Esta mañana he puesto la Radio antes de lo habitual y he conectado la Mañana de la COPE, en concreto la parte en la que intervienen “Los tres tenores”. Y he escuchado como uno de ellos parecía querer romper una lanza a favor de los especuladores.
Aunque ha reconocido que no tienen buena prensa ha expresado que los especuladores tienen su papel en esta economía y que si se hacen las cosas bien no hay que temerles. Eso sí, si las haces mal, los especuladores irán contra ti, lo que servirá comoseñal de alarma.
No quiero poner en la boca de un tercero palabras que no ha dicho o no ha querido decir. Sabemos que en las tertulias y con poco tiempo para explicarse podemos sacar de contexto frases pronunciadas con otra finalidad, pero me ha venido a la memoria en ese momento alguno de los pasajes del libro que estoy leyendo: “Qué significa ser conservador (en 15 lecciones)” de Russell Kirk, publicado por Ciudadela, libro que por su amenidad y buen juicio animo a leer desde este modesto blog (por cierto yo me he animado porque lo recomendaba la Fundación Burke).
En varias partes del libro señala uno de los principios elementales para lo que el autor denomina “conservadores” (ya sabemos que hay que tener cuidado con las etiquetas porque luego cada uno las interpreta como quiere): afirmar la existencia de un orden que debemos respetar. En concreto afirma que “el conservador cree en la existencia de un orden moral perdurable…que asume…el orden íntimo del alma y el exterior de la comunidad”.
El autor achaca las grandes calamidades del siglo XX al “derrumbamiento de la creencia en un orden moral”. Si no existe este orden moral, la única alternativa es defender lo que me conviene, mi propio interés, que sólo será limitado por la defensa de sus intereses que hagan otros, triunfando el que tenga un mayor poder.
Por tanto existe un orden que debemos tratar de descubrir y conforme al cual debemos actuar. Es ese orden que manda reconocer en cada ser humano a un ser humano y no tratarlo nunca como medio sino respetar sus derechos. Es un orden que permite condenar como antihumano a los regímenes nacionalsocialistas y a los comunistas, entre otros, por su totalitarismo y su desprecio a la dignidad de la persona individual y concreta.
Pues bien en la economía también debe respetarse ese orden. En consecuencia el único objetivo de esta llamada ciencia no puede ser la ganancia sin más referencia. Por ello los especuladores que se aprovechan de un mal momento de una empresa o de un país para enriquecerse sin dar un palo al agua, no deben admitirse, y el sistema debe diseñarse para tratar de eliminar sus efectos perversos.
Otra cosa es que a una empresa o país que hace mal sus deberes, el sistema le pase factura, cobrando unos mayores intereses por ser mayor su riesgo. Eso es razonable y permite que los mejores sean premiados y a los peores tener alicientes para mejorar.
Pero muy distinto es un conjunto de especuladores que traten de sacar beneficio de una situación, creando unos “trejemanejes” financieros que nada tengan que ver con la economía real y de mercado. Esos “trejemanejes” tienen que ser limitados por la dinámica de la economía, eso sí, cuidando que los medios para evitarlo no creen más problemas que aquellos que se quieren solucionar.
De esta forma señalamos un segundo principio que defiende Kirk, y que es que este mundo es limitado, que podemos irlo mejorando pero que jamás llegaremos a un paraíso en la tierra y que por ello lo mejor es conservar lo que nos han legado nuestros padres mejorándolo para cederlo a las generaciones futuras. Es lo que muchos ilustres pensadores españoles consideraban que era la misión de cualquier generación: recibir el testigo de la tradición recibida de sus mayores y cederlo mejorado a sus hijos.
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