El eslabón perdido entre la protección y la reeducación de menores

 

Tradicionalmente, en el campo de los servicios sociales, se ha organizado la atención al menor en dos sectores aparentemente bien diferenciados: la protección y la reeducación (o “reforma”). Desde un criterio legalista, la diferencia está muy clara: el menor de protección es aquel que ha quedado privado de la necesaria asistencia moral o material y el de reeducación es aquel a quien le ha sido impuesta una medida judicial por infracción de la ley. En la realidad cotidiana, en cambio, trazar con precisión los límites de ambos colectivos no es tan fácil.

Muchas veces, los factores que definen a esos dos grupos de menores se solapan. Es muy frecuente que menores de reeducación sean al mismo tiempo víctimas de situaciones de desprotección. También es bastante común el fenómeno inverso, esto es, que menores en situación de desamparo se vean inmersos en problemas con la justicia. En los casos extremos, es fácil diferenciar a los que son de un grupo u otro, pero la gran mayoría encuentran en una zona difusa y un poco “de nadie”, en la que se entremezclan aspectos de protección y de reeducación. De hecho, sus perfiles psicosociales no son demasiado diferentes.

En ese terreno intermedio, en el que se solapan ambas problemáticas, existe un grupo cada vez más grande de menores que, precisamente por estar entre dos aguas, acaban por no ser atendidos como necesitarían. Se trata de chicos y chicas que no son exactamente de protección, porque tienen a una familia que les proporciona la asistencia necesaria. Pero tampoco son exactamente de reeducación porque, aunque muestran conductas de rebeldía, fugas, absentismo escolar, agresividad y antisocialidad, éstas no revisten la gravedad suficiente como para que la autoridad judicial les imponga medidas de privación de libertad.

En consecuencia, estos menores “intermedios”  no pueden ser bien atendidos en la actual red de protección, porque su conflictividad conductual suele requerir la aplicación de medidas de contención que muchas veces exigen una limitación o privación de su libertad, algo que sólo un juez puede decidir. Al mismo tiempo, tampoco pueden ser atendidos en centros de reeducación porque, para ser internado en ellos, es preceptiva una resolución judicial, algo que no es posible porque su comportamiento, aunque disocial, no es fácilmente calificable como ilícito penal merecedor de medidas de internamiento, menos aún cautelares.

Los padres de este tipo de menores suelen estar muy angustiados y desbordados por la conducta de sus hijos. Muchos también están hartos de pedir ayuda a la autoridad y de ver que, aunque se les ofrecen programas de intervención en su propio medio, no consiguen hacerse con sus hijos. Algunos de ellos pecan de desentenderse de los problemas y de abusar de los servicios, pretendiendo siempre que sean otros quienes les saquen las castañas del fuego. Pero muchos de ellos son padres responsables y esforzados, que han intentado por todos los medios cumplir lo mejor que saben con todas sus obligaciones, sin conseguir que sus hijos sigan unos patrones de conducta mínimamente socializados y adecuados.

Cada vez con mayor frecuencia, algunos de estos padres desesperados, aun sin tener una intención radical ni definitiva de abandonar a sus hijos, piden de forma insistente que se interne a los menores en algún centro. Sueñan con que ello les ayude a “arreglar” a ese hijo o hija que les ha desbordado o, al menos, que ello les permita un pequeño respiro en el clima asfixiante que se les ha creado en el hogar. Cuando no lo consiguen a base de solicitudes y quejas, algunos toman la vía de en medio y, arriesgándose a ser denunciados por abandono de familia, se niegan a admitir en casa a sus hijos, provocando una momentánea situación de “desamparo utilitarista”, que fuerza el internamiento en centros de recepción.

Dichos centros, que están destinados y dotados de medios, única y exclusivamente para la protección de menores, no pueden atender como conviene a los que llegan bajo el pretexto de su “protección”, pero que en realidad son menores conflictivos con problemas de conducta. Son casos en los que, si alguien está en “situación de desamparo”, son los padres y familiares (y el personal de los centros), cuya integridad ponen en riesgo los díscolos mozalbetes. Es lamentable que muchas familias e incluso algún profesional del sector, todavía piensen en el internamiento en estos centros de protección como forma de “escarmiento” o “castigo”.

Estos menores “intermedios” de los que hablamos, están además en un limbo jurídico, ya que, aunque el Código de Derecho Civil (Art. 154) sigue recogiendo el derecho de los padres a requerir el auxilio de la autoridad para corregir a sus hijos (la clásica “corrección paternal”), no existe una situación legal “ad hoc” declarable por resolución, que no sería la de desamparo, ni tampoco una medida judicial. Este hueco jurídico no existía con la antigua Ley de Tribunales Tutelares de Menores de 1948, que contemplaba como infracción la “insumisión con o sin fugas” y a ese tipo de menores díscolos se les imponían medidas judiciales y punto.

No parece factible recalificar esas conductas como infracciones, pero tampoco podemos seguir ignorando el problema, sin que nadie le ponga el cascabel al gato, y dejando reventar a las familias y a los centros de protección. Si la expresión “corrección paternal” resulta anticuada, la nueva situación intermedia podría denominarse “riesgo disocial”, “protección especial”, o como bien parezca. Lo urgente es definirla legalmente y crear los recursos necesarios para que estos menores reciban el tratamiento adecuado. Ésta es la necesidad más frecuente en el mundo actual del menor y, tomen buena nota, todo indica que va a ir en aumento.

 

 

La era de las ideologías tristes

(Ha sido publicado el 3 de enero de 2013 en Análisis Digital)

La posmodernidad es deprimente, depresiva, deprimida y depresora. No es mera especulación, ni opinión gratuita. La depresión, junto con la ansiedad, es la enfermedad de moda. El siglo XX fue el siglo de la neurosis. Quizá también el de la psicopatía, porque nunca el ser humano había realizado brutalidades más grandes: el nazismo, el estalinismo, las dos guerras mundiales, la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki… Pero el siglo XXI, en el que la “posmodernidad” es un hecho consumado, es el siglo de la depresión. Si acaso también, el siglo de la esquizofrenia. Si todavía no lo ven, ya lo verán.

Hay que reconocer que se está dando un abuso en la calificación de casi cualquier cosa como “depresión”, o con ese diminutivo coloquial que llamamos “depre”. A la simple tristeza, abatimiento o apatía enseguida se le llama depresión, para negocio de psiquiatras, psicólogos y fabricantes de inhibidores de la recaptación de la serotonina. Este abuso engorda en falso las cifras de prevalencia de la depresión y revela que quizá no haya tanta depresión real, pero sí nos apunta la existencia de una cultura de la tristeza, una especie de desánimo social que ha echado raíces en el “inconsciente colectivo”.

Vivimos la resaca de la modernidad, aquella etapa tan optimista en la que la razón, la ciencia y la técnica nos iban a hacer muy felices. La modernidad fue una borrachera de rupturas con toda dependencia o atadura que se pusiera por delante, una puesta de largo de una Humanidad que quería abandonar su “niñez espiritual” para pasar a un estado adulto autónomo, liberado de toda exigencia moral heterónoma. El “siglo de las luces” llamaron a los comienzos de esta era en la que, libres de las “creencias irracionales”, íbamos a crear un paraíso terrenal llevados de la mano de la diosa razón.

Pero aquella diosa no cumplió el encargo. Vivimos ahora el desencanto de su idolatría, el poso amargo del desengaño. No vivimos mejor, ni material, ni psíquica, ni espiritualmente. En lo material: fracaso total del sistema y crisis de todos los modelos económicos por causa del problema no resuelto: la codicia humana. En lo psíquico: ansiedad, depresión e índices brutales de suicidio. En lo espiritual: el frío y solitario páramo del inmanentismo materialista, que nos ha encerrado en una cloaca, en la asfixia del absurdo existencial. El sueño de la razón ha producido monstruos y los monstruos nos han devorado.

Las ideologías dominantes, agarradas a los restos del naufragio, parecen una colección de consignas agrias, caras feas, gritos ofensivos, violencia callejera, quejas insaciables y mucha mala leche. Gente triste, siempre enfadada, insatisfecha de por vida, nunca contenta con nada, inventando derechos para justificar sus desvaríos, pidiendo que se legalicen sus antojos como si así se fuesen a liberar de la mala conciencia y el hastío en el que viven. Ideologías antivida, antifamilia, anti casi todo. Ideologías de muerte, de desvinculación, de ruptura… El hombre del siglo XXI es un ser cabreado y triste.

A la parte más grave de esta cultura destructiva se le ha llamado: “cultura de la muerte”, denominación tétricamente acertada. Se justifica, defiende y legaliza el aborto y la eutanasia, arrollando el derecho fundamental a la vida y arrogándose el hombre la venia de decidir quién ha de vivir y quién no. Se manipula el genoma humano, la intimidad de la naturaleza, al gusto del consumidor y se llega a prácticas eugenésicas que dejan pálida la barbarie nazi. Se aboga por lo temporal, lo desechable, lo superficial y lo desvinculado, en detrimento de lo permanente, lo duradero, lo profundo y lo comprometido. Se valora más la división y la ruptura que la unión y la reconciliación.

El ser humano, en su afán por encontrar algo de felicidad sin renunciar a su autonomía moral, se ha convertido en un tsunami, una apisonadora que huye hacia delante sin carril y sin frenos, aplastándolo todo. Rechaza cualquier molestia, cualquier compromiso, cualquier esfuerzo, cualquier sacrificio. Y para tratar de racionalizar su  desvarío inventa nuevas ideologías que lo justifiquen; ideologías que no construyen nada, que todo lo rompen, todo lo exageran, todo lo dislocan; ideologías irrespetuosas, chillonas, de botellón, pancarta y disfraz ofensivo, de rostros desencajados por el odio; ideologías tristes.

Ninguna de esas ideologías lúgubres va a mejorar el mundo en que vivimos. El desafío que se abre ante la Humanidad del III Milenio es cada vez más claro, acuciante y exigente: la restauración de los ideales y valores constructivos que hemos abandonado en la cuneta. Matar, romper, golpear, insultar o vociferar, no son los métodos que nos llevarán hacia una sociedad más justa, amable y libre. Las ideologías tristes se devorarán a sí mismas y no podemos consentir que arrastren a la Humanidad a su agujero negro. Pero no hay que combatirlas en su mismo terreno, pues esa es su mejor baza. Hay que superarlas con una fe renovada en la vida, en lo que une, en lo que construye.

La Humanidad está al borde del abismo y, por eso mismo, al borde de una posibilidad histórica de cambio. De esta “era de las ideología tristes” puede derivarse el final o el principio. Debemos elegir. Ya hemos comprobado a dónde nos lleva nuestra soberbia, nuestra aventura de independencia, nuestra idolatría de la razón y del instinto: basta ver un telediario. Hemos metido en crisis todo y ya es momento de reaccionar, aprender de la experiencia y dar un giro de 180 grados. Como profetizó el Beato Juan Pablo II, una “Nueva Humanidad” está a punto de nacer. Para ello, necesitamos la humildad de admitir el error, rectificar y volver a aquél que es el Camino, la Verdad y la Vida.

Dios, como el padre del hijo pródigo, ha dejado que nos alejáramos de él a correr nuestra aventura de autonomía moral. Nos ha dejado libres para malgastar su herencia como nos ha dado la gana. No es un padre neurótico y no ha salido corriendo para evitarnos el porrazo. Ha dejado que experimentemos hasta el final las consecuencias de hacer nuestra santa voluntad. Y nos hemos quedado solos y hambrientos, mendigando. Ha llegado la hora de volver a casa. Como el hijo pródigo, viendo nuestro error y sus consecuencias, entremos dentro de nosotros mismos y decidamos volver a la casa del Padre. Él nos espera, oteando el camino y con los brazos abiertos.

Los buenos deseos sí importan

Con este artículo me contradigo, pero lo hago a conciencia y muy a gusto en esta ocasión. Alguien dijo que rectificar es de sabios (alguien que se equivocaba mucho), así que me pongo al teclado y rectifico. Bueno, no quiero exagerar, la verdad es que más que rectificar lo que voy a hacer es matizar. El caso es que, no hace mucho tiempo, en un día como hoy en el que terminaba el año en curso, escribí un artículo criticando la costumbre de los “buenos deseos”, que se prodiga al máximo en las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

Mi crítica fue entonces ferozmente moralista: nada de buenos deseos, lo que hace falta es trabajar duro para conseguir nuestros objetivos. Un alarde de voluntarismo que parte de razón lleva, pero no toda, como trataré de explicar. El resto del argumento fue que los buenos deseos son inútiles, que no sirven para nada. ¿Acaso se va a cumplir un buen deseo por el mero hecho de expresarlo? Me parecía una práctica con pretensiones un tanto mágicas, ya que es del todo imposible influir en el futuro a base de deseos. ¿O tal vez no?

Hace unos días escribí en Twitter ese mismo contenido crítico, con un matiz más espiritual: “Los buenos deseos no sirven para nada, ni cambian nada. Sólo la oración insistente, humilde y confiada es eficaz. Feliz Nochebuena”. Cierto que tanto la oración insistente que aquí nombraba, como el trabajo duro del que hablé hace unos años, son una muy buena baza para enfrentar una nueva etapa de la vida, sobre todo si se combinan bien (“ora et labora”). Pero, como me hizo ver un colega “tuitero”, hay algo más que se me escapó.

Tras un rato de reflexión, he concluido que los “buenos deseos” que yo despreciaba con tanta ligereza podrían tener varios grandes efectos, enlazados entre sí, que repercuten en un incremento del bienestar de quien los recibe (e incluso del que los expresa):

a)      La persona a la que se expresan los buenos deseos se siente, si no querida (eso sería pedir mucho a frases tan convencionales), sí al menos existente y en cierta manera importante para quien tales deseos le expresa. Es agradable que alguien se dirija a mí para decirme que lo que le gustaría que yo tuviera es felicidad, alegría, prosperidad, etc. Convencionalismos así, cuantos más mejor. Claro que preferiría que esa persona hablara menos de mi bienestar e hiciera más por él, pero no está de más la buena educación y la agradable sociabilidad que impregnan los buenos deseos.

b)      Está demostrado que recibir mensajes positivos es bueno. Desde luego, mejor que el bombardeo de malas noticias y augurios que en estos tiempos nos cae encima a diario. Ya sabemos que, por mucho que me digan “próspero Año Nuevo”, no por ello voy a dejar de notar los efectos devastadores de la crisis. Pero, sin duda, me ayuda a enfrentar mejor la ansiedad que me produce el incierto futuro la recepción de mensajes alentadores y optimistas. Son como una brisa fresca en el bochorno estival: no quita el sol, ni el calor, pero mi bienestar subjetivo se incrementa un rato.

c)       Todo lo anterior produce el mejor de todos los efectos, al que quería llegar: el de las “profecías autocumplidas”. Si mi visión anticipada del futuro es negativa, sin darme cuenta yo mismo influiré en que acabe siendo un desastre. Y no se trata de una influencia de tipo supersticioso o mágico, sino de una influencia real, porque mi conducta cambia según sean mis expectativas. Ya saben: si creo que hoy voy a tropezar y caerme porque lo he leído en un horóscopo, concentraré tanto mi atención sobre ello que es muy probable que acabe tropezando. Por eso es tan importante disponer de “profecías” positivas sobre el futuro: tenderé a realizarlas.

Por todo ello, es una buena práctica social intercambiar (no sólo en Navidad o Año Nuevo) mensajes positivos sobre la vida, el presente y el futuro. No podemos vivir con la mente saturada de mensajes negativos, terribles y agoreros. Los pensamientos negativos provocan sentimientos negativos y estos favorecen la pasividad y las conductas torpes, débiles e ineficaces para superar los problemas. Los pensamientos positivos, en cambio, si no son en exceso descabellados, llevan a la acción con fuerza e ilusión, lo cual favorece el éxito. Así pues, queridos amigos: mis mejores deseos para el año entrante.

¡Feliz y próspero 2013!

Ni educare, ni educere, sino todo lo contrario

Publicado el 24-06-2013 en Página Web de la UCV


Para los profesores del área de las Ciencias de la Educación, esta antigua discusión que les comento estará ya muy trillada. Pero quizá no tanto para los que profesan en otras áreas de conocimiento. Lo cierto es que no estará de más que hagamos juntos un repaso a esta cuestión que, aunque no lo parezca, se sitúa en el alma, en el corazón de lo que es la educación. “Educare”“educere” son dos verbos latinos que constituyen las dos posibles etimologías del vocablo “educación”. Más allá de una simple curiosidad lingüística, la adopción de una u otra opción se ha convertido en el fundamento teórico de dos modelos educativos diferentes, opuestos en cierto modo, ya que comportan dos antropologías y dos enfoques bien distintos de lo que es el hombre y su educación.

La versión “educare”, que significa “conducir” y también “introducir”, ha sido asignada, no sé muy bien por quién, a la llamada “escuela tradicional”, esa institución tan vituperada y conocida por prácticas como “la letra con sangre entra” y otras supuestas felonías no exentas de un porcentaje de realidad.  En este modelo la educación sería, por una parte autoritaria, directiva: se trata de conducir al alumno hacia determinadas metas marcadas por el educador. Por otra parte, la educación consistiría esencialmente en “meter cosas” en el alumno, llenar su cerebro de conocimientos, con especial hincapié en la memorización. La mente humana sería la “tabula rasa” (pizarrín de cera que usaban en Roma para escribir) aristotélica, en la que nada hay que no provenga del exterior a través de los sentidos. Nacemos “vacíos”, “en blanco”.

Este esquema educativo suele organizarse de forma “logocéntrica”, es decir, sometida a la estructura lógica interna de la ciencia o disciplina a aprender: clasificaciones, demostraciones, argumentos, etc. El diseño curricular sería sencillamente el índice temático de cada asignatura, junto con las actividades necesarias para ir aprendiendo las sucesivas lecciones en su orden lógico. Además, esta forma de entender la educación, sobre todo en sus extremos, ha acabado asociada a un modelo antropológico que podríamos llamar “pesimista”: el ser humano nace malo. O lo es por naturaleza, o se ha corrompido de forma irremediable por el pecado, como afirman los protestantes, en especial los radicales calvinistas. La educación tendrá la misión de enderezar ese árbol que crecerá torcido por necesidad, inculcando buenos hábitos y costumbres.

La otra versión etimológica, la derivada de “educere” (“ex–ducere”), que significa “sacar afuera”,“extraer”, se centra en todo lo contrario de lo anterior (aunque no es necesariamente incompatible, como veremos): el ser humano posee en sí mismo, desde su nacimiento, todo aquello que necesita para llegar a ser en plenitud. La función de la educación será como la de una comadrona (mayéutica socrática): ayudar al educando a que saque de sí mismo todo ese potencial que ya posee de forma innata, pero que necesita poner en acto. No se trata de conducir, ni de meter nada en el alumno, sino de colaborar a que él mismo (autoeducación) pueda desarrollar lo que naturalmente ya es. De alguna forma, es una postura neoplatónica (“aprender es recordar”), pues todo lo que aprendemos ya era poseído por nosotros antes de cualquier experiencia.

Arranca de aquí un estilo no directivo que los renovadores de finales del siglo XIX y principios del XX se arrogaron para su “Escuela Nueva”. El modelo antropológico asociado es el que podríamos llamar “optimista”, muy bien representado en el “buon savage” de Rousseau. El hombre es el “buen salvaje”, que nace bueno por naturaleza, predispuesto al bien, pero es estropeado por la sociedad a través de la educación. La aplicación radical de este modelo llevó a fracasos libertarios famosos como el de Summerhill y su aplicación mediocre e insensata en España nos ha sumergido en la catástrofe educativa que nos ha traído el trinomio LODE-LOGSE-LOE. Porque en este modelo está desterrado el esfuerzo, el sacrificio, la constancia, la memorización, la excelencia, etc. Desde su enfoque radicalmente “psicocéntrico”, se abandona la disciplina académica y todo se centra en la psicología del niño (puerocentrismo). El niño debería aprender sin sufrimiento alguno, todo como en un juego, sin dar un palo al agua, divirtiéndose siempre. Así nos luce el pelo con los informes PISA y otros.

Desde una antropología y una pedagogía cristianas, esta dicotomía que acabo de presentar a grandes rasgos está resuelta. El ser humano, ni es radicalmente malo, ni radicalmente bueno. Ni Calvino, ni Rousseau: Jesucristo. El ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, posee un diseño original bueno, para la verdad, el bien y la belleza. Pero también es libre. En uso de su libertad puede elegir el mal y de hecho lo elige. Y haciendo el mal, su diseño original para el bien se debilita, se oscurece. No se anula, ni se corrompe para siempre. Sólo se quiebra como una caña cascada y titila como una mecha vacilante. Pero en Jesucristo muerto y resucitado obtendrá, también bajo condición de asumirla libremente, la posibilidad de ser regenerado, de nacer de nuevo, de recuperar el diseño perdido y realizarse en el bien.

Tal es el optimismo cristiano que, sin perder de vista la necesidad de enderezar lo torcido, de corregir lo erróneo, de conducir al que no sabe caminar, de “enseñar al que no sabe”, nunca pierde de vista que, junto a la labor educativa humana, hay otra sobrenatural, la del Maestro que forma desde dentro, Jesús.El educador cristiano supera la dialéctica “educare-educere”, no sólo porque alcanza una síntesis entre ambos extremos (lo cual es cierto, ya que para educar hay tanto que conducir, como que “meter en”, como que “sacar de”), sino porque se sitúa “más allá”. El educador cristiano es consciente de que es un “asociado”, de que el verdadero “pedagogo” es otro, es Cristo. Reconociendo en su educando el rostro de Cristo, se hinca de rodillas y pide a Dios la sabiduría y la fuerza para llevar a cabo su obra, una obra personal que realiza con cada persona, una obra maravillosa de la que es mero y admirado servidor.

La fraternidad reconcilia a la libertad y la igualdad

(Ha sido publicado en Análisis Digital el 4-1-2013)

Damnificados por la LOGSE aparte, todos conocemos los tres grandes valores proclamados por la revolución francesa. Tres valores que han sido adoptados como fundamentales por Francia y por una buena parte de la civilización occidental. Se trata de la libertad, la igualdad y la fraternidad (liberté, égalité y fraternité, en su lengua original). Muchos han querido  cambiar la preciosa palabra “fraternidad”, que viene del latín “frater” (hermano), por otra que parece sonar menos a “cirio”: solidaridad. Hasta ahí llega la estulticia laicista. Pero esto es otro tema. Sigamos con esos tres valores clásicos bajo su denominación original.

La “dialéctica” (no uso el término en sentido marxista) entre libertad e igualdad es tema de reflexión, discusión y guerras desde antaño. Desde antes incluso de que se acuñasen esas dos palabras. Conociendo la Historia, parece imposible que ambas realidades puedan llegar a coexistir. Por mucho que se proclamen como valores paralelos, como si de alguna forma caminaran juntos, se empeñan en ser irreconciliables. En un plano especulativo, se pueden inventar todas las síntesis que quieran, pero lo cierto es que su descenso conjunto hacia la vida cotidiana no parece posible: o predomina la libertad, o predomina la igualdad.

Cuando se aboga por la libertad absoluta, por el “laissez faire” sin límite, la igualdad acaba siendo aplastada. Es el modelo liberal radical: dejar que la gente organice su vida, a todos los niveles, como le venga en gana. La iniciativa privada a ultranza. Cuantas menos normas, mejor. Prohibido prohibir. Ni dios, ni rey, ni amo. Cada uno decide todo a su criterio. La ley, el orden, la autoridad, todo eso sobra, todo eso es fascista, repugnante, limita las posibilidades de realización, de promoción. Muy bonito, pero, ¿quién paga esta borrachera de libertad?: Los de siempre, los eslabones más débiles, los menos favorecidos por la fortuna, los menos inteligentes, los menos capaces, los menos sanos. La desigualdad está servida.

Para que exista igualdad, hay que limitar la libertad. Es el modelo socialista o, en su extremo, el comunista: leyes férreas que protejan a los débiles de los fuertes, mucho Estado, mucha Ley y mucha Administración. Predominio de lo público frente a lo privado. Libertad moral, toda la posible, pero cívica, muy poca, porque los pícaros amenazan a la igualdad. Por eso, adoctrinamiento ideológico, policía del pensamiento, presos políticos, consideración de la oposición como disidencia y de la disidencia como enfermedad, Archipiélagos Gulag, campos de “reeducación” en Siberia, espionaje vecinal… Porque sólo una limitación de la libertad impide que unos, los más dotados o los más bordes, progresen más que los otros.

El liberalismo no ha conseguido triunfar con su pretensión de libertad ilimitada y así le luce el pelo. Ha creado tales injusticias y abusos que ha acabado implosionando en una crisis brutal. Tampoco el socialismo ha triunfado en su pretensión de igualdad radical y ya ven las burradas cometidas y las estrepitosas caídas que ha sufrido en todas partes donde no ha admitido algo de liberalismo. Todos los sistemas democráticos modernos quisieran congeniar ambos ideales y alcanzar una síntesis plausible entre la libertad y la igualdad. Al final, la realidad es que los ciudadanos occidentales sentimos una sensación de estafa política generalizada, porque los únicos que de verdad parecen libres e iguales son los miembros de la casta política.

¿No es posible, entonces, un equilibrio, una síntesis, una coexistencia al menos, de tan preciosa pareja de valores? Pues miren, sí, no es imposible. Ignoro quién fue el personaje concreto que ideó tan ilustre trío conceptual, pero fuese quién fuese, hizo una obra maestra. Tal vez conocedor de la difícil solución de la dicotomía “libertad-igualdad”, ya propuso la solución y la colocó dentro de la trilogía: la fraternidad. Efectivamente, ni la libertad, ni la igualdad, como valores aislados, podrían llegar a una síntesis factible. Necesitan otro valor que haga de moderador, coordinador, catalizador y posibilitador. Tal valor es, permítanme que así lo afirme, la fraternidad, que es mucho más que la solidaridad.

La “solidaridad”, con la que se ha pretendido presentar a la fraternidad de una forma descristianizada, es sólo la inevitable realidad humana de que todos estamos vinculados a todos, queramos o no. La especie humana es “solidaria” de hecho, no en un sentido moral, pero sí en un sentido existencial: lo que atañe a unos atañe a todos, porque nos influimos sin remedio unos a otros. Un delincuente seguramente no será “solidario” en sentido ético, pero influye en mi vida, por lo cual forma algo “sólido” conmigo, es “solidario” conmigo en ese sentido. La “fraternidad”, por el contrario, es mucho más que esa condición “sólida” de la raza humana. Añade multitud de connotaciones éticas y morales de mayor calado.

La fraternidad implica una relacionalidad responsable entre las personas. Es lo contrario de la  trágica exclamación que la Biblia coloca en boca de Caín, cuando es interrogado por Dios tras su acto fraticida: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?” (Gen 4, 9). Caín se desentiende de su hermano. Tal vez por eso llegó a matarlo, porque ya antes había renunciado a lo que es esencial en el ser humano: el hecho de que todos somos “custodios”, guardianes llamados al cuidado del otro. La fraternidad o hermandad, la condición del ser hermanos, además de apuntar a un origen común (mismo padre y madre), apunta a unas vidas enlazadas y a un destino común. Ser persona es ser celoso cuidador de sus semejantes.

Así es la persona humana y a eso nos referimos cuando decimos que es “relacional”: no sólo a esa condición solidaria fatalista que determina nuestra realidad de dependencia existencial, sino sobre todo al principio ético de responsabilidad mutua. El pecado de la posmodernidad, hijo de la egolatría de la autonomía moral, es el desentendimiento del otro, el individualismo atroz, el vivir desesperadamente para sí mismo, lo cual conduce a la soledad propia y a la de los demás. Una vez el Hombre rompe con Dios, enseguida rompe con el Hombre. Todos quedamos desatendidos, aislados, como “mónadas” incomunicadas e incomunicables, víctimas de un solipsismo terrorífico en un mundo incomprensible y hostil.

Sólo la fraternidad, que parte del reconocimiento de un origen común y nos lleva a compartir un destino común, es capaz de armonizar la libertad y la igualdad sin que ambas realidades sigan siendo íntimas enemigas. La preocupación por el otro, su custodia como hermano mío que es, el amor efectivo hacia el otro (no el mero sentimentalismo afectivo), me inclina a considerarlo un igual y a respetar su libertad. Si amo, puedo ordenar mi propio afán de libertad sin cometer abusos contra la igualdad de todos, a la par que defender mi igualdad sin someter a todos bajo la bota de mi código de leyes particular. El amor, que no otra cosa es la fraternidad, es el factor conciliador que buscamos. Y el amor, por si no lo saben, es Dios.

Elogio de la Palabra en Educación

(Publicado en dos partes, el 24-11 y el 01-12 de 2011 en la Web de la UCV)

“En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la palabra era Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe” (Jn 1, 1.3)

El origen de todo es siempre una Palabra: “Dijo Dios… Y se hizo”. Por el contrario, Dios prohíbe las imágenes en el Decálogo. “No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra” (Ex 20, 4). Dios mismo se empeña en que la mejor forma de conocerle es la Palabra y parece recelar de las representaciones plásticas e icónicas. No sólo prohíbe imágenes de las cosas del cielo, sino también de las de la tierra. Ha decidido revelarse al Hombre, no por la vista, sino a través de la Palabra.

Tras crear al hombre, Dios le hace pasar por delante los seres vivos que ha creado, para “ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviera el nombre que el hombre le diera” (Gn 2, 19). El creador “traspasa” al hombre su Palabra creadora de significados. Para entender esto, volvamos al Génesis. El “caos y confusión y oscuridad” (Gn 1, 2) que era la tierra se convierte en “cosmos” (orden) cuando Dios pronuncia una Palabra: “Haya luz” (Gn 1, 3). La creación se “organiza” con palabras. Dios crea “cosmos” con su Palabra y el Hombre participa en esa ordenación con la palabra.

La fe viene por la predicación y la predicación por la Palabra de Cristo” (Rm 10, 8). Esta relación con Dios a través de la Palabra es lo cotidiano: “Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis el corazón” (Sal 95). Pero sólo en esta vida, “mientras dura este hoy”, dirá también San Pablo, porque en la venidera, en la vida definitiva y eterna, pasaremos  de la palabra a la visión, a la contemplación directa de Dios. La palabra es para el hombre terrenal, la visión para el hombre celeste. El hombre fue creado “a imagen y semejanza” de Dios. Dios es también “Imagen”. Un día le “veremos” tal cual es.

La palabra, el lenguaje, no es un “añadido” a nuestra personalidad, sino que forma parte de ella, pues la ha conformado. Pensamos con palabras. El lenguaje genera estructuras cerebrales, redes neuronales. “Somos” en un lenguaje determinado. La palabra que puso orden (cosmos) en el caos inicial, es la que pone orden igualmente en nuestro universo interior. Un niño sin palabra no logra constituir su ser personal. Recuerden el famoso caso de Helen Keller y el milagro de Anne Sullivan. La llegada del lenguaje hizo la luz en la mente animalizada de aquella pobre niña sordomuda y ciega.

De ahí la enorme importancia de la palabra que, sin embargo, tiene cada vez menos prestigio y valor en nuestra cultura. “El video mató a la estrella de la radio”, decía una  canción de los 80. La imagen ha ganado la batalla. Nos hemos hecho icónicos. Hasta la palabra escrita está en crisis. Todo se ha hecho digital, virtual. Estamos en el mundo de las pantallas, que vomitan imágenes sin cesar por todas partes, incluso en lo más íntimo de los hogares familiares: televisión, ordenadores, videoconsolas, móviles de última generación… Se añaden sonidos, pero la reina es sin duda la imagen.

Dicen que “una imagen vale más que mil palabras”. La experiencia me dice lo contrario: “una palabra vale más que mil imágenes”. Sólo la palabra edifica a la persona. Lo que pone orden y estructura en el caos de nuestra mente no son las imágenes, que anidan desordenadamente en la memoria visual, sino la palabra, el lenguaje articulado, que lleva consigo un orden y una estructura lógica. También en educación la palabra está  desterrada. Las “nuevas pedagogías” la desprecianLa “clase magistral”, basada en la palabra del profesor, está mal vista, suena a algo retrógrado, pasado, ineficaz.

No es que yo sea enemigo de las nuevas tecnologías, todo lo contrario, me apasionan. Pero rechazo que dichas tecnologías pretendan sustituir definitivamente a la palabra directa “de tú a tú” entre la persona del educador y la del educando. La desverbalización de la educación es para mí una deshumanización de la misma que ha traído y traerá aún más graves consecuencias. Puede haber “instrucción” no presencial (“on-line” se dice ahora), pero no “educación” integral de la persona sin que se establezca una comunicación verbal fluida y cara a cara entre maestro y discípulo.

Hoy preocupa mucho la proliferación de los problemas de atención, de concentración y de razonamiento en los alumnos. El TDAH está de moda. Nadie parece capaz de hallar una etiología y tratamiento definitivos. Estoy convencido de que, entre otras, una de las causas es que los niños pasan excesivo tiempo, incluso en la escuela, delante de pantallas, encharcados de imágenes y privados de la palabra oral y escrita, que construyen y ordenan la estructura mental. Trabajamos con mentes desestructuradas, sin apenas lenguaje. ¿Cómo van a atender, concentrarse o razonar?

Decía Santa Teresa de Jesús que “la imaginación es la loca de la casa”. Imaginación viene de imagen. Las imágenes copan la mente y campan a sus anchas por ella, desviando la atención y dificultando la concentración. Desde hace unos años se habla de “infoxicación”, esa inundación paralizante que nos produce el torrente imparable de información que alcanza a diario nuestra mente. No creo que se trate de contenidos culturales principalmente. Lo que anega nuestro cerebro hasta un límite inaguantable son las imágenes ¿No será esto lo que les sucede a nuestros alumnos?

Además, el razonamiento, el pensamiento ordenado, no se realiza con imágenes, sino con palabras, con conceptos, estableciendo relaciones lógicas entre ellos. No pensamos con imágenes, aunque haya quién asegure que sí. Con imágenes sólo visualizamos,  imaginamos o soñamos, pero no pensamos, ni reflexionamos, ni deducimos, ni inferimos, ni demostramos, ni ninguna otra operación de la razón. Pensamos con palabras. Los profesores nos quejamos de que a los niños, adolescentes y jóvenes les cuesta cada vez más “pensar”. ¿No tendrá este problema la misma causa?

No olvidemos, por último, que toda educación que merezca tal título debe ser un acto de amor. El afecto llega al niño por la palabra de la madre. Tal es la importancia del lenguaje que se sabe que niños criados con todos los cuidados, pero sin que se les dirija la palabra, acaban enfermando y muriendo. Bajo el gobierno del Káiser Guillermo I, se hizo en Alemania un brutal experimento en un orfanato de guerra que confirmó trágicamente esta tesis. La palabra y sólo la palabra nos permite establecer ese imprescindible vínculo entre educador y educando, un vínculo de amor.

Educar es profetizar

Publicado en la Página Web de la UCV el 24-01-2012

Todo educador, sea familiar, profesional o de otro tipo, ha de ser muy consciente de que su forma de actuar, sus palabras, sus gestos, sus actitudes, van a determinar en buena medida aquello que el educando va a ser. Las expectativas que el educador tiene sobre su pupilo, todo lo que quisiera ver realizado en él, pasan fácilmente de las intenciones a los hechos, alcanzando la conciencia del educando en forma de exigencia o proyecto de vida.

Cuando el Apóstol San Pablo, en su  “Himno del Amor”, afirma que “el amor todo lo cree” y “todo lo espera”.  Nos enseña algo de extrema importancia. Lo primero, que Dios es así, nos ama así: creyendo en nosotros siempre, esperando de nosotros lo mejor siempre. La gente que nos conoce bien, si le decimos: “voy a cambiar, no lo haré más”, es corriente que ya no nos crea. “A mí no me engañas más veces, que ya te conozco”, suelen decirnos.

El hecho de conocernos, que es bueno, se vuelve contra nosotros y se hace “malo” porque que ya no confiamos ni esperemos apenas nada de los demás. Dios, sin embargo, nos enseña que el amor, que él mismo, siempre cree en nosotros. Es como un niño pequeño, que cree en lo que se le dice a pies juntillas. Si he cometido una burrada y le digo a Dios que no lo voy a hacer más, se lo cree. Porque el amor todo lo cree. Ese amor nos permite cambiar.

Es difícil que alguien mude de vida, conducta y actitud, o que progrese como persona, si no tiene cerca a nadie que crea en él. Lo primero, que crea en sí mismo. Lo segundo, que alguien para él valioso crea en él. En mis treinta años de trabajo con menores con graves problemas psicosociales, he podido constatar hasta qué punto esto es verdad. Esos adolescentes, con carencias afectivas y baja autoestima, sólo cambian si crees en ellos de verdad.

Esto sucede porque las expectativas del educador sobre el educando, el nivel de logro que espera  ver alcanzado por su discípulo, influyen directamente en su itinerario de desarrollo personal. Tendemos a ser y a hacer aquello que percibimos que esperan de nosotros, aunque no nos lo digan de forma expresa. Porque intuimos que por ello vamos a ser más queridos, aceptados y valorados. Y porque la confianza ajena nos infunde ánimos y fuerzas.

Un niño que, tras desmontar un juguete, es calificado por sus padres como “manazas”, tenderá a serlo y, de seguir así, de mayor será torpe para los trabajos manuales. En cambio, si el mismo niño hubiese sido calificado de “manitas” a la vista de su desguace, es probable que si sigue recibiendo este tipo de mensajes se convierta en un adulto hábil para tareas manuales. Es lo que en Psicología se llama “profecías autocumplidas”, fenómeno muy conocido.

Padres y profesores, en la cotidianidad educativa, expresamos con harta frecuencia lo que esperamos que el niño vaya a ser, lo que nos gustaría que fuera, lo que creemos que llegará a ser. Continuamente hacemos “profecías” sobre su vida. Si profetizamos en positivo, inclinaremos su camino hacia lo positivo. Y viceversa. Todo educador debe cuidar en extremo las profecías que hace sobre sus discípulos, pues éstas les marcarán para siempre.

