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II República: violencia e incultura sin libertad, ley ni democracia

Hoy se cumplen 80 años de la imposición al pueblo español de la II República. En contra de la leyenda rosa que se presenta habitualmente, y que nuestra casta política incluso ha adoptado oficialmente en la Ley de Memoria Histérica, la II República no fue un régimen legítimo y democrático de libertades. Lo que los hechos demuestran es que la II República fue un régimen antidemocrático, sin libertad ni imperio de la ley, y donde imperaban la violencia, la incultura y la discriminación. Repasemos los hechos.

La República nunca fue una democracia.

La monarquía de la Restauración fue una democracia entre 1875 y 1923. Una democracia aún imperfecta, pero no más que la mayoría de las democracias europeas de la época. Como consecuencia de la inoperatividad de los políticos de la época, el general Primo de Rivera estableció una dictadura entre 1923 y 1929, que se entendió siempre como una solución temporal para restaurar el orden. En 1930, la monarquía de Alfonso XIII emprendió el retorno a la democracia, con un plan que comprendía primero unas elecciones municipales y luego elecciones generales a Cortes que elegirían un gobierno democrático.

Este proceso de restauración de la democracia fue abortado por un golpe de Estado republicano que tuvo lugar el 14 de abril de 1931. Dos días antes habían tenido lugar las elecciones municipales, que según la informaciones de la época ganaron las candidaturas monárquicas por cuatro a uno, y que en cualquier caso eran meras elecciones locales. Sin embargo, los republicanos se ampararon en su victoria en las grandes ciudades para dar un golpe de Estado y exigir la entrega del poder por el gobierno monárquico. Éste se arrugó, con el Rey a la cabeza, y en lugar de defender la legalidad cedió ante los golpistas.

Como vemos, los republicanos no eran demócratas. Si lo hubieran sido, habrían esperado a las elecciones generales para proponer desde las Cortes el cambio de régimen. Pero no. Prefirieron dar un golpe de estado después de perder unas elecciones, cuyas actas “misteriosamente” desaparecieron ¿para no dejar pruebas?

Una vez en el poder, el gobierno golpista promulgó una ley electoral copiada de la ley fascista de Mussolini, que permitía la ganador de las elecciones tener una mayoría abrumadora en las Cortes. Ganaron las elecciones de 1931 y promulgaron la tiránica constitución que veremos más adelante. Cuando en 1933 las derechas ganaron las elecciones, los “demócratas” republicanos llegaron a dar otro golpe de Estado en 1934 para impedir el acceso al gobierno del partido más votado. Posteriormente, las elecciones de 1936, que se celebraron en medio de la violencia política, se saldaron con un pucherazo de las izquierdas, que manipularon descaradamente la asignación de escaños. “Curiosamente”, por segunda vez en unas elecciones sospechosas, las actas también desaparecieron. Por último, las Cortes del Frente Popular destituyeron ilegalmente al Presidente de la República, en lo que fue un nuevo golpe de Estado, aunque parlamentario.

Para que un régimen sea democrático se requieren elecciones libres y que la gran mayoría de la sociedad acepte el resultado, sea cual sea. Un régimen en el que la mitad de la clase política da un golpe de Estado cada vez que pierde las elecciones no puede ser considerado como democrático. Especialmente cuando tampoco hay libertad, como veremos ahora.

La República violó sistemáticamente las libertades.

Aunque un régimen no sea democrático, sí puede ser respetuoso con las libertades individuales y colectivas. Así lo fueron, por ejemplo, las monarquías españolas de la Edad Media y el Siglo de Oro. Pero la II República violó sistemáticamente las libertades de los españoles.

Bajo la República no había libertad de expresión. Nada más aprobarse la constitución de 1931, se impuso la Ley de Defensa de la República que suprimía la libertad de expresión. Los periódicos, cines y teatros padecían censura previa y podían ser cerrados por el gobierno. Los disidentes podían ser encarcelados o multados. Evidentemente, sin libertad de expresión no hay democracia posible.

Bajo la República no había libertad religiosa. El gobierno podía prohibir cualquier actividad religiosa, como de hecho hizo, sin ningún control. Igualmente, prohibió numerosas órdenes religiosas y robó sus bienes.

