Los que este pasado domingo hemos acudido a Misa habremos oido una vez más la sencilla frase “Dad al César lo que el del César y a Dios lo que es de Dios” que Jesucristo pronunció ante la pregunta trampa que le formularon sus enemigos.
Muchas líneas de grandes sabios han glosado esta frase. Por mi parte no quiero entrar en temas teológicos pero sí hacer brevemente una reflexión sobre la misma.
En las últimas décadas al oir esta frase y los comentarios sobre la misma, en la mayoría de los casos el acento se ponía en la parte del “César” para justificar que la Iglesia no debía interferir en los asuntos meramente temporales. Pocas veces se comentaba la parte referida a Dios.
Se me ocurren dos razones: la primera, evitar un exagerado intervencionismo jerárquico en asuntos meramente temporales; la segunda, que los cristianos teníamos un complejo de aupa sobre nuestras intervención en los asuntos públicos y sobre el papel de la fe y las convicciones morales en la vida de la comunidad, propiciada por la manipulación de los laicistas, que nos acusaban de ser enemigos de la libertad y de tratar de imponer nuestras convicciones, creándonos un complejo de culpa.
A pesar de los errores y excesos que históricamente pudieron darse creo que se debió más a la segunda causa que a la primera.
Hoy en día, donde el intervencionismo de la Iglesia jerárquica más allá de sus competencias espirituales, no es ya ni una tentación, se hace necesario insistir una y otra vez en la segunda parte de la frase de Nuestro Señor: “dad a Dios lo que es de Dios”
Porque hoy la sociedad y los individuos nos creemos autosuficientes y no queremos tratar de dar respuesta a los interrogantes fundamentales de la existencia humana. Porque hoy la tentación es la del Estado “asfixiador” (que se dice democrático) que trata de acabar con la libertad del hombre para dar una respuesta abierta al Bien, y trata de ahogarnos en la nueva religión del laicismo zapateril.
Es necesario saber que debemos dar en lo espiritual competencias a algo o a Alguien distinto del Estado. El Estado, el Gobierno, no es quien para entrar en las conciencias de cada uno. Si se predicaba tanta necesidad de separación, hasta el punto de negar la necesaria colaboración y presencia de las Iglesias y confesiones en la vida pública, ¿por qué ahora se trata de buscar una nueva unicidad y uniformidad promovida por una determinada concepción del mundo y que trata de obligarnos a pensar de una determinada manera tanto en lo temporal y mundano como en los espiritual y religoso?
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