En busca de Carlomagno del siglo XXI, por Miguel A. Espino Perigault

Miguel Antonio Espino Perigault es periodista y profesor de la Universidad de Panamá.

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En las próximas Navidades, número catorce del siglo XXI, se cumplirán los 1.214 de la coronación de Carlomagno, en la Roma del año 800, como su emperador y soberano del Imperio Cristiano de Occidente.

Devoto y fiel protector de la Iglesia, Carlomagno respondía a invitación del Papa, san León III, para la solemne ceremonia que le ungiría como Soberano del nuevo imperio, el cual daría definitiva identidad cristiana a Europa. La historia reconocerá su reinado (800-814) como el Renacimiento Carolingio, del surgimiento de la cultura y el arte latinos; de estabilidad política y extensión y consolidación del cristianismo y como Padre de Europa. Carlomagno cumplió como César y dio a Dios lo de Dios, como hijo fiel de la Iglesia.

Europa padece hoy, víctima de la labor destructiva impulsada por radicales movimientos políticos e ideológicos anticristianos. Y debe uno preguntarse si, ante esta situación, ¿Surgirá un nuevo Carlomagno, capaz de enderezar los entuertos? Contamos con valiosos modelos recientes de Pontífices como San León III. Sólo falta Carlomagno.

Analistas políticos se preguntan si el actual renacimiento cristiano de Rusia augura una recristianización en Europa con Vladimir Putin como guía conductor. El humanista brasileño Luiz Sergio Solimeo, desconfía del líder ruso. (Can Putin be trusted?/ TFP)

Pero Vladimir Putin ha convertido a Rusia en el país campeón en la defensa de la vida y la familia. El aborto se desalienta con duras leyes restrictivas. Se ha convertido en política de estado el crecimiento demográfico, reducido a niveles críticos durante la época comunista, cuando la Unión Soviética legalizó la criminal práctica como un derecho irrestricto de la mujer y una conquista social. El restringir la criminal medida antivida coloca a Rusia en un plano de confrontación con los imperios económicos, políticos y mediáticos promotores del aborto y la anticoncepción en el mundo.

Además Putin, con el aplauso y apoyo de la Iglesia, ha establecido una política de promoción y protección de la familia tradicional (no se reconoce otra), y premia a las que creen el tercer hijo y más, cifra necesaria como base humana para el desarrollo.

Con estas y otras medidas, Putin ha ganado apoyo de su pueblo (un 80 %), todo un mensaje para verdaderos estadistas.

La dicha de ser abuelos, por César Vadeolmillos

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada.

“La abuela sostiene nuestras manecitas por un rato, pero nuestros corazones para siempre”

Cualquier nieto

Tradicionalmente, el 26 de julio se celebra la festividad de San Joaquín y Santa Ana, los padres de la Virgen María, y por tanto, los abuelos de Jesús. Me pregunto si podría haber en el calendario otra fecha mejor que esta para rendir tributo a la entrañable figura de los abuelos.

En cualquier caso, la gran riqueza humana, social, religiosa y espiritual que representan los abuelos, ancestralmente fue reconocida por las más antiguas civilizaciones. Su figura en la vida de cualquier familia, siempre ha resultado insustituible, pero hoy, los cambios sociales, han hecho de ella un pilar fundamental.

Es cierto que en la sociedad actual, muchos abuelos se han visto obligados a asumir funciones que en absoluto les corresponden. No sé si es bueno o malo este cambio de papeles no elegido, porque si bien es cierto que en no pocos casos se carece de las fuerzas necesarias para desempeñarlo, no lo es menos que ello les permite disfrutar más intensa y extensamente de esos malvados ángeles que constituyen la prolongación de nosotros mismos.

Sea como sea, estoy convencido que uno de los inesperados tesoros que nos aguardan con el paso de los años, es la dicha de ser abuelos. Tal es así, que si yo hubiera sabido la felicidad que me iban a proporcionar mis nietos, los habría tenido antes que a mis hijos.

¡Abuelos! Qué imagen tan entrañable en la historia y trayectoria de una familia. Tan importante que sin su presencia no se concibe la prolongación y desarrollo de la misma, porque no se puede proyectar el futuro sin profundizar en un pasado de cuyas raíces recibimos hoy el fruto cuajado de las ricas experiencias espirituales y morales sobre las que se asienta nuestra forma de vida.

De los abuelos es de quien recibimos todo el inigualable legado de sabiduría y humanidad heredado de nuestros ancestros porque la vejez es la sede de la sabiduría; el sendero hecho durante nuestro paso por la vida. Una sabiduría que no pudimos transmitir en su momento a nuestros hijos, porque como el buen vino, solo con el paso de los años alcanza su madurez en la barrica de la vida.

No tendría sentido que el preciado fruto de la vid, obtenido con esfuerzo, dedicación y amoroso cuidado en el transcurso de los años, así quedase en el recipiente de su sazón. Al igual que el destino de un buen vino es ser el insustituible complemento de unos excelentes manjares, la sabiduría atesorada por los abuelos debe ser la irreemplazable suma en la formación de los nietos.

Abuelos y nietos. Las dos orillas del río de la vida que se unen por medio del puente de los hijos. Entrambas, se construye el futuro. Una porque contiene y transmite los hábitos, tradiciones, y conocimiento heredado y adquirido en el transcurso de los tiempos. La otra, porque con el legado recibido seguirá construyendo el futuro.

Por ello, tal y como reiteradamente a denunciado el Papa Francisco, “Los ancianos no son solo objeto de atención y cuidados, sino también sujetos de una nueva perspectiva de vida”.

Los abuelos, no son solo unos canguros gratuitos a quien confiar a los hijos para poder obtener un mayor bienestar material. Son las raíces del futuro, el baluarte de la fe y la memoria de las familias.

Ser anciano, no es un destino ineludible de la existencia. Es una vocación de entrega a los demás, de sacrificio, de bondad y generosidad, de promover la cultura de la esperanza y la fe compartida para la construcción de un futuro mejor. Ser anciano es compartir una manera de permanecer en el mundo como soporte para las nuevas generaciones.

Vivimos amarrados a los estereotipos o imágenes negativas que hoy se adoptan hacia la vejez y envejecimiento, considerándolos personas incapaces e improductivas; provocamos la tragedia de la cultura del descarte que corresponde a sociedades que no cuidan a sus ancianos y en las que se les descarta con actitudes tras las cuales hay una eutanasia escondida; se ha impuesto la filosofía de considerar al ser humano como un  objeto reemplazable que se usa y se tira y cuyo único factor que se pone en valor, es el de la efímera presencia de la juventud, Estamos tan deslumbrados por la primavera de la mocedad que no nos damos cuenta de que son los árboles más viejos los que dan los frutos más dulces. Consideramos a los ancianos como una carga inevitable y se los aislamos por medio del olvido y el desentendimiento de sus necesidades hasta su total desvanecimiento por falta de interés por vivir. Frente a todo este desapego, tenemos la obligación moral de reivindicar las políticas sociales que precisa uno de los sectores más vulnerable de nuestra sociedad.

