Si fuéramos…

Si fuéramos negros reclamando la abolición de la segregación o el apartheid.

Si fuéramos indígenas en defensa de nuestra tierra y nuestro modo de vida ‘diferente’.

Si fuéramos palestinos reclamando un territorio donde vivir bajo nuestro propio dominio.

Si fuéramos mujeres agredidas que exigen respeto a nuestras propias vidas, a su dignidad, y medidas contra los abusos y violencia doméstica.

Si fuéramos terroristas por la negociación y reclamáramos medidas carcelarias favorables.

Si fuéramos marginados, “sin tierra” reclamando justicia social y algo de comer.

Si fuéramos ecologistas convencidos y sacrificados por la preservación de la naturaleza y el paisaje.

Si fuéramos homosexuales en campaña para lograr que lo nuestro se equipare a una familia.

Si fuéramos…

 

El problema es que no somos nada de eso. Sólo somos padres. Ni más, ni menos que padres y madres. Nos hemos salido del guión de lo “políticamente correcto”. No estaba previsto, no estábamos previstos. Entre los bienpensantes e iluminados, interesados e interesantes, progresistas y neoprogres, degenerados y regeneracionistas, idealistas e ideólogos, manipuladores y manipulados, no se podía pensar que la España real, la de las familias, la de la gente que se levanta todas las mañanas para ir a trabajar, que trata de querer a su mujer o a su marido y de educar como personas íntegras a sus hijos, se levantara en defensa de sus derechos. Y menos de la manera en que lo ha hecho: de manera generosa, documentada, democrática, pacífica pero radical. Ni un paso atrás.

 

Además, están los argumentos que usamos los padres: la libertad de conciencia, nuestros derechos humanos vulnerados, los valores constitucionales,…, que son los que reclaman para sí todos los anteriores, utilizados en nuestro caso escrupulosamente y con absoluta honestidad. No como en otros casos, en los que han sido usados como palabras “talismán” para la conquista ideológica partidaria o para intereses ocultos.

 

No somos más que madres y padres que quieren a sus hijos por encima de todo. Por encima del color de su piel, por encima de su cultura, por encima de su inteligencia, por encima de nuestra carrera profesional, por encima del dinero, por encima de la naturaleza. Por encima de todo, nuestros hijos. Y por primera vez, y de manera clara, hemos visto la manera de decir “¡Basta ya!”. Cuando el poder político ha explicitado la ortodoxia de lo políticamente correcto, el relativismo omnipresente, el materialismo consumista y destructivo del alma, cuando ha concretado su laicismo y su desprecio a lo sagrado en un conjunto de asignaturas obligatorias, los padres y madres han dicho: NO. Esta vez no. Esta vez no pasarán.

 

Somos padres y madres que defienden lo más sagrado, lo más bello, lo más valioso que les ha sido dado: el alma de sus hijos. Esto es imparable. Ya hemos ganado.

 
Fabián Fernández de Alarcón

8 Respuestas a “Si fuéramos…”


  1. 1 Cris

    Me parece mal la equiparación en este aspecto de negros, indígenas, mujeres agredidas, palestinos, etc, con terroristas. No creo que sea un comienzo acertado.

  2. 2 María

    Sólamente somos padres, nada menos que eso. Nuestra misión más importante en la vida es sacar adelante a nuestros hijos y procurarles un mundo mejor. Lo demás, lo que defienden otros, puede ser importante, pero siempre es secundario. Un saludo.

  3. 3 democrata(Rael)

    Hola sin animo de ser exaustivo como diria Cesar Vidal: asi nos sentimos una parte de la sociedad en el pasado al imponernos la religion y ustedes diciendo que el 90% va a religion, y yo soy de la generacion donde ibamos a religion solo por que era una “Maria” en los colegios publicos, muchos concertados,y hasta en los seminarios menores, ahora que se invirtio el orden se quejan de lo que se quejaba mucha gente en el pasado

    os animo a que sigan luchando pero recuerden estas palabras… si le dan la vuelta a la tortilla dejen libertad a los padres que no quieren dar religion a sus hijos incluso en los colegios catolicos dira mucho de ustedes….

    una gran duda: Llegaremos alguna vez a ponernos d acuerdo las 2 partes sin imponer por ninguna de ellas nada?

