El matrimonio  como relajo, por Miguel A, Espino Perigault

 

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Miguel Antonio Espino Perigault es periodista y profesor de la Universidad de Panamá.

Del  extraordinario cineasta Woody Allen recuerdo,  con frecuencia, escenas  fílmicas de las que quizá sean su  peor producción. Ésta, cuyo nombre olvidé, viene a mi mente cada vez que  alguien se refiere al  matrimonio como un asunto de libre reinterpretación o construcción, producto de ideologías novedosas. Y es de tal magnitud el fenómeno que éste  se plantea como una realidad por redefinirse y amenazada de desnaturalizarse.  Sus raíces etimológicas,  atadas a la “matrix”,  a la “Mater”  y al “casarse de una mujer” se pierden en las confusiones babélicas de los lenguajes ideologizados.

Tal  como lo han hecho los últimos Papas, y con mayor énfasis el actual,  Francisco,  se refiere al rescate del matrimonio y de la familia  como  las mayores necesidades de la sociedad de nuestros tiempos.

Pero, ¿Qué tiene que ver Woody Allen con esto? Pues, sucede que  la malísima película  de muchos  años atrás presentaba unas escenas que hoy parecen premonitorias  y hasta proféticas: Woody Allen exigía, con todo el confuso lenguaje que pudo utilizar, que se le permitiera unirse ‘en  matrimonio’ con  una cabra, para él, encantadora.

Protestaba, indignado, por la discriminación de que era objeto al no aceptársele el  pretendido ‘matrimonio’, entendido entonces únicamente entre un hombre y una mujer. No recuerdo cómo quedó el asunto. Pero, el problema tiene la misma raíz en  la concepción personal, irresponsable y egoísta de la libertad humana. Una concepción ajena a la correcta interpretación de la antropología y de la naturaleza.

En Holanda, hace un par de años, se fundó un partido político que pretendía (aunque no logró los votos de supervivencia),  establecer  la pedofilia como derecho de orientación  sexual. Su  reclamo se basaba en la supuesta discriminación contra las preferencias sexuales y con respecto a la propiedad sobre  su propio cuerpo. Estas son las sinrazones sobre las cuales se sustentan el aborto libre, la pederastia, la eutanasia, el ‘matrimonio’ entre personas del mismo sexo y la adopción de niños por esas parejas. ‘Casarse’ con una cabra va por la misma línea.

Y es que el matrimonio se ha tomado a relajo. Los movimientos políticos de género no se limitan a exigir reconocimientos legales civiles, sino el ‘casarse’ el varón con velo blanco y de novia, así como a redefinir el matrimonio, corrompiendo el significado original con el cambio de lenguaje. Al no poder cambiar la realidad, se cambia el lenguaje. Las palabras no se utilizan para designar la verdad, sino para ocultarla. La moderna Torre que se construye en la “Babel de Hierro”, la Nueva York de las Naciones Unidas, en donde  Woody Allen filmó la película que comentamos.

Gracias a Dios, resuena en medio de la algarabía babélica la voz del Papa Francisco en favor del matrimonio y la familia, que este año celebrarán un encuentro mundial por su rescate.

“Lo que a los pueblos les hace grandes”, por César Valdeolmillos Alonso

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada.

“Yo hago lo que usted no puede y usted hace lo que yo no puedo. Juntos podemos hacer grandes cosas…”

Madre Teresa de Calcuta

 

Tras toda una vida haciéndome preguntas a las que no termino de encontrar respuesta, una de las pocas cosas que tengo meridianamente claras, es que la vida es sagrada. Es lo único que tenemos, y solo prestada por un tiempo breve. Por eso, hechos como los recientes sucesos acaecidos en París, me conmueven y me entristecen, porque mi razón me dice que Dios, sea cual sea la religión desde la que se le invoque, no puede negarse a sí mismo y permitir que su obra, nosotros, los seres que nos llamamos humanos, aniquilemos, destruyamos o deshagamos en su nombre, a quien Él mismo creó a su imagen y semejanza.

Nadie, y menos en nombre de Dios, está autorizado a destruir su propia obra.

Asentado el principio de que la vida es sagrada por ser obra de Dios, y desde una creencia religiosa, no podemos eludir la evidencia de que la fe es un sentimiento íntimo del ser humano, nacido de su inquietud espiritual y su deseo de conocer el porqué y el para qué de sí mismo y por tanto, absolutamente legítimo y respetable. Un sentimiento, es verdad, inducido, antropológica, histórica y culturalmente, pero, en cualquier caso, digno de la más profunda consideración porque forma parte de su propia razón de ser.

Por esta razón, no encuentro justificable que en nombre de la libertad de expresión, se ironice o se haga mofa de creencias éticas o filosóficas por el hecho de no compartirlas, y ya no solo por el respeto que debemos a quienes en ellas —acertada o equivocada equivocadamente— en ellas creen, sino porque, en cualquier caso, estos hechos no constituyen la mejor forma de alcanzar una coexistencia armónica, pacífica e integradora de los pueblos.

Pienso que no tenemos ni medio claro de en dónde debemos establecer el límite del concepto de la libertad de expresión. Lo hemos sacralizado, sin tener en cuenta que la libertad, sea cual sea su forma de manifestarse, termina siempre dónde empieza la de nuestros semejantes.

Por consiguiente y en base al respeto mutuo que todos nos debemos, creo que nadie tiene la fuerza moral suficiente, para por ningún medio, salvo el de la palabra y libre convencimiento, imponer sus creencias a otras personas.

Como es de suponer, he seguido con profundo interés los trágicos acontecimientos acaecidos recientemente en Francia y la reacción social y política que los mismos han suscitado. Y he de confesar que he sentido una profunda admiración por la imagen de unión sin fisuras que los franceses han ofrecido al mundo, ante la salvaje agresión externa sufrida.

Ejemplar fue de cómo el presidente François Hollande recibió a la puerta del Elíseo a su opositor Nicolás Sarkozy, con un espíritu de mutuo dolor y absoluta unidad. Una unidad, que en los momentos más difíciles, hizo que todos los franceses se sintiesen miembros de un mismo cuerpo herido, pero con confianza plena en sus líderes e instituciones.

No hubo reproches ni acusaciones por ninguna de ambas partes. Solo el estrecho abrazo espiritual del apoyo mutuo, porque en Francia no ha habido derechas e izquierdas. Por encima de los intereses políticos partidistas, sus dirigentes han sabido estar a la altura que la ocasión requería y considerar, que por encima de lo que puede separarles, estaban los valores superiores que les unen: los intereses de Francia.