El crecimiento progresivo de la expectativa de vida, no ha llevado aparejado la adopción de las medidas necesarias, ni en la política, ni en la economía, ni en la cultura porque las políticas de vejez carecen de prioridad y presupuestos estables y sostenidos. Es absolutamente necesario replantearse la ancianidad y el compromiso del mundo con los ancianos y los de estos con el mundo.

En unas sociedades en las que se erigen como valores supremos el oropel acompañado por el becerro de oro, no se contempla la presencia de los ancianos como una forma de revalorizar el papel que en otras épocas cumplían, como reserva de las tradiciones y mucho menos como depositario del valioso caudal de experiencia que sólo se adquiere con el paso de los años.

Quizá, en un mundo en el que todo se considera relativo y por tanto efímero, hasta puede ser que los abuelos sean considerados fósiles paleontológicos, porque son la prueba viva que denota el valor de la fidelidad conyugal en un mundo que ha renegado de esta virtud.

No nos damos cuenta de que saber envejecer, es la obra maestra de la vida, y una de las cosas más difíciles en el complejísimo arte de permanecer.

No son pocos los abuelos que están sumidos en la más dolorosa soledad, llenos de dificultades y de enfermedades por mor de la ingratitud de sus propios hijos. La profundidad de estas heridas son las que producen las arrugas del espíritu; las que nos hacen más viejos que las de la cara.

Estoy convencido de que en compensación de todas estos desconsuelos, uno de los tesoros que nos guardan los años, es la dicha de ser abuelo. No se experimenta el amor en plenitud, hasta que no se tiene en los brazos al primer nieto. De ahí que un niño que no ha disfrutado a sus abuelos, es una casa sin terminar.

I Aniversario de la tragedia ferroviaria de Angrois: “Grandeza y miseria de un pueblo”, por César Valdeolmillos

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada.

“Amar es lo contrario de utilizar”

Juan Pablo II

 

Se ha cumplido un año, des aquel fatídico momento en el que en la curva «A Grandeira», a unos 3 km de la estación de Santiago de Compostela, se produjo una de las catástrofes más graves de nuestra historia ferroviaria, en la que perdieron la vida 79 personas.

A estas alturas no voy a referirme a las víctimas —que descansen paz— ni a ese tinglado al que injustamente le llaman justicia y mucho menos me voy a meter en el jardín de la búsqueda de los responsables.  Las cosas nunca ocurren por una sola causa, sino por la confluencia de de un cúmulo confluyente de circunstancias. Así que no, no me adentraré por ese intrincado bosque y que sea la injusta justicia de los hombres la que añada con sus conclusiones, su dosis de desconsuelo y tribulación a las familias de las víctimas.

Sin embargo, como contraste al tan artificioso entramado oficial, deseo encarar el ejemplar comportamiento, que en el mismo instante en el que se produjo la tragedia, tuvieron los vecinos de la parroquia de Angrois. Un pequeño lugar que en circunstancias tan trágicas como aquella, sacó de su interior lo más noble de sí mismo y se sumergió en la tragedia para erigirse en tabla salvadora de aquellos náufragos de la vida.

En un instante, la catástrofe aparece silenciosa como el filo de una navaja solitaria y de un golpe y para siempre, corta o mutila la vida. Bastan unos segundos para que desaparezcan los sueños, se quiebren los proyectos y las esperanzas de un ilusionante futuro se conviertan en desgarradores gritos hambrientos de alguien, que con desesperación espera que haya para que les escuche, les descubra y les salve.

Tampoco quiero olvidar las trágicas escenas del 11-M, en las que los vecinos de la estación de Atocha y el pueblo de Madrid entero, demostraron que su entrega y generosidad sin límites, es la que alimenta su propia substancia. Una pródiga y soberbia generosidad que anida en el corazón de cada uno de nosotros.

Y no puedo pasar por alto los dramáticos momentos vividos por cientos de familias de la ciudad de Lorca con motivo del terremoto sufrido. Todas ellas fueron situaciones tan trágicas, que en nuestros corazones, una vez más, los altos valores se pusieran de manifiesto y mucho más allá de las disposiciones oficiales que puedan regir para estos casos, el pueblo se olvidara de sí mismo y con ciega dedicación y generosidad, brindara su ayuda hacia aquellos que con desesperación, esperaban una mano amiga, una mano generosa que les sacara del infierno.

Es en los casos más extremos, en los que la voz de nuestra conciencia hace, que de lo más profundo de nuestras entrañas, afloren los más altos principios morales con una infinita capacidad de entrega, bondad y generosidad que nos dignifica como humanos, y con riesgo incluso de nuestra propia vida, hace que nos entreguemos al empeño de intentar salvar la de nuestros semejantes. Somos ciegos ante los riesgos a que nos exponemos… ni siquiera se nos ocurre pensar en ello… es una catarata de sentimientos alimentados por el amor, la humanidad, la fe en nuestra capacidad, la disponibilidad plena y el deseo incontenible de ayudar… obramos a instancias de una maravillosa locura… la de ser útiles a quienes reclaman una mano, que con humanidad, les brinde un rayo de esperanza.

Acciones tan ejemplares como estas nos ofrecen motivos más que sobrados para tener fe en la bondad y generosidad de nosotros, los seres humanos, que solo queremos el bien, el sosiego, la seguridad, la paz, el progreso y un futuro para nuestros hijos y nuestros nietos. ¿Tan difícil es eso?

¡Qué contraste con el hipócrita y pretendido espíritu de servicio y entrega que a diario nos restriegan ufanamente la mayoría de políticos, politiquillos y adláteres!

Son ellos con sus hipócritas ideologías, sus ambiciones de poder, sus poderosos intereses partidistas y su egolatría sin límites, los que nos causan la ruina personal y de nuestras familias; ellos son los que truncan nuestras vidas, los que hacen pedazos nuestras ilusiones, los que tiñen de negro nuestros sueños, los que hacen saltar en pedazos la senda de nuestro futuro… los que a diario nos manejan como inocentes e indefensas marionetas que reciben los estacazos de su ceguera, su obcecación e ineptitud para todo aquello que no sea salvaguardar sus fieros intereses.

Dos aptitudes contrapuestas que reflejan a las claras las grandezas y miserias de un pueblo.

Síndrome de Down. “El lenguaje del amor”, por César Valdeolmillos

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada.