    And the lamb…lies down on Broadway

    Its real is Rael

  4. 4 Alejandro Campoy

    Creo que desde tiempos de Franco la Religión no ha vuelto a ser obligatoria en el sistema educativo. No, al menos, desde la promulgación de la Constitución. Ése es el dato: la religión NO ES OBLIGATORIA desde 1978. Y a mí me parece muy bien que no lo sea. Si tus hijos fueran obligados a estudiar Religión Católica contra tu voluntad, demócrata, no sólo yo, sino los 50.000 objetores estaríamos a tu lado. Sin dudarlo. Pero me describes una situación del pasado.

  5. 5 Fabián FA

    Querida Cris, como autor del artículo, no pretendía comparar situaciones o realidades en efecto incomparables. Sólo que ciertas banderas parece que tienen el marchamo de legitimidad, de ser políticamente correctas, y la de los padres objetores se sale absolutamente del guión. Pero esas banderas son por supuesto muy diferentes, algunas son legítimas, otras desmesuradas, otras desenfocadas y alguna por supuesto inaceptable. Pero a la inmensa mayoría de los medios les parecen iguales, y eso también es criticable.

    Perdona en cualquier caso porque a lo mejor había que haberlo dicho, pero el objeto del artículo no era entrar a discriminarlas.

  6. 6 Lylo

    Si en las edades clave falla el entorno, de poco sirven los razonamientos teóricos con los hijos. Decía Confucio que no son las malas hierbas las que ahogan la buena semilla, sino la negligencia del campesino. Un colegio equivocado, un lugar de veraneo de bajo nivel moral, o una indigestión habitual de televisión indiscriminada, por ejemplo, pueden echar por tierra muchos esfuerzos hechos en casa por mantener limpias las mentes de los chicos.

    Si no se actúa sobre el entorno, puede suceder como en aquel dicho del cadáver en la piscina: “Mientras no se saque el muerto, de poco vale echar cloro.”

    Todo parece como si lo propio del hombre fuera lo bajo, lo vulgar, lo vicioso, lo mezquino; cuando lo propiamente humano es la razón, la fuerza de voluntad, la verdad, el esfuerzo, el trabajo, el bien. Para ser verdaderos hombres hemos de empezar por no auto disculparnos siempre con la excusa de que somos humanos.

    Es una excusa que tiene apariencia de humildad y, sin embargo, oculta habitualmente una cómoda apuesta por la mediocridad.

    La mediocridad es una enfermedad sin dolores, sin apenas síntomas visibles. Los mediocres parecen, si no felices, a los menos tranquilos. Suelen presumir de la sencilla filosofía con que se toman la vida, y les resulta difícil darse cuenta de que consumen tontamente su existencia.

    Todos tenemos que hacer un esfuerzo para salir de la vulgaridad y no regresar a ella de nuevo. Tenemos que ir llenando la vida de algo que le dé sentido, apostar por una existencia útil para los demás y para nosotros mismos, y no por una vida arrastrada y vulgar.

    Porque, además, como dice el clásico castellano: no hay quien mal su tiempo emplee, que el tiempo no le castigue.

    La vida está llena de alternativas. Vivir es apostar y mantener la apuesta. Apostar y retirarse al primer contratiempo sería morir por adelantado.