Siete consejos para ser un buen estudiante

Publicado el 14 septiembre, 2011 en la Web de la UCV

Los consejos que cito a continuación son un resumen en lenguaje actual de las 7 reglas que San Bernardino de Siena, gran predicador franciscano del siglo XV, redactó para los estudiantes de su tiempo. Pese a su antigüedad, estas siete reglas poseen un valor universal e intemporal. Bernardino promete que quién las siga con constancia no tardará en ser una persona de provecho. Veamos en qué consisten, nombrándolas en su idioma original:

  1. Estimazione: Aprecio hacia el estudio en sí mismo, no por sus “salidas de futuro”. Saber apreciar el conocimiento, los libros, los grandes autores del pasado. No se trata de buscar “unos estudios que me gusten”, sino de amar el saber por su valor intrínseco, secundando nuestra innata curiosidad. Quien no siga este consejo será –así lo suelta San Bernardino- “como un cerdo en la pocilga, que come, bebe y duerme”, un “Don Nadie” en la vida.
  2. Separazione: El estudiante debe poner distancia, evitar y renunciar a todo aquello que perturbe lo que en esa etapa de su vida es principal: su aprendizaje. No es una regla fácil. Afecta a las malas compañías, a las lecturas perniciosas, a las supercherías y a los juegos de azar, al uso incorrecto del ocio, a las formas indecorosas u ostentosas de vestir y a algo tan interesante como difícil de discernir: plantearse metas personales elevadas, pero realistas.
  3. Quietazione: Todo estudiante precisa un espacio de sosiego, exterior e interior, para rendir en su trabajo. Para ello, Bernardino propone controlar las pasiones desordenadas que turban el espíritu. Demasiadas juergas, excesivos y poco serios flirteos, odios y juicios persistentes, impulsos ciegos e incontrolados y la innoble pretensión de obtener un título sin esfuerzo, ofuscan la psique e impiden progresar como estudiantes y como personas.
  4. Ordinazione: El consejo más nombrado y menos seguido. Es necesario un orden y una jerarquía en el estudio. Las tareas deben secuenciarse, sin atracones de última hora. El aprendizaje superficial, cogido con alfileres sólo para aprobar, es como un mero enharinado: “Si estás rebozado, que te frían”, ironizaba Juan Pablo I comentando esta regla. Bernardino aconseja buscar el equilibrio psicofísico, comer y descansar lo necesario y actuar “con cabeza”.
  5. Continuazione: Constancia y perseverancia, incluyendo saber levantarse y continuar cuando uno se equivoca. Hay estudiantes “mosca”, que revolotean por el estudio sin detenerse a profundizar en nada. Otros, los estudiantes “abejorro”, se posan algo más, pero sólo para molestar con su zumbido. Los estudiantes “abeja”, en cambio, se paran con calma y liban hasta el fondo cada ocasión de aprendizaje. Sólo estos aprenden y maduran.
  6. Discrezione: Factor de equilibrio de las reglas anteriores. Se relaciona con la virtud de la prudencia y la capacidad de discernimiento. Los consejos anteriormente citados para el estudio deben interpretarse y aplicarse sin extremismos y sin que ninguno de ellos eclipse a los demás. Contiene, además, una llamada a trazarse y lograr objetivos a largo plazo. También descalifica la mera discusión de opiniones como medio para adquirir conocimientos.
  7. Dilettazione: Disfrutar de los estudios. Aprender es una gozada. Pero esto no se siente nada más comenzar el camino. El deleite en el estudio llegará como un premio al esfuerzo y la constancia. Este placer no lo conoce quien no ha sido capaz de obtenerlo, saborearlo a fondo y trabajarlo con empeño y perseverancia. El placer del estudio está garantizado por Bernardino, pero sólo para quienes sigan estos siete consejos con constancia y firmeza.

NOTA: El pensamiento pedagógico de San Bernardino, y en concreto sus casi desconocidas siete reglas para los estudiantes, está siendo objeto de una investigación doctoral por mi parte y espero que en un plazo no muy largo estará su contenido completo a disposición de la comunidad académica y de todos los interesados, en cuanto el trabajo esté terminado, defendido y calificado por las autoridades competentes.

La familia demuestra de lo que es capaz en las crisis

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Publicado en Forum Libertas

Comenzaré por una afirmación contundente: si no fuera porque todavía existe una institución familiar potente en España, en estos momentos estaríamos enzarzados en una nueva guerra civil de todos contra todos, una batalla campal repleta de disturbios por la supervivencia. Con la enorme cantidad de personas sin empleo, muchas de ellas ya sin ningún ingreso, el pueblo habría repetido la historia y se habría lanzado con hoces y horcas al asalto de las despensas de los palacios de Versalles. Léase, en términos hodiernos: hipermercados y tiendas, edificios institucionales y las sedes de los partidos políticos culpables (y no culpables).

Sólo hay en el mundo un motor revolucionario más potente que el hambre propia: el hambre de los hijos. Las revoluciones, aunque instrumentalizadas por ideólogos, las han hecho los padres al ver a sus hijos en la miseria, la enfermedad, la inanición y la muerte. Es un instinto salvaje, primitivo, el instinto de protección de la prole. No conoce el miedo, ni límite alguno, ni legal, ni moral, ni de ninguna clase, cuando se hace acuciante y extremo. Esa fuerza movió a los franceses a asaltar la Bastilla, a los rusos a masacrar a los zares, a los mineros ingleses a inventar las huelgas, a hombres y mujeres de todas las épocas y todos los lugares a salir a la calle a la desesperada, para tratar de acabar por la fuerza con la tragedia.

Para ser exactos, son dos los fenómenos que están sujetando el ciclópeo problema de la crisis que sufrimos. Uno es la economía sumergida, como todo el mundo sabe. El otro es la amplia y poderosa red de apoyo familiar, de solidaridad entre parientes, que se ha desplegado por toda la geografía española. Estas redes de apoyo familiar son más fuertes en los países del sur de Europa, como España, Portugal, Grecia e Italia. Quizá por la tradición cristiana católica de casi todos ellos. Los países más al norte, con la institución familiar más débil, ya pueden hacer bien los deberes económicos, porque si llegan a la situación española, reventarán en un estallido de conflictos internos que no podrán detener ni con tanques en las plazas.

Las relaciones familiares casi nunca son fáciles. Los sentimientos amor-odio son frecuentes. Hay crisis en la convivencia de la pareja que fundamenta la familia, dificultades en la relación entre hermanos, conflictos intergeneracionales entre padres e hijos… La convivencia desgasta y pone a prueba cualquier relación. Los vínculos de sangre, no elegidos libremente, a veces resultan cargantes. Todo eso es cierto. Pero, cuando las cosas van mal, cuando hay problemas serios, los lazos familiares saltan como un resorte natural y se ponen en marcha mecanismos de solidaridad sin parangón en la historia de la humanidad. Las posibles diferencias pasan a un segundo plano y la unidad familiar pasa a ocupar la primera plana.

En estos momentos de profunda depresión, en los que cada cual parece ir a su propio interés, la familia está salvando la situación. ¡Cuántas familias con un solo sueldo del cual viven muchas veces incluso un elevado número de miembros! ¡Cuántos padres estirando sus pagas de jubilación para sostener a sus hijos parados en casa! ¡Cuántos hijos pasándose ayudas económicas entre sí o donándoselas a sus padres! ¡Cuántas mesas familiares que han vuelto a reunir a todos los miembros en torno a un plato de caliente! ¡Cuántos préstamos sin intereses entre familiares! ¡Cuánto apoyo moral en medio de la desesperanza!

Viendo estas realidades, uno no sabe si llorar o indignarse ante el menosprecio que infinidad de ideólogos, intelectuales, políticos y otros personajes muestran hacia la institución familiar. Porque la familia solidaria de la que hablo no es la de las “nuevas realidades familiares”, esa nube de todo tipo de asociaciones de personas que se ha apropiado del concepto de familia, sino la de la familia natural, la familia de siempre, con su papá y mamá unidos de forma estable y sus hijos. Una familia que respeta y cuida a sus mayores, que entrena en el apoyo mutuo, que trabaja por su estabilidad aunque a veces le falle, que hace de la convivencia su principal ocupación. Una familia que es escuela de valores de primera necesidad.

Una de las mayores insensateces imaginables es la de atacar a la familia, debilitarla, despojarla de sentido, puentearla, tratar de relevarla. El “divorcio exprés”, la destrucción del concepto de matrimonio, la ideología de género, el aborto, la eutanasia, las asignaturas escolares sectarias, el feminismo radical y otros muchos ataques a la familia son, sin quizá saberlo, ataques al corazón mismo de la sociedad, a la piedra clave que sostiene todo el edificio, al cimiento que sustenta la construcción. El que destruye a la familia destruye a la sociedad, pues priva a ésta del cemento que le da consistencia. Pero, claro, el poder totalitario, que de forma invariable quiere controlar todas las mentes individuales, no soporta a la institución familiar.

Unos, los “evolucionistas”, aseguran que la familia cumplió un papel importante en el pasado, pero que hoy en día es un impedimento para el progreso. Es la teoría marxista, que analizó a la familia a la luz de la “lucha de clases” y acabó condenándola dentro del despreciable saco de las imposiciones burguesas a desmantelar. Son los defensores del “Estado Padre” (que no otra cosa es la utopía del “Welfare State” o “Estado del Bienestar”) que habrá de sustituir a la familia próximamente. En gran parte de Europa casi lo ha conseguido. Ya hemos visto en España a dónde lleva ese delirio socialista: a un Estado quebrado, cuyos pobres están siendo atendidos por las “detestables” familias e instituciones de caridad cristianas.

Otros, los “individualistas”, propugnan un estilo de vida radicalmente egocéntrico, con un falso concepto de la realización personal como proyecto en solitario, que degrada a la familia a los llamados “momentos familiares”, simples caprichos pasajeros del individuo. Las ciudades se llenan de “singles” (solteros) en viviendas para personas solas. Lo importante es la “autorrealización”, la carrera profesional, el triunfo social. La pareja se establece de forma temporal, sin compromiso alguno. Los hijos, cuando se tienen, son un objeto más de consumo para la realización personal. Los “momentos familiares” no sirven para dar fundamento sólido a nada. Esto es lo que está entrando en España como una epidemia imparable.

Pese a todo ello, la familia natural, como todo lo que ha diseñado la naturaleza, se resiste a morir, aunque el depredador humano se empeñe en acabar con ella. Se alza de sus propias cenizas una y otra vez. Y ahí sigue, generando apoyo y esperanza. Si en la mente de los políticos hubiese menos prejuicios y más sensatez, besarían por donde pisa la familia.

27-01-2012: A propósito del tema, agrego este enlace: Los obispos del sur de España resaltan que la solidaridad de las familias está amortiguando los efectos de la crisis.

La coeducación no tiene nada que ver con la igualdad entre los sexos

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Mi intención no es abogar por un retorno general a la educación separada por sexos, sino plantear una cuestión de libertad asociada a motivos psicopedagógicos básicos. Existen razones técnicas favorables a cada una de las dos opciones. Es decir, no hay un consenso científico definitivo sobre qué modelo es mejor. Menos aún lo hay que demuestre que la educación diferenciada es nociva por algún motivo. Por ello, no estamos ante un axioma pedagógico, sino sencillamente ante una cuestión de libre elección. Los padres, los alumnos, las escuelas, deberían poder optar por cualquiera de las dos posibilidades. Hoy en día, en nuestro país, los centros con educación diferenciada son siempre privados y, por tanto, tal libertad de elección no existe. La coeducación es obligatoria en la práctica.

En España, la dictadura de lo “políticamente correcto” impuesta por los socialistas mantiene casi proscrita, no sólo la educación diferenciada, sino hasta la mera posibilidad de debatir sobre el tema. No sucede así en Europa o en Estados Unidos, donde ésta es una posibilidad educativa tan buena como cualquier otra. En el Reino Unido es una opción muy común y con probados éxitos de rendimiento, muy reconocidos a nivel mundial. En España se ha querido unir la coeducación, de modo indisoluble, a la igualdad sexual. Aunque la Ley no la prohíbe porque no puede, ya que a nivel mundial y europeo está legalmente reconocida y valorada, sí que recibe un “castigo” institucional, negándosele la posibilidad de conciertos a los centros que siguen un modelo diferenciado.

Es cansino el pánico de la izquierda a la libertad, aunque se proclamen paladines de lo contrario. Veamos. Yo, como pedagogo veterano, escogí para mis hijos e hijas un modelo de coeducación, y el mismo hubiera elegido si hubiera tenido a mi alcance la posibilidad gratuita de proporcionarles una educación diferenciada. ¿Por qué? Porque personalmente encuentro más razones para esta opción que para la otra. Pero no tantas como para atreverme a impedir que los padres puedan escoger cualquiera de ambas posibilidades para sus hijos. Insisto: se trata de un problema de libertad de elección, perfectamente enmarcable dentro de los derechos constitucionales (y universales, y europeos) de los padres a la libre elección de centro y a la libre elección del modelo educativo para sus hijos.

Según mi ciencia y mi experiencia, los motivos básicos que me inclinan a preferir el modelo coeducativo son, sobre todo, los relacionados con la naturalidad en la socialización. La educación diferenciada, como luego explicaré, no tiene nada que ver con la igualdad, eso es una estulticia ideológica. Pero sí tiene que ver con la normalidad con la que chicos y chicas se perciben y relacionan entre sí. En los colegios diferenciados, los niños y las niñas tienen mayores probabilidades de desarrollar un conocimiento un tanto “mitológico” del otro sexo, a veces demasiado idealizado, a veces todo lo contrario, y casi siempre “misterioso”. Bien está que el otro sexo mantenga un “toque” de bonito y saludable misterio, pero no que niños y niñas se hagan una idea deformada que luego puede hacerles daño.

En un ambiente de coeducación, tal extrañeza de los miembros de un sexo hacia los del otro suele ser menor. Además, la percepción mutua es más acorde con la realidad y chicos y chicas aprenden a convivir con naturalidad, ahorrándose más de un complejo y problema de socialización. Pero el modelo coeducativo también tiene sus pegas, algunas bastante serias. Antes he afirmado que la coeducación nada tiene que ver con la igualdad entre los sexos. Lo mantengo. Los partidarios de la coeducación enuncian un silogismo simplón y se lo creen a pies juntillas: si se da a niños y niñas una educación igual, fomentamos la igualdad. Pues miren, no, no necesariamente. El asunto es mucho más complejo. Ese burdo argumento se apoya en una premisa mayor que no se dice, pero que está implícita: tratar con igualdad conduce a la igualdad. Demostraré que tal argumento es falso.

Alguien dijo: “no hay mayor desigualdad que tratar a todos por igual”. Tenía razón. Para que todos los jovencitos lleguen a ser iguales es preciso dar a cada uno la atención que requieren sus características individuales. Si tengo un grupo de niños y les aplico a todos idéntico tratamiento, crearé entre ellos profundas desigualdades. En cambio, si tengo en cuenta y respeto sus diferencias personales y les aplico una educación individualizada, les ayudaré a todos a extraer de sí mismos lo mejor que tienen y, en ese sentido, los igualaré. En el caso de la coeducación se cumple esta misma regla. El empeño en tratar a todos por igual puede provocar el efecto contrario al deseado: la desigualdad sexual. La coeducación no sólo no fomenta la igualdad, sino que puede llegar a estorbarla.

Este es mi mayor argumento para no condenar a la educación diferenciada y para considerarla una legítima opción escolar. Además, he de añadir que quienes salen más perjudicadas de todo esto son, paradójicamente, las niñas. Se magnifica la coeducación como práctica esencial para los objetivos de igualdad de la mujer y, sin embargo, la coeducación la pone en mayor peligro que la educación diferenciada. Yo les preguntaría a ustedes: ¿Quién madura más deprisa, los chicos o las chicas? La respuesta está clara. Hay excepciones, pero la regla es que las chicas lo hacen más deprisa. Quizá esto no se note mucho en educación infantil, pero si nos asomamos a un aula de la ESO o de Bachiller es evidente: niñatos con granos todavía dándole al balón, junto a mujeres ya casi hechas y derechas…

Obligar a formarse juntos a alumnos con tan distinto grado de madurez es, cuanto menos, un dilema para pensarlo dos veces. La mayor parte de las desventajas recaen sobre las chicas, que se ven obligadas a ignorar su rápida evolución para adaptarse al ritmo de los chicos, lo cual es un fastidio y una rémora para el logro del máximo de sus potencialidades. Una educación diferenciada no quiere decir que las chicas van a dar clase de costura y los chicos de fontanería, sino que las chicas y los chicos van a poder recibir la atención educativa más apropiada para sus posibilidades y ritmos de aprendizaje. El resultado de esto: un mayor desarrollo formativo de la mujer, es decir, una mayor realización de sus capacidades, una mayor igualdad social y mejores oportunidades profesionales.

No hay que sacralizar la coeducación, por tanto. Tampoco la educación separada. Ambas son opciones con ventajas e inconvenientes y los padres pueden escoger. Los que han asumido la bondad de la coeducación como si fuese una verdad de catecismo deberían no ser tan cafres e investigar un poco sobre el tema, para adquirir un conocimiento más preciso de la realidad antes de liarse a defender su postura a capa y espada. Yo hice esa elección para mis hijos y volvería a hacerla, porque he sopesado los pros y los contras y he llegado a la personal conclusión de que vale más la pena asumir las desventajas de esta alternativa que las de la contraria. Pero he de romper una lanza a favor de la libertad de elección de los padres, que deben hacer su propia valoración y elección.

La EpC y la primacía educativa de los padres

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Llevamos años de lucha contra la imposición ideológica perpetrada por el PSOE a través del grupo de asignaturas de Educación para la Ciudadanía, creado por la LOE y desarrollado por los subsiguientes Reales Decretos, en los cuales se deja ver con claridad toda la carga de fondo que han pretendido colar y de hecho han colado en la educación española. Un adoctrinamiento ético y moral que supone una intolerable invasión estatal en el terreno de las actitudes y los valores de los alumnos. Una intromisión propia de regímenes totalitarios con la tropelía añadida de negar a los padres la objeción de conciencia y la posibilidad de obtener una exención de la asistencia y evaluación de sus hijos. Pese a que la mayor parte de los juzgados y tribunales que han resuelto en primera instancia nos han ido dando la razón, ya se ha encargado el Gobierno de que los bloqueen los más altos tribunales, a los que llega implacable su influencia política en este país que hace tiempo echó a Montesquieu de la cosa pública.

Ha pasado el tiempo y las avanzadillas del movimiento objetor ya llegaron, en parte gracias a la inhibición del Tribunal Constitucional (cuya doctrina antecedente reconoce que el derecho a objetar se deriva directamente del texto constitucional, sin necesidad de mayor regulación), al Tribunal de Derechos Humanos de la Unión Europea en Estrasburgo. Mientras esperamos su decisión, que podría marcar un hito decisivo si, como es de justicia, fuese favorable a los derechos de los padres, nuestro Tribunal Supremo ha continuado denegando la objeción en todos los recursos que le van llegando, emitiendo sentencias con muy pequeñas variaciones sobre el argumento salomónico y temeroso que emitió en la primera.

Ahora nos encontramos ante unas nuevas elecciones generales, en las que es previsible un cambio de gobierno y aritmética parlamentaria. Sabiendo que el Partido Popular puede ganar, los objetores y las personas de buena voluntad conscientes de la maldad de la EpC hemos orientado nuestro punto de mira hacia Mariano Rajoy, esperando un compromiso en relación con su antigua promesa de eliminación de la EpC. Por el momento, y pese a diversas declaraciones de hace unos años en las que el líder popular aseguraba que fulminaría este grupo de asignaturas cuando llegase a gobernar, no hemos conseguido un compromiso claro, como tampoco lo hemos logrado en temas tan graves como el aborto y otros muchos. A pocas semanas de las elecciones, tal vez sea necesario recordar, a los españoles y a los políticos que se presentan a los nuevos comicios, los motivos por los cuales pedimos con tanta insistencia que alguien acabe de una vez con la Educación para la Ciudadanía, ya que es posible que muchos los hayan olvidado y que otros tantos todavía no sepan de qué va la cosa.

Lo primero que ha de quedar muy claro es que no se trata de un tira y afloja entre la derecha, o la iglesia, y los socialistas que gobiernan, por mucho que estos últimos quieran presentar así la cuestión. Es algo mucho más grave y que debería preocupar seriamente a todos y cada uno de los ciudadanos españoles, incluyendo a los socialistas, si es que son demócratas de verdad. El problema fundamental es que un gobierno, en representación del Estado, ha vulnerado descaradamente un derecho humano fundamental que tienen los padres: el derecho a decidir el tipo de educación que han de recibir sus hijos, especialmente en sus aspectos éticos y morales. Un derecho humano fundamental, no un invento de la derecha o de la Iglesia. Un derecho que, como veremos en los textos normativos que transcribo más adelante, ha sido reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, en nuestra Constitución Española e incluso en la LOE, Ley Orgánica de Educación elaborada por una cámara legislativa de mayoría socialista. Un derecho “fundamental”, es decir, inherente a las personas por el mero hecho de ser personas, y por tanto intocable, inviolable, prioritario.

Veamos cuáles son estos textos normativos:

a) Declaración Universal de los Derechos Humanos. Artículo 26, 3: “Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos”.

b) Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea. Artículo 14, 3: “Se respetan, de acuerdo con las leyes nacionales que regulen su ejercicio… …así como el derecho de los padres a garantizar la educación y la enseñanza de sus hijos conforme a sus convicciones religiosas, filosóficas y pedagógicas”.

c) Constitución Española. Artículo 27, 3: “Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”.

d) LOE. Disposición final primera: Modificación de la Ley Orgánica 8/1985, de 3 de julio, reguladora del Derecho a la Educación. 1. El artículo 4 de la Ley Orgánica 8/1985, de 3 de julio, reguladora del Derecho a la Educación, queda redactado de la siguiente manera: “1. Los padres o tutores, en relación con la educación de sus hijos o pupilos, tienen los siguientes derechos:… c) A que reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones… e) A participar en el proceso de enseñanza y aprendizaje de sus hijos. f) A participar en la organización, funcionamiento, gobierno y evaluación del centro educativo, en los términos establecidos en las leyes. g) A ser oídos en aquellas decisiones que afecten a la orientación académica y profesional de sus hijos”.

Como pueden comprobar en los textos, la primacía educativa de los padres es un derecho reconocido a nivel universal, europeo y nacional. Nadie, aunque haya llegado al poder mediante un procedimiento legítimo, está legitimado para violar tan importante derecho. La EpC impone una línea ideológica concreta –la del gobierno de turno– sobre temas que suscitan controversia moral en la sociedad española. Eso no es legítimo para ningún gobierno. Todavía menos legítimo es denegar el derecho a la exención de conciencia (no digo “derecho a la objeción” porque nadie puede prohibir a nadie objetar asumiendo las consecuencias injustas; lo que sí necesita autorización es que los hijos queden exentos de EpC) a los padres que consideren que su derecho a escoger el tipo de educación que desean para sus hijos está siendo vulnerado. Les guste o no les guste, los gobernantes han de acatar la voluntad de los padres en este terreno, en el que la familia es soberana, y no porque lo diga el Papa, sino porque lo dice la Ley.

La desconsideración o el gran pecado de la posmodernidad

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Es muy posible que el título de este artículo sorprenda por su aparente inocencia. ¿Cómo va a ser la desconsideración el gran pecado de la posmodernidad, habiendo como hay tragedias tan espantosas provocadas por el hombre? ¿Acaso la violencia, las guerras, la pobreza extrema, el hambre por injusticia, el tráfico de órganos, la trata de blancas, la prostitución infantil, el aborto, el negocio de las drogas y otras muchas salvajadas no son los verdaderos grandes pecados de la humanidad posmoderna? Pues sí, lo son, pero todos son hijos de otros pecados, mejor aún, de otro pecado: la desconsideración. Si quiero seguir por este camino argumental, tendré que abordar ya la tarea de definir qué entiendo por “desconsideración”.

Dicho término sería un sinónimo de egoísmo si no fuese de tan baja ralea. La desconsideración es el egoísmo barato, descamisado, pobre de solemnidad, un egoísmo ramplón y rastrero que poco y malo dice del “ego” de quién lo ejerce. El hombre posmoderno, a base de tanto centrar la existencia y el mundo sobre sí mismo, hace tiempo se ha salido del antropocentrismo filosófico iniciado en el Renacimiento, entronizado por el Iluminismo francés y vulgarizado a lo largo de toda la modernidad. Tanto mirarse el ombligo le ha creado una deformidad, una cifosis moral cada vez más acusada que le ha acostumbrado a una suerte de antropocentrismo práctico desde el cual el otro, el prójimo, llega a pasar totalmente desapercibido.

Es el pecado de Caín, pero no el de haber matado a su hermano Abel, sino aquel terrible desdén que se expresa en labios del asesino cuando contesta a Dios con la más espantosa frase jamás pronunciada por un ser humano: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”. Es decir: ¿A mí que me importa dónde está, cómo está o qué le pasa a mi prójimo? No es problema mío el sufrimiento del otro. Mi problema es mi propia vidilla, mi propio bienestar, no me fastidies con preocupaciones por el otro, que ese es su problema, no el mío. Es la destrucción de la empatía, del alegrarse o padecer con el otro, el desmantelamiento de las líneas de fuerza que sostienen el tejido social, el remate de lo poco que quedaba de amor en este mundo que mató al Amor.

Como decía, es una forma de egoísmo rastrero, devenido en deprimentes conductas de desapego y desentendimiento del bienestar ajeno. Se advierte tanto en aquel que es capaz de secuestrar a un niño y sacarle los órganos en vivo para venderlos al mejor postor, como en aquel que escoge materiales baratos para construir un puente con menor coste del presupuestado, como en aquel que rompe una botella de cerveza y deja los vidrios esparcidos por la arena de la playa donde juegan los niños. Es un pecado común al asesino consciente y al que lo es por negligencia, porque le importan un pito sus semejantes. Se visibiliza en grandes tragedias y en pequeños hechos cotidianos, como el de ese conductor que aparca ocupando dos o tres plazas a la vez.

Citaré algunos otros ejemplos de este egoísmo de poca monta que he llamado desconsideración. Es el pecado del que adultera los alimentos que fabrica o vende con sustancias de dudosa calidad sanitaria, el de aquel que corre a cerrar la puerta del ascensor y sube él solo sin esperar a otros vecinos que se acercan, el de aquel que pasea con su perro suelto dejando que se encarame y lama a los viandantes y encima los insulta si alguno protesta, el de aquel que arroja la basura de un picnic en medio del campo, el monte o la playa, riéndose de los que la arrojan al contenedor, el de aquel que se cuela tranquilamente en una cola en la que todos llevan horas esperando, el de aquel que, cuando usa un WC público, lo deja inutilizable para los demás…

A veces, estas conductas parecen ser sólo una falta de educación, de urbanidad. De eso nada. Es una total ausencia de pensar en el otro, en su malestar o bienestar. Es vivir como una apisonadora, ocupada la mente sólo en despejar el propio camino de obstáculos, sean personas, animales o cosas. Es una versión chatarrera del vivir para uno mismo, pasando olímpicamente de todo lo que no sea yo, yo y yo. Es el fracaso final del amor, de la solidaridad, de la fraternidad. Es el último escalón hacia el oscuro pozo de la soledad ontológica: el otro no cuenta, el otro no vale, el otro no existe, “que le den” al otro… Sólo existo yo y nada más que yo. Es el triunfo del solipsismo, todos somos mónadas aisladas e incomunicadas. Es el infierno en la Tierra.

La desconsideración generalizada está en el origen de la crisis económica y global que padecemos, así como en el de todas las catástrofes humanitarias que amenazan con asolar a la Humanidad. La salida a este callejón pasa por un cambio total de dirección, por una metanoia radical, por una conversión global, que permita al hombre darse la vuelta desde sí mismo hacia del otro, volver a alzar la mirada hacia el otro, salir de sí mismo y caminar hacia el otro, volver a considerarse “guardián del otro”, custodio del otro, próximo al otro, hermano del otro. La materia educativa más importante en este siglo recién estrenado es, sin ninguna duda, la “consideración” hacia los demás. Es la única base que puede llevarnos algún día a la solidaridad y al amor.

Las Jornadas Mundiales de la Juventud: un don de Dios para los jóvenes

 

(Publicado en Análisis Digital el 27-07-11)

(Publicado en Forum Libertas el 19-08-11)

(Publicado en Las Provincias el 15-08-11)

¡Cuántos regalos ha dado Dios a la Iglesia y al Mundo a través del Beato Papa Juan Pablo II! La misma persona de Karol Wojtyla ya fue un extraordinario don. Sus obras surgieron como un caudaloso manantial desde su enorme personalidad, firme y libremente atada a la voluntad de Dios. Obras algunas de tal magnitud que no es posible entender la historia del final del siglo XX e inicio del XXI sin conocer a fondo su figura y su legado. Una herencia de valor incalculable para los católicos y para todos los hombres de buena voluntad. De entre todos estos presentes, quiero destacar uno que me emociona de manera muy especial: las Jornadas Mundiales de la Juventud.

El origen de las JMJ se remonta al Domingo de Ramos de 1984, Año Santo de la Redención, fiesta en la que Juan Pablo II se reunió en Roma con 300.000 mil jóvenes de todo el mundo, que fueron alojados en 6.000 casas particulares de familias de Roma y alrededores. A aquel primer gran encuentro se le llamó “Jubileo Internacional de la Juventud”. A él asistieron el Hermano Roger, fundador y prior de la comunidad ecuménica de Taizé, que moriría en 2005 tras ser apuñalado por una enferma mental justo el día en que se iniciaban las JMJ de Colonia (Alemania), y la Madre Teresa de Calcuta. Fue entonces cuando el Papa regaló a los jóvenes la cruz de madera que preside todas las jornadas.

El año siguiente, 1985, fue declarado por la ONU “Año Internacional de la Juventud”. El Papa organizó otro encuentro mundial de jóvenes el Domingo de Ramos en la plaza de San Pedro, al que acudieron de nuevo unos 350.000 jóvenes. Juan Pablo II, después de este evento, instituyó la “Jornada Mundial de la Juventud” con cadencia anual. La primera tuvo lugar al año siguiente, 1986, en Roma. Desde entonces se celebra de forma ordinaria el Domingo de Ramos de cada año, en todas las diócesis. Tras las JMJ de 1987 (Buenos Aires, Argentina) y 1989 (Santiago de Compostela, España), las jornadas se ampliaron a varios días, con celebraciones y catequesis preparatorias, etc.

Desde aquel encuentro en Santiago, el primero al que tuve la suerte de acudir acompañando a un grupo de 200 jóvenes valencianos, el Papa Juan Pablo II implantó la costumbre de intercalar entre las JMJ ordinarias de los Domingos de Ramos, una jornada especial cada dos o tres años, que se convoca cada vez en un país distinto. Así vinieron las impresionantes JMJ de 1991 en Czestochowa (Polonia), de 1993 en Denver (Colorado, EEUU), de 1995 en Manila (Filipinas), de 1997 en París (Francia), del Jubileo del año 2000 en Tor Vergata (Roma, Italia) y de 2002 en Toronto (Canadá), la última en la que pudo participar Juan Pablo II antes de pasar al Padre.

Benedicto XVI recogió el testigo y continuó esta obra de su predecesor, celebrando la ya convocada JMJ de 2005 en Colonia (Alemania) y la de 2008 en Sídney (Australia), donde anunció que la siguiente Jornada sería en Madrid (España) del 16 al 21 agosto de 2011. Un apasionante camino alrededor del globo terráqueo en el que ambos Papas han sido acompañados en cada una de las estaciones por millones de jóvenes, protagonizando fabulosos espectáculos de buena convivencia, alegría y civismo que han asombrado a las autoridades de todo el mundo. Una imagen renovada y esperanzadora de la Iglesia, repleta de jóvenes cristianos intrépidos y entusiastas.

No he tenido la fortuna de vivir como “joven” ninguna de estas JMJ, pero sí las he vivido como padre de seis hijos que han acudido a diversas jornadas y como catequista acompañante de los jóvenes de mi parroquia en tantas otras. Los beneficios para los jóvenes son incontables: se refuerza su fe y su sentido de pertenencia eclesial, se establecen relaciones de amistad rompiendo fronteras, se tiene la experiencia de no estar aislado ni ser algo raro por ser católico gracias a convivir con millones de jóvenes creyentes, se amplían los horizontes culturales viajando por todo el mundo y un largo etc.

Como padre y catequista nunca podré dar suficientes gracias a Dios, a Juan Pablo II y a Benedicto XVI por habernos brindado la ocasión de vivir tales experiencias. También como persona, pese no haberlas vivido como joven, he de agradecer los múltiples beneficios que me ha reportado acompañar a los jóvenes a estas JMJ. No ha sido fácil soportar las interminables jornadas en autocar, las noches al raso tratando de conciliar el sueño en un saco de dormir, las tremendas caminatas hacia los lugares de encuentro… Pero la recompensa ha valido la pena con creces. He vuelto siempre hecho fosfatina, pero alegre y feliz como unas pascuas de todas las JMJ que he vivido.

Encontrarse con el sucesor de Pedro, con “el dulce Cristo en la Tierra” como llamaba al Papa Sta. Catalina de Siena, más aún en compañía de esa savia nueva de la Iglesia que son los jóvenes, ha sido siempre una experiencia fantástica. Una vivencia que ahora todos tenemos la oportunidad de repetir, o de experimentar por vez primera, este mes de agosto en Madrid. Todos los que tengan una salud potable, porque me temo que la mía no me va a dejar asistir. Pero no por ello puedo dejar de alzar la voz: ¡jóvenes!, si habéis ido a encontrarnos con el Papa a los cinco continentes, ¿cómo no acudir en esta ocasión, que los españoles tenemos tan, tan cerquita?

Si aún no te has inscrito, todavía estás a tiempo. Puedes hacerlo a través de tu Parroquia o Diócesis, a través de tu movimiento o grupo eclesial y de muchas otras formas. Visita la página Web dedicada a estas Jornadas (http://www.madrid11.com/es/inscribete). ¡Ánimo, que nada ni nadie te impida acudir a este fabuloso encuentro! Lo necesita la Sociedad, porque ha vuelto las espaldas a Dios y así le luce el pelo; lo necesita la Iglesia, para mostrar su rostro joven y vivo al mundo; lo necesitas tú, para fortalecer tu fe, esperanza y caridad. Jesucristo mismo te espera en Madrid, cargado regalos que llevan tu nombre. A ti te digo, joven: ¡Levántate y camina! ¡Todos a Madrid!

El ocaso de la Unión Europea

 

(Publicado el 18-07-11 en Análisis Digital)

(Publicado el 22-07-11 en Forum Libertas)

 

Estoy absolutamente convencido de que ninguna riqueza del mundo puede ayudar a que progrese la humanidad. El mundo necesita paz permanente y buena voluntad perdurable.

(Albert Einstein)    

 

Quien escribe estas líneas fue del numeroso grupo de personas que se alegró e ilusionó con el proyecto de una Europa unida, prometedora y hermosa primicia de un futuro Mundo unido. Una idea, una de las poquísimas que comparto levemente con los padres del defenestrado comunismo, Marx y Engels, es su internacionalismo –recuerden aquello de “yo soy ciudadano del mundo”– aunque sus bisnietos ideológicos, huérfanos de de ideas, caminan en sentido contrario y se abonan, por espurios intereses de supervivencia política y aritmética parlamentaria, a anacrónicos y apolillados proyectos de división y secesión.

La Unión Europea, pese a su mal nacimiento a partir de alianzas anteriores eminentemente crematísticas, como las antiguas CEE, CECA y Euratom, podría haber sido una magnífica idea si sus necios constructores hubiesen comenzado tamaña edificación cavando hondo para poner los cimientos que nos unen, en vez de empezar por la caja de caudales. No me vayan a confundir “necio” con “ignorante”. Alguien puede ser ignorante por no haber podido recibir formación, sin tener nada de necio, y viceversa. La necedad es una forma de ignorancia que conlleva culpabilidad, pues consiste en no saber lo que se debe y puede saber.

A esta recua de necios fundadores, en vez de comenzar tamaña empresa examinando nuestras raíces comunes y el sustrato cultural que nos identifica y unifica, construyendo la incipiente Unión Europea sobre sólida roca, no se les ocurrió mejor idea que iniciar la andadura del nuevo proyecto otra vez con el dinero. Inventaron el euro, que cada día revela más su secreta identidad de nuevo “super-marco” alemán, con la promesa de todo tipo de parabienes y con la inconfesa pretensión de competir con el dólar USA. ¡Pretendían unir países a partir de la moneda! ¡Hay que ser patán! ¿Cuándo el dinero ha servido para unir a alguien?

El dinero o, mejor dicho, el afán por amontonarlo o codicia, es la raíz de todos los males, como bien advirtió San Pablo a su hijo espiritual Timoteo (I Tim 6, 11). No creo que el lector ignore que detrás de todos los problemas mundiales, nacionales, regionales, locales, familiares e incluso personales siempre está, en mayor o menor medida, el “poderoso caballero” haciendo de las suyas. ¿Cuál creen que es la causa de las guerras, del hambre, de las injusticias, de la destrucción ecológica, de las drogas, de la prostitución, del juego sucio político, de gran parte de los infiernos familiares e incluso de muchos conflictos psicológicos?

El sistema capitalista, como en su día el comunista, se cae a pedazos. La “crisis económica” cuya existencia primero nos ocultaron, luego nos negaron, después nos suavizaron y ahora nos han arrojado en la cara sin que el panorama ofrezca signos claros de acabarse en muchos años, no es más que el sarpullido que delata la existencia de una grave enfermedad, una epidemia planetaria de leucémica ausencia de valores, provocada por la descalificación de la razón moral, por la convicción práctica extendida en miles de millones de conciencias de que la existencia no tiene sentido alguno y, por tanto, tampoco orden ético alguno.