Al amor lo pintan ciego y con alas.

Ciego para no ver los obstáculos y con alas para salvarlos.”

Jacinto Benavente

Premio Nóbel de Literatura

 

 

Con frecuencia miramos sin ver. El entorno que nos rodea nos es tan familiar, que no llegamos a verlo porque estamos insertos en él, de tal modo, que formamos parte del mismo. Solo cuando otra persona nos muestra lo que realmente contiene, vemos aquello que tantas veces habíamos mirado y nunca habíamos visto.

Sin embargo, desde ahora, la apasionante historia y los principales rincones y lugares emblemáticos del histórico barrio judío de Granada, el Realejo, el barrio donde coexistieron en cierta armonía judíos, musulmanes y cristianos, los naturales y visitantes van a tener oportunidad de redescubrirlo y verlo con otros ojos. Unos ojos muy diferentes a aquellos con que lo miran cuando por él transitan los vecinos o a los habituales con los que se muestra al turista convencional.

La belleza, la historia y la leyenda de este rincón de Granada podrán reconocerlas, redescubrirlas a través de los ojos de unos jóvenes con capacidades diferentes, que enamorados de la cultura y de su ciudad, han luchado con esforzado tesón, para demostrar con su ejemplo el enorme poder de la determinación y la fe y, lo que es más importante, que la diferencia entre los sueños y las visiones, es la determinación que ponemos por convertirlos en realidad. No olvidemos que detrás de los grandes éxitos, siempre hay historias de valor y esperanza que comenzaron con un sueño. Un sueño cuyas raíces profundizan en el empeño de lograr lo que cualquiera que no tiene su condición, lo hace.

Los nuevos embajadores de la ciudad, como así se les ha bautizado, son jóvenes voluntarios con síndrome de Down, que se han preparado a fondo, con un gran entusiasmo, con fe, perseverancia y con un inmenso amor por lo que estaban haciendo, para desempeñar con una gran dignidad su misión.

Resulta sorprendente con que profundidad de conocimientos, estos jóvenes muestran a los visitantes los tesoros artísticos, históricos y arquitectónicos. Con que pormenorización y con qué entusiasmo bucean en la historia de cada rincón. La fe y el interés que estos jóvenes ponen en cada circunstancia que exponen al visitante, hacen que este se traslade en el tiempo y se sumerja en los acontecimientos presentados.

Es admirable la voluntad y el entusiasmo con que se entregan a su labor y digno de seguir su ejemplo por muchos de aquellos que no han tenido que superar las barreras sociales que estos jóvenes han tenido que abatir.

Viéndoles con el ánimo con que desempeñan su labor, no podemos por menos que darnos cuenta, que contra lo que comúnmente se cree, los niños que han nacido con el síndrome de Down, no son diferentes a nadie, lo tienen todo, y de lo bueno, mucho más que los demás. Ellos son la encarnación viva de la esperanza, la alegría y la determinación.

Han venido al mundo con un cromosoma más que representa más amor, más fuerza en el esfuerzo, más ternura, más vida y más esperanzas. A diferencia de otros niños sin esa condición, lo único que esperan de nosotros, es más atención, más amor y más paciencia.

Si tenemos la sensibilidad suficiente para leer en su mirada, observaremos que con una sonrisa en los labios, ellos nos están diciendo: “Si crees en mí, te sorprenderé”. No me veas distinto a ti. Somos más parecidos que diferentes. Yo veo el mundo como tú lo ves y paso a paso, si tu no me excluyes, al igual que aprendí a caminar, voy a  salir adelante. Si tú me ayudas y reconoces mis logros, si me brindas aprecio y respeto, me ayudarás a sentirme como cualquier otro niño. Por favor, no me tengas compasión. Si tú no me haces sentir distinto, yo disfrutaré de cada momento al máximo y celebraré cada pequeño triunfo, no importa cuán pequeño pueda parecer para otros. Soy un ser humano igual que tú, con las mismas necesidades, gustos, deseos, sentimientos y quiero tener los mismos derechos y deberes.

Son personas que con su empeño, su fe y su fuerza de voluntad, inspiran a quienes en el diario vivir, se han olvidado o nunca tuvieron la oportunidad de aprender que los retos, cuando son trabajados con amor y perseverancia, cuando se tiene fe en el resultado de las habilidades únicas de cada uno, siempre recompensan con grandes lecciones de crecimiento y superación personal.

El ejemplo de estos jóvenes guías granadinos, debe ayudarnos a cambiar la percepción que tenemos acerca del síndrome de Down, generar inclusión y comprender su individualidad como seres humanos no desiguales para que puedan llegar a vivir una inclusión total y real.

Aún queda mucho camino por recorrer “sobre todo en materia de integración y transición a la vida adulta. Pero hay que ser consciente de que si sumando capacidades, se ha conseguido avanzar de forma colosal en los últimos 25 años, es esperanzador pensar que los siguientes han de ser mucho más prometedores.

Solo si les miramos con los ojos del alma, nos daremos cuenta que la risa de un hijo con síndrome de Down, es algo tan puro, tan limpio, tan sincero, tan lleno de amor e inocencia, que solo la sonrisa del Creador se le puede asemejar, porque el suyo, es el lenguaje del amor.

La oración en los jardines del Vaticano, por Miguel A. Espino Perigault

Miguel Antonio Espino Perigault es periodista y profesor de la Universidad de Panamá.

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Pocos días después de la reunión entre los líderes políticos de Israel y de Palestina, Shimon Peres y Ahmud Abbas, junto al anfitrión, el Papa Francisco, en los jardines del Vaticano para orar por la paz, estalla una serie de ataques y contraataques bélicos. Ambos cayeron en la trampa de sus propios verdaderos enemigos, el extremismo judío para Israel y Hamas para Palestina

¿Fallaron las oraciones?

Veamos. Cuando el Papa, Juan Pablo II, visitó en la cárcel a Mehmet Ali Agca, quien trató de asesinarlo el 13 de mayo de 1981, se cuenta que éste dijo al pontífice que no entendía cómo pudieron fallar sus disparos. El Papa, entonces, le dijo: Es que la oración es más poderosa que las balas.

Cuatrocientos diez años antes de este intento homicida, el siete de octubre de 1571, una poderosa armada turca musulmana amenazaba con invadir a Europa. Entonces, el Papa, San Pío V, pidió a los fieles de Roma que rezaran el rosario a la Virgen María, para evitar el e peligro que amenazaba a la cristiandad. Días después de intensa oración, llega la noticia de que la flota tuca había sido derrotada por la inferior armada cristiana, formada por algunos pocos reinos, incluida España. Había tenido lugar la célebre Batalla de Lepanto. La victoria dio origen a la fiesta del Santísimo Rosario, celebrada desde entonces.

