Vicente Morro López es Vicepresidente 1.º del Foro Valenciano de la Familia y Secretario de FCAPA-Valencia.
Acabo de leer uno de los libros más interesantes, emocionantes y humanos que jamás he leído. Se trata de un libro de contenido científico. Científico y, en parte, jurídico. Tiene, incluso, pasajes que demuestran el humor del autor. El sentido del humor poco o nada tiene que ver con la broma y el chiste fácil y recurrente. Está presente en las personas profundamente humanas y sencillas. A pesar de lo dicho hasta ahora he de confesar, y lo explicaré más adelante, que la lectura me ha dejado un regusto amargo. Las personas somos capaces de complicarlo todo, de hacer difícil lo que debía ser sencillo y natural. Nos dejamos llevar por prejuicios, modas o eslóganes, incluso contra nuestro propio bien. En aras de una supuesta autonomía libérrima, sucumbimos a nuestros caprichos y deseos momentáneos sin reparar en las consecuencias. ¡Cómo nos han engañado prometiéndonos una falsa felicidad y libertad absolutas! Al final, siempre aparecen el sufrimiento y las dificultades, precisamente aquello de lo que nos habían dicho que nos libraríamos.
El libro, que recomiendo encarecidamente, se titula ¿Qué es el embrión humano? Su autor, Jérôme Lejeune (1926-1994), fue Doctor en Medicina y Ciencias por la Sorbona y miembro de diversas Academias e instituciones científicas. Es considerado el padre de la genética moderna y la citogenética. Científico eminente, en 1959 descubrió la alteración cromosómica (trisomía 21) causante del Síndrome de Down. Estudió también los efectos de la radiación atómica en la genética. Fue nombrado experto de la Organización Mundial de la Salud (organismo de Naciones Unidas). Su meteórica y brillante carrera hacia el Nobel de Medicina se vio truncada por su defensa incondicional de la vida humana y su frontal oposición al aborto. Ésta se basó fundamentalmente en argumentos científicos y racionales, a pesar de las acusaciones que se le hicieron de querer imponer su fe en este ámbito –nos suena este argumento falaz que se repite recurrentemente, ¿no es cierto?–.
La vida del profesor Lejeune es un buen ejemplo de la oposición entre ciencia e ideología que pretendo denunciar. Sus conocimientos y posiciones científicas no le permitían asumir los prejuicios ideológicos que pretendían justificar los atentados contra la vida humana siendo, precisamente, atacado desde posiciones meramente ideológicas. Además, cometió el ‘delito’ de ser católico, profunda y existencialmente católico. En el año 2007 se inicio su proceso de beatificación. Ciencia y fe, en su vida y en su obra, no se excluían, sino que caminaban juntas y en paralelo, como tantas veces ha sucedido en la historia. En cambio, como veremos, ciencia e ideología son mutuamente excluyentes: ésta pretende someter a la razón para controlar a aquella.
Eric Voegelin, filósofo y politólogo germano-americano que sufrió la persecución de una de las más terribles ideologías del pasado siglo, el nazismo, definió ideología como una “existencia en rebelión contra Dios y contra el hombre”. Los ideólogos pretenden, según él, ajustar, encorsetar, la realidad a un esquema consistente con una idea postulada y preconcebida. Los datos objetivos de la realidad no cuentan, sino que estorban más bien si se oponen a lo previamente establecido. En esta línea, G. J. Marlin señala, en un reciente artículo, que una ideología es “un sistema intelectual de ideas o fórmulas rígidas sencillas mezcladas con jerga científica y algunos datos empíricos”. Esto, en un lenguaje actual, coincide con lo que decía Marx en su clásica definición: “construcción doctrinal –Derecho, moral, arte, filosofía, ciencia, instituciones, etc.– como herramienta al servicio del mantenimiento del poder por la clase dominante“. Nuestra historia reciente –prejuicios, eslóganes, negación de la realidad, manipulación del lenguaje y de los hechos objetivos– lo confirma.
En toda ideología el objetivo es siempre el mismo: la dominación, la conquista y ejercicio del poder, para transformar la sociedad y ajustarla a sus esquemas previos. Mientras la ideología pretende imponer sus prejuicios, su cosmovisión, eliminando las opiniones contrarias, y si es preciso a quienes las defienden, la ciencia busca justamente lo contrario. La ciencia trata de acercarse a la verdad, a los hechos y datos de la realidad, para comprenderla y prestar así un servicio al ser humano. Ana Llano, en un artículo titulado Ventanas abiertas a la realidad, señalaba, en relación con la separación existente entre la razón y “las lentes deformadoras y violentas de la ideología”, que “no todo es reducible a opinión, existe la realidad, existen los hechos, existe la posibilidad de acercarse y tocar algo que llamamos ‘verdad’”. La autora, citando a Capograssi, señala que “cuando oímos la palabra verdad nosotros, modernos, no sabemos ya de qué se trata exactamente”. Yo añadiría que, además, tenemos miedo a saber qué es la verdad (desde la teología se podría decir, mejor, Quién es). Frente al riesgo y las molestias de buscar la verdad es mejor refugiarse en la comodidad de los dogmas y los eslóganes: el Gran Hermano piensa por nosotros, y por desgracia no faltan voluntarios para ejercer tal papel.
