo tomó como un reto profesional impresionante, y buscó el modo de penetrar en las vidas de aquellos jóvenes que tenía en sus manos y transformarlas. Sabía que la programación de la asignatura que impartía, Lengua y Literatura, no la iba a ayudar a conseguirlo, por lo que transformó sus clases en enseñar sobre la paz y la tolerancia, y hacer que todos aquellos chicos y chicas que tenía ante sí fueran descubriendo lo más importante de sus vidas: que eran personas con una proyección de futuro que no debían desperdiciar.

Bajo la inspiración de las lecturas que la profesora les ofrecía, los estudiantes de Gruwell empezaron a escribir sus propios diarios donde narraban sus experiencias personales. Para muchos de ellos esa clase era el único lugar donde cualquiera quería escuchar sus historias y podía compartirlas. Poco a poco esa clase se fue convirtiendo como una familia, donde acordaron darse una nueva oportunidad para poder empezar una vida de nuevo. Ellos se llamaron a sí mismos “Los escritores de la Libertad”, inspirados por las historias del original “Freedom Riders” quienes lucharon por la segregación y el prejuicio.

La joven profesora supo transmitir a sus alumnos que si ellos trabajaban juntos, podían conseguir cosas importantes. Al cabo del tiempo las historias narradas por este grupo de Escritores de la Libertad empezaron a viajar alrededor del país, recibieron premios y concertaron entrevistas en los medios de comunicación. Parecía algo increíble llegar hasta donde consiguieron hacerlo.

Reconozco que ver “Diarios de la calle” me impactó, provocándome una verdadera admiración hacia la protagonista de esta historia. Sin duda alguna, es todo un ejemplo de cómo hasta aquellos que parecen más perdidos son capaces de ser reconducidos a buen puerto cuando hay alguien que apuesta por ellos. Es verdad que cada uno somos hijos de nuestros padres, y producto de nuestra propia historia. Pero sobre todo, somos personas, y por ello nos merecemos la oportunidad de vivir como tales. También es cierto que, por desgracia, hay muchos que no llegan a buen puerto, porque les ha faltado alguien que haya puesto la suficiente confianza para ayudarles a navegar en sus propias vidas. Invertir en las personas… ¿qué mejor negocio?

Sinceridad de vida o marear la perdiz

Emili Avilés Cutillas

 

Sabemos que la preocupación desinteresada por los demás forma parte de la naturaleza humana. En estos días me han explicado, y he podido ver, múltiples experiencias de trabajos profesionales y de voluntariado, abiertos a las necesidades ajenas y sin un exclusivo beneficio personal o económico.

Considero que esta solidaridad de hombres y mujeres, que nace de la intimidad de cada persona, es punto de partida y excelente ocasión para el necesario reencuentro de gentes de diversa ideología, que no se conforman ni con la injusticia ni con la falta de libertad.

He sabido de jóvenes y menos jóvenes, sin miedo a que se les tilde ideológicamente por defender la dignidad de todas las personas; por proteger el entorno natural; por servir con desvelo a enfermos, marginados o ancianos; por entregar conocimientos y tiempo de una manera desinteresada, a fin de que la verdad, la lucha por el bien común y la igualdad de oportunidades tengan mayor relevancia en esta sociedad nuestra, a veces tan engañosa, individualista y pusilánime.

No puedo dejar de hablar de esto, por encima de tonteces partidistas o discusiones mezquinas, que nos alejan de lo básico: Poder servir con eficacia a la singularidad y dignidad del ser humano.

Y, precisamente ahora, que quien más quien menos se traslada de vacaciones a otros lugares, o regresa a casa, vale la pena recordar aquello de Chesterton, “todo lugar en la tierra es el principio o el fin, según sea el corazón del hombre”.

Para ello, evitemos valorar nuestros afanes de superación y mejora como utopías irrealizables, pues creo que pueden ser referencia para un más humano punto de llegada, personal y colectivo.

Así, con los pies bien en la tierra, buscaremos que los ideales de nuestro corazón nos faciliten la “libertad” de atarnos-obligarnos a nosotros mismos. Esa será muestra de verdadera coherencia y el aprecio sincero hacia quienes nos rodean.

