La basura de ‘The Hole’ recala en Santander, por Jorge Calandra (ADVCE)

Jorge Calandra Reula es el presidente de la Asociación para la Defensa de los Valores Católicos en la Enseñanza, ADVCE (@ADVCE).

La basura de ‘The Hole’ recala en Santander durante la segunda quincena de abril, y señalamos basura no porque hayamos visto la escenificación, que no vamos a verla, sino por la publicidad que en relación a la misma estamos obligados a tragar cuando entramos o salimos de Santander. Es claro que existen personas a las que la frivolidad sensual no les preocupa en absoluto; sin embargo, otras personas queremos cuidar lo que vemos, y no es de recibo que veamos por las calles a una cabaretera o a un cabaretero con determinadas insinuaciones.

Es más que probable que la publicidad del evento viole algunas leyes de los Código Civil y Penal, con lo que resulta llamativo que se haya permitido su colocación en diversos lugares de la ciudad. Parece que el público al que se dirige este bodrio es el adulto, pero no parece haberse hecho la misma clasificación con la publicidad, que hemos de ver todos.

Vaya nuestra fuerte recomendación de no asistir a las funciones que realicen y nuestro deseo de que sea un profundo fracaso. Imaginamos que la publicidad es debida a que, de por sí, este espectáculo no atraería a mucha gente si no fuera inundando la capital cántabra con carteles.

Repetimos: desconocemos los detalles del espectáculo, pero sabemos que discrepamos de los que sí parecen conocerlos, como la concejala de Turismo y Dinamización Social, Gema Igual, que indica que se trata de un espectáculo de primera categoría y que constituirá un complemento para el turismo de cultura; aunque no terminamos de ver la relación que tiene la verdadera cultura con una cosa de estas características.

Es lamentable comprobar que a cualquier actuación se la llame “arte” o “cultura” y que se dediquen elogios como la de la responsable de Dinamización Social del Ayuntamiento santanderino, Carmen Ruiz, que dijo que era un espectáculo maravilloso.

No realizaríamos esta crítica si Santander, una bonita ciudad, no hubiera sido tratada como cubo de la basura al estar manchada con una cartelería que espera atraer turistas en este periodo vacacional.

Quizá, el apoyo en elogios desde personas del Ayuntamiento sea debido a que la propiedad del evento dedique parte de sus ingresos al programa municipal ‘Apadrina una familia’, aunque en ADVCE creemos que el fin no justifica los medios. Por otro lado, flaco favor hace este evento a las familias que desean educar a sus hijos en un ambiente honesto.

 

Adolfo Suárez: el temple de un hombre, por César Valdeolmillos

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada. 

 

“Tanto tormento es ya vivir un día que el morir en alivio se convierte.”

Agustín Moreto y Cavana

Dramaturgo español barroco del Siglo de Oro

 

Escribo estas líneas, cuando hace apenas un minuto que Adolfo Suárez González, el hombre que cambió a España y restableció la “libertad sin ira”, acaba de fallecer.

No estoy muy seguro de ser objetivo, porque la cercanía produce afectos o rechazos en función de la sintonía que se establezca entre dos personas que entrecruzan sus miradas.

De los que en aquel tiempo pusimos el corazón con ilusión, con valor no exento de cierta temeridad, mirando al mañana sin ignorar el pasado y con la satisfacción íntima y generosidad histórica de saber que la conquista del futuro era obra de todos, muchos han desaparecido y otros parecen haberlo olvidado.  Personalmente conservo memoria viva de aquella ilusionante gesta en la que tuve la fortuna de tomar parte y la desaparición del capitán, hace que los recuerdos acudan en desorden a mi mente.

Hace treinta y siete años, en un día de primavera como en el que el timonel de aquella frágil nave nos ha dicho adiós, acudí ilusionado a la Moncloa para el que habría de ser el primero de mis encuentros con él. La cita estaba prevista para las once de la mañana y ni que decir tiene que quince minutos antes estaba yo presente en la cocina donde se preparaban las grandes recetas de la política española, por supuesto nada parecida a lo que es hoy.

Fue Aurelio Delgado, su cuñado y secretario personal quien salió a recibirme y recuerdo perfectamente que me dijo que si me recibía puntualmente, sería muy poco el tiempo que podría estar con el Presidente, pero que si me hacía esperar mucho, es que entonces quería despachar antes todos los asuntos del día para disponer de tiempo y charlar tranquilamente conmigo.

Pasaban las dos y media de la tarde cuando nuevamente apareció Aurelio Delgado y me dijo que el Presidente me esperaba. No nos conocíamos personalmente. De él yo sabía ni más ni menos que el común de los mortales. Lo que decían los medios de comunicación. De mí, seguro que él tenía una amplia información previa. Un modesto periodista de provincias, que hacía escasos meses que formaba parte de los aliños de aquella ensaladilla rusa a la que llamaban UCD.

He de confesar que penetré en su despacho con la cautela con que un alumno acude a la llamada del director del colegio. Al aparecer en el umbral del recinto, sin ningún tipo de ceremonial, se levantó, se acercó a mí y con esa seductora sonrisa con la que conquistaba no solo a los españoles, sino a sus más acerados adversarios, me tendió la mano y como si nos conociéramos de siempre, me dijo: “Pasa, ¿Cómo estás?”. Fue un Apretón de manos claro, sincero, abierto, decidido. De los que te infunden confianza y cercanía.

Como cabría pensar del Presidente de una nación, la estancia no era demasiado grande. Luminosa, con un gran ventanal a sus espaldas a través de cuyas cortinas se traslucía el ir y volver de la silueta de un Guardia  Civil. Era su despacho de trabajo, el que guardaba todos los secretos del período histórico por el que atravesaba España y no el de las importantes recepciones protocolarias reservado a los grandes personajes ante quienes mostrar otros empaques.

Sobre la mesa dos paquetes de Ducados y varias tazas de café negro ya consumidas, rodeadas de informes, carpetas, expedientes… Me encontraba frente al gran político que, en medio de unas inmensas y gravísimas circunstancias, hizo el milagro de cambiar las cañerías del agua, teniendo que dar agua todos los días; cambiar los conductos de la luz, dando luz todos los días; cambiar el techo, las paredes y las ventanas del edificio del Estado, sin que el viento, la nieve o el frío perjudicaran a los españoles. Sin embargo, no solo por lo que me decía, sino por la forma en que lo hacía, tenía la sensación de estar frente al hombre que me mostraba su pensamiento, su sentir desnudo, sin la máscara que cada uno nos ponemos cuando salimos a la puerta de la calle para enfrentarnos al mundo. Tenía la impresión de encontrarme junto a un amigo de toda la vida, junto al que tienes la plena libertad de pensar en voz alta.