La Biblia nos dice que rezar con fe puede mover montañas y derrumban muros, ¿Moverán las montañas y derrumbarán los muros Peres y Abbas?

Cuando Europa se hallaba ante el inminente estallido de la II Guerra Mundial, el Papa, Pío Doce, trataba de evitar la conflagración, que no pudo evitar, y difundió un célebre radiomensaje por la paz, dirigido a los gobernantes y a los pueblos Era el 24 de agosto de 1939. Ocho días después, el 1 de septiembre, estallaba la gran guerra.

“Nada se pierde con la paz; todo se pierde con la guerra”, decía el Papa. Durante meses, el Pontífice desplegó intensa actividad diplomática, iniciada desde antes del pontificado. Se le atendía con respetuosa hipocresía y con mal disimulado desdén. Pero él insistía; “La política emancipada de la moral, traiciona a aquellos mismos que así la quieren”, les advirtió. Recomendó imponer silencio a las voces de la pasión y escuchar a la razón.

El Papa Francisco puso a Peres y a Abbas en el camino. Pero el Pontífice no puede caminar por ellos. Los demás, unámonos en oración. Dios tiene su manera de actuar.

#CapillasLibres. ‘Crónica de un cierre anunciado’, por Héctor Castro Ariño

Héctor Castro Ariño es filólogo y periodista.

Esta semana ha saltado la polémica con respecto al cierre de la capilla de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid. Pero lo cierto es que este no es un asunto nuevo, más bien se viene fraguando desde hace años en diversas universidades de España. Cabe recordar que, a finales de 2012 y principios de 2013, la Complutense ya estuvo a punto de cerrar alguna capilla en sus facultades.

España es un país laico, y así debe ser. Es un país en el que, amparados por la Constitución, todos los ciudadanos somos libres de practicar cualquier credo religioso, ser agnósticos o bien ateos. Esta libertad que nos otorga nuestra Carta Magna debe servirnos para convivir todos los ciudadanos sin crear polémicos enfrentamientos tan estériles como nocivos.

La Universidad siempre ha sido concebida como un lugar de encuentro y debate. Sin embargo, en la actualidad, en muchas facultades españolas se está imponiendo precisamente lo contrario: el pensamiento único. En el momento en que en los centros educativos, sean del grado que sean, se impone la uniformidad y el adoctrinamiento, retrocedemos todo lo que hemos recorrido en los campos de la Educación y la Libertad.

España es un país laico, que no laicista. Sin embargo, detectamos desde hace tiempo, unas continuas invectivas, cuando no embates, contra cualquier elemento relacionado con la religión cristiana y, fundamentalmente, con el catolicismo. Paradójicamente, los mismos que atacan la doctrina católica dignifican o se muestran respetuosos con otros credos que, en alguno de los casos, atentan contra la dignidad del ser humano y, en especial, de la mujer.

Los cristianos y, por ende, los católicos, debemos exigir, ya no tolerancia, sino respeto. Simplemente respeto, del mismo modo que los católicos respetamos, y debemos respetar, las creencias individuales y colectivas de los demás. Curiosamente, en un país donde el 71,5% de sus ciudadanos se declara católico (del que un 23,5% se declara practicante)[1], asistimos a una campaña anticlerical en la que la demagogia, la irracionalidad y la animadversión son sus principales características.

El rector de la Universidad Complutense de Madrid, José Carrillo, parece dispuesto a ir marginando a los católicos en el ámbito universitario. Por su parte, el decano de la Facultad de Geografía e Historia de la Complutense, Luis Otero, ya ha cerrado la capilla de la Facultad y ha ofrecido una sala de 10 m2 como oratorio. Las razones que Otero ha argüido han sido las de falta de espacio y necesidad de aulas. Sin embargo, todos sabemos que en las Universidades hay diferentes espacios que pocas veces se utilizan e incluso algunos emplazamientos infravalorados o dedicados a la función de trasteros.

Si realmente el problema es la falta de espacio, creo que existen otras soluciones que relegar la capilla a un habitáculo de 10 m2. Incluso, seguro que negociando con el Arzobispado de Madrid se encontrarían otras alternativas como solución. Además, si el decano de la Facultad de Geografía e Historia y el rector de la Complutense fueran totalmente coherentes con sus planteamientos, deberían llevar al extremo sus políticas espaciales y deberían cerrar todas las salas y recintos dedicados a asociaciones de estudiantes y a otras entidades cuyas naturalezas no son connaturales de un modo directo a la Universidad.

Lógicamente, yo no compartiría el cierre de esos espacios, como tampoco comparto el cierre de la capilla. Personalmente, creo que la decisión de clausurar el oratorio responde meramente a un criterio ideológico. Al mismo criterio que responde el deseo de José Carrillo de que Pablo Iglesias sea profesor honorífico de la Universidad Complutense a tenor de la justificación que ha dado con respecto a esta propuesta: “Se va a contar en todas la universidades del mundo (la aparición y éxito de Podemos). Aquí, si podemos tener a Pablo Iglesias y que nos lo cuente él, pues mejor que mejor. Pudiendo tener el original para qué tener copias”. Por cierto, tanto José Carrillo como Luis Otero, ¿se atreverían a cerrar algún espacio utilizado por las asociaciones estudiantiles políticas fueran del signo que fueran?

Aunque no soy muy optimista con respecto a una solución pactada que satisfaga a ambas partes, sí que es mi deseo. Ojalá Universidad y Arzobispado se sienten a negociar y, finalmente, se pueda llegar a un buen acuerdo para todos.


[1] Centro de Investigaciones Sociológicas (enero de 2014). “Barómetro de enero de 2014”, pág. 18. http://www.cis.es/cis/export/sites/default/Archivos/Marginales/3000_3019/3011/es3011mar.pdf

 

Buscando en el baúl de los recuerdos, por César Valdeolmillos

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada.

“Las ideas generales y abstractas son fuente de los más grandes errores humanos”

 Jean Jacques Rousseau

Filósofo francés.

Muy ciego había que estar para no ver que Zapatero, el insigne hombre de Estado que la historia nunca olvidará, no solo dejaría a España en estado de descomposición, sino que además descompondría el estado de su propio partido, hasta el punto de comenzar a desaparecer a través de los sumideros del rechazo de su propio electorado. Y ahí lo tienen ustedes. Hundido, radicalizado, fragmentado y enfrentado, en unos momentos en los que España necesita un PSOE unido, sólido y compacto para poder afrontar con una idea clara del sentido de la Nación —que nunca puede ser un concepto discutido y discutible— frente al órdago lanzado por el separatismo catalán.