Bajo la República no había libertad educativa. El gobierno implantó un modelo educativo único y prohibió los colegios religiosos.

La República nunca respetó la Ley.

Un régimen puede ser antidemocrático y tiránico, pero al menos ser un Estado de Derecho, donde las leyes, aunque injustas, se apliquen y los ciudadanos que obedezcan al gobierno sepan que no les va a pasar nada. Pero la República ni siquiera era un Estado de Derecho.

El 10 de mayo de 1931, elementos de izquierdas comenzaron a atacar edificios religiosos y a las mismas personas de los religiosos. Un Estado de Derecho habría enviado a la Policía y a los jueces a defender a las víctimas de delitos, aunque fuesen adversarios del gobierno. Sin embargo, el gobierno dio órdenes a la policía de no aplicar la Ley. Antes de un mes de su proclamación, la república había dejado de ser un Estado de Derecho.

Y los sucesos de mayo de 1931 no fueron un hecho aislado. Sistemáticamente, los partidos de izquierdas se lanzaron a la violencia política y los gobiernos de izquierdas se negaron a aplicarles la ley. Y no se trataba de un problema de debilidad, porque cuando tras sufrir numerosos muertos a manos de terroristas de izquierdas algunos grupos de tendencia opuesta como la Comunión Tradicionalista o la Falange se lanzaron también a la violencia, fueron perseguidos eficaz e implacablemente por el gobierno. Un régimen en el que la ley se aplica a los adversarios pero no a los partidarios es un régimen sin Ley.

En la República se promovió la incultura.

La propaganda republicana siempre la ha presentado como un tiempo en el que la cultura floreció después de un atraso multisecular. Tampoco es cierto. El período de máximo florecimiento cultural español, la auténtica Edad de Plata de la cultura española, ocurrió durante el reinado de Alfonso XIII, donde estuvieron activas al mismo tiempo la generación del 98, la del 14 y la del 27. La resaca de esa época gloriosa alcanza a la República, cierto, pero también al régimen de Franco.

Pero lo cierto es que la primera medida de la República fue permitir la quema de la biblioteca de los Jesuitas de Madrid en la calle de la Flor (y la del ICAI), la segunda de España tras la Biblioteca Nacional, además de infinidad de obras maestras de la pintura, la escultura y la arquitectura.

Lo segundo fue el cierre de todos los colegios y escuelas católicos, con el resultado de que cientos de miles de niños se quedaron sin escolarizar (una versión salvaje de la LOGSE), y que muchos de los mejores intelectuales españoles tuviesen problemas para continuar su actividad por el hecho de ser religiosos.

Lo tercero fue la implantación de la censura, que nunca ha favorecido el desarrollo de la cultura.

Los intelectuales de verdadera talla en seguida se distanciaron de la República. Uno de los padres de la república, el filósofo José Ortega y Gasset, ya denunció los excesos y la degeneración del régimen en septiembre de 1931, en su famoso artículo “No es esto, no es esto”.

La República nació mediante la violencia, y la fomentó y aplicó desde el Estado.

Los republicanos dieron un golpe de Estado violento en 1930 desde Jaca, que fracasó, pero que ellos asumieron como precursor del régimen. El golpe de Estado de 1931 tampoco fue pacífico, aunque la falta de resistencia monárquica impidió que fuese violento.

Más adelante, los partidarios del régimen se lanzaron a la violencia política con el consentimiento y aprobación del gobierno, como hemos visto. La República fue una época terriblemente violenta. La violencia no cesó ni un solo momento de atormentar a los españoles pacíficos.

En el verano de 1936, el gobierno del Frente Popular, crecido ante la falta de resistencia, dio un salto cualitativo. No se limitó a enviar a las milicias de sus partidos a aterrorizar a sus adversarios, sino que, tras amenazarlo de muerte en las Cortes, envió a un grupo de policías de uniforme a asesinar a uno de los dos líderes de la oposición, José Calvo Sotelo. El 14 de julio de 1936, España había pasado además a padecer un Estado terrorista.

Hasta aquí la realidad del régimen republicano, sin entrar en las atrocidades que se cometieron después del Alzamiento del 18 de julio.

