José Antonio Marina, firme defensor de EpC, nos muestra hoy en El Mundo algunas de las razones que explican por qué debemos objetar a esta asignatura.
Tras una breve introducción afirma “El estudio obligatorio de los derechos humanos y de las normas básicas de convivencia no atenta contra la libertad de los padres. Son valores comunes que todos tenemos que respetar. Los padres olvidan que su derecho a educar, así como la libertad de conciencia y creencia, están protegidos por la Declaración de Derechos Humanos”.
Respecto a este párrafo poco hay que objetar. Si de verdad EpC enseñase los Derechos Humanos y las normas básicas de convivencia, sabemos que no habría ningún problema. El problema está en qué se entiende por esas “normas básicas” e incluso por los “Derechos Humanos”, ya que nuestro Presidente camufla su destrucción de la sociedad bajo el eufemismo de “nuevos derechos”.
En lo que se equivoca totalmente Marina es en decir que los padres olvidan que la legislación reconoce su derecho. No lo han olvidado como demuestra el hecho de que van a proseguir su heroica lucha acudiendo al Constitucional y al Europeo si hace falta.
A continuación, el Catedrático, tiene la inmensa caradura (perdonen Vds. pero no hay otra forma de hablar de esta incoherencia) de imponernos su particular concepción del origen de estos Derechos, “son derechos que proceden de una ética universal y laica, que las religiones han tardado en admitir”. Me parece muy bien (es un decir) que el sr. Marina opine así pero hay padres que opinan, y que saben, que el fundamento de los Derechos no puede ser otro que la común naturaleza del ser humano, que responde a un orden querido por un Ordenador. Me parece muy bien (es otro decir) que él considere que el origen de los Derechos Humanos sea “laico” (¿qué entiende por esta palabra?). Pero debe comprender que hay padres que opinan que las tradiciones religiosas también han aportado mucho e incluso más a la concepción de persona y a la consiguiente fundamentación de los Derechos Humanos. Debe entender que el papel de Vitoria y de la escuela de Salamanca y la disputa sobre las Leyes de Indias y el Derecho Internacional son para muchos el verdadero origen del debate sobre los llamados Derechos Humanos.
Parece que Marina sacraliza lo laico y desprecia lo religioso. Es una absoluta estupidez. Tampoco debemos caer en lo contrario. La tradición puramente laica (si es que existe) y la religiosa (si la hay) deben dialogar, enfrentarse con la razón, estudiar las consecuencias que han tenido sus teorias y vivencias y purificarse de esta manera de adherencias que no debieran haberse pegado a lo largo de la Historia. Razón y fe, cuando ambas son verdadesras, no están enfrentadas, sino que deben ayudarse mutuamente a hacer un mundo mucho más justo. La razón debe ayudar a la fe a purificarse de sus adherencias falsas pero también la fe debe ayudar a la razón a librarse de falsos raciocinios (ya lo puso de manifiesto Ratzinger explicándolo mucho mejor, claro)
Sin embargo Marina parece renegar de las tradiciones religiosas para creer que todo progreso ha venido solamente de un proceso que él denomina “laico”.
Afirma también que “la ideología de género -que no es más que la afirmación de que las diferencias entre varón y mujer son culturales, y no meramente biológicas- no figura en el currículo y, por lo tanto, no tiene nada que ver con la asignatura”.
Si eso sólo fuera la ideología de género nadie habría objetado por esta razón. Dicha ideología va mucho más allá, por ejemplo, en la concepción del matrimonio que deja de ser la unión de hombre y mujer para formar una comunidad de vida y amor para pasar a ser otra cosa completamente diferentes. Y que no esté presente en EpC es otra opinión de Marina que cualquiera puede contrastar leyendo los Manuales de la asignatura.
Por último señala “.¿Cómo no va a ser necesaria una educación en valores cuando las encuestas nos dicen que más del 40% de los españoles creen que no hay normas morales universales y que cada cual elige las suyas?”
Creo que nadie discute que haga falta una educación en valores. Pero lo que se discute es quién debe determinar qué valores reciben nuestros hijos, los hijos de cada uno. ¿Debe ser una mayoría parlamentaria, que por naturaleza es cambiante? ¿Me pueden mis vecinos obligar a enseñar a mis hijos una forma de ver el mundo que no es la mía? Si la soberanía propia del Estado lleva a que tenga la capacidad de definir esos valores estaremos cayendo en un Estado totalitario que adoctrina a los más indefensos y lleva sus meras opiniones a la categoría de religión oficial, eso sí, religión laica.
Muy acertada y ponderada me ha parecido, por el contrario, la opinión de Navarro Valls, que afirma que en el conflicto entre una competencia, la de determinar los contenidos de una asignatura, y un derecho fundamental, el de educar a los hijos en las propias convicciones, los 22 jueces de la deshonra del 2009, han optado por dar preferencia a la competencia del Estado.



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