Pero ante tan delicadísimo reto, ya ven ustedes cual es la respuesta de un PSOE descabezado y suicidamente escorado a babor. Más izquierda extrema con todo lo que ello significa, tanto desde la historia pasada como la presente; mayores desigualdades, creciente descomposición de España y dar por liquidado el espíritu de consenso que produjo algo tan valioso como la Constitución.

Cuando lo que España necesita es sensatez, por toda solución a la provocación separatista, a los candidatos a liderar el PSOE, a falta de constructivas ideas de futuro, les ocurre lo que a la mujer de Lot, que volviendo la vista atrás, como estatuas de sal quedan prisioneros de un añoso pasado que no les da otra opción que rebuscar en el centenario y polvoriento baúl de sus recuerdos y miren ustedes por dónde, en el fondo de su envejecido bagaje intelectual, encuentran una idea mágica para solucionar el problema del separatismo: convertir España en un estado federal —que no es ni más ni menos que lo que de facto ya tenemos— pero asimétrico. Es decir: más prerrogativas y concesiones para una Cataluña secularmente privilegiada, secularmente sostenida, secularmente amparada y protegida frente alustrados l quebranto y depreciación del resto de España. Es decir, al PSOE no se le ocurre otra idea que la que ya expresó en su novela El Gatopardo, el Conde de Lampedusa: Cambiarlo todo, para que todo siga igual.

Solo hay un pequeño detalle que a los ilustrados candidatos del PSOE, parece que se les ha pasado por alto: Y es que no sería esta la primera vez que Cataluña intentase aplicarse esta situación de privilegio.

El 21 febrero de 1873, once días después de que se proclamase en España la I República, se produjo un motín federalista en Barcelona dirigido por Baldomero Lostau. Quince días después, una vez huido de la ciudad el Capitán General, Eugenio de Gaminde, los republicanos federales más exaltados nombraron a Lostau presidente del Estado Catalán dentro de la Federación Española, con la connivencia del Ayuntamiento. Hasta tal extremo el Ayuntamiento de Barcelona fue principal impulsor de la insurrección, que incluso llegó a izar una bandera del nuevo Estado, con dos franjas coloradas salpicada de pequeñas estrellitas, brillando por su ausencia la bandera catalana.

Una de las primeras peticiones que los separatistas catalanes formularon al gobierno central de la República, fue la disolución del ejército en Cataluña e incluso se llegaron a convocar unas elecciones para elegir diputados del nuevo Estado.

Sin embargo, tanto el presidente de la República española, Estanislao Figueras, como el Ministro de Gobernación, Pi y Margall —por cierto, ambos catalanes— rápidamente presionaron para que la proclamación y las elecciones se retiraran. Todas las conversaciones se tuvieron telegráficamente. Años después, Pi y Margall contaría que aquella fue una «derrota telegráfica». Bastaron unos cuantos telegramas desde Madrid, para que se desbaratara el proyecto federalista. En septiembre, el gobierno de la República enviaba al General Martínez Campos para regularizar la situación.

Esta intentona, que no llegó a una semana, no pasó de ser una esperpéntica bufonada. Sus impulsores no se atrevieron a mencionar jamás la existencia del Estado Catalán tras su proclamación, y no apareció ningún documento por el que constara su existencia. El General Martínez Campos proclamó el estado de guerra en Cataluña y se acabaron las algaradas republicanas y revolucionarias. En el resto de Cataluña, el carlismo había conseguido ocupar poblaciones importantes y la República no estaba para cantonalismos que pudieran ponerla en peligro, como finalmente sucedió.

Al contrario que entonces, ahora tenemos de hecho un Estado Federal, con nuestras 17 taifas, pero sin un Gobierno central que ordene y coordine. Sufrimos todos los inconvenientes del Estado Federal y ninguna de las ventajas. ¿Se imaginan ustedes que Barak Obama tuviera que pactar con el gobernador de cada Estado cada paso que pretendiese dar?

De seguir por el camino que vamos, no me extrañaría que aquí, con un Madrid que hace como que no pasa nada, si no fuese porque en Europa ya tenemos una moneda común, cada autonomía reclamara su derecho a tener su propia moneda.

Con un PP autista y un PSOE dividido entre los que son y los que aspiran a ser, y que aunque se llenen la boca, ni de lejos pretenden introducir dentro de casa los demonios familiares de la autocrítica, la regeneración y la renovación de ideas, sino que por el contrario enarbolan sus deseos de ruptura con el consenso constitucional haciendo borrón y cuenta nueva de la transición, ¿Qué solución nos queda a los exprimidos y descorazonados súbditos contribuyentes?

Esta situación comprometedora y comprometida en la que España, con asombro del resto del mundo, se encuentra inmersa, no revela otra cosa que la insuficiencia ilustrada e histórica de nuestros representantes políticos, el envilecimiento intelectual de nuestros pensadores y la penuria cultural de un pueblo que aún se enorgullece de mantener tradiciones de tiempos primitivos, que en ocasiones, protagonizan auténticas salvajadas con animales y  hasta con los propios seres humanos.

Con frecuencia me pregunto si los españoles hemos alcanzado a comprender lo que es ser civilizado, porque, al margen de los graves problemas que nos acucian, aquí, de lo que al parecer se trata es de permanecer en el poder, a cualquier precio, contra cualquier voluntad. ¿Qué sería de ellos si les quitásemos el cargo o el carguillo, el coche oficial, los viajes en avión en clase VIP, las tantas secretarias, el jefe de protocolo, el jefe del gabinete, la firma en el Boletín Oficial, los escoltas, la Visa oro, el comedor privado del despacho, los asesores, los millones de los presupuestos, disfrutar de su canonjía, de sus injustas prerrogativas, sus privilegios injustificados y sus mamandurrias?

Pues serían más que probablemente cuanto son con todo eso encima: pobres diablos que no encontrarían un hueco en la sociedad.

En defensa de la vida, por Héctor Castro Ariño

Héctor Castro Ariño es filólogo y periodista. Puedes escuchar el siguiente artículo en la Sección “El análisis de Héctor Castro Ariño”, del programa “Qué opinas” de Swing Radio (programa del viernes 4 de julio de 2014), a través del enlace  publicado en el Blog del autor.

Mucho se está hablando estas últimas semanas sobre la Reforma de la Ley del Aborto de Alberto Ruiz-Gallardón. Hemos oído hasta la saciedad los términos y expresiones “derechos”, “libertad”, “progreso”, “justicia”, “sanidad”, “decisión personal”…, pero en muy pocas ocasiones he oído hablar de los “derechos de los niños”, “derechos de los no nacidos”, “derechos de los nasciturus”, “derecho a la vida del aún no nacido”, derecho a la vida del ser humano concebido pero aún no nacido. Paralelamente, alguno de los eufemismos más utilizados, también, en muchas tertulias es el de “interrupción voluntaria del embarazo”, para referirse a “acabar con una vida humana en sus primeras semanas o meses de gestación”. ¿Por qué no llamar a las cosas por su nombre? La conciencia humana siempre trata de modificar o disfrazar la realidad cuando esta no nos parece correcta o moralmente aceptable.  