La Unión Europea se muere. Tiene los días contados. Y su verdugo va a ser, mire usted por dónde, el mismo factor que quisieron poner como cimiento: la economía. El dinero no tiene piedad ni misericordia, es implacable. Es una máquina de sueños que espera su oportunidad para pasar su terrible factura. Es el dios de este mundo. No es posible servir a dos señores, no es posible servir a Dios y al dinero. Todo el que adora a este ídolo y lo coloca como centro de su existencia se vuelve como él: frío e insensible, mentiroso, ladrón y asesino. Se ha construido una civilización sobre arena y se derrumba. Europa ha intentado unirse, pero ha escogido un mal pegamento. La U.E. comenzó por el euro y morirá por el euro.

El socialismo laicista es el opio del pueblo

(Publicado en Análisis Digital y en Forum Libertas)

El marxismo calificó la religión como “opio del pueblo”, alegando que ésta, con su promesa de un “más allá” -con premio incluido para los sumisos- conduce a la gente a desentenderse del “más acá” y a someterse sin protestar al alienante dominio de las “clases opresoras”. Es extraño que el filósofo alemán Karl Marx, que nació en una familia numerosa judía, descendiente de una larga saga de rabinos, mostrase tanta incultura religiosa. La lectura marxista de la realidad, desde su materialismo dialéctico e histórico, todo lo centra en la “lucha de clases”. Derivando desde la filosofía hasta la ideología, hizo un cerril absoluto de su visión particular de las cosas y se empecinó en mirar a través de ese cristal ahumado todas y cada una de las realidades humanas.

La “lucha de clases”, comenzó siendo un esquema supuestamente explicativo e inspirador de la acción sociopolítica frente a las relaciones de producción y las estructuras de poder alienantes, pero pronto extendió su croquis simplón y sugerente al análisis de la religión, la familia, la filosofía e incluso “el Estado”. Todo fue interpretado con la misma clave, concluyendo que todas estas realidades no son más que otras formas de alienación, como las relaciones de producción, ideadas por algún tipo de opresor para someter a otros a su antojo. Los erróneos y hoy ya defenestrados argumentos marxistas menguaron, de la mano de Lenin y Stalin, hasta rebajarse a un mero cajón rojo repleto de consignas, lemas, arengas y demás parafernalia panfletaria.

La religión, el más potente elemento cultural conocido por la Humanidad, fue una de las primeras realidades en sufrir la crítica marxista y la apisonadora estalinista. A través del cristal monocromo de la “lucha de clases”, fue calificada como otro instrumento de alienación de los proletarios en manos de los poderosos, un montaje ideado por los opresores para desmovilizar al pueblo mediante el conformismo. Es lo mismo que Marx y Engels hicieron con la institución familiar: leerla desde su esquema, aborrecerla y tratar de borrarla del mapa. Desde entonces, el acoso y derribo a la familia natural es una constante del socialismo laicista radical, que siempre procura sustituirla por estados padre y madre con acceso directo a las mentes individuales.

Antes de seguir, creo de justicia reconocer que, observando la forma en que muchas personas vivían y aún viven su religión, una parte de razón no les faltaba a los padres del marxismo. Cuántos cristianos, por ejemplo, han menguado la gigantesca fuerza transformadora de Jesucristo en una suerte de pietismo particular, tan estupefaciente como una adictiva droga. La Iglesia Católica reconoce la paupérrima forma con la que muchos católicos viven la ubérrima fuente de vida que mana de la Muerte y Resurrección de Jesucristo. Por eso, los cuatro últimos Papas se han empeñado en reevangelizar el mundo comenzado puertas adentro, por los propios fieles, que demasiadas veces acuden a misa por un simple cumplimiento vacío de contenido, por mera superstición o para escapar de la realidad que deberían transformar.

Dicho esto, añadiré que Marx se equivocó al leer la realidad con unas gafas mal graduadas, que le produjeron el miope efecto de tomar la parte por el todo. La religión no es el opio del pueblo, aunque más de una vez haya sido utilizada o malvivida como tal. Muy al contrario, no existe fuerza mayor para comprometer la vida de las personas con el bien de sus semejantes que la sana religión, la fe en un Dios que da sentido, dirección, dignidad y responsabilidad eterna a la existencia. Mandando a pastar a Nietzsche, que se atrevió a decir que eso de amar al prójimo es la crueldad más terrible jamás pronunciada, no cabe duda de que el amor incondicional proclamado y posibilitado por Jesucristo, pese a las deficiencias de los que intentamos vivirlo, ha generado los mejores logros humanos de nuestra civilización. Y no me refiero sólo a sinfonías o catedrales, sino al progreso ético y moral.

El verdadero “opio del pueblo y para el pueblo” es el socialismo-laicismo radical, detritus posmoderno del materialismo ateo marxista. La trágica alienación y el descarado dominio sobre el pueblo del que acusan a la religión es, vean la paradoja, mucho más fácil cuando no hay religión, cuando se aparta a Dios, cuando no hay ninguna referencia moral universal y los únicos patrones de conducta son el relativismo intelectual y moral, el positivismo jurídico o “ley a la carta”, el hedonismo práctico y las ideologías o “religiones laicas” impuestas por los Estados gobernados por la prole ideológica de Karl Marx. Entre otras cosas, esos neototalitarios travestidos de progresismo, dictan cada temporada desde su pasarela las ideas que van a estar “de moda” y las que van a ser relegadas a la “caverna”.

Yo afirmo lo contrario que los marxistas: el ateísmo, el agnosticismo, el antiteísmo, el laicismo, son el opio del pueblo y para el pueblo. Si no hay Dios, ni Vida Eterna, ni principios morales universales donde apoyar las leyes, ni responsabilidad escatológica de nuestros actos, ¿para qué hacer el bien? ¿Qué es el bien? ¿Qué está bien y qué está mal? ¡Yo lo decido! Hay que ser estúpido y fatuo. Como tan tristemente dicen muchos jóvenes: menos “comidas de tarro” y a “vivir a tope”. A disfrutar del placer que se ponga a tiro, luego al hoyo y “que me quiten lo bailao”. Triste filosofía de la vida, con criterios éticos precocinados y dictados por un Estado neototalitario que impone su ideología, su “religión de Estado”, un nuevo “opio del pueblo”, laicista y antiteo basado en el hedonismo y bien surtido por el consumismo.

¡Qué diferente es la vida de aquel que todavía usa la razón para discernir entre lo que es verdad y lo que es mentira, entre lo que es bueno y lo que es malo! ¡Qué distinto el ser, el estar y el hacer de aquel que sabe quién es y quién debe ser, que sabe de dónde viene y a dónde va, que encuentra un sentido a la existencia, una razón válida para hacer de su vida en este mundo una misión, un trabajo, un oficio cuya responsabilidad va más allá de las ordenanzas humanas, más allá de lo inmediato, más allá de la muerte! ¿No sabía Marx, con su formación judía, que sin Dios no hay razón para la justicia? ¡Menudo necio! Siguiendo como estúpidas polillas al engreído de Nietzsche, hemos “matado” a Dios y, sin saberlo, al mismo tiempo estamos aniquilando al planeta, a la vida que contiene y al ser humano en todas sus dimensiones. ¡Vaya faenita nos han hecho y nos hemos dejado hacer!

Espero que ninguno de ustedes piense que todo esto lo va a solucionar determinado partido político. Imposible, pues ya todos “los grandes” juegan en el campo del contrario. Sibilinamente la izquierda radical ha marcado las reglas del juego, lo políticamente correcto. El resto de partidos, aunque tengan planteamientos diferentes, ya no se atreven a mandar al carajo esa imposición y animar a todos a jugar en otros campos. Hay que romper el diccionario político español. Está pervertido y obsoleto. Es puro panfleto. Los conservadores se mueven a bandazos porque tienen miedo de hablar en su idioma. Sin duda, España necesita un cambio político urgente. Pero no esperen demasiado de ningún partido. Sólo la participación real del pueblo en los asuntos de la cosa pública nos brindará alguna esperanza de éxito.

Los límites de la interculturalidad

 

(Publicado en “Nuestras Firmas” de Análisis Digital el 04-12-2010)

(Publicado en “La Firma” de Forum Libertas el 09-12-2010)

(Publicado algo reducido en “Las Provincias” el 14-02-2011)

 

España siempre ha sido multicultural, lo cual no equivale a que haya sido, ni sea, intercultural. La multiculturalidad consiste tan sólo en el hecho objetivo de que en una comunidad humana cohabitan personas culturalmente diversas. Para empezar, la población que hoy llamamos nativa, local, natural o autóctona de España es fruto de un variopinto mestizaje de muchos pueblos. España ha sido, es y con toda probabilidad será, un espacio de cruce de razas y culturas. Su situación geográfica y su historia la llaman a la diversidad.

Nuestra  sempiterna multiculturalidad, de la que antes apenas se hablaba, ha adquirido mayor peso en la conciencia popular por haberse acentuado de forma vertiginosa en las últimas décadas por los contingentes de inmigrantes que han llegado a nuestro territorio. Pero, insisto, no por ello somos un país intercultural. Multiculturalidad e interculturalidad no son conceptos sinónimos, aunque muchos, incluso algún “especialista”, los confundan y los citen como tales. En los últimos años se ha generado una ingente cantidad de literatura sobre el tema, para todos los gustos y no siempre acertada.

La talla humana, sociológica, antropológica, pedagógica, política y ética de la interculturalidad dista tanto de la simple multiculturalidad como un sistema sanitario dista de una epidemia. La interculturalidad es una manera de vivir la diversidad cultural mucho más exigente que la mera coexistencia multicultural. Sin necesidad de recurrir a florituras etimológicas, he de decir que el prefijo “inter” nos da la clave. “Multi” sólo significa “muchos” o “varios”, pero “inter” implica interrelación, reciprocidad. La interculturalidad requiere el respeto mutuo, pero también de la convivencia constructiva y la cooperación de todos.

Una sociedad intercultural no obliga a nadie, sea nativo o extranjero, a renunciar a sus propios esquemas culturales y reemplazarlos por los de la sociedad receptora o los de la cultura en ella dominante (asimilacionismo). Tampoco consiste tan sólo en admitir en su seno la presencia de grupos culturales diversos, aislándolos en guetos o condenándolos a ser ciudadanos de tercera (segregacionismo). Menos aún se trata de alcanzar una síntesis de culturas –ni siquiera entresacando “lo mejor” de cada una– para construir una “monoculturalidad”, una cultura única universal (sincretismo).

El sincretismo cultural que pretenden implantar ciertos grupos o corrientes, como la masonería o la “new age”, son rodillos aplastadores de las diferencias culturales, de la gran riqueza que supone la diversidad cultural humana. Son formas de globalización descarada e indeseable que, paradójicamente, no son criticadas por los grupos anti-globalización, sólo preocupados por la también indeseable colonización cultural mundial  por el “american way of life”, el estilo de vida norteamericano. Cada ser humano es único e irrepetible. Tan valiosa es nuestra igualdad como nuestra diversidad. Toda “clonación cultural” es una terrible pérdida.   

Una sociedad intercultural debe detectar y rechazar los prejuicios y estereotipos culturales y evitar el racismo y la xenofobia. Además, la interculturalidad exige que los distintos grupos culturales se relacionen entre sí con toda normalidad más allá de la mera coexistencia pacífica, que exista una comunicación fluida entre ellos, que sean capaces de negociar objetivos comunes y perseguirlos juntos, y que la diversidad cultural, lejos de ser una dificultad social, se acepte como una riqueza humana de la que todos pueden beneficiarse si media la humildad y la buena voluntad.

La tan cacareada “tolerancia” se propone constantemente como un valor estelar de la democracia y de la interculturalidad, pero en ella está precisamente uno de los puntos en los que topamos con los límites que dan título a este artículo. Desde hace unos años, el indefinido, sobreestimado y malentendido valor de la tolerancia ha tenido que ser “reajustado” con la aparición de numerosas “tolerancias cero”, entre otras las relativas a las distintas formas de violencia. No podía ser de otra forma, pues no todo es tolerable. En una democracia, cada uno puede pensar lo que quiera, pero de ninguna forma puede hacer lo que le venga en gana.

En los regímenes autoritarios, el autócrata o la oligarquía de turno imponen tanto las normas de juego, como un pensamiento único: el de quién ejerce el poder. En un régimen libertario, nadie impone ninguna de ambas cosas, dejándolas desde un necio “buenismo” al libre arbitrio de las personas. En los regímenes verdaderamente democráticos, debe existir la libertad de pensamiento, de religión y de ideología, junto al derecho a la libre expresión y al culto. Pero la democracia exige unas normas estrictas para asegurar su propia esencia, para que los derechos y libertades de todos estén garantizados y no puedan ser aplastados por nada ni por nadie.

La democracia requiere imponer algunos implacables límites a la libertad. La libertad individual acaba allí donde resulta amenazada la libertad y los derechos del otro. Un gigantesco logro de la sociedad noroccidental es haber conseguido consensuar y redactar una Declaración Universal de los Derechos Humanos, que recoge el mejor sentir ético de toda una civilización. Los países que se han adherido a ella, como España, han trasladado esos principios a sus Cartas Magnas, como es el caso de la Constitución Española de 1978 (todavía vigente, por si alguno no lo recuerda). Estos son los marcos normativos irrenunciables que deben presidir la convivencia social y la actividad política.   

Trasladado todo esto a la interculturalidad, debemos afirmar que también ésta tiene límites, pues no toda costumbre o práctica puede ser aceptada y consentida, por muy propia que sea o muy arraigada que esté en determinados grupos culturales. Por desgracia, siempre aparecen posturas extremistas, en casi todos los asuntos humanos, que sacan de quicio las cosas desde planteamientos ideológicos irracionales. Hay quien se empeña, por ejemplo, en negar todo derecho al inmigrante en igualdad con los de la sociedad receptora. Y en el otro extremo, hay quien justifica toda costumbre cultural, por muy cruel o indeseable que sea, hasta ablaciones y lapidaciones.

Pues miren, no, ni lo uno, ni lo otro. La interculturalidad también tiene sus “tolerancias cero”, sus límites y sus exigencias, que obligan tanto a la sociedad receptora o mayoritaria, como a las personas y grupos culturalmente diversos que desean vivir en un país democrático. El respeto no es unidireccional, sino bidireccional y recíproco. Todos, sin excepción, sean nativos o extranjeros, mayorías o minorías, deben cumplir las reglas de conducta y convivencia que se derivan de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y de la Constitución. Una sociedad intercultural no exige a nadie que renuncie a su forma de pensar, pero sí que se ajuste en su forma de actuar.

Bienvenidos sean, por tanto, todos aquellos que deseen compartir con nosotros nuestra tierra, nuestros fines, nuestras ilusiones, nuestros problemas y nuestro trabajo y respeten nuestros principios éticos, que siglos de historia y mucho esfuerzo y sangre nos han costado construir. Nuestra sociedad está llena de defectos, como todas, y también incumplimos demasiadas veces los Derechos Humanos de los que tanto hablamos, pero estos siguen siendo el ideal colectivo de humanidad al que queremos llegar y el contexto normativo en el que debemos movernos. Todos aquellos que no quieran respetar estos límites, ya saben dónde tienen la puerta.

De vuelta con las palabras sobre educación

 

(Publicado el 20-10-2010 en Análisis Digital) 

El pasado mes de mayo publiqué un artículo titulado “De magistri et ministri”, que me valió algunos parabienes y un cariñoso rapapolvo de mi querido y admirado Amando de Miguel. En él esbozaba la sorpresiva oposición etimológica entre ambos términos, invertida con el tiempo. Los maestros, de alto rango en la antigua Roma, cuyos sirvientes fueron sus incultos ministros, fueron perdiendo estatus hasta llegar a ser minusvalorados socialmente e ignorados por los modernos (e igualmente incultos) ministros y “ministras”.

No se acaban aquí las filigranas del lenguaje propio del mundo de la educación. Las mismas palabras “educación” y “pedagogía” tienen curiosas etimologías y evoluciones. Con el verbo “educar”, cuya acción y efecto es la “educación”, ya tenemos el lío armado, porque nos tropezamos con dos posibles orígenes, que curiosamente les vienen al pelo a los defensores de dos modelos distintos de educación. Una opción le viene como anillo al dedo a los educadores “tradicionales” y la otra a los “progresistas”. Veámoslas.

La versión “tradicional” asegura que el verbo “educar” procede del latín “educare”, que significa criar, nutrir, alimentar, meter dentro de. Desde este punto de vista, la educación sería una tarea del educador, un proceso de aportación y enriquecimiento del educador hacia el educando, introduciendo en su mente los contenidos que considere más oportunos. Se trata de “llenar la cabeza”, como diría Montaigne. La memorización realizada a base de “codos”, es decir, con esfuerzo y constancia, es el método por excelencia.

La versión “progresista” aboga por la etimología “educere” (contracción de “ex–ducere”), que significa extraer de, sacar de. La tarea educativa corresponde al educando. El educador es un facilitador o estimulador en un proceso de autoeducación, que permitirá al niño extraer de sí mismo sus intrínsecas potencialidades hasta su total actualización (puesta en acto). El educando es el protagonista de su propia educación y será capaz de construir su propio aprendizaje con una mínima guía. Es la tesis básica del “constructivismo”.

No creo que ambas opciones sean incompatibles. Muy al contrario, considero que se complementan y que cada una por separado son erróneas. Por supuesto que el niño es el centro de la educación, pero no puede ser su propio guía, precisamente porque es un niño. La educación consiste en ayudar al educando a extraer lo mejor que posee en sí mismo. Pero esto no lo logrará sólo, sin sacrificio, sin perseverancia y sin memorizar nada, y mucho menos sin un buen educador que sepa indicarle las mejores metas y cómo alcanzarlas.

Otra palabra de interesante análisis es “pedagogía”. En esta ocasión no hay dudas sobre su etimología, aunque no fue fácil encontrar una denominación para esta ciencia. “Pedagogía” viene de “paidos” (niño) y “ago” (conducir). De estas raíces griegas surgió “paidagogo”, aplicado a los esclavos o libertos que llevaban a los niños y jovencitos a la escuela. No tardaron en escoger a los ayos más despabilados y cultos, para que también actuasen como vigilantes (para evitar “novillos”) y más tarde como ayudantes en sus estudios.

Por eso, pronto el término adquirió un sentido figurado y de mayor dignidad. Aunque al principio convivieron ambos tipos de “conducción”, la física y la cultural, poco a poco se fue abandonando la primera acepción en pro de la segunda. En este sentido de “pedagogo” como guía espiritual más que material, el término fue utilizado por Homero y Eurípides y más tarde citado por San Pablo en su I Epístola a los Corintios (4, 15). Clemente de Alejandría, ya en el siglo II, llamó a Jesucristo “pedagogo de la humanidad”.

No por eso se resolvió el problema de asignar nombre a la ciencia de la educación. Fíjense en que el título de otras ciencias termina en “logía” (de “logos”: palabra, razón): Psicología, Antropología, Sociología… A lo largo de la historia se intentó darle nombres como “Pedología”, que afortunadamente no cuajó, sin que haga falta explicar por qué, al menos en castellano. “Paidología” tampoco triunfó, porque sería más bien la “ciencia del niño” que la “ciencia de la educación”.  Al final, y ya en el S. XVIII, nos quedamos con “Pedagogía”.

Por último, analicemos la bonita palabra “profesor”. Otra que, como sucede con “maestro”, muchos se empeñan en que desaparezca, cambiándola por feos términos como “enseñante”. Sólo “docente”, del griego “doceo” (enseñar) tiene sentido, aunque no tan precioso como el de “profesor”. No hace falta viajar por el latín o el griego. En esta ocasión nos basta el español. “Profesor” viene de la misma raíz que “profesión” y “profesar”. Profesor no es el sólo que enseña, sino el que profesa, el que manifiesta una entrega especial.

Cuando un religioso o un monje toman los hábitos, “profesa” sus votos. Cuando uno da testimonio de sus creencias, hace “profesión de fe”. No es lo mismo “trabajo” que “profesión”. El trabajo, en su acepción más popular, es la labor que uno hace para ganarse la vida honradamente. La profesión es algo más. Es aquello a lo que hemos dedicado nuestro ser ante la sociedad, aquello que profesamos como parte esencial de nuestra identidad y misión en la vida. ¿No es un maravilloso regalo profesar la profesión de profesor?

La Virgen del Pilar, Santiago y la evangelización

 

(Publicado el 13-10-2010 en Forum Libertas y en Análisis Digital)

 

Se celebran hoy tantas cosas a la vez, que se confunden en lo que ha acabado siendo una mera ocasión para un ansiado “puente del Pilar”: Día de la Hispanidad, Día de las Fuerzas Armadas, Festividad de la Patrona de España, la Virgen del Pilar… Tal vez no todos ustedes conozcan en su completa profundidad la bellísima y esperanzadora tradición de ésta última.

Soy consciente de la dificultad de discernir en la tradición qué es historia y qué es leyenda. En este caso y pese a mi mente científica, no me importa demasiado. Porque hay dos cosas sobre las que no albergo dudas: que la Virgen pudo hacer eso y mucho más, y que el mensaje de esperanza, valentía y constancia que contiene es de valor universal y perenne.

Un mensaje entrañable y esperanzador para todos aquellos que intentamos trabajar desde nuestras pobres fuerzas en las distintas formas y vías de evangelización, sea desde la catequesis directa de boca a oído, desde el diálogo académico fe-cultura, desde los medios de comunicación o desde la participación social en defensa de la verdad y del bien.

Una cariñosa embajada que trasciende el tiempo y el espacio, y que hoy vuelve a nosotros con más fuerza y oportunidad que nunca. Una palabra de ánimo que sobrepasa incluso las creencias de cada uno, para hacer diana en el corazón de todas las personas de buena voluntad que combaten cada día por la verdadera libertad, sean creyentes, ateos o agnósticos.

La tradición vincula en esta historia a la Virgen María con el apóstol Santiago, conocido también como Santiago el Mayor o “de Zebedeo”, para distinguirlo del otro apóstol Santiago, el “de Alfeo”. Jacob, este es su nombre original antes de ser transformado por el tiempo (“Yacob” – “Yago” – “San-Yago” – “Santiago”) era hermano de San Juan, uno de los “boanerges” o “hijos del trueno”, como los llamaba Jesús por su vehemente carácter.

Lo cierto es que nuestro Santiago, Jacob, Yago, Tiago, Jaime, Diego, Jaume, o como queramos llamarle, fue uno de los tres apóstoles “íntimos de Jesús”. Fue uno de los primeros convocados al grupo apostólico y estuvo junto al Maestro en momentos clave de su vida, como la Transfiguración o Getsemaní, junto con Pedro y su hermano Juan. Como los demás apóstoles, tras recibir el Espíritu Santo en Pentecostés, fue enviado a evangelizar.

Según la tradición, su destino fue, cruzando en barco todo el Mediterráneo, España, entonces Hispania, provincia romana. El relato se bifurca en cuanto a su entrada en Hispania. Según una versión, entró por “Gallaecia” (Galicia), dando un gran rodeo. De acuerdo con la otra tradición, desembarcó en “Tarraco” (Tarragona), siguió el valle del Ebro y llegó a la actual A Coruña, tras conectar con la vía romana que llevaba allí desde Cantabria.

No murió entonces, sino tras sufrir martirio en Jerusalén, como atestiguan los Hechos de los Apóstoles (Hch 12,2), adonde volvió, según los evangelios apócrifos, para estar junto a la Virgen María y los demás apóstoles en el momento de su dormición, deseo del mismo Jesús, imposible debido a la gran dispersión en que se hallaban los doce por todo el mundo conocido, pero que se hizo realidad a través de múltiples milagros y apariciones marianas.

Sigue la tradición contándonos que, tras haber sido martirizado y asesinado bajo mandato de Herodes Agripa, sus discípulos se las arreglaron para llevar su cuerpo a Iria Flavia, en Galicia, donde el obispo Teodomiro lo descubrió en el “campus stellae” (Compostela), gracias al aviso de un ermitaño, Paio, que vio unas extrañas luces como estrellas móviles en un campo desierto. 

Pese a las dudas de rigor histórico, no es nada descabellado pensar que tan aguerrido y fiel apóstol quisiese llegar, siguiendo el mandato de Jesús de llevar el Evangelio “hasta los confines de la Tierra”, al “Finis Terrae” (hoy cabo de Finisterre), considerado como “el fin de la Tierra” en la geografía latina y precolombina. Tampoco sería nada extraño que sus discípulos quisieran enterrar su cuerpo en la tierra que evangelizó.

Al parecer, con su predicación en Galicia fundó una pequeña comunidad, de la que existen  indicios arqueológicos. Allí escogió, para que prosiguieran su misión, a los famosos “Siete Varones Apostólicos”, que fueron ordenados obispos en Roma y que a su retorno a España fueron acompañados por el mismo Santiago, siguiendo la vía tarraconense.

Aquel equipo de misioneros encontró tal resistencia y rechazo a su predicación conforme avanzaban hacia el noroeste por la cuenca del Ebro que, desalentados por la falta de frutos pese a sus denodados esfuerzos, sintieron la insidiosa y lógica tentación de arrojar la toalla y volverse por donde habían venido. Justo en esos momentos, intervino María.

Antes de su dormición y asunción, sobre el año 40 y “en carne mortal”, Nuestra Señora se apareció al atribulado grupo sobre una columna de jaspe en Zaragoza, sobre el famoso “pilar” que ha dado nombre a su advocación como “Virgen del Pilar”, la “Pilarica”. Con su presencia les dio los ánimos que necesitaban para perseverar pese al aparente fracaso.

Gracias a la Virgen María, aquel grupo de misioneros inició la evangelización de España y España, más tarde, la del mundo entero. Por eso es la Patrona de España y de la Hispanidad. La Iglesia se apoya en los Apóstoles y ellos en Cristo y en María. La “Pilarica” se constituyó para siempre en base sólida en la que sustentarnos cuando todo viene en contra, cuando ya no podemos más, cuando se nos quiebra el valor, la fuerza e incluso la esperanza.

Nuestra Señora fue proclamada por Juan Pablo II “Estrella de la Nueva Evangelización”. Ella fue la primera en acoger el Evangelio, la Buena Nueva. En su seno físico gestó a Jesús y en su seno espiritual, la Iglesia, nos gesta a nosotros a la fe. En ella retornamos al seno materno para nacer de nuevo. Bajo su amparo podremos recobrar siempre el consuelo y la “parresia”, esto es, el coraje para perseverar aun cuando nos acogoten las dificultades.

Que hoy sea un día santo en el que, además de disfrutar del necesario asueto, acudamos a la Santisima Virgen y hallemos en ella el pilar, la columna indestructible de donde partir con renovadas fuerzas, cada cual a su misión.

Jesucristo y las drogas

(Publicado algo reducido en Las Provincias el 7-10-2010)

(Publicado completo en Forum Libertas el 27-10-2010)


Me tendrán que disculpar los teólogos por invadir un poco su terreno, aunque mi abordaje del tema va a ser desde la pedagogía, campo de mi competencia. Espero saber mostrarles, sin forzar los textos bíblicos que citaré, que Jesucristo tuvo contacto con la droga y que con su forma de actuar con ella nos lanzó un profundo y educativo mensaje, que hoy debe resonar más que nunca. En estos tiempos, en los que las drogas les están causando tanto daño, dedico estas reflexiones con especial cariño a todos los jóvenes.

Veamos el pasaje evangélico central sobre el tema en cuestión, un pequeño episodio que todo cristiano habrá leído o escuchado más de una vez, pero que con toda probabilidad le habrá pasado desapercibido si no ha contado con la ayuda de la exégesis oportuna. Los hechos ocurrieron en los últimos momentos de la pasión, cuando Jesús va a ser inminentemente crucificado. Dos evangelistas, Mateo y Marcos, dan testimonio de lo sucedido:

  • “Llegados a un lugar llamado Gólgota, esto es, “Calvario”, le dieron a beber vino mezclado con hiel; pero él, después de probarlo, no quiso beberlo” (Mt 27, 33s).
  • “Le conducen al lugar del Gólgota, que quiere decir: Calvario. Le daban vino con mirra, pero él no lo tomó” (Mc 15, 22s).

Para la interpretación de estos textos, partiré del comentario elaborado por los especialistas en Sagradas Escrituras de la prestigiosa Escuela Bíblica de Jerusalén, incluido en nota a pie de página sobre el texto de Mateo, en la Biblia redactada y editada bajo su dirección:

  • Brebaje embriagante que mujeres judías compasivas solían ofrecer a los ajusticiados para atenuar sus sufrimientos. De hecho, a este vino se le mezclaba más bien “mirra”; la “hiel” en Mt se debe a una reminiscencia del Sal 69, 22 (al igual que la corrección de “vino” en “vinagre” de la recensión antioquena). Jesús rechaza este estupefaciente”.

Jesús, rechazando ese “estupefaciente”, esa antigua droga que hubiera aminorado sus padecimientos, inaugura una perspectiva nueva en la historia, en la que constatamos que en toda época y cultura ha estado presente algún tipo de droga. El hombre ha recurrido siempre a estas muletas psíquicas frente al sufrimiento. Jesucristo rompe la tendencia. El sufrimiento cobra en él un nuevo sentido, el último y definitivo. No fue un masoquista que gozaba con el dolor. Sudó sangre en Getsemaní, tal fue su terror ante lo que le esperaba.

En aquel huerto, su deseo visceral, su voluntad como hombre, fue de lo más normal: escaparse corriendo. “Padre, si es posible, líbrame de este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Esta fue su oración. Fíjense bien: aparecen dos voluntades, la de Jesús como hombre verdadero, que no quiere sufrir, que quiere librarse de aquel horror, y la del Padre, que le pone delante la pasión y la cruz. Jesús escoge la del Padre. Asume su misión de mostrar y demostrar lo que es el amor hasta el extremo, el amor de Dios.

Si Jesús hubiera aceptado la droga que le ofrecían las mujeres, no hubiera cumplido su misión. Habría sido un ajusticiado inocente más, pero no nos hubiese salvado ni redimido de nada. Sólo cargando en su Cruz todo el mal de la Humanidad, mató a la muerte con su muerte y resurrección, liberándonos de la esclavitud a la que, según la Carta a los Hebreos (2, 15), estábamos sometidos de por vida por el “miedo a la muerte”, por el temor a la muerte del propio ser que conlleva amar al otro tal cual es, en sus debilidades.

Jesús fue el hombre por excelencia, el hombre completo. “Ecce homo”, he aquí el hombre, proclamó sin saber el alcance de sus palabras el escéptico y cobarde Pilatos. Aun siendo Dios y Hombre verdadero, durante su vida terrena sólo se llamó a sí mismo “Hijo del Hombre”. En él, Dios revela el hombre al propio hombre, nos muestra quiénes somos en su diseño original. Jesús fue el hombre total, el hombre que asume la realidad integral, que toma su vida en peso, sin alienarse, hasta las últimas consecuencias.

La sociedad actual, como la de todos los tiempos, pero con una obsesión más potente y peligrosa que nunca, ofrece el espejismo de felicidad, de escape al sufrimiento y de sensaciones placenteras que produce las drogas, cada vez más abundantes y variadas. Espejismo que tarde o temprano se rompe en mil pedazos difíciles de recomponer, porque destruye a la persona y la arroja a un infierno mil veces peor que aquel del que prometía librarle. Espejismo que sólo beneficia a los desalmados que participan en ese multimillonario negocio.

Espejismo, además, que interesa a los que anhelan el poder a toda costa, porque saben muy bien que es más fácil dominar a su antojo a una población entontecida y aletargada con la droga. Queridos jóvenes, esos neototalitarios camuflados de progresistas que os presentan la droga como una conquista de libertad, os tienen miedo, porque saben que vuestra natural rebeldía juvenil, vuestro impulso de cambiar las cosas, pone en peligro el chollo que se han montado. Por eso os prefieren abobados y desmovilizados por las drogas.

¡No se lo permitáis! ¡No caigáis en su trampa! Cada día se escuchan más voces clamando por la legalización de las drogas, presentándose como defensoras de la libertad o camuflando sus intenciones afirmando que así acabarán con su venta ilegal e incluso que se reduciría su consumo. ¡No hagáis caso a esos cantos de sirena, propaganda del mayor negocio de la historia! ¡Huid de las drogas, afrontad vuestra vida sin esas muletas, mantened la mente bien clara, sed hombres y mujeres libres y luchadores!

Los que todavía no habéis sucumbido a la tentación de la curiosidad o a la presión de vuestros amigos, ¡enhorabuena, seguid resistiendo como valientes! No es más hombre, ni más mujer, quien se deja llevar por la corriente, sino quien mantiene su integridad luchando con valor contra ella. Y aquellos que hayáis caído en la droga o que estéis tonteando con ella, ¡abandonadla ya mismo, antes de que sea demasiado tarde! ¡Pedid cuanta ayuda sea necesaria, invocad el auxilio de Jesucristo y escapad de ese pozo sin fondo!

Para terminar, ahora sí mosquearé a los teólogos forzando un poco uno de los textos bíblicos. Ya dije que, como pedagogo, no puedo evitar leer las Escrituras en clave educativa. Dice Mateo que Jesús “después de probarla”, no quiso tomar aquella droga. Esa “prueba” de Jesús seguramente no fue más que una mínima “cata” para identificar lo que le ofrecían. Pero, ¿no es posible que al mismo tiempo os estuviera echando un guiño a aquellos que también la habéis probado, para que como él y con él la rechacéis de inmediato?

Mis apuntes para una deontología gubernamental

(Publicado el 28-09-2010 en Páginas Digital)

 (Publicado el 4-10-2010 en Análisis Digital)

(Reproducido el 6-10-2010 en Profesionales por la Ética)

Sin pretender dármelas de “entendido” y hablando tan sólo con la autoridad de un miembro más del pueblo, he esbozado un retrato personal de las aptitudes y actitudes que desearía que configurasen la figura de nuestros gobernantes. Si encuentro algún político que cumpla este humilde bosquejo de deontología gubernamental, no dudaré en votarle. Alguno habrá, digo yo. Si no, lo cierto es que no me compensa perder el tiempo acudiendo a las urnas:

  1. Debe ser ante todo una persona con convicciones sólidas, transparentes, coherentes y profundas, con una concepción integral del mundo y de la vida bien definida, no un relativista funcional que se cambie la chaqueta y hasta la ropa interior de las ideas según la cotización electoral de las mismas. Sus principios tienen que estar claros y definidos. 
  2. Dichas convicciones no puede imponerlas al pueblo, sino que, traducidas en proyectos políticos concretos, debe proponerlas con claridad meridiana en su programa electoral, para que podamos decidir con nuestro derecho al voto si convenimos o no con ellas, sin llevarnos luego la sorpresa de que tan sólo hemos elegido a nuestro propio dictador. 
  3. Como persona pública de máximo rango, su conducta debe ser ejemplar. Ha de ser el primero en cumplir las exigencias legales, éticas y morales que recaen sobre todos los ciudadanos. Debe ser un modelo digno de admiración y emulación, no un mero charlatán. Su mayor enemigo no tendría que ser la oposición, sino su propia hipocresía. 
  4. Tiene que poseer carisma y vocación. No hablo desde una óptica religiosa, aunque no la descarto. Carisma no equivale a ser apuesto, “boquita de oro” o populista. Se trata de poseer una capacidad de liderazgo que ilusione por su honesta calidad humana. Su vocación no puede ser otra que la de servir al bien común de sus gobernados. 
  5. Su imagen personal debe ser digna, coherente y adecuada a su alto cargo y a su función representativa de su país. La ostentación, la marrullería, la presunción, la afectación, la pedantería, el disimulo, la mentira, el fariseísmo y la falta de vergüenza y sentido del ridículo deberían incapacitarle sin contemplaciones para el ejercicio del poder. 
  6. Debe poseer la máxima cualificación académica y profesional. Nadie encargaría un puente a un cirujano o se dejaría operar por un arquitecto. Debería ser Doctor en Ciencias Políticas y estar muy bien cualificado en su área de competencia (sanidad, educación, economía…). Ha de ser de los mejores y además dominar varios idiomas, como mínimo el inglés. 
  7. Debe sujetarse siempre al imperio de la ley, cuya máxima expresión es la Constitución o Carta Magna de su país, el marco de identidad y de legalidad que el pueblo soberano se ha dado a sí mismo ratificándolo mediante sufragio universal. Si no se somete por completo a las exigencias de este marco legal de máximo rango, no debería gobernar. 
  8. Puede no estar de acuerdo con la Constitución y, siempre que lo haya anunciado en su programa, promover el procedimiento legítimo para modificarla, el cual pasa por un nuevo sufragio universal, pero jamás puede vulnerarla por la puerta trasera utilizando el poder legislativo de su partido para generar leyes que “puenteen” la Carta Magna. 
  9. No debe perder jamás de vista el hecho de que no es ni más ni menos que un servidor público de alto rango. Es legítimo que gane un buen sueldo, digno y bien proporcionado a la gran responsabilidad que asume. Nada más. Debe renunciar a regalos, privilegios, ostentaciones y a cualquier fuente de ingresos que no sea transparente y legítima. 
  10. Al igual que la vocación de un periodista debe ser servir a la verdad y no a “su verdad”, la vocación de un político debe ser servir al bien común, no a su bien particular. El poder que le concede el pueblo soberano es tan sólo una herramienta que necesita para hacer su trabajo, no una ocasión para medrar, ni para imponer su santa voluntad. 
  11. El poder debe utilizarlo única y exclusivamente para llevar a cabo las tareas que el pueblo le ha confiado, según las formas y modelos que propuso en su programa. Debe asumir que los gobernantes son para el pueblo y no el pueblo para los gobernantes. Lo contrario haría de él un dictador autócrata, por mucho que su ascenso al poder fuese legítimo. 
  12. Los votos de los ciudadanos no son una carta blanca para que haga lo que le venga en gana, sino la concesión de su confianza temporal para que lleve a cabo un encargo concreto que debe cumplir. Su elección no le autoriza para llevar a cabo ninguna acción que no haya sido antes anunciada en su programa y  secundada en las urnas. 
  13. Debe ser hombre o mujer “de Estado”. Una vez ha llegado al poder, debe gobernar para todos y no sólo para los que le apoyan o votan. No puede hacer acepción de personas, ni favorecer con ningún tipo de prebendas a sus parientes, amigos, copartidarios, simpatizantes y comparsas de turno. El erario público no es suyo, es de todos. 
  14. No sólo debe gestionar correctamente todos los asuntos que le competen respecto al país que gobierna, sino que también debe velar por su mejor imagen, respeto, consideración y posición en el marco internacional. Nuestros “países amigos” deben ser las mejores democracias, no las dictaduras bananeras o las autocracias medievales. 
  15. Por último, ha de tener la humildad, la honestidad y la talla humana necesarias para reconocer sus errores, pedir disculpas y rectificar de inmediato. Si los fallos son graves, debe asumir sus responsabilidades políticas, dimitir, disolver el Parlamento y convocar nuevas elecciones, dejando que el pueblo le renueve o le revoque su confianza.