Fue una reunión larga. Ahora no puedo precisar cuánto duró, pero por las numerosas notas que tome en mi agenda, debió exceder de las dos horas. A pesar del tiempo transcurrido, no hubo comida de por medio. Solo cigarrillos que alternaba con tazas de café.

El me hablaba de los proyectos en marcha, me explicaba la génesis y el fin perseguido y lo hacía con pleno convencimiento, con fe, a veces hasta con la pasión del que sabe que o eso, o el diluvio. Luego pedía mi parecer e incluso me preguntaba lo que opinaba el hombre de la calle sobre tal o cual aspecto. Preguntaba y escuchaba con interés y atención. Yo lo apreciaba en sus ojos. Porque las palabras se pueden manipular, los labios pueden mentir, pero la mirada es transparente como el agua de un manantial. Y fue en esos momentos cuando comprendí el por qué de su interés en mantener esa reunión conmigo. Imagino que también la tendría con otros compañeros similares a mí. Quería contagiarme la pasión de su proyecto global; desmenuzarme el cómo y el cuándo y el por qué, para que yo a mi vuelta, lo contase, lo difundiese, lo propagase. Porque Adolfo Suárez creía profundamente en el pueblo español, en su nobleza, en su generosidad, en su deseo y voluntad de construir un futuro nuevo en el que brillase la luz de un nuevo amanecer, dejando atrás la arrasadora tormenta de un pasado que jamás debiera haberse producido. Estaba decidido a toda costa, a poner los medios para que cerrasen las heridas, aunque quedasen las cicatrices.

En el transcurso de la conversación, paso revista al amplísimo catálogo de proyectos y problemas a resolver. No era un visionario, ni un improvisador. Era consciente de los problemas que conllevaban cada paso de los que estaba dispuesto a dar. La tarea era ardua. Había que caminar entre alambradas de espino, trayectoria en la que sin duda habría de  dejarse jirones de sí mismo y así se lo expresé.

Con mirada limpia, directa, decidida y llena de fe, me respondió: ¡Mira, César! Ha llegado el momento de que los españoles empecemos a querernos.

En ese momento comprendí que era un hombre que amaba a España.

El ser humano se forja en la dificultad y el dolor y Adolfo Suárez tuvo feroces e irreconciliables enemigos. Supo del desprecio y el menosprecio. Conoció de cerca el acoso y la traición, el abandono y la soledad. Vivió en lo más profundo de su corazón el dolor de ver como el cáncer le llevaba en plena juventud a su mujer y a su hija, mientras otra lucha denodadamente contra la enfermedad. ¿Hasta qué punto un ser humano puede aguantar tanto infortunio? Durante los once últimos años, el olvido al que le llevó su enfermedad ¿No habrá sido el bálsamo que ha mitigado tanto dolor?

Recorrer el camino, por César Valdeolmillos (en memoria de Iraila)

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada. 

“Vivir sus deseos, agotarlos en la vida, es el destino de toda existencia”

Henry Miller

Novelista estadounidense

Cada día, la actualidad nos brinda innumerables temas que comentar, la mayoría de ellos, fétidos, infectos y nauseabundos. En el fondo y en la forma, todos ellos son obscenos exponentes de la mezquindad humana y de la corrupción política que durante más de treinta años ha venido minando el sistema de convivencia español.

Pero de entre toda la pestilencia que emana del ambiente impuro de las ambiciones, la torpeza, el sectarismo, los delitos y calamidades de nuestro sistema político, me llamó la atención un suceso, que en medio de tanta miseria, ponía de relieve la dignidad, la fuerza y la voluntad del ser humano, al igual que una gota de rocío impregna de frescura a la mañana.

Iraila, era una niña valenciana de once años que participaba en el concurso, «La Voz Kids».

La gran ilusión de Iraila, era llegar a ser artista y con solo 11 años y un cáncer que desde hacía cuatro, la devoraba en su interior, sacó de sí misma la fuerza suficiente para conmover a España el pasado 6 de febrero cuando enmudeció mientras cantaba. Fue uno de los momentos más emocionantes del programa. Con ella contuvo el aliento toda España mientras los miembros del jurado subían de inmediato al escenario para consolarla, para decirle que estuviera «tranquila»; David Bisbal, muy cariñoso, bromeaba con sus «ricitos»; «Tú respira, mi amor», le decía Rosario. Finalmente conseguían que se tranquilizara y que volviera a coger el micro.

Iraila no sólo consiguió sacar fuerzas para retomar la actuación sino que cantó a la perfección, emocionando y haciendo llorar a los tres miembros del jurado. Los padres de la niña asistían a la actuación sin poder reprimir las lágrimas.

Aquel quedarse sin voz, parece que fue una premonición, un anuncio, un anticipo de lo que no tardaría en llegar.

Fue muy hermoso sentir en lo más profundo la voluntad de un espíritu que se alejaba para volar tan alto como las águilas.

Iraila había cantado como los ángeles y por eso los ángeles se la llevaron.

Iraila sobrepuso el valor y el coraje donde aparentemente solo había dolor la tristeza; puso vida donde solo había quebranto; aurora donde otros vieron atardecer; energía y corazón, donde otros solo han visto la oscuridad del crepúsculo.

Iraila cumplió con su deber diciéndole sí a la vida, porque tan importante es, que sin ella no hay opción a la otra. Vivir no es respirar, no es ganar dinero, no es engendrar, no es ser dichoso o desventurado; no es alcanzar una meta, porque traspasar la línea final de llegada es morir.

Vivir es recorrer el camino, amar y sufrir, caer y levantarse, es apurar la inexplicable dádiva de un todo absoluto. Y eso es lo que hizo Iraila. No le puso metas a la vida y remontó el vuelo viviendo con toda la intensidad de un ser único e irrepetible.

Vivir es desear vivir y luchar, y desde las entrañas sacar fuerza y valor para hacer frente al oleaje y las marejadas del aquí y ahora.

Vivir es nuestra primera, principal y única obligación desde el mismo momento de la concepción. No cabe discusión posible. Vivir es toda una epopeya, una heroicidad… una proeza, porque para vivir hace falta más valor que para morir. Por eso es necesario, imprescindible mantener el timón en el rumbo de la ilusión y de los sueños. Hay que vivir nuestros sueños y soñar que vivimos enardecidamente. Hay que vivir a pesar y a costa de todo. A veces… incluso a costa de la propia vida.

Maduro, Caracas y Andalucía, por Miguel A. Espino Perigault (Panamá)

Miguel Antonio Espino Perigault es periodista y profesor de la Universidad de Panamá.