Este simple cronista de la actualidad considera que aquellas voces que reivindican el “derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo” no se dan cuenta de que no están decidiendo sobre su cuerpo, sino sobre el cuerpo de otro ser humano. Decidir sobre el propio cuerpo y sobre la propia vida tiene otro nombre: eutanasia. La eutanasia nada tiene que ver con el aborto. La eutanasia es una decisión que afecta directamente sobre la persona que toma dicha decisión, en el aborto, alguien decide sobre otro alguien. Además, creo conveniente destacar que la venida al mundo de un niño es responsabilidad de dos. En demasiadas ocasiones se oye la simplista expresión de “derecho de la mujer para abortar”, lo cual deja totalmente al margen al padre de la criatura y no es más que un tic machista disfrazado de falso feminismo aparte de, como anteriormente hemos señalado, permitir que se decida sobre la vida de un tercero.

Un embarazo no es un quiste que sobresale en nuestro cuerpo, sino el inicio de una nueva vida humana de la que no podemos convertirnos en jueces. Pensar que el aborto es una cuestión relativa a la salud es creer que el embarazo es equiparable a una enfermedad, cuando realmente el embarazo no es una patología, sino todo lo contrario. Hay sistemas de supuestos, sistemas de plazos, y todos cuantos queramos proponer pero, yo me pregunto: ¿cómo se cuantifica o mide a partir de qué semana o de que día uno empieza a ser persona? Personalmente creo que desde el momento de la concepción hay una nueva vida y, en nuestro caso, un nuevo ser humano. Respecto a los supuestos, ¿qué decir, por ejemplo, del supuesto de enfermedad del feto? Pongamos por caso un niño que viene con síndrome de Down. ¿Quiénes somos nosotros e, incluso, quién es su madre, para decidir sobre si tiene que vivir o no?  A veces se justifica con la supuesta felicidad o infelicidad del niño, o con la supuesta evitación del sufrimiento del hijo, lo cual es mentira ya que, en realidad, la razón es la supuesta evitación del padecimiento de los padres, algo falso también pues, tras un aborto, los padres y, sobre todo la mujer, tienen un sufrimiento psicológico que encoge el alma. Y voy más allá. Todos conocemos en nuestras familias o en nuestras amistades personas con síndrome de Down, y son felices, o no, exactamente como lo somos los demás, o no. Decidir sobre la vida de otro pensando en su supuesta felicidad y/o sufrimiento es querer buscar al ser humano perfecto, al ser humano que no existe. Esto nada tiene que ver con el progreso, sino todo lo contrario, es retroceder a los pensamientos eugenésicos espartanos o nazis basados en la atroz idea de buscar personas perfectas y desechar aquellas que presentan algún tipo de malformación o de disminución física o psíquica.

En la actualidad y, en un mundo globalizado y, sobre todo, con la generalización de internet, la información sobre planificación familiar y sobre los diferentes tipos de anticonceptivos está al alcance de todos en nuestro país. Adolescentes, jóvenes y, en general, todos los adultos, disponemos de un acceso directo a una amplia y completa información sobre todos los anticonceptivos así como sobre su manera de uso. Y digo anticonceptivos, no píldora del día después, que no es más que una píldora abortiva.

Lo que las sociedades necesitan son políticas de natalidad y ayudas institucionales para las familias, sobre todo para aquellas monoparentales que se encuentren en situaciones complicadas. La solución no es eliminar el bebé antes de que nazca, la solución es ayudar a las mujeres y a los padres para que el bebé que esperan sea atendido en las condiciones más óptimas posibles una vez este nazca. Los Gobiernos, en lugar de subvencionar el aborto y las clínicas donde se practica, debieran subvencionar y ayudar a las madres y a las familias que esperan la llegada de un nuevo hijo y que se encuentran en situaciones económicas complicadas. Pero no solo eso, también deben regular y favorecer, con todas las garantías, unas bajas laborales dignas por maternidad y por paternidad que permitan que los padres puedan cuidar y disfrutar de sus hijos. Las Administraciones tienen que invertir también en Educación (guarderías públicas, formación, etc.), Sanidad y, en general, en todo aquello que beneficie al llamado Estado del bienestar. Paralelamente y, para compensar el esfuerzo económico, los Gobiernos pueden recortar, por ejemplo, en las millonarias y escandalosas subvenciones que conceden a medios de comunicación privados así como en las ayudas monetarias que destinan a empresas de titularidad privada.

Los pilares de la Monarquía española, por César Valdeolmillos

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada.

“El que pide con timidez se expone a que le nieguen lo que pide sin convicción”

Maximilien Robespierre

Abogado, escritor, orador y político francés

A requerimiento de una periodista sobre el origen de su reinado, el entonces Rey Juan Carlos respondió: “Yo era sucesor de Franco, sí, pero heredero de diecisiete reyes de mi familia.”

El 22 de noviembre de 1975, Juan Carlos I era proclamado Rey de España por unas Cortes que únicamente lo aceptaban porque así lo había ordenado Franco. Fue esta la última orden, que al trágala y con no poca repugnancia, obedeció la corte pretoriana del dictador.

A los ministros Carro y Sánchez Ventura, enviados por La Zarzuela como portadores de ciertos detalles con relación al protocolo a seguir para la ceremonia de proclamación, Alejandro Rodríguez de Valcárcel —uno de los personajes más reacios a la proclamación de don Juan Carlos— los despidió sin miramientos.

En definitiva, como presidente de las Cortes, del Consejo del Reino y de la regencia, él era el anfitrión y señor de la casa. Él convocaba. Él ponía el hemiciclo, el estrado, los maceros, las tribunas. Él tomaba juramento, él proclamaba. Por tanto, el que mandaba y dirigía el cotarro era él.

No hay más que observar con atención las caras de quienes rodeaban a Juan Carlos I en el acto de su juramento. Eran caras de irónica autosuficiencia, de corrosivo recelo, cuando no de un encono manifiesto. La escena era histórica. Un Rey sitiado por el franquismo.

¡Qué diferencia con la equivalente de su hijo, el hoy Rey Felipe VI!

Al final, el padre —un Rey acorralado por la facción más dura y nostálgica de un régimen que había iniciado el camino de su propia descomposición, pero que en su patética ceguera no estaba dispuesto a ceder un palmo de sus posiciones— tuvo el coraje y los arrestos necesarios para que imperase aquello que le era inherente e inseparable a la corona española.