    La educación moral es más importante de lo que muchos creen. Es algo de lo que tiene hambre y sed la gente joven, y que intenta denodadamente encontrar. La enseñanza moral más persuasiva es la que se transmite con el testimonio de la propia vida, con nuestra forma de estar con los demás, de hablarles y de relacionarnos con ellos. ¿Cuándo? Cuando damos las gracias a la persona que nos sirve en la cafetería, y procuramos no tratarla con la indiferencia habitual en todos. O cuando procuramos utilizar más las palabras “gracias” y “por favor”, y no de una forma mecánica, superficial y autosuficiente, sino por un deseo auténtico de aprender a romper ese apego a nuestro individualismo, para dirigirnos más a los demás y tratarles con consideración, ser importantes unos para otros, interesarse por sus cosas con tacto y sensibilidad, y expresarles su gratitud por cualquier cosa, aunque sea pequeña. O cuando perdemos el miedo a reconocer que eso que hacemos está mal, y aunque parezca no hacer ningún mal a nadie al menos nos daña a nosotros mismos. O cuando nos esforzamos en hacer más espacio en nuestro interior para los demás, y ofrecer así un pequeño acomodo para los otros, para no vivir absorbidos por nuestra propia importancia. Todo esto crea un estilo de vida, una actitud que facilita el descubrimiento de la verdad moral, y que cala de forma lenta pero efectiva en nosotros y en quienes nos rodean.

    Las personas que centran su vida en el placer o el egoísmo acaban por aburrirse de cada uno de los sucesivos niveles que van alcanzando, pues constantemente piensan en uno mayor y más excitante, en una cima más alta. Y esto es algo que sucede no sólo con los placeres propiamente dichos, sino también con la tendencia a rehuir del esfuerzo: cuando el hombre busca siempre el camino de mayor comodidad y menor exigencia, entonces su vida se va erosionando gradualmente: sus capacidades se van adormeciendo, su talento no se desarrolla, su espíritu se aletarga y su corazón se siente cada vez más insatisfecho, desencantado por lo fugaces que finalmente resultan sus efímeros logros.

    La vida familiar es la primera escuela de aprendizaje emocional. El modo en que los padres tratan a sus hijos (ya sea con una disciplina estricta o con un desorden notable, con exceso de control o con indiferencia, de modo cordial o brusco, confiado o desconfiado, etc.), tiene unas consecuencias profundas y duraderas en la vida emocional de los hijos, que captan con gran agudeza hasta lo más sutil.

    Las personas libres hacen las cosas porque les da la gana, no simplemente porque les viene en gana.

    La verdadera libertad es aquella que es capaz de elegir dentro del bien. La libertad puede elegir el mal, es cierto, pero dentro de esa mala elección hay siempre una merma en la misma libertad, una auto-condena de la libertad que poco a poco se esclaviza al error.

    Algo similar sucede cuando una persona, a la hora de decidir qué va a hacer, no se enfrenta con valentía a la realidad de las cosas, para calibrar su verdadera conveniencia, sino que cae en un oscuro género de escapismo, de engaño y huida de uno mismo, cosa siempre bastante triste.

    El escapista busca vías de escape frente a los problemas, pero no los resuelve. Se evade. Esquiva la incomodidad a toda costa. Teme a la realidad. Ignora sus consecuencias futuras. Si el problema no desaparece, será él quien desaparezca.

    Del amor nacen muchas cosas: deseos, pensamientos, actos. Pero todo esto que del amor nace, no es el amor mismo. Lo que amamos, efectivamente lo deseamos, es verdad. Pero también deseamos muchas cosas que no amamos, cosas que en sí mismas nos resultan indiferentes. Es muy peligroso identificar deseo y amor. Desear un buen vino no es amarlo. Desear la droga no es amarla. Desear sexualmente a una persona no es amarla.

    Cuando alguien descubre la realidad del amor, tiene la certeza de haber descubierto una tierra maravillosa hasta entonces desconocida e insospechada. Se considera feliz y agraciado, y con razón. Es una lástima que por no acomodarse al ritmo natural de maduración del amor, algunos quieran comer la fruta verde y pierdan la meta que podrían haber llegado a alcanzar.

