Síndrome de Down. “El lenguaje del amor”, por César Valdeolmillos

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada.

Al amor lo pintan ciego y con alas.

Ciego para no ver los obstáculos y con alas para salvarlos.”

Jacinto Benavente

Premio Nóbel de Literatura

 

 

Con frecuencia miramos sin ver. El entorno que nos rodea nos es tan familiar, que no llegamos a verlo porque estamos insertos en él, de tal modo, que formamos parte del mismo. Solo cuando otra persona nos muestra lo que realmente contiene, vemos aquello que tantas veces habíamos mirado y nunca habíamos visto.

Sin embargo, desde ahora, la apasionante historia y los principales rincones y lugares emblemáticos del histórico barrio judío de Granada, el Realejo, el barrio donde coexistieron en cierta armonía judíos, musulmanes y cristianos, los naturales y visitantes van a tener oportunidad de redescubrirlo y verlo con otros ojos. Unos ojos muy diferentes a aquellos con que lo miran cuando por él transitan los vecinos o a los habituales con los que se muestra al turista convencional.

La belleza, la historia y la leyenda de este rincón de Granada podrán reconocerlas, redescubrirlas a través de los ojos de unos jóvenes con capacidades diferentes, que enamorados de la cultura y de su ciudad, han luchado con esforzado tesón, para demostrar con su ejemplo el enorme poder de la determinación y la fe y, lo que es más importante, que la diferencia entre los sueños y las visiones, es la determinación que ponemos por convertirlos en realidad. No olvidemos que detrás de los grandes éxitos, siempre hay historias de valor y esperanza que comenzaron con un sueño. Un sueño cuyas raíces profundizan en el empeño de lograr lo que cualquiera que no tiene su condición, lo hace.

Los nuevos embajadores de la ciudad, como así se les ha bautizado, son jóvenes voluntarios con síndrome de Down, que se han preparado a fondo, con un gran entusiasmo, con fe, perseverancia y con un inmenso amor por lo que estaban haciendo, para desempeñar con una gran dignidad su misión.

Resulta sorprendente con que profundidad de conocimientos, estos jóvenes muestran a los visitantes los tesoros artísticos, históricos y arquitectónicos. Con que pormenorización y con qué entusiasmo bucean en la historia de cada rincón. La fe y el interés que estos jóvenes ponen en cada circunstancia que exponen al visitante, hacen que este se traslade en el tiempo y se sumerja en los acontecimientos presentados.

Es admirable la voluntad y el entusiasmo con que se entregan a su labor y digno de seguir su ejemplo por muchos de aquellos que no han tenido que superar las barreras sociales que estos jóvenes han tenido que abatir.

Viéndoles con el ánimo con que desempeñan su labor, no podemos por menos que darnos cuenta, que contra lo que comúnmente se cree, los niños que han nacido con el síndrome de Down, no son diferentes a nadie, lo tienen todo, y de lo bueno, mucho más que los demás. Ellos son la encarnación viva de la esperanza, la alegría y la determinación.

Han venido al mundo con un cromosoma más que representa más amor, más fuerza en el esfuerzo, más ternura, más vida y más esperanzas. A diferencia de otros niños sin esa condición, lo único que esperan de nosotros, es más atención, más amor y más paciencia.

Si tenemos la sensibilidad suficiente para leer en su mirada, observaremos que con una sonrisa en los labios, ellos nos están diciendo: “Si crees en mí, te sorprenderé”. No me veas distinto a ti. Somos más parecidos que diferentes. Yo veo el mundo como tú lo ves y paso a paso, si tu no me excluyes, al igual que aprendí a caminar, voy a  salir adelante. Si tú me ayudas y reconoces mis logros, si me brindas aprecio y respeto, me ayudarás a sentirme como cualquier otro niño. Por favor, no me tengas compasión. Si tú no me haces sentir distinto, yo disfrutaré de cada momento al máximo y celebraré cada pequeño triunfo, no importa cuán pequeño pueda parecer para otros. Soy un ser humano igual que tú, con las mismas necesidades, gustos, deseos, sentimientos y quiero tener los mismos derechos y deberes.

Son personas que con su empeño, su fe y su fuerza de voluntad, inspiran a quienes en el diario vivir, se han olvidado o nunca tuvieron la oportunidad de aprender que los retos, cuando son trabajados con amor y perseverancia, cuando se tiene fe en el resultado de las habilidades únicas de cada uno, siempre recompensan con grandes lecciones de crecimiento y superación personal.

El ejemplo de estos jóvenes guías granadinos, debe ayudarnos a cambiar la percepción que tenemos acerca del síndrome de Down, generar inclusión y comprender su individualidad como seres humanos no desiguales para que puedan llegar a vivir una inclusión total y real.

Aún queda mucho camino por recorrer “sobre todo en materia de integración y transición a la vida adulta. Pero hay que ser consciente de que si sumando capacidades, se ha conseguido avanzar de forma colosal en los últimos 25 años, es esperanzador pensar que los siguientes han de ser mucho más prometedores.

Solo si les miramos con los ojos del alma, nos daremos cuenta que la risa de un hijo con síndrome de Down, es algo tan puro, tan limpio, tan sincero, tan lleno de amor e inocencia, que solo la sonrisa del Creador se le puede asemejar, porque el suyo, es el lenguaje del amor.

La oración en los jardines del Vaticano, por Miguel A. Espino Perigault

Miguel Antonio Espino Perigault es periodista y profesor de la Universidad de Panamá.

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Pocos días después de la reunión entre los líderes políticos de Israel y de Palestina, Shimon Peres y Ahmud Abbas, junto al anfitrión, el Papa Francisco, en los jardines del Vaticano para orar por la paz, estalla una serie de ataques y contraataques bélicos. Ambos cayeron en la trampa de sus propios verdaderos enemigos, el extremismo judío para Israel y Hamas para Palestina

¿Fallaron las oraciones?

Veamos. Cuando el Papa, Juan Pablo II, visitó en la cárcel a Mehmet Ali Agca, quien trató de asesinarlo el 13 de mayo de 1981, se cuenta que éste dijo al pontífice que no entendía cómo pudieron fallar sus disparos. El Papa, entonces, le dijo: Es que la oración es más poderosa que las balas.