Casi cuarenta años después, el sucesor, en una situación de solidez y aceptación que para sí hubiese querido su padre, retrocede ante unos pocos que le rechazan, renunciando a los símbolos que confirieron su razón de ser a la Monarquía española.

Felipe VI, intentando complacer y lisonjear a quienes zafiamente le pedían que se presentase a las elecciones, ha protagonizado una proclamación absolutamente laica, exquisitamente enmascarada en la ajustada indumentaria de la aconfesional. Del acto de su juramento fue retirado cualquier símbolo que pudiese hacer referencia o evocar la religión. De de la Corona tumular de España, solo le faltó eliminar la cruz que se asienta sobre el orbe superior de la misma y que es el emblema de la catolicidad de la Monarquía Española.

Ignoro si alguien le habrá dicho a Su Majestad Católica Felipe VI, Canónigo honorífico y hereditario de la Iglesia Catedral de León y de la basílica de Santa María la Mayor en Roma; Bailío Gran Cruz de Justicia con Collar de la Orden de Constantino y Jorge de Grecia; Bailío Gran Cruz de Honor y Devoción de la Soberana Orden Militar de Malta; Gran Cruz de la Legión de Honor y de la Orden Nacional del Mérito entre los numerosos títulos inherentes a la corona española, que el Catolicismo no es un perifollo ornamental de la Monarquía española que se utiliza a gusto del consumidor o según la conveniencia de las circunstancias. Durante casi 1500 años ha sido su razón de ser desde Recaredo hasta Juan Carlos I. El propio Claudio Sánchez Albornoz, presidente de la II República en el exilio, la describe como “la rodela de Europa frente al Islam” y junto a la Filosofía Griega y el Derecho Romano, ha llevado la Luz del Evangelio hasta el último rincón de la tierra en el nombre de los reyes que han precedido en el trono a Felipe VI.

No hubiese estado de más que Su Majestad y nuestra clase dirigente, hubiesen tenido en cuenta —si es que lo han leído— algunas de las ideas que el pasado 8 de Mayo expuso en Berlín el Presidente de la República de Hungría, Viktor Orbán, sobre “Las raíces cristianas de Europa”.

Solo personajes de gran fuste han sido capaces de soportar el enorme peso histórico de la corona española, pues no en vano, gracias a las epopeyas lideradas por los diferentes reyes católicos españoles, media Humanidad le habla a Dios en español y gracias a la misión histórica de la Monarquía católica española, hoy tenemos un Papa argentino cuya lengua materna es el español y a quien por cierto visitarán en breve los nuevos monarcas españoles.

Sin embargo, bajo la apariencia de opuestos modos de proceder entre padre e hijo ante un mismo hecho —su exaltación al trono de España— existe una perfecta sincronía entre ambos, nacida de un superior interés común, en atención al cual, puntualmente es conveniente girar en la misma dirección en la que sopla el viento. En 1975 Juan Carlos I, giró del ya inútil azul del movimiento, al esperanzador azul de la democracia, asumiendo los valores y tradiciones de todos los reyes que le precedieron.

En 2014, como soplan vientos laicistas y sus valedores cuestionan la legitimidad de la corona, su hijo y heredero Felipe VI, ha estimado prudente ser flexible, inclinarse ante las corrientes más radicales e ignorar y ocultar la propia razón de ser, sobre la que durante casi 1.500 años se han asentado los fundamentos de la Monarquía española.

Quizá hoy más que nunca y ante los hechos de que estamos siendo testigos, sea aplicable la famosa sentencia de René de Chateaubriand: “Soy borbónico por sentimientos de honor, monárquico por convicción razonada y republicano por temperamento”.

Es lógico y hasta necesario adaptar el vetusto edificio a las necesidades de quienes lo habitan, pero cuidémonos de no debilitar los pilares que lo sustentan, si no queremos que se desplome.

Abdicación del Rey y modelo de Estado. ‘Sacralizar la democracia’, por César Valdeolmillos

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada.

 

Cuando un pueblo vive mal informado se le lleva a ciegas al toro como el caballo de los picadores. Para que haya democracia ha de haber demos, y el demos no es la masa”

Antonio Gala

 

La miseria ética y política de los hombres públicos que sucedieron a los padres de la Constitución ha impedido que aún después de 36 años de vigencia, este sea un capítulo resuelto y cerrado de nuestra historia.

Como consecuencia de esa cobardía política nacida de los intereses electoralista, no son pocos los aspectos que aún siguen sin resolverse, circunstancias que aprovechan los disconformes para hacer bandera de las mismas cuando la ocasión se presenta, como es el caso que estamos viviendo en estos días, con motivo de al abdicación de S. M., El Rey, para cuestionar la forma de Estado.

Una de las singularidades de la democracia es que lo soporta casi todo: la demagogia, el populismo, la mentira e incluso la existencia y participación de aquellos que quisieran abolirla. Y he dicho casi todo, porque lo único que no tolera, es que ningún ciudadano está por encima de las leyes, sea príncipe o plebeyo.

Es decir: la Ley está por encima de todo y de todos, y como tal hay que respetarla. Y como estamos de acuerdo en ese principio, la petición de un referéndum que por parte de algunos se está haciendo, aprovechando la abdicación del Rey, está absolutamente fuera de lugar. Existe una Ley de Leyes, la Constitución de 1978, elaborada por consenso por casi todos los partidos de la Cámara, incluida toda la izquierda que la refrendamos por abrumadora mayoría los españoles. Un consenso para cuyo logro, todas las opciones políticas cedieron de sus posiciones iniciales, porque no había más que dos alternativas: o volver al punto de partida, al 18 de Julio del 36 o considerar todo lo sucedido —no a ninguno de los bandos, sino a todos los españoles— un capítulo cerrado del que todos hubieron de extraer las dolorosas consecuencias del anterior proceder, trabajar juntos en la diversidad por una España que nos ofreciera un esperanzador amanecer. Y esta última opción, es la que presidió desde el primer momento y durante todo su reinado, el espíritu de Juan Carlos I. Por cierto, que gracias a ese espíritu, los que ahora le niegan el pan y la sal,  pueden hacerlo con toda libertad.