Ellos mismos han sido los que han convocado una manifestación para decirle al terrorismo, que ahí estaban todos unidos en un solo cuerpo para hacer frente al salvajismo y a la barbarie. Y en esa manifestación, bajo una sola bandera, la de Francia, han sido apoyados sin reservas por la comunidad internacional.

Al ver ese comportamiento, sentí pena y vergüenza al recordar la triste imagen que dimos los españoles cuando sucedieron los dramáticos atentados del 11-M. Nuestra tragedia fue infinitamente mayor, 190 muertos y unos 2.000 heridos. El mayor atentado terrorista sufrido en Europa. Y ¿Qué hubo aquí? Falta de humildad de una parte y bajeza moral y oportunismo político de otra. Se utilizó la sangre de los muertos y los heridos como arma arrojadiza para obtener ventaja política, rompiendo sin escrúpulos todas las reglas.

Indignamente, se provocó un cerco y acoso político a las sedes del partido gobernante y manifestaciones masivas en toda España, no para mostrar el dolor y la repulsa por nuestras víctimas, sino para llamar asesinos al Presidente del Gobierno y sus ministros. Manifestaciones en las que se exhibieron banderas partidistas y muchas que recordaban tristes y dramáticas épocas pasadas. Manifestaciones que como la francesa, no tuvieron el apoyo presencial de la comunidad internacional.

Mi admiración por la clase política francesa alcanzó su máximo grado cuando el Presidente de la Asamblea instó a los diputados a guardar un minuto de silencio en señal de dolor y respeto a las víctimas del atentado sufrido y un diputado, rompiendo el protocolo y en solitario, comenzó a cantar La Marsellesa. Inmediatamente, este representante del pueblo fue seguido por la totalidad de sus compañeros, sin distinción de ideologías. La que sonaba, era la voz de Francia unida. Un hecho que no se producía desde el final de la primera guerra mundial.

 

El atentado de París: Razón vs. Fe, por Miguel A. Espino Perigault

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Miguel Antonio Espino Perigault es periodista y profesor de la Universidad de Panamá.

El mundo civilizado sufre por el criminal atentado de París contra los periodistas y el derecho de expresión. Un  ataque perpetrado, precisamente, pocos días después  del llamamiento  del presidente de Egipto, Abdel Fattah al-Sisi, a los líderes religiosos del Islam para luchar contra  la intolerancia (Religión en Libertad).  Son palabras que  alumbran la oscuridad reinante en  la comprensión cabal del terrorismo musulmán como una expresión religiosa, incomprendida, al parecer, por sus mismos líderes religiosos. Las declaraciones  del presidente egipcio son, en sus propias palabras, para que el mundo islámico “deje de ser percibido  como una fuente de ansiedad, peligro, muerte y destrucción” El presidente egipcio exigió a los líderes religiosos que “deben salir de si mismos” y promover una “revolución religiosa” para erradicar la intolerancia y sustituirla por “una visión más iluminada del mundo”. Era el  discurso del nuevo año, ante los académicos y líderes religiosos de la universidad de Al-Azhar –el mayor centro teológico del Islam  sunita–, reunidos junto con los responsables del Ministerio de Asuntos Religiosos.

El líder egipcio les  ha recalcado que “el mundo entero  está a la espera del próximo movimiento, “porque la Umma islámica se está desgarrando, se está destruyendo y perdiendo, a través de la obra de nuestras propias manos”.

El Papa, Francisco, ha expresado su consternación y el dolor del que a todos embarga, recalcando los  llamamientos a la paz fundada en el amor; un llamamiento permanente de la Iglesia, sobre todo desde los últimos dos siglos.

La violencia como instrumento de expansión  del Islam es historia antigua. Sobre la relación entre la religión y la violencia que menciona el presidente egipcio, ya había hablado el Papa Benedicto XVI en una memorable  conferencia que  dictó en la universidad alemana de Ratisbona, en el año 2006, un 21 de septiembre. Podría incluso pensarse que el  líder egipcio tenía presente  las palabras del Papa expresadas ocho años antes.

Benedicto XVI inició aquella conferencia, sobre “Fe, Razón y Universidad”, con una referencia  sobre el Corán y la violencia, según lo explicaba  Theodore Khoury, un especialista en  el tema. El Papa Benedicto dijo recordar la cita del profesor  Khoury, como  partida de su discurso, debido a que ilustraba  el punto a desarrollar. La referencia al estudio citado  señalaba un diálogo sostenido en el año 1391 entre el emperador bizantino Manuel II Paleólogo y “un sabio persa” sobre “el cristianismo y el Islam y la verdad de ambos”. El emperador y su interlocutor hablan sobre la Yihaad, la guerra santa.  Se toma en consideración lo de la religión y y la violencia, citando la opinión del emperador, quien preguntaba “qué  había traído Mahoma de nuevo”, para responder que “encontrarás solamente cosas malas, como su disposición de difundir por medio de la espada la fe que predicaba”. Un ejemplo, sin duda,  de la ausencia de la necesaria relación entre fe y razón, tema de la conferencia del Papa Benedicto.

Podríamos afirmar, con poco margen de error, que las palabras del el líder egipcio citadas son un eco  oportuno del discurso de Ratisbona.

‘El gordo de la lotería’, por César Valdeolmillos Alonso

 

 

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada.

La ambición por tener poder y dinero muchas veces sirve de tapadera de carencias que no pueden adquirirse como los bienes materiales”

Fernando Savater

Filósofo español.

 

Como es tradición en estas fechas, todos hemos invertido algún dinerillo en comprar algún décimo o papeletas de esas que contienen unos números mágicos en los que depositamos la ilusión de que si la fortuna así lo quiere, alguno de ellos lleve aparejado el primer premio de la Lotería de Navidad.

La lotería, como cualquier otro juego de azar, es una apuesta, en la que siempre toca… generalmente perder.

Pero si nosotros queremos; si de corazón verdaderamente lo deseamos, podríamos aprovechar estas Navidades para disfrutar de algo mucho más valioso e importante para nuestras vidas, que el primer premio de la lotería.