Cuatrocientos diez años antes de este intento homicida, el siete de octubre de 1571, una poderosa armada turca musulmana amenazaba con invadir a Europa. Entonces, el Papa, San Pío V, pidió a los fieles de Roma que rezaran el rosario a la Virgen María, para evitar el e peligro que amenazaba a la cristiandad. Días después de intensa oración, llega la noticia de que la flota tuca había sido derrotada por la inferior armada cristiana, formada por algunos pocos reinos, incluida España. Había tenido lugar la célebre Batalla de Lepanto. La victoria dio origen a la fiesta del Santísimo Rosario, celebrada desde entonces.

La Biblia nos dice que rezar con fe puede mover montañas y derrumban muros, ¿Moverán las montañas y derrumbarán los muros Peres y Abbas?

Cuando Europa se hallaba ante el inminente estallido de la II Guerra Mundial, el Papa, Pío Doce, trataba de evitar la conflagración, que no pudo evitar, y difundió un célebre radiomensaje por la paz, dirigido a los gobernantes y a los pueblos Era el 24 de agosto de 1939. Ocho días después, el 1 de septiembre, estallaba la gran guerra.

“Nada se pierde con la paz; todo se pierde con la guerra”, decía el Papa. Durante meses, el Pontífice desplegó intensa actividad diplomática, iniciada desde antes del pontificado. Se le atendía con respetuosa hipocresía y con mal disimulado desdén. Pero él insistía; “La política emancipada de la moral, traiciona a aquellos mismos que así la quieren”, les advirtió. Recomendó imponer silencio a las voces de la pasión y escuchar a la razón.

El Papa Francisco puso a Peres y a Abbas en el camino. Pero el Pontífice no puede caminar por ellos. Los demás, unámonos en oración. Dios tiene su manera de actuar.

#CapillasLibres. ‘Crónica de un cierre anunciado’, por Héctor Castro Ariño

Héctor Castro Ariño es filólogo y periodista.

Esta semana ha saltado la polémica con respecto al cierre de la capilla de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid. Pero lo cierto es que este no es un asunto nuevo, más bien se viene fraguando desde hace años en diversas universidades de España. Cabe recordar que, a finales de 2012 y principios de 2013, la Complutense ya estuvo a punto de cerrar alguna capilla en sus facultades.

España es un país laico, y así debe ser. Es un país en el que, amparados por la Constitución, todos los ciudadanos somos libres de practicar cualquier credo religioso, ser agnósticos o bien ateos. Esta libertad que nos otorga nuestra Carta Magna debe servirnos para convivir todos los ciudadanos sin crear polémicos enfrentamientos tan estériles como nocivos.

La Universidad siempre ha sido concebida como un lugar de encuentro y debate. Sin embargo, en la actualidad, en muchas facultades españolas se está imponiendo precisamente lo contrario: el pensamiento único. En el momento en que en los centros educativos, sean del grado que sean, se impone la uniformidad y el adoctrinamiento, retrocedemos todo lo que hemos recorrido en los campos de la Educación y la Libertad.

España es un país laico, que no laicista. Sin embargo, detectamos desde hace tiempo, unas continuas invectivas, cuando no embates, contra cualquier elemento relacionado con la religión cristiana y, fundamentalmente, con el catolicismo. Paradójicamente, los mismos que atacan la doctrina católica dignifican o se muestran respetuosos con otros credos que, en alguno de los casos, atentan contra la dignidad del ser humano y, en especial, de la mujer.

Los cristianos y, por ende, los católicos, debemos exigir, ya no tolerancia, sino respeto. Simplemente respeto, del mismo modo que los católicos respetamos, y debemos respetar, las creencias individuales y colectivas de los demás. Curiosamente, en un país donde el 71,5% de sus ciudadanos se declara católico (del que un 23,5% se declara practicante)[1], asistimos a una campaña anticlerical en la que la demagogia, la irracionalidad y la animadversión son sus principales características.

El rector de la Universidad Complutense de Madrid, José Carrillo, parece dispuesto a ir marginando a los católicos en el ámbito universitario. Por su parte, el decano de la Facultad de Geografía e Historia de la Complutense, Luis Otero, ya ha cerrado la capilla de la Facultad y ha ofrecido una sala de 10 m2 como oratorio. Las razones que Otero ha argüido han sido las de falta de espacio y necesidad de aulas. Sin embargo, todos sabemos que en las Universidades hay diferentes espacios que pocas veces se utilizan e incluso algunos emplazamientos infravalorados o dedicados a la función de trasteros.

Si realmente el problema es la falta de espacio, creo que existen otras soluciones que relegar la capilla a un habitáculo de 10 m2. Incluso, seguro que negociando con el Arzobispado de Madrid se encontrarían otras alternativas como solución. Además, si el decano de la Facultad de Geografía e Historia y el rector de la Complutense fueran totalmente coherentes con sus planteamientos, deberían llevar al extremo sus políticas espaciales y deberían cerrar todas las salas y recintos dedicados a asociaciones de estudiantes y a otras entidades cuyas naturalezas no son connaturales de un modo directo a la Universidad.

Lógicamente, yo no compartiría el cierre de esos espacios, como tampoco comparto el cierre de la capilla. Personalmente, creo que la decisión de clausurar el oratorio responde meramente a un criterio ideológico. Al mismo criterio que responde el deseo de José Carrillo de que Pablo Iglesias sea profesor honorífico de la Universidad Complutense a tenor de la justificación que ha dado con respecto a esta propuesta: “Se va a contar en todas la universidades del mundo (la aparición y éxito de Podemos). Aquí, si podemos tener a Pablo Iglesias y que nos lo cuente él, pues mejor que mejor. Pudiendo tener el original para qué tener copias”. Por cierto, tanto José Carrillo como Luis Otero, ¿se atreverían a cerrar algún espacio utilizado por las asociaciones estudiantiles políticas fueran del signo que fueran?

Aunque no soy muy optimista con respecto a una solución pactada que satisfaga a ambas partes, sí que es mi deseo. Ojalá Universidad y Arzobispado se sienten a negociar y, finalmente, se pueda llegar a un buen acuerdo para todos.


[1] Centro de Investigaciones Sociológicas (enero de 2014). “Barómetro de enero de 2014”, pág. 18. http://www.cis.es/cis/export/sites/default/Archivos/Marginales/3000_3019/3011/es3011mar.pdf

 

Buscando en el baúl de los recuerdos, por César Valdeolmillos

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada.