 

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Si le comentara a un activista del socialismo del siglo 21 -y de cualquier otra corriente- acerca de las agresiones del gobierno venezolano contra su propio pueblo contestaría que esos dolores y muertes son el precio que se paga por el progreso y el avance  de las revoluciones (Dolores de parto).Es el precio, también, que pagan los “malos ciudadanos” al dejarse manipular por el imperialismo (el yanki, por supuesto) y las fuerzas reaccionarias enemigas del “progreso”. El precio por convertirse en “símbolos de mal”, como ellos lo ven. 

Cuando los estudiantes universitarios, en cualquier país, apoyan al socialismo y a lo que se le parezca, se les aprecia como si actuaran bien y como buenos revolucionarios; si no, son fascistas. .

Estos pensamientos alcanzan y enlazan al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y al gobierno de la región de Andalucía. La ideología común los mueve. Es posible percibirlo en dos hechos distanciados por centenares de kilómetros, espacio  y tiempo. Y que aparentemente no tienen relación. Pero tiene que ver con los prejuicios, los odios y los temores frente a la verdad. Lo podemos percibir y analizar a  propósito de noticias procedentes de Venezuela y de España. Las enlaza la ideología.  

Sucede que en España  (Infocatólica), “La Junta de Andalucía exigirá a la Iglesia que retire de los templos cualquier símbolo que recuerde al franquismo”. Se ha aprobado una ley para ello. 

Y, con un fervor y entusiasmo digno de mejor causa, (como atender las necesidades del pueblo, sobre todo de los pobres y necesitados), la Junta de gobierno regional se lanza a la ejemplar empresa revolucionaria, en recuerdo de algo que no se debe olvidar (no se sabe si lo que no se debe olvidar es el franquismo o la derrota militar que trastocó en España, hace casi un siglo, los planes del comunismo internacional entonces).

La noticia no ahonda en cuáles son esos símbolos a que se refieren y que solamente reconocen los socialistas. Estas arremetidas contra los fantasmas del franquismo, que sólo ellos perciben, no perdonan a nadie. Ni a los muertos. Sobre todo a los muertos.

Podría pensarse que los políticos socialistas que, hoy día, en los gobiernos de Venezuela y en Andalucía,  promueven estas venganzas y permanencias históricas (“Memoria Histórica”, en España) del odio y  la intolerancia,  esos políticos, no habían nacido cuando la Guerra Civil desgarraba a España. Pero seguramente recuerdan historias que les contaron su abuelitos socialistas.

Porque lo que nadie debe olvidar; pero que vergonzosamente han olvidado los socialistas, es que en la Guerra Civil española los republicanos no son los únicos muertos; ni, en Venezuela, el gobierno el único amenazado. 

Mucho menos deben olvidar los socialistas y, menos todos los españoles, que del señalado millón de muertos de la Guerra Civil, una gran mayoría eran gente no armada, como sí lo eran los republicanos. Se trataba de civiles desarmados, de los cuales miles eran religiosos,sacerdotes, seminaristas,  monjas, y laicos al servicio, incondicional, del pueblo; un servicio que el socialismo siempre ofrece condicionado. 

Esta realidad se la recuerda la Iglesia española a su pueblo, con actos en memoria de las cusas de los mártires de la Guerra Civil. Pero, los socialistas parece que  no creen que el asunto tiene que ver con ellos y su bochornoso pasado. Un detalle para entender el Un millón de muertos de Don José María Gironella.

 Si uno se atiene a estas ridiculeces de los gobernantes y gobiernos socialistas en España (y en Venezuela, Cuba y gobiernos suramericanos que maduran en el socialismo del siglo XXI) tendría que llegarse a la conclusión, muy curiosa por cierto, pero muy de los “compañeros” socialistas, los versos aquellos de que ·”Los muertos que vos matasteis, gozan de buena salud”.

Según ellos mismos, los republicanos españoles no mataron ni  una mosca., al parecer. Las malas lenguas históricas, del fascismo y de la odiada derecha, les atribuyen hechos sangrientos que no existieron. Nada de eso es cierto para los socialistas. O sea, que todos esos muertos  del “franquismo” se suicidaron o se murieron  del susto al encontrarse con los republicanos. 

Los centenares de miles de asesinatos perpetrados por los republicanos en España son los verdaderos símbolos del franquismo que ellos reconocían y todavía recuerdan. Estos son los símbolos que todavía persiguen. Es una vergüenza que deberían ocultar.

Igual es con los muertos que la heroica juventud venezolana está ofreciendo por la libertad y soberanía de su nación, desgobernada por un inmaduro servidor de la revolución eterna. 

Maduro, como los españoles del gobierno de Andalucía,  pretende borrar sus  “símbolos”: el “fascismo”, en Venezuela: el franquismo, en Andalucía.  

Ni los de Andalucía, ni los de Caracas entienden nada de lo que sale de su campo de visión ideológica. Menos entienden  al ser humano, siempre sediento, éste,  de la verdad; la verdad  sin etiquetas ideológicas. La verdad que hace libre. al hombre. La sentencia bíblica que nunca entendió, Rodríguez Zapatero.  Igual sucede con Maduro; aunque parece que éste,  no se da cuenta. 

La apostilla: Teatro de farsa, por César Valdeolmillos

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada. 

 

Buenas tardes amigos oyentes.

Establecía recientemente la semejanza existente entre los anfiteatros de la antigüedad clásica y el Congreso de los Diputados.

Al igual que cada año se pone en escena La pasión cuando llega la Semana Santa, en el anfiteatro de la Calle San Jerónimo de Madrid, habitualmente se representa en el primer semestre del año esa farsa a la que conocemos como “El debate sobre el estado de la Nación”, cuyo tema debería girar sobre la vida real del común de los españoles, pero que como en el Don Juan de Zorrilla, aunque cambien los actores, los personajes son siempre los mismos y de antemano conocemos el desenlace de la obra.

Los buenos, son malísimos y los infames resultan ser los salvadores de una historia de enredo, en la que al final, las medias verdades, el equívoco, la ocultación, el disimulo, el fingimiento, la demagogia y la mentira se erigen en la tramoya sobre la que se articula la farsa, a la que nosotros, que aparentemente somos el objeto de la misma, acudimos como mudos espectadores.

Con estupefacción y perplejidad contemplamos como el causante de nuestras desdichas y miserias, acusa a su antagonista de todos nuestros males y se erige el ángel salvador de tan nefasta forma de actuar.

Pero se da una paradoja y es que como no existiría el bien de no prevalecer el mal, ni la noche sin el día, resulta que cuanto más malo es el aparentemente bueno, más bueno hace al presuntamente malo, de tal forma que el mudo y confundido espectador termina siempre por no saber quién es quién y con la sospecha de que está siendo una marioneta en manos de los antagonistas.