Paz y felicidad es lo que deseamos en estos días de Navidad a todos aquellos a los que queremos y por extensión… ¿Por qué no? Si nos sentimos generosos ¡A todo el mundo en general! Pero… ¿Y nosotros? ¿Somos auténticamente felices? ¿Podemos de verdad ser felices cuando existe un vacío en nuestro corazón? ¿Hacemos todo lo que podríamos hacer para serlo? ¿Nos damos cuenta de que la vida es más breve que un parpadeo? ¿Somos conscientes de que cada día que pasa sin aprovechar lo que en realidad está en nuestras manos, es un día perdido de nuestra existencia?

Y todo ¿Por qué? ¿Por un estúpido orgullo que a los primeros que nos daña es a nosotros mismos? ¿Por un tú me dijiste o hiciste? ¿En verdad merece la pena que nimiedades semejantes roben un solo instante de nuestra felicidad?

Hay un Proverbio egipcio que dice: “Antes de poner en duda el buen juicio de tu mujer, fíjate con quien se ha casado ella”.

Antes de juzgar a nadie, examinémonos nosotros mismos. ¿Acaso somos vírgenes en nuestra conducta? ¿Acaso no somos humanos y a diario erramos en nuestros juicios y en nuestras acciones? ¿Acaso en la mayor parte de las ocasiones no vemos la paja en el ojo ajeno sin darnos cuenta de la viga que tenemos en el nuestro? ¿Acaso somos infalibles en nuestras apreciaciones? ¿Acaso no tendemos los humanos a tener la vista del águila con los errores de nuestros semejantes y ciegos con los nuestros? El que libre de pecado esté, que tire la primera piedra.

Con harta frecuencia nos creemos en posesión de la verdad. Pero… ¿De qué verdad? No existe una sola verdad. Existen tantas verdades como cada uno de nosotros, pero nuestro amor propio e ignorante orgullo no nos permiten verlas y aun cuando en lo más profundo de nosotros mismos las veamos, somos incapaces de admitirlas.

Es posible que todos sepamos mucho de muchas cosas, pero que torpes y ciegos somos para lo que es verdaderamente importante en la vida: Nuestra propia felicidad.

¿Nos hemos dado cuenta de que somos mucho más felices cuando damos que cuando recibimos? No me refiero a cosas materiales, ya que esas jamás proporcionan la verdadera felicidad. Está en nuestra mano hacer felices a quienes nos rodean, interesándonos de verdad por sus cosas, preguntándoles como están y esperando una respuesta, escuchando con auténtico interés aquello que nos quieran decir, ofreciendo una palabra amable, una sonrisa, un beso o una caricia. Incluso discrepando a veces, pero con cariño. No rivalizando ni tratando de que sea nuestra opinión la que prevalezca sobre la de los demás.

A los que tenemos la fortuna de haber sido agraciados con una familia, ¿Se nos ha ocurrido pensar que nuestro verdadero hogar, ese que tiene un valor incuantificable, no son las cuatro paredes dentro de las que nos resguardamos de las inclemencias de la naturaleza, sino aquel en el que sea la hora que sea del día o de la noche, nos podemos refugiar cuando verdaderamente lo necesitamos? Ese hogar es la familia. ¡Nuestra familia! Ese espacio privilegiado e inmaterial al que pertenecemos, ese amparo que debemos defender y conservar por encima de todo, porque en él, siempre seremos recibidos con los brazos abiertos del amor.

La familia es el santuario inaccesible a todos aquellos que no se nutren de la semilla que la hizo germinar. Creo que no hay expresión que mejor defina el espíritu de lo que debe ser la familia, que aquella que Alejandro Dumas vertió en su novela “Los tres mosqueteros”: “Todos para uno y uno para todos”. Tan bien expresa este pensamiento el espíritu de amor y de unión, que el poeta WH Auden lo incluyó en el poema que escribió para el himno a las Naciones Unidas y al que puso música Pau Casals.

Sabemos que ningún ser humano es igual a otro. Todos, con nuestras virtudes y defectos, en lo físico y lo espiritual, somos diferentes e irrepetibles. Y también sabemos que somos fruto de la herencia genética recibida y en muy buena parte, de nuestras vivencias desde que somos concebidos y albergados en el seno materno. Somos la síntesis de nuestros miedos, nuestras angustias, nuestras incertidumbres y nuestros complejos, generalmente originados por nuestras propias carencias y las ilusiones y esperanzas defraudadas. Pero aunque no podemos desprendernos de nuestra parte animal, también somos seres inteligentes que, ante reacciones incontroladas, no debemos dejarnos llevar por nuestra impronta emocional. Afrontemos las situaciones imprevistas con serenidad, templanza y sobre todo con comprensión, porque posiblemente, mañana, seamos nosotros la chispa que dé lugar a un ardor similar. Y sobre todo, anteponiendo a nuestro fugaz sentimiento herido —herida que a veces provocamos nosotros mismos con nuestras palabras o actitudes— la consciencia de que por encima de la efervescencia del momento, somos todos dedos de una misma mano, ramas de un mismo tronco y ¿cuál cortamos que no duela a todos los demás?

Todo esto tiene una solución muy sencilla. Extremadamente sencilla. Primero sustituyendo el YO, el TÚ o el AQUEL, por el NOSOTROS. Recordemos el histórico juramento que los reyes de Aragón hacían ante el Justicia Mayor antes de ser coronados: “Nos, que somos tanto como vos y todos juntos más que vos…”. Creo que ese principio es el que debe regir para que reine la buena convivencia en cualquier familia.

En ningún caso debemos parapetarnos tras el escudo de un injustificado orgullo y agresiva prepotencia para encubrir nuestras no reconocidas carencias. Pero sobre todo, para que haya un espíritu de amor, de paz y de comprensión; una atmósfera en la que todos nos sintamos confortablemente instalados; deberemos guardar el más profundo respeto a los demás y mantener la actitud generosamente egoísta de no hacer o decir o hacer a los demás, aquello que no deseamos que a nosotros nos digan o nos hagan. De este modo, jamás chirriarán los goznes de las puertas. Y si algún día chirriaron, es bueno que nos acordemos de lo desagradable que es su rechinar para que así nos encarguemos todos de engrasarlos debidamente para que no vuelvan a chillar.

Animados de este espíritu, podemos hacer que a todos nos toque el primer premio de la lotería y celebrar juntos la Navidad con el mismo ánimo con que Fray Luis de León, como si nada hubiese ocurrido tras sus cinco años de estancia en la cárcel, volvió a su cátedra en la Universidad de Salamanca, diciendo a sus alumnos: “Decíamos ayer…”.