“Las ideas generales y abstractas son fuente de los más grandes errores humanos”

 Jean Jacques Rousseau

Filósofo francés.

Muy ciego había que estar para no ver que Zapatero, el insigne hombre de Estado que la historia nunca olvidará, no solo dejaría a España en estado de descomposición, sino que además descompondría el estado de su propio partido, hasta el punto de comenzar a desaparecer a través de los sumideros del rechazo de su propio electorado. Y ahí lo tienen ustedes. Hundido, radicalizado, fragmentado y enfrentado, en unos momentos en los que España necesita un PSOE unido, sólido y compacto para poder afrontar con una idea clara del sentido de la Nación —que nunca puede ser un concepto discutido y discutible— frente al órdago lanzado por el separatismo catalán.

Pero ante tan delicadísimo reto, ya ven ustedes cual es la respuesta de un PSOE descabezado y suicidamente escorado a babor. Más izquierda extrema con todo lo que ello significa, tanto desde la historia pasada como la presente; mayores desigualdades, creciente descomposición de España y dar por liquidado el espíritu de consenso que produjo algo tan valioso como la Constitución.

Cuando lo que España necesita es sensatez, por toda solución a la provocación separatista, a los candidatos a liderar el PSOE, a falta de constructivas ideas de futuro, les ocurre lo que a la mujer de Lot, que volviendo la vista atrás, como estatuas de sal quedan prisioneros de un añoso pasado que no les da otra opción que rebuscar en el centenario y polvoriento baúl de sus recuerdos y miren ustedes por dónde, en el fondo de su envejecido bagaje intelectual, encuentran una idea mágica para solucionar el problema del separatismo: convertir España en un estado federal —que no es ni más ni menos que lo que de facto ya tenemos— pero asimétrico. Es decir: más prerrogativas y concesiones para una Cataluña secularmente privilegiada, secularmente sostenida, secularmente amparada y protegida frente alustrados l quebranto y depreciación del resto de España. Es decir, al PSOE no se le ocurre otra idea que la que ya expresó en su novela El Gatopardo, el Conde de Lampedusa: Cambiarlo todo, para que todo siga igual.

Solo hay un pequeño detalle que a los ilustrados candidatos del PSOE, parece que se les ha pasado por alto: Y es que no sería esta la primera vez que Cataluña intentase aplicarse esta situación de privilegio.

El 21 febrero de 1873, once días después de que se proclamase en España la I República, se produjo un motín federalista en Barcelona dirigido por Baldomero Lostau. Quince días después, una vez huido de la ciudad el Capitán General, Eugenio de Gaminde, los republicanos federales más exaltados nombraron a Lostau presidente del Estado Catalán dentro de la Federación Española, con la connivencia del Ayuntamiento. Hasta tal extremo el Ayuntamiento de Barcelona fue principal impulsor de la insurrección, que incluso llegó a izar una bandera del nuevo Estado, con dos franjas coloradas salpicada de pequeñas estrellitas, brillando por su ausencia la bandera catalana.

Una de las primeras peticiones que los separatistas catalanes formularon al gobierno central de la República, fue la disolución del ejército en Cataluña e incluso se llegaron a convocar unas elecciones para elegir diputados del nuevo Estado.

Sin embargo, tanto el presidente de la República española, Estanislao Figueras, como el Ministro de Gobernación, Pi y Margall —por cierto, ambos catalanes— rápidamente presionaron para que la proclamación y las elecciones se retiraran. Todas las conversaciones se tuvieron telegráficamente. Años después, Pi y Margall contaría que aquella fue una «derrota telegráfica». Bastaron unos cuantos telegramas desde Madrid, para que se desbaratara el proyecto federalista. En septiembre, el gobierno de la República enviaba al General Martínez Campos para regularizar la situación.

Esta intentona, que no llegó a una semana, no pasó de ser una esperpéntica bufonada. Sus impulsores no se atrevieron a mencionar jamás la existencia del Estado Catalán tras su proclamación, y no apareció ningún documento por el que constara su existencia. El General Martínez Campos proclamó el estado de guerra en Cataluña y se acabaron las algaradas republicanas y revolucionarias. En el resto de Cataluña, el carlismo había conseguido ocupar poblaciones importantes y la República no estaba para cantonalismos que pudieran ponerla en peligro, como finalmente sucedió.

Al contrario que entonces, ahora tenemos de hecho un Estado Federal, con nuestras 17 taifas, pero sin un Gobierno central que ordene y coordine. Sufrimos todos los inconvenientes del Estado Federal y ninguna de las ventajas. ¿Se imaginan ustedes que Barak Obama tuviera que pactar con el gobernador de cada Estado cada paso que pretendiese dar?

De seguir por el camino que vamos, no me extrañaría que aquí, con un Madrid que hace como que no pasa nada, si no fuese porque en Europa ya tenemos una moneda común, cada autonomía reclamara su derecho a tener su propia moneda.

Con un PP autista y un PSOE dividido entre los que son y los que aspiran a ser, y que aunque se llenen la boca, ni de lejos pretenden introducir dentro de casa los demonios familiares de la autocrítica, la regeneración y la renovación de ideas, sino que por el contrario enarbolan sus deseos de ruptura con el consenso constitucional haciendo borrón y cuenta nueva de la transición, ¿Qué solución nos queda a los exprimidos y descorazonados súbditos contribuyentes?

Esta situación comprometedora y comprometida en la que España, con asombro del resto del mundo, se encuentra inmersa, no revela otra cosa que la insuficiencia ilustrada e histórica de nuestros representantes políticos, el envilecimiento intelectual de nuestros pensadores y la penuria cultural de un pueblo que aún se enorgullece de mantener tradiciones de tiempos primitivos, que en ocasiones, protagonizan auténticas salvajadas con animales y  hasta con los propios seres humanos.

Con frecuencia me pregunto si los españoles hemos alcanzado a comprender lo que es ser civilizado, porque, al margen de los graves problemas que nos acucian, aquí, de lo que al parecer se trata es de permanecer en el poder, a cualquier precio, contra cualquier voluntad. ¿Qué sería de ellos si les quitásemos el cargo o el carguillo, el coche oficial, los viajes en avión en clase VIP, las tantas secretarias, el jefe de protocolo, el jefe del gabinete, la firma en el Boletín Oficial, los escoltas, la Visa oro, el comedor privado del despacho, los asesores, los millones de los presupuestos, disfrutar de su canonjía, de sus injustas prerrogativas, sus privilegios injustificados y sus mamandurrias?