No sé si la representación es un sainete, una bufonada o un drama en el que el primero en aparecer en escena es el protagonista, después está previsto que haga su presentación el antagonista, más tarde los personajes secundarios y en el gallinero los palmeros o abucheadores según el caso. Todos ellos en conjunto, ficticiamente constituyen dos fuerzas que se contraponen y entran en colisión; que según sus mutuas recriminaciones, supuestamente persiguen objetivos absolutamente enfrentados. Pero solo supuestamente. En el fondo solo persiguen permanecer el mayor tiempo posible en el centro del escenario bajo el círculo que dibuja el foco luminoso de la tramoya, dejando en sombra a todos los demás.

Los personajes que mayor notoriedad adquieren en el transcurso de sus distintas representaciones, son aquellos que encarnan a los protagonistas y antagonistas. Son quienes condensan el conflicto; quienes lo llevan hasta sus últimas,  y a menudo, dramáticas consecuencias. Consecuencias que soportamos sufridamente aquellos que, como el soldado que se presenta voluntario forzoso para una misión suicida, además, pagamos la entrada para contemplar tan descorazonador espectáculo.

Lo sorprendente, es que casi todos los actores coinciden en las grandes perspectivas de permanecer bajo los focos del escenario que suelen tener los malos, los villanos de la obra. Por ello buscan denodadamente alcanzar sus metas más allá de toda lógica; retrasan la solución del conflicto, aunque los destinatarios de la obra, generalmente no estén de su lado, ni quieran que triunfen. Son inescrupulosos, actúan por fuera de la ley, de la moral o de los valores de cada libreto. A fin de cuentas, son los infames, los traidores y desleales, quienes a la postre, cuanto más creíbles son sus maldades, cuanto más odio y bronca generan, son recordados por el público.

Lo cierto es que este no es el tiempo de los malos, sino el de los peores, pero como pretexto para alzar el telón del gran teatro del mundo, los actores utilizarán la eterna lucha entre el bien y el mal.

A la postre, como dijo el príncipe de los ingenios,

No olvides que es comedia nuestra vida

y teatro de farsa el mundo todo

que muda el aparato por instantes

y que todos en él somos farsantes;

acuérdate que Dios, de esta comedia

de argumento tan grande y tan difuso,

es autor que la hizo y la compuso.

Al que dio papel breve,

solo le tocó hacerle como debe;

y al que se le dio largo,

solo el hacerle bien dejó a su cargo.

Si te mandó que hicieses

la persona de un pobre o un esclavo,

de un rey o de un tullido,

haz el papel que Dios te ha repartido;

pues solo está a tu cuenta

hacer con perfección el personaje,

en obras, en acciones, en lenguaje;

que al repartir los dichos y papeles,

la representación o mucha o poca

solo al autor de la comedia toca.

El tema fundamental que articula este auto de Calderón es el de la vida humana como un teatro donde cada persona representa un papel.

Los mismos se eligen a partir de una sucesión de características que definen a cada uno en una posición. Así se  desprende entonces el protagonista, el antagonista, los personajes secundarios y colectivos. Se entiende a los mismos como las fuerzas que se contraponen y entran en conflicto.

Los personajes que más visibilidad adquieren a lo largo del tiempo son los famosos protagonistas y antagonistas por ser quienes condensan el conflicto, quienes lo llevan hasta sus últimas consecuencias. Quizás parezca extraño, pero muchas veces son los antagonistas aquellos personajes que desean realizar todos los actores. Las razones son muchas y de la más variadas. Sin embargo, todos coinciden en la cantidad de posibilidades de interpretación que suelen tener los malos, los villanos de las obras de teatro. Estos buscan alcanzar sus metas más allá de todo, retrasan la solución del conflicto, y los lectores y espectadores destinatarios de la obra, generalmente no están de su lado, no quieren que triunfe. Son inescrupulosos, actúan por fuera de la ley, de la moral o de los valores de cada obra (teniendo en cuenta el contexto en el que fueron escritas y son representadas).

Los villanos son recordados por el público cuanto más creíbles son sus maldades, cuanto más odio y bronca generan. Es en ese punto que críticos y artistas coinciden que se trata de una buena representación.

Si nos remontamos al siglo V a.d en el antiguo teatro griego y romano existían estas fuerzas contrapuestas y los personajes malvados llevaban a cabo toda clase de accionares para evitar que se cumpla el fin del héroe. En el siglo de Oro Español, el personaje del villano cobró real importancia; sobre todo a partir de las obras de teatro escritas por el dramaturgo español,  Pedro Calderón de la Barca. En este caso, el villano o labrador rico es el representante de una clase social popular acomodada, a la que también le corresponde mantener su honor frente a los abusos nobiliarios. Aparece representado de dos modos: el bobo y el cómico. El primero estorba, retrasa la resolución del conflicto por inocente o incapaz. El segundo, es el que cobra más importancia y es el que aparece con mayor exaltación en las comedias. Una de las características esenciales es la afición al vino que le da una nota cómica pero que contribuye al malentendido que suele expresar respecto de todos los temas, aunque en realidad es parte de una estrategia para ocultar las malas intensiones.  Otro  rasgo tradicional del villano  cómico es su simpleza. Y lo que hace del villano un bobo es generalmente su incapacidad de entender lo que se dice o lo que se hace. La simpleza se traduce en  particular por las confusiones verbales que animan determinadas escenas en que se  confrontan el mundo  culto  de las  antigüedades mitológicas o bíblicas y el mundo inculto del campesino limitado a su basto entorno.

La recreación de dicho personaje será retomada por otros géneros dramáticos a lo largo de la historia.

Sin lugar a dudas, es imposible imaginar una escena en la que no aparezca construido el personaje del malvado, del que se enfrenta. Sin este, la historia pareciera no avanzar, no dirigirse hacia ningún lado y la riqueza del enfrentamiento entre la maldad y la bondad, entre los buenos y los malos no tendría lugar haciendo de la obra un texto pobre, con poco para contar.

Los Herodes del siglo XXI, por César Valdeolmillos

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada. 

“Imagino que el grito de esos pobrecitos que son asesinados antes de nacer debe llegar hasta Dios”

Teresa de Calcuta

Decía en un artículo el eminente psiquiatra hispano norteamericano Luis Rojas Marcos, que cada día es mayor el número de personas que se queja de la ausencia de humanidad. Y añadía: “En medicina, el humanismo es un componente necesario en la relación entre el médico y el enfermo; esa relación es todo un arte de palabras, sentimientos y actitudes. El médico lo expresa con compasión, con tacto y comprensión, lo que a su vez evoca en el paciente, optimismo, confianza, seguridad y esperanza.

Qué repugnante contradicción con esta vocación humanitaria y con el juramento hipocrático que un día hicieron, la de aquellos carniceros que se dedican a practicar abortos; a asesinar a seres indefensos e inocentes, en el vientre de sus madres.

La misión de un médico, no es la de sacrificar la existencia del ser humano, sino la de actuar a favor de la vida y de la integridad física.