Para finalizar su artículo, Llano introduce una esperanzadora cita de Arendt: “La verdad, aunque impotente y siempre derrotada en un choque frontal con los poderes establecidos tiene una fuerza propia: hagan lo que hagan, los que ejercen el poder son incapaces de descubrir o inventar un sustituto para ella. La persuasión y la violencia pueden destruir la verdad pero no pueden reemplazarla”. Aquí radica la esperanza: no pueden reemplazarla. Los poderosos manipulan el lenguaje, obvian los datos reales cuando contradicen sus prejuicios, pretenden transformar –“como sea”– las conciencias individuales y la sociedad toda: crean su jerga, llena de eufemismos y sinónimos biensonantes, para conseguir sus objetivos –salud sexual y reproductiva, interrupción del embarazo, tolerancia, laicismo, pre-embrión, ética ciudadana–. Ideología frente a razón, ética particular –supuestamente objetiva– impuesta a todos. En España, con el grupo de asignaturas de Educación para la Ciudadanía, hemos sufrido este intento. Por eso va a ser imprescindible cambiar tantísimas cosas en nuestro próximo futuro.
La ciencia, la auténticamente humana, intenta ayudar al hombre a vivir una vida mejor; la ideología, toda ideología, lo acabamos de ver, pretende servirse del hombre para construir ‘su’ mundo mejor, ‘su’ propio paraíso, en el que sobran la disidencia o las opiniones libres porque el partido, el líder o el grupo de vanguardia siempre tienen razón.
Decíamos que el libro de Lejeune deja un regusto amargo. Recoge la declaración del profesor, realizada como experto, ante el Tribunal de Justicia de Maryville (Tennessee, USA) en el proceso legal por una disputa para la ‘utilización’ de siete embriones crioconservados. Un matrimonio, ya roto en aquel momento, discutía por la ‘propiedad’ de estos embriones que habían ‘fabricado’ in-vitro porque querían tener –en su momento– un hijo a toda costa, después de haber realizado multitud de intentos infructuosos: ¿complicamos o no las cosas los seres humanos por nuestro egoísmo?
En el excelente libro de Lejeune vemos la oposición ciencia-ideología, por ejemplo, en la discusión sobre el falso concepto de pre-embrión: “Los partidarios de la no-humanidad de los seres más extraordinariamente jóvenes se esforzaban en utilizar un neologismo inútil, el término ‘pre-embrión’. Inútil científicamente porque, antes del embrión, sólo hay un óvulo y espermatozoides”. El Tribunal llegó a afear la utilización de este término en el litigio por parte de algunos de los especialistas (King y Robertson), que era contraria incluso a su propia práctica previa: ¿por qué en el proceso hablaban de pre-embrión cuando en otros trabajos científicos lo hacían de embrión? Obviamente, por puro interés ideológico.
En esta obra Lejeune denuncia en varias ocasiones las posturas ideológicas anticientíficas: “¡Qué extraña miopía la de los especialistas en vanguardia: son capaces de descubrir la masculinidad o la feminidad del embrión en una sola de sus células, pero rechazan reconocer su humanidad!” En otro momento de su declaración, respondiendo a la pregunta “¿Declaró usted … que, en su opinión, el feto en cuestión era un ser humano?”, el científico dijo: “No era ‘mi’ opinión. Lo que estaba diciendo era lo que enseña toda la genética. No hay ninguna duda de que es un ser humano”. Finalmente, en una nota a pie de página, cita un artículo de Cole y otros autores (Lancet, I, 1040, 1990): “De hecho, es falso, y un insulto contra la razón, considerar que el embrión humano es sólo un grupo de células totipotentes”. Ciencia pura.
Otro ejemplo de manipulación ideológica, revestido de “jerga científica” una vez más, es la cuestión de la ética y filosofía animalista y del Proyecto Gran Simio, su aspecto más conocido públicamente. En resumen, estas posturas pretenden crear un nuevo concepto de humanidad más amplio, extendiendo incluso los derechos humanos a los animales, a parte de ellos. En su declaración en Maryville Lejeune, respondiendo al letrado de la parte demandante –el ex-marido– sobre la afirmación de que había leído que “aproximadamente el noventa y ocho por ciento del material genético que se encuentra en el chimpancé o en el gorila es idéntico al que se puede encontrar en el ser humano”, señaló que efectivamente eso se había escrito (estaban en 1989) y se había hecho a partir de cálculos estadísticos sobre el ADN, “pero no sobre su significado. ¿Qué resultado produce un parecido del noventa por ciento entre las palabras de dos textos distintos? Pueden significar cosas muy distintas según estén construidas las frases. Esto es lo que establece las diferencias entre las especies”. Más adelante, en una muestra de su brillante ingenio, añadió: “Sabe, hay algo peculiar en los seres humanos cuando los comparamos con las otras especies. Le diré algo muy sencillo. Viajo mucho y, cada vez que puedo, visito dos puntos que son muy importantes para mí cuando voy a una nueva ciudad: uno es la universidad, y otro es el parque zoológico. En la universidad, he visto a menudo a profesores muy serios preguntarse si, después de todo, sus hijos, cuando eran muy jóvenes, no eran animales, pero nunca he visto en un parque zoológico un congreso de chimpancés preguntándose si sus hijos, cuando hayan crecido, llegarán a ser universitarios. Me parece que, en alguna parte, existe alguna diferencia”.