Pues serían más que probablemente cuanto son con todo eso encima: pobres diablos que no encontrarían un hueco en la sociedad.

En defensa de la vida, por Héctor Castro Ariño

Héctor Castro Ariño es filólogo y periodista. Puedes escuchar el siguiente artículo en la Sección “El análisis de Héctor Castro Ariño”, del programa “Qué opinas” de Swing Radio (programa del viernes 4 de julio de 2014), a través del enlace  publicado en el Blog del autor.

Mucho se está hablando estas últimas semanas sobre la Reforma de la Ley del Aborto de Alberto Ruiz-Gallardón. Hemos oído hasta la saciedad los términos y expresiones “derechos”, “libertad”, “progreso”, “justicia”, “sanidad”, “decisión personal”…, pero en muy pocas ocasiones he oído hablar de los “derechos de los niños”, “derechos de los no nacidos”, “derechos de los nasciturus”, “derecho a la vida del aún no nacido”, derecho a la vida del ser humano concebido pero aún no nacido. Paralelamente, alguno de los eufemismos más utilizados, también, en muchas tertulias es el de “interrupción voluntaria del embarazo”, para referirse a “acabar con una vida humana en sus primeras semanas o meses de gestación”. ¿Por qué no llamar a las cosas por su nombre? La conciencia humana siempre trata de modificar o disfrazar la realidad cuando esta no nos parece correcta o moralmente aceptable.  

Este simple cronista de la actualidad considera que aquellas voces que reivindican el “derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo” no se dan cuenta de que no están decidiendo sobre su cuerpo, sino sobre el cuerpo de otro ser humano. Decidir sobre el propio cuerpo y sobre la propia vida tiene otro nombre: eutanasia. La eutanasia nada tiene que ver con el aborto. La eutanasia es una decisión que afecta directamente sobre la persona que toma dicha decisión, en el aborto, alguien decide sobre otro alguien. Además, creo conveniente destacar que la venida al mundo de un niño es responsabilidad de dos. En demasiadas ocasiones se oye la simplista expresión de “derecho de la mujer para abortar”, lo cual deja totalmente al margen al padre de la criatura y no es más que un tic machista disfrazado de falso feminismo aparte de, como anteriormente hemos señalado, permitir que se decida sobre la vida de un tercero.

Un embarazo no es un quiste que sobresale en nuestro cuerpo, sino el inicio de una nueva vida humana de la que no podemos convertirnos en jueces. Pensar que el aborto es una cuestión relativa a la salud es creer que el embarazo es equiparable a una enfermedad, cuando realmente el embarazo no es una patología, sino todo lo contrario. Hay sistemas de supuestos, sistemas de plazos, y todos cuantos queramos proponer pero, yo me pregunto: ¿cómo se cuantifica o mide a partir de qué semana o de que día uno empieza a ser persona? Personalmente creo que desde el momento de la concepción hay una nueva vida y, en nuestro caso, un nuevo ser humano. Respecto a los supuestos, ¿qué decir, por ejemplo, del supuesto de enfermedad del feto? Pongamos por caso un niño que viene con síndrome de Down. ¿Quiénes somos nosotros e, incluso, quién es su madre, para decidir sobre si tiene que vivir o no?  A veces se justifica con la supuesta felicidad o infelicidad del niño, o con la supuesta evitación del sufrimiento del hijo, lo cual es mentira ya que, en realidad, la razón es la supuesta evitación del padecimiento de los padres, algo falso también pues, tras un aborto, los padres y, sobre todo la mujer, tienen un sufrimiento psicológico que encoge el alma. Y voy más allá. Todos conocemos en nuestras familias o en nuestras amistades personas con síndrome de Down, y son felices, o no, exactamente como lo somos los demás, o no. Decidir sobre la vida de otro pensando en su supuesta felicidad y/o sufrimiento es querer buscar al ser humano perfecto, al ser humano que no existe. Esto nada tiene que ver con el progreso, sino todo lo contrario, es retroceder a los pensamientos eugenésicos espartanos o nazis basados en la atroz idea de buscar personas perfectas y desechar aquellas que presentan algún tipo de malformación o de disminución física o psíquica.

En la actualidad y, en un mundo globalizado y, sobre todo, con la generalización de internet, la información sobre planificación familiar y sobre los diferentes tipos de anticonceptivos está al alcance de todos en nuestro país. Adolescentes, jóvenes y, en general, todos los adultos, disponemos de un acceso directo a una amplia y completa información sobre todos los anticonceptivos así como sobre su manera de uso. Y digo anticonceptivos, no píldora del día después, que no es más que una píldora abortiva.

Lo que las sociedades necesitan son políticas de natalidad y ayudas institucionales para las familias, sobre todo para aquellas monoparentales que se encuentren en situaciones complicadas. La solución no es eliminar el bebé antes de que nazca, la solución es ayudar a las mujeres y a los padres para que el bebé que esperan sea atendido en las condiciones más óptimas posibles una vez este nazca. Los Gobiernos, en lugar de subvencionar el aborto y las clínicas donde se practica, debieran subvencionar y ayudar a las madres y a las familias que esperan la llegada de un nuevo hijo y que se encuentran en situaciones económicas complicadas. Pero no solo eso, también deben regular y favorecer, con todas las garantías, unas bajas laborales dignas por maternidad y por paternidad que permitan que los padres puedan cuidar y disfrutar de sus hijos. Las Administraciones tienen que invertir también en Educación (guarderías públicas, formación, etc.), Sanidad y, en general, en todo aquello que beneficie al llamado Estado del bienestar. Paralelamente y, para compensar el esfuerzo económico, los Gobiernos pueden recortar, por ejemplo, en las millonarias y escandalosas subvenciones que conceden a medios de comunicación privados así como en las ayudas monetarias que destinan a empresas de titularidad privada.

Los pilares de la Monarquía española, por César Valdeolmillos

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada.

“El que pide con timidez se expone a que le nieguen lo que pide sin convicción”

Maximilien Robespierre

Abogado, escritor, orador y político francés

A requerimiento de una periodista sobre el origen de su reinado, el entonces Rey Juan Carlos respondió: “Yo era sucesor de Franco, sí, pero heredero de diecisiete reyes de mi familia.”