En la filosofía de la izquierda permanece vivo el espíritu de las palabras de Pablo Iglesias dichas en el VI Congreso del PSOE en Gijón: “…educamos a los hombres, y así le quitamos conciencias”. De una persona a la que se le ha desposeído de todo tipo de valores y se han sustituido por la semilla de un hedonismo egoísta, no se puede esperar otro fruto que el de el culto al dinero; el consumo compulsivo; la atracción por la alta tecnología; la necesidad imperante del aquí y ahora; el afán puesto en lo inmediato y lo eficaz. En una palabra: se rebaja la condición del hombre, reemplazando  los valores del espíritu —que son los que nos hacen humanos—, por el espejismo de las satisfacciones meramente materiales e instintivas, que es lo que nos iguala a los animales. Un modo perverso de seguir manteniendo al individuo sometido a los designios de una clase dominante.

Es en este contexto en el que, mediante el engaño más burdo y la mentira más obscena, la izquierda fomenta la cultura de la muerte, librando con un espectacular apoyo mediático, una auténtica cruzada, hoy a favor del aborto; mañana a favor de la eutanasia.

Cuanta hipocresía anida en el credo progresista. Se rasga las vestiduras ante la cadena perpetua contra los asesinos, pero defiende con fiereza la matanza de indefensos inocentes. Son los Herodes del Siglo XXI.

En la Roma pagana, el aborto era una práctica común, lícita y justificada, y desde luego, nadie concebía como lógica, la idea de mantener con vida a un hijo no deseado.

Los autodenominados abanderados del progreso y la libertad, carentes de mejores propuestas de futuro, pretenden hacernos regresar miles de años y sumergirnos nuevamente en el oscuro pozo de la cultura pagana, que no solo no tenía ninguna objeción moral contra el aborto sino que incluso aducía razones en su favor.[I]

Aunque a muchos les duela e incluso sectariamente  nieguen la realidad, es un hecho histórico y una verdad incuestionable que el Cristianismo, desde sus orígenes, consideró un grave atentado contra la dignidad del ser humano, la destrucción de la vida que estaba albergada en el vientre de una mujer. Tan indiscutible fue el cambio en la consideración que se le debía al no nacido, que Juliano el Apóstata, llegó a reconocer que el concepto cristiano de la vida se impuso en la sociedad de su tiempo. Ello supuso el triunfo del amor sobre el egoísmo materialista y deshumanizador. A diferencia de la sociedad pagana imperante hasta entonces, el cristianismo confirió un sentido a la vida y una dignidad, incluso a aquellos a los que nadie estaba dispuesto a otorgar un mínimo de respeto; concibió la vida como un proyecto de apertura y desarrollo de posibilidades; como una realidad plena, raíz de la que se nutre, brota y desarrolla todo lo demás.

«Cada vida es un punto de vista sobre el universo», decía Ortega.

Sin embargo, dos mil años después, hay que mirar con profunda preocupación la permanente cruzada laica y materialista de una izquierda sin brújula, huérfana de un proyecto de futuro que ofrecer a la sociedad y asida desesperadamente a la demagogia, la mentira y el populismo de las propuestas que destruyen la esencia del amor y rebajan la dignidad de la persona al nivel de las bestias, como la de vender a la mujer como un derecho, la esclavitud del aborto, un doloroso paso que no consiste en otra cosa que abrazar el efímero presente y renunciar a toda esperanza de futuro. Es la filosofía del materialismo puro en la que con cuanto más tenemos, más vacíos nos encontramos. Tan vacíos que a menudo podemos escuchar una frase que solo refleja el sin sentido de una vida exenta de valores: “ahora vivimos mejor, pero nos sentimos peor”.


[I] Platón (República 5, 9) había escrito que el Estado debía convertir en obligatorio el aborto para las mujeres que superaban los cuarenta años y también como una manera de controlar el crecimiento de la población. Aristóteles, asimismo, había suscrito el punto de vista de que solo debía procrearse hasta una edad determinada y que, superada esta, había que recurrir al aborto (Aristóteles, Política, 7, 14, 10).

 

Hipocresía de mala calidad, por César Valdeolmillos

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada.

“El hombre emplea la hipocresía para engañarse a sí mismo, acaso más que para engañar a los otros”

 Jaime Balmes

Filósofo español

Si hiciésemos una encuesta, me temo que serían muy pocos los que pondrían en duda, que en España, la verdad y la política, son incompatibles.

Los debates parlamentarios, nos ofrecen unas esperpénticas representaciones teatrales, con ásperas y broncas interpretaciones de los actores intervinientes. Es curioso observar la similitud arquitectónica y estética, que en las formas y en el fondo, el hemiciclo del Congreso de los Diputados tiene con los anfiteatros griegos. El escenario, es la tribuna de oradores, en la que como hace tres mil años, se siguen representando las grandes tragedias. Frente a los actores, en las gradas, el pueblo, o sus mal llamados representantes, a cuyo servicio dicen que se consagran los comediantes, aplaudidos o abucheados, no en función de cómo interpreten su papel, sino de quien encarne el personaje de la farsa.

Dicen las crónicas, que antiguamente, los figurantes que ocupaban el estrado en el que se representaba la mojiganga o la tragedia, según fuera el caso, lo hacían con gran conocimiento de la obra y actuaban por supuesto sin papeles, improvisando, y en ocasiones, haciendo gala de una punzante ironía y jocoso ingenio.

Muestra de una extraordinaria rapidez de reflejos y aguda inteligencia es la de aquel ministro al que un diputado de la oposición le espetó: “Pero, ¿es que usted cree que los españoles somos imbéciles?”. El ministro, con mesurada ironía y no menos zumbona socarronería, le respondió: “No, no…, si ni siquiera lo pienso de usted”.

Hoy el humor no es precisamente habitual en el debate político español, porque requiere inteligencia. Ahora los actores de la farsa, a falta del menor argumento constructivo, recurren a la zafiedad del insulto irreflexivo, la descalificación sistemática, la demagogia engañosa, la hipocresía desvergonzada, la burda mentira y la crispación desenfrenada.

El concepto hipócrita, no es gratuito, ya que procede del griego clásico y en sus orígenes significaba, orador, recitador o actor, y actor, es “uno que hace comedia”, que es precisamente lo que vemos hacer en el anfiteatro del pueblo a los comediantes oficiales.

Esos que en las campañas electorales nos dicen que si les elegimos a ellos, todo será distinto, que habrá justicia y seguridad y se eliminará la corrupción.

Cuando escucho estas proclamas, no puedo por menos de acordarme de una afirmación similar: “Donde no se obedece la ley, la corrupción es la única ley. La corrupción está minando este país. La virtud, el honor y la ley se han esfumado de nuestras vidas”. Por cierto: el autor de tan ejemplarizante aseveración, fue nada  más y nada menos que Al Capone[I], uno de los más famosos delincuentes de todas las épocas.

