300, 510, 3.000, 50.000

300 eran los espartanos que defendieron junto a su rey Leónidas el paso de las Termópilas frente al inmenso ejército victorioso de Jerjes. Con su heroica resistencia dieron tiempo al resto de los griegos a que se reorganizaran, y luego consiguiesen derrotar  a los persas. Las libertades y la cultura griegas se vieron a salvo de la tiranía oriental y pudieron ser la raíz primera de la civilización occidental.

510 eran los españoles con los que emprendió Hernán Cortés la conquista de México frente al poderosísimo y pujante imperio azteca. Con su audacia, consiguió unir a todos los pueblos oprimidos por los aztecas, hacer dudar a éstos y finalmente liberar a los mexicanos de la opresión y el sufrimiento que le ocasionaban las sanguinarias religiones paganas, el imperialismo azteca y las continuas guerras y sacrificios humanos que ambos originaban. La paz que siguió duró 300 años, durante los cuales México fue la parte más próspera y ordenada de toda América.

3.000 eran los pilotos de la RAF se enfrentaron a la Luftwaffe alemana en la Batalla de Inglaterra. Consiguieron detener la ofensiva de Hitler, salvaguardar las libertades de los británicos de la tiranía nacional-socialista, y en último término hacer posible la vuelta de la libertad a toda Europa. Como dijo Winston Churchill “nunca tantos debieron tanto al sacrificio de tan pocos“. 

50.000 (y subiendo) somos ya los objetores de conciencia españoles a la mal llamada “Educación para la Ciudadanía”. Tenemos en contra toda la fuerza coactiva del Régimen, sus esbirros mediáticos y sus colaboradores (compañeros de viaje o tontos útiles, según zonas) de buena parte del PP. Pero no importa. Somos ya 150 veces más numerosos que los defensores de las Termópilas. 100 veces más que los conquistadores de México. 15 veces más que los defensores de Inglaterra. Y, como ellos, vamos a salvar las libertades occidentales de la barbarie y la tiranía.

El mejor economista, el Papa

 No lo digo yo, sino nada menos que el Financial Times en su portada de hoy: Shortsighted: how economists (but the Pope) failed to predict the catastrophe . En este artículo, muestra como los mejores economistas del mundo fueron incapaces de predecir el cataclismo financiero que hoy vivimos. Sólo un experto supo anticiparlo, como ha recordado el ministro italiano de Hacienda: el entonces cardenal Joseph Ratzinger.

En una conferencia dictada en 1985, titulada “Economía de Mercado y Ética”, el cardenal Ratzinger exponía cómo todo sistema económico depende en última instancia, no de leyes inmutables, sino de la libertad de acción de las personas que interactúan en él. Y por ello, concluía que Se hace evidente en la historia de la economía que la conformación de los sistemas económicos y su vinculación con el bien común depende de una cierta disciplina ética que a su vez sólo puede emerger y obtener su aliento vital de las fuerzas religiosas. A la inversa, también comienza a evidenciarse que la declinación de tal disciplina puede provocar el colapso de las fuerzas del mercado.

Hoy sabemos que el actual Papa tenía razón: la economía financiera mundial se ha colapsado precisamente porque muchos financieros de todo el mundo han abandonado los códigos tradicionales de conducta de la banca para incurrir en fraudes masivos y riesgos temerarios. La cuestión que se plantea es ¿por qué pudo acertar alguien que reconocía no poseer el criterio económico necesario con un diagnóstico que escapó a los más brillantes economistas del mundo?

La explicación es sencilla: porque abandonó explícitamente las recetas laicistas. Frente a las doctrinas de quienes, desde la política o la economía, reivindican e incluso imponen manu militari la separación entre los decisiones económicas y la moral religiosa, Ratzinger nos recordaba que el hombre es un ser libre y moral. Sólo desde la integración armónica de religión y técnica económica es posible construir un sistema económico ordenado y justo. No es el primero que lo hace. Muchos de los grandes economistas, desde los pioneros de la Escuela de Salamanca al reciente premio Nobel Amartya Sen, pasando por Adam Smith y la Escuela Austríaca de Mises, Hayek y Rothbard, han estudiado la economía como una aplicación particular de la libertad humana y, por lo tanto, de la moral.

No quiero añadir más, sino que recomiendo encarecidamente la lectura del artículo de Benedicto XVI para entender los peligros que el laicismo, tanto en su vertiente capitalista impersonal como socialista, tiene para el buen funcionamiento de la economía y el bienestar de los más pobres. Sólo concluir mi entrada con las mismas palabras que acaba el artículo del Financial Times:

If only society had listened to the younger Cardinal Ratzinger more than 20 years ago – before, of course, it was reasonable to forecast he would be the next Pope.