El 22 de noviembre de 1975, Juan Carlos I era proclamado Rey de España por unas Cortes que únicamente lo aceptaban porque así lo había ordenado Franco. Fue esta la última orden, que al trágala y con no poca repugnancia, obedeció la corte pretoriana del dictador.

A los ministros Carro y Sánchez Ventura, enviados por La Zarzuela como portadores de ciertos detalles con relación al protocolo a seguir para la ceremonia de proclamación, Alejandro Rodríguez de Valcárcel —uno de los personajes más reacios a la proclamación de don Juan Carlos— los despidió sin miramientos.

En definitiva, como presidente de las Cortes, del Consejo del Reino y de la regencia, él era el anfitrión y señor de la casa. Él convocaba. Él ponía el hemiciclo, el estrado, los maceros, las tribunas. Él tomaba juramento, él proclamaba. Por tanto, el que mandaba y dirigía el cotarro era él.

No hay más que observar con atención las caras de quienes rodeaban a Juan Carlos I en el acto de su juramento. Eran caras de irónica autosuficiencia, de corrosivo recelo, cuando no de un encono manifiesto. La escena era histórica. Un Rey sitiado por el franquismo.

¡Qué diferencia con la equivalente de su hijo, el hoy Rey Felipe VI!

Al final, el padre —un Rey acorralado por la facción más dura y nostálgica de un régimen que había iniciado el camino de su propia descomposición, pero que en su patética ceguera no estaba dispuesto a ceder un palmo de sus posiciones— tuvo el coraje y los arrestos necesarios para que imperase aquello que le era inherente e inseparable a la corona española.

Casi cuarenta años después, el sucesor, en una situación de solidez y aceptación que para sí hubiese querido su padre, retrocede ante unos pocos que le rechazan, renunciando a los símbolos que confirieron su razón de ser a la Monarquía española.

Felipe VI, intentando complacer y lisonjear a quienes zafiamente le pedían que se presentase a las elecciones, ha protagonizado una proclamación absolutamente laica, exquisitamente enmascarada en la ajustada indumentaria de la aconfesional. Del acto de su juramento fue retirado cualquier símbolo que pudiese hacer referencia o evocar la religión. De de la Corona tumular de España, solo le faltó eliminar la cruz que se asienta sobre el orbe superior de la misma y que es el emblema de la catolicidad de la Monarquía Española.

Ignoro si alguien le habrá dicho a Su Majestad Católica Felipe VI, Canónigo honorífico y hereditario de la Iglesia Catedral de León y de la basílica de Santa María la Mayor en Roma; Bailío Gran Cruz de Justicia con Collar de la Orden de Constantino y Jorge de Grecia; Bailío Gran Cruz de Honor y Devoción de la Soberana Orden Militar de Malta; Gran Cruz de la Legión de Honor y de la Orden Nacional del Mérito entre los numerosos títulos inherentes a la corona española, que el Catolicismo no es un perifollo ornamental de la Monarquía española que se utiliza a gusto del consumidor o según la conveniencia de las circunstancias. Durante casi 1500 años ha sido su razón de ser desde Recaredo hasta Juan Carlos I. El propio Claudio Sánchez Albornoz, presidente de la II República en el exilio, la describe como “la rodela de Europa frente al Islam” y junto a la Filosofía Griega y el Derecho Romano, ha llevado la Luz del Evangelio hasta el último rincón de la tierra en el nombre de los reyes que han precedido en el trono a Felipe VI.

No hubiese estado de más que Su Majestad y nuestra clase dirigente, hubiesen tenido en cuenta —si es que lo han leído— algunas de las ideas que el pasado 8 de Mayo expuso en Berlín el Presidente de la República de Hungría, Viktor Orbán, sobre “Las raíces cristianas de Europa”.

Solo personajes de gran fuste han sido capaces de soportar el enorme peso histórico de la corona española, pues no en vano, gracias a las epopeyas lideradas por los diferentes reyes católicos españoles, media Humanidad le habla a Dios en español y gracias a la misión histórica de la Monarquía católica española, hoy tenemos un Papa argentino cuya lengua materna es el español y a quien por cierto visitarán en breve los nuevos monarcas españoles.

Sin embargo, bajo la apariencia de opuestos modos de proceder entre padre e hijo ante un mismo hecho —su exaltación al trono de España— existe una perfecta sincronía entre ambos, nacida de un superior interés común, en atención al cual, puntualmente es conveniente girar en la misma dirección en la que sopla el viento. En 1975 Juan Carlos I, giró del ya inútil azul del movimiento, al esperanzador azul de la democracia, asumiendo los valores y tradiciones de todos los reyes que le precedieron.

En 2014, como soplan vientos laicistas y sus valedores cuestionan la legitimidad de la corona, su hijo y heredero Felipe VI, ha estimado prudente ser flexible, inclinarse ante las corrientes más radicales e ignorar y ocultar la propia razón de ser, sobre la que durante casi 1.500 años se han asentado los fundamentos de la Monarquía española.

Quizá hoy más que nunca y ante los hechos de que estamos siendo testigos, sea aplicable la famosa sentencia de René de Chateaubriand: “Soy borbónico por sentimientos de honor, monárquico por convicción razonada y republicano por temperamento”.

Es lógico y hasta necesario adaptar el vetusto edificio a las necesidades de quienes lo habitan, pero cuidémonos de no debilitar los pilares que lo sustentan, si no queremos que se desplome.

Abdicación del Rey y modelo de Estado. ‘Sacralizar la democracia’, por César Valdeolmillos

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada.

 

Cuando un pueblo vive mal informado se le lleva a ciegas al toro como el caballo de los picadores. Para que haya democracia ha de haber demos, y el demos no es la masa”

Antonio Gala

 

La miseria ética y política de los hombres públicos que sucedieron a los padres de la Constitución ha impedido que aún después de 36 años de vigencia, este sea un capítulo resuelto y cerrado de nuestra historia.

Como consecuencia de esa cobardía política nacida de los intereses electoralista, no son pocos los aspectos que aún siguen sin resolverse, circunstancias que aprovechan los disconformes para hacer bandera de las mismas cuando la ocasión se presenta, como es el caso que estamos viviendo en estos días, con motivo de al abdicación de S. M., El Rey, para cuestionar la forma de Estado.