Precisamente en estos días, en el inmenso anfiteatro de la política española y haciendo gala de una hipocresía indecente se está representando una parodia presuntamente humanitaria, con la que para obtener un rédito político partidista, se está infringiendo un daño incalculable a instituciones españolas muy honorables y respetadas. Y todo… por un puñado de votos.

Tan acostumbrados nos tienen al fingimiento, a la ocultación, a la mentira y al disimulo, aquellos que visten las túnicas de representantes del pueblo, que ya no nos creemos nada, hasta que no es oficialmente desmentido.

Como estamos comprobando, los que están en el candelero de la cosa pública, son siempre los más sumisos, serviles, estúpidos y a veces abyectos de aquellos que forman las espesas capas de enredadores y correveidiles, dedicados a adular al poder. Son esos interfectos vivos cuya mirada se orienta únicamente en la dirección del mando. Posiblemente fue en personas como ellos en quien Groucho Marx se inspiró cuando pronunció su lapidaria frase: “Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros.”

No es de extrañar que con estos mimbres hagamos estos cestos y para ocultar la incapacidad, la incompetencia y la ignorancia imperantes, se recurra a la hipocresía y al engaño permanente. Una hipocresía y un engaño que ya son tan toscos, tan burdos y groseros, que no queda otra solución que aplicar la sentencia del dramaturgo alemán Bertolt Brecht: “Cuando la hipocresía comienza a ser de muy mala calidad, es hora de comenzar a decir la verdad”.


[I] Entrevista publicada en la revista Liberty el 17 de octubre de 1931.

Precios de pisos: previsiones para 2014, por Borja Mateo

Borja Mateo es experto inmobiliario y autor de los libros “La verdad sobre el mercado inmobiliario español” y “Como sobrevivir al crack inmobiliario” (editorial Manuscritos) www.borjamateo.com

Para el que quiera ver la realidad, desde finales de 2006, el mercado inmobiliario vive una primavera continuada. La mejor noticia económica de los últimos 50 años es el redimensionamiento positivo de la actividad constructora en nuestro país y el hundimiento del precio de la vivienda. La salida de capitales de actividades de bajo rendimiento a otras de alto, sienta las bases para un crecimiento sano y sostenible.

Desde que comenzaron a darse signos de la existencia de una enorme burbuja inmobiliaria, el mensaje de los constructores, promotoras, inmobiliarias y el gobierno siempre ha sido el mismo: negar de forma sistemática la realidad. El objetivo es claro: hacer pensar que, cualquier momento, independientemente de cuál sea este, es el idóneo para la compra de vivienda…a pesar de que se sabían que era falso.

A lo largo de las últimas semanas, hemos sido bombardeados con datos sobre la realidad del mercado inmobiliario que son, en sí, contradictorios. Dejémoslo muy claro: la parada de la bajada de los precios de los pisos es totalmente incompatible con la disminución del número de viviendas vendidas, la bajada de los precios de alquiler, un menor crédito en el conjunto de la economía, el envejecimiento de la población y la formación de muchas menos unidades familiares. A todo ello hay que añadir la fase de fuerte deflación salarial en la que está embarcada desde hace varios años el mercado laboral patrio.

Cualquiera de los anteriores, por sí solos, es capaz de hacer que los precios de la vivienda baje en un mercado en concreto; en España coinciden todos en el tiempo.

Lo que estamos viviendo en los últimos meses, es una bajada en el ritmo de bajada de los precios de los tipos, motivada, sobre todo, por la disminución de la rentabilidad del resto de clase de activos. A la rentabilidad de los bonos de grado de inversión (los de mejor calidad) a nivel global en 2013, en algunos casos hasta cotas negativas, hay que añadir  la bajada de los rendimientos por depósitos bancarios que se ha producido en España.

El hecho de que los rendimientos de bienes que se consideran seguros bajen, lleva a que los capitales salgan de ese tipo de inversiones y se dirijan a otras que den mayores rentabilidades. Así, cuando los rendimientos de los bonos decrecen, los ahorradores se dirigen a las acciones… y en el caso actual a las casas.

Las políticas monetarias expansivas que han seguido los bancos centrales a lo largo de los últimos años, han consistido en imprimir dinero desmesuradamente: este hecho acabará en un proceso inflacionista. Cuando los tipos de interés suban, esos capitales especulativos saldrán de los mercados en los que se han metido en busca de mayores rentabilidades (el mercado inmobiliario español, por ejemplo), con lo que los precios de los pisos bajarán por una menor demanda de bienes inmuebles.

A todo ello hay que sumar, la bajada constante y perenne en el tiempo, de los precios de los alquileres: la bajada del precio de las rentas lleva a que potenciales compradores estén dispuestos a pagar menos por la compra del bien, por lo que, cuantos menos frutos (rentas por alquiler) de un árbol (el piso), menos se paga por el mismo. Las distintas reformas legales llevadas a cabo por el PSOE y el PP han fortalecido los derechos de los propietarios con lo que la tendencia a sacar viviendas al mercado de alquiler ha aumentado.

No sólo la rentabilidad absoluta disminuye (el alquiler en sí), sino que a ello hay que sumar la pérdida de capital que es la bajada del precio de la casa en caso de venderla en esos momentos en el mercado.

Actualmente a un inversor internacional le puede venir a cuento invertir en el mercado inmobiliario español a pesar de la falta de liquidez inherente a los bienes inmuebles; ese mismo inversor se replanteará esas inversiones muy seriamente cuando los tipos de interés suban. Cuando los tipos de interés suban, y otros bienes (bonos), tengan una rentabilidad más interesante, volverán a invertir otros bienes que ahora no resultan tan interesantes y dejará las casas españolas con la consiguiente salida de capitales.

Veremos en los próximos años una nueva oleada de desahucios entre los compradores/inversores actuales que no han hecho bien las cuentas y han invertido de forma solo táctica sin tener en cuenta los fundamentales que mueves las dinámicas del conjunto del mercado inmobiliario…es cuestión de esperar.

El mercado inmobiliario tiene una serie de peculiaridades que determinan unas dinámicas de formación de precios muy lentas:  no existe transparencia alguna en la información, todos los bienes son distintos incluso dentro de un mismo edificio, tanto demanda como oferta está atomizada (en ninguno de los dos existe nadie que tenga gran peso en el conjunto del mercado), la aplastante mayoría de las transacciones las llevan a cabo personas que no son capaces de interpretar qué sucede en el mercado y las barreras de entrada son muy altas por los altos precios inherentes a las casas y los  gastos de transacción (ITP e IVA) son altos.