Y las críticas al régimen de Franco que la sucedió no atenúan, sino que agravan la condena que la nefasta República merece. La dictadura de Franco fue una consecuencia necesaria de los desmanes republicanos. Si la República hubiese sido simplemente un régimen caótico, pero de libertades, lo más probable es que la dictadura de Franco, como la de Primo de Rivera en los años 20, hubiese sido una “dictablanda” de entre cuatro y diez años seguida por una transición ordenada a una democracia más seria. Pero la República abortó el retorno a la democracia de la monarquía de Alfonso XIII para traer a España nueve años de horror y cuarenta de dictadura.

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Ceterum censeo infanticidii leges omnes esse delendas.

Y además, pienso que todas las leyes del aborto deben ser suprimidas.

Las causas progresistas del fracaso escolar (II)

En la entrada anterior, veíamos como el fracaso escolar se había disparado en España en los últimos años. Veíamos también que este aumento del fracaso escolar había sucedido inmediatamente después de que se empezase a implantar, desde los poderes del Estado y prescindiendo de la opinión de los padres, un modelo educativo que seguía todo los tópicos progresistas al uso.

Veíamos también en la entrada anterior como como el hecho de que el fracaso escolar ocurriese inmediatamente después de la implantación del modelo educativo progresista no era una fatal casualidad, sino una consecuencia lógica e inevitable de los defectos de ese mismo modelo: la escuela obligatoria, única, pública, laica, coeducativa, comprensiva, no jerárquica, no memorística, sin exámenes, integradora y no sexuada.

Comprobamos entonces como el modelo de escuela obligatoria y única conducía necesariamente a peores resultados académicos. Vamos a ver a continuación como los demás rasgos del modelo también conducen al fracaso de de una buena parte de los niños que tienen la desgracia de ser víctimas de él.

Empecemos en primer lugar, por la escuela pública. Aunque es cierto que la gestión por parte de los gobiernos de actividades de tipo económico o productivo ha demostrado siempre ser más cara y de menor calidad que cuando se prestan por organizaciones sociales (asociaciones, cooperativas, empresas etc.), los excelentes resultados de la educación impartida en los institutos nacionales de bachillerato españoles en el siglo que estuvo en vigor la ley Moyano podían hacer pensar que la educación, quizás, podría prestarse desde el Estado con la misma calidad que desde la sociedad. Sin embargo, las experiencias recientes, demuestran que la educación gubernamental en España tiene una calidad muy inferior a la educación social, y cada vez peor. De hecho, los informes PISA muestran como los conocimientos de los alumnos de la escuela gubernamental son cada vez más reducidos, mientras que los alumnos de la enseñanza social tienen resultados mucho mejores y mantenidos en el tiempo. Los alumnos que se ven obligados a elegir la educación gubernamental tienen todas las papeletas para no poder desarrollar plenamente sus capacidades intelectuales y personales. En este sentido, resulta interesante comprobar cómo los resultados de los colegios sociales concertados, son también algo inferiores a los de los colegios totalmente desligados de la financiación pública. Ésta diferencia entre colegios que, en muchos casos, pertenecen a la misma organización, es una clara muestra de que las recientes intromisiones del gobierno en la gestión de los colegios concertados (que cada vez más sufren servidumbres antes limitadas a los colegios públicos) han acarreado, como era de esperar, una degradación de la calidad de la enseñanza que reciben los alumnos. A cambio, eso sí, de que el gobierno de la tarifa respectiva les haga el ”favor” de financiar la mitad del coste de la enseñanza con una pequeña parte de los elevadísimos impuestos que pagan sus padres.

Si nos referimos al hecho de que la educación haya de ser, obligatoriamente y por imposición del gobierno, “laica” (esto es, anticristiana) destaquemos en primer lugar que, independientemente de los resultados académicos que tengan los alumnos, nos encontramos ante una gravísima violación de los derechos humanos. En concreto, la escuela “laica” vulnera los derechos a la libertad religiosa, a la libertad de enseñanza, a la libertad de cátedra, y a la elección de la educación moral religiosa de los hijos por parte de los padres.