Una de las singularidades de la democracia es que lo soporta casi todo: la demagogia, el populismo, la mentira e incluso la existencia y participación de aquellos que quisieran abolirla. Y he dicho casi todo, porque lo único que no tolera, es que ningún ciudadano está por encima de las leyes, sea príncipe o plebeyo.

Es decir: la Ley está por encima de todo y de todos, y como tal hay que respetarla. Y como estamos de acuerdo en ese principio, la petición de un referéndum que por parte de algunos se está haciendo, aprovechando la abdicación del Rey, está absolutamente fuera de lugar. Existe una Ley de Leyes, la Constitución de 1978, elaborada por consenso por casi todos los partidos de la Cámara, incluida toda la izquierda que la refrendamos por abrumadora mayoría los españoles. Un consenso para cuyo logro, todas las opciones políticas cedieron de sus posiciones iniciales, porque no había más que dos alternativas: o volver al punto de partida, al 18 de Julio del 36 o considerar todo lo sucedido —no a ninguno de los bandos, sino a todos los españoles— un capítulo cerrado del que todos hubieron de extraer las dolorosas consecuencias del anterior proceder, trabajar juntos en la diversidad por una España que nos ofreciera un esperanzador amanecer. Y esta última opción, es la que presidió desde el primer momento y durante todo su reinado, el espíritu de Juan Carlos I. Por cierto, que gracias a ese espíritu, los que ahora le niegan el pan y la sal,  pueden hacerlo con toda libertad.

Ciertamente la sociedad evoluciona como cualquier organismo vivo y por tanto dinámico y la Constitución no puede ser ajena a dicha evolución. Por tanto cualquier opción para reformarla es legítima, pero como mientras esté en vigor hemos de respetarla porque está por encima de todos nosotros, hagámoslo respetando las pautas que ella misma nos marca y no tomando atajos caprichosos a la medida de los deseos de algunos que ahora dicen que no les vale, que eso fue cosa de otra generación y que ellos no la votaron. No me detendré en estas excusas —que no argumentos— por peregrinos y falta de consistencia jurídica y política. Porque tomarlos como base de una iniciativa, supondría aceptar la Ley cuando es de mi gusto y rechazarla cuando no se acomoda a mis deseos. Así que si la mayoría de los representantes del pueblo español contemplados por la Ley cree que hay que reformarla, que se inicien los trámites parlamentarios para ello, para hacer las cosas dentro de la más estricta legalidad y no porque unos cuantos, bajo la práctica de la extorsión violenta en las calles o en las redes sociales, hagan un poco de ruido, frente a una inmensa mayoría silenciosa.

¿Cómo se llegó al proceso constitucional? Yendo de la legalidad a la legalidad. Pues si hay que reformar nuestra norma suprema, no puede haber otro camino. Lo contrario sería simplemente utilizar la Ley de forma alternativa, caprichosa, arbitraria, injusta y sobre todo, de unos contra otros. Y esto, tristemente, ya sabemos a lo que nos conduce. A la confrontación entre hermanos. Por favor, la vida y la convivencia social, son elementos de nuestra existencia mucho más hermosos y valiosos que las ideas políticas. Se dice que somos un pueblo inculto y en muy buena parte es cierto. ¿Por qué entonces, en vez de empecinarnos en nuestros errores, no aprendemos de nuestros grandes pensadores? Recordemos lo que dijo hace tres cuartos de siglo Ortega y Gasset, uno de los intelectuales de mayor prestigio de nuestra historia, reconocido mundialmente: “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral”. Si ya en aquel entonces fue válida para la sociedad de la época dicha sentencia, ¿Qué diría ahora?

Si por el hecho de ser España un Reino y no una república, somos los españoles anacrónicos incultos, por la misma razón lo son también los ciudadanos de Holanda, Noruega, Reino Unido, Suecia, Dinamarca, Países Bajos, Luxemburgo, Bélgica y Mónaco, por no citar también a los de Japón, por cierto, una de las grandes potencias económicas mundiales y en la actualidad, la tercera mayor economía de acuerdo a su PIB. En total, seríamos unos 300 millones de ignorantes  por ostentar como modelo de Estado la monarquía parlamentaria, en vez de una república.

Pero no mezclemos churras con merinas que es lo que suelen hacer los que acostumbran, frente a la opinión pública, a manipular la realidad y las ideas.

Ciertamente, me producen perplejidad, y en algunos casos hasta pánico, aquellos que sitúan la democracia en el tabernáculo de las cosas sagradas.

La democracia, que como todos sabemos la inventaron los griegos hace 5.000 años, hay que conocer cómo y por qué surgió y como la aplicaron sus mentores. A partir de ese desconocido conocimiento, lo único que podemos afirmar, es que la democracia es la aplicación de la voluntad de una mayoría, las más de las veces sin el menor respeto para las minorías, aunque retóricamente se diga otra cosa. Pero lo que pueda o no decir una mayoría, sobre todo si es inculta, no quiere decir que sea ni la verdad, ni lo más sabio. NI siquiera lo que más le puede convenir a aquellos que forman parte de esa mayoría. ¿Acaso dos más dos serían cinco si así lo afirmase una mayoría?

Dice  Antonio Gala que “El único procedimiento de mejorar la democracia para conseguir mejor sus fines es mejorar al pueblo que debe utilizarla. Lo otro es confundir democracia y demagogia. EI burro, por igual que sea al ruiseñor delante de la ley, siempre rebuznara. Salvo que se le eduque la voz”.

Pero lamentablemente la nave de la política española sigue varada en el banco del resentimiento, de la nostalgia, del ánimo de revancha, palos en la rueda de la democracia. Porque ninguna forma de gobierno -y ella, menos- es el genio de la lámpara de Aladino. ¿Acaso mejora el hombre porque la fórmula del Estado sea República o Monarquía? No. Toda mejora ha de ser interior; la política nunca será una panacea, sino una costosa posibilidad; no un hallazgo, sino un propósito continuado; no un regalo, sino un aprendizaje; no una imposición, sino algo que crece de abajo arriba y de dentro afuera; no un bien que se defiende mediante la imposición violenta, sino mediante el convencimiento por medio de la razón; no una improvisación, sino el final de un camino de dudas; no un objeto que se adquiere con dinero, sino con la formación y la constancia.