Podremos entonces ayudar a solucionar los problemas, económicos, políticos, sociales y de relación de todo tipo, que nos van a acompañar, ineludiblemente, en la vida. Por eso, nos urge aprender con lo cotidiano, entrenarnos en las dificultades desde pequeños, aportar soluciones creativas y hacer rendir lo mejor posible los propios talentos.

En estos días, todavía de descanso para muchos, no tengamos miedo en revisar proyectos e intenciones. Consideremos con magnanimidad las próximas tareas que nos aguardan. Cada uno, desde nuestra respectiva responsabilidad, cooperaremos a la felicidad del prójimo si no nos hacemos esquivos con quien piensa diferente, si obramos con amplitud de miras. En palabras de Francisco de Vitoria, insigne humanista al que se considera fundador del Derecho internacional: “La amistad entre los hombres parece ser de derecho natural, y es contrario a la naturaleza el rechazar a hombres que no hacen ningún mal”.

Pues bien, llenemos la convivencia de conversación y de comprensión; con la alegría de compartir esfuerzos por el bien común; con la sincera tolerancia de quien tiene principios claros; con el respeto que evita prejuicios y falsedades. E insisto, dejemos de marear la perdiz con tonteces partidistas o de moda. Que nadie nos imponga una prefabricada “hoja de ruta”, pues ésta ha de ser personalísima e irrepetible,   que lleve a su plenitud nuestra condición humana y en la que cada una y cada uno veamos en conciencia el camino a seguir.

No matemos la dignidad

Oscar A. Matias

 

Somos muchos los que al volver de las vacaciones, y ante la pregunta qué tal han ido las cosas, solemos responder con un tono de nostalgia “muy bien… pero cortas”. De todas formas, al menos en mi caso, este verano no lo recordaré por los distintos planes de descanso que haya podido realizar. De modo especial, por este mes de agosto del 2008, las vacaciones serán recordadas por las olimpiadas, por la tragedia de Barajas y por la crisis que estamos atravesando.

Por lo que respecta a nuestro país, el terrible accidente y la fuerte crisis que nos acecha, son dos temas que nos unen a todos y nos tocan muy de cerca. Y a la espera de posibles soluciones por parte del gobierno, el reciente anuncio de la ministra sobre la ampliación del aborto ha desconcertado a muchos. Empezar el mes de septiembre con un anuncio de este tipo parece más una estrategia para desviar la atención de los problemas que realmente nos preocupan, que no un intento de conseguir la armonía y prestar verdaderas soluciones ante los problemas de los ciudadanos de este país. Tan inevitable como esperado, el debate ya está servido.

De este modo se ha abierto la brecha a una nueva batalla que librar. Podríamos considerarla una batalla a favor de la vida, de los niños, de la justicia… pero el problema que se plantea quizás sea más profundo. Se podría considerar que el problema nace por no apreciar realmente la dignidad que se merece el ser humano. Pero esta dignidad… ¿en qué se fundamenta?

La civilización romana tenía un aforismo que hoy en día posee aún plena validez: Homo sum, et nihil humanun alienum a me puto. Es decir: Soy hombre, por tanto nada humano me es ajeno. La dignidad del ser humano es el valor principal, a partir del cual se van configurando todos los demás valores relativos a la persona. Esta dignidad nos viene dada, ya sólo por el hecho de pertenecer a la especie humana, y es la que nos hace sujetos de derechos y deberes, y por encima de todo, de respeto.

Si se considera que un objeto tiene mayor valor en la medida en que sirve mejor para la supervivencia y mejora del ser humano, ayudándole a conseguir la armonía y la independencia que necesita y a las que aspira, entonces debemos considerar que el valor propio que posee la persona es supremo. Precisamente el valor que poseemos los seres humanos difiere totalmente del que poseen los animales o los objetos. Las cosas tienen un valor de intercambio, son reemplazables; sin embargo los seres humanos somos únicos e irreemplazables. Por ello, todo ser humano, es merecedor de respeto, por la dignidad misma que se merece. De esta forma también cabe afirmar que los hombres no deben ser utilizados y tratados como objetos, las cosas pueden usarse y manipularse, pero los hombres no. El respeto a la persona es la consecuencia de la dignidad que posee como tal. El filósofo Kant afirmaba que la dignidad humana es el valor supremo del hombre. Para este filósofo cada ser humano es un fin en sí mismo, y ningún individuo debe ser tratado como un medio.