(Si tan sólo la sociedad hubiese escuchado al joven Cardenal Ratzinger hace más de 20 años - antes, por supuesto, de que fuese razonable predecir que sería el siguiente Papa)

“Más Estado” sólo es posible con un Estado más pequeño

Con ocasión de la actual crisis económica, se ha afirmado repetidamente que la solución pasaba por “más Estado”. Algo de razón tienen, pues como hemos visto los fallos del Estado han tenido mucho que ver con el origen de la crisis, no sólo por exceso de intervención sino también por falta de supervisión y control. Es necesario que los Estados realicen un control más riguroso de la transparencia de las transacciones del mercado, el cumplimiento estricto de los contratos y también de la solvencia de ciertas entidades. Y ahí el Estado ha fallado estrepitosamente por falta de actividad y de energía.

Pero pedir una actuación mayor del Estado en la supervisión y policía de los mercados no significa que el Estado tenga que hacerse más grande. Todo lo contrario. Si el Estado no ha cumplido con sus obligaciones básicas ha sido habitualmente porque los gobernantes estaban muy entretenidos con otras cosas, dedicando su atención y nuestro dinero a multitud de asuntos en los que la acción del Estado estaba menos justificada, o estaba incluso contraindicada. Como dice el refrán “el que mucho abarca poco aprieta“.

Así, se da la paradoja de que la justicia y la seguridad funcionen con graves deficiencias, o de que el gobierno no tomase ninguna medida contra la crisis económica (e incluso la negase), mientras que el secretario general del Partido, José Luis Rodríguez, y sus ministros dedicaban casi todo su tiempo y su capital político a ministerios innecesarios como el de Igualdad o sin competencias como el de Vivienda; el Ejército se dedicaba a adquirir camiones de bomberos en lugar de blindados, y los gobiernos regionales se dedicaban a abrir pseudoembajadas mientras barrios enteros se caían a pedazos.

Incluso las corrientes liberales más consecuentes afirman que para que se desarrolle correctamente la libertad económica y social es imprescindible que el Estado cumpla ciertas funciones básicas, y que las cumpla bien. Y puesto que ahora no lo hace, lo lógico es que los gobernantes devolviesen a la sociedad la iniciativa en todas las actividades no imprescindibles, de modo que pudiesen concentrarse en las verdaderamente importantes.

Candidatos a reducción no faltan. A parte de los más obvios, como las subvenciones al cine, los sindicatos, los partidos y las asesorías, hay numerosos ministerios (y conserjerías autonómicas) superfluos.

El ministerio de igualdad es innecesario, al menos si funcionasen bien la policía y la justicia.

El Estado de las autonomías se diseñó en una época de ordenadores centrales (mainframes) caros, escasos y sin comunicación entre ellos. En la era de Internet, cuando un único servidor (como el de HO) puede prestar servicio a todo el planeta, muchas competencias que se descentralizaron en la época de la plumilla y los manguitos se podrían prestar de modo más eficaz centralizándolas en un único lugar (no necesariamente en Madrid). Cuando una función se mantenga transferida (como vivienda) lo que habría que cerrar es el ministerio central. Todo esto liberaría miles de funcionarios y decenas de miles de euros para reforzar el Estado donde hace falta.

Otro campo de mejora potencial es la educación. Después de las desastrosas leyes progres (de Franco y del PSOE, aplicadas por el PP), la educación no hace más que perder libertad y perder calidad, pero esta pérdida es mucho mayor en la enseñanza gubernamental que en la de iniciativa social. Los informes PISA muestran que los alumnos de la enseñanza social obtienen mejores resultados que la estatal, y tanto mejores cuanto menos sometida está a las infinitas y rigidísimas regulaciones estatales. Pese a ello, algunos gobiernos regionales como el andaluz y el extremeño se empeñan en reducir el tamaño del sector social. Si se otorgase mucha mayor libertad a los centros (y se reforzase el control de resultados), y se financiase equitativamente a la enseñanza social, la calidad de la enseñanza mejoraría, y muchos funcionarios titulados que hoy atestan los órganos centrales del Ministerio y las conserjerías autonómicas podrían ser mejor empleados en el control de las entidades financieras y la transparencia de la información a inversores y consumidores.

Ejemplos hay a cientos. Es cuestión de valor político.

Hace falta más Estado, mejor Estado, menor Estado.

6750 mileuristas trabajan como siervos para los palacios de Chaves y Touriño

 La prensa se ha hecho eco estos días de la emoción que Michelle Robinson de Obama ha debido sentir al entrar en la Casa Blanca como futura Primera Dama, y recordar que ese edificio fue construido por esclavos negros, como sus antepasados. A este lado del charco, no tenemos mansiones construidas por esclavos, pero sí presidentes regionales que se dedican a reformar palacios a todo lujo a costa del trabajo servil de miles de españoles.

Recientemente hemos conocido la noticia de que el presidente regional andaluz, Manuel Chaves, se gastará 52 millones de euros de los contribuyentes en reformar su palacio. Igualmente, hemos sabido que el presidente regional gallego, Emilio Pérez Touriño, se gastó 2 millones de euros de los contribuyentes en reformar su despacho. 