‘México lindo y dolido’, por Miguel Antonio Espino Perigault

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Miguel Antonio Espino Perigault es periodista y profesor de la Universidad de Panamá.
El título nos lleva, por asociación, a recordar rancheras y corridos mexicanos (“México lindo y querido”) que alegraron las fiestas de los abuelos del mundo hispano. Pero, el México “lindo y querido” y de “Yo sigo siendo el Rey” nos entristece al conocer sobre los crímenes y otras violencias que alteran la paz en el hermano país. Parece darse, allá, una incierta gobernabilidad con el crimen organizado, activo en los círculos de poder.
Como una antigobernanza cerrada a los valores éticos fundamentales, principalmente el de la vida humana. Esta privación no debe sorprendernos dados el desenvolvimiento despreciativo de los gobiernos y los gobernantes hacia los valores mencionados y a quienes los defienden.

No es el pueblo mexicano el que vulnera la vida, sino los gobiernos y las leyes de odio dirigidas a destruir a la iglesia católica, cuya acción evangelizadora enseñó a los pueblos prehispánicos el valor e la vida y de la muerte dignas.

Lo que padece México es el resultado inevitable de las políticas antirreligiosas de los gobiernos surgidos tras consolidarse la independencia, por los años 1821 y siguientes. En los primeros años del siglo 20, los gobernantes seguían las consignas ideológicas de las logias anticristianas y los intereses del emergente “capitalismo salvaje” de las potencias comprometidas, entonces, con un nuevo orden secular anticristiano. Un objetivo que, igualmente hoy día, con otros nombres y otros actores, promueven grupos fundamentalistas anticristianos infiltrado s en las Naciones Unidas. como es conocido. Mientras no se entienda esto, el deterioro de la sociedad continuará y se agravará.

El México anticristiano de la Revolución provocó las dolidas denuncias del Papa Pío XI (Encíclica Iniquis Afflictisques, 1926). Se había desatado una de las más crueles persecuciones contra la Iglesia.

El actual presidente de México, Enrique Peña Nieto, acosado por manifestaciones populares debidas al problema de los estudiantes desaparecidos, prometió, en reciente mensaje a la nación, imponer medias enérgicas contra la corrupción. Un oportuno discurso, que apunta al fortalecimiento de la lucha contra el crimen organizado. Pero, faltó referirse al trasfondo del problema: la pobreza y la falta de una visión clara del valor de la vida humana: mas no como don del individuo, sino como don del hombre en familia. Sin embargo, este enfoque cristiano nunca es reconocido en la política. Pero, sin ese enfoque, no podrá resolverse el problema de fondo, ni en México ni en ninguna parte.

Otra voz, monseñor Rómulo Emiliani, nuestro compatriota obispo en Honduras, se refirió en los términos correctos al problema de la violencia en el país centroamericano. Señaló, en reciente entrevista a CNN, señaló la necesidad de combatir la pobreza, como prioridad.

El laicismo antirreligioso ha debilitado a la familia. Al fortalecerla, se establecen las bases que facilitan soluciones a los principales problemas sociales. En esto insiste nuestro Papa, Francisco.

XXXVI Aniversario de nuestra Carta Magna: ‘Una concordia civil llamada España’, por César Valdeolmillos

 

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Sobre la frustración del pueblo español generada por la corrupción imperante  y el riesgo ante una posible deriva el voto hacia partidos de corte radical extremista.

César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada.

“La nación más fuerte del mundo, es in duda España. Siempre ha intentado autodeastruirse y nunca lo ha conseguido. El día que dejen de intentarlo, volverán a ser la vanguardia del mundo”

Otto Von Bismarck

Canciller fundador del moderno Estado alemán

 

 

Aquel edificio al que hace 36 años se le pedía al Gobierno de Adolfo Suárez que cambiase las cañerías del agua, teniendo que dar agua todos los días; que cambiase los conductos de la luz, sin dejar de dar luz cada día; que se cambiase el techo, las paredes y las ventanas sin que el viento, la nieve o el frío perjudicasen a los habitantes del mismo, incluso se le pidió que ni siquiera el polvo que levantan las obras de remodelación manchasen a nadie; aquel moderno y confortable edificio que con tanto esfuerzo, voluntad y entrega por parte de todos en que fuimos capaces de convertir el arruinado e inservible caserón de la dictadura, ha servido para que los españoles vivamos en armonía el más largo período de paz, progreso y bienestar que España ha conocido y ha posibilitado a nuestro país, ocupar por derecho propio un lugar de preminencia en el concierto internacional.

Hoy habrá muchos españoles que por razón de su edad y porque nadie se ha encargado de explicárselo, que no tendrán idea de quien fue Adolfo Suárez y mucho menos de la magistral obra política que supuso, respetando escrupulosamente la legalidad vigente, sustituir los Principios Fundamentales del Movimiento por la Constitución de 1978, paraguas bajo cuyo refugio y amparo, a pesar de todo, hemos alcanzado el estado de bienestar del que todavía disfrutamos.

Aquella etapa en la que los españoles acometimos la compleja obra de transformar el lóbrego caserón —símbolo de la confrontación entre hermanos— en el cómodo hogar en el que todos podríamos convivir sin menoscabo de nuestras plurales particularidades, constituyó el gran debate nacional sobre nuestro futuro.

De la voluntad común de construir un mañana armónico en el que todos encontrásemos nuestro lugar, nació el diálogo sereno y sosegado que nos proporcionó la luz que necesitábamos para poder elegir con rigor y garantías la morada más adecuada y satisfactoria para todos los españoles. Ante España se abría un nuevo horizonte en él que habría de enmarcarse la Constitución de 1978.

La constitución de 1978 fue ratificada por el 88,54% de los votantes superando los dos tercios del censo electoral. Para sorpresa de propios y extraños, en aquella consulta, el pueblo catalán superó la media nacional, alcanzando el 90,46% los catalanes que votaron afirmativamente esa Constitución a la que ahora sus dirigentes califican de corsé o prisión y candorosamente afirman que no sirve porque las actuales generaciones no la votaron. Y es absolutamente incierto que los vascos no votaran la Constitución que conmemoramos. Por el contrario, el sí obtuvo en las tres provincias vascas 479.205 votos y el no, 163.191, lo que supuso un refrendo del 54,50%.

Fue el PNV quien promovió la abstención y por ella optaron 859.427 personas. Pero, el rigor de los datos, demuestra que la afirmación de los nacionalistas vascos, “los vascos no aprobamos la Constitución” es mentira.

