Anoche, tras la alegría de la victoria de la selección española de fútbol en su partido contra Bélgica, tuve ocasión de ver el primer capítulo de una nueva serie de televisión, “Guante blanco”, que tanto nos anunciaron durante la transmisión del referido partido.
Y en ese capítulo apareció una joven menor de edad que se había quedado embarazada, y que no sabía qué hacer ante esa situación: si abortar o no. Puedo entender, por supuesto, la preocupación de la menor (porque no criminalizo a quien sufre), pero lo que me “conmovió”, lo que “quebrantó mi espíritu”, y no para bien, fue la acitud de sus padres: “si quiere tenerlo, la ayudaremos, y si no, también”. No sé qué ocurrirá en el siguiente capítulo, o en posteriores; no sé si abortará o no, pero lo que sí sé es que el planteamiento era una absoluta “abominación”.
Según la madre de la menor, si decidía abortar tenía que hacerlo cuanto antes, porque después lo pasaría peor. Y eso es cierto, porque hay una verdadera unión, en todos los sentidos, entre el niño y su madre; pero es que con esa afirmación se estaba reconociendo no sólo esa relación, sino la propia realidad de ese ser.
Sin embargo, fallaba una cosa: ella puede pasarlo mal, pero … ¿y el niño?, ¿quién piensa en el niño?, ¿quién piensa en su vida?, ¿quién le defiende?, ¿al niño ¡qué le den!
Hace unos cuantos años, cuando se discutía sobre la cuestión del aborto, había personas que incluso de buena fe pensaban que el embrión, el feto, no era un ser humano; creían que no sufría; creían que todavía no era una fase claramente humana, dentro de la evolución de la vida de ese ser. Pero hoy la ciencia ha demostrado que un óvulo humano fecundado, no es igual que el de un mono, por ejemplo, sino que tiene la especialidad de ser persona (obviamente).
Hoy la ciencia ha demostrado que el niño no nacido SUFRE, SIENTE, tiene forma humana desde las primeras semanas, tiene corazón y tiene cerebro. Y por eso el tema es mucho más grave; hoy ya nadie discute -si quiere ser sincero, y no argumenta sobre la base de los “tópicos” pasados-, que se trata de un ser humano que todavía no ha nacido, que todavía es dependiente (como también lo es el nacido, durante muchos años, y también lo es el ser humano con discapacidades, y también lo es el anciano que necesita ayuda, y también lo somos todos, de una u otra forma).
Sin embargo, les da igual; saben que es una vida humana, y aún así defienden el aborto; saben que es una persona (tiene hasta derechos hereditarios, que no podrá asumir, obviamente, hasta que nazca, pero los tiene), pero nadie piensa en él; saben que es un “niño” no nacido, pero lo que importa es si “decido” deshacerme de él, porque “no me conviene”, o simplemente “no lo quiero”.
La abominación hoy es terrible. Se trata de un ser humano en quien no se piensa, porque “la mujer tiene derecho a decidir”. Si eso es así, ¿Por qué no se permite matar al niño ya nacido? ¿Por qué no se permite matar al incapaz? ¿Por qué no se permite –de momento- matar al anciano? ¿Por qué no se permite, simplemente, matar a quien fastidia?
Todo esto sería de risa, si no fuera tan cruel. ¿Es que alguien puede pensar que una naranja no es naranja porque pende del árbol? Pues bien, pidiendo disculpas por la comparación ad exemplum, un niño lo es aunque esté “unido” físicamente a su madre. No se trata de un ganglio, de un músculo, de una vena, de un órgano, de un apéndice; se trata de una vida humana, ligada durante un tiempo a otra vida humana: la de su madre.
Y así las cosas, Valencia tiene el deshonroso placer de recibir en su puerto al “barco de la muerte”, al barco en el que se practican abortos, bordeando la legislación de los derechos nacionales, riéndose de ella, puesto que se atraca, se sube a las madres embarazadas, y se les practica el aborto en alta mar. Y no se trata de la comisión de un delito clandestino, a ocultas (pues todavía es un delito en nuestro derecho, aunque haya “algunos” supuestos despenalizados, no legalizados). En absoluto; se le da publicidad, se vanaglorian de ello, se ríen de los sentimientos de mucha gente, y se comunica “a bombo y platillo”, “con luz y taquígrafos”, que se ha hecho, que se está haciendo, y que se va a hacer.
En toda mi vida profesional, dedicada al derecho, he visto, oído, y vivido muchas cosas, muchas “barbaridades” a las que puede llegar el ser humano, consciente o inconscientemente; pero aunque a veces creo estar “curado de espanto”, no consigo acostumbrarme. ¿Qué razones hay para matar a un niño?, ¿qué razones hay para decidir entre la simple comodidad, o el simple deseo de la madre y la muerte de su hijo?, ¿qué justifica que el progresismo sea matar a los niños no nacidos?
Podría decir que es una cuestión de planteamiento, de puntos de vista, de argumentos. Pero no serviría de nada, porque no los hay; porque no les importa si tienen razón o no. Sólo importa “su derecho de elección” sobre la vida de otro, aunque ese otro sea un ser humano, un niño INDEFENSO, del que nadie, nadie (o casi nadie) se acuerda. Y digo además que no hay argumentos para defender el aborto, porque los defensores de tamaña vileza son además unos recalcitrantes HIPÓCRITAS (entre otras cosas, bastante peores): ¿por qué muchos proabortistas defienden también la eutanasia, con la excusa de la muerte “digna”, del “bien morir” (cosa absurda, pero es su argumento)? ¿Y a los niños, qué, que les den? Porque si su justificación es evitar el sufrimiento, ¿por qué hacen sufrir al niño no nacido?
¿Por qué tiene derecho a vivir la cría de cualquier animal, el brote de cualquier planta, y no tiene derecho a vivir un niño? ¿Qué está pasando? ¡Socorro! ¿Es que al ser humano ya no le queda ni un mínimo resquicio de dignidad?