Hagamos unos sencillos números. Como hemos visto anteriormente, los mileuristas españoles viven en condiciones de servidumbre y aportan cada uno 8.000 euros de impuestos al año. Es decir, que para que los emires neofeudales de las taifas de Galicia y Andalucía vivan en el lujo, hay 6.750 españoles que trabajan de sol a sol, padecen de estrés y tienen dificultades para llegar a final de mes. Sólo para dotar de más lujo a sus palacios, Chaves y Touriño han reducido a la servidumbre a 6.750 españoles.

Y esto es muy grave. Los derroches de los nuevos señores tienen un impacto muy directo en la vida de cientos de miles de españoles, sobre todo de los menos favorecidos. Muchos jóvenes trabajan largas horas (más de 40 habitualmente) en condiciones precarias por unos 1.000 euros al mes (los mileuristas). Si están casados, como necesitan de los dos sueldos para poder pagar la casa y los gastos esenciales, no pueden pensar en pedir reducciones de jornada o excedencias para cuidar de sus hijos pequeños. De ahí que las españolas tengan menos hijos de los que querrían.

Imaginemos que unos gobernantes más amigos de la libertad que del lujo hubiesen dedicado esos 54 millones de euros a reducir a la mitad los impuestos que pagan 13.500 mileuristas. Habría 13.500 españoles que ingresarían 4.000 euros adicionales al año, y que además seguirían contribuyendo con un 25% de su renta a los gastos comunes de la Nación. Con ese dinero podrían hacer frente con desahogo a sus hipotecas, o bien pedir una reducción de jornada para cuidar a los hijos que ahora sí tendrían. 13.500 siervos habrían recobrado su condición de ciudadanos libres.

La mansión de los presidentes de los Estados Unidos se construyó hace doscientos años con el sudor y la sangre de docenas de esclavos. Los palacios de los políticos españoles se reforman hoy en día con el sudor y las lágrimas de miles de siervos españoles.

La Generalidad reparte siervos

  Como hemos visto en entradas anteriores, la condición de los asalariados mileuristas bajo el Régimen actual es muy similar a la de los siervos en la Edad Media. Y, como en la Edad Media, no es que se hayan convertido en esclavos del Estado. Eso sucedía en las tiranías orientales. En la socialdemocracia neofeudal, al igual que en el feudalismo, el presidente del gobierno (antes el Rey) puede otorgar un determinado número de siervos en señorío a otros señores de la nueva nobleza, que en algunos casos, a su vez, pueden volver a repartirlos entre sus hidalgos y nobles.

Si analizamos lo que cada mileurista siervo aporta a sus señores,  vemos que cada uno aporta 8.023 euros al año (calculando ingresos anuales después de SS e IRPF de 12.000 euros). Pero no todo este dinero va a pagar los gastos del Estado Central. Una parte es redirigida a los gobiernos regionales, y otra parte es distribuida, mediante subvenciones y mecanismos análogos, a unos cuantos grupos a los que el Partido en el gobierno quiere favorecer. Este proceso, por supuesto, también se repite a nivel regional, provincial (Diputaciones) y local (ayuntamientos).

A efectos prácticos, estos grupos que reciben dinero sin realizar ninguna función propia del Estado (no son concesionarios ni subcontratistas), están recibiendo el fruto del esfuerzo de un cierto número de siervos para su lucro particular. En términos medievales, diríamos que esos siervos les han sido dados en vasallaje por el señor, igual que los reyes concedían aldeas o lugares en señorío (con habitantes incluidos) a aquellos nobles que gozaban de su favor.

Fijémonos en un ejemplo: el Principado de Cataluña (antes condados de Barcelona, Urgel y otros). El Virrey de Cataluña (Presidente de la Generalidad), Honorable Jozep Montilla, entregó a la prensa catalana afín al Régimen la bonita cantidad de 17.631.657 euros en 2007. Si lo dividimos entre 8.023, encontramos que, en 2007, hubo 2.197 mileuristas que trabajaron forzadamente para lucrar a los empresarios catalanes de la prensa. 2.197. Que equivale, aproximadamente, a la población activa de un pueblo como Bagur (Gerona).

O lo que es lo mismo, que a efectos prácticos el gobierno tripartito regional ha convertido a los editores catalanes en Señores de Bagur, y a todos los habitantes de Bagur en siervos de los empresarios de la prensa. Afortunadamente, por ahora, los nuevos señores feudales se limitan a exprimir económicamente a sus siervos, sin restaurar otros malos usos como el derecho de pernada. Aunque al paso que vamos, igual lo restauran bajo el nombre de “clases prácticas de educación para la ciudadanía”.

Cataluña fue la última región de España donde se abolió la servidumbre, en tiempos de Fernando II el Católico. Gracias a los avances sociales que ha traído el progresismo laico-nacionalista, es una de las primeras donde esa venerable institución ha sido restaurada en mayor plenitud.