En un mercado como este, es posible que, en medio de un ciclo largo de bajadas experimentemos fases en las que los precios se estanquen o hasta puedan subir, sin que ello quiera decir que la tendencia estructural haya cambiado. Es muy posible, que en los últimos meses estemos experimentando un proceso de menor ritmo de bajadas de los precios.

Desde  que los precios de las casas comenzaron a bajar, allá a finales de 2006, tenemos documentados hasta 6 períodos de tres meses o más, en los que los precios de oferta (aquellos a los que los vendedores pretenden vender sus casas) se estabilizaron o subieron: todo ello no ha significado que los precios dejaran de bajar.

La codicia mal informada de los que están buscando ahora “gangas” inmobiliarias, les saldrá tremendamente caro: a medida que los precios de los pisos se corrigen, aquello que hoy parece barato, mañana será considerado caro.

La fuerza  a la baja de un total de 5,2 millones de viviendas entre construcción, vacías, en alquiler o a la venta de primera o de segunda mano, es imparable.

Pisos, hasta 2016-2018, ni tocar: estamos, sin lugar a dudas, en medio de un superciclo de bajadas de precios de pisos.  Hasta finales de 2013, en el mercado entre particulares y en términos nominales, la bajada de los precios de los pisos, es del 50-55%; 2014 lo acabaremos con bajadas del 55-60%.

Debería estremecernos…, por César Valdeolmillos

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César Valdeolmillos Alonso (Twitter: @Profundizando / Facebook) es técnico en Radiodifusión, Marketing y Publicidad. Ha compaginado su intensa labor publicitaria con su labor periodística desde 1957 (SER, COPE; Onda Cero, La Crónica, Granada Hoy…), la dirección de gabinetes de prensa y una intensa labor como crítico musical, siendo miembro activo de la Cadena de Comentaristas de discos Latinoamericana (CECOM). Celebrado conferenciante,  ha sido concejal por UCD en Granada, y entre sus reconocimientos, cuenta con  el premio ACYME por una serie de artículos publicados en defensa  de la españolidad de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla y con la insignia de Oro del Ayuntamiento de Granada.

 

“No hay palabra ni pincel que llegue a manifestar amor de padre”

Mateo  Alemán

Escritor español del Siglo de Oro

 

Hace unos días escuché decir al Presidente de de Canarias, que en los hospitales de su comunidad autónoma, había 400 camas ocupadas por personas mayores a las que se les había dado el alta clínica y a las que sus familiares no iban a recoger.

He de confesar que en principio no di crédito a estas declaraciones. Pensé que se trataba de una estrategia política para conseguir más recursos del Estado. Lamentablemente la noticia fue confirmada más tarde por personal facultativo. ¡No me lo podía creer! La información ponía de manifiesto tal indignidad, me conmovió tan intensamente, que sentí vergüenza de pertenecer al género humano.

Pero el problema no quedaba ahí. Interesado en el tema seguí investigando y averigüé que en los períodos vacacionales, puentes y festividades señaladas como Semana Santa y otras, se produce en los hospitales un considerable aumento de ingresos de personas mayores.

Ante esta realidad me vino a la mente la frase que de pequeño tantas veces había escuchado a los mayores: Un padre, una madre, es para diez hijos y diez hijos no son para un padre. Siendo pequeño, nunca llegué a entender su significado. Hoy me avergüenzo al constatar el significado de tan lacerante aguafuerte. Y pienso en la tristeza, en el inmenso vacío que en su alma tienen que sentir esos padres, y sobre todo, esas madres, que habiendo entregado su vida a sus hijos, que habiéndose privado muchas veces de lo imprescindible para que nada les faltase, hoy ellos se desentienden, miran hacia otro lado y resulta que a todos les es materialmente imposible atender a sus padres ancianos. En el mejor de los casos los soportan unos cuantos días en cada casa y a regañadientes. Ellos se sacrificaron para que sus hijos lo tuvieran todo; ahora no son merecedores de nada; estorban; son un incordio; solo causan molestias y problemas con sus manías que resultan insoportables. Por eso tienen que andar con la maleta a cuestas de casa en casa cada mes. Como decía la antigua copla: “…son como la falsa “monea”, que de mano en mano va, y ninguno se la “quea”.

¡Qué paradoja! Como la falsa “monea” y ninguna tan auténtica.

Dicen que los mayores se vuelven muy absorbentes. ¿Porque se niegan a ser un mueble y reclaman estar con todos y no aislados en otra habitación? Ellos quieren seguir siendo un miembro activo más de la familia; que se les tenga en cuenta, poder opinar y dar su parecer. Se niegan a ser ese objeto que no nos atrevemos a tirar, pero que no sabemos qué hacer con él, ni donde poner.

Cuando nosotros éramos bebés, nuestros padres nos mostraban al mundo con gozo y contento. Hoy nosotros nos avergonzamos de ellos y de sus carencias y procuramos ocultarlos a los ojos de los demás.

Si pensásemos menos en nuestro propio disfrute y solo un poco en todo lo que ellos nos han dado, nos detendríamos un instante en nuestra delirante búsqueda de una falsa felicidad, les miraríamos a los ojos y en ellos veríamos una desesperada súplica de comprensión, de cariño y de ternura. Esos ojos que amorosamente acunaron nuestro sueño; esos ojos que tantas noches velaron con entrega y angustia nuestra enfermedad; esos ojos que hoy con ansiedad nos demandan unas migajas de cariño y veríamos como nos dicen: “Mira como me encuentro… te entregué todo lo que era… mi juventud… mi energía… mi vida… todo mi ser… Hoy… ya no puedo evitar ser lo que soy… Sé que la vida ha pasado para mí; no tengo la culpa de que el tiempo me haya convertido casi en un despojo… por favor, no me rechaces… no me eches de tu vida… no me apartes a un lado del camino… sin ti, ya no me puedo valer… yo te sigo llevando en mi corazón… perdóname si alguna vez no fui como tu esperabas que fuese… no me des la espalda… dame tu mano y ayúdame…”.

Debería estremecernos mirar esos ojos llenos de angustia por lo que son y por lo que un día soñaron ser; comprobar en lo que se han convertido: el recuerdo ajado de una ilusión; algo que no sabemos dónde colocar ni qué hacer con ello; un reloj que solo espera que las manecillas marquen su hora para dejar de ser; una íntima necesidad de concluir… que se aferra con desesperación a la vida.

Debería estremecernos mirar la agonía de esos ojos que contemplan cómo se desvanece su mundo y huye hacia un ignorado no sabemos dónde; cómo han desaparecido como el agua entre los dedos de las manos, sueños, proyectos e ilusiones; como la vida que fue, se pierde en el agujero del silencio y del olvido; cómo nos abandona la esencia de lo que fuimos y se desvanece en el frío, el silencio y la oscuridad de la noche eterna.

