Winston Churchill reconoció ante sus conciudadanos, en un célebre discurso, que no tenía nada que ofrecerles que no fuera “sangre, trabajo duro, lágrimas y sudor”. Cumpliendo lo prometido, consiguió aglutinar a su pueblo en un objetivo común y obtener una gran victoria a pesar de las terribles circunstancias que padecían. En cambio, el discurso ideológico de Rodríguez Zapatero ha conseguido justamente lo contrario: desunir un país, destrozarlo, arruinarlo. Prometió infinidad de cosas, desde el pleno empleo hasta la “ampliación” de supuestos derechos; desde la relevancia internacional, a los pies de Obama por supuesto, hasta la “paz” con ETA. Y todo con poco esfuerzo, mucha improvisación, problemas para los parados, las familias y la gente de a pie, y sangre, mucha sangre –más de 110.000 abortos cada año-. Cuando Aznar, regresando a Churchill, dijo que “nadie antes había hecho tanto daño en tan poco tiempo” se quedó, pienso, corto. Fue prudente o cortés pues, sin exagerar, podía haber añadido: conscientemente, mintiendo, por incompetencia o algunas cosas más.
También Aznar, por supuesto, cometió muchos errores. El menor de ellos no fue, desde luego, mirar hacia otro lado mientras se producía un masivo fraude de ley en la aplicación de la legislación sobre el aborto. Nuestra sociedad hubiera evitado cientos de miles de abortos si todos, todos, hubiéramos cumplido nuestros deberes. El ejemplo de Polonia debería hacernos sonrojar: con la aplicación estricta de la legislación se redujo casi en un 90% el número de abortos. Por supuesto que lo ideal sería que no se hubiera producido ningún aborto. Una sociedad que tolera -todos y cada uno de sus miembros- esas terribles cifras está enferma, y no sólo moralmente. El Gobierno, en esto, falló.
Este preámbulo sirve para centrar la cuestión de la píldora del día después (PDD) en la actualidad. Es evidente que los cambios introducidos en su regulación están en relación directa con la modificación de la legislación sobre el aborto, con la banalización de la sexualidad y la trivialización de la vida. Es obvio que la nueva regulación va a multiplicar la cantidad de abortos en España: hay que hacer “lo que sea” para evitarlo. Estamos en un marco de fuerte positivismo jurídico. Las leyes tienen una función ‘educadora’, moldeadora: lo legal es moral, lo que manda o permite la ley es lo correcto. Por tanto, si la ley permite sin trabas el aborto libre hasta las catorce semanas, dado que ya no es algo punible pero despenalizado, será que es bueno e inocuo. Esto tendrá el mismo efecto multiplicador que han tenido las sucesivas y múltiples campañas sobre ‘educación’ sexual y uso de los preservativos y otros anticonceptivos, desde el tristemente célebre “póntelo, pónselo”. Todas han fallado, potenciando lo que supuestamente iban a combatir. Multitud de estudios lo atestiguan. El aborto se va a multiplicar, lo saben y están preparando el terreno, mintiendo como siempre: hagamos abortos invisibles.
Muchos son los problemas y peligros de la PDD. El primero y más grave es que, en un elevado porcentaje de los casos, acaba con la vida humana de un concebido no nacido. En todos los casos en los que la fecundación se ha producido es estricta y técnicamente abortiva, aunque lo nieguen. De hecho, en la intención de la usuaria siempre lo es, ¿para qué se toma la PDD, si no? Obviamente, lo que se quiere es eliminar los efectos no buscados, no deseados, de una relación sexual ‘de riesgo’. Por si acaso, hay que tomar un remedio de emergencia. Si hay suerte, se evitará la concepción sin destruir ninguna vida en sus estadios iniciales. Si la concepción ya se ha producido, se impedirá la implantación: problema resuelto. Puede ser anticonceptiva, pero siempre es intencionalmente abortiva.
El segundo peligro lo constituye su composición. Es lo que se ha dado en llamar una ‘bomba hormonal’. Su utilización sin ninguna restricción –tantas pagas, tantas te llevas-, sin control médico, sin seguimiento, sin límites de edad, puede ocasionar graves problemas de salud. Al transformarse en un método anticonceptivo más, ya sin necesidad de receta, se pierde toda posibilidad de seguimiento, convirtiéndose, de paso, en un suculento negocio. Tanto es así que, viendo que su consumo se ha triplicado desde su liberalización, algunos de los colectivos médicos y farmacéuticos que habían hecho el juego al Gobierno están empezando a replantearse su postura. Quizá han visto las orejas al lobo.
El tercer peligro es el derivado de la manipulación y tergiversación de la realidad científica: ocultación de su funcionamiento real, de los efectos secundarios, de los problemas de su uso reiterado y sin control alguno, de los efectos en adolescentes y alteración de la ficha técnica del medicamento y de los prospectos.
Finalmente, el cuarto peligro es el que da título a este artículo: el día siguiente del uso de la píldora del día después. Al día siguiente, como no he notado nada negativo, como no he visto nada, como me he quitado un grave problema de encima, como no he hecho nada malo pues está permitido e incluso recomendado, como nadie se entera si yo no quiero, como es tan fácil y barato, la lección está aprendida: cuando quiera repito. Ese ‘feliz’ día siguiente es un grave peligro: ¡qué sencillo es solucionar los problemas por sólo veinte euros! ¡Ojalá todo fuera igual de simple! La PDD puede ser abortiva, invisible y silenciosamente abortiva.
Vicente Morro López es Vicepresidente 1.º del Foro Valenciano de la Familia y Secretario de FCAPA-Valencia.
- Artículo publicado en Análisis Digital el 18 de febrero de 2010.



Miguel Antonio Espino Perigault es periodista y profesor de la Universidad de Panamá.