Ciertamente la sociedad evoluciona como cualquier organismo vivo y por tanto dinámico y la Constitución no puede ser ajena a dicha evolución. Por tanto cualquier opción para reformarla es legítima, pero como mientras esté en vigor hemos de respetarla porque está por encima de todos nosotros, hagámoslo respetando las pautas que ella misma nos marca y no tomando atajos caprichosos a la medida de los deseos de algunos que ahora dicen que no les vale, que eso fue cosa de otra generación y que ellos no la votaron. No me detendré en estas excusas —que no argumentos— por peregrinos y falta de consistencia jurídica y política. Porque tomarlos como base de una iniciativa, supondría aceptar la Ley cuando es de mi gusto y rechazarla cuando no se acomoda a mis deseos. Así que si la mayoría de los representantes del pueblo español contemplados por la Ley cree que hay que reformarla, que se inicien los trámites parlamentarios para ello, para hacer las cosas dentro de la más estricta legalidad y no porque unos cuantos, bajo la práctica de la extorsión violenta en las calles o en las redes sociales, hagan un poco de ruido, frente a una inmensa mayoría silenciosa.

¿Cómo se llegó al proceso constitucional? Yendo de la legalidad a la legalidad. Pues si hay que reformar nuestra norma suprema, no puede haber otro camino. Lo contrario sería simplemente utilizar la Ley de forma alternativa, caprichosa, arbitraria, injusta y sobre todo, de unos contra otros. Y esto, tristemente, ya sabemos a lo que nos conduce. A la confrontación entre hermanos. Por favor, la vida y la convivencia social, son elementos de nuestra existencia mucho más hermosos y valiosos que las ideas políticas. Se dice que somos un pueblo inculto y en muy buena parte es cierto. ¿Por qué entonces, en vez de empecinarnos en nuestros errores, no aprendemos de nuestros grandes pensadores? Recordemos lo que dijo hace tres cuartos de siglo Ortega y Gasset, uno de los intelectuales de mayor prestigio de nuestra historia, reconocido mundialmente: “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral”. Si ya en aquel entonces fue válida para la sociedad de la época dicha sentencia, ¿Qué diría ahora?

Si por el hecho de ser España un Reino y no una república, somos los españoles anacrónicos incultos, por la misma razón lo son también los ciudadanos de Holanda, Noruega, Reino Unido, Suecia, Dinamarca, Países Bajos, Luxemburgo, Bélgica y Mónaco, por no citar también a los de Japón, por cierto, una de las grandes potencias económicas mundiales y en la actualidad, la tercera mayor economía de acuerdo a su PIB. En total, seríamos unos 300 millones de ignorantes  por ostentar como modelo de Estado la monarquía parlamentaria, en vez de una república.

Pero no mezclemos churras con merinas que es lo que suelen hacer los que acostumbran, frente a la opinión pública, a manipular la realidad y las ideas.

Ciertamente, me producen perplejidad, y en algunos casos hasta pánico, aquellos que sitúan la democracia en el tabernáculo de las cosas sagradas.

La democracia, que como todos sabemos la inventaron los griegos hace 5.000 años, hay que conocer cómo y por qué surgió y como la aplicaron sus mentores. A partir de ese desconocido conocimiento, lo único que podemos afirmar, es que la democracia es la aplicación de la voluntad de una mayoría, las más de las veces sin el menor respeto para las minorías, aunque retóricamente se diga otra cosa. Pero lo que pueda o no decir una mayoría, sobre todo si es inculta, no quiere decir que sea ni la verdad, ni lo más sabio. NI siquiera lo que más le puede convenir a aquellos que forman parte de esa mayoría. ¿Acaso dos más dos serían cinco si así lo afirmase una mayoría?

Dice  Antonio Gala que “El único procedimiento de mejorar la democracia para conseguir mejor sus fines es mejorar al pueblo que debe utilizarla. Lo otro es confundir democracia y demagogia. EI burro, por igual que sea al ruiseñor delante de la ley, siempre rebuznara. Salvo que se le eduque la voz”.

Pero lamentablemente la nave de la política española sigue varada en el banco del resentimiento, de la nostalgia, del ánimo de revancha, palos en la rueda de la democracia. Porque ninguna forma de gobierno -y ella, menos- es el genio de la lámpara de Aladino. ¿Acaso mejora el hombre porque la fórmula del Estado sea República o Monarquía? No. Toda mejora ha de ser interior; la política nunca será una panacea, sino una costosa posibilidad; no un hallazgo, sino un propósito continuado; no un regalo, sino un aprendizaje; no una imposición, sino algo que crece de abajo arriba y de dentro afuera; no un bien que se defiende mediante la imposición violenta, sino mediante el convencimiento por medio de la razón; no una improvisación, sino el final de un camino de dudas; no un objeto que se adquiere con dinero, sino con la formación y la constancia.

Es cierto que la democracia, cualquiera que sea la forma del Estado, es un permanente jugar a la ruleta rusa, sabiendo que más tarde o más temprano, la bala de algún iluminado —la historia nos brinda muchísimos ejemplos— nos conducirá a hacia la decadencia, al desastre y hasta la destrucción. Pero esta probabilidad siempre será mayor si en la fórmula del Estado intervienen las ideologías partidistas, los intereses electorales y la inconsistencia de la temporalidad. Por el contrario la monarquía ofrece la solidez que proporciona siempre la continuidad, la profunda preparación de la persona para la misión que está llamada a desempeñar y la confianza que siempre proporciona el paraguas que ampara a todos, incluso a aquellos que no lo quieren.

En el fondo de toda esta demagogia, subyace únicamente el poso de la incultura de un sector de nuestra sociedad al que de forma ideológicamente interesada se le ha inducido a rechazar sus propias raíces bajo supuestos históricos situados fuera de su propio contexto, con lo cual, a la luz del siglo XXI, es fácil presentarlos de forma sesgada y anacrónica.

Produce profunda tristeza, que siendo la nuestra una monarquía cinco veces centenaria y España el país más antiguo de Europa y el que mayor influencia ha ejercido en el mundo, sintamos tan poco amor y respeto por nuestros orígenes y repudiemos tan irresponsablemente los símbolos que los representan.

Y todo ello en aras de algo tan caprichoso, voluble y no pocas veces tan inconsecuente, como es la democracia. Hoy día, aquellos que se autodenominan progres, rechazan todo aquello que no esté legitimado por la democracia. Creo que los grandes descubrimientos de la ciencia y los avances científicos, deberíamos someterlos a referéndum y rechazar por antidemocráticos todos aquellos que no sean aprobados por el pueblo. ¿No sería algo tan ridículo como el proceso y condena a que se vio sometido Galileo por afirmar que la tierra se mueve? Sacralizar la democracia es algo tan ridículo como declarar nuestro amor a un frigorífico.

No nos engañemos. Los que ahora son tan fervorosos partidarios de someter a referéndum la forma del Estado en España, bajo el pretexto de hacerla más democrática, están haciendo gala del mismo cinismo con que en el Gatopardo, el personaje Tancredi, colaborador de Garibaldi en la revolución italiana, para también poder participar del pastel del poder, le dice a su tío, el  príncipe de Salina, la lapidaria frase: “Es necesario que todo cambie para que todo siga igual”.