Todos los seres humanos poseemos la dignidad propia que nos viene dada, que se deriva desde el primer inicio de nuestra vida, y resulta imposible perder esta condición, ya que es independiente del resto de los condicionantes a los que estamos sujetos.

Si esta dignidad humana tan sólo la basáramos en la capacidad de poder orientar la propia vida, y sólo fueran dignos aquellos capacitados de pensar y decidir, pensemos que no solamente el feto no puede dirigir su propia vida, sino tampoco el que duerme, el infante o el que está en coma, por lo que ellos tampoco serían dignos.

Si acabamos con la dignidad de la persona, iniciamos el proceso de destrucción de la especie humana.

Teresa de Calcuta, mujer grande

Oscar A. Matías

A raíz del conocimiento de las cartas escritas por la Madre Teresa de Calcuta, la prensa destacaba hace unos meses que había pasado por difíciles momentos de crisis de fe. Muchos artículos discutieron en su momento que la santa se había planteado asuntos como la existencia del cielo, o otros aspectos que interpretados del modo que se hicieron podrían cuestionar la santidad de esta mujer. Los juicios premeditados, junto a la carencia de objetividad, cuestionaron a una mujer que, diminuta de tamaño, ha pasado a la historia por ser una mujer grande.

Ya se han cumplido los diez años de su muerte, y hace unos días se presentó en la Universidad CEU San Pablo de Madrid el libro “Madre Teresa: Ven, sé mi luz” donde se recogen las cartas que durante más de setenta años la religiosa envió a un reducido número de confidentes. En total se publican cuarenta de estas cartas que reflejan con gran profundidad su vida en Calcuta. El padre Brian Kolodiejchuk, misionero de la caridad, es el artífice del libro, por lo que ha expresado en declaraciones recientes: “Decidimos publicar las cartas porque expresan su inmensa capacidad para afrontar las situaciones más difíciles, su fidelidad, su coraje y su alegría, prueba del grado de santidad que tenía”.

De este modo, después de las noticias publicadas en diversos medios sobre las incertidumbres de la santa, podremos leer exactamente a qué se refería sobre esta “oscuridad” por la que atravesó durante una etapa de su vida. Mientras algunos medios aprovecharon los escritos de Teresa de Calcuta para poner en tela de juicio su santidad, la lectura del libro confirma la heroicidad y ejemplaridad de vida que llevó la Madre Teresa. La lectura de las cartas refleja que, ciertamente, la santa vivió durante largos años una constante “oscuridad”, pero que nada tenía que ver con una falta de credibilidad hacia Dios o la existencia del más allá, sino que era fruto de una sensación de no ser amada, querida y apreciada. A esta sensación ella la denominaba la “dolorosa noche del alma”, que dio comienzo cuando comenzó a trabajar con los pobres y que la acompañó a lo largo de su vida. Sin embargo las cartas reflejan que en ningún momento la santa puso en duda la existencia de su Creador, sino que esta experiencia la condujo a una siempre más profunda unión con Dios. Esta experiencia mística ya la atravesaron con anterioridad otros santos como Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Paúl de la Cruz o Juana de Chantal, entre otros.

La publicación de este libro servirá, de bien seguro, para aclarar las dudas que surgieron en su momento alrededor de esta gran mujer. Además el libro sirve para descubrir, una vez más, que Teresa de Calcuta realmente fue la “madre de los pobres”, y su gran compasión que sentía por aquellos que eran rechazados y despreciados, por los padres abandonados en residencias de ancianos, por los jóvenes solos y desatendidos por sus familias, y de manera especial por los niños no nacidos. Recordemos que, al recibir en 1979 el Premio Nobel de la Paz, la monja albanesa declaró: “Pienso que hoy día el más grande destructor de la paz es el aborto, porque es una guerra directa, una matanza directa, un asesinato directo hecho por la misma madre”.

Una de sus máximas preferidas era “servir a los pobres para servir a la vida”. El libro servirá para desdecir algunas interpretaciones erróneas sobre sus misivas, pero a la vez no deja de ser un buen baldazo de ejemplaridad en medio de la sociedad hedonista en la que nos encontramos. Y aún así, hay quienes tienen la osadía de no querer reconocerlo.