Y encima, la escuela laizista ni siquiera consigue mejores resultados académicos que las escuelas religiosas. Dejando aparte a las madrasas islámicas, la mayoría de las escuelas religiosas del mundo son cristianas (o judías), muchas de ellas católicas. Si nos ceñimos, para simplificar, a las escuelas católicas, las hay que atienden a alumnos de todos los estratos sociales y en todos los países del mundo. Y, al contrario que las “laicas”, gozan de un gran prestigio en todo el mundo. En España, todos los informes muestran que las escuelas católicas (tanto totalmente libres como concertadas) superan en resultados a la antaño eficaz escuela nacional. Y lo curioso es que, pese a su carácter religioso, no suelen despertar los recelos de los padres que no profesan la religión católica. Familias de otras religiones, o sin ninguna, se esfuerzan para enviar a sus hijos a escuelas católicas; se ve que piensan que el riesgo de que se conviertan a una religión que (según esos padres) está equivocada es mucho menor que las ventajas que van a obtener de una formación humana y académica de calidad. De hecho, los únicos que ven con irritación la mera existencia de las escuelas religiosas, y que están dispuestos a usar todos los medios legítimos o ilegítimos para acabar con ellas, no son los padres sino los políticos laizistas, que seguramente prefieren una masa poco educada y poco crítica, pero atea, antes que personas educadas, cultas, libres y, en muchas ocasiones, religiosas.

La coeducación (chicos y chicas mezclados en todas las actividades y recibiendo exactamente la misma educación) puede ser una opción legítima para quien libremente la elija. Igualmente, puede haber casos (hijas únicas de madres solteras en grandes ciudades, por ejemplo) en los que el colegio sea la única oportunidad de que un niño convivan con niños del otro sexo. Ahora bien, si comparamos los resultados medios de la coeducación con los de la educación diferenciada (chicos y chicas en clases o centros diferentes y recibiendo las mismas enseñanzas pero con técnicas pedagógicas adaptadas a su sexo), vemos que los alumnos de la educación diferenciada consiguen resultados muy superiores, tanto los masculinos como las femeninas.

En próximas entradas terminaremos de repasar los estragos causados por las otras características del modelo educativo progresista, y propondremos alternativas para enderezar el curso de la educación en España que nos permitan ofrecer un futuro digno a nuestros hijos y nietos.

Fray Aristóteles y el político cristiano acomplejado

Hace pocos días, un veterano diputado del Partido Popular fue a ver al ermitaño Fray Aristóteles a su cueva junto al Monte Athos.

- Fray Aristóteles, tengo que tomar una decisión sobre mi actitud dentro del partido que será muy importante para el futuro de mi actividad en la política, y he venido a pedirte ayuda para ayudarme a decidir qué es lo que debo hacer, porque tú tienes fama tanto de santidad como de sentido común…

Fray Aristóteles le interrumpió:

-Perdona, hermano, pero ¿por qué hablas de la santidad y del sentido común como cosas distintas?

Puedo entender esa afirmación en boca de un político laicista que no cree en la santidad ni la comprende; puedo entenderla en un político progre que no cree en el sentido común, y puedo entenderla también en un político neoconservador que cree erróneamente que la santidad impide ser realista mientras se pasa el día proponiendo temeridades.

Pero no me lo esperaba de un dirigente de un partido que, al menos en teoría, dice inspirarse en el humanismo cristiano. Confusiones de este tipo son las que os llevan a hacer cosas que desconciertan a vuestros votantes y ofenden a Dios.

¿No te das cuenta, hermano, de que, puesto que existen Dios y la ley natural, y que la ley natural es obra de Dios, en realidad la santidad y el sentido común son dos manifestaciones de una misma virtud? Uno de los clásicos de vuestro Siglo de Oro lo expresó muy bien en uno de sus versos: Loco debo de ser, pues no soy santo.

El diputado puso gesto de asombro, hasta que tras unos momentos su cara se iluminó con una sonrisa de gran alegría.

-Muchas gracias, Fray Aristóteles. Ya me has aclarado la duda que venía a consultarte.

