José Antonio Burriel San Vicente es abogado, periodista y firmante del Manifiesto de Madrid
Los eufemismos en temas esenciales son una patraña que trata de ocultar la realidad de lo que se pretende o se dice. Con otras palabras, se dice brumosamente lo que se pretende, para engañar, para que no se advierta con claridad la finalidad de tal o cual acción. Esto está ocurriendo con la pretendida Ley del Aborto.
Se le pone el nombre de “ley orgánica de salud sexual y reproductiva y de interrupción del embarazo”. Se habla, en efecto, de educación sexual y de salud sexual. Pero el aborto en nada tiene que ver con la salud sexual. ¿Con la educación sexual? A no ser que se pretenda incluir el aborto en esa educación -relaciones sexuales, peligros, anticonceptivos, y si fallan, aborto- no se entiende que todo se incluya en la misma pretendida ley. Por cierto, el aborto no es un anticonceptivo más: ya se ha concebido, luego lo que se produce es la terminación de esa concepción.
Se habla de interrupción voluntaria del embarazo. ¡Otro eufemismo! Y lo es porque el aborto no interrumpe nada, pone final al proceso, termina. Se interrumpe la luz con el interruptor; se vuelve a apretar el botón, y de nuevo llega la luz. Con el aborto no hay posibilidad alguna de que vuelva a la vida el ser concebido.
Se afirma y reafirma una vez y otra que el aborto es un derecho de la mujer. La mujer, por ejemplo, tiene derecho a defender esta o aquella posición política. Si defiende el terrorismo, se le juzga porque se trata de un delito. Cuando decide abortar –algo que debe decidir libremente la mujer, por supuesto- pone en contradicción esa decisión con los derechos que las legislaciones reconocen al nasciturus, al que va a nacer. Y en esa contradicción entran las leyes y la jurisprudencia: hasta donde prevalece el derecho de la mujer sobre el derecho a la vida del nasciturus…
Se propone en la ley: hasta la semana 14 la mujer puede abortar libremente; tras esa ! semana para que el aborto no sea un delito, tienen que darse determinadas condiciones. Es decir, se despenaliza el delito del aborto en determinadas condiciones y siempre durante las primeras semanas. No entiendo que un hecho sea delito si se da en un tiempo y no lo sea si se da en otro tiempo. O es delito o no lo es. Otra cosa, y bien distinta, es la despenalización en determinados casos.
Lo que queda fuera de toda duda, pese al intento de incultos o sectarios de cuestionarlo, es que la vida humana comienza en el instante mismo de la concepción. Desde ese mismo instante estamos ante un ser vivo de la especie humana. Algo que autentifica el genoma, y que la ciencia –la ciencia, no la palabrería inculta- reconoce con rotundidad. Si hablamos de aborto, hablemos de poner fin a una vida humana en desarrollo.
Para terminar de redondear el eufemismo con que se está presentando la ley del aborto, se ha procurado centrar el debate en si las menores deben contar con ! el consentimiento de sus padres o no. No es tema menor, ciertamente, pero hablar y hablar sobre esa cuestión ha desviado la atención del tema central: el aborto es acabar con una vida humana, la mujer tiene sus derechos, pero también los tiene el que va a nacer.
Lo he mantenido siempre, y lo sigo haciendo ahora: al pan, pan, y al vino, vino. Llamemos a las cosas por su nombre –sin eufemismos y brumosidades- y es posible un dialogo social, aunque el acuerdo puede no ser posible. Pero engañar para contar con la aprobación de la sociedad, no deja de ser eso… ¡un engaño! E imponer por imponer, por ideología o sectarismo o hasta capricho, no es respeto a la libertad, ni auténtica democracia.