La realidad es que en los nacionalismos, los símbolos tienen más importancia que las realidades, por ello los nacionalistas vascos prefirieron seguir jugando a no ser constitucionales españoles y a convencerse de que los fueros eran su única constitución. Pero la verdad de los datos es muy tozuda y como reflejan los mismos, el pueblo vasco, al igual que el catalán, eligió un camino muy diferente al de sus dirigentes.

La existencia de las leyes solo se justifica si estas están al servicio de la ordenada convivencia social de los ciudadanos y por tanto las mismas deben de ir acomodándose a la evolución de los tiempos.

Es posible que en el transcurso de los 36 años de vigencia de la Constitución, se aprecie la necesidad de revisar algunos aspectos de la misma, pero si como se demuestra a los ojos de cualquiera que quiera ver, la que fue la culminación de la gran obra de la transición, nos ha servido para alcanzar un progreso incuestionable, yo no hablaría tanto de una reforma, como de una actualización, atendiendo en la medida en que sea posible, no tanto a las a veces peregrinas y siempre interesadas de los partidos políticos, sino a las auténticas y reales necesidades de nuestra sociedad.

Hay quienes creen —y creo que lo hacen honradamente— que la solución de nuestros problemas territoriales pasa por una España Federal. Lo cierto es que nuestra primera Ley constituye un espacio de convivencia mucho más liberal que otros europeos ya existentes y tan generoso y avanzado, que recogiendo la reivindicación histórica de autonomía, encarnada desde comienzos del siglo por el despliegue de los nacionalistas catalanes y vascos, cedió un poder a las regiones mucho amplio que el del que gozan muchos estados federales europeos.

La experiencia nos enseña que el triunfo del federalismo radica en el principio de lealtad, que como se sabe se basa en el cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien.

Desafortunadamente, ese principio ni se ha cumplido, ni al parecer hay voluntad de cumplirlo de cara al futuro por parte de los partidos nacionalistas. En 1978, con importantes renuncias por parte de todos, primó la voluntad del consenso. En la actualidad, con irrealizables y demagógicas pretensiones que nos harían desandar el camino recorrido, el único norte que orienta su brújula, es el de la ruptura, a pesar de las desastrosas consecuencias que a todos nos acarrearía.

Sin la existencia de un clima de preacuerdo generalizado que nos marque el rumbo hacia donde queremos dirigir esta nave a la que llamamos España, sino que por el contrario cada uno desea arribar en un puerto diferente, ¿Es posible, ni juicioso iniciar un viaje a ninguna parte?

Pienso que en estos momentos en los que muchos cuestionan la vigencia de nuestra Carta Magna convendría recordar lo que sobre la misma pronunció Adolfo Suárez:

“Con la Constitución, es posible lograr una concordia civil llamada España, donde convivan ciudadanos que, por tener diferentes opiniones, creencias o convicciones, se complementen entre sí. Quienes matan, secuestran y extorsionan, quienes optan por la violencia como método de actuación política, no son nuestros complementarios. Sólo son los destructores de los valores democráticos. El mal que procuran y el daño que infringen, nos lo hacen a todos”.

 

‘La vida por su rebaño: Cardenal Ricardo María Carles (1926-2013)’, por el P. Custodio Ballester

El P. Custodio Ballester es portavoz de Sacerdotes por la Vida (Priest for Life) España. El artículo que ofrecemos a continuación se puede leer también en Germinans Germinabit.

“La pregunta sobre el hombre nos lleva a Dios. 
Y la pregunta por Dios nos lleva al hombre que tiene fe.”  
(Cardenal Carles)

 

Ricardo María Carles Gordó nació en Valencia el 24 de septiembre de 1926. Hijo de Fermín Carles y Josefina Gordó,  ambas familias eran importadoras marítimas y eso les permitió conocerse. El primer recuerdo del pequeño Ricardo va ligado a la conciencia de que Dios existía: Yo no sabía muy bien entonces quién era Dios. Pero yo hablaba con Dios; mi madre me hablaba de Dios y eso me hizo mucho bien. Me  sugería sencillas oraciones, que ella se inventaba y que yo repetía. También mi padre con su voz varonil. Con él, paseando todas las noches por la sala, rezábamos el rosario.Cursó estudios primarios en la escuela de las Teresianas y los secundarios en la de San José de los Padres Jesuitas, ambas de su ciudad natal.

Su experiencia inicial de la llamada de Dios va unida al sonido de sus pisadas sobre la pinaza en un retiro en el Desierto de las Palmas de Castellón con 16 años: La imagen amable del Jesucristo de mi infancia -contaba- se había convertido en una imagen firme, atractiva, pero que me planteaba problemas. Porque mi simpatía hacia Él me conducía a comprender que debía compartir mi vida con la suya”. En una ocasión, en el Seminario nos decía: Cuando yo pensaba y luchaba por mi vocación, me gustó mucho una versión del Evangelio que traducía “Jesús llamó a los que quiso” (Mc 3,13) por “llamó a los que llevaba en su corazón”. Vosotros, seminaristas, ¡estáis en el corazón de Dios desde toda la eternidad!

Ingresa en el Seminario Mayor de Valencia y al mismo tiempo en el Colegio del Corpus Christi, también llamado “del Patriarca”. El 29 de junio de 1951 es ordenado sacerdote y dos años después se licencia en derecho canónico en la Universidad Pontificia de Salamanca. Luego es nombrado párroco y arcipreste de Tavernes de la Valldigna y en 1967 es trasladado a la parroquia de San Fernando de la ciudad de Valencia. Actúa como consejero de la JOC y responsable de la formación de los diáconos, y posteriormente es nombrado Delegado Episcopal para el clero y Consejero diocesano de Pastoral Familiar.

Años más tarde afirmaría: Cuando un obispo ha sido párroco, los curas le hablan de lo que él ha vivido, no de una teoría. A los que no han sudado parroquia, como acostumbro a decir, puede no resultarles fácil entender a un sacerdote, joven o mayor, que viene con una pena o alegría de la parroquia. Si ha sido carne de tu carne, si tú lo has vivido, lo entiendes de otra manera. Y así era, ciertamente.  Cuando los sacerdotes nos acercábamos a él y le explicábamos las alegrías y, a veces, las muchas penas de la vida parroquial, sentías inmediatamente que a D. Ricardo no le preocupaba tanto el contexto como tu persona. Al acabar de darle cuenta de alguna grande o leve dificultad, él te miraba a los ojos y te preguntaba: Pero y tú… ¿cómo estás? Sabías que en él encontrabas siempre, por muchas veces que hubieses metido la pata, un hermano y un padre.