    Es difícil augurar un buen futuro a quien llega al matrimonio sin haber tomado las riendas de su impulso sexual. Con frecuencia vemos cómo todas las razones —los hijos, la estabilidad de la familia, etc.— acaban por abandonar a esas personas de poca voluntad cuando se les presenta una y otra vez —que se les presentará— la tentación de la novedad sexual.

    Urge hacer justicia al amor, rescatar su sentido más genuino, mostrar que un amor apasionado no puede ser otra cosa que una entrega apasionada a buscar el bien de la persona a la que se quiere.

    Porque muchos, con sus palabras y su actitud, confunden el sexo con el amor. Y sin embargo saber de sexo es muy fácil, pero saber de amor es más difícil. Porque requiere un aprendizaje de la vida entera, porque el amor pugna de continuo contra el egoísmo, y el egoísmo tiene una prodigiosa capacidad de reflorecimiento.

    Cuando el sexo se degrada o se sobrevalora, emerge enseguida en forma de enrarecimiento del carácter y manifestaciones de engreimiento. No en vano proclama el dicho popular aquello de lujuria oculta, soberbia manifiesta, pues la degradación del amor por la lujuria puede arruinar en poco tiempo a una persona.

    Lo mejor es prevenirla, si es posible, llevando una vida de cierta exigencia. Ya hemos hablado de los males que tienen su origen en la vida fácil: mediocridad, pereza, falta de dominio sobre uno mismo. Uno de los mayores riesgos del exceso de bienestar es que, como la experiencia nos enseña, muchos terminan quedando bastante dominados por él, pues no es difícil que la seducción de una vida excesivamente cómoda haga que los hombres perdamos a veces un poco esa libertad interior, ese necesario señorío sobre nosotros mismos, convirtiéndonos en esclavos de esas comodidades.

    La adversidad y el dolor no deben verse como cosas tan terribles. La mayoría de los pensadores que han afrontado seriamente el problema dicen que con ellos viene una enseñanza siempre útil para nuestra vida; que cuando se saben recibir pueden transformarse en algo positivo. Los golpes de la adversidad son amargos, pero nunca estériles.

    En la educación familiar, los padres deben dar ejemplo de serenidad frente a los reveses de la vida, de mantener la alegría, de esos valores que se manifiestan cuando, frente a un golpe de destino, nos sabemos conformar. En la adversidad suele descubrirse al genio, en la prosperidad se oculta

    El hombre no puede prescindir de la razón. Y si en lugar de darle una misión de alumbrar la verdad y el bien, la convierte en una simple justificadora de conductas, cuya máxima norma suele ser «está bien porque lo he hecho yo (y todo lo que yo hago, para mí está bien)», entonces se produce una perversión del uso de la razón, y la que debía ser antorcha de la verdad, pasa a ser una simple venda que tapa las heridas de una conducta irreflexiva.

    Entonces llegados a este punto de encuentro: ¿El aborto debe permitirse porque la mujer tiene derecho a disponer de su cuerpo?

    Tratándose del aborto no se está manipulando el propio cuerpo, sino que se acaba con la vida de otra persona sobre la que no tiene derecho, menos aún de eliminarla. Además, el derecho al propio cuerpo tiene sus límites; por ejemplo, no es permitido manejar en estado de ebriedad, venderse como esclavo, o desvestirse en vía pública, y esto ¿por qué? porque ser dueños del propio cuerpo no justifica cualquier acción.

    En años recientes, ciencias como la genética, la inmunología y la fecundación in vitro (fivet) lo han demostrado cada una por su cuenta: madre e hijo son seres distintos. De ella recibe alimento y espacio para vivir. En efecto, la posibilidad misma de la fivet representa una prueba contundente de que el embrión no constituye un apéndice de la madre. Si fuese su propio cuerpo, sería una amputación no un aborto.