Debería estremecernos constatar que hemos construido un mundo en el que vivir más, se ha convertido en un problema; un mundo en el que nuestros mayores no temen morir, sino vivir, porque en ese mundo, lo que prima, es el frágil envoltorio de la apariencia y la vejez representa la amarga derrota que supone el no importarle ya a nadie.

Sin embargo, no siempre fue así. El anciano, en todas las culturas, fue el sabio a quien se respetaba y del que se tomaba el consejo. El anciano ha sido, es y será la sabiduría de la experiencia acumulada, el fruto maduro para dar y darse a los demás.

Así como no se le puede poner puertas al campo, iría contra natura y resultaría imposible impedir la evolución de la humanidad. Lo importante es considerar el precio de lo que habremos de pagar, por lo que presumiblemente vamos a ganar.

Entre los objetivos de esa mudanza, debería figurar la recuperación de la cultura que consideraba un orgullo el hacer felices a nuestros mayores. Sin duda ello nos obligará a renunciar a esa aparente felicidad que buscamos en las cosas materiales y que no es otra cosa que un egoísmo sin rumbo que nos sumerge en una alocada huida hacia delante.

Pensemos que ayer nuestros padres nos cuidaron a nosotros. Hoy es nuestro deber —nuestro deber por amor— cuidarles a ellos. Tengamos presente que mañana, será de nosotros de quien tengan que cuidar. Eduquemos a nuestros hijos, haciendo con nuestros padres aquello que mañana queramos que hagan con nosotros. Porque el auténtico amor no solo hay que sentirlo, hay que practicarlo.

 

¿Por qué la Religión como asignatura?, por Mons. José Ignacio Munilla

Monseñor José Ignacio Munilla es el  Obispo de San Sebastián,

Se acercan las fechas de matriculación escolar para el próximo curso. Sin duda alguna estamos ante una buena ocasión para reflexionar sobre las razones favorables para la elección de la asignatura de Religión Católica en el sistema de enseñanza:

1.- La política no decide todo en una sociedad adulta

Uno de los males de nuestros días, en el contexto cultural en el que vivimos, es el hecho de que la política (entendida como la acción de los partidos políticos) se está convirtiendo en el único principio rector de la configuración de la convivencia social: La política pretende decidir el bien y el mal; la política pretende redefinir la naturaleza humana y la propia familia; la política pretende determinar el principio y el fin de la vida humana; la política pretende ser la única responsable del sistema de enseñanza…

¿Acaso los padres no tienen derecho a elegir para sus hijos, en el espacio del sistema escolar, otro tipo de orientaciones y de enseñanzas, diversas o complementarias  a las que emanan de los equilibrios electorales? El hecho de que vivamos en democracia, ¿supone acaso que las familias hayan entregado a los poderes públicos toda su responsabilidad directa en la educación de sus propios hijos?

Por ello, son muchos los padres que han ejercido y seguirán ejerciendo su derecho a pedir para sus hijos la asignatura de Religión Católica, impartida en el sistema de enseñanza. No olvidemos que la Escuela —desde el punto de vista moral— no es de los partidos políticos, ni de la Iglesia, ni siquiera del Estado; sino de cada una de las familias que educan a sus hijos en ella.

2.- La ética tiene un fundamento religioso

Existen dos formas de abordar la formación moral: o bien desde un punto de vista exclusivamente ético-laico, o bien desde una perspectiva que conjuga la ética con las enseñanzas emanadas del Evangelio de Jesucristo. Por ello, es justo que unos padres no creyentes puedan elegir para sus hijos una enseñanza ética sin dimensión religiosa confesional, o que otros creyentes opten por una enseñanza ética enraizada en unos cimientos religiosos.

Los cristianos pensamos que las bases de la ética son religiosas, y que sin estas, no se entiende suficientemente el mandato de hacer el bien y de evitar el mal. Detrás del “no mates”, se esconde nuestra fe en que la vida es sagrada; detrás del “no robes” o del “sé solidario”, se esconde nuestra fe en que Dios creó el mundo para que lo administremos y compartamos como hermanos; detrás del “sé humilde” o del “no seas soberbio”, se esconde nuestra fe en que Dios nos ama a cada uno con nuestras personales limitaciones, al mismo tiempo que nos llama a la santidad, etc.

3.- Para poder elegir libremente, es necesario conocer en profundidad

Los padres eligen para sus hijos los valores que consideran más adecuados para su desarrollo integral. Al mismo tiempo, son conscientes de que a medida que sus hijos crezcan, estos tendrán que ir realizando las opciones personales, cada vez con mayor autonomía en el uso de su libertad…

Ahora bien, la auténtica elección en libertad solo puede darse desde el conocimiento, y no desde la ignorancia. De manera inexorable, observamos que cuanto mayor es el desconocimiento de la doctrina cristiana y de la vida de la Iglesia, mayor es el rechazo hacia la opción cristiana. La ignorancia suele ser muy atrevida, e incluso, con frecuencia, falta de respeto. Por el contrario, a mayor conocimiento del hecho cristiano, y a mayor familiaridad con la vida de la Iglesia, suele crecer el juicio positivo hacia los valores cristianos.

El mayor enemigo de la fe cristiana no es el desacuerdo con sus valores y principios, sino el desconocimiento de ellos, que en una buena parte de las ocasiones suele ir acompañado de una notable falta de consciencia de la propia ignorancia. Por ello, para salvar el “desconocimiento”, no existe otra fórmula que el “acercamiento”. Decía San Agustín que, si bien es cierto que para poder amar es necesario conocer; es igualmente cierto que para poder conocer es necesario previamente amar. Considero que la clase de Religión impartida en el sistema escolar, es una buena oportunidad para obtener un conocimiento objetivo y afectivamente cercano, que le permitirá al alumno disponerse a una elección madura y en libertad.

4.- Familiarizarse con nuestra cultura. No existe árbol sin raíces

Me contaban recientemente la anécdota de un guía turístico que señalaba a unos visitantes el cuadro de la Última Cena, al mismo tiempo que les explicaba: “A su izquierda tienen ustedes un lienzo de un banquete, según la costumbre de la época”. Podríamos narrar un sinfín de anécdotas de este estilo, como la de un joven al que le pregunté si conocía el origen de la expresión que él mismo acababa de utilizar (“mi amiga lloraba como una Magdalena”)… Después de pensarlo un rato, el joven me respondió: “Supongo que esa expresión tendrá su origen en el hecho de que cuando desayunamos magdalenas, suelen gotear al sacarlas de la taza de Cola Cao. ¡Hay que reconocer que el chaval merecía un sobresaliente en capacidad intuitiva! Pero… ¿por qué no ofrecerle también la posibilidad de obtener otro sobresaliente en el conocimiento del Evangelio?