El mundo al revés

En todas las sociedades civilizadas de la Historia, la religión ha sido un asunto público y el sexo un asunto privado. La relación con la Divinidad (reconocida como tal, o a través de la figura de una pluralidad de divinidades) se articula a través de unas ceremonias o ritos en los que participa de un modo u otro la comunidad de los creyentes o subcomunidades definidas por ciertas normas. Asimismo, hay espacios públicos (templos, bosques o montañas sagrados, imágenes, etc.) donde los creyentes acuden a orar y ofrecer sacrificios, ya sea de modo comunitario y ritual o individual y espontáneo. Por otra parte, la relación sexual entre hombre y mujer siempre ha tendido a ser algo íntimo de cada pareja, que ha buscado la soledad del hogar o de sitios apartados. Han quedado en el lenguaje fórmulas que reflejan esta realidad, como la expresión “relaciones íntimas” o el dicho de que “un caballero es un hombre que no dice con qué mujer se acuesta”.

Por supuesto, la religión siempre ha tenido una dimensión de relación directa entre el creyente y la divinidad, pero los fenómenos místicos han sido habitualmente algo reservado a unos pocos, al menos con regularidad. Puede que la mayoría de los creyentes haya experimentado algún tipo de contacto místico una o dos veces en su vida, pero lo cierto es que la mayoría de sus interacciones con la divinidad han tenido lugar a través de la liturgia, es decir, del culto público.

Igualmente, el sexo siempre ha tenido alguna repercusión pública, tendente siempre a comunicar la creación de una nueva familia (el matrimonio), o en su caso a establecer la paternidad de un niño (el reconocimiento). Pero también en este caso la repercusión pública afecta a una mínima parte de la actividad. Un matrimonio sólo se casa una vez, y hay por el mundo millones de niños que no tienen padre reconocido, y más millones de actos puramente privados fuera del matrimonio que no han traído un niño a la luz.

La combinación de religión pública y sexo privado, concretada en diversas manifestaciones, ha acompañado al progreso del hombre desde la sabana africana hasta la era espacial. Las sociedades más equilibradas, sostenibles y civilizadas se han basado en ella. Y cuando se han desviado de ella (como los antiguos fenicios con la prostitución ritual obligatoria o los desenfrenados romanos de la época tardoimperial) ha solido ser en los momentos de decadencia previos a su desaparición.

Y ahora llegan los progresistas y tratan de convencernos de lo contrario. Pretenden emplear la fuerza coactiva del Estado para imponernos que la religión ha de ser una actividad puramente privada. Emplean su monopolio de los medios de comunicación y la fuerza coactiva del Estado sobre los centros educativos para hacer del sexo una actividad pública, ya sea a través de los programas de cotilleo, pornográficos o “granhermanos” o a través de Educación para la Tiranía y la publicidad institucional. Y, lo que es igualmente grave, emplean el poder del Estado (ya sea a través de la legislación o de sentencias judiciales) para dar carácter público a relaciones que las personas que las mantenían habían decidido libremente mantener en el ámbito  privado, como cuando se imponen obligaciones equivalentes a las del matrimonio a parejas que no se casaron, o cuando se equipara al matrimonio a relaciones sin trascendencia pública (porque no pueden fundar una familia, como es el caso de las parejas homosexuales).

 

Y aun pretenden convencernos de que esta antinatural organización de la sociedad constituye un avance respecto de los tiempos pasados. Queridos progres, por favor, no insistáis. Tenemos ojos en la cara.

Ante las elecciones europeas ¿votar a un partido parlamentario?

En una entrada anterior, enumerábamos cuáles eran las opciones que había para el voto en las elecciones europeas. Vamos hoy a analizar una de ellas: la de votar a un partido con representación parlamentaria.

Si analizamos cuáles de las candidaturas pueden ser aceptables para un votante que defienda los principios no negociables de Juan Pablo II y Benedicto XVI (defensa de la vida, libertad de educación, defensa de la familia, libertad religiosa y bien común), tenemos que descartar en primer lugar a los partidos oficiales del Régimen (PSOE, IU, ERC y BNG). Todos ellos han lanzado continuas agresiones contra la vida, la familia, la libertad educativa, la religiosa y la de expresión. Y, lejos de buscar el bien común, todos ellos han puesto en marcha medidas para favorecer económicamente a ciertos grupos privilegiados a costa de los demás ciudadanos.