El 3 de agosto de 1969 es consagrado obispo de Tortosa (Tarragona). Convocó el único sínodo diocesano celebrado en el post-concilio en las diócesis catalanas, con el objetivo de potenciar la participación de laicos y también de sacerdotes y religiosos de todo el obispado en el testimonio cristiano y la evangelización. El resultado fueron las Constituciones Sinodales, unas conclusiones para revitalizar la vida cristiana con valor normativo.

D. Ricardo, siempre accesible y cercano, nunca se llamó a engaño, ni se dejó seducir por engañosos cantos de sirenas. Ciertamente, después del Concilio hizo fortuna aquello de la Iglesiacomo Pueblo de Dios. Sin embargo, el cardenal Carles nunca se cansó de recordar que a la vez ysobre todo es Cuerpo de Cristo, Esposa de Cristo y Él su cabeza. La Iglesia no es un grupo más -decía-, es peculiarmente distinta, no por voluntad nuestra, sino porque así lo hizo Dios. Y si actuamos sin cabeza, sin nuestra cabeza que es Cristo, se desdibuja la figura de Cristo y de su Iglesia. Tenía muy claro que el anuncio evangélico debía ser explícito: Estamos en un momento histórico en el que debemos hablar sin miedo. Y además hacerlo en el espacio público, pues como diría Juan Pablo II, la fe que no se hace cultura, ni es enteramente vivida ni enteramente aceptada. “Después del Concilio Vaticano II -afirmaba- pareció triunfar la tesis delencarnacionismo, es decir, la tesis de que es suficiente estar en un lugar porque la presencia es lo que salva. No, Cristo no vino a encarnarse en ese sentido, a arraigarse, sino a desarraigar todo lo que es malo y a transformarlo. Hay seglares, personas muy cristianas, que creen que lo que tienen que hacer en un barrio sólo es estar presentes allí. No, Cristo además de estar presente fue encarnación, arraigo y desarraigo y transformación de todo lo que no es bueno”.

El 23 de marzo de 1990 es nombrado Arzobispo de Barcelona. Su prioridad, desde su llegada, fue evangelizar a los más de cuatro millones de hijos de Dios de la archidiócesis y la promoción y ayuda de pobres y marginados, también numerosos en una gran urbe. Uno de sus recuerdos más gratos en Barcelona es que pudo ordenar a ciento quince sacerdotes diocesanos.

La voz de D. Ricardo se alzó entoncesfirme y profética, sin miedo a nada ni a nadie: Para mí lo de menos es que me juzguéis vosotros o un tribunal humano. Mi juez es el Señor (1Co 4,3).  Cuandoardió accidentalmente el Teatro del Liceo de Barcelona y las administraciones públicas y empresas privadas se afanaban en invertir ingentes cantidades de dinero en su reconstrucción, el cardenal Carles declaró: Me parece bien que se actúe con rapidez para reconstruir el Liceo; pero en Barcelona se queman cada día muchas cosas y muy vitales: la inocencia de los niños, el futuro de los jóvenes, la dignidad de los ancianos y de los pobres… y la mayoría permanece indiferente.

En la entrevista previa a mi ordenación diaconal, el cardenal Ricard Mª me preguntó: ¿Tienes pensado vestir clergyman? Ante mi respuesta afirmativa me espetó: Eso es lo que yo quiero: Que cuando vean  a un sacerdote vestido de cura, la gente diga:” ¡Ahí va un sacerdote de Barcelona!”

Le dolía profundamente que tantas iglesias de la diócesis permaneciesen casi todo el día cerradas. Pensaba que era un signo de que fallamos los confesores y falla el sentido teológico del pecado. Un pecado -observaba- que no es sólo fuente de injusticia social, de enfermedad, sufrimiento. Es ofensa a un Dios bueno y santo”. El pecado es “no hacer lo que Dios había pensado. Cuando me tiro desde un séptimo piso y desafío las leyes de la naturaleza, me mato. Cuando voy contra la ley moral, contra los mandamientos del buen Dios, el efecto no es tan inmediato como cuando rompes una ley física, pero a la larga se va a notar en mí, en la familia y en la sociedad. Como es algo que está fuera de lo que Dios había pensado, tiene consecuencias y muy graves.

Valiente defensor de la Vida y de la santidad de la Familia, el cardenal Carles pagó un precio muy caro por su fidelidad: Perseguido insistentemente por el lobby gay, su nivel de prestigio era tan grande, su deseo de una verdadera reforma en la Iglesia de Barcelona tan obstinado, que sus enemigos -los de dentro- no dudaron en calumniarle gravemente. Pero él no se dejó intimidar porque éste ha sido mi Evangelio por el que sufro hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada. Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación, lograda por Jesús, con la gloria eterna (2Tm 2,8).

Y sobre la ampliación de la legislación abortista escribía: Con unas leyes así, a pesar del terciopelo, las moquetas y el ambiente noble del Congreso de los Diputados, aquel salón no es ajeno a los cubos de desechos humanos de ciertos quirófanos, donde van a parar los restos de los no nacidos. ¿Qué nivel o, mejor dicho, qué silueta moral puede tener una nación en la que los padres que matan se pueden contar por miles un año detrás de otro? ¿Alguien puede creer seriamente que, en este contexto, se podrá continuar respetando algún valor que pese menos que la vida de un hijo? No dudéis que se continuará gritando a favor de la muerte. Tantas veces como sea necesario, deberemos gritar muchos a favor de la Vida.

El 26 de noviembre de 1994 fue creado cardenal del título de Santa María Consolatrice del Tiburtino. Participó en diversos organismos vaticanos como la Congregación para la Educación Católica, la Comisión de Justicia y Paz, el Consejo para el Estudio de los problemas organizativos de la Santa Sede y la Jefatura de Asuntos Económicos. También fue vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española entre 1999 y 2002. En su condición de cardenal, asistió al cónclave de 2005 que eligió al Papa Benedicto XVI.