A mi hermano Nacho Sáez, por sus 40 años de contagiosa fe, vitalidad y positividad

 

Es mi hermano pequeño y acaba de cumplir 40 “tacos” de nada. Mañana, sábado, nos reunimos en familia para celebrarlo como merece. Como lo merece el acontecimiento y como lo merece él mismo. Este escrito es un pequeño regalo que deseo hacerle, a la par que un homenaje a una persona excepcional, a un maestro de la vitalidad y positividad que emanan de la fe en Dios y, en consecuencia, en la vida. No me vayan a confundir vitalidad con vitalismo, ni positividad con positivismo. Me explicaré un poco.

El positivismo es una corriente filosófica que ha calado en todas las estructuras de la sociedad y en millones de mentes humanas contemporáneas. Sintetizando mucho, tal forma de pensar y hacer consiste en un nominalismo de nuevo corte, que niega la existencia de principios universales y perennes para afirmar que el hombre debe abandonar sus “infantiles” creencias y convicciones procedentes de la tradición, para crear por sí mismo, a la luz de su razón, una nueva moral individual auto-construida al gusto de su autor.

Nada más lejos de la positividad de mi hermano. Su ética, su filosofía práctica de la vida, que aplica cada día como un héroe, arranca de la tradición cristiana recibida, se enriquece con sus propias reflexiones y experiencias, crece con la participación en la liturgia y los sacramentos católicos y acaba en una síntesis envidiable entre pensamiento y acción, entre fe y vida. Nacho es positivo, porque aún en los momentos más difíciles de su vida, que han sido muchos y graves, ha sabido esperar siempre lo mejor, con un incombustible optimismo.

El vitalismo es otra corriente filosófica vinculada al positivismo que también se ha introducido por doquier en nuestra cultura, como un virus mortal pese a su bonito nombre. Haciendo de nuevo una definición minimalista, el vitalismo es un neo-hedonismo que consiste en despojar al hombre de sus exigencias éticas intrínsecas para crear un remedo de “hombre nuevo”, por fin “adulto” y “libre” de toda moral, capaz de guiarse por sus apetencias, por sus instintos, por lo que le dictan sus impulsos, con tal de que no moleste a los demás.

De nuevo, nada que ver con la vitalidad de Nacho. Mi hermano ha sabido y sabe guiar su vida por su síntesis entre fe y razón, entre convicción y reflexión, que le han llevado, desde muy joven, a enfrentar la vida creyendo en ella, valorándola y amándola como el bien más precioso que le ha sido dado, minuto a minuto. Un bien que ha sabido defender a capa y espada para sí y para todos, contagiando y arrastrando a cuantos le rodean a vivir la vida disfrutando serena y sabiamente de lo mejor del hoy, del ahora, del instante.

No ha tenido una vida nada fácil, pero hasta ahora (y que siga por muchos años), la ha disfrutado como nadie, saboreando cada oportunidad de felicidad y esperando siempre lo mejor en cada uno de los momentos difíciles. Diabético desde los ocho años, con la insulina y los riesgos siempre a cuestas, muy pronto se formó el empeño, dijeran lo que dijeran los médicos, de que un día se curaría. Pensaba que, si seguía una disciplina estricta con su enfermedad y esperaba el avance de la medicina, un día dejaría atrás su diabetes.

Pese a cuidarse con tal precisión y entusiasmo, la enfermedad iba haciendo poco a poco sus típicos estragos en su organismo: problemas de retina, problemas renales… Los primeros se solucionaron con las nuevas tecnologías láser. Los segundos requirieron años de dormir semi-recostado, enchufado a un moderno artefacto de diálisis instalado en su casa, en espera de un trasplante de riñón. Todos ustedes tendrán constancia de las enormes listas de espera para estas cosas. Pero mi hermano esperaba con paciencia y no sólo el trasplante -solución temporal-, sino también su total curación.

Su confiada esperanza le acarreó un fruto insospechado hasta para los médicos. Cuando el implacable avance de su diabetes amenazaba con acabar con él de forma en poco tiempo inapelable, la medicina encontró una forma, todavía experimental y arriesgada, de realizar no sólo un trasplante de riñón, sino también de páncreas, el órgano productor de la insulina, cuya disfunción provoca la diabetes. Cuando por fin le llamaron para un trasplante, le ofrecieron hacerlo de ambos órganos, advirtiéndole de los riesgos.

La operación era en extremo delicada y arriesgada y los especialistas no podían garantizarle un éxito más allá de un exiguo porcentaje de probabilidades. La respuesta de mi hermano a los médicos resume todo lo que he dicho de él hasta ahora: “No se preocupen, ustedes hagan su trabajo, PORQUE YO VOY A SER DE ESE PEQUEÑO PORCENTAJE DE LOS QUE SE CURAN”. Los médicos insistieron en los riesgos, pero él les repitió una y otra vez: “No me han entendido. Les estoy diciendo que yo voy a ser del pequeño grupo de los que se curan, no lo duden”. Tan firme era su convicción.

Los médicos saben muy bien la capacidad curativa que tiene la voluntad de vivir y curarse por parte del enfermo. Se lanzaron a aquella novedosa y complicada intervención animados por el optimismo radical de Nacho. ¡Tuvieron un éxito total! Hoy en día, mi hermano YA NO ES DIABÉTICO, no necesita pincharse insulina y está hecho un chaval. Se sigue cuidando, porque no se puede abusar de unos órganos trasplantados, lleva de por vida un tratamiento inmunodepresor para evitar rechazos, ¡pero está curado!

La combinación entre su positividad-vitalidad y la pericia de los médicos, han conseguido la meta propuesta. Nacho sabe bien que detrás de todo ello, Dios ha estado presente. Es consciente, con toda naturalidad, de que su curación no es más que una prórroga, porque el destino final de todos es impepinable. Sabe que, por estar bajo de defensas por la medicación anti-rechazo, una infección podría ser fatal. No le importa. Siente que ha vuelto a nacer y está lanzado a disfrutar de la vida que le ha sido regalada por segunda vez.

Desde entonces, no para. El cuidado de su salud y los riesgos que aún corre, le impiden trabajar, pero se ha convertido en el activista “number one” de la urbanización y del pueblo en el que vive. Es el motor de la vecindad. Canta en un coro, muy bien, por cierto. Escribe, organiza y participa como actor en una pujante “troup” de teatro. Está en un grupo de senderismo. Impulsa y participa en todo tipo de actividades lúdicas. Sabe medir sus fuerzas y utilizarlas para fomentar experiencias comunitarias. Vive, vive y vive.

Nunca ha dado importancia a sus cumpleaños, pero la cifra redonda de los 40 le ha impulsado a convocar a la familia para celebrarlo. A veces nos dice que debería celebrar dos cumpleaños, uno por el aniversario de su nacimiento y otro por el aniversario de su operación, en la que nació de nuevo. Todos los que le queremos vamos a celebrar al mismo tiempo los dos. Se lo merece él, se lo merecen su esposa y sus hijos, y se lo merece nuestro Padre Dios, que nos ha regalado un hermano que es, literalmente, la alegría de la casa.

¡Felicidades, querido Nacho!

El pastor que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina

 

(Publicado en Las Provincias del 11-09-2010 y en Análisis Digital del 25-11-2010).

En los últimos días, hemos sufrido un alud de noticias sobre la pretensión del estadounidense Terry Jones, pastor protestante de una exigua comunidad en la también pequeña localidad de Gainesville (Florida), de quemar ejemplares del Corán en este 11 de septiembre, según él como conmemoración del atentado a las torres gemelas del WTC y como protesta por la construcción de una mezquita junto a la zona cero, el triste solar que ha quedado expósito tras el terrible atentado que segó la vida de casi 3.000 personas.

Primero anunció a los cuatro vientos la quema de los textos sagrados. Luego, tras haber captado la atención incluso del gobierno de su país por las posibles repercusiones, anunció que renunciaba a sus intenciones ante ciertas promesas del Sr. Barak Hussein Obama. Después saltó a la prensa que “se lo está pensando” y que tal vez sí se lance a consumar su pirómana idea. ¡Vaya forma de alcanzar notoriedad y fama la que se ha montado este excéntrico pseudo-cristiano, tan fanático como aquellos a quienes critica!

Aunque me parece una provocativa y desafortunada idea la construcción de una mezquita justo en ese lugar, cualquier persona razonable y de buena voluntad sabe que el Corán, e incluso el Islam considerado globalmente, no son los culpables de los atentados del 11-S, ni del terrorismo islamista. Los responsables de esos espantosos crímenes son grupos extremistas violentos que se consideran a sí mismos musulmanes y tratan de justificarse interpretando el Corán a su antojo, pero no lo es el Corán en sí mismo.

Como cristiano católico, reconozco con pesar las barbaridades que, a lo largo de la historia, se han cometido en nombre de Dios, de Jesucristo y de una interpretación errónea e interesada de la Biblia. Las han hecho supuestos católicos y las han hecho supuestos protestantes. Es fácil abrir la Biblia, sobre todo el Antiguo Testamento, interpretarla a gusto del fanático de turno y sacar citas fuera de contexto para justificar casi cualquier cosa. No por eso la Biblia merece ser quemada. Ese pastorcillo de Florida debería saberlo.

Los textos sagrados de las principales religiones contienen mensajes de fe, esperanza, amor, paz y vida ética y moralmente correcta. Interpretados en su globalidad y en su contexto histórico, con sabiduría, erudición y recta intención, no puede extraerse de ellos justificación alguna para actos violentos ni crimen alguno. Enarbolar la bandera de una religión o un nombre de Dios para cometer tales atrocidades jamás es legítimo. Dios “odia” la violencia, se apele a él como Dios, Alá o con el tetragrama hebraico.

El cristianismo ha ido comprendiendo cada vez mejor esta realidad y hoy en día ninguna gran iglesia piensa ni de lejos que de la Biblia pueda extraerse alguna enseñanza que justifique o aliente la violencia y el asesinato. El Islam, religión más joven, también ha ido comprendiendo –exceptuando los grupos extremistas– que el corazón del Corán es pacífico. Los musulmanes no tienen una institución que los aúne a todos, como el papado católico, y les es difícil dejar constancia de ello en un “concilio”, pero en general es así.

Por desgracia, es necesario seguir defendiéndonos de esas sectas islamistas fanáticas. No podemos permitir que se vuelvan a producir tan horrorosos atentados. Los más altos líderes de las religiones mayoritarias llevan años dialogando, alentados por el impulso ecuménico católico, para intentar realzar los puntos de comunión entre sus respectivas confesiones. Uno de los temas de  unánime acuerdo es que ni el nombre de Dios, ni los textos sagrados, pueden ser invocados para justificar forma alguna de violencia.

Ni la Biblia tiene “la culpa” de las atrocidades que algunos hombres han cometido retorciendo su contenido, ni tampoco la tiene el Corán. Quemar el libro sagrado de una religión es un acto de ignorante fanatismo y de inhumana falta de respeto hacia las creencias ajenas. Tal acción, más propia del Medioevo que del siglo XXI, sólo puede servir para alimentar más odio y más violencia. Si ese pastor en verdad quiere ver al mundo libre de fanáticos violentos, debe comenzar por abandonar sus propios fanatismos.

No piensen que, por decir estas cosas, me trago las chafarderías de Zapatero sobre su estúpida “alianza de civilizaciones”. Difícilmente se pueden “aliar” dos colectivos humanos todavía por civilizar. La parte islámica está formada todavía por retrógradas autocracias o teocracias, unas más abiertas que otras, con la peculiar excepción de Turquía. En muchas “repúblicas islámicas” (así llaman hipócritamente a sus dictaduras teocráticas), aún se practican lapidaciones, ablaciones, leyes de talión, desprecio a la mujer, etc.

La parte “de aquí” (no sé cómo llamarla, si ya no quiere ser “cristiana”), que está formada por democracias (eso dicen) y todo parece muy avanzado y muy progresista, es una gigantesca mentira en recesión, no sólo económica, sino también humana, ética y moral. No lapidamos, pero el Tío Sam aún permite la pena de muerte; no hacemos ablaciones de clítoris, pero asesinamos a los niños en el seno de sus madres; no seguimos la ley del talión, pero fabricamos leyes injustas como churros; y seguimos despreciando a la mujer.

Seguimos despreciándola porque no le facilitamos su maternidad y la empujamos a la tragedia del aborto;  seguimos despreciándola porque el feminismo radical neo-machista que ha impregnado las cúpulas del poder no la valora por sí misma, sino que “caballerosamente” le regala cuotas sin méritos; seguimos despreciándola porque no eliminamos la prostitución, ni su utilización como objeto sexual y publicitario; seguimos despreciándola porque la conciliación eficaz del trabajo fuera y dentro del hogar es un cuento chino…

Todos tenemos mucho que aprender en humanidad. Los de “esta parte” poseemos mucha ciencia y muy poca conciencia. Mucha tecnología y muy poca sabiduría para utilizarla sin que se nos apodere y nos esclavice. Hacemos mucho “ruido” con la justicia, la igualdad y la solidaridad, pero damos muy pocas “nueces”. Nuestro “way of life” comodón y burgués, ahora en justa y lógica crisis, no ha sido más que una inmoral “dolce vita” sustentada por la explotación, la miseria y el hambre de dos tercios de la Humanidad.

El pastor Jones, tan americano él, debería pensárselo dos veces antes de menospreciar al Islam en bloque y echar una miradita en torno suyo. Si fuese honesto en su ojeada, vería las salvajadas que produce a diario su amada patria, que tanto se llena la boca con el “God bless USA”. Y no creo que, tras ver tanta tragedia, se le ocurriese quemar su Sagrada Biblia, ni su adorada Constitución. Más le valdría a ese predicador de pacotilla dejar de soñar con cerillas y bidones de gasolina y pedir a Dios un poco de humildad.

Añado, el 30 de marzo de 2011, el siguiente enlace: “Quema del Corán en los EE.UU. Los cristianos paquistaníes en peligro“.

Con la muerte en los tacones

 

Reproduzco hoy en mi blog un contundente e ilustrativo artículo de mi amigo, el Dr. Esteban Rodriguez Martín, portavoz de Ginecólogos por el Derecho a Vivir de Andalucía y Consejero de la Red Madre de Cádiz. Esteban, luchador incansable y aguerrido por el derecho a vivir de los seres humanos en gestación, lleva años oponiéndose activamente, no sólo al aborto, sino también a la eugenésica e intolerable práctica de los arriesgados métodos de diagnóstico prenatal cuya única función real no es terapéutica, sino tan sólo seleccionar a los “candidatos” a ser asesinados en el seno de sus madres por padecer alguna anomalía o defecto. Les dejo con él.

 

CON LA MUERTE EN LOS TACONES, por el Dr. Esteban Rodriguez.

Trinidad no tiene excusa ni perdón.

Trinidad Jiménez, se muestra orgullosa de la ley abortista diseñada por su colega y camarada Bibiana Aido. Resulta sorprendente que una ley denominada de salud reproductiva no haya sido elaborada por el ministerio que se encarga de la salud pública. Pero más sorprende que la ministra de sanidad apoye, desde la barrera, una ley que permite matar a los seres humanos antes del parto y que lesiona la salud de la mujer.

Por si no fuera poca la responsabilidad de la ministra de sanidad, la ley que aplaude pretende obligar a la clase médica a cooperar para facilitar que una madre pueda exigir de los médicos que la ayuden a matar al hijo del que están embarazadas cuando sea indeseable y adiestrar a médicos y sanitarios en formación para que aprendan las técnicas homicidas del abortismo práctico. Y para colmo toma parte para imponer un modelo  de sexualidad que engaña sobre lo que es el “sexo seguro” -fomentando  la promiscuidad en la escuela y métodos antimaternidad- y sobre lo que es ese otro dogma político de la “identidad sexual” frente a lo que la comunidad científica no ha llegado a acuerdo ni para definirlo ni en la metodología para su evaluación.

La ignorancia científica de Bibiana Aido resultó patente cuando, en entrevista en la SER, afirmó que: “no existía evidencia científica de que un feto fuera un ser humano”. Se entiende que esta señora nunca ha estudiado Embriología Humana y puede que ni Biología General en la enseñanza secundaria. Trinidad  no demuestra menor ignorancia que Bibiana. De lo que sí parecen saber es de tácticas para no desarrollar la feminidad en su maxima expresión.

Ninguna de las dos es licenciada en medicina y sin embargo se arrogan la potestad; una, de elaborar leyes que afectan a la salud y a los médicos y, la otra, de consentirla sin crítica ni oposición en una clara dejación de funciones.

Ambas están marcadas por una ideología de partido de corte totalitario y ninguna tiene ni idea de ciencia, de educación sexual, de deontología, ni de ética médica, y tampoco mucha, visto lo visto, de ética política ni de prácticas de buen gobierno.

Pero Trinidad Jiménez no tiene excusa. Yo mismo, junto con otras tres  ginecólogas, entregamos en el ministerio de la Sra. Jiménez una copia del Código de Ética y Deontología Médica en vigor, junto con un video que demuestra la vitalidad, la realidad personal, y la corporalidad humana del ser humano en las etapas iniciales de su vida (enlace al video).

Este código, de obligado cumplimiento para todo médico (art 2.1), establece que el médico nunca causará la muerte ni aunque se le solicite (art 27.3), que el ser humano embriofetal debe ser tratado con las mismas directrices éticas que cualquier otro paciente (art. 24.1), que el médico es un servidor de la vida humana (art 23.1), que respetar la vida humana y la dignidad de la persona son los deberes primordiales del médico (art 4.1), que los médicos estamos dispensados de actuar si se nos exigen procedimientos que por razones científicas y éticas juzguemos inadecuados o inaceptables (art. 9.3) o que nunca perjudicará intencionadamente a un paciente ni actuará con negligencia (art. 4.4).

Las razones éticas y científicas que invoca el art 9.3 son precisamente las que hacen que todo el mundo esté de acuerdo en que  el aborto es una decisión desagradable y un trauma para la mujer. Trauma que daña su salud y le mata un hijo. Esas son la razones éticas y científicas (no religiosas ni ideológicas)  que impiden que un médico, que actúe conforme a la ética, perjudique intencionadamente a la mujer con una interrupción homicida de la gestación ni aunque ésta lo exija en una situación de presión o de depresión. Al contrario, estaremos favoreciendo la salud de la mujer si tratamos su depresión y hacemos un refuerzo positivo para evitar: que participe en la muerte voluntaria de su hijo, los riesgos físicos de un arrancamiento quirúrgico y los de un trauma postaborto.

Con el silencio administrativo nos respondió  Trinidad Jiménez, el mismo silencio cómplice y cobarde que ha mostrado haciendo dejación de funciones en defensa de la salud de las mujeres y de sus hijos ante una ley homicida contraria a la deontología médica y a los derechos fundamentales de sus administrados. Por aplastar bajo sus tacones la vida de los hijos, los derechos de padres y médicos y la dignidad de la mujer tampoco tiene perdón.

Esteban Rodríguez. Ginecólogo.

Por una Tierra Santa en paz y concordia

Con Simon Peres 1

“¡Jerusalén, Ciudad Santa! ¡Dichosos los que te amen! ¡Dichosos los que se alegren en tu paz!” (Tb 13, 9.14)

 

Con esta bellísima cita del bíblico libro de Tobías, quiero iniciar una humilde reflexión personal sobre el nuevo proceso de paz que parece haberse abierto con seriedad y responsabilidad en aquella tierra,  santa para las tres grandes religiones monoteístas y, paradójicamente, tan castigada a lo largo de la historia por la división, la violencia y la guerra.

 Aunque no hay un acuerdo entre los especialistas, uno de probables orígenes del topónimo “Jerusalén” (Jerusalem), hace referencia al término semítico arcaico “salem”, del que se derivarían los posteriores “shalom” y “salam”, vocablos que expresan, en hebreo y en árabe respectivamente, la paz y el deseo de la misma. Según esta etimología, la capital espiritual de Tierra Santa, la Ciudad Santa, está llamada a la paz desde su nacimiento. ¡Qué maldita ironía que aquella bendita tierra esté manchada con tanta sangre!

Me considero incapaz de comprender en todos sus detalles y profundidad el llamado “conflicto palestino-israelí”, pero desde el punto de vista de un sencillo observador cristiano católico, amante empedernido de aquellos entrañables parajes donde sucedieron todos los principales acontecimientos de nuestra fe, me produce una infinita tristeza que dos pueblos que se consideran a sí mismos hijos de Abraham, no hayan sido capaces, por el momento, de negociar alguna forma de convivencia que asegure una paz duradera.

Desde 1978, con los famosos acuerdos de Camp David, se han realizado multitud de intentos, con o sin mediación exterior, de alcanzar la paz, pero ninguno de ellos ha resultado eficaz y perdurable. No obstante, estoy seguro de que, excepto algunos fanáticos extremistas, causantes de muchos de los descalabros de los acuerdos, ambos pueblos necesitan y anhelan vivir en paz. ¿Tan difícil es ponerse de acuerdo para alcanzar un bien que todos desean? Lo dicho, jamás podré entender aquel conflicto que no parece tener fin.

El Primer Ministro Israelí, Benjamín Netanyahu, afirmaba ayer en su entrevista con su homólogo palestino, Mahmud Abbas, que la consecución de una paz duradera necesitará importantes e incluso dolorosas cesiones por ambas partes. Seguro que sí. ¿Pero, acaso no vale la pena asumir ciertas renuncias a cambio del fin de la violencia? ¿Pueden desear dos pueblos mayor bien que la paz, la concordia, el entendimiento y el fin de todo tipo de hostilidades?

Las conversaciones bilaterales que se han reanudado y que está previsto que se repitan cada quince días, son una nueva llama de esperanza. No me parecen descabelladas ninguna de las pretensiones de ambas partes. Los palestinos piden el cese de nuevos asentamientos y el desbloqueo de Gaza. Los ísraelíes quieren que se garantice su propia seguridad sin recibir más ataques. Creo que todo eso es negociable y posible.

En la foto, que no es un montaje, sino que es real, pueden ver a un servidor estrechando las manos de Shimon Peres, Presidente del Estado de Israel. Ya se imaginarán que no estoy sellando con él un acuerdo “en la cumbre”. Sólo fue una inesperada y agradable casualidad encontrarme con él en la terraza del Hotel King David de Jerusalén hace unos años, en el 2003 si no me equivoco. Conservo la fotografía, hecha todavía con una cámara de “carrete” fotosensible (no había aún digitales), como oro en paño.

Peres es uno de los pocos políticos de izquierdas que admiro, por sus constantes esfuerzos e iniciativas por alcanzar la paz. Por eso no dudé en acercarme a él para saludale y felicitarle. No sólo conseguí que sus escoltas me dejaran aproximarme y charlar un poco con él, sino que con la cara dura que me caracteriza, le pedí a uno de ellos que nos sacara la foto. Al venerable anciano, muy emocionado ante el hecho de que un sencillo españolito de a pie le conociera y admirara, se le humedecieron los ojos.

Shimon Peres ha apostado siempre por el diálogo como medio de resolver el conflicto. Estilo de hacer las cosas que le valió la concesión del Premio Nobel de la Paz en 1994, y que le costó la vida a su copartidario laborista Isaac Rabin, también Premio Nobel de la Paz y, además, Premio Príncipe de Asturias a la Concordia, que le fueron otorgados en el mismo año de 1994.

A la par que Netanyahu se reunía ayer con Abbas, con la mediación de Hilary Clinton, Peres se entrevistaba con el Papa Benedicto XVI y ambos manifestaron públicamente su confianza y esperanza en el nuevo proceso de paz, además de condenar toda forma de violencia y apostar por la satisfacción de todas las necesidades de ambos pueblos y por el diálogo interreligioso.

Yo también espero, de todo corazón, que de una vez por todas ambos pueblos puedan ver cumplidas sus legítimas aspiraciones y vivir para siempre en paz.

El indigno mercado de los valores

 

No se preocupen, no voy a hablar de economía, ni de las oscilaciones de las bolsas, ni de inversiones y cotizaciones. No voy a referirme a ese mercado de valores crematísticos del “parquet” bursátil, sino al mercado de otro tipo de valores, aunque relación tienen entre ambos. Voy a denunciar la banalización de los valores humanos, los valores éticos y morales, los valores culturales, que parecen haberse convertido en un producto más del mercado, cambiable y vendible según el interés del momento y al mejor postor.

El tema sobrepasa al pluralismo, que aboga por la tolerante aceptación de (casi) todos los valores; sobrepasa al relativismo, que niega la existencia de ningún valor universal o absoluto; y sobrepasa al positivismo, que propugna la libre creación de valores sin referencia a ninguna base natural o universal previa. ¿Pueden llevarse los valores humanos a un nivel todavía más bajo? Parece que sí. Es un hecho que los valores, para muchas personas –sobre todo públicas– han pasado a ser una simple moneda de cambio.

Todo esto suena a la famosa e irónica frase atribuida a Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”. Lo que el genial actor cómico tal vez dijo como una graciosa y aguda paradoja, para muchas personas ha pasado a ser una práctica común y corriente. La coherencia con los propios principios quizá siga siendo un valor para muchos, pero, ¿qué sucede cuando esos principios son sólo vacías declaraciones de intenciones que se pueden sustituir por otros al viento de los intereses de cada momento?

Algunos de los actuales “filósofos”, esos mismos que han contribuido a descalabrar las mentes de centenares de miles de adolescentes gracias a que sus libros son de obligada lectura y estudio en multitud de institutos, han hecho de su profesión un lucrativo negocio, renunciando al noble papel de trabajar “a la oferta” (proponiendo nuevos modelos de pensamiento que mejoren la vida humana) para dedicarse a filosofar “a la demanda”, es decir, vendiendo “razones” para sustentar ideologías preconcebidas.

Un valor tan precioso como la “autenticidad”, que alude al “ser uno mismo” y a la coherencia personal, ha sido puesto en crisis por estos pseudo-filósofos convertidos en bien pagados ideólogos. Alguno llega a ridiculizar la “autenticidad” con la burda afirmación de que no existe eso que llamamos “uno mismo”. Para ellos, la vida es, textualmente, como un baile de máscaras, una fiesta de disfraces en la que cada cual debe asumir el “uno mismo” que mejor le parezca en cada situación. ¡Qué pobre concepto del ser humano!

Los valores, las convicciones, los principios, los ideales, que constituyen el pilar desde el que se puede construir una personalidad propia y definida y un estilo de vida con razón de ser, sólo son ahora para mucha gente meras opiniones fugaces, tan mutables como una careta de carnaval. Es muy triste contemplar estas cosas en muchos jóvenes, que por naturaleza deberían ser calderos en ebullición, llenos de inquietudes por cambiar las cosas, por mejorar el mundo que les legamos. Y es indignante verlas en los servidores públicos.

Ya no se limitan a “cambiar de chaqueta” según soplan los vientos políticos. Ahora se cambian también la ropa interior. Antes estaban avezados en el feo arte del “donde dije digo, digo Diego”. La hueca posmodernidad les ha llevado más lejos o, mejor dicho, más bajo: “donde fui de tal forma, ahora soy de tal otra”. Así, de golpe, sin solución de continuidad, sin que tal cambio sea fruto de una maduración o evolución personal. Ahora me conviene “ser” así y, como me da la gana y me interesa, “lo soy” y punto.

Si antes era constitucionalista, porque me convenía, ahora me hago separatista, porque me conviene más. Si antes era antiabortista, porque en su momento me daba una identidad útil, ahora me hago el tonto con el aborto, porque me interesa más. Si antes disfrutaba viendo una corrida de toros, ahora me las doy de ecologista anti-fiesta nacional, sólo por eso, porque es “nacional”. Si antes creía que la educación es un ámbito en el que mandan los padres, ahora prefiero controlarla yo desde el poder. Y así con todo.

Con tanta incoherencia, los españoles vamos locos, despistados, perdidos. Cada vez sabemos menos a quién votar con cierta seguridad. Un convencido socialista vota al PSOE y se encuentra con que el programa electoral que secundó con su voto no se lleva a cabo y, en cambio, se malversa su voto para imponer multitud de graves temas que no figuraban en el programa. Un conservador vota al PP, creyéndolo portador de ciertos valores y luego se queda pasmado contemplando los vaivenes de sus políticos electos…

Es como comprar una entrada para la Traviata de Verdi y luego, al comenzar la función, ver que ponen en su lugar un concierto de Marilyn Manson. Lo peor es que muchos de los frustrados espectadores, ni abandonan el teatro, ni protestan, ni devuelven las entradas: se tragan el inesperado esperpento y vuelven a sacar entradas para la próxima función. Dicen que la democracia española es joven y que por eso falta determinación en el pueblo para actuar. Yo diría que más que joven, nuestra democracia es tonta del culo.

Yo no sé ustedes, pero por lo que a mí respecta, no pienso votar jamás a nadie que no me haya demostrado con hechos y de forma constante y coherente, que posee y ejercita los valores que considero esenciales. Como todo el mundo, quien escribe estas líneas comete innumerables errores, pero no se justifica cambiando sus principios, ni sus convicciones, ni sus valores. Puedo comprender, por tanto, que un político se equivoque. Pero jamás aceptaré que ninguno me tome por imbécil y malverse mi voto.

Los políticos –salvo honrosas y escasas excepciones- se han montado un Olimpo particular y han formado una casta privilegiada situada a años luz del pueblo. El “espectro político” se ha hecho irreconocible, con todos los colores mezclados en una confusa masa marrón. Tanto “transfuguismo axiológico” (de valores) hace imposible reconocer quién es quién, o quién será quién cuando le convenga. Hace falta en España una renovación política de tal calibre, que no sé si será posible. Lo que sí sé es que hay que luchar por ello.

Ellos verán. La gente no es tan estúpida como ellos piensan. Aletargada, eso sí, pero no idiota. Poco a poco, el pueblo (omito deliberadamente el término “ciudadanía”) se va dando cuenta de que los políticos y la política ya no van con él, sino que siguen su propio “rollo”, basado sobre todo en hacer cuanto sea necesario para perpetuarse a sí mismos en el poder. Ve cómo sólo las minorías que les bailan el nano son atendidas de forma privilegiada. En resumen: el pueblo comienza a estar hasta las narices.

Ante la percepción de tanto mercantilismo con los ideales, los principios y los valores, cada vez más descarado, puede suceder cualquier cosa, desde la continuidad de un resignado conformismo mientras todo se derrumba solo, hasta una revolución que lo eche abajo por la fuerza. Espero que no suceda nada de esto. Confío en que el pueblo español sepa demostrar lo que en verdad vale y sea capaz de echar fuera del poder, con su derecho al voto, a toda esa recua de indignos charlatanes que lo creen suyo para siempre.

(Publicado en Análisis Digital el 29-09-2010)

Los abuelos y la educación de los nietos

Yayo y nietos (En la foto, mi padre, con 79 años, hablando con tres de sus nietos, de 15, 16 y 17 años, sobre cómo aprender a ser adultos sin dejarse manipular) 

 

“Evoco el recuerdo de la fe sincera que tú tienes, fe que arraigó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y sé que también ha arraigado en ti”.

(II Tim 1, 5)

Estamos en una cultura –ya no sé si llamarla contracultura– muy cruel con los ancianos, por mucho que el neolenguaje creado por los gobernantes huya de la palabra “vejez” para cambiarla por “tercera edad” y del término “viejo” para sustituirlo por “persona mayor”. Todos sabemos que en una sociedad como la nuestra, en la cual el valor de las personas está en función de su eficacia productiva, aquellos individuos cuyo vigor ya entra en la fase de declive interesan muy poco. Se les considera una carga social inútil y más bien molesta. Por mucho que se esconda tras otros argumentos, la eutanasia, próximo paso en el avance de la cultura de la muerte, está relacionada de forma muy estrecha con esta desgraciada concepción de la vejez.

Que nadie se engañe con las medidas del gobierno respecto a la prolongación de la edad de jubilación. El argumento oficial es que ha aumentado la esperanza de vida saludable, lo cual es cierto, y que hoy en día una persona de 65 años todavía suele estar en plenas facultades para el trabajo. Muy bonito, pero no creo que a nadie se le escape que tal medida, además de taponar la imprescindible entrada de los jóvenes en el mundo laboral, necesaria para abrirse paso en la vida adulta e independiente, no es más que una forma “in extremis” de reducir el gasto social de un Estado arruinado, gobernado por personajes ineptos para generar riqueza, paliar los efectos de la crisis económica y sostener el sistema de pensiones de jubilación.

Un sucinto repaso a los datos demográficos oficiales del INE, nos indica que nuestra pirámide poblacional está insosteniblemente invertida y envejecida. Es una realidad que la proporción de ancianos aumenta, lo cual no es ningún problema, ni mucho menos. El verdadero y gravísimo problema está en que no nacen suficientes niños para equilibrar la balanza. Nuestros mayores merecen todo nuestro respeto, nuestra gratitud y nuestra admiración. Su lugar y función en la familia y en la sociedad es imprescindible. Es una aberración y una insensata pérdida que sean con tanta frecuencia relegados a segundos o terceros planos, aparcados en residencias y abandonados a la soledad. Algo tan moralmente indigno es, además, una lastimosa pérdida social.

Hemos avanzado técnicamente de forma vertiginosa, pero al parecer, no mucho en humanidad. Las sociedades primitivas sabían reconocer el valor de sus mayores mucho mejor que las modernas y posmodernas. La veteranía era un grado. La sabiduría que otorga la experiencia de una larga vida era considerada de tal valor, que los ancianos, cuando no eran los dirigentes directos de los pueblos, eran al menos respetados consejeros. El término “senado” viene de una raíz latina que significa “anciano”. Lo mismo que la palabra “presbítero”, esta vez de origen griego, usada por la Iglesia para designar a los ministros con “segundo grado” de participación en el orden sacerdotal, por encima de los diáconos y por debajo de los obispos.

A los ancianos se les asignaba también un papel esencial en la educación de los jóvenes. Los primeros esbozos de la “escuela” fueron los grupos de niños y adolescentes que se reunían en torno a los venerables ancianos de los primitivos clanes para recibir de ellos todo tipo de enseñanzas, la sabiduría acumulada por su pueblo. La curiosidad infantil y el inquieto ardor juvenil se combinaban a la perfección con la serena autoridad de los más viejos, para producir un hecho educativo de altísimo valor para todos. Hoy en día, toda esta riqueza casi se ha perdido por completo. Los abuelos son “utilizados” como meros canguros mientras se valen para ello y, cuando les fallan sus facultades, son apartados de en medio sin contemplaciones.

Desde luego, hay abuelos que no cumplen bien su misión y se entrometen en la vida conyugal y familiar creando más problemas, conflictos e inseguridad que otra cosa. Pero son los menos. En realidad, el papel de los abuelos, en aquellas familias que todavía saben respetar su lugar, suele ser magnífico, sobre todo en relación con sus nietos. Enumerar todos los beneficios educativos de una buena relación entre ambas generaciones, sobrepasa con mucho la extensión aceptable de un simple artículo. Resumiré mucho, por tanto. Para empezar, afirmaré que el papel de los padres y de los abuelos, lejos de entorpecerse, se complementan y se necesitan entre sí.

La función y la consiguiente responsabilidad de la crianza y educación de los hijos recae, de hecho y de derecho, sobre los padres. Los abuelos tienen bien ganado el derecho a “descansar” de esa tarea que ya hicieron con sus hijos. Dicho en otras palabras, pueden e incluso “deben” permitirse el lujo de ser prudentemente “consentidores” con sus nietos. Si los padres saben estar en su sitio, son ellos quienes detentan la autoridad y quienes deben imponer límites y normas. Los abuelos actúan entonces como factor suavizador que ayuda a dar equilibro a la balanza educativa familiar. Eso sí, no deben desautorizar jamás a los padres, menos aún delante de los nietos.

Otra importante ganancia educativa que proporcionan los abuelos es la curiosa capacidad que tienen para establecer relaciones de complicidad -en el mejor sentido de la palabra- con los nietos. Es curioso que muchos adolescentes tengan más confianza para hablar de ciertos temas con sus abuelos que con sus padres. Es como si las barreras generacionales padres-hijos no funcionasen igual entre abuelos-nietos. Los abuelos suelen tener un “sexto sentido” para detectar problemas y estados de ánimo que tantas veces se escapan a los padres. Y los jóvenes parecen intuir que la sabiduría y la comprensión de sus abuelos va a serles de especial utilidad.

Los abuelos, además, son los “historiadores” de la familia. Quizá comiencen ya a no recordar bien los hechos recientes, pero se acuerdan a la perfección de toda la historia familiar. Las “batallitas” que con harta frecuencia enervan a sus hijos, son acogidas con insaciable curiosidad por los nietos, ávidos de conocer detalles de sus ancestros y encontrarse inmersos en una larga historia llena de acontecimientos sorprendentes e interesantes personajes desconocidos. A esta “memoria histórica” hay que añadir la transmisión de los saberes de la experiencia y los contenidos y valores de la tradición cultural familiar, algo que los abuelos saben hacer como nadie.

Por último, y a sabiendas de que apenas he rozado el tema, he de destacar la fantástica labor que pueden desarrollar los abuelos respecto a la educación en la fe de sus nietos, especialmente en esta generación repleta de padres medio herederos de aquel mayo del 68 francés, que apenas tienen fe y cuya cultura religiosa suele ser deplorable. Una labor cuyos ecos se reflejan tan bien en el fragmento de la Segunda Epístola de San Pablo a Timoteo que encabeza este artículo. Los abuelos no deben saltarse la voluntad de los padres sobre estos aspectos de la educación pero, a poco hueco que les autoricen, están llamados a transmitir la fe a sus nietos. Será su mejor herencia.

Publicado en Análisis Digital y reproducido en Perfiles.

Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis

 

“Le presentaban a unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios”

(Lucas 10, 13-16).

Este breve y conocido pasaje bíblico, que se repite en los tres evangelios sinópticos (San Mateo, San Marcos y San Lucas) casi sin variaciones, es tan revolucionario para su época, como exigente para todas. Presenta una situación en la que Jesús, como hombre verdadero, se enfadó. A ver si vamos dejando en el olvido las estampitas y los falsos conceptos de un Jesús que sólo era Dios, y un Dios melifluo y blandengue, además. Dios es Amor. Jesucristo también. Por eso mismo, porque nos ama infinitamente, se enfada y mucho cuando un ser humano, más aún un niño, es denigrado.

No es un torpe antropomorfismo aplicado por mí a Dios. A Dios nadie le ha visto nunca. Es el Hijo quien nos lo ha dado a conocer. Jesucristo es la imagen de Dios, Dios mismo entre los hombres. Y si Jesucristo se cabrea, nos revela un profundo trastorno en los planes salvíficos de Dios. ¡Mucho cuidado con los enfados de Jesucristo, porque detrás de ellos hay siempre una realidad muy, pero que muy seria, en la que van a haber consecuencias! Cuando Dios, “se enfada”, es porque algo muy grave e importante está en juego.

No es que Dios castigue “a los malos” –precisamente a quien corrige es a sus queridos hijos– porque el pecado es un desorden que acarrea su propia paga, sus consecuencias naturales. Cuando Dios “diseña” al Hombre, afirma hacerlo “a su imagen y semejanza”. Dios es Amor, ese es su corazón, su más íntima esencia. Por eso es Trinidad, es decir, familia, comunidad, tres personas en un solo Dios. Y por eso es creador, porque el amor siempre es expansivo, exige que exista el otro para poder amarlo. Con esa imagen hemos nacido.

La llamada “ley natural” –ya condenada por la dictadura de lo “políticamente correcto” impuesta a su gusto por el laicismo radical– es el reflejo del Dios-Amor a cuya imagen y semejanza hemos sido creados. Con la única excepción de los enfermos de psicopatía, todos los seres humanos saben y sienten, por ejemplo, que matar es objetivamente siempre malo. Subjetivamente pueden exhibirse diversos atenuantes o incluso eximentes, como la legítima defensa, pero el hecho de destruir una vida siempre es una acción indeseable.

Jesucristo, en el pasaje citado, no da un consejito o una sugerencia, sino una “orden directa”: “DEJAD QUE LOS NIÑOS SE ACERQUEN A MÍ… NO SE LO IMPIDÁIS”. Y no la pronuncia con una sonrisita en la boca, sino enfadado. Está irritado porque alguien está tratando de impedir algo que, para los amorosos planes de Dios con la Humanidad, es de capital importancia. Con su disgustada actitud y su tajante mandato, expresa que todo intento de apartar a los niños de Él, toda pretensión de entorpecerles el acceso a su persona es MUY GRAVE.

En nuestros días, sufrimos toda una batería de normas, acciones y omisiones que desacatan directamente este mandato. La ofensiva del laicismo radical aupado al poder, va a por los niños y está empeñada en impedir a toda costa que se acerquen a Jesucristo, que conozcan a Dios. Saben que los pequeños de hoy serán los adultos del mañana, saben que están en las edades más dúctiles, en su etapa vital más plástica, más permeable a la influencia de la educación. Y tratan de manipularlos a través de ella.

El plan está perfectamente trazado. Comenzaron implantando una “reforma educativa”, legislada progresivamente en la trilogía LODE-LOGSE-LOE, que ha dejado tras de sí una generación (ya casi dos) de analfabetos funcionales que nos avergüenzan ante Europa. Continuaron relegando la formación religiosa al plano más ínfimo posible dentro de los currículos escolares. Dieron un paso más, absolutamente decisivo, con la Educación para la Ciudadanía, con la cual abrieron la puerta al adoctrinamiento laicista estatal.

Muchos quisimos advertir del peligro que suponía dejarla introducirse en las escuelas, por muy disfrazada que la presentaran bajo títulos vistosos y aceptables. No se nos hizo caso. Unas decenas de miles de padres supieron ver el caballo de Troya que nos estaban colando en las escuelas. Millones no lo vieron venir, entre otras cosas, porque desde los mismos colegios –incluidos muchos centros católicos– se les puso una venda. La lucha objetora aún no ha terminado, pero el daño ya causado es irreversible.

Mientras los recursos judiciales de los objetores siguen adelante su largo itinerario, que en estos momentos ya ha llegado al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, ellos siguen con su plan. Ahora han conseguido sacar adelante su ley de aborto libre. No pierdo toda esperanza, pero dudo que el TC, que no la ha suspendido cautelarmente sabiendo que las consecuencias de su aplicación son mortalmente irreparables, luego resuelva a favor de los recursos, pues ello les haría responsables de las mismas.

En dicha ley han querido aprovechar la ocasión para dar otro paso adelante en su proyecto de llevar su ideología laicista al ámbito educativo. El mortífero contenido de la ley, junto con toneladas de pornografía más allá de lo imaginable, deberá formar parte de los currículos escolares. Ya hay un ejército de miles de profesores “cualificados” para impartir esos temas conforme al diseño de sus creadores. Además de esta nueva intromisión escolar, todos los estudiantes de medicina deberán aprender a practicar abortos…

El próximo paso para alejar a la infancia de la fe y la moral cristianas, e incluso de los más preciosos valores de la civilización laica, será la publicación a toda prisa, antes de que el ya casi defenestrado Zapatero desaparezca del poder por su inutilidad absoluta frente a la crisis, de la “ley de libertad religiosa”, expresión de la neolengua socialista radical que no significa otra cosa que “ley de mordaza a la Iglesia Católica”.  No quieren dejar que ni los niños, ni nadie, se acerquen a Jesucristo, ni a Dios, sino tan sólo a su ideología antitea.

Entorpecer el derecho constitucional de los padres a escoger la educación que desean para sus hijos, limitar la libertad de expresión pública de la fe cristiana, bloquear cuanto puedan la evangelización, es impedir que los niños se acerquen a Jesucristo. Pero no saben con quién se enfrentan. Ignoran que luchan nada menos que con un Jesús enfadado, que ha ordenado: “NO SE LO IMPIDÁIS”. Dios es Amor y sin duda tendrá misericordia de ellos, pero las consecuencias naturales de este fatídico desorden van a salirles muy caras.

Publicado en Análisis Digital

 

 

 

“La Roja” y la “neolengua”

 

Es inevitable. Hoy todos los graves problemas que nos tienen rodeados pasarán durante unas horas a segundo plano. También nos hace falta, ¡qué caramba!, un poco de descanso físico y mental y un poco de distracción y entretenimiento. Sólo un poco, que no está el patio como para dejarse distraer demasiado con el circo del césar. Pero, disfrutémoslo sin complejos y con pasión. Mañana seguiremos con los verdaderos problemas de nuestro país, espero que con renovadas fuerzas. Hoy, todos a animar a nuestra selección española de fútbol, que se juega contra la selección alemana (durita ella) el pase al encuentro final contra la holandesa, que sería pan comido.

Será deformación “profesional”, aunque no soy periodista sino pedagogo, pero no puedo ni quiero resistir a la tentación de comentar un hecho que, de tan torticero y repetido, me tiene hasta las narices. Habrán leído en el párrafo anterior que he dicho “selección española”. Así se llama el equipo que hoy va a captar la atención de millones de compatriotas. Por mucho que se hayan empeñado en llamarlo “La Roja”, en un nuevo ejercicio de distorsión nominalista de la realidad, es decir, de modificar la realidad cambiándole el nombre a las cosas. Otra manifestación de la “neolengua” que nos imponen implacablemente día tras día los ingenieros sociales del “nuevo orden”.

“Neolengua”, una creación típica de los regímenes totalitarios, proféticamente anunciada y denunciada por George Orwell en su magistral librito “1984”.  Una “neolengua” que destruye palabras para ocultar realidades y crea otras para inventarlas. Una descarada manipulación del lenguaje para encubrir errores, para rehacer la historia a su gusto, para cambiar la percepción de la realidad que tienen las personas, para implantar ideologías dominantes reduciendo al mínimo la oposición, para construir una “nueva realidad” a imagen y semejanza del tirano. Una maquiavélica habilidad en la que los regímenes socialistas radicales han demostrado ser auténticos maestros.

Los ejemplos son innumerables y han sido expuestos en numerosos artículos y ensayos. El ejemplo más reciente, el nombrecito aparentemente “inocente” que le han colocado a la nueva ley de aborto libre: “Ley Orgánica de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo”. Ya ven, ahora a asesinar a seres humanos inocentes en el seno de sus madres se le llama “salud”. Y el homicidio es “interrupción”, palabra que significa detener algo que luego puede ser reanudado, cosa que, evidentemente, no ocurre con el aborto. Abortar es matar y la muerte es irreversible. Más mentiras por centímetro cuadrado, imposible.

Otro ejemplo, menos cruento, pero claramente tendencioso, es eso de llamar a nuestra selección “La Roja”. Parece algo inocente, inocuo, simpático incluso. Pero, de eso nada. Tiene una carga ideológica de hondo calado, que nada tiene que ver con el color habitual de la camiseta de nuestros jugadores. El espíritu de unidad nacional que inspira un campeonato del mundo molesta a los empeñados en partir en pedazos nuestro país y nuestra Constitución. O a los interesados en repelar los votos de esos empecinados secesionistas. La palabra “España” y sus derivadas están siendo empujadas, como quien no quiere la cosa, a la mazmorra de lo políticamente incorrecto.

Eso de que, cuando juega la selección española, gentes de todas las comunidades autónomas, a millones, pongan banderas de España en los balcones, se envuelvan con ellas o se las pongan como capas de mosquetero, no hace gracia a los inquisidores gubernamentales, aunque se lo tienen que tragar por ser un asunto de masas. No te digo lo de pintarse la cara, las manos, el pelo y lo que haga falta, de rojo y gualda. Estos momentos de euforia españolista que provoca la selección española, o los éxitos de Pedrosa, Nadal y otros españoles, no les gustan. Necesitan recurrir a la “neolengua” para paliar tan “perjudicial” efecto aglutinador.

Por eso se han sacado de la manga lo de “La Roja” y han inundado los medios de comunicación bajo su control y contagiado a otros con la puñetita de “La Roja”. España es “la Roja”. ¿Qué afortunada coincidencia para el rojerío, no les parece? El socialismo y el comunismo son rojos. Sus banderas, con puño y rosa o con hoz y martillo, son rojas. El ejército republicano eran “los rojos”. El polvoriento libro de Mao era “rojo”. La plaza principal de Moscú, centro de la antigua Unión Soviética, es (o era) la “plaza Roja”. Ahora, la selección española de fútbol es “La Roja”. Rojo por todas partes. Mal color han escogido mis amigos de DAV, aunque significativo del aborto sí lo es.

Conste que nada de esto disminuye mi amor por mi patria chica, por Valencia y por la Comunidad Valenciana, en la que nací, en la que he vivido y en la que pienso seguir viviendo hasta mi último aliento. Sucede que me cuesta más restar que sumar, dividir que multiplicar. El proyecto común llamado España, como el llamado Europa, no empequeñece ni estorba para nada el proyecto llamado Valencia. Todo lo contrario. Pertenecer a algo más amplio, España, Europa, nos hace aún más grandes. Encerrarnos detrás de nuestras reducidas fronteras sería una completa necedad, pues si algo sobra en este mundo son fronteras, límites, divisiones y separaciones.

Así que, guste o no guste a los que desprecian la Constitución, nada de “La Roja”. Hoy juega la selección española, con camiseta roja y pantalón azul, porque es de todos. Hoy, los españoles, aunque el fútbol no entusiasme a algunos, debemos animar a España. Fíjense en los marcadores. Cuando goleemos a los alemanes: no dirán “Alemania: 1, La Roja: 3”. Dirán “Alemania: 1, España: 3”. ¡Hala, venga, quien no haya colocado ya en su balcón la bandera nacional (mejor con crespón negro por los seres humanos aniquilados por el aborto), que la ponga ya! Sin complejines. Con orgullo. Porque hoy nuestra selección juega y se la juega. ¡A ganar, muchachotes!

Malos tratos espirituales

 

Comprendo y respeto el hecho de que existan personas que no creen en Dios. El mismo San Pablo afirma que “la fe no es de todos” (Efesios 2, 8), lo cual no quiere decir que Dios se la niegue a nadie, sino que es un don suyo que unos conocen, asumen y secundan desde su libertad y otros no. Comprendo y respeto igualmente a los que no se sienten unidos a la Iglesia Católica (u otras iglesias cristianas). Me sabe mal que tantas personas se pierdan la maravilla que es la vivencia de la fe cristiana y sólo eso me mueve a la evangelización y a dar razón de mi esperanza, lejos de todo afán proselitista. Siento el deseo de compartir con los demás un bien tan precioso, nada más.

Muchas personas “creen” que Dios no existe, aunque tan difícil es demostrar eso como lo contrario. Ya sé que la “carga de la prueba” corresponde a quien asegura que algo o alguien existen. No voy por esos derroteros. Sólo quiero decir que a mí no me convencen las demostraciones racionales, sean ateas o teístas. Que me perdonen los convencidos de unos u otros argumentos, pero en mi mente científica todos se deshacen sin remedio. Si soy cristiano católico es porque he tenido en mi vida experiencias palpables de encuentro personal con Dios. Sólo a partir de esas vivencias de fondo he podido comprobar que la fe en modo alguno está reñida con la razón, sino que se complementan.

Lo que estoy diciendo es a título personal, sin arrogarme la representación de nadie. De hecho, me puede ocasionar algún “tirón de orejas” por parte de los doctores de la Iglesia. No quiero en modo alguno contradecir a San Pablo: “Lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras” (Rom 1, 20). Tampoco soy tan fatuo como para colocarme por encima de sabios como Aristóteles, Platón, San Anselmo, Santo Tomás o Descartes, que elaboraron sugestivas demostraciones. Sólo estoy reconociendo mi propia incapacidad para dar por definitivos sus argumentos. ¡Ojalá pudiera! Menos aún me valen los sofismas ateos tipo Nietzsche.

También comprendo y respeto a los agnósticos, que abandonan las diatribas sobre la existencia de Dios persuadidos de que no hay forma racional de estar seguros de nada en los asuntos metafísicos. Siguiendo con los “comprendo y respeto”, añadiré lo mismo respecto a quienes se han apartado o no han llegado a la fe escandalizados por acciones pasadas o presentes de los creyentes que, aun con numerosas y honrosas excepciones, damos un pobre testimonio. Muchas veces sus juicios son meros prejuicios, generados por información deformada. Otras veces tienen razón, pues somos un desastre. Te pones a buscar a personas que vivan de verdad el Evangelio y…

Aquí se acaban mis “comprendo y respeto”. El siguiente escalón no lo admito ni en broma. Me refiero al empeño de los laicistas radicales en arrancar de la cultura y de las personas todo resquicio de fe, en especial si es católica. Voy a llevar el argumento al extremo: aunque Dios no existiese, la creencia en él ayuda a vivir a miles de millones de personas. Decía Voltaire, nada sospechoso de “cirio”, que “Si Dios no existiese, habría que inventarlo”. Exceptuando los fanatismos y las neurosis religiosas, que no son la fe, sino deformaciones o patologías de la misma, la religión ayuda al bien-estar y al bien-hacer de las personas. Y ayudando a las personas, lo hace a toda la sociedad.

Creer en Dios de un modo firme y sano no perjudica a nadie. Muy al contrario, favorece el equilibrio personal, impulsa conductas responsables, constructivas y altruistas, consuela en los momentos trágicos de la vida, es un agarradero existencial ante el absurdo aparente con el que ocurren las cosas. Es verdad que, por desgracia, muchas veces se ha instrumentalizado la religión para justificar guerras y otras formas de violencia, lo cual es intolerable de todas todas. Pero no es así la fe de la mayoría de los creyentes. Fanatismos aparte, la fe es un inofensivo y poderoso auxilio, además de un brioso motor para adoptar un estilo de vida generoso, solidario y benevolente.

¿Qué hay de malo, por ejemplo, en que una persona que ha perdido a un ser querido tenga el consuelo de la fe, que atenúa su dolor al pensar que la separación es sólo temporal y que la persona amada ha pasado “a mejor vida”? ¿Qué inhumana justificación asiste a los guerrilleros laicistas a robarle ese bálsamo a una persona sufriente? ¿Qué diabólicas razones les empujan a utilizar su maquinaria mediática para realizar un macro-proyecto de ingeniería social cuyo objetivo es erradicar la religión? Dicen que no quieren quitarla del ámbito de lo privado, sino sólo de lo público. ¿Y cómo puñetas van conocer las personas la fe si a ésta se le coarta su libre expresión y difusión pública?

Hay muchas formas de crueldad en este mundo, muchas formas de violencia y de maltrato. Todas ellas repugnantes e inadmisibles, sin excepción. Pero no sólo existen los malos tratos físicos (golpear, matar, privar de alimentos o medicamentos…) y los psíquicos (vejar, despreciar, amenazar, causar terror, abandonar a la soledad…). La “progrecracia” laicista dominante ha inventado y practica con fanática devoción una nueva forma de violencia, quizá la más terrible de todas: el maltrato espiritual. ¿Qué otra cosa es arrebatarle a la gente el consuelo, los ánimos, las esperanzas y los motivos para vivir que proporciona la fe? Es un crimen contra la Humanidad.

¿Ignoran, además, la inmensa labor que realiza la Iglesia a favor de los más pobres y necesitados, atendiendo a seres humanos que la sociedad apenas se atreve ni a mirar por el horror que les produce? ¿Es que no saben quién está cuidando con desinteresado cariño a los enfermos terminales de SIDA, o a las personas con graves deformidades, o a los hambrientos que siguen en aumento por la incompetencia del Gobierno para paliar la crisis? ¿Desconocen que la labor social de la Iglesia ahorró, sólo en 2008, 30.000 millones de euros al erario público? ¿Qué pasa con el incansable y arriesgado trabajo que miles de misioneros siguen realizando en el olvidado “tercer mundo”?

¿Tan satisfechos están esos verdugos de almas de su pueril y egoísta práctica de satisfacer “legalmente” sus caprichitos, con la cara dura añadida de adornar su juerga particular con alusiones a la solidaridad, la libertad, la igualdad y otros preciosos valores que ellos mismos han convertido en basura? ¿Tan orgullosos están de sus “conquistas”, que se sienten autorizados a robar a la gente unas creencias que no hacen daño a nadie y que les alivian en sus sufrimientos y les animan a seguir viviendo? ¡Qué horrorosa violencia la que ejerce a sus anchas esa banda de terroristas espirituales que, para más inri, se autocalifican como “no-violentos”!

De la diosa razón al dios instinto

 

La sociedad noroccidental moderna creyó haber superado épocas anteriores de infantilismo y haberse hecho adulta “matando” a Dios, prescindiendo de Él. Entronizando a la “diosa razón” en Notre Dame, los iluministas franceses creyeron haber hallado “la luz”, que consistía en abandonar toda tutela sobrenatural para asumir el Hombre –centro y razón de todas las cosas– la tentadora autonomía moral. El trío de grandes falsos profetas del S. XX, Marx, Freud y Nietzsche, terminaron la faena. La modernidad quiso ser la era de la razón, la ciencia y la técnica, la realización definitiva del “homo sapiens”.

Karl Marx, no sólo proclamó un ateísmo filosófico –léase materialismo– sino que calificó a la religión como un instrumento de los poderosos para mantener oprimido al pueblo, un “opio” creado con el objetivo de suscitar conformismo. Sigmund Freud, desde su libidinosa teoría psicoanalítica, redujo la religión a una forma de neurosis y Dios pasó a ser una pueril creación mental, una proyección del “super-ego”, un modo enfermizo de capear las frustraciones. Friedrich Nietzsche, arrasó con sus sofismas y arrastró con su sugestivo vitalismo, pregonando un “super-hombre” dueño del bien y del mal.

La iconoclasta modernidad se propuso derribar dioses, religiones y morales. Se le hizo creer al Hombre que era capaz, con su razón, de construir su propio paraíso y su propia “salvación”. Fue la época del “self”, del “auto”: auto-realización (hacerse realidad a sí mismo), auto-poiesis (construirse a sí mismo), auto-nomía (darse normas a sí mismo). Las pujantes ciencias y técnicas auguraban la pronta solución de todos los problemas. Pero este “sueño de la razón” produjo monstruos, otro tipo de “autos”: las autocracias (estalinismo, nazismo…) Y, para más inri, no ha solucionado nada en verdad importante.

La prometedora tecnología sólo ha conseguido una paradoja: nos ha hecho la vida más cómoda con todo tipo de inventos y artefactos, al mismo tiempo que ha inventado otros cada vez más eficaces y potentes para matar. Un sinsentido que decepcionó y desencantó a la Humanidad, cuya fe en la bondad de la técnica quedó ahogada tras sufrir dos terribles guerras mundiales. La ciencia, despojada del “lastre” de la conciencia, ha descubierto muchas cosas, ha logrado curar graves enfermedades, pero ni la injusticia, ni el hambre, ni la violencia, ni la maldad han sido erradicadas, sino más bien todo lo contrario.

La entusiasta orgía de guiarse a sí mismo con la razón, que embarcó a toda una generación en una ola de optimismo salpimentada con una falsa sensación de madurez,  libertad y progreso, se ha esfumado como “smoke on the water”. Las respuestas siguen “blowin’ in the wind”. “El futuro ya no es lo que venía siendo”, lamentaba el optimista Arthur C. Clark. Las ideologías sufrieron el crepúsculo implacable del fracaso. El impulso contestatario juvenil de la flor en el cañón se evaporó entre nubes de cáñamo indio. La fiesta ha sido un fraude. La posmodernidad es la resaca de aquella borrachera.

Si el modernismo fue la era de la razón, el posmodernismo lo es del instinto. El fracaso de la idolatría de la razón ha obligado a buscar nuevas brújulas. Pero, por lo visto, la Humanidad todavía no ha aprendido la lección, aún no ha sufrido bastante como para recular y retomar con humildad sus raíces perdidas, su despreciada piedra angular, y sigue sin admitir su “heteronomía”, su óntica y existencial dependencia del Otro. El hijo pródigo sigue buscando unas míseras algarrobas fuera de la casa del padre. Es la terrible trampa del orgullo, de la soberbia, que empuja a “huir hacia delante” a cualquier precio, a no reconocer los propios desvaríos, a no rectificar ni por saber morir.

Destronada la razón, al Hombre posmoderno sólo le quedan los instintos para seguir en su empeño por auto-dirigirse. Ignora que la recta razón libera, pero el instinto esclaviza, nos devuelve a la condición de animal irracional no-libre. En su ya extrema necedad, la Humanidad posmoderna trata de “liberar” los instintos llamándolos “derechos”. Ante el naufragio de la modernidad, la consigna es “sálvese quien pueda”. Que cada uno se “busque la vida”. El positivismo jurídico radical que se ha impuesto legaliza los caprichos, convengan o no al bien común, y cada cual “a su marcha”, sin más.

El saber se ha quedado en opinión. La moral en apetencia o conveniencia. La ciencia se ha sometido al servicio de la técnica y ésta a las órdenes de la maquinaria productiva, que crea y recrea sin cesar un consumismo demencial que genera necesidades innecesarias y vende caros sus espejismos de felicidad. La catástrofe económica que amenaza nuestro “bienestar” es hija de ese hedonismo desbocado, tan inmoral como irracional. La felicidad se ha rebajado a divertirse, darse gusto. Para ello hay que consumir y eso cuesta dinero. ¡A por él, caiga quien caiga! Ahí tienen “la crisis”.

A las lenguas llamadas “muertas” porque no se hablan, habrá que unir las “ciencias muertas” porque no producen. Las más nobles tareas humanas se han quedado sin “telos” o fin último. Se educa, por ejemplo, sin cimientos antropológicos, sin un modelo de persona al que es deseable llegar. A los jóvenes se les enseñan “competencias” para insertarse en el engranaje empresarial y poco más. El tipo de persona que lleguen a ser da igual, que sean como quieran o puedan, “no es nuestro problema”. Estamos, quizá por vez primera en la Historia, en una cultura sin “paideia”, sin un ideal educativo.

Vivimos en un mundo en el que no paramos de hacer cosas, pero en el que ya no sabemos ni el por qué, ni el para qué de la mayor parte de ellas. Ya no hay principios ni fines, sino sólo objetivos a corto plazo. Del futuro se habla mucho, pero importa poco, por eso nos estamos cargando el planeta y suicidándonos cultural y demográficamente sin que se nos altere el pulso. Sólo queda el “carpe diem”, el disfrutar al máximo del hoy, más no en un sabio sentido bíblico, sino en la zafia versión de darse el mayor gusto posible y evitarse todo el disgusto que se pueda a costa de lo que haga falta, sin miramientos.

La posmodernidad va a traer mucho sufrimiento, porque vamos a tocar fondo. Hemos roto las tablas, nos hemos atiborrado del fruto prohibido. Y eso mata. Pero terminaré con un soplo de esperanza, porque Dios existe y conduce la Historia. Dios es, está y estará. Hay un sentido último para todas las cosas. Vale la pena creer, vale la pena razonar y vale la pena conjugar sendos dones de Dios para vivir en armonía y plenitud. Como profetizó Juan Pablo II, el tercer milenio va a tener unos comienzos muy difíciles, pero tras ellos surgirá una Humanidad nueva, que habrá aprendido a vivir en paz, justicia y libertad.

(Publicado en Análisis Digital el 09-06-2010)

(Reproducido en los blogs Perfiles y Almudi.org)

 

Sobre el anteproyecto de ley de autoridad pública del profesorado en la Comunidad Valenciana

 

En principio, esta iniciativa legislativa del Consell de la Comunidad Valenciana, en consonancia con otra muy parecida de la Comunidad de Madrid,  me parece correcta y necesaria. El maestro, en su importante función social, debe recuperar su estatus de autoridad y merece cuantas normas garanticen el respeto a su persona, trabajo, integridad y seguridad jurídica. Así pues, como es mi costumbre alabar lo que me parece positivo, tanto como fustigar lo negativo, felicito desde aquí al Gobierno Valenciano por su anteproyecto.

Ahora vienen los “peros”:

No es del todo acertado lo que ha dicho el Conseller afirmando que la mejor forma de afrontar los conflictos entre las familias, los alumnos y el profesorado sea “la consideración de esta ley”. La autoridad, como ya he explicado someramente en mi anterior post y, con cierto detalle, en otra entrada que publiqué hace meses, no se adquiere sólo por la fuerza de la norma. Es más, lo impuesto “por obligación” muchas veces produce el efecto contrario.

La autoridad que va a potenciar esta ley es sólo la “potestas”, es decir, la potestad o poder que se asigna formal y oficialmente a un determinado cargo, para poderlo ejercer. Pero es una autoridad externa al maestro, impuesta desde fuera de él y desde fuera del aula por imperativo de la ley. ¿Es necesaria? Desde luego que sí, pero de ninguna forma es suficiente si, más allá de la protección jurídica del personal, pretende mejorar la educación.

La verdadera autoridad, la que sirve para educar además de para “poner orden”, es la “auctoritas”, esto es, la autoridad que alumnos y padres conceden de forma espontánea a quienes saben conquistarla con su “maestría” o dominio de su rama del saber, con la calidad humana de su persona, con la integridad de sus actitudes, con la admiración y el respeto que emanan de su personalidad, del amor por su profesión y por sus alumnos.

Esta última forma de autoridad moral, que es imprescindible para todo educador, no se puede imponer ni garantizar por ley alguna. Sólo la posee aquel que se la ha ganado con su dedicación, esfuerzo y constancia, aquel que, en su conducta cotidiana, refleja una personalidad que atrae y que suscita el respeto y la emulación en sus alumnos. Reforzando sólo la “potestas”, no se garantiza que nadie sea un buen profesor.

Sin la “auctoritas”, sin la autoridad moral, los profesores estarán mejor protegidos gracias a esta necesaria ley, pero que nadie piense que con ello van a desaparecer los conflictos escolares, ni mucho menos que vaya a mejorar la calidad de la enseñanza, ni nada de eso. Me cuesta creer que los políticos se dejen asesorar de verdad alguna vez por profesionales expertos en educación. Diríase que sólo escuchan a los abogados.

Algo (quizá mucho) hemos adelantado si, gracias a la nueva ley, los alumnos y algunos padres comienzan a pensárselo dos veces antes de machacar inmpunemente a los sufridos profesores, pero la educación necesita mucho más para salir de su situación de crisis y emergencia. Y no sólo un “pacto educativo” político, sino un replanteamiento global de todo el sistema y de los modelos pedagógicos, casi un “volver a empezar” desde el principio.

Palabra de alguien que lleva 30 años en el mundo de la educación.

De magistri et ministri

 

¿No se afanan los políticos en cambiar a su antojo las palabras y las expresiones para endosar al pueblo sus cambalaches ideológicos? ¿No es el uso y abuso del destructivo nominalismo su táctica estelar para justificar sus tropelías morales y camuflar sus errores garrafales, con la sencilla estrategia de cambiarles el nombre? ¿No se quedó corto George Orwell con sus pesimistas predicciones, cuando previó la destrucción sistemática de las palabras que vendría de mano de los futuros dirigentes? ¿No han convertido la evolución del lenguaje en un sucio y taimado juego de destrucción de conceptos y, con ello, de las realidades que definen?

Pues yo también voy a jugar con las palabras. Pero no lo haré con el malévolo estilo nominalista de la panda de listillos de medio pelo que nos gobiernan, sino recurriendo al bonito y siempre instructivo recurso de la etimología. Ya saben, analizando el origen de los términos, las raíces con las que fueron creados, que revelan su significado primigenio. Lo haré con dos palabras antónimas, esto es, con sentidos contrapuestos, aunque no todo el mundo conoce esta oposición. Se trata de los vocablos “maestro” y “ministro”. Antes de proseguir, yo les preguntaría: ¿Quién es más, un “maestro” o un “ministro”? ¿Quién debe predominar sobre el otro?

Comencemos por el origen etimológico de la palabra “maestro”. Viene del latín “magister” (en plural, “magistri”, como aparece en el título de este artículo). Tenemos una raíz, “magis” y un sufijo, “-ter”. “Magis” significa “más”. Por otra parte, “-ter” procede del antiquísimo idioma raíz llamado “indoeuropeo”, anterior al latín y a las demás lenguas, y es un sufijo contrastivo, que indica contraste u oposición. ¿A qué otro vocablo se opone, entonces, la palabra “magister”? ¿Lo adivinan? Pues sí, se creó en contraste con la palabra también latina “minister” (“ministri” en plural), de la cual procede nuestro actual término “ministro”. ¿Por qué esa oposición? Veámoslo.

“Minister” viene de “minus”, junto con el sufijo contrastivo “-ter”. “Minus” significa “menos”. ¿No les gustan a los ministros y “ministras” los jueguecitos de palabras? Pues aquí tienen uno la mar de interesante. Resulta que “maestro” y “ministro” son dos palabras creadas originalmente en intencionada oposición semántica, es decir, en contraste de significados. El maestro es “aquel que es más”, en disparidad con el ministro, que es “aquel que es menos”. No crean que todo esto se quedó en florituras lingüísticas. Así es como se entendieron estas palabras en la práctica y así fue realmente el estatus social original de los maestros y los ministros.

Antes de que el término “magister” fuera adoptado por el mundo de la enseñanza –muy certera adopción, por cierto– se refería a aquel que sabe más, que tiene más conocimiento teórico y mayor destreza práctica en cualquier actividad humana. Los primeros maestros fueron los esclavos libertos griegos, escogidos porque eran los más instruidos entre el “personal” disponible, que enseñaban a los hijos de los patricios romanos. Esa autoridad cultural no tardó mucho en derivar en autoridad en muchos otros aspectos. El “magister” o maestro llegó a ser el que dirigía, el que daba las órdenes, por la sencilla y lógica razón de que era el mejor cualificado para hacerlo.

Todavía hoy el vocablo “maestro” conserva este significado. Cuando decimos que tal o cual persona es “maestra” en algo, afirmamos que domina de forma notable el saber y el hacer de ese algo. Un “maestro de obra” manda, porque se supone que sabe de obra. Si llamamos “maestro” a un pintor o a un músico, no es porque dé clases, sino porque domina de forma eminente su arte. También otorgamos ese título a los toreros que ya han merecido “tomar la alternativa”. En el habla popular, decir a alguien: “eres un maestro”, equivale a decirle que conoce muy bien los intríngulis de aquello que se lleva entre manos. Nada que ver con “ministro”, ¿verdad?

“Minister” o “ministro”, era (y parece que sigue siéndolo) alguien que no tenía ni idea sobre un asunto y necesitaba ser guiado y obedecer. Por eso no detentaba autoridad alguna (cosa que ha cambiando bastante últimamente, si nos atenemos a los currículos y a la “sabiduría” teórica y práctica de nuestro Gobierno). El “minister” era, en sus orígenes romanos, un simple siervo, un subalterno, un criado, al servicio y a las órdenes del “magister”. En el orden social, por tanto, el maestro llegó a ocupar un estatus preeminente y el ministro justo el contrario. Pero hay más, así que sigamos tirando todavía un poco de la manta del fascinante mundo de la etimología.

Veamos lo que significa “autoridad”. También viene del latín, en esta ocasión de la justicia romana, que distinguía muy bien dos tipos de autoridad: la “potestas” y la “auctoritas”. La “potestas” es la autoridad “oficial” o “formal” que se asigna a un cargo para el ejercicio de sus responsabilidades. La “auctoritas”, de donde viene nuestra actual palabra “autoridad”, es un concepto muy distinto. No viene “de serie” con el cargo. Es algo que se merece, que se gana con el trabajo bien hecho, que se suscita en los demás cuando estos reconocen en alguien el dominio de su ciencia o arte, cuando demuestra ser “una autoridad en la materia”, es decir, un maestro.

 Después de lo expuesto, ¿comprenden la estulticia de algunos maestros que prefieren rechazar tan bello y digno título de su profesión y cambiarla por “docentes”, “enseñantes” u otras zarandajas por el estilo? Luego se quejan de que han perdido estatus social, de que ni los alumnos ni muchos padres les respetan, de que sus opiniones no cuentan en las decisiones políticas y de que siguen “pasando más hambre que un maestro”, como se decía en un pasado no muy lejano. Entenderán también la perversidad y estupidez de un sistema, digamos “burrocrático”, que permite que ciertos  personajes políticos se aúpen al poder sin ser “maestros” en nada de nada.

Así nos va el pelo en España. Todo se ha invertido, de forma radical, como ya es costumbre. Los que de verdad saben, los “magistri”, esos que comenzaron teniendo a los “ministri” como criados para servirles y ejecutar sus órdenes, apenas pintan nada. Ni llegan al poder, ni son consultados a la hora de adoptar medidas en cualquier ámbito de decisión, ni se les escucha si acaso llegan a ser consultados. Los ejércitos de asesores políticos, supuestos “maestros” en sus respectivas especialidades, sólo sirven para comerse una buena tajada de nuestro paupérrimo erario público, porque los “ministros”, con su presidente a la cabeza, hacen a final lo que más les conviene.

El presente y el futuro de España, de todos nosotros, está ahora mismo en manos de demostrados ineptos. Muchas mentes privilegiadas que podrían aportar luces en la crisis generalizada que sufrimos (económica, educativa, territorial, social, moral…) no son atendidas, sino, por el contrario, son sometidas a la inquisición de lo “políticamente correcto” (es decir, lo que marcan los “progrécratas” dominantes). Sólo son escuchados, ensalzados y bien subvencionados los que se han vendido al mejor postor y se han convertido en ideólogos del poder. En cambio, aquí puede ser “minister” cualquier zopenco o zopenca que le baile el nano al jefe.

No pretendo defender aquí un “gobierno de los filósofos” al estilo de Platón, que pretendía la creación de una especie de casta de sabios, liberada de “trabajar” y mantenida por todos sólo para pensar y mandar. Ni siquiera abogo por una re-inversión de las cosas mediante el simple retorno al esquema romano de los “magistri” y “ministri”. Pero no he escrito estas líneas sólo para jugar con las palabras, aunque también. Lo que considero de pura lógica y máxima urgencia es que debería existir una estrecha colaboración, si no plena coincidencia, entre los “ministri” y los “magistri”, entre los que saben y los que mandan. Si no, les aseguro que no salimos de ésta.

NOTA: Lo he publicado, algo reducido, en Análisis Digital: pinchar este enlace

Miguel Delibes, maestro de lo pequeño

Rompo el silencio para, desde una recogida meditación, honrar la memoria de mi querido, admirado y hoy llorado Miguel Delibes, dedicándole unas palabras, entresacadas de un artículo que sobre él publiqué hace unos años. Es difícil encontrar un escritor más vitalista. Si no escribió un “confieso que he vivido”, es porque su colega Neruda se le adelantó con el título. Porque Delibes fue un “vividor”, en el mejor y más valioso sentido posible del término. ¿Qué no habrá hecho, trabajado y literado este castellano universal? Ya, ya sé que acabo de inventarme el verbo “literar”. ¿No van a dejarme que le regale, como póstumo presente, una palabra nueva a tan osado literato? Don Miguel no dudó nunca en sacar del baúl de las palabras lo viejo y lo nuevo, el habla de la gente y el canon académico, utilizando a su antojo, tanto la exactitud morfológica, sintáctica y estilística, como las licencias y faltas que consideró oportunas.

Para contarnos la realidad, y el alma de la realidad, hizo resonar por todas las esquinas de sus libros los hablares populares castellanos, los de ayer, los de hoy y los de siempre, tal cual suenan y sueñan y son, con sus grandezas y sus pobrezas, aunque algunas de ellas le lastimasen la vista y el corazón, como le ocurrió con el lenguaje deslavazado y taquero de aquella pandilla de “progres” que se disputaba el voto del Señor Cayo. Este gran  académico de la letra pequeña sólo erraba adrede, como si el vocablo “deliberado”, arrancase su etimología del apellido Delibes. Su prosa casi onomatopéyica no sólo describe y narra, sino que visualiza, suena, huele y sabe como la vida misma.