Los partidos nacionalistas conservadores (PNV, CiU) o mediopensionistas (CC, PRC, PAR, etc.) han demostrado en general mucho más aprecio por el bien particular de sus regiones que por el bien común. Además, el PNV ha mostrado (como mínimo) una gran indiferencia por el derecho a la vida y la libertad de los vascos patriotas españoles. Por otra parte, tanto PNV como CiU han cercenado la libertad educativa cuando han estado al frente de los gobiernos regionales de sus respectivas regiones. En mi opinión, esto hace que ninguno de ellos sea aceptable como opción.

Tenemos también a UPyD. El partido de Rosa Díez ha traído gran frescura al panorama político, y está defendiendo sin complejos algunas cuestiones importantes, como la unidad de España y la igualdad de todos los españoles. Ahora bien, se ha posicionado en contra de casi todos los principios no negociables: el derecho a la vida (apoya el aborto), la libertad educativa (apoya activametne Educación para la Tiranía) y el derecho a la libertad religiosa (apoyo cerrado a numerosas iniciativas laizistas). Por todo ello, y aun reconociendo que puede ser una opción muy atractiva para quienes no compartan nuestros principios, me temo que alguien que defienda los principios básicos arriba mencionados no es una alternativa aceptable.

Nos queda el PP. Bajo el mandato de Aznar, y sobre todo el de Rajoy, el antiguo Partido Popular se ha ido enfrentando a los principios que un día lo inspiraron. Aunque en el último Congreso de Valencia las bases lograron impedir las pretensiones de la cúpula de Génova de eliminar las referencias al humanismo cristiano y a la defensa de la vida de los Estatutos y la ponencia política, lo cierto es que en la práctica son ignoradas o violadas todos los días.

El PP no sólo no defiende la vida, sino que la ataca: en época de Aznar se autorizó el descuartizamiento de embriones vivos para experimentar con ellos, no sólo no se derogó la ley del aborto del 85 sino que Rajoy afirma públicamente ser partidario de dicha ley, que “sólo” ha causado más de un millón de muertos. Además, las comunidades autónomas gobernadas por el PP (empezando por la de Madrid) dedican parte del dinero que nos sacan a los contribuyentes para financiar abortos.

El PP es tibio en la defensa de la familia. No se opusieron a la ley del divorcio exprés, que supuso la eliminación práctica de la figura jurídica del matrimonio  del ordenamiento español. Sólo presentaron recurso de inconstitucionalidad al homomonio después de que grupos de ciudadanos se manifestasen ante sus sedes, y no sólo no han vuelto a hacer oposición con el tema, sino que han colaborado en la represión de los ciudadanos que han actuado en defensa del matrimonio. Es cierto que algunos gobiernos regionales han aprobado iniciativas aisladas de apoyo a la familia, pero no se ve que respondan a una estrategia deliberada, sino que parecen más bien obedecer al trabajo de personas concretas relegadas al tercer o cuarto nivel de la organización del partido.

En cuanto a la libertad de educación, el PP tampoco ha sido muy beligerante en su defensa, de nuevo, salvando iniciativas aisladas. Han defendido la libertad lingüística en Galicia después de las movilizaciones de Galicia bilingüe, pero la cercenaron en los últimos gobiernos de Fraga, y no movieron un dedo para defenderla en Cataluña cuando el gobierno regional de CiU dependía de sus  votos. La postura ante Educación para la Tiranía ha oscilado entre el apoyo a los resistentes (Madrid) y la represión (Murcia), con grados intermedios variables (Valencia, Castilla y León). Y en general se han mostrado más beligerantes en defensa de los intereses de los empresarios de la enseñanza (conciertos) que de los derechos de los padres (cheque escolar, EpC).

En resumen, que mientras el PP no cambie no cumple los requisitos mínimos que lo diferencien del resto de partidos parlamentarios para un votante con estos principios.

De modo que me temo que la conclusión es muy clara. Como nos recordó en la manifestación en defensa de la vida y de las mujeres el teniente de alcalde socialista de Paradas, Joaquín Manuel Montero, todos los partidos del arco parlamentario están en contra de la vida. Ninguno de ellos, en mi opinión, se merece el voto de alguien que defienda los principios básicos.

(En próximas entradas repasaremos otras opciones: voto a partidos no parlamentarios y otras modalidades de voto)

Los coloquios del ermitaño Fray Aristóteles: el laicismo

Hay un monte en Grecia, llamado el Monte Athos, que es mundialmente conocido por el gran número de monasterios y ermitas que en él se ubican, hasta el punto de ser conocido por los cristianos ortodoxos como “el monte de los santos”.

