Aunque el castellano, uno de los idiomas de España, no necesita defensa alguna, rompamos una lanza en recuerdo de alguno de los que escribieron en ese idioma.
Disfrutamos con el Marqués de Santillana y su vaquera de la finojosa, vibramos con las andanzas del Mio Cid, Ruy Diaz, leímos con fruición a Lope, a Quevedo, a su cordial enemigo Góngora. Vivimos un mundo tan posible como imposible con el militar manco que nos habló del ingenioso caballero de la mancha. Paladeamos a Delibes desde el rabo de su perro a la punta de su escopeta, desde Castilla la brava hasta las américas con su emigrante, desde sus niños de pueblo hasta el anciano de la hoja roja. Nos sentimos identificados con León Felipe, boticario como nosotros, con Laín médico y maestro.
El español ha dado unos frutos de tal magnitud que uno ya no puede responder si es el latín el que tiene que sentir envidia. Ovidio o Fray Luis, Calderón o Virgilio, no se. Los quiero a todos, pues son parte de mi día a día.
Mala la tengan aquellos que, en lugar de facilitar que los niños puedan disfrutar de ellos y de Moliere y de Shakespeare, les empequeñecen, haciendo que no sean capaces de leer más que un sólo idioma por su estrechez de miras. ¡Qué pena! En lugar de abrir puertas, las cierran. Uno de los idiomas que encierran el arcano de la cultura que refleja el poder creador de Dios, se pierde por no ver más allá del pago. ¡Déle Dios mal galardón!




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