Vamos por orden:
1.- Plan de Estudios de la Universidad Católica de Valencia.
Hace unas semanas, y buscando un buen Plan de Estudios en el que mi sobrina María pudiera encontrar una buena formación en Derecho, estuve consultando los distintos planes de las universidades de la Comunidad Valenciana. Y tuve ocasión de comprobar el Plan de Estudios de Derecho de la novísima Facultad de Derecho de la Universidad Católica de Valencia, San Vicente Mártir; y sentí, primero un gran cabreo, después un gran dolor, y finalmente sólo sentí tristeza. La Universidad Católica de Valencia ha “inventado” un sistema “estrictamente mercantilista”, “estrictamente materialista”, “estrictamente tecnócrata”, “estrictamente leguleyo”. Hace un par de años defendí públicamente (y lo publiqué en Paraula, periódico de la Archidiócesis de Valencia) a la Universidad Católica, frente a las opiniones, a mi juicio, equivocadas, del Rector de mi Universidad, de la Universidad Literaria de Valencia, sobre la improcedencia –según él- de una Facultad de Medicina en la Universidad Católica. Yo la defendí porque creo en la libertad y porque me parecía que eran imprescindibles los valores que podía aportar la Universidad Católica a la medicina de nuestro país. Hoy, considerando acertadas mis opiniones de entonces, no obstante me siento como si estuviera pisando “en falso”, porque la Universidad Católica de Valencia se ha olvidado de la formación propedéutica que ha de tener, NECESARIAMENTE, un jurista, si quiere cumplir con sus obligaciones jurídicas y éticas; se ha olvidado de la formación humanista que hizo de nuestros juristas anteriores, los precursores de un derecho prestigioso y evolucionado; se ha olvidado, nada menos, que del “utrumque ius”, esto es, del Derecho Romano y del Derecho Canónico, que han sido los pilares, junto a la filosofía griega, de toda nuestra civilización, y de toda nuestra historia; y por ello, de toda nuestra razón de ser.
La Universidad Católica ha “pasado” de formar juristas, en beneficio de formar meros gestores, meros técnicos, que manipulen el derecho persiguiendo fines estrictamente crematísticos, olvidando absolutamente su formación moral. Nada menos que se dejan la formación, en aras de la simple información; y después de haber olvidado el derecho romano y el derecho canónico, únicas materias que constituyeron el estudio del derecho en nuestras universidades hasta el siglo XIX, se acuerdan de una asignatura de filosofía del derecho, y de otra asignatura de deontología profesional, sólo en el último año de carrera (¿para qué, a esas alturas?). Si me lo llegan a jurar, si me llegan a decir que la Universidad Católica de Valencia hubiera hecho un Plan de Estudios de Derecho como éste, primero lo hubiera negado, y segundo, tras demostrármelo, me hubiera muerto de vergüenza. Los licenciados en Derecho por la Universidad Católica de Valencia sabrán del mercado, sabrán de hacer dinero, pero no sabrán de dónde bebe su profesión; en qué se basa el derecho civil, el derecho del ciudadano; por qué hoy tenemos un derecho tan evolucionado; por qué Europa puede tender a una unidad, en un derecho común europeo. No lo sabrán; pero sí sabrán pasar buenas minutas por un trabajo frío, vacío, superficial, y sin alma. No serán juristas, serán profesionales de la norma, técnicos, “meros aplicadores” de la ley vigente, sin tener el suficiente espíritu crítico (porque no les habrán enseñado a “pensar”) para enfrentarse a las leyes injustas, y cambiar el mundo, si hiciera falta.
2.- Manifestación del 17 de octubre en Madrid, en defensa de la vida, la mujer y la maternidad.
Voy a contar un cuento: resulta que el pasado sábado, 17 de octubre, como parece que yo no tenía nada mejor que hacer, se me ocurrió coger un autobús y hacer un viaje desde Valencia hasta Madrid para ir paseando por la ciudad, y quedarme en un “lateral” de la Calle de Alcalá (frente a la Cibeles), mirando cómo circulaban los manifestantes a favor de la vida. Esto es lo que ha dicho la empresa Lynce, contratada por el gobierno español, para cuantificar el número de manifestantes; y es que realmente es un lince, ya lo creo. Resulta que en Madrid había 55.000 personas en la manifestación, pero que luego llegó hasta 66.000, porque algunos que estaban mirando, acabaron por incorporarse. Son listos estos tipos, ¿verdad? Claro, claro; yo era uno de esos; yo estaba mirando (eso sí, con pancartas, con camiseta en defensa de la vida, con banderas a favor de la maternidad), y resulta que llegó un momento en que como no tenía nada mejor que hacer (ya digo que se me ocurrió hacer 360 kilómetros de ida, y otras tantos de vuelta, en el mismo día), pues me incorporé a la manifestación. Listos los de Lynce, cómo no, muy listos; y ¡muy vendidos! también. Pero cómo no van a ser así, si hasta la “miniministra” (lo digo por sus pocas primaveras de edad, a pesar de su “graaan” inteligencia y formación) nos da lecciones de “moralidad”. Aído, ¿tú sabes lo que es, eso? Entre linces, y moralistas materialistas, estamos “apañaos”.
3.- El Tribunal Supremo o el Supremo Tribunal, “Amén”.
Ahora resulta que Carlos Dívar, presidente del Tribunal Supremo, nos quiere enseñar derecho; y para enseñarnos derecho, nos dice que en temas de “derechos fundamentales” el Tribunal Supremo “unifica doctrina”. Pero es que para elegir a señores como éste, ¿hacía falta tanto tiempo? Porque si resulta que Dívar era “conservador”, pero de tal competencia que hubo “consenso” entre los partidos mayoritarios para su nombramiento, ahora qué hemos de decir cuando no se sabe lo que es, y no parece que tenga mucha “auctoritas” (si Montesquieu viera esto se moriría por segunda vez, pero ahora de risa, porque no era español; si lo fuera, se moriría de pena). Porque es cierto, Sr. Dívar, que la lengua no tiene hueso, pero de ahí a decir que en temas de derechos fundamentales el Tribunal Supremo es Dios …, tiene tela. Porque entonces, ¿para qué está la Constitución Española, que recoge en su art. 10.2 que “Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las materias ratificados por España”? Si el Tribunal Supremo es Dios, ¿para qué está el Tribunal Constitucional? Si el Tribunal Supremo, con su presidente al frente, se cree Dios, ¿para qué está el Tribunal Europeo de Derechos Humanos? Y por último; en cuestiones como la Educación para la Ciudadanía, ¿para qué está la propia conciencia? O es que el “consensuado” de Dívar va a unificar doctrina, esto es, va a unificar a golpe de su “¿santa? voluntad”, mi conciencia con la de Zapatero. ¡¡¡Dios, no, eso no, por favor; antes la hoguera!!!.



La verdad es que el panorama es desesperante, pero precisamente por eso no podemos callarnos. Es importante difundir estos mensajes.
Tienes razón, María, mucha razón. Por eso, con la ayuda de Dios, hacia atrás no iremos ni para tomar impulso.