Es cierto que la democracia, cualquiera que sea la forma del Estado, es un permanente jugar a la ruleta rusa, sabiendo que más tarde o más temprano, la bala de algún iluminado —la historia nos brinda muchísimos ejemplos— nos conducirá a hacia la decadencia, al desastre y hasta la destrucción. Pero esta probabilidad siempre será mayor si en la fórmula del Estado intervienen las ideologías partidistas, los intereses electorales y la inconsistencia de la temporalidad. Por el contrario la monarquía ofrece la solidez que proporciona siempre la continuidad, la profunda preparación de la persona para la misión que está llamada a desempeñar y la confianza que siempre proporciona el paraguas que ampara a todos, incluso a aquellos que no lo quieren.

En el fondo de toda esta demagogia, subyace únicamente el poso de la incultura de un sector de nuestra sociedad al que de forma ideológicamente interesada se le ha inducido a rechazar sus propias raíces bajo supuestos históricos situados fuera de su propio contexto, con lo cual, a la luz del siglo XXI, es fácil presentarlos de forma sesgada y anacrónica.

Produce profunda tristeza, que siendo la nuestra una monarquía cinco veces centenaria y España el país más antiguo de Europa y el que mayor influencia ha ejercido en el mundo, sintamos tan poco amor y respeto por nuestros orígenes y repudiemos tan irresponsablemente los símbolos que los representan.

Y todo ello en aras de algo tan caprichoso, voluble y no pocas veces tan inconsecuente, como es la democracia. Hoy día, aquellos que se autodenominan progres, rechazan todo aquello que no esté legitimado por la democracia. Creo que los grandes descubrimientos de la ciencia y los avances científicos, deberíamos someterlos a referéndum y rechazar por antidemocráticos todos aquellos que no sean aprobados por el pueblo. ¿No sería algo tan ridículo como el proceso y condena a que se vio sometido Galileo por afirmar que la tierra se mueve? Sacralizar la democracia es algo tan ridículo como declarar nuestro amor a un frigorífico.

No nos engañemos. Los que ahora son tan fervorosos partidarios de someter a referéndum la forma del Estado en España, bajo el pretexto de hacerla más democrática, están haciendo gala del mismo cinismo con que en el Gatopardo, el personaje Tancredi, colaborador de Garibaldi en la revolución italiana, para también poder participar del pastel del poder, le dice a su tío, el  príncipe de Salina, la lapidaria frase: “Es necesario que todo cambie para que todo siga igual”.

 

‘Alfonso XIII en lontananza’, por Carlos León Roch

Pocos monárquicos lo recuerdan; pocos republicanos lo asumen…

En los primeros meses de la Segunda República, en 1931, las Cortes aprobaron una ley en la que se privaba a Alfonso XIII, voluntariamente exiliado y que había entregado “gratuitamente” su reinado y el propio sistema a los republicanos, de la “paz pública”, autorizando “a aprehenderlo y a quitarle todos sus bienes, todas sus dignidades, todos sus títulos…”.

De ese modo, una persona –Alfonso XIII- que ante unas simples elecciones municipales, había decidido abandonar el trono, sin que éstefuera defendido “por un simple piquete de alabarderos”, era recompensado por el odio, la ignominia y el desprecio de los que fueron favorecidos por su “beatífica” actitud.

Naturalmente, Alfonso XIII nunca regresó a España. Fue su hijo, D. Juan el que se ofreció para combatir contra la Republica. Ha sido su nieto, el rey D. Juan Carlos I el que, de la mano de Franco, reinstauró la Monarquía y la ha mantenido durante 39 años. Y es su biznieto, el príncipe Felipe quien, con la denominación controvertida de Felipe VI, va a continuar la dinastía borbónica en España.

Pero nadie debería olvidar el tratamiento cainita que puede darse en España a sus reyes caídos.

 

Alfonso XIII no tenía aforamiento.

 

 

 

Tras la abdicación del Rey: ¿A los lobos o a los puercos?, por César Valdeomillos Alonso

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada.

 

 

Es mejor viajar lleno de esperanza que llegar”

Proverbio japonés

 

El Rey ha anunciado que abdica en la persona de su hijo el Príncipe de Asturias y con ello ha destapado la caja de los truenos. Inmediatamente, allá qué se ha lanzado la izquierda nostálgica y radical mostrando su permanente reconcomio por unos sueños no pudieron hacer realidad y que ahora, 75 años después, —al estilo de Maduro en Venezuela—, por la fuerza de las algaradas, pretenden conseguir. Estaban esperando que se produjese la ocasión, para pedir patéticamente que el sucesor al trono de España, se gane el puesto presentándose a las elecciones.

Ciertamente a nuestra siempre inacabada España, tan necesitada de una renovación espiritual, le hace falta la guía de un hombre nuevo.

En estos casi 40 años de monarquía parlamentaria, sin duda se han cometido errores como es propio de toda obra humana. Errores que han hecho muchísimo más ruido que lo que la institución monárquica, día a día y calladamente, ha aportado a la estabilidad y prosperidad del sistema. Sin duda, uno de los yerros ha sido el no haber sabido despertar en la ciudadanía los entusiasmos que una obra análoga, hubiese provocado en otro país más conocedor de su propia historia, más reflexivo que el nuestro y menos dado a ocuparse de las sandeces y simplezas de las que aquí nos cuidamos en tales casos.

Cuando aquel 6 de diciembre de 1978, el pueblo español se otorgó libre y voluntariamente, de forma abrumadoramente mayoritaria, la Ley que nos ha proporcionado gozar del período de estabilidad política más largo de nuestra historia y el que nos ha permitido progresar de forma que fuimos ejemplo y espejo en el que se mirase todo el mundo, España salió del profundo pozo del oscurantismo y se adentró con paso certero y decidido hacia el nuevo amanecer que nos ofrecía Europa.

Hoy, transcurridos casi 40 años de aquella prueba de generosidad que nos dimos los españoles, si echamos la vista atrás, —cosa que no solemos hacer— comprobaremos que la semilla fructificó y dio su cosecha.

Resulta inevitable que junto a frutos que en muchos casos nos parecen, más ensoñación que realidad, crezca al mismo tiempo la mala hierba que es la que definitivamente hay que arrancar, pues al amparo de la misma, siempre habrá quien pretenda retrotraernos a la antigua caverna de la que salimos y mantenernos en ella encadenados, aprovechando la miseria y pobreza de espíritu en la que nos hallamos al presente.