El maestro vallisoletano nos ha hecho a todos un poco castellanos, sin ánimo alguno de centralismo político. Ha sido capaz de contarnos casi un siglo de nuestra historia, sin robar su dramatismo, mas evitando el españolísimo maniqueísmo de buenos y malos, rojos y azules, vencedores y vencidos. Para él, no existian dos Españas, sino tan sólo una, plural, variopinta y peleona. No se quedaba con nadie y se quedaba con todos. Pero no por ello fue una persona sin posiciones ni compromisos. Sucede que su militancia no tuvo más colores que los de la paleta de la realidad misma. Su obra, tanto periodística como de ficción, siempre ha estado basada en “hechos reales”. No hay muchos narradores que nos hayan dejado tan libres a los lectores para adoptar posturas propias, sin tratar de escorar nuestros sentimientos más que hacia donde a cada uno nos plazca. Miguel Delibes nos ha contado los hechos, con la naturalidad, bella o fea, justa o injusta, lógica o absurda, con la que suceden. Allá cada uno con el color del cristal con que se empecine en mirarlos.

Este ilustre castellano ha disfrutado de la vida en minúsculas, de la vida cotidiana, de las pequeñas experiencias que la conforman. Sólo el conjunto de las mismas, puzzle nada fácil de componer, configura eso que suele llamarse Vida con mayúsculas ¿Acaso hay otra forma cuerda de vivir? Desde su irisada literatura, Delibes ha sabido elevar a la categoría de maravilla las más simples pasiones humanas, cualquier ínfimo detalle de la naturaleza y las efímeras vivencias de cada instante. Sin apartar los árboles que no dejan ver el bosque, porque al fin y al cabo son los árboles los que forman el bosque, nos ha llevado por desconocidas sendas a lo más hondo de la foresta natural y humana. Nos ha introducido en un fragmento del mundo y de la historia que, en su pluma, adquiere proporciones y valores universales.

Don Miguel, igual nos ha sintonizado con el alma de un anciano que ha sacado la hojita roja de su cuadernillo de papel de fumar, anuncio de que pocas páginas le quedan por vivir, que en la de un orondo y egoísta pequeño-burgués de inicios del siglo XX volcado neuróticamente en su único hijo, que en la de un sabio mozalbete hijo de un cazador de ratas u otro martirizado por el empeño de su familia en sacarle del pueblo para que se labre un mejor porvenir en la ciudad. Con su ramillete de personajes inolvidables nos ha introducido en la tragicomedia de todos los santos inocentes que pueblan nuestra España profunda. Nos ha emocionado con las alegrías y las penas de las personas y los pueblos, de hombres y mujeres reales, precioso concepto que recientemente utilizaba una empresa de cosméticos. Encima, casi ha conseguido embaucarnos a todos con los malabarismos argumentales con los que él mismo ha tratado de reconciliarse con su doble personalidad de depredador y defensor de la naturaleza. Era un maestro.

Con su mirada penetrante y detallista, que rompía las percepciones meramente globales y guestálticas del mundo circundante, nos ha enseñado el placer de escuchar a los grillos y la crispación del repiqueteo cargante de las cigarras. De él hemos aprendido a apreciar el perfume de los trigales recién cortados y de las boñigas secas de vaca. Con él nos hemos detenido un buen rato a contemplar los absurdos sube y bajas de las hormigas voladoras o a saborear las excelencias de una rata de agua, frita con mucho vinagre. Ha llenado nuestras pupilas –en él una palabra vale más que cien imágenes– de los grises de las ciudades, de la sucesión de verdes, amarillos y ocres de los bosques y de las cosechas, de los azules y añiles del cielo abierto de Castilla, del rojo de la pasión y la sangre y del luctuoso negro de la muerte. Nos ha enseñado a ver lo visible y lo invisible que nos rodea y espera cada día. Nos ha guiado hasta el alma sencilla de las cosas.

Su personalidad, en apariencia simple y apacible, a veces contradictoria, sin ánimos de estrellato, pero tampoco tan romántica como para renunciar a ganarse la vida con su trabajo literario, nos refleja un poco a todos. Su literatura, inscrita ya en el panteón de los clásicos, carece de vocación de best-seller, aunque por su valor lo haya sido en varias ocasiones. Pese a su experiencia como periodista, que a la mayoría les lleva a contar sólo lo sobresaliente, lo raro, lo extraordinario o lo catastrófico, aquello que es noticia en suma, Miguel Delibes jamás perdió de vista que lo que en verdad importa es lo cotidiano, el paisaje real de nuestra existencia, más lleno de escenas y pasajes sencillos que de eventos extraordinarios. Nos ha mostrado y demostrado que lo normal y corriente, lo pequeño, constituye la verdadera maravilla de nuestras vidas.

Descansa en paz, querido amigo y maestro.

 

NOTA: Me lo acaban de publicar en “Nuestras Firmas” de Análisis Digital

Aborto: motivos “in extremis” para votar NO

 (Me lo han publicado hoy en Análisis Digital)

Ignoro si este humilde escrito llegará a ser leído por alguno de los diputados que el próximo jueves van a votar en el Congreso, dentro de la apresurada agenda marcada por el Gobierno, la aprobación o no de la nueva ley del aborto. Sea como fuere, a ellos va dirigido. Como son personas inteligentes, me ahorro insistir sobre el hecho de que esta ley -más aún si cabe con las radicalizaciones que el PSOE ha pactado con IU y ERC- no es en absoluto una “regulación” de la vigente para evitar abortos, sino una puerta abierta al aborto libre. No nos ofendamos la inteligencia mutuamente con ese pasto mediático que el PSOE ha puesto en el comedero de la opinión pública.

Sé que muchos de ustedes ya han cerrado a cal y canto su corazón y su mente, obligándose a sí mismos a un esquizoide doble-pensar y rehuyendo cualquier tipo de mensaje, sea icónico o verbal, que pueda abrir fisuras en su implacable decisión de votar lo que los mandamases de su partido les exigen. Afirman estar hartos de recibir cartas, mensajes, fotografías, vídeos, muñequitos de plástico… Lástima que no oigan al pueblo. Aún así, les pido que repasen esta carta redactada “in extremis”. Yo voy a hacer un esfuerzo para colocarme en puntos de vista que no comparto, para llevar el tema a sus más mínimas expresiones. Les suplico que lean lo siguiente:

  1. Si el sujeto del aborto es persona, sujeto pleno de derechos, no cabe ninguna duda: destruirlo es un cruel asesinato con premeditación y alevosía. Sólo cabe votar que no, siempre que a su Señoría le quede la decencia y la valentía suficiente para votar en conciencia y no en obediencia, aunque le cueste su escaño.
  2. Si el sujeto del aborto no es persona, porque considera usted que tal atribución no es ontológica, sino sólo un concepto cultural, opinable, discutible y determinable por ley, pero sí reconoce que es un ser humano vivo, en sus primeras fases de vida, la opción es la misma que en el anterior caso: debe votar que no.
  3. Si el sujeto del aborto no es para usted un ser humano vivo, sino sólo un “ente” biológico prehumano, sabrá que lleva en sí mismo el dinamismo natural que le llevará a serlo si no es destruido. Si ese “ente” tiene esa potencial humanidad, sólo anulable mediante su eliminación, debe ser protegido: debe votar no.
  4. Si el sujeto del aborto, para usted, es un ser vivo, pero no humano, como alguna ministra ha dicho, otórguele usted al menos la misma protección que nuestra cultura ha aprendido a ofrecer a todo ser vivo, a los animalitos y a las plantitas. Concederle menos protección no parece coherente ni progresista: vote no.
  5. Si el sujeto del aborto no está vivo, porque piensa usted que es una especie de quiste que puede ser extirpado sin más, explíqueme por qué hay que matarlo para abortar. Lo muerto ya está muerto, sin más. ¿Para qué las soluciones salinas, las sustancias mortíferas o las decapitaciones? No diga tonterías: vote no.
  6. Si el sujeto del aborto no es absolutamente nada para usted, no tiene más entidad que una piedra en el riñón y le importa un carajo todo lo anteriormente dicho, piense al menos en las mujeres que van a poner en peligro sus vidas y sufrir de por vida las secuelas de tan terrible experiencia. Utilice su voto y trabaje para promover políticas de ayuda a la mujer embarazada, pero no secunde esta ley.
  7. Y si también le importan un bledo esas consecuencias para las mujeres, porque piensa que no son ciertas o porque cree que es asunto de ellas exponerse o no a esos riesgos, considere al menos que promover el aborto es contribuir al suicidio demográfico de nuestra civilización occidental: vote no a esta ley.

Quisiera tener más luces para convencerles de que esa vida incipiente, ese diminuto ser humano que comienza su andadura en este mundo en el cálido y acogedor seno de su madre, esa inocente criatura cuyo dinamismo biológico es un empuje implacable por vivir, merece nacer, merece la misma oportunidad de gustar la vida que nuestros padres nos dieron a nosotros, merece y necesita la protección radical del Estado, lo mismo que la necesita una mujer embarazada en circunstancias difíciles, pero no merece ser envenenado, asfixiado, torturado, troceado, asesinado, precisamente en el útero materno, en la cuna de la vida, en el lugar del máximo amor.  

En fin, Señoría, no olvide que el jueves no va usted a votar sobre presupuestos, medidas económicas o sobre dónde hay que fumar o no. El voto que usted va a emitir con un movimiento de su dedo en los botoncitos que hay delante de su escaño, es el más importante que habrá hecho y seguramente hará en toda su vida. Va usted a decidir nada menos que sobre la vida y la muerte, sobre quién y cuándo es o no es un ser humano. Va usted a usurpar durante una fracción de segundo el lugar de Dios, con la facultad de definir lo que es o no es una persona y determinar si merece o no la protección del Estado. Es una decisión histórica de trascendencia radical.

No adormezca adrede su conciencia para secundar a un líder o para conservar su poltrona, por favor. Si no puede dormir pensando en su voto final, mejor que mejor: señal de que no es usted una simple marioneta, sin corazón ni cerebro, colocada en un teatrillo de guiñol sólo para hacer lo que el titiritero desee. Demuestre que es usted un verdadero político, un auténtico servidor público, una persona íntegra y responsable de sus propios actos, un ser humano que piensa por sí mismo y no mediante consignas predigeridas, una persona y no un pobre pelele. Por lo que más quiera en este mundo, por lo más sagrado, por lo más humano: pulse el botón del NO.

La pedagogía de la cruz

 

(Me lo han publicado el 10-12-09, en Análisis Digital)

En los últimos días han corrido ríos de tinta y millones de bytes sobre el tema de la pretensión gubernamental de retirar los crucifijos de las escuelas y locales públicos. Parece que ya se ha dicho todo, a favor y en contra del asunto. Los argumentos de tipo ideológico, religioso, político y social ya están bastante definidos por parte de los defensores de ambas posiciones. Yo estoy del lado de los que defienden la presencia de los crucifijos y suscribo las razones de peso ya explicadas por otros, que apelan a la libertad religiosa y de culto, y a la preservación de nuestra identidad cultural.

Por eso, no voy a repetir ese tipo de argumentos, que han sido expresados en los medios por diversas personas y entidades, mucho mejor de lo que yo sabría hacerlo. Abordaré el tema desde una perspectiva diferente, la que me compete como pedagogo. Voy a hablar de los beneficios educativos de la cruz y de su presencia en las aulas escolares. De pasada comentaré algunas de las causas esenciales del deterioro de nuestro sistema educativo, que tanto alarma a quien tiene dos dedos de frente. Veremos la relación entre el rechazo a la cruz y la catástrofe educativa que sufrimos.

Empezaré a saco: determinados sufrimientos son necesarios y, aprender a encajarlos, es esencial para la vida. La cruz simboliza el sufrimiento y la muerte, así como, sobre todo, la victoria de Jesucristo sobre ambas cosas, a las que se entregó para salvarnos, abriendo un camino a su través, que cualquiera puede recorrer agarrado de su mano. La cruz expresa aquello que nos supone dolor, frustración, malestar, sacrificio, todos esos aspectos de nuestra existencia que quisiéramos apartar de un plumazo, aquello que nos limita, nos limita, nos fastidia y no comprendemos ni aceptamos.

No es que el sufrimiento sea bueno en sí mismo. Pensar o sentir así es puro y duro masoquismo o sadismo. Pero, por una parte, es inevitable que nos sobrevenga en la vida y, por otra, es necesario en una cierta medida. Sin duda alguna, una de las más nobles empresas humanas es trabajar por eliminar o paliar los sufrimientos de nuestros semejantes. Permanecer impasible ante el sufrimiento propio o ajeno es estúpido e inhumano. Y causarlo de forma intencionada, mucho peor todavía. Pero estas afirmaciones no son un criterio absoluto y sin excepciones, como trataré de explicar.

El sufrimiento, la cruz, alcanza a todo ser humano a lo largo de su vida, por mucho que se empeñe en evitarlo o escapar de él. Todo el mundo tiene problemas, a todos se nos mueren seres queridos, nadie se libra de sufrir reveses, contratiempos y frustraciones. ¿A quién no le duele algo alguna vez? Para poder vivir es necesario aprender a encajar estas adversidades sin desequilibrarse demasiado. Hoy en día, los psicólogos llaman a esta imprescindible capacidad: resiliencia. Toda la vida se le ha llamado entereza de carácter o fortaleza interior, pero esto suena hoy demasiado “a cirio”. Se llame como se llame, para vivir es necesaria la capacidad de sufrimiento.

El hedonismo que domina la sociedad actual ha provocado una huida masiva de todo lo que no sea placer, inmediato además. Muchos padres educan a sus hijos entre algodones, evitándoles hasta extremos neuróticos todo tipo de contrariedades y frustraciones, inundándolos de regalos que nunca se han ganado, dándoles todo gratis y sin esfuerzo, sin corregirles para que no se enfaden, tratando de que no tengan que sufrir por nada ni por nadie. Están creando una generación de dictadorzuelos, de “campeones”, de “reyes de la casa”, que en cuanto se asoman al duro mundo circundante, se desmoronan.

Los padres tienen la obligación de proteger a sus hijos -lo contario es incluso un delito punible- pero no deben sobreprotegerlos. La palabra “mimado” significa etimológicamente “estropeado”. Cuando estos niños estropeados se deprimen ante el menor contratiempo o comienzan a mostrar problemas de conducta, los padres se quedan sorprendidos: “Pero, si le hemos dado siempre todo lo que ha querido, ¿por qué actúa ahora así?”… El “rey de la casa”, en el colegio se ha encontrado con otros veinte mozalbetes que también son soberanos. Y en tan poco espacio no caben tantos monarcas absolutos. La frustración, la rabieta y las reacciones depresivas o agresivas están servidas entre estos reyes destronados.

El constructivismo, el modelo pedagógico que impregna todo nuestro sistema educativo, mal entendido y peor aplicado, ha menospreciado durante ya casi cinco décadas los valores del esfuerzo, del sacrificio, de la voluntad, de la disciplina, de la renuncia y de la constancia. Partiendo del “buenismo” -enraizado en el optimismo pedagógico de origen roussoniano- se ha colado en la educación la idea de que el aprendizaje no precisa esfuerzo, ni nada desagradable o penoso, sino que el niño lo realiza él solito, de forma natural, como un juego siempre divertido. Y luego nos escandalizamos de estar a la cola de Europa en diversos aspectos educativos.

Estamos en la era de los patinazos académicos, por mucho que se quieran disimular con normativas de promoción que casi regalan los títulos. Los niños, en educación infantil y primaria, apenas aprenden hábitos de trabajo y estudio. Cuando llegan a la ESO, para desesperación de sus profesores, no saben dar un palo al agua. Y comienzan los problemas, porque los currículos se complican, el trabajo esforzado y persistente se hace cada vez más necesario y enseguida se advierte que es demasiado tarde para comenzar a adquirir esos hábitos. Pese a las adaptaciones y las promociones facilonas, el fracaso y el abandono están haciendo estragos.   

No hay aprendizaje completo, ni desarrollo de la madurez personal, sin asumir con coraje una cierta medida de sufrimiento. Aprender no sólo cuesta esfuerzo, sino que debe costarlo para que tenga solidez y eficacia educativa. Lo que no se alcanza con sacrificio y constancia, no se valora, no produce verdadera satisfacción personal y no realiza para nada a la persona. El gran error de la pedagogía moderna, que ahora ya no se sabe ni como remediar, es ese pensamiento débil y buenista que ha querido convertir la educación en un mero jueguecito, exento de elementos que cuestan, de tener que “hincar los codos” y de sufrir un poquitín para aprender.

Por desgracia, la cruz gloriosa de Jesucristo, aquel que fue el hombre completo, el hombre total (“Ecce Homo”: he aquí el hombre), capaz de asumir la realidad integral, tomar la vida en peso sin escapar de los momentos difíciles y entregar hasta su propia vida amando a sus enemigos, aquel que tomó sobre sí todos los sufrimientos de la Humanidad por amor a todos y cada uno de los seres humanos, hace muchos años que desapareció de los colegios, aunque en algunos aún esté colgado el símbolo de madera. El aciago día en que se decidió arrancar de la educación el sentido del sufrimiento, los crucifijos ya fueron expulsados de las aulas.

Quitar lo que queda, los símbolos externos, es sólo rematar una trágica faena que se programó e inició hace siglos. Un gravísimo e intencionado error que ha herido de muerte a la educación en todo occidente. No hay una imagen que represente mejor lo que es el amor, el valor, el perdón, la entrega, el esfuerzo, el sacrificio, la audacia, el coraje, la fortaleza, la coherencia… Ni sus versiones modernas, como la resiliencia, la resistencia a la frustración, el autocontrol de sí mismo, la solidaridad con los que sufren… No hay mejor símbolo pedagógico para una escuela que la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo.

El holocausto actual, según uno de mis hijos

 

En esta ocasión, le cedo la entrada a uno de mis hijos, el quinto, un muchachote de 17 años que parece que tiene las ideas muy claras. El texto lo escribió como “alegato final” en un debate sobre el aborto “a dos bandas” que hicieron en el Instituto, ¡en clase de valenciano! La redacción original la hizo, como es lógico, en valenciano. Transcribo aquí, literal e íntegramente, su texto, que le he pedido a él mismo que lo traduzca al castellano para que todos ustedes puedan entenderlo. No tiene desperdicio. Lean, lean:

  

El holocausto actual

 

En primer lugar, decir que el título no es una exageración y explicaré por qué. Todos sabemos lo que fue el holocausto nazi; bien, fueron seres humanos que se consideraban superiores a otros, los judíos, y los asesinaban como si fueran perros. Esto ocurrió hace unos 70 años y está pasando ahora.

           Vosotros pensaréis: “Sí claro, un holocausto, ¡pero si no son seres humanos!”. Bien, pues yo digo que los nazis pensaban lo mismo sobre los judíos y ahora lo pensáis vosotros de cualquier ser humano. En un futuro hablarán de esto como nosotros hablamos del holocausto.

           Además, en América, más concretamente en los Estados Unidos, también recordaréis un caso similar pero con las personas de color, hablo de hace unas décadas. Los hombres y mujeres de color no eran consideradas, tampoco, seres humanos, eran tratados como animales, sin derechos, esclavos de la sociedad que se creía superior.

           Pensad en esto, es como el aborto, ciertas personas se creen superiores a las vidas que se están creando en el interior de su madre, y por eso se creen con derecho de escoger si vive o si muere. Pero claro, esto forma parte del progreso del país, tal y como pensaban los nazis al matar a los judíos.

           Pensáis que es una libertad individual, pero, ¿y la libertad de esta vida que se forma?

           Me parece recordar que el primer artículo de la Declaración de los Derechos Humanos dice: “Todos los seres humanos tienen derecho a la vida y a la libertad”, pero bueno, sólo cuando es conveniente, ¿no? Esta declaración la hicieron personas que consideraban a los seres humanos iguales y con derechos y libertades, igualito que ahora vamos, o eso nos intentan hacer creer.

           Al contrario de lo que piensan las mujeres, la ley del aborto es una ley machista, porque la libertad se la da al hombre. Si ya antes algunos iban de flor en flor, ahora va a ser más normal, total, abortan las mujeres y las secuelas físicas y psíquicas son para vosotras.

           A lo mejor pensáis: “Mi hijo tiene que ser perfecto, sin malformaciones ni imperfecciones”. La naturaleza es sabia y perfecta, el ser humano no, aunque a veces lo crea. La naturaleza acepta cualquier imperfección o malformación, esto es lo que la hace perfecta. Por el contrario, muchas personas no aceptarían imperfección alguna, como un labio leporino, la falta de audición o de visión, el síndrome de Down… Por estas cosas se decide asesinar a sangre fría al feto.

           ¿En serio tú eres mejor que un niño con síndrome de Down? ¿Eres más guapo que un niño con el labio leporino? ¿Por qué naciste tú y no tiene que nacer una niña que no puede ver? ¿Pero no éramos todos iguales?

           Finalmente: En un futuro seremos recordados como la sociedad abortista. Por desgracia yo estoy en esa sociedad y formaré parte de los asesinos de humanos, pero yo no lo haré igual. Supongo que en aquellos EEUU raciales habría gente que no pensara que la gente de color es inferior y en aquella Alemania nazi habría gente que no pensara como Hitler.

 

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Hasta aquí el discurso de mi hijo. Ahora, en los comentarios, pueden meterse conmigo, pero al muchacho ¡ni tocarlo! No admitiré ni un sólo comentario contra él. Amor de padre, lo siento. Ya tuvo bastante con pelear varios días en clase el tema con una cuadrilla de adolescentes que repetían una y otra vez los argumentos proabortistas más descabellados. Ahora y aquí, quién lo desee tendrá que vérselas conmigo.

 

28-11-2009: El post acaba de ser publicado por Análisis Digital en “Artículos que dejan huella”: enlace aquí. Muchas gracias a sus redactores por el inesperado detalle.

 

14-02-2010: Acabo de leer un post que me ha encantado, de un joven de 15 años que también tiene ideas claras, en esta ocasión sobre otro tema. Les invito a visitar el enlace: Un adolescente corrige a Savater.

 

Cómo escribir un “best seller”

 

 

¿Quiere usted forrarse al máximo currando lo mínimo? ¿Desea ser famoso, que le llamen a los debates televisivos y que le entreviste Buenafuente? ¿Sueña con ver un libro suyo encuadernado en lujo y en las primeras filas de los más vendidos? ¿Le encantaría firmar autógrafos y que le compren los derechos en Hollywood para hacer una película supertaquillera? ¿Se moriría de gusto viendo cómo la gente espera impaciente a que saque la segunda parte e incluso la tercera? Si la respuesta a estas preguntas es afirmativa y no tiene usted demasiados reparos a vender su alma al diablo, siga al pie de la letra las siguientes instrucciones:

 

 

a)     Invéntese una sociedad secreta, muy, muy antigua, pero que todavía hoy pervive para custodiar una verdad que, en su momento, será revelada y el mundo por fin será sacado de su ignorancia. Colóquele un nombre sugerente, a ser posible, en latín o italiano. ¡Ah, que no se me olvide!: ha de acabar en “ati” y tiene que tener miembros infiltrados en el Vaticano. Si el mismísimo Papa es el espía, ya rizamos el rizo. Dejémoslo en un par de Cardenales o en el Camarlengo. Decía lo del nombre. Por ejemplo, podríamos ponerle: “Los Castrati”… Así se le añade un poco de morbo, que vende mucho. Pero que no sean capados de verdad, ¿eh?. Tiene que ser simbólico. Se llaman “castrati” porque han hecho voto de secreto, es decir, que han “castrado” su lengua… De momento…

 

 

b)     Entre en Google. Busque y mire detenidamente algún cuadro del Renacimiento. Observe la cantidad de misterios que contiene. ¿Cómo que no? He dicho que lo mire detenidamente. ¿Todavía no ve nada? Pues bien, tranquilo, invéntese cualquier cosa que el pintor quiso decir, pero no lo dijo claramente por miedo a la Inquisición. ¿Ya ve algo? Yo creo que los personajes se miran entre sí con aviesas intenciones. ¿Usted no? Por lo menos se dará cuenta de que en el lienzo falta algo, ¡caramba!, que los pintores siempre dejan algún hueco para que adivinemos su contenido. ¡Vaya!: hay una mano a la que sólo se le ven cuatro dedos… Hummmm… Creo que quiere decir que Jesucristo tuvo cuatro esposas. Sí, ya lo tenemos, ese es el mensaje del artista, seguro.

 

 

c)      Luego buscamos un manuscrito antiguo que contenga la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Un rollo de pergamino escrito en alguna lengua muerta nos vale. O un códice único copiado por un monje que fue condenado por hereje a morir en la hoguera: esto sí que sí. Tiene que revelarnos la verdadera historia de Jesucristo, que como todo el mundo sabe, era mujeriego, homosexual, abortista, ecologista, comunista, anarquista e hijo secreto de Poncio Pilatos, no esa versión tan falsa que nos cuentan los Evangelios. ¿Qué pasa? ¿No hay ninguno? ¿Y qué más da? Fabricamos uno y punto. Eso sí, tiene que estar escondido donde menos se pueda imaginar y no tiene que decir nada directamente. Sólo pistas. ¿Está claro? Sólo pistas. El texto podría llamarse, por decir algo, “El Evangelio de Pilatos”. Por inventar que no quede.

 

 

d)     Después hemos de idear algún pasadizo oculto, un par de cámaras secretas en alguna iglesia y llenarlo todo de sugerentes e indescifrables signos de los cruzados, de los templarios, de los masones o, mejor, de la secta que antes nos hemos inventado. ¿No se le ocurre ninguno? No hay problema, pídale a su hijo pequeño, que seguro que tiene complejo de Edipo y “miedo a la castración” -¿no decía eso el salido de Freud?- que le haga unos cuantos garabatos. Fíjese como están llenos de curvas (que simbolizan pechos, seguro) y rectas (eso está claro: son penes). Todo tiene su significado onírico y simbólico, ¿sabe? Pues nada, primero lleve a su hijo al psicoanalista, y luego escanee y pegue sus dibujos en el libro y sigamos con nuestra obra maestra.

 

 

e)     Ahora vamos a por los personajes. Para empezar, necesitamos unos cuantos curas malísimos, mejor si son cardenales. Y si además son homosexuales y pederastas, tanto mejor. Luego creamos a una periodista bien maciza dispuesta a descubrir la verdad que ocultan esos malvados eclesiásticos. Éste es el paso más fácil, ¿a que sí? También nos serviría una hacker punkie con muchos piercings, aunque sea plana (así tenemos asegurada la trilogía). Después inventamos un experto en antigüedades que no sepa ni latín (ya se lo traducirá la punkie, que es muy lista). Para finalizar, un cura segundón del Vaticano, superatractivo y tan bueno, tan bueno, que pasa de la malévola Iglesia y cuelga la sotana (o se la levanta de cuando en cuando, da lo mismo).

 

 

f)      ¿Ya tiene los protagonistas? Bien. Ahora hay que inventarse una historia que la gente se la crea. ¿Cómo se hace eso? Es fácil. Léase cualquier libro de esos de códices secretos y ya está. Como todos tienen el mismo argumento y sólo cambian un par de cosillas, pues se plagia el cuento y avanti. Tenga en cuenta que, para que sea creíble, tiene que ser lo más increíble que se le ocurra. Aunque lo mejor son las verdades a medias, que dan la impresión de que sabe usted una barbaridad y cuelan siempre. Escriba lo que sea. Lo esencial es que la trama deje a la Iglesia Católica malparada. No falla.

 

 

g)     Por último, que no se le olvide poner una buena dosis de palabrotas (vea una peli de acción americana para captar el repertorio completo que se lleva) y unas cuantas escenas de sexo duro. Pero no entre el investigador y la periodista, que eso se lo esperan todos y es muy soso. Los protagonistas tienen que ser los curas malos. Y, sobre todo, la periodista con ese cura tan bueno que cuelga la sotana (o se la levanta). No se le ocurra sugerir los hechos. Tiene que hacer un relato con pelos y señales. Si no sabe cómo describir una escena así, vea la tele en horario infantil. En esa franja encontrará todo lo necesario.

 

 

h)     ¿Nos falta algo? Pues sí. Nos falta un buen título que nos abra las puertas de las editoriales y que resulte irresistible para el vulgo. Este es el punto más difícil, porque todos los códices, sociedades y cámaras secretas ya están cogidos. Umm, ¿qué hacemos?  ¿Repetimos? Mejor que no, que la SGAE nos apalea. Hay que inventar uno y no puede contener las palabras código, códice, secreto, evangelio, carta, templarios, cruzados, oculto, manuscrito, grial, bidón de gasolina… Ufff… ¿Y si le preguntamos al niño que nos hizo los símbolos?:

 

 

-          Escritor: Borja, ¿qué es lo que has dibujado? ¿Cómo se llama?

-          Niño: ¡Y yo qué sé, papá, no tiene nombre..! ¡No es nada!

 

¡Ya lo tenemos! ¿No lo adivinan? Nuestro “best seller” se llama:

 

“El símbolo de la nada”.

 

¡Hala, que disfruten de los millones!

 

Ni truco, ni trato, ni leches…

 

 

Tras un tiempo de obligada inactividad, vuelvo a escribir. Y lo hago, para ir recuperando mis cítricas costumbres, criticando al puñetero “Halloween” cuya celebración ya se está preparando en todo nuestro estúpido país. Estúpido porque no hay mayor estulticia que abandonar las propias tradiciones, arraigadas en nuestra cultura, para acoger con entusiasmo las de otros países, que ni nos van ni nos vienen. Estúpido porque, a la par que pierde su identidad, absorbe otras identidades como quien se cambia la chaqueta. Estúpido porque se deja colonizar culturalmente con tanta facilidad como una prostituta abre las piernas, y encima sin cobrar. Estúpido porque ya no sabe ni quién es ni cómo se llama.

 

Que me disculpen los pocos sensatos que todavía quedan y que no se dejan violar por la globalización de las estupideces extranjeras. Recuerdo cuando conocí la “aldea global” anunciada por el canadiense Marshall McLuhan. Aquel gran comunicólogo, contemplando el vertiginoso avance y difusión de los modernos medios de comunicación, se dio cuenta de que muy pronto el mundo sería un pañuelo y predijo el advenimiento de una sociedad mundial tan vecinal como una pequeña aldea. Me gustó aquella idea. Creí que el mundo avanzaría hacia una globalización positiva, hacia una debilitación de las fronteras y conflictos, hacia una extensión universal del bienestar, la justicia y los derechos humanos.

 

Me equivoqué, evidentemente. No se ha globalizado ni el diálogo, ni la solidaridad, ni el desarrollo, ni la humanización, ni nada constructivo. Se ha globalizado el “american way of life”, el estilo de vida norteamericano. Si hoy te das un paseo por cualquier gran ciudad de cualquier parte del mundo, no sabes ni en qué país estás. Los mismos rascacielos, las mismas películas en los cines, la misma música y bailes, los mismos establecimientos de comida basura, las mismas marcas de moda, los mismos ordenadores con los mismos sistemas operativos, los mismos programas de televisión… Y las mismas costumbres. La globalización ha resultado ser una colonización a todos los niveles.

 

España no iba a ser menos, con su costumbre, no sólo de tragarse lo que viene de fuera, sino de acabar liderándolo. No me meto con la invasión de barbarismos en nuestra lengua común castellana, porque ya lo hice en otra ocasión y no acabaría nunca. Ya he hablado en este blog, o lo haré en el futuro, de la importación de catástrofes morales, sanitarias, educativas, legislativas o económicas, en todas las cuales hemos conseguido colocarnos a la cabeza de Europa. En esta ocasión me meteré sólo con las tradiciones populares. No teníamos bastante con la americanización de nuestras costumbres navideñas, entre otras. Tenemos que tragarnos también la gilipollez del “jalogüín”. ¿Cuándo nos vamos a sacudir de encima los españoles el mito de que lo de fuera es mejor que lo nuestro?

 

Una “fiesta” de antiguo origen pagano, el “Samhain” celta para más señas, basada en la creencia de que en determinadas fechas el mundo de los vivos y el de los muertos se acercan lo suficiente como para establecer relaciones. Una celebración llevada por los emigrantes irlandeses a los Estados Unidos de América, donde fue acogida con entusiasmo y convertida en tradición, con sus calabazas “Jack-o’-lantern” vaciadas, recortadas como calaveras e iluminadas desde dentro; con sus niños disfrazados de fantasmas, duendes, brujas, demonios y otras tétricas sandeces, pidiendo su “golosina o gamberrada”, versión moderna del antiguo “Trick-or-treat”, el “truco o trato”; con sus hogueras, sus visitas a casas “encantadas” o sus nocturnos relatos de historias de miedo.

 

Me da grima ver, en nuestras propias tierras, a las madres afanándose en hacer los espantosos disfraces o a los colegios perdiendo el tiempo organizando semejante chorrada. ¡No te digo cuando veo que infinidad de colegios de religiosos católicos también se embarcan en el asunto! Lo mismo que los carnavales, que sí forman parte de nuestra tradición, pero nada tienen que ver con un centro católico. Entonces ya no es grima, sino un cabreo en toda regla lo que siento. Ya nos tragamos hace tiempo al Papá Noel de las narices, con sus peliculeras risotadas, renos y trineo, perdiendo cada vez más nuestra tradición de los Reyes Magos con sus camellos (bonita o no, es cuestión de gustos, pero es NUESTRA). Y ahora, desde hace unos años, el puñetero “jalogüín”. A este paso, acabaremos celebrando el 4 de julio, el “Independence Day” americano.

 

La Iglesia Católica, como hizo con otras celebraciones paganas, le dio un contenido nuevo y mucho más positivo al antiguo “Halloween”. Nada de tonterías de que los muertos se comunican y se aparecen y que hay que hacer ritos para que no se cabreen. Se creó la festividad de Todos los Santos, el 1 de noviembre, y el Día de Difuntos, el 2 del mismo mes. La primera para hacer memoria de todas aquellos santos anónimos, que ni fueron famosos, ni elevados a los altares, pero dieron con su vida testimonio de fe, esperanza y amor. La segunda para recordar con respeto y cariño a los seres queridos que ya no están con nosotros, para refrescar su presencia en nuestros corazones, para orar por ellos para que les vaya bien en el mundo venidero y por los que aquí quedamos todavía, para que la fe resuene en nosotros y nos consuele de las dolorosas pérdidas. 

 

Esa es nuestra tradición sobre estos días de noviembre dedicados a los muertos. ¿Que a mucha gente le trae sin cuidado esta versión católica? Por supuesto que sí, faltaría menos en una democracia. Pero, ¡qué patético y ridículo escenario el que ahora se nos presenta!: retornar a viejos sentidos paganos ridículos y superados; desechar las propias raíces y dejarse invadir de injertos ajenos; olvidar una cultura milenaria que ya quisieran para sí los norteamericanos. ¿A esto llaman “interculturalidad”? ¿A dejar que la propia identidad se disuelva en la globalización del Tío Sam? La interculturalidad lleva consigo el respeto recíproco, la buena convivencia y el mutuo enriquecimiento entre distintas culturas, pero jamás la desaparición de ninguna de ellas. La diversidad cultural es un patrimonio de la Humanidad que debe preservarse.

 

Lo que está sucediendo no lleva a la interculturalidad, sino a la implantación a escala mundial de una monocultura, una cultura única, un pensamiento único, un estilo de vida clónico. La interculturalidad no debe conducirnos, ni a una monocultura sincrética que anule la diversidad, ni mucho menos a una monocultura impuesta por una superpotencia. Necio y cobarde es un pueblo que se deja colonizar de esta forma. El “jalogüín” es sólo un pálido ejemplo. Cierto que todas las culturas, TODAS, tienen elementos negativos que pueden y deben mejorar. La interculturalidad bien entendida debe contribuir a ello, fomentando el conocimiento y valoración de lo mejor de cada cultura. Pero, jamás de los jamases, conducirnos a la pérdida de la inmensa riqueza cultural que cada pueblo posee. 

 

La mujer que yo quiero

 

Pese a las diversas dificultades y problemas que me lo impiden, vuelvo a tomar la pluma –el teclado, mejor dicho– para volver a escribir después de una larga pausa. Y es que hay un motivo que me urge, me empuja y me ilusiona. Se trata de mi esposa, María José, Mariajo para los amigos. Acabamos de celebrar nuestro vigésimo séptimo aniversario de bodas. No es moco de pavo, en los tiempos que corren, cuyos vientos son absolutamente contrarios a la estabilidad de los vínculos matrimoniales, aunque he de confesar que el mayor porcentaje de mérito, si no todo, le corresponde a ella. Yo soy un desastre total.

 

Nos casamos un once de septiembre, en 1982, sin saber que muchos años después esa fecha iba a adquirir un tono sombrío para la historia de la Humanidad, a causa de los espantosos –y ya medio olvidados por los “obamistas”– atentados contra las torres gemelas del WTC de Nueva York. Aquellos dos altísimos y soberbios edificios, como sendas torres de Babel, se desplomaron sobre sí mismos como un castillo de naipes tras el terrible impacto de los aviones secuestrados por los fanáticos islamistas. Sin embargo, el pequeño edificio familiar construido entre Mariajo y yo, nuestro matrimonio, ha sobrevivido y se ha reforzado cada vez más.

 

Puedo y debo decir que el secreto de que sigamos juntos y cada vez más unidos consiste en dos cosas: los cimientos y el mantenimiento. Cuando nos casamos, muy jóvenes los dos –no como ahora, que las parejas tienen verdadero canguelo a contraer matrimonio y se casan medio machuchos– sabíamos que nos queríamos, como todos, pero también éramos conscientes de que el amor pasión tiene un límite y el amor conyugal sus condiciones. Nuestra casa no podía construirse sobre arena, sino sobre roca. Y la roca, para nosotros, era Cristo. Así que lo primero de todo fue excavar a fondo y pedir a Dios que colocase la primera piedra.

 

Otra cosa importante también teníamos clara: el amor duradero y, por tanto, el matrimonio, no es algo mágico que se mantiene por encanto, ni una borrachera de neurotransmisores. No se trata de química –aunque eso es en buena parte la mera pasión inicial–, ni de una “chispa” que casualmente aparece y por definición desaparece y se extingue como una estrella fugaz. Sabíamos que ambos tenemos muchos defectos (yo muchos más, se lo aseguro) y que nuestro enamoramiento espontáneo era tan cierto como insuficiente para fundar un matrimonio y una familia estable, un hogar con vocación de perpetuidad.

