Me ha parecido muy interesante este artículo de Benedicto XVI sobre el asunto de referencia. Lo recojo del Semanario Alfa y Omega.
Creo que el liberalismo que merece la pena es aquel que puede entrar en un debate sereno con la fe cristiana, forjadora de la Civilización Occidental. Al mismo tiempo la fe debe dejar de ver a cualquier liberalismo como enemigo, ya que defender la libertad, es defender también la religiosa, amenazada hoy incluso en nuestra sociedad española.
Una lectura fascinante para el Papa La fe no se puede poner entre paréntesis
Una carta del Papa abre el ensayo que el senador Marcello Pera, no creyente, acaba de publicar en Italia, enMondadori: Perché dobbiamo dirci cristiani (Por qué debemos decirnos cristianos). Benedicto XVI, en su época de cardenal, debatió con él sobre la fe en la vida pública. Ahora, retoma ese diálogo. Reproducimos íntegra la carta, publicada el domingo en el Corriere della Sera, bajo el título: «El diálogo entre las religiones no es posible. La fe no se puede poner entre paréntesis. La multiculturalidad es un concepto contradictorio». La reseña crítica que hace del libro del senador Pera va titulada así: No hay liberalismo sin Dios. El cristianismo “chance” de Europa
Querido senador Pera: en estos días he podido leer su nuevo libro Perché dobbiamo dirci cristiani. Ha sido para mí una lectura fascinante. Con un conocimiento estupendo de las fuentes y con una lógica convincente analiza usted la esencia del liberalismo a partir de sus fundamentos, mostrando que a la esencia misma del liberalismo pertenece su raigambre en la imagen cristiana de Dios: su relación con Dios, de Quien el hombre es imagen y de Quien hemos recibido el don de la libertad.
Con una lógica irrefutable hace ver usted que el liberalismo pierde su propia base y se destruye a sí mismo si abandona este su fundamento.
No me ha impresionado menos su análisis de la libertad y de la multiculturalidad, en el que usted demuestra la contradicción interna de este concepto y, por tanto, su imposibilidad política y cultural. Me parece también de fundamental importancia su análisis de lo que pueden ser Europa y una Constitución europea en la que Europa no se transforme en una realidad cosmopolita, sino que encuentre, a partir de su fundamento cristiano-liberal, su propia identidad.
Particularmente significativo también ha sido para mí su análisis de los conceptos de diálogo interreligioso e intercultural. Explica usted con gran claridad que un diálogo interreligioso, en el estricto sentido de la palabra, no es posible, al mismo tiempo que cada vez urge más el diálogo intercultural que profundiza en las consecuencias culturales de la decisión religiosa de fondo. Mientras que, sobre esta última, un verdadero diálogo no es posible sin poner entre paréntesis la propia fe, en cambio hay que afrontar, en la confrontación pública, las consecuencias culturales de las decisiones religiosas de fondo. Aquí, el diálogo y una mutua corrección y un recíproco enriquecimiento son posibles y necesarios.
De la contribución de lo que todo esto significa para la crisis contemporánea de la ética, encuentro importante lo que usted dice sobre la parábola de la ética liberal. Explica usted que el liberalismo, sin dejar de ser liberalismo, sino, al contrario, para ser fiel a sí mismo, puede vincularse a una doctrina del bien, en particular la cristiana que es semejante a él, ofreciendo así verdaderamente una contribución a la superación de la crisis.
Con su sobria racionalidad, su amplia información filosófica y la fuerza de su argumentación, este libro es, a mi parecer, de fundamental importancia en esta hora de Europa y del mundo. Espero que encuentre una amplia acogida y ayude a dar al debate político, más allá de los problemas urgentes, esa profundidad sin la cual no podemos superar los desafíos de nuestro momento
histórico.
Agradecido por su obra, le auguro de corazón la bendición de Dios.
Suyo,
Benedicto XVI
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