No permitamos que esto suceda y llegue un día en el que pudiéramos pensar que los frutos obtenidos, fueron producto de un bello sueño más que de la realidad.

Hace tiempo que vengo siguiendo las manifestaciones del que está llamado a ser cabeza y guía de esa renovación espiritual de la que tan necesitados  estamos y sus ideas siempre me han parecido un manantial de agua cristalina y renovadora del pantano en que los partidos han convertido la política española, charca de aguas muertas y estancadas de donde se desprenden los hedores que tienen sumidos en un letargo enfermizo el espíritu de una buena parte de  aquellos que se dedican a la cosa pública. Esa adormidera anímica que durante estos años ha ido germinando en los más importantes sectores dirigentes de nuestra sociedad, no puede dar otro fruto que el de la ramplonería y la insignificancia que brotan como polen de la ignorancia y la irreflexión. Polen que se adueña del aire que nos rodea y otorga el triunfo a todo género de lo que no haga pensar. No es de extrañar por tanto, que en este ambiente de insensibilidad intelectual, se abran paso, como lo están haciendo, los extremismos de uno y otro signo que abanderan la insubordinación y la anarquía.

Creo francamente que el futuro Rey, llega dispuesto a segar las malas hierbas que estrangulan el verdadero progreso de nuestro país, movido de un ánimo de sinceridad, virtud por cierto, tan asustadiza como deshonrada en nuestros días.

Pienso que el relevo es necesario y el momento oportuno. Por la apropiada preparación recibida para la misión que estaba llamado desempeñar y por lo que a través de sus intervenciones públicas ha dejado ya entrever, intuyo que el nuevo capitán tiene claro el puerto hacia el que ha de dirigir la nave. Pero habilidad y mano muy firme habrá de tener sobre el timón para mantener el rumbo adecuado, y sereno valor, para hacer frente al motín que le acecha, y si es preciso, como decía Ángel Ganivet: “En presencia de la ruina espiritual de España, hay que ponerse una piedra en el sitio donde está el corazón y hay que arrojar aunque sea un millón de españoles a los lobos, si no queremos arrojarnos todos a los puercos”.

El día después, por Miguel A. Espino Perigault

Miguel Antonio Espino Perigault es periodista y profesor de la Universidad de Panamá.

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Los “días después” son importantes en la vida de las personas y de las naciones. Piénsese, por ejemplo, en el día del nacimiento o en el de la muerte. Piénsese en las elecciones de un país. Piénsese en nuestras recientes elecciones en Colombia, en Costa Rica, en Chile, por mencionar algunas en el continente americano. Piénsense estas alecciones a la luz de a las luz del significado de la frase comentada.

En la republica centroamericana de Panamá, el día cinco de mayo fue el día después de las elecciones nacionales. El primero de Julio se celebrará el segundo importante día después de la toma de posesión del nuevo presidente, Ing. Juan Carlos Varela.

La expresión “El día después” ingresó al vocabulario periodístico a través del arte cinematográfico en el año 1983 con motivo del extraordinario éxito de una película c con ese título –The day after- presentada por la cadena ABC, de la televisión estadounidense La película, con actores desconocidos, logró una audiencia de cien millones de telespectadores, la mayor hasta la fecha. Fue dirigida por Nicholas Mayer, basada en una obra de Howard Hume.

El argumento de El Día Después se refiere al sorpresivo estallido de la temida guerra nuclear que, por aquellos años, amenazaba permanentemente a la humanidad, debido a los frecuentes tira y jala políticos de las dos grandes y, entonces, únicas potencias nucleares que marcaban sus respectivos territorios, en tiempos conocidos como la “Guerra Fría”.

Por un lado, las naciones comunistas del Pacto de Varsovia (los chicos malos); dirigidos por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS)..

Por el otro lado, los chicos buenos, dirigidos por Los Estados Unidos desde la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico del Norte), una organización hoy extemporánea que probablemente será convertida en la policía del Nuevo Oren Mundial del “Big Brother” (El Gran Hermano), en crecimiento aún y amamantado por la ONU.

Pero, no nos adelantemos. Ya colaboraremos con el presidente Varela con la información sobre el tema, para que se cuide de los malos consejeros, moscardones de la politiquería. Según la película, “The Day After”, el estallido de una de las bombas nucleares lanzadas contra el país, se produjo en la región próxima a la ciudad de Kansas City y barrios vecinos, que se tomaron como escenario representativo de una típica región rural norteamericana y su gente de costumbres sencillas. La indefensión ante la muerte y el temor a una sobrevivencia con daños y males desconocidos, desató los más bajos instintos y obscuras pasiones, junto a los más sublimes actos de amor de lo que somos capaces los humanos.

El engaño, el robo, el asesinato, junto al sacrificio por el otro, la solidaridad y el desprendimiento.

La desesperanza de unos, sumidos en el terror, y la serenidad de quienes mostraban un caminar en la esperanza que nace de las oraciones y la fe. Cada quien se comportó según lo que llevaba dentro de sí hasta el momento anterior al da después. El día después y los demás días que siguieron a las elecciones del cuatro de mayo nos revelan un drama igual al de la película original, de parte de personas y de instituciones, como algunos medios, por ejemplo, que han jugado un papel destructivo de valores éticos y morales… Para algunos periodistas y medios, nada ha cambiado, la maldad, el odio y las bajas pasiones siguen en el ambiente y hasta se incrementan. No hay perdón. No hay elegancia ni honorabilidad ni en la victoria ni en la derrota.   ¿Conocerán nuestros políticos las relaciones entre gobernabilidad y Bien Común? Y una muestra de la banalización del la realidad cultural, e es que “El día después”" es la consigna publicitaria de una criminal píldora anticonceptiva. Esperamos que no sea lo único que importa a algunos políticos con poder.

Lo sabremos los días después de la toma de posesión del nuevo presidente, a quien le ofrecemos lo único que podemos ofrecerle: nuestras oraciones al Padre, para que no lo deje caer en la tentación y lo libere del maligno (como se decía a antes) y de todo mal. Créame, señor presidente, lo que le viene de malo no es del patio, sino de afuera. Como en la película.