 

Habíamos sido los dos bien educados en el amor, por nuestras familias y por la Iglesia Católica. Por ello, no nos cabía duda de que nuestro amor debería ser objeto de unos cuidados de mantenimiento adecuados, como toda construcción. No basta un buen cimiento, ni un precioso edificio, si no se trabaja día a día para conservarlo y mejorarlo. Previmos que nuestro amor debería ser refundado, reiniciado, reparado, reconstruido y renovado, todos los días de nuestra vida. En nuestra andadura en común, Jesucristo no ha sido sólo la piedra fundacional, sino una roca perpetua que viaja con nosotros señalando y abriendo el camino.

 

Al afirmar que el centro de nuestra vivencia del amor es Jesucristo, puede parecer que con ello desmereces a la persona con la que convives. Como si ella no hubiera hecho nada y la relación se mantuviese sólo a base de milagros. Es cierto que sin la fuerza del Espíritu Santo no hubiéramos llegado muy lejos ninguno de los dos, ni juntos, ni por separado. Pero no es menos cierto que me siento muy afortunado y agradecido por la esposa que tengo, que ha sabido luchar como una heroína en los momentos más difíciles, imposibles diría yo. Así que no creo que exista en el mundo mejor compañera de viaje que la que Dios me ha regalado.

 

En estos últimos tiempos, en los que tantas personas estamos luchando todo lo que podemos por el derecho a nacer, por el derecho a vivir, por la vida en suma, puedo decir que mi mujer es un paradigma, un bellísimo icono de la vida. A través de mis prolongados problemas de salud física y psíquica, que tantas veces han hecho dificilísima la vida cotidiana, ella siempre ha estado a mi lado, al pie del cañón. Sin ella, tiempo ha que yo ya habría arrojado la toalla. Pero esta aguerrida mujer, ni se rinde, ni me deja rendirme. Cuando Dios pensó en una ayuda adecuada, como dice el Génesis respecto a Eva, sospecho que pensó en mi esposa.

 

Mariajo no sólo es la que me da ánimos para seguir viviendo. También es la que, en colaboración con Dios, ha traído la vida a nuestro hogar, en forma de seis fantásticos hijos como seis soles, y no más porque no han venido, porque jamás se ha cerrado a la vida. Renunció voluntariamente, durante muchos años, a trabajar fuera de casa, para quedarse en el hogar y atender a los pequeños. Sólo cuando todos ellos se hicieron mayores y autónomos se puso a trabajar en una empresa de servicios informáticos. Y aún así, ella sigue siendo el alma de nuestro hogar. Sé que Dios le ayuda, pero si ella no respondiese a la gracia…

 

Pensarán que soy un exagerado. Se equivocan. Pensarán que soy un caradura con suerte. No se equivocan. Pensarán que digo todo esto sólo por fardar. Se equivocan. Pensarán que se me cae la baba al pensar en ella. No se equivocan. Pensarán que en nuestro matrimonio yo también habré puesto una buena dosis de sacrificio para que haya durado más de un cuarto de siglo. Se equivocan. Pensarán que no todo el mundo es tan afortunado como yo. No se equivocan. En fin, piensen ustedes lo que quieran. Yo sólo les garantizo una cosa, de la que es imposible apearme: sin duda alguna, a esta mujer no la merezco.

 

No me pregunten qué es para mí la vida. Con permiso de Jesucristo, que es la Vida en mayúsculas, y de Becquer, a quien voy a parafrasear, terminaré con un osado estropicio de una de sus rimas:

 

¿Qué es la vida?, dices mientras clavas

en mi pupila tu pupila azul.

¿Qué es la vida? ¿Y tú me lo preguntas?

La vida… eres tú.

 

 

A Mariajo, la mujer que yo quiero.

 

 

Sobre la autoridad en la educación

 

 

 

En el reglamento de lo “educativamente correcto” implantado por la “progrecracia” dominante, la palabra autoridad está proscrita. Tomando como punto de partida esta aguda viñeta que circula por Internet, me adentraré una vez más por un sendero plagado de espinos, navegando a contracorriente. Porque en este post voy a defender la necesidad de la autoridad en la educación. Todo el mundo sabe que algo marcha mal en nuestro sistema educativo, aunque no todos lo reconozcan, por ignorancia o por determinados intereses políticos e ideológicos. La realidad objetiva es que las últimas generaciones de “estudiantes” -si se les puede llamar así- no sólo son trágicamente incultas y con altos índices de abandono académico, sino también carentes de una disciplina básica.

 

Hay numerosas y afortunadas excepciones, pero parecen ser sólo una minoría que confirma la regla. ¿Quién no ha oído hablar del informe Pisa, que nos sitúa a la cola de Europa en materia de educación? ¿Quién no ha pensado que algo falla al comprobar la deprimente cultura general de tantos adolescentes y jóvenes? ¿Quién no se ha alarmado por el aumento de las conductas inadaptadas y antisociales en escuelas e institutos? ¿Quién no ha sufrido o ha visto y escuchado cómo se ha incrementado la violencia y extorsión entre compañeros y las agresiones de niños y adolescentes a padres y maestros, o incluso de padres hacia los profesores? Algo grave pasa, sin duda, y una de las causas (¿o efectos?), es una falta cuantitativa y, sobre todo, cualitativa, de autoridad.     

 

Desde el esquema pre-constitucional, como lo llama D. Emilio Calatayud, el famoso y simpático Juez de Menores de Granada, hasta el modelo actual, ambos tan bien caricaturizados en la viñeta, ha habido un cambio pendular, de extremo a extremo, casi sin solución de continuidad y apenas sin términos medios. Desde el autoritarismo excesivo de la escuela tradicional, hemos puenteado en muy pocos años toda la escala de tonos intermedios y hemos llegado a la situación de laissez faire (dejar hacer) soñada por los charlatanes de la nueva pedagogía, aquellos ilustres personajes de inicios del siglo XX incardinados en ese “totum revolutum” de ideas y experiencias que se dio en llamar Educación Nueva.

 

No tomaré partido en la “guerra” que se ha establecido entre padres y profesores, en la que unos se arrojan a otros las culpas de lo que ocurre, porque es una pescadilla que se muerde la cola, en la que es muy difícil determinar “quien empezó primero”, como si de una pelea infantil se tratase. Creo más bien que se trata de una crisis social generalizada que afecta a todos. Sea como fuere, el caso es que, en infinidad de hogares y de escuelas, quien realmente detenta la autoridad como un pequeño dictador es el niño, habiendo aparecido en escena ese nuevo fenómeno psicosocial que el Dr. Vicente Garrido, experto Psicólogo en temas de violencia, denomina con gráfico acierto el Síndrome del Emperador (1).

 

Es una necesidad urgente recuperar la autoridad de los maestros y de los padres. Digo autoridad, no autoritarismo, porque no se trata de volver sin más a modelos abusivos del pasado. Tampoco consiste, exactamente, en buscar el término medio entre los extremos de lo que fue y lo que es. Se trata de introducir en la educación un cambio de la calidad de la autoridad, no de sólo de la cantidad. “Autoridad” viene del latín auctoritas, palabra que procede del Derecho Romano y que hace referencia a la autoridad moral que otorga la gente, de forma espontánea, a quien demuestra poseer determinadas virtudes y/o saberes, en oposición a la potestas, que es el poder formal u oficial que conlleva un estatus o cargo.

 

Los educadores poseen -o poseían- la potestas que les otorga su estatus profesional, pero sólo tienen la auctoritas que sus educandos les conceden. Aunque es necesaria la reconquista de una potestas adecuada y equilibrada, es mucho más importante la auctoritas. Pero esta autoridad moral no viene “de serie”, al adquirir el estatus de educador, sino que hay que ganársela, hay que conseguir que el educando te la conceda. Y eso no se obtiene a base de palos y malas formas, ni se gana a base de concesiones de caprichos. No se conquista por la fuerza de la obligación, ni tampoco por el estúpido colegueo. Sólo se suscita en el educando por la admiración, que engendra respeto y mueve hacia la emulación.

 

¿Qué educador consigue ese tipo de autoridad?: aquel cuya maestría es notoria en su ciencia, que ama a sus alumnos, a la educación y a la materia que enseña, que es modelo de persona coherente y cuando se equivoca sabe reconocerlo y disculparse, que busca la verdad sin rehuir ninguna dimensión de la realidad, que porta una concepción del mundo y de la vida que da respuesta a las exigencias humanas básicas que nos constituyen, que ejerce sus responsabilidades sin el fariseísmo de creerse mejor que nadie, que no se tiene a sí mismo en tanta importancia como para estar siempre serio, que se acerca al educando y a sus problemas con empatía, que sabe ponerse en su sitio sin avasallar, que hace que sus pupilos se sientan seguros, comprendidos y ayudados.

 

La valía de un profesor no se mide por el número de títulos y diplomas que constan en su curriculum vitae, sino por su competencia real para generar aprendizajes en sus alumnos. Quien carece de auctoritas no puede hacerlo. Y quien no lo hace, carece de auctoritas. Así de unidas están ambas competencias. Sólo un verdadero maestro, en el sentido más gremial y taurino de la palabra, consigue que sus alumnos se comporten y aprendan. Acabo con un poco más de etimología. “Maestro” viene del latín magister, que a su vez proviene de dos raíces: “más” y “tres” (2). El auténtico maestro es “tres veces más”: Sabe su ciencia, sabe enseñarla y sabe, sobre todo, ser persona íntegra ante sus discípulos.

 

(1) Recomiendo la lectura de su libro “Los hijos tiranos”, publicado por Ariel.

 

(2) Después de la publicación de esta entrada y tras un estudio etimológico más profundo y detallado, es mi deber advertir que el origen de la palabra “maestro” (“magister”) probablemente no sea el que aquí he citado. Para más detalles, pueden leer el post que he escrito con posterioridad, donde el tema queda más claro: De magistri et ministri

   

¿De quién son los hijos?

 

(Publicado en Análisis Digital el 7 de julio de 2009) 

 

Es tan curioso como trágico el concepto que el progrerío izquierdoso laicista, sobre todo el más radical, tiene sobre la propiedad de los hijos, del ser humano en suma. Precisamente son los descendientes ideológicos del marxismo, los hijos políticos de aquellos que propugnaron su fuerte crítica al concepto de propiedad privada de los bienes, los que han desarrollado una retrógrada doctrina de la propiedad sobre las personas, un tema propio del esclavismo y que yo creía ya superado por nuestra cultura. Una doctrina que otorga a la madre gestante la propiedad absoluta del hijo que lleva dentro y que, si éste llega a nacer, es arrebatada por el Estado.

 

Cuando de la vida humana gestante se trata, la “dictadura del progretariado” establece que la madre es propietaria absoluta de la misma y que, como sucedía con los amos de los esclavos, puede disponer de ella como mejor le parezca, incluso matándola sin problema ético ni legal alguno. “Mi cuerpo es mío, todo lo que está dentro también y hago con ello lo que quiero”, sería la frase que resume esta falacia de propiedad ilimitada sobre sí mismo y sobre el hijo concebido. Esta es la burda antropología que fundamenta el pretendido “derecho al aborto”: el ser que se gesta en mi interior es mío y hago con él lo que me apetezca.

 

Para afianzar esta posición disimulando su evidente perversidad, necesitan completar su pobre antropología con una cosificación de la vida humana en gestación. Necesitan afirmar, contra la ciencia si es preciso, que el nasciturus no es un ser humano, ni siquiera una vida humana, sino una “cosa”, (viva, según Aído, pero no humana), un amasijo de células con la misma entidad que un tumor o la uña del dedo gordo del pie. ¿Que la “cosa” posee una identidad genética diferenciada? ¿Que la única forma de que esa “cosa” no llegue a ser una persona adulta es que muera? ¿Que la “cosa”, a las pocas semanas, ya posee los mismos miembros y órganos que un adulto? Todo ello les importa un bledo.

 

Pero no queda ahí la cosa. Cuando el niño no es asesinado en el vientre de su madre y tiene la suerte de nacer, se añade una absurda contradicción: desde ese momento, para el Matrix progre, el ser humano ya no es de la madre, ni de la familia, sino del Estado. La propiedad prenatal que abusivamente se atribuye a la madre, es enajenada de inmediato por esa omnipotente y omnisciente entidad artificial. A partir del nacimiento, el Estado Padre y Madre se apropia del hijo y se arroga la facultad de educarle a su antojo. El recién nacido pasa a ser “ciudadano”, en el peor de todos los sentidos. Los padres ya no tienen derecho ni a chistar, por mucho que se lo reconozca la Constitución y la Declaración de DDHH.

 

La patria potestad -no patria “propiedad”- que legítimamente corresponde a los padres es puesta en entredicho, limitada e incluso suplantada por esa imprescindible “tribu” de la que habla Jose Antonio Marina al mismo tiempo que afirma que la familia es, poco más o menos, el origen de todos los males, la transmisora de lo peor de la Humanidad, por lo cual no se le puede confiar sin una tutela exhaustiva la educación de sus pequeños. El Estado enajena a la familia y se hace propietario del nuevo ciudadano, utilizando los medios de comunicación, de los que también se ha apropiado, y la escuela, de la que también se ha apropiado, para educar al pequeño “como debe de ser”, que para eso el Estado lo sabe todo.

 

El Estado, entidad abstracta, se plasma en la realidad en una superestructura administrativa gobernada por personas concretas, las cuales dirigen el cotarro a su antojo y utilizan el poder, que les ha sido confiado para gestionar los intereses generales, para gestionar sus intereses particulares. Crean una “Educación para la Ciudadanía” según su propio modelo ético e ideológico sectario y la imponen, no sólo a golpe de leyes y reales decretos, sino a base de un astuto proyecto de ingeniería social que rebasa los límites de ese anticonstitucional grupo de asignaturas y se extiende transversalmente por todos los entresijos del sistema educativo, de los medios de masas y de la sociedad en general.

 

Pasándose por el forro el principio de subsidiaridad, el Estado aliena a los padres y se apropia del fruto del útero de la mujer, del seno de la familia, de la misma forma intolerable que, según la crítica marxista, el fruto del trabajo es alienado por parte del amo capitalista. Y todos tan contentos con este moderno y progre abuso de poder. Los herederos ideológicos de aquellos que criticaron, lucharon y se alzaron contra aquella terrible injusticia, son ahora entregados y entusiastas vasallos de todas estas nuevas formas de alienación y de autocracia disfrazada de democracia, y no dudan en renunciar a sus derechos respecto a sus hijos.

 

Porque no se trata sólo de derechos, sino también de deberes. La educación de los hijos es un derecho-deber irrenunciable e insustituible de los padres. El camino fácil es hacer dejación de ello y delegar el asunto al Estado, que tan bien y tan eficazmente ha demostrado que educa a los niños, adolescentes y jóvenes. Tan requetebién, que nos ha colocado a la cola de Europa. Tan estupendamente, que ya gozamos de casi dos generaciones de analfabetos funcionales, sin cultura general alguna, sin capacidad de esfuerzo, de sacrificio y de constancia, incapaces de orientar su vida y marcarse y alcanzar objetivos a largo plazo.

 

Cualquier gobierno sabe que cuanto más débil y “puenteada” esté la familia, y cuanto más zopenco sea el pueblo, más poder directo tiene sobre los ciudadanos, porque el conocimiento integral de la realidad es siempre liberador. Pero esto también les trae sin cuidado. Algunos padres ni se enteran y otros no se quieren enterar porque, como ahora los que mandan les gustan, pues no pasa nada si se dedican a adoctrinar a sus hijos. Una faena menos y adelante con el proyecto giliprogre que les tiene encandilados. Sin darse cuenta de que, con su dejación y su borreguismo están reabriendo la peligrosa puerta hacia el totalitarismo.    

 

¿De quién son los hijos?, es la pregunta que he querido plantear como título de este artículo. ¿Son de la madre? ¿Son de los padres? ¿Son de todos? ¿Son del Estado? Pues miren, no, los hijos no son ni de los unos de los otros. Los hijos son personas y las personas no pertenecen a nadie en propiedad. Sólo las cosas pueden ser poseídas, y ello de forma limitada, si seguimos la doctrina social de la Iglesia, mucho más revolucionaria que la marxista, aunque poco conocida. Nuestros hijos son Hijos de Dios y, como tales, tienen la dignidad de persona libre. Con nuestra libre cooperación vienen al mundo y nos es confiado su cuidado y educación, pero no nos pertenecen, ni a nosotros, ni a la colectividad, ni al Estado.

 

Cuanto más intervencionista es un Estado, no es más moderno ni democrático, como pretende hacernos creer el progretariado socialista, sino todo lo contrario, es más retrógrado y totalitario. El paternalismo gubernamental, que siempre recela de la iniciativa social, no es más que una forma velada de autoritarismo. Un gobierno que no cree en el pueblo, no es digno de gobernar, puesto que su poder emana de él. Y unos padres que abandonan a sus hijos en las garras de la ideología particular del gobierno de turno, tampoco son dignos de tal nombre ni de tan importante responsabilidad. ¿Cómo es posible que los padres que se las dan de progresistas no sean todos ellos, precisamente, los primeros y más aguerridos objetores de conciencia contra la imposición de esta EpC?

 

¿Por qué sois tan cobardes?

 

 

 

 

 

Bendito sea el Señor, mi Roca, que adiestra mis manos

para el combate, mis dedos para la batalla

(Salmo 144, 1)

 

Ha sido una alegría, un consuelo y un buen rapapolvo encontrarme este domingo en la celebración eucarística con la lectura de ese pasaje evangélico comúnmente llamado “La tempestad calmada”, un título bastante pobre en relación con su contenido, por cierto. En este texto del Evangelio según San Marcos (Mc 4, 35-40), como sucede en cada fragmento de la Biblia, no sobra ni falta siquiera un punto o una coma.

 

En el citado pasaje, situado a orillas del Mar de Galilea, Jesús dijo a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla”. Acompañando a Jesucristo raro era estar mucho rato parado. Cualquiera que sigue con seriedad a Jesucristo sabe muy bien que su vida casi nunca es estática, sino siempre dinámica, movimiento, camino. La cómoda actitud pequeño-burguesa de “que no se mueva nada” es diametralmente opuesta al cristianismo.

 

“Esta orilla”, la de aquí, símbolo de aquella en la que trascurre nuestra vida diaria, era para sus primeros discípulos la zona de Cafarnaum, donde tenían sus casas, sus trabajos, sus seguridades. Es el área costera del Mar de Tiberiades en la que Jesús, con la multiplicación de los panes, se había revelado como Mesías y en la cual sus discípulos estaban entusiasmados de ser los amigos de tan ilustre personaje. Era la zona del éxito humano.

 

Pero Jesús, si escrutamos los Evangelios, se empeña una y otra vez en ir o en enviar a los suyos “a la otra orilla”, donde tanto él como sus discípulos eran casi unos extraños poco bienvenidos. Nuestra vida cristiana está siempre proyectada hacia esa “otra orilla”. Y no sólo a la definitiva, la Vida Eterna en el Cielo, sino también a “otra orilla aquí”, en esta vida. Para ello hemos sido llamados a ser perpetuos navegantes y caminantes.

 

En la orilla de acá parece que se está bien, disfrutando de las precarias comodidades y logros que creemos haber conseguido. A todos nos tienta el espejismo de una vida “fácil”, burguesa, tranquila, sin complicaciones ni sobresaltos, evitando problemas, cerrando los ojos a la realidad y dejando pasar cuanto ocurra sin mover un dedo. Pero el amor de Cristo, como dice la 2ª Lectura de hoy, “nos apremia” a movernos hacia los demás.

 

Todo cristiano que en verdad lo sea, se siente urgido por Jesucristo a embarcarse con él rumbo a “otra orilla”, a esa margen en la que nos espera nuestro prójimo sufriendo a chorros, a esa tierra prometida del amor incondicional al otro, a la incómoda arista del servicio sin esperar recompensa a cambio. El Hombre está hecho a imagen de Dios, que es amor absoluto, y sólo puede realizarse pasando a esa “otra orilla”.

 

Siguiendo el texto evangélico, vemos que, una vez metidos aguas adentro, se levanta una fuerte tempestad que amenaza con hundir la barca. En principio esto parece raro, pues el Mar de Tiberiades no es más que un lago interior, el Lago de Genesaret. Yo he estado dos veces allí y en una de ellas he tenido la suerte de contemplar en vivo una de esas tempestades. Doy fe de que suceden y de que son pavorosas.

 

Los discípulos están espantados al ver lo que está sucediendo a su alrededor. Como nosotros estamos acogotados ante la galerna que se ha desatado contra los que navegamos en la barca de Cristo en esta sociedad, que amenaza con devorarnos de un momento a otro, asustados como toda persona de buena voluntad que se niega a aceptar las mentiras emponzoñadas de “esta orilla” y se ha hecho a la mar.

 

Acongojados como todos los que no aceptamos la neototalitaria dictadura del progretariado laicista, ni su versión de lo “políticamente correcto” y navegamos a contracorriente de un mundo empecinado en su autolisis colectiva, una sociedad enloquecida y embravecida que no soporta que algunos no “bendigamos” su desvarío y que alcemos nuestra voz disidente entre el fragor de sus truenos mediáticos.

 

Pero no es ese el mayor problema que tambalea la fe de los discípulos. Hay otro mucho peor. Algo tan sorprendente como escandaloso: Jesús está tranquilamente durmiendo sobre un almohadón en la proa de la barca, sin percatarse de la que está cayendo y sin hacer nada de nada al respecto. Lo despiertan con un grito que a muchos de nosotros no nos resulta nada lejano: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?”.

 

Esta es la sensación de abandono que sentimos muchos de los que hemos dejado “esta orilla” y hemos zarpado en la barca que va a la “otra orilla”, una aventura de riesgo en la que nos enrolamos pensando que Jesús va con nosotros, que nada nos puede pasar y que llegaremos a buen puerto. Pero Jesucristo duerme en su almohadón como si le importara todo un bledo. Exactamente como si no estuviera, como si no existiera.

 

Cuántas preguntas, cuántas dudas, brotan de nuestro incrédulo corazón: Señor, ¿no ves el huracán que nos rodea? ¿No ves los millones de abortos? ¿No ves la manipulación del genoma que tú has creado? ¿No llega a ti el grito ahogado de los miles de niños que cada día mueren de hambre? ¿No ves que este planeta tiene los días contados? ¿No ves la perversión moral de la política y de la enseñanza? ¿Por qué no haces nada?.

 

Nos vienen al pelo las palabras que Jesús les dice a sus discípulos después de calmar la tempestad con una simple orden: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”. ¿No os dais cuenta de que si yo voy en la barca, la tempestad, por mucho que brame, carece de poder alguno? ¿No os dais cuenta de que yo estoy con vosotros? ¿No veis que voy delante, en la proa de la embarcación? ¿Qué miedo tenéis?

 

Dios nos habla cada día. Pero a veces su palabra es el silencio, un silencio que también forma parte de su lenguaje, como en la música. Son tiempos de aparente ausencia divina, imprescindibles para enseñarnos a vivir como seres humanos en plenitud, que no otra cosa es ser cristiano. Momentos de soledad y de prueba, en los que se libra el buen combate de la fe. Etapas para trabajar duro, apoyados sólo en la esperanza.

 

Cristo, además de echarles en cara a sus discípulos su falta de fe, les critica su cobardía. Jesús no necesita una manada de borregos estúpidos y blandengues, aunque sabe que lo somos tantas veces. Dios quiere formarse un resto, un pequeño pueblo de personas completas, aguerridas, sufridas, intrépidas, audaces y valientes, una comunidad de personas que no se arrodillen ante nadie que no sea el propio Dios.

 

Él conoce nuestra debilidad, nuestra pobreza y nuestros infinitos temores. Aún así, o quizá por eso mismo, cuenta con nosotros, como contó con aquel grupito de descreídos y gallinas que fueron sus primeros seguidores. Por eso nos enseña a sufrir y a luchar, a no dejarnos amedrentar por nada ni por nadie. Y para ello, como debería hacer todo buen padre, de vez en cuando nos deja “solos” en el campo de batalla.

 

Pero no estamos solos. Jamás. Como Jesús nos decía en el Evangelio de hace un par de domingos: “Sabed que yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo”. Despierto o dormido, Jesús va en la proa de la barca. Él ha vencido al mundo y marcha delante abriendo el camino. Cuando Dios calla es porque hay algo que nos toca hacer a nosotros. Así que, amigos marineros: ¡fuera miedos y a remar tocan!

 

La dictadura del “progretariado”

 

(Transcrito tal y como lo he publicado en Análisis Digital) 

 

La llamada “dialéctica”, tomada de prestado de Hegel, es la base teórica del pensamiento de Karl Marx, que se extiende desde su filosofía teórica, el materialismo dialéctico, a su filosofía práctica, el materialismo histórico. La dialéctica es un proceso tan fácil de comprender como difícil en su aplicación. Consiste en la conocida secuencia: tesis-antítesis-síntesis. La aplicación pragmática de esta regla se traduce en que la “tesis” es el estado actual de una realidad, la “antítesis” es la aplicación de su extremo opuesto y la “síntesis” un estado final más perfecto, el cual, a su vez, puede servir de nueva tesis para iniciar otra vez el proceso. Y así, supuestamente, se progresaría de forma continua.

 

Marx, quizá por su sensibilidad judía, percibió con intensidad las injusticias sociales del capitalismo y de los regímenes políticos autocráticos y, aceptando también el inmanentismo de Hegel, que tradujo en materialismo, ideó una forma de aplicar el modelo dialéctico para hacerlas desaparecer. La situación de injusticia existente sería la “tesis”. La “síntesis” final debería ser una sociedad justa. Para ello hacía falta una “antítesis” intermedia, un estado de cosas diametralmente opuesto a la “tesis”. Marx la concibió como una etapa de “dictadura del proletariado”. Para implantar esta etapa intermedia era necesaria una revolución. Tras ella, advendría una nueva y magnífica sociedad: el paraíso comunista.

 

Se equivocó, evidentemente, ya que su sugerente idea, secundada por gran parte de la intelectualidad y acogida con esperanza por gentes de todo el mundo, no trajo paraíso alguno, sino auténticos infiernos sociopolíticos que han acabado por caer estrepitosamente o han ido asumiendo, al menos en parte, una economía liberal de mercado. ¿Por qué y en qué se equivocó Marx? Es fácil atribuir el fracaso a la malinterpretación de sus ideas realizada por Lenin y, más aún, a su brutal aplicación por Stalin y otros. Como también lo es afirmar que su teoría era sencillamente falsa en todos sus aspectos y que, por tanto, su aplicación jamás podría obtener éxito alguno. Ambas explicaciones son posibles.

 

Sin perjuicio de lo anterior, creo que sus errores básicos fueron cinco: a) Su materialismo, convencido de que el Hombre sólo sería capaz de crear un mundo mejor anulando el “opio del pueblo” de la religión; b) Su buenismo, tan poco judío, que olvidó contar con el factor “debilidad humana” o “pecado” en sus planes; c) Su extracausalismo, hijo de los dos anteriores, según el cual aquello que “aliena” y envilece al ser humano no es lo que procede de su interior, sino algo situado en el exterior: las estructuras injustas; d) Su crematicismo o superlativo acento en la dimensión económica del ser humano; e) Su gregarismo, que extremó la dimensión comunitaria humana en detrimento de su dimensión personal. 

 

Todo lo anterior, sin duda, merece una explicación detallada que excede las posibilidades de un artículo de opinión. Vamos a los hechos: el comunismo, como ahora le sucede al capitalismo, se derrumbó sobre sí mismo. El socialismo real fue un simple sueño de la razón que, como decía Goya, no ha producido más que monstruos. Las “izquierdas” políticas, ligadas a la doctrina marxista, se quedaron sin su proyecto y sentido original y, obligadas a asumir cuanto menos una buena parte de los planteamientos del liberalismo, llevan décadas buscando nuevas “causas” e ideologías a las que abonarse para seguir existiendo.

 

El laicismo radical, distinto de una sana laicidad, es una de ellas, como también lo son el relativismo intelectual y ético, el positivismo moral y jurídico, el feminismo, ecologismo y pacifismo radicales, y una amplia gama de “ismos” extremistas. Autoarrogándose una paradójica exclusividad del progresismo -paradójica porque a duras penas consiguen disociarse de las nostalgias de quebrados espejismos del pasado- han optado por secundar los caprichos y desvaríos de ciertas minorías, inventando para ellas nuevos “derechos” a la carta, aunque con ello vayan dejando en la cuneta otros derechos fundamentales que sí son de todos.

 

El socialismo se ha convertido en un cajón de sastre donde cabe todo lo que les apetece calificar de progresismo, aunque sea regresismo, como lo es el aborto, la eugenesia o la eutanasia, prácticas que nos devuelven a etapas de barbarie ya superadas por nuestra civilización. La fallida “dictadura del proletariado”, que sumió a media Europa y parte de otros continentes, en la miseria material, psicológica y moral, ha sido sustituida por una nueva “dictadura del progretariado”, en la que cualquier grupillo que arme suficiente ruido puede imponer sus pretensiones con la bendición de los políticos, por muy descabelladas que sean.

 

Solo hay una condición para obtener el certificado oficial de progresismo y corrección política: que lo propuesto no huela a cirio. O mejor aún, que destruya algo de la cultura cristiana. Hasta grupos políticos con un ideario original humanista cristiano están cayendo en la tentación de girar el timón a babor para repelar votos de ese enjambre de pseudoprogres, sin darse cuenta de que esos cuervos, una vez criados, les sacarán los ojos. Pero esas “raras avis”, con sus piquitos de loro, copan titulares de prensa y espacios televisivos, son protagonistas de la comedia nacional. Así las cosas, todo político cazavotos trata de congeniarse con ellos.     

 

Entre unos y otros han conseguido que nuestro país baile al son de esa panda de progresistas de salón, tovarich con dacha en Marbella o Ibiza, chaqueteros oportunistas, intelectualoides vomitivos, cazadores de cánones y subvenciones para sus bodrios “culturales”, gritones de “no” a algunas guerras y mudos para otras, tertulianos habituales de telebasura y otras especies varias de ese pelaje. Me repugna hasta la náusea la caradura de todo ese progretariado que se pasa por el forro la Constitución, los Derechos Humanos y lo que haga falta, con tal de ver legalizadas y bien pagadas sus reivindicaciones miopes y egoístas.

 

Terminaré con un deseo paradójico: ojalá fuesen ciertos los postulados dialécticos y, siendo la “tesis” el fracasado socialismo real y la “antítesis” el actual capitalismo desaforado -en vías de extinción-, venga después la “síntesis” de un nuevo modelo social capaz de armonizar, de una vez por todas, la libertad con la igualdad, los intereses particulares con los generales y la libre iniciativa con la justicia social. Pero esa síntesis no se hará sin una reconstrucción moral “desde dentro” de las personas, no se hará sin Dios. Si quieren ver una buena maqueta de cómo podría ser esa síntesis, lean la “Sollicitudo rei socialis”, de Juan Pablo II.

 

 

Ley de Protección a la Maternidad: progreso material más progreso ético-social

 

 

(Publicado en Análisis Digital)

 

Llevo meses fustigando en algunos de mis escritos al PP, esa formación política que tanto me ilusionó con sus principios originales y que tanto me ha decepcionado conforme los ha ido abandonando. Hoy no lo haré, pero nadie vaya a pensar, por lo que voy a decir, que ya me ha “reconvertido”, aunque, de seguir así, va por buen camino. Entre otras muchas cosas, quisiera que los populares también se colocaran a la cabeza de la defensa de los Derechos Humanos generando algún tipo de pionera normativa que reconozca el derecho a la objeción de conciencia, tanto a la EpC como a otros asuntos en los que el cumplimiento de ciertas leyes con implicaciones morales, entre en serio conflicto con la conciencia de las personas.

 

Pero lo que es justo, es justo, y en esta ocasión, con la aprobación por parte del Gobierno Valenciano del anteproyecto de la nueva Ley de Protección a la Maternidad, he de quitarme el sombrero. Yo no sé por qué derroteros andará Rajoy con su negativa a eliminar o modificar -si vuelve a gobernar- la actual normativa que despenaliza el aborto en los tres supuestos de marras. Tampoco comprendo cómo nuestro valenciano Consell consiente e incluso se jacta de sus congeladores de embriones humanos, de la manipulación de esos pequeños seres humanos y de los “avances” en burradas como la clonación humana. Pero esta nueva Ley que va a sacar el PP valenciano merece mis más efusivos elogios.

 

Si el camino que se ha emprendido con esta avanzada y amplia protección de la mujer embarazada, que repercute directamente en la protección del no nacido, es el comienzo de una reafirmación y un progreso en la defensa de los principios éticos básicos de nuestra tradición cultural, el PP valenciano volverá a ser mi PP y el de centenares de miles de ciudadanos de esta Comunidad Autónoma, a los que nos tienen actualmente bastante confundidos y frustrados, cuando no muy cabreados. Yo quiero pensar que sí y que el increíble progreso material, modernización estructural y proyección internacional al que han llevado a nuestra Comunidad, llevará parejo un progreso paralelo en el ámbito de lo social y lo ético.

 

La Ley de Protección a la Maternidad, tal y como se dibuja en su anteproyecto, tiene, a mi juicio, dos grandes valores: el primero es, sin duda, que entreteje una red de apoyos a la mujer embarazada, tan multisectorial, tan amplia, tan completa y con tantos medios, que creo no equivocarme si afirmo que carece de parangón en la historia. Su puesta en práctica será una ayuda de incalculable valor para la mujer, para la maternidad, para el derecho a la vida y para la sociedad entera. El segundo valor es de índole pragmática: se trata de una iniciativa que no admite contestación. Nadie en sus cabales puede estar en contra de que se presten cuantas ayudas sean posibles a las mujeres embarazadas.

 

¿Que saldrán detractores que tratarán de descalificar la iniciativa del Consell, incluso desde colectivos feministas radicales que deberían aplaudirla a rabiar si tuviesen dos dedos de frente? Seguro que sí. Ya se oyen voces criticándola. Pero jamás lograrán encontrar un argumento ético, ni racional, que consiga demostrar que no haya que ayudar a la mujer embarazada. Oiremos sartas de tonterías, frases-consigna precocinadas, ocurrencias pseudo-ingeniosas, intentos de retorcer los hechos y de ofrecer una información torticeramente manipulada, y mentiras, toneladas de mentiras. Nada serio. Puro ruido. Ni caso.

 

Cuando esta magnífica ley se tramite, apruebe y entre en vigor, bastará un certificado médico de embarazo, aunque su hijo aún no haya nacido, para que las mujeres valencianas puedan comenzar a solicitar -e incluso disfrutar en muchos casos- las ayudas sociales, educativas, sanitarias, fiscales y de vivienda que necesiten para llevar a término felizmente y con todas las garantías posibles su embarazo. Con ello, no sólo se fomentará la natalidad, como afirma el Presidente Camps, algo absolutamente necesario dada la inversión y reducción de la pirámide poblacional, sino que se evitarán miles de abortos que tantas veces se producen por no hallar otra salida. Esta ley va a salvar muchas vidas humanas.

 

El Presidente Camps, al frente de la Comisión Interdepartamental de Apoyo a la Maternidad que ha constituido, ha pronunciado algunas de las palabras más humanas, más bellas y más genuinamente progresistas e incluso revolucionarias que he oído en boca de un político, cuando ha comunicado que: “en el momento mismo que haya una certificación de esa concepción, para la administración autonómica y todas las políticas que desarrolla la administración autonómica, se considera que ya forma parte de la familia, y por lo tanto ya esa familia tiene acceso a todos aquellos beneficios que significa el incremento familiar o que significa algún tipo de ayudas por parte de la Generalitat”.

 

¡Qué contraste con el triste y retrógrado empeño destruidor de vidas que al mismo tiempo están tramando Zapatero y su Ministra de “Igualdad”! Unos trabajando por la protección integral de la mujer embarazada y otros trabajando por facilitarle el homicidio de su propio hijo y abocarla al infierno de las secuelas psíquicas post-aborto. Unos velando por la natalidad, verdadera riqueza de un país, y otros empeñados en el suicidio poblacional. Unos asegurando las futuras políticas de protección social -léase pensiones- y otros sólo prometiéndolas, no se sabe con qué dinero si no hay reemplazo generacional. Unos usando su cerebro para crear nuevas formas de progreso y otros embotados en sus caducos esquemas inoperantes. Unos dando vida a la sociedad y otros robándosela.

 

Enlaces relacionados:

 

Camps se suma a las políticas de apoyo a la maternidad

Firma: felicita a la Generalitat Valenciana por su política a favor de la mujer

Gobierno valenciano aprueba anteproyecto Ley de Protección del Embarazo

Ley Protección Maternidad considera al feto un miembro más de la familia

 

ULTIMA HORA:

 

a) El vicepresidente social del Consell, D. Juan Cotino ha dado a conocer hoy en COPE el compromiso de D. Mariano Rajoy de convertir en nacional el plan “Más Vida” de la CV.

 

b) La Comunidad de Madrid, que también tiene en marcha importantes iniciativas de apoyo a la maternidad, ha decidido ampliarlas con nuevas prestaciones económicas.

 

 

Rajoy en TVE y el aborto: hace falta sangre fría

 

 

La pregunta del millón que, desde otro ángulo, le cayó encima a Zapatero en el anterior “Tengo una pregunta para usted”, a la que por cierto, no contestó, le ha saltado a la cara también a Rajoy, en la edición del pasado lunes del citado programa. Se trata, ni más, ni menos, que de manifestar su opinión sobre el aborto, el tema ético más serio y controvertido en la actualidad. D. Mariano sí contestó, pero ¡cómo!

 

Cuando Zapatero, fue repugnante verle “salir en la foto”, con su sonrisa de máscara veneciana, con Izaskun, aquella chica con Síndrome de Down que, con la despenalización del aborto en los tres supuestos legislada por el PSOE, carece del derecho a nacer sólo por ser como es. A Rajoy se lo han puesto más difícil, porque la pregunta sobre el aborto no se la ha hecho un cura, sino una mujer que padece una anormalidad prenatal por la cual podría haber sido abortada, según ella mismo dijo.