No muy lejos de allí, en una cueva solitaria, vive alejado del mundo Fray Aristóteles, un ermitaño greco-católico. La fama de su santidad, de su simpatía y de su sencilla sabiduría han trascendido, y son muchos quienes se acercan a su cueva en busca de consuelo, de consejo, o simplemente de conversación…

Hace pocos días, un veterano político progresista llegó junto a la cueva de Fray Aristóteles frente al monte Athos. Era un alto cargo del PSOE, pero justo y honrado. Mientras esperaba a que el ermitaño terminase sus oraciones de la mañana, se entretuvo hojeando la edición del día de EL PAIS. Cuando salió el monje le preguntó:

-Fray Aristóteles, tú que te has separado de la sociedad siguiendo tu vocación religiosa, ¿no crees que la religión debería ser algo totalmente privado y estar totalmente separada del Estado?

-Has formulado bien tu pregunta, hermano. No me has preguntado si los sacerdotes y religiosos debemos tomar las decisiones políticas o influir en ellas, sino si la religión en su conjunto debería estar separada de las leyes. Porque dime, ¿no se basa el Estado en la existencia de unas leyes que todas las personas deben obedecer?

-Exactamente.

-Y para que un Estado funcione bien, ¿no deben obedecer los ciudadanos esas leyes voluntariamente, aunque personalmente no les convenga o no les apetezca?

-Claro.

-Y ahora dime. Si no fuese porque Dios mandó en el cuarto mandamiento obedecer a las autoridades ¿qué podría inducir a un ciudadano a cumplir una ley que no le gusta o que le perjudica? ¿Sólo el miedo a la represión?

El político agachó la cabeza y permaneció en silencio unos instantes. Poco después se rascó el cogote y musitó:

-Por eso todos los regímenes antirreligiosos se convierten en seguida en Estados policíacos: Fouché y la guillotina en la Revolución Francesa, la Gestapo y Auschwitz en la Alemania nacional-socialista, el KGB y los Gulag en la Rusia comunista…

Tras otro largo momento de silencio, levantó la cabeza, sonrió al ermitaño y le alargó su ejemplar de EL PAIS.

-Ten, Fray Aristóteles. Yo no voy a volver a necesitarlo nunca más y a ti te vendrá bien para encender el fuego.

Me han felicitado por San Isidro ¡en diciembre!

En España tenemos varios períodos festivos de varios días, y cada uno tiene su nombre. Está la Semana Santa (o Pascua, en singular), los Carnavales, la Navidad (o Pascuas, en plural) y las fiestas patronales (o “Fiestas” a secas). Cuando le dices a un soriano que irás a Soria “por Fiestas” ya sabe que te estás refiriendo a San Juan (semana del 24 de junio). Si se lo dices a alguien del Burgo de Osma, sabe que te refieres a la semana de San Roque y la Asunción (15-16 de agosto). Y si se lo dices a un madrileño, sabe que hablas de San Isidro (semana del 15 de mayo).

Pues bien, en estos días he recibido muchas felicitaciones. Bastantes me felicitaban por Navidades (“Feliz Navidad – Merry Christmas”), algo normal en diciembre, pero muchas otras me decían “Felices Fiestas”, o sea que felicitaban por San Isidro (que son las ”Fiestas”) cuando falta casi medio año.

Pensé quizás que se trataba de gente que no profesa la religión cristiana, pero deseché rápidamente ese pensamiento. Mis corresponsales musulmanes y judíos también me han felicitado por Navidad (alguno de los judíos, incluso por la Hanukká), de modo que no debe tratarse de un asunto religioso.

Puesto que la única explicación racional es que muchos de mis conocidos son muy previsores, no me queda sino agradecerles este alarde de previsión. Eso sí, no me ha llegado la felicitación de Navidad de ninguno de ellos: debió de perderse en el correo con el lío de la salida de vacaciones cuando me la mandaron en julio.

Y a mí, que no soy tan previsor como ellos, no me queda sino desear a todos mis lectores, a la comunidad de HazteOir y a todos los hombres de buena voluntad unas muy felices Pascuas de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.