Hombre de profunda y constante oración, gustaba de la montaña -excelente escalador y hasta espeleólogo-, pues la altura propiciaba el encuentro con Dios, “de tú a tú”, decía con sencillez. Cuando acompañaba cada verano a los seminaristas de los últimos cursos, tras una pequeña charla comenzábamos a subir monte…  Rezábamos Laudes y nos daba un punto de reflexión para bajar desde la cima meditando. Orar -aseguraba D. Ricardo- es tener conciencia de la presencia de Dios, de que tú amas a Dios. Si no guardamos un tiempo específico para la plegaria, corremos el riesgo de caer en el activismo; y pasar del todo de la oración es no ver a Dios en ningún sitio.Necesitamos por tanto, nos decía a los curas jóvenes, hacer silencio interior y cuidar los tiempos y espacios para la oración.

En el año 2001 y de acuerdo con lo previsto en el derecho canónico, presentó la dimisión de su cargo arzobispal, que no le fue aceptada hasta el 15 de junio de 2004. El mismo día, el papa Juan Pablo II dividió la arzobispado de Barcelona en tres diócesis: una metropolitana -Barcelona- y otras sufragáneas: Tarrasa y San Feliu de Llobregat.

Pasó su ancianidad escribiendo, dando retiros, predicando y atendiendo a todos con el mismo afecto de siempre. En noviembre de 2013 el cardenal Carles fue ingresado en el Hospital Virgen de la Cinta de Tortosa con sintomatología neurológica, falleciendo semanas más tarde, el 17 de diciembre.

Al día siguiente, contemplando su cuerpo exánime revestido con las sagradas vestiduras episcopales en la capilla ardiente de la Santa Iglesia Catedral de Barcelona, agradecí al Señor el inmerecido don del sacerdocio que me fue conferido a través de D. Ricardo. Evoqué su tranquila sonrisa, la confianza que siempre me dispensó, su paternal cercanía… Allí, junto a la gente que él más quería, rememoré sus palabras llenas de serena esperanza: Cuando mueres, si te fías, es el acto de fe más grande; si uno es consciente. Es el acto más grande de esperanza, sabes que Dios va a darte otra vida distinta. Te estás muriendo y estás perdiendo algo de lo que has amado, y realizas el acto de amor más grande por amor al Señor. Aquí esperas cosas con la esperanza de que te lleguen; pero ¿en qué te apoyas en el momento de la muerte? En la Palabra de Dios porque le amas, sabes que te ama y confías en Él. Para mí la muerte es eso; es decir, la medida de la fe da la medida del miedo a la muerte. El porqué de la vida es porque Dios nos la ha dado; y el para qué, es para estar con Él.

Sus restos ahora reposan en Valencia, su tierra natal, en la Basílica de Nuestra Señora de los Desamparados, a los pies de su patrona. Allí se casaron sus padres, allí contempló tantas veces el traslado de la Virgen desde la Basílica hasta la Catedral yendo como sobre un mar de cabezas -decía- que parece que se va a caer, pasando de unos a otros en un encuentro vibrante al que se acercan los niños para presentarlos a la Mare de Déu.  Junto al cardenal Benlloch, valenciano como él, espera la resurrección de la carne. Que ese día nos acoja entre sus brazos Santa María, la Virgen Geperudeta que D. Ricardo tanto amó.

 

‘Seguimos alzando nuestra voz’, por Gemma García, portavoz de Mis Padres Deciden

La próxima semana se cumple el segundo aniversario de la Plataforma “Mis padres deciden”.  Una plataforma que nació para defender la libertad y el derecho que tenemos los padres  a decidir la educación de nuestros hijos y que continúa. Por eso…

Seguimos alzando nuestra voz,  porque nosotros, los padres, somos los responsables de la educación de nuestros hijos y no dejaremos que el Estado decida por nosotros.

Seguimos alzando nuestra voz, porque queremos alejar la educación del debate político e ideológico y hablar de pedagogía y eficacia.

Seguimos alzando nuestra voz, porque continuamente atacan a los centros educación diferenciada tachando de discriminatorios sin conocer la realidad y sus buenos resultados.

Seguimos alzando nuestra voz, porque queremos que en esta España del siglo XXI la pluralidad educativa sea real. Esta diversidad es indispensable en una democracia que debe ampliar derechos y libertades

Seguimos alzando nuestra voz,  porque con nuestros impuestos se paga la educación de todos. Los conciertos nos permiten a miles de padres que podamos ejercer este derecho con libertad y no sólo a los que tienen recursos suficientes.

Seguimos alzando nuestra voz, reclamando ejercer un derecho fundamental: el derecho a decidir el tipo de educación que queremos para nuestros hijos.

Seguimos alzando nuestra voz, porque nos jugamos el futuro de nuestros hijos.

 

La derrota de Obama y lo que representa, por Miguel A. Espino

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Miguel Antonio Espino Perigault es periodista y profesor de la Universidad de Panamá.

La reciente derrota electoral  del Partido Demócrata y el consiguiente triunfo del  Partido Republicano en los Estados Unidos, el 4 de noviembre,  han activado el análisis político, sobre todo, en los medios de comunicación.

Recordemos que el primer mandato   de Barack  Obama, en el 2008,  fue el  resultado  de una   estrategia acertada, tanto  por sus  motivaciones emocionales (el primer candidato afroamericano), como por  la alta tecnología de comunicación utilizada. Coronado, todo ello, por el otorgamiento de un incomprensible  Premio Nobel a la carta,  y variados otros homenajes  de corte farandulero, concedidos por  grupos  desafiantes de la cultura  y la moral tradicionales. Una cultura y una moral que se representaba en la persona del contrincante John  McCain, héroe de guerra; pero descartable, al parecer, como candidato presidencial. Esa primera campaña se caracterizó, también, por la imagen  del ex presidente George W. Bush, como invitado de piedra, para descalificarlos a ambos, visto McCain como la  encarnación de Bush. Una especie de exorcismo al revés.

Obama venía a ser el supuesto  presidente ideal para un mundo en transformación, que daría nuevo contenido ideológico a los derechos humanos tradicionales referentes a la sexualidad humana, la familia, el niño por nacer y el matrimonio. Y así fue.

Sin embargo, desde sus inicios y  a pesar de un apoyo mediático  servil de la “gran prensa”, su  imagen  fue sufriendo  deterioro. Sobre todo durante este segundo mandato que transcurre y en donde se desmorona la imagen labrada.  Su mediocridad salió a relucir como explicaciones por sus desaciertos, atribuidos, frecuentemente, a otros. Pero, como siempre, la verdad vence sobre la mentira.

Para reconocer esa verdad, es necesario  entender la derrota de Obama  como  el resultado de lo que   han llamado el “value vote”, el voto por los valores morales.