Natalia López Moratalla, en su deliciosa obra titulada El primer viaje de la vida, señala una de esas posibles ‘diferencias’: “Cada uno escribe su autobiografía de radical novedad a partir de unos sencillos elementos heredados. Esto sólo ocurre con los hombres, con cada hombre; los individuos de todas las demás especies tienen su guión escrito y detallado hasta la última y, por eso, es igual para todos. El ‘titular’ de una vida humana tiene un núcleo personal que es la libertad”. También insiste en esto Adela Cortina en su interesantísimo libro Las fronteras de la persona. Señala que “que hay semejanzas entre los hombres y los animales es indiscutible, salvo para un cartesiano, pero es igualmente indudable que existen diferencias… según los datos de la genética, por ejemplo, compartimos con los grandes simios un tanto por ciento muy elevado de nuestros genes, más de un 98 por ciento con chimpancés y bonobos, más de un 97 por ciento con los gorilas y más de un 96 por ciento con los orangutanes… De donde se concluye que existe una gran semejanza, pero también que es maravilloso cómo esa pequeña diferencia (el subrayado es mío) puede llevar al lenguaje, la autoconciencia y la autonomía”.
La profesora Cortina, en el prólogo de la obra citada, hace una terrible denuncia al señalar que está utilizando el concepto de persona como sinónimo de ser humano, “sinonímia que está hoy más que puesta en cuestión por un buen número de gentes que defienden que hay personas no humanas, como es el caso de algunos simios, y seres humanos que no son personas, y se refieren con eso a los discapacitados psíquicos, los enfermos mentales, los seres humanos en estado vegetativo o los niños muy pequeños”. ¿Cabe mayor obcecación ideológica, mayor barbaridad, mayor negación de las evidencias científicas? Además, a la lista que hacía la profesora Cortina, habría que añadir a los embriones, a los niños no nacidos, a la vista de las declaraciones de algunos políticos. Específicamente, sobre el Proyecto Gran Simio, Adela Cortina, con rotundidad, ha señalado que es “un proyecto político, elaborado desde el utilitarismo filosófico; un proyecto aprobado, entre otros, por el Parlamento español, y que no puede ser más chapucero desde el punto de vista de los argumentos”.
Aunque podríamos añadir algunos ejemplos más, un último supuesto de manipulación ideológica, por encima de toda evidencia científica y racional, es la cuestión de la ideología de género. Siguiendo a Jesús Trillo-Figueroa, podríamos establecer cinco constantes presentes en las manifestaciones de esta doctrina ideológica: 1) la diferencia entre los sexos no es algo natural, sino producto de una práctica social, no existiendo sexos sino géneros en tanto que roles o papeles sociales; 2) cada persona debe elegir libremente su género, según la orientación sexual que desea en cada momento; 3) es la sociedad quien aliena a los hombres, creando las diferencias sexuales; 4) el objetivo fundamental de la tarea política debe ser hacer desaparecer todo lo que perpetúa esa alienación: la familia, el matrimonio, la procreación entre los sexos, la maternidad y la paternidad; 5) concepción de la pareja humana como conflicto, relación de poder, ámbito de lucha, odio en fin. Es evidente que algunas de estas afirmaciones no se compadecen en absoluto con los conocimientos actuales de la ciencia. Otras lo hacen con dificultad.
Quizá en este campo sea donde menos citas de autoridad sean necesaria: el mero sentido común hace reconocer, salvo prejuicio ideológico, que las diferencias entre hombre y mujer son absolutamente evidentes, son un dato de la naturaleza y no una construcción social o cultural. López Moratalla, en la obra ya citada, señala que “la identidad personal incluye la identidad genética que, además, es siempre de uno de los dos sexos. Ser varón o ser mujer viene dado y se es varón o mujer desde el momento de la concepción”. Coincide con esta opinión María Isabel Llanes, en su obra Del sexo al género: “Como la persona entera solamente puede ser varón o mujer, en unidad de cuerpo y alma, la masculinidad y la feminidad se extiende a todos los ámbitos de su ser: desde las diferencias físicas a las psíquicas… el cerebro del embrión se estructura, autoconstituye y configura de modo diverso según sea varón o hembra”.
El radicalismo ideológico en esta cuestión es evidente. Afortunadamente, la naturaleza no entiende de estas construcciones y sigue su propio camino. El ser humano será siempre sexuado, varón y mujer.
- Artículo remitido a HO por el propio autor, tras haber sido publicado en Análisis Digital el 24 de octubre de 2011:
http://www.analisisdigital.org/2011/10/24/%c2%bfciencia-o-ideologia/