    ¿No sería más progresista alentar la creación de orfanatos regidos por la humanidad y el esmero educativo? Pero hemos conseguido entre todos que el progreso y el compromiso consistan en adoptar niños de Colombia, o de Groenlandia, para acallar nuestra mala conciencia. Resulta una paradoja hiriente, amén de repulsiva, que precisamente hoy, cuando la solidaridad de lejanías se ha convertido en moneda de curso corriente y en certificado de progresismo postizo, hayamos transigido con el aborto. Y, sobre todo, resulta infrahumano, tan infrahumano como caminar a cuatro patas.

    Cada vez se lucha más contra la violencia intrafamiliar, por lo que se puede preguntar: ¿cabe peor violencia que matar a un hijo en el seno materno?

    Se dice que el aborto es un asunto de la propia conciencia, es una cuestión personal, íntima, en la que ni la legislación, ni la religión, ni nadie, excepto la propia madre, debe intervenir.

    Pues, aunque todos debemos seguir la propia conciencia, el papel de ella no es crear la verdad,; y en lo particular respecto al aborto no es un asunto de la propia conciencia, una cuestión personal, íntima, en la que nadie debe intervenir, porque afecta en concreto a una persona, al no nacido, que es conducido a la muerte.

    No hay que perder de vista que quien aborta acaba con la vida, la libertad, la intimidad y la conciencia de otra persona, por eso mismo, cuando se defiende la vida humana del no nacido, no se está en contra de la mujer, sino a su favor, ya que estadísticamente está demostrado que por cada dos abortos, uno era del sexo femenino. Protegiendo la vida desde la concepción se establece que ninguna mujer podrá ser agredida, ni siquiera en el vientre de su madre.

    Manda narices que se hagan campañas por la ecología, y la madre naturaleza y no se hagan por la vida, por el ser humano, por la paz que ello representa.

    A veces se usa una expresión de refinada hipocresía para denominar el aborto provocado: se dice que es la interrupción del embarazo (…) La horca o el garrote pueden llamarse interrupción de la respiración, y con un par de minutos basta. Cuando se provoca el aborto o se ahorca, se mata a alguien. Y es una hipocresía más considerar que hay diferencia según en qué lugar del camino se encuentre el niño que viene, a qué distancia de semanas o meses del nacimiento va a ser sorprendido por la muerte. Con frecuencia se afirma la licitud del aborto cuando se juzga que probablemente el que va a nacer (el que iba a nacer) sería anormal, física o psíquicamente. Pero esto implica que el que es anormal no debe vivir, ya que esa condición no es probable, sino segura. Y habría que extender la misma norma al que llega a ser anormal por accidente, enfermedad o vejez. Y si se tiene esa convicción, hay que mantenerla con todas sus consecuencias.

    La misma afirmación del derecho a la maternidad consciente y responsable es anulada, puesto que se persigue tal maternidad interrumpiéndola.

    Preferimos quitarnos la vida, antes que quitarnos el orgullo. Ninguno nos hemos dado a nosotros mismos la vida.

    He ahí la gran locura, pensar que se es poderoso porque puedes herir, matar y destruir, eso es cosa fácil. El verdaderamente poderoso es el que sabe crear, y curar.

    Por favor, sabemos cuál es el problema y también la solución, seamos dignos pues.

  7. 7 luna

    ¿Cómo que “sólo” somos padres? No se me ocurre en estos momentos cosa más noble que un padre, quizá porque soy hijo de dos Santos, quizá cuando veo a mi mujer, embarazada y pienso en lo que se me viene encima y cómo lo “fuimos a buscar”,porque lo queremos.
    Porque lo necesitamos para dedicarle nuestras vidas.
    Tú lo has dicho:lo más sagrado, lo más bello, lo más valioso que se nos da.
    Decían los israelitas, señalando a sus pertes genitales que “donde vayan estos, va nuestra Patria”. No los que tiran bombas compradas en España a los palestinos, sino los que se fueron de Egipto en busca de su libertad y sus descendientes.

  8. 8 Oxaì

    Luna: Nunca había visto una definición más noble y poética de la Patria, me da mucho que pensar.

Añade un Comentario