“El gran derrotado es el lobby del aborto”, dijo el presidente de Popuulation  Research Institute, Steve  Mosher. Los republicanos ganan el control del Congreso   (52 a 45), y de la Cámara de Representantes (242 a 175). Además, arrebatan siete  gobernaciones a los demócratas, y los  nuevos gobernadores son, todos, provida.

Por su  parte, Tony Perkins, de  Family Research Council, declaró que “ganaron los que claramente se declararon  conservadores, anti  aborto, pro familia y pro matrimonio”. Añadió que  es  “el mensaje de un electorado disgustado por las acciones  desordenadas del presidente. Ha sido más un voto anti Obama que pro republicano”. De  allí  –advierte-   hay que mantener  la guardia  y   seguir presionando al   partido Republicano y a sus candidatos, por si acaso no han entendido el mensaje.

Lo sucedido en los Estados Unidos es una señal de advertencia y de esperanza frente a las amenazas presentadas, en todas partes,  por la Cultura de la Muerte, como la definió  el Papa San Juan Pablo II.

Creo que el consejo del líder profamilia norteamericano, Tony Perkins,  puede servir a los políticos  nuestros y, sobre todo,  a los numerosos engañados con la ideología de género.

“Todos fueron culpables”, por César Valdeolmillos

Sobre el delicado problema del separatismo catalán.

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada.

No existe peor mentira, que la de ocultar la verdad.

(Anónimo)

Muchos y muy graves son los acontecimientos, que en contra del Estado, están sucediendo últimamente en Cataluña, promovidos, excitados y alentados, precisamente, por los legítimos representantes del Estado en dicho territorio.

La Real Academia de la lengua española define el concepto de traición de la siguiente forma:

  1. Falta que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener.
  2. Delito cometido por civil o militar que atenta contra la seguridad de la patria.

Y el de alta traición lo define como:

  1. Traición cometida contra la soberanía o contra el honor, la seguridad y la independencia del Estado.

Dejo a criterio del lector decidir si a los hechos acaecidos en Cataluña —de todos conocidos— les son aplicables alguna de las definiciones citadas.

No obstante, no sería justo culpar de la situación en que nos encontramos únicamente a los nacionalistas. En el transcurso de las más de tres décadas de vida de la Constitución, se han cometido graves atentados contra la misma por acción y también por omisión. Y de la situación a la que hemos llegado, tan culpables son los que hicieron, como los que por puro interés partidista, dejaron hacer.

Durante todo este tiempo, los nacionalistas catalanes, esgrimiendo un pretendido sentido de la responsabilidad que hacía factible la gobernabilidad del país, fueron la bisagra que abrió las puertas de La Moncloa a los dos partidos gobernantes, cuando estos no habían obtenido los votos necesarios para traspasar el umbral que daba acceso al poder. El precio de este apoyo —extremadamente alto— ya sabemos cuál es:

  • Impunidad para los hechos de sus dirigentes.
  • Reducción de la presencia en Cataluña de los dos partidos gobernantes a un estado meramente testimonial, hecho que permitía a los nacionalistas ganar elección tras elección, impidiendo la alternancia política y convirtiendo a Cataluña en un feudo de sus intereses.
  • Preferencia en las inversiones públicas por parte del Estado, en ausencia o detrimento de estas en otras comunidades autónomas más necesitadas.
  • Utilización fraudulenta de las competencias en materia de educación y cultura, de modo que el fruto sazonado de las mismas no estaba orientado a enriquecer culturalmente a los catalanes, sino a falsear la historia y envenenar sus mentes, creando así un enemigo imaginario: España. De este modo, en el transcurso de dos o tres generaciones, se fue elaborando el caldo de cultivo del cual estamos viendo ahora el resultado.
  • Utilizando la lengua no como vehículo de comunicación, de enriquecimiento y unión, sino —vulnerando la Constitución que habían jurado observar— como muro que nos separe y nos divida, expatriando de la enseñanza y de cualquier institución o servicio público el idioma común de todos los españoles, el cual, todos tenemos el deber de conocer y el derecho a utilizar.
  • Inverosímilmente, incumpliendo las reiteradas sentencias que en este y otros sentidos, dictaron en su momento en contra de esta política, tanto el Tribunal Supremo como el Constitucional.
  • Dilapidando sus presupuestos en una política orientada a establecer un Estado dentro de otro Estado, cuando no a establecer las bases para forzar la independencia del Estado al que siempre —y cuando digo siempre es SIEMPRE— han pertenecido y ello a base de quebrantar servicios públicos esenciales para la sociedad catalana.
  • Endeudándose para estos fines hasta límites crediticios insostenibles, circunstancia que ha conducido a que ya no haya entidad alguna en el mundo que preste un solo Euro a la Generalidad de Cataluña, y tenga que ser el Estado central español el que acuda en su auxilio para que los ciudadanos catalanes no lleguen a carecer de los servicios básicos fundamentales y por el prestigio y solvencia internacional del propio Estado Español. ¡Ah, pero España nos roba! Ya se ha visto quienes son los que defraudan a catalanes y españoles.

Podría seguir con la lista de traiciones, agravios y despropósitos cometidos contra la Constitución, las leyes en general, los propios catalanes y la totalidad del pueblo español, hasta llegar a la grave situación de abierta confrontación y desafío en que nos encontramos.

Pero desde la transición al día de hoy, nada de lo que pasaba en Cataluña o ahora pudiera añadir, era desconocido por los diferentes inquilinos de La Moncloa y sin embargo, por un egoísmo puramente partidista de alcanzar el poder, miraban hacia otro lado y no se enteraban de nada. Y cuando los hechos eran denunciados por los medios de comunicación —no por los subvencionados de Cataluña, desde luego— nadie con poder para ello tomaba determinación alguna y si alguna iniciativa que condujera a la condena de los hechos se producía, en abierta rebeldía ilegal,  esta era incumplida y no tenía el menor efecto.

Después de haber dejado que los hechos llegaran al manifiesto desafío nacionalista frente al que nos encontramos, ¿Ahora se rasgan las vestiduras? ¿Ahora ponen el grito en el cielo?

No sé qué maldición persigue a este gran país que es España. Que malos señores y que buenos vasallos ha tenido siempre. Incluso ahora, que desde todas partes escuchamos ya los aullidos de los lobos, los señores del feudo, cegados por su ambición, siguen discutiendo si son galgos o son podencos.