 

María, que así se llama la aguerrida fémina que desde su silla de ruedas interrogó al líder del PP, le preguntó textualmente:

 

“Con la actual ley del aborto, que ustedes no derogaron durante su mandato, yo hoy podría no existir. Porque además, ayer mismo, ustedes, como partido político, no salieron a la calle a manifestarse contra la nueva ley del aborto. Y esa ley va a estar aprobada en el Congreso de los Diputados, si se aprueba, que no tiene por qué, pero se puede aprobar o no. ¿Me podría decir claramente cuál es su posición y la de su partido ante la ley del aborto?”.

 

La respuesta literal de Rajoy, delante mismo de la mujer, fue:

 

“Yo votaré en contra de la ley que plantea el Gobierno de España. Votaré en contra y además, si va la ley como se ha anunciado que va, iré al Tribunal Constitucional. Esa es mi posición y la de mi partido…Ahora, mi posición hoy sobre este asunto es que se debe mantener la ley que existe y está en vigor en estos momentos en España. Es una ley que lleva veinte años, que nosotros no hemos modificado y que en mi opinión respeta el derecho a la vida, con algunas excepciones, que es en el caso de malformación, en los casos de…”

 

Desde luego, hay que tener sangre fría, para decirle delante de sus morros a una mujer que con esa ley socialista que ellos no derogaron ni modificaron, no tenía protegido su derecho a vivir, que su partido y él mismo quieren mantener las cosas como están. Sincero fue, sin duda, D. Mariano, cruelmente sincero, pero me cuesta trabajo comprender en nombre de qué puñetero argumento hay alguien capaz de decirle a esa mujer y a tantos minusválidos que, pese a la ley, han podido nacer, que su derecho a vivir no merecía ser protegido.

 

Miren ustedes. Mi esposa y yo tenemos una hija que nació con labio leporino. ¿Acaso saltamos de alegría por ello? Pues no, claro que no. Pero no nos importó en absoluto. La acogimos en nuestro hogar con todo nuestro cariño, igual que a todos sus hermanos. Tras varias operaciones, no exentas de sufrimientos y temores, no sólo quedó perfectamente corregido el “defecto”, sino que hoy en día es una joven de 20 años que, sin exagerar ni un milímetro, podría hacer de doble de Julia Roberts. No pongo aquí una foto porque no tengo su permiso.

 

¿Por qué les cuento esto? Pues escúchenme bien. Hace apenas unas semanas salió en la televisión un reportaje en el que se explicaban los tipos de malformaciones que habían sido motivo de aborto en España. Nuestra hija estaba con nosotros viendo ese programa. Cuando dijeron que uno de los motivos había sido el labio leporino, a la chica y a nosotros casi nos da un patatús. “¿Han dicho labio leporino?”, nos preguntó nuestra hija, que no podía dar crédito a lo que había oído. “Pues sí, eso han dicho”, le contestamos. “¿Quiere eso decir que yo, por ser como soy, según la ley no tenía derecho a nacer?”, dijo, con una sombra desencajada en su rostro que no quisiera que nadie tuviese que ver jamás en un hijo.

 

A ver si tiene el Sr. Rajoy los arrestos suficientes para venir a mi casa y decirle a mi hija (o a mí) que con esa monstruosa ley eugenésica neonazi que el PSOE coló a la sociedad española y que su partido no modificó cuando pudo, la vida de mi hija no valía ni merecía protección legal. Con su inactividad, su cobardía, su afán de poder y su renuncia a los principios, el PP se ha hecho colaboracionista del mayor holocausto conocido. Sólo en España, ¡un millón y medio de abortos en los últimos veinticinco años! ¿Y dice Rajoy que él defiende el derecho a la vida y que la ley hoy vigente también lo defiende? ¿Tan estúpidos nos considera?

 

Menos mal que dice oponerse al proyecto de aborto libre de Zapatero, que ahora trata de colar a la opinión pública diciendo la descarada mentira de que no “amplia” el aborto, sino que lo “restringe”. ¿Una ley diseñada, no para evitarlos, sino para dar seguridad jurídica a los abusos que los abortadores realizan con la actual? ¿Una ley que descalifica el aborto como delito y lo transforma en un “derecho”? ¿Una ley que permite el aborto libre hasta etapas de gestación en las que el feto hoy en día puede ser viable? ¿Una ley que permite que niñas menores de edad aborten sin conocimiento ni permiso de sus padres? ¿Eso es una ley “restrictiva”?

 

¡Ya está bien de engañar a la gente! La ciencia sabe hace tiempo cuándo comienza la vida humana. El concepto de persona es cultural y existen muchas variantes: que si persona física, que si persona jurídica, que si “pre-persona”, que si se ha de ser autoconsciente o no para ser persona… Pero los conceptos de “vida humana” y de “ser humano” son biológicos. Ser humano es algo tan sencillo como pertenecer a la especie humana. Y toda vida humana comienza, diferenciada como individuo, en el momento de la concepción, con un código genético único e irrepetible. Esto no es una creencia, es un hecho, una certeza científica.

 

Es un avance de la civilización proteger la vida humana, sea cual sea su etapa de desarrollo. Mayor progreso equivale a mayor consideración de la dignidad inviolable de la vida humana, ofreciéndole mayor protección cuanto mayor es su indefensión. En esa dignidad no cabe ningún tipo de “plazos”. No hay vidas humanas que sean ni más ni menos vidas humanas que otras. Defender lo contrario es regresar a la barbarie pre-moral y pre-científica. Así que, el Sr. Zapatero con su empeño en avanzar hacia el aborto libre, y el Sr. Rajoy, con su empeño en no retroceder en esta abominación, por mí se pueden ir a pastar cogiditos de la manita.

 

Enlaces relacionados: 

 

Video de la pregunta en la Web de RTVE

El aborto por discapacidad es contrario a la Convención de la ONU, Redacción HO

Esos superdotados con Síndrome de Down, por José Sáez.

Una persona de esta foto no merecía vivir, por Elentir.

Yo tenía una pregunta para usted, por Gádor Joya.

Aborto: la pregunta crucial sin contestar, por Aníbal Cuevas

Zapatero en TV o el arte de echar balones fuera, por José Sáez.

 

 

 

 

                                                       

Por el amor y la unidad en la defensa de la vida

 

 

(Transcrito tal y como me lo han publicado en Análisis Digital)

 

 

Todos los que defendemos la inviolabilidad de la vida humana desde su concepción hasta su fin natural y, en consecuencia, nos posicionamos en contra del aborto, nos encontramos en un momento histórico crucial. El avance del homicida pseudoprogresismo socialista-laicista, con su nueva “ley de plazos” (aborto libre, para entendernos) en ciernes, nos sitúa ante un gigantesco reto que debemos asumir con la máxima eficiencia posible. Tres son las facetas de esta indispensable tarea que nuestra fe, nuestra conciencia y/o nuestro sentido común nos exige:

 

a) Hacer llegar a todos los españoles el hecho ético y científico, de que cada vida humana particular comienza en el momento de la concepción y que, por tanto, ésta es inviolable. Mostrar la maravillosa dignidad de la vida prenatal y la abominación de su aniquilación con el aborto.

 

b) Transmitir a los responsables políticos un triple mensaje:

 

     1. Que el debate “aborto sí, aborto no”, que dan por cerrado, no lo está, ya que los avances de la biología y la medicina desde 1985 exigen una recuperación radical del valor real e inviolable de la vida prenatal.

     2. Que obedezcan antes a su conciencia que a su disciplina de voto. Sus próximas decisiones al respecto serán juzgadas ante Dios, crean en él o no, y sin duda alguna ante el tribunal de la Historia.

     3. Que su avance abortista responde a su particular ideología pro-muerte y a las exigencias de unos cuantos pequeños y gritones lobbies, no a una demanda social generalizada. Que van a perder muchos votos.

 

c) Despertar y movilizar las conciencias adormiladas de millones de ciudadanos que, aún estando a favor del respeto a la vida concebida y teniendo serias reservas contra el aborto, vuelven la cabeza hacia otro lado, por desconocimiento, por dejadez o por cobarde temor a ser tachados de retrógrados y “políticamente incorrectos”.

 

Desde diversas entidades se están lanzando importantes campañas para hacer llegar estos mensajes. Quiero hacer en este artículo un pequeño compendio de algunas que conozco, junto con una llamada al amor y a la unidad, virtudes sin las cuales no alcanzaremos objetivo alguno por mucho ruido que hagamos. Todos los instrumentos de una orquesta son fabulosos por sí mismos, pero si no suenan en perfecta conjunción y armonía, lejos de ofrecer una bella y atrayente sinfonía, sólo emiten una estrepitosa cacofonía que rompe los tímpanos con sus notas discordantes. Dada la limitación de espacio, no puedo ser exhaustivo, pero les animo a que en los comentarios nos cuenten lo que yo no haya citado.

 

Aunque no es preciso ser creyente ni religioso para apercibirse del valor de la vida humana concebida y de la atrocidad del aborto, como yo soy cristiano católico, para hablar del amor y la unidad necesarios para toda acción social, emplearé un lenguaje bíblico y citaré un par de versículos del Nuevo Testamento, que comentaré brevemente antes de presentarles mi pequeña reseña de iniciativas en defensa de la vida prenatal:

 

1) Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe (I Cor 13, 1). Aunque nuestros discursos, artículos, campañas y acciones, tengan la mayor elocuencia imaginable, si nos mueve el odio, el resentimiento o el juicio, y no el amor, nuestro mensaje será una molestia para ciertos oídos, pero no habremos conseguido nada. Si sólo vemos a los abortistas como los “malos” y a nosotros como “los buenos”, somos unos fariseos hipócritas y vomitivos. No estamos ante una cuestión maniquea de buenos y malos, sino ante un gravísimo error ético-moral que es necesario iluminar con nuestra vida, nuestra palabra y nuestra acción.

 

2) Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17, 21). Con la unidad está en juego la credibilidad del mensaje y del mensajero. Dichos como “La unión hace la fuerza” o el “Divide y vencerás” de Julio César, también vienen al caso. Casi todas las grandes batallas se han perdido por la división, más que por la inferioridad. El “movimiento provida”, gracias a Dios, es diverso y no está sometido a ninguna disciplina de voto ni a un pensamiento único. Pero las bases y fines esenciales son los mismos. No es hora de divisiones, ni de acentuar matices, ni de reclamar protagonismos. Es el momento de la unidad.

 

Por todo ello, paso a enumerar algunas iniciativas y campañas que diversas entidades están realizando o van a realizar en pro de la vida, incluyendo en cada una un pequeño comentario y los enlaces pertinentes. Muchas de ellas ya se han aunado y otras están en ello. Se las presento a continuación, juntitas y en orden alfabético, esperando que puedan conocerlas y, ¿por qué no?, participar en las mismas:

 

§ Asociaciones Pro Vida.  ONG’s de voluntariado, veteranas y pioneras en la promoción del respeto a la vida humana desde su concepción hasta su extinción natural.  Su Federación posee el estatus de ONG Consultiva Especial del CES de la ONU. Sus prestaciones y actividades son tan numerosas como valiosas: Centros de Acogida de Madres, Voluntariado Juvenil, Provida Press, DVD’s y otros materiales didácticos, Congresos, etc. Además, también difunden y participan, asidua y valerosamente, en Veladas por la Vida (iniciativa de HO) ante clínicas abortistas y otros lugares significativos los días 25 de cada mes. (Enlace para Valencia).  

 

§ Campaña “Protege mi vida”. Promovida por la Conferencia Episcopal Española, dentro del Año de Oración por la Vida (2009), como complemento a la Jornada por la Vida que se celebrará en todas las diócesis el próximo día 25 de marzo, para concienciar a los españoles de la necesidad de proteger la vida humana desde su concepción, en contraste con la también necesaria protección de animales en peligro de extinción. La CEE ha emitido una nota informativa y se han creado y distribuido infinidad de carteles, folletos y vallas publicitarias. Pueden informarse en su diócesis sobre los actos programados (Enlace para Valencia).

 

§ Derecho a Vivir. Iniciativa de Hazteoir.org. Viene trabajando desde hace meses, en colaboración con importantes entidades, asociaciones y plataformas, para informar de lo que está sucediendo y para generar y movilizar iniciativas sociales en defensa del derecho a la vida. Para darle máximo realce, ha “estirado” el Dia de la Vida del 25 de marzo para convertirlo en toda una Semana de la Vida. Actualmente, sin perjuicio de una masiva manifestación conjunta para más adelante, ha organizado y coordinado una gran Marcha por la Vida en Madrid y en toda España para el próximo día 29 de marzo (Enlace para Valencia).

 

§ Manifiesto por la Vida. Llamada también “Declaración de Madrid” a raíz de su reciente presentación en la capital de España. Promovida en sus inicios por un pequeño grupo de expertos especialistas en materia médica y científica, para ofrecer un punto de vista cualificado y alternativo al de la parcial e interesada comisión consultiva formada por la Ministra de Igualdad, pronto recibió multitud de adhesiones de otras personas del mundo de la ciencia, de la educación y otras disciplinas, contando a día de hoy con más de 1300 adhesiones de profesionales cualificados. Se puede leer y firmar el manifiesto en el enlace que encabeza este apartado.

 

 

§ Red Madre: Importante iniciativa que trabaja incansablemente en todas las Comunidades Autónomas para conseguir las 50.000 firmas necesarias para que se admitan a trámite y se aprueben una serie de ILP’s (Iniciativas Legislativas Populares) que permitan montar redes de recursos de apoyo integral a las mujeres embarazadas, especialmente aquellas que se encuentran en situaciones de dificultad. Ya ha conseguido sus objetivos en algunas CCAA. En la Comunidad Valenciana conseguimos reunir muchas más de las firmas necesarias y actualmente la ILP está pendiente de aprobación en las Cortes Valencianas. (Enlace para Valencia).

¿Por qué una cultura de la muerte?

 

 

(Me lo han publicado hoy en Análisis Digital)

  

La llamada “cultura de la muerte”, es una realidad que se ha implantado en la sociedad occidental posmoderna, por mucho que sus partidarios y constructores lo nieguen y no acepten tal denominación. Es irrefutable que nunca antes se había promovido la legalización de tantas prácticas destructoras de vidas humanas: aborto, eutanasia, manipulación de embriones… No es que el aborto o la eutanasia sean algo nuevo bajo el sol. Lo que sí es una espantosa novedad es que, pese a la paulatina evolución de la sociedad hacia la estima del derecho a la vida, ahora se reivindiquen tales barbaridades como legítimos derechos y se legalicen.

 

Existe un pequeño pero poderoso lobby pro-muerte, autoproclamado como progresista y avalado por el certificado de lo políticamente correcto. Un “progresismo” que es “regresismo”, puesto que anula algunos grandes logros de nuestra civilización y nos devuelve a estados de barbarie ya superados. Es triste y paradójico que, en la misma sociedad que tanta sensibilidad muestra frente a otros atentados a la vida, con sus “no a la guerra”, “no a la pena de muerte”, “no al comercio de armas” o “contra la violencia de género, tolerancia cero”, se esté extendiendo tal desprecio a la vida de los más inocentes e indefensos. Una incoherencia que vuelve a cuestionar el valor inviolable de toda vida humana.

 

¿Por qué este sinsentido? Profundicemos un poco en esa “cultura de la muerte”, en busca de sus causas, porque son éstas las que hay que abordar de forma preferente para rehacer una “cultura de la vida”. El activismo pro-vida anda empeñado –yo mismo colaboro todo lo que puedo– en luchar contra las tropelías que esta cultura destructiva inventa día tras día. Todo esto es necesario, sin duda alguna. Sin embargo, tanto esfuerzo parece chocar con un impenetrable muro de cemento armado, con un parapeto de conciencias endurecidas y embotadas, empecinadas en matar más y mejor, sin querer ver ni oír nada que pueda cuestionar sus posturas y odiando a muerte (o casi) a quienes se les oponen. 

 

Esto sucede porque el aborto, la eutanasia o la manipulación, congelación y destrucción de embriones y demás prácticas anti-vida, son los síntomas externos de una grave enfermedad interna, de una epidemia social que, como las infecciones virales, no remite con remedios sintomáticos. Sin destruir el virus que la provoca, podemos pasarnos toda la vida luchando contra la sintomatología del problema, logrando quizá algunos valiosos éxitos pasajeros, pero sin poder evitar que vuelvan a aflorar una y otra vez. Es fácil explicar la etiología de esta homicida cultura por la mera concurrencia de intereses económicos, pero estos intereses sin escrúpulos no son más que otros síntomas de esa misma patología psicosocial.

  

El origen profundo de la cultura de la muerte no es otro que el resultado final del ejercicio generalizado del más grave de cuantos errores humanos existen, el padre de todos los demás errores, muy bien explicitado en primer libro de la Biblia bajo el concepto de “pecado original”, que consiste en reclamar para sí mismo la autonomía moral. Los postulados esenciales de este necio y soberbio desvarío son: “Ni Dios, ni ley natural, ni moral revelada, ni principios universales, ni otra norma de conducta exterior a mí que no sean las leyes positivas que elaboremos a nuestra conveniencia. Mi vida es mía, mi cuerpo es mío, yo decido sobre el bien y el mal, sobre la vida y la muerte”. En resumen: “YO SOY DIOS”.

 

El Hombre moderno, que se erigió a sí mismo como centro y medida de todas las cosas, apartando a Dios y colocándose en su lugar, en la posmodernidad ha acabado sin Dios y sin el Hombre. El vacío de Dios, que pretendía suplir con su razón, ha terminado siendo ocupado por el instinto. Expulsado Dios, caídas las ideologías sustitutivas y desacreditado el poder de la ciencia y la tecnología para proporcionarnos una vida plena en un mundo mejor, la Humanidad se ha lanzado a una carrera desenfrenada en pos del bienestar material y el placer hedonista, muy bien aprovechada, publicitada y surtida por un consumismo feroz. La insatisfacción profunda nos ha convertido en cazadores compulsivos de estímulos fáciles y en depredadores de todo aquello que amenace nuestro efímero “bienestar”.

 

El problema es que, nos pongamos como nos pongamos, NO SOMOS DIOS. El Hombre ha intentado serlo, ha tratado de orientarse por sus propias luces y deseos y lo ha estropeado todo: Nuestro planeta está moribundo, no hemos eliminado la violencia, ni las guerras, ni el hambre, ni la incultura, ni la injusticia, ni la desigualdad, ni apenas nada. Hemos logrado un avance tecnológico vertiginoso y deslumbrante, que no ha hecho más que crearnos nuevas necesidades de consumo. El homo sapiens se ha convertido en un minimalista homo œconomicus, encandilado con su injusto, insolidario e indecente “paraíso” material pequeño-burgués, ahora en lógica y justa crisis. Hemos metido la pata hasta el fondo. 

 

No somos Dios, evidentemente. Pero somos creaturas hechas a su imagen y semejanza. Dios es amor y nos ha creado por amor y para el amor. Ese es nuestro diseño original, nuestra identidad y nuestra razón de ser. Toda persona, atea, creyente o agnóstica, hasta la más degenerada, lleva impreso en su ser que no puede vivir sin amor y sin amar. Desechada la relación con Dios, quien nos da el ser amándonos sin condiciones y, por eso mismo, hace posible que podamos amar, sólo queda el insoportable absurdo de la soledad existencial absoluta, que es el infierno. El otro se convierte en aquel “que nos roba el ser”, como decía Sartre y “el hombre es el lobo para el hombre”, como aseveraba Hobbes.

 

Amar conlleva morir a nosotros mismos, romper las barreras que nos separan del otro. Todos podemos amar a quien nos gusta, nos construye, nos quiere, nos devuelve algo a cambio. Pero no podemos amar a quien nos estorba o nos roba la poca vidilla que tenemos, porque nos mata el ser. Sin tener dentro la Vida plena, que proviene de Dios, necesitamos defender la poca que tenemos y vivir para nosotros mismos. Sin Dios, no podemos amar más que nuestro propio reflejo en los demás. Y si no es posible amar al otro cuando se presenta como una amenaza, aparece la necesidad de defenderse de él, eliminarlo de alguna forma. Quien no puede morir, acaba matando, incluso físicamente. He aquí la raíz de la “cultura de la muerte”. Sin Dios, el respeto a la vida humana se esfuma.

 

Por eso, no hay tarea más importante que la evangelización, con la propia vida y con la palabra. No se trata de hacer proselitismo, sino de hacer presente en el mundo que Dios existe, que nos ama y que envió a su Hijo para que con su Muerte y su Resurrección, reabriese el camino que nuestro orgullo había cegado y restaurase nuestro amoroso diseño original. El Hombre moderno rechazó la invitación; el posmoderno apenas la conoce. Como el padre del hijo pródigo, Dios espera con los brazos abiertos a que regresemos de nuestra fracasada y dolorosa aventura de autonomía. La acción social por la cultura de la vida es justa y necesaria, pero será vano esfuerzo sin centrar el mayor empeño en una nueva evangelización que llame al Hombre a encontrarse con el autor de la vida: Dios.

Profesores: ¿A quién obedecer, a los RRDD o al TS?

 

Viñeta Duda por ti.

 

Una vez el Tribunal Supremo ha beatificado los RRDD que desarrollan la EpC, declarándolos ajustados a derecho, ha pasado la responsabilidad de mantener la obligada neutralidad ideológica de la enseñanza pública a los profesores y editoriales. Y la vigilancia de la legalidad constitucional educativa parece que ya no corresponde a la justicia, ni a las administraciones, ni a los inspectores, sino a los padres y a los alumnos. El TS acaba de crear un cuerpo gratuito de censores, bien conocedor y celoso de sus derechos. Libros, materiales, programaciones, clases… Todo va a ser examinado y, si procede, denunciado por los nuevos policías sin uniforme en que nos han convertido a los ciudadanos.

 

Editoriales y profesores han de andarse en lo sucesivo con pies de plomo, puesto que la labor de los “nuevos inspectores” -alumnos y padres- no se limita a la EpC, sino a toda materia obligatoria. Buen cuidado han de tener en no introducir en sus publicaciones o en sus clases elementos doctrinarios sobre temas morales socialmente controvertidos, porque los despreciados padres objetores no se van a andar con chinitas y las nuevas armas se van a utilizar a discreción. La defensa de su derecho constitucional a que sus hijos sean educados de acuerdo con sus convicciones se ha hecho más ardua y larga (que no imposible) por la vía objetora, pero sin duda harán buen uso de cualquier otra vía legítima.

 

Por otra parte, aunque el TS no lo haya reconocido, los RRDD que regulan la EpC e imponen sus enseñanzas mínimas obligatorias a todas las CCAA, incluyen elementos de claro adoctrinamiento moral, que se desvelan sin pudor alguno en los criterios de evaluación. No entro en detalles, porque se han escrito ríos de tinta sobre el asunto. Consulten las noticias y blogs de HO, o los documentos elaborados por Profesionales por la Ética y otras muchas entidades y especialistas. Me basta recordar aquí que los profesores, por precepto legal, deben evaluar a los alumnos, no sólo sobre sus conocimientos de esa “moral cívica” estatal, sino que deben evaluar su grado de asunción de los mismos, sus criterios morales personales.

 

¿A quién deben obedecer los profesores? ¿A lo dispuesto en la normativa vigente, declarada ajustada a derecho por el TS, o a la neutralidad ordenada por el TS? Para acatar lo dispuesto por el TS, es preciso ignorar ciertos contenidos y criterios de evaluación obligatorios, lo cual es ilegal. Y viceversa, para cumplir con el contenido del currículo obligatorio, es necesario desacatar lo establecido por el TS, lo cual también es ilegal. Los centros públicos, sobre todo, lo tienen crudo con tal encrucijada de imperativos. Si no los denuncian los padres por adoctrinar, pueden denunciarlos otros por no cumplir con el currículo obligatorio. Bonita papeleta les ha tocado. ¡Y algunos de ellos han celebrado las sentencias!

 

El TS no ha puesto punto final al conflicto, sino todo lo contrario. Ni ha detenido al movimiento objetor, entre otras cosas, porque sus sentencias son recurribles, ni ha devuelto la educación a sus cauces normales, que son los sociales y no los judiciales. A los profesores que se han dedicado a atacar o menospreciar a la objeción y a los objetores, más les hubiera valido apoyar la causa o mostrar un cauteloso respeto, igual que algunos autores de libros de EpC. Con su interesada intolerancia, sólo han conseguido este conflicto que el TS les ha arrojado encima. Su desafecto a quienes defienden la educación en libertad les puede haber salido muy caro. Apoyar o respetar la objeción hubiera sido más honesto y rentable.

 

        

Esos superdotados con Síndrome de Down

 

 

Sin duda lo que voy a decir suscitará más de una socarrona sonrisa entre quienes sólo ven las cosas desde una perspectiva exclusivamente científica. Eso es algo que me trae sin cuidado porque, por fortuna, la realidad admite muchas otras lecturas, además de las extraídas mediante la aplicación del método experimental. Quienes sólo creen en aquello que es demostrable en un laboratorio, no saben lo que se pierden. Pero ese asunto ya lo abordaré en otra ocasión. Aquí les cuento lo que pienso, utilizando mi lectura preferida de esta realidad humana, y punto.

 

Siempre me ha resultado fascinante que las personas con Síndrome de Down no tengan en su dotación genética algo de menos, sino algo de más, un “extra” que los demás no tenemos. Es justo lo contrario de lo que nos sucede a los varones, que carecemos de un brazuelo en todos nuestros pares cromosómicos, que nos deja con un disminuido “XY” donde las mujeres tienen sus flamantes “XX” completas. Algo nos falta a los hombres en esos cromosomas “castrados” y sospecho que no sólo se trata del fabuloso don de la maternidad. Pero, volvamos al tema.

 

No me parece descabellado pararse a pensar que algo podrían tener los afectados por la trisomía del par cromosómico 21 -que en eso consiste el Síndrome de Down- gracias a ese cromosoma de triple cuerpo que los demás no tenemos. Diríase que la naturaleza ha regalado a ciertas personas un plus genético que, pese a alterar en distintos grados determinadas estructuras y funciones físicas y psíquicas, como todos bien sabemos, quizá les permita la posesión de algunas capacidades  imposibles para quienes no lo tenemos. Sondeemos un poco esta hipótesis.

 

Es un hecho observable que, aunque muchos padres -no todos- que tienen un hijo con Síndrome de Down, nada más saberlo lo perciben trágicamente, no son menos numerosos los que poco después insisten hasta la saciedad en proclamar lo recompensantes que resultan estos niños, que gozan de una capacidad de dar y recibir amor incomparable con ningún otro. A poco que sus padres sean capaces de liberarse de los prejuicios sociales, no hacen más que dar gracias por ese hijo, por muchos trabajos y padecimientos que acompañen a su diferencia.

 

No voy a negar, porque es evidente, que criar y educar a una de estas personas exige una dedicación especial y lleva consigo muchos temores y no pocos sufrimientos. En mayor o menor medida, aparecen retrasos intelectuales, pocas defensas frente a enfermedades, alteraciones anatómicas y fisiológicas y una expectativa de vida menor que la media de la población general. Siendo todo esto harto difícil, aún pueden ser peores las dificultades sociales: el rechazo o falta de acercamiento de otros niños. Esto es quizá lo que más hace sufrir a muchos padres.

 

Sin embargo, son innumerables los testimonios de familias que tienen en nada todos esos problemas, en contraste con la felicidad que son capaces de mostrar y transmitir estos hijos. ¿Quién ha dicho que sufrir por los hijos es malo? ¿Acaso hay otra forma de ser padres e incluso de ser personas adultas y maduras? ¡Cuántas familias han visto cómo mejoran sus relaciones, cómo se disuelven graves problemas y cómo ese miembro “especial” es verdaderamente una persona especial, no por sus deficiencias, sino por todo aquello que sabe dar como nadie!

 

¿No será que la trisomía del par cromosómico 21, no es una deficiencia, ni una desgracia, sino una misteriosa ventura genética que, aunque ocasiona desventajas respecto a eso que llamamos “normalidad”, en realidad otorga a sus portadores capacidades de valor extraordinario? Veamos: ¿Qué es más humano, tener un cociente intelectual alto o ser capaz de entregar mucho cariño? ¿Qué es más valioso, ser más productivo o ser más donativo? ¿Qué proporciona más felicidad a los padres, los sobresalientes en matemáticas o miles de besos y caricias no fingidos ni forzados?

 

¿Que estas reflexiones son pura poesía sentimental? Bello poema sería, pero no es esa mi intención. Estoy escribiendo en prosa y muy en serio. Dejen aparte las miradas compasivas hacia estas personas y obsérvenlas sin los prejuicios que nos imponen esas estúpidas reglas sociales que establecen que quien no es “como la mayoría”, es un desdichado. ¿Está usted seguro de que su vida es más feliz que la de ellos, porque es usted más inteligente y más hábil para cumplir con las exigencias sociales? ¿Ha contemplado alguna vez el rostro de felicidad de estas personas? ¿Ha escuchado las maravillas que sobre ellos dicen sus padres?

 

Es bastante común hoy en día medir la suerte o la desgracia de cada uno en contraste con los estándares sociales, con fríos criterios de “normalidad” estadística. Y se suele medir el valor de las personas cada vez más con el pragmático criterio de la capacidad productiva. Sin duda, sus diferencias reportan al afectado y a su entorno una serie de dificultades, tanto mayores cuanto más esté diseñada la sociedad sólo para los que dan la talla impuesta. Lo que muchas veces olvidamos es que los “discapacitados” suelen darnos sopas con honda como seres humanos y que son portadores de valores que con frecuencia no podemos ni soñar.

 

Por eso estas personas, más que “minusválidas”, son “minusvaloradas”, que no es lo mismo. Si supiéramos medir su valor con criterios más profundamente humanos, tal y como nos ha enseñado nuestra cultura cristiana, ahora desechada por los necios laicistas como una antigualla enemiga del Hombre, estas personas serían los primeros de la clase o, mejor aún, nuestros maestros en tantísimos valores que más nos valdría aprender. ¡Cuántas veces son estas personas minusvaloradas quienes nos enseñan a vivir de verdad a los que tan aventajados nos creemos!

 

Tiempo atrás, eran muchos los padres que, por aprensiones sociales, apenas se atrevían a sacarlos de casa. Afortunadamente, esas actitudes son cada vez menos. Hoy en día, si no se ven en la sociedad más personas con este síndrome es sencilla y llanamente porque miles de ellos ya no nacen tras ser asesinados en el seno de sus propias madres. Las exploraciones intrauterinas, cuya genuina función es detectar precozmente ciertas enfermedades tratables en la etapa prenatal, se han convertido en un juicio sumario con pena de muerte para los diferentes (1).

 

¿Cómo es posible invocar esta maravillosa diferencia, o cualquier otra, para negarles el derecho a nacer y vivir? ¿En qué mente sensata y civilizada o en qué corazón sensible y humano cabe tal atrocidad? ¿Es que hemos retornado a la más absoluta barbarie o acaso hemos caído a una psicopatía colectiva? ¿Ha resucitado Hitler con sus pretensiones de crear su “superhombre” sin defectos? ¿Cómo es posible que la matriz femenina pueda convertirse en un nuevo Auchswitz? ¿Qué atroz dureza y engaño habita en el corazón y en la mente del lobby proabortista?

 

No hace mucho Zapatero fue sometido ante las cámaras de televisión española, a la pregunta: ¿Cree usted que el no nacido es un ser humano o no? El Presidente se evadió de la cuestión. En el mismo programa, intervino una muchacha con Síndrome de Down. Zapatero no dudó en ensalzarla, halagarla y en coleguear y salir en la foto con ella, con la mejor de sus pinochescas sonrisas. Yo le hubiera hecho otra pregunta: ¡Pedazo de hipócrita! ¿Qué puede decirle a esta joven sobre el hecho de que, con sus leyes abortistas en la mano, podría haber sido asesinada impunemente en el seno de su madre por el sólo hecho de ser como es?

 

 

 

P.S. Vean este enlace: Una persona de esta foto no merecía vivir, por Elentir.

 

06-03-09: El aborto por discapacidad es contrario a la Convención de la ONU.

 

(1) El Dr. D. Esteban Martínez, en el foro “Amniocentesis” de HO, proporciona el escalofriante dato de que el 90% de los niños diagnosticados de Síndrome de Down antes de nacer, son abortados.

 

13-03-2009:

 

El primer universitario español con S.D. se estrena como maestro. En HO.

El aborto con los sindromes de Down. En HO.

Que el Gobierno pregunte sobre el aborto a alguien con S.D. En HO.

Síndrome de Down; el amor de unos padres. En HO.

Beneficios educativos de la objeción de conciencia a la EpC

 

  

 

El arte de vencer las grandes dificultades se estudia y

 adquiere con la costumbre de afrontar las pequeñas.

(Cristina Trivulzio di Belgioioso) 

 

 

El ejercicio real de la objeción de conciencia -cuando digo “real” me refiero a que el alumno de hecho no entra en clase- ni ha sido, ni es, ni será, un caminito de rosas. No es fácil, ni para los padres, ni para los hijos. Los mayores temores de los padres objetores son las repercusiones negativas que el ejercicio de este derecho pueda tener sobre sus hijos. Los objetores tenemos claro que nuestra postura es justa y necesaria y que perseguimos algo bueno para su educación, pero también sabemos que no es fácil para un adolescente mantenerse en una posición tantas veces desalentada, ridiculizada o vapuleada por compañeros, profesores y directores y que, en mayor o menor medida, altera su trayectoria académica ordinaria (1).

 

Aunque por fortuna no es mi caso, desde VAEL y otras entidades pro-objeción conocemos los engaños, las presiones, el ostracismo, las burlas y el maltrato psicológico recibido por estos jóvenes en algunos centros, con diversos grados de intensidad y con honrosas excepciones. Pero, incluso estas onerosas situaciones, tan reprobables en quienes las provocan, no son siempre nocivas para nuestros hijos. Muy al contrario, el hecho de verse embarcados en esta arriesgada aventura en defensa de principios y derechos, conlleva excelentes aportaciones educativas, aunque su percepción y comprensión por los alumnos varía con la edad y madurez de cada uno. No obstante, los entiendan o no, los beneficios se producen.

 

Veamos algunos de estos beneficios educativos (2):

 

a)     Todo adolescente necesita poseer y perseguir ideales, metas justas e importantes que den contenido a sus pujantes inquietudes existenciales y sociales. Este potencial juvenil tiende a ser extinguido por el consumismo aplastante al que están sometidos y por el relativismo y falta de valores sólidos de la sociedad actual, al mismo tiempo que es manipulado por los poderes fácticos para utilizarlo en provecho propio. Los alumnos objetores encuentran poco a poco en esta batalla legítima una buena contribución para cubrir su impagable necesidad de compromiso con metas justas y valiosas.

 

b)     La objeción de conciencia a la EpC es tan sólo una de las muchas causas justas por las que vale la pena trabajar, de las que este mundo está repleto. A tal efecto, es un magnifico campo de entrenamiento para que los jovencitos, en el futuro, pongan su empeño en conseguir un mundo mejor y no sólo en sus pretensiones egoístas. Este combate prepara su ánimo, templa su carácter y les proporciona experiencia para ser ciudadanos conscientes y activos. Esto es lo que más temen ciertos poderes establecidos, que prefieren una juventud boba, desmovilizada y consumidora pasiva de sus productos e ideologías.

 

c)     Si el Ejecutivo hubiese desarrollado la recomendación (que no directiva) del Consejo de Europa como los demás países europeos, sin entrometerse en cuestiones morales que corresponden a los padres y sin aprovecharla para adoctrinar en una ideología concreta que el gobierno pretende oficializar, nadie nos hubiéramos opuesto. Pero ESTA EpC, hace de su objeción, no sólo un derecho, sino incluso un deber ciudadano. Se da la paradoja de que no hay mejor Educación para la Ciudadanía que la que proporciona el hecho de oponerse activamente a ESTA versión sectaria diseñada por el Gobierno.

 

d)     Es característico de los adolescentes encontrarse ante una doble exigencia interior, nada fácil de compaginar. Por una parte, sienten el impulso evolutivo de autodefinir una identidad propia y diferenciada. Por otra, necesitan de forma imperiosa la aceptación de su grupo de iguales. No es sencillo para un adolescente aprender a decir no y oponerse a las presiones socioafectivas de su grupo de coetáneos. Sin embargo, es preciso que aprendan a hacerlo, en bien de su maduración personal y, no pocas veces, de su integridad física y moral. El ejercicio de la objeción de conciencia es una magnífica oportunidad para cumplimentar y encauzar ambas exigencias juveniles al mismo tiempo.

 

e)     Para vivir de acuerdo con unos principios y valores profundos e importantes, hay que nadar con harta frecuencia a contracorriente. Es más fácil “pasar de todo” y dejarse llevar por las olas, sin espíritu crítico y sin ofrecer resistencia. No es eso lo que yo deseo para mis hijos. Ni tampoco es lo que los adolescentes  anhelan de verdad, por muy deslumbrados que estén ante el modelo de vida placentero y comodón que se les intenta vender. Necesitan ser personas valiosas, lo cual requiere adquirir temple para asumir sufridos combates. La objeción de conciencia es una escuela para avezarse y fortalecer el carácter, para aprender a vivir como personas íntegras y no como estúpidas marionetas.

 

f)       Otro aspecto de altísimo valor es que un adolescente vea que sus padres poseen y actúan consecuentemente con unas convicciones profundas, importantes y compartidas. Esto, aún en el caso de que el jovencito no comparta esos ideales, es algo que no tiene precio. Un adolescente siempre juzga con desdén a unos padres indolentes y sin principios firmes, sólo preocupados por su bienestar material, su estatus social y su nivel de vida. Lo reconozca o no en un primer momento, tener unos padres que actúan en coherencia con unas convicciones de hondo calado, es algo que le construye y educa profundamente y que acabará admirando tarde o temprano.

 

Para finalizar, no quiero dejarme lo más importante, que es el hecho de que con la objeción de conciencia intentamos frenar la intromisión del Estado en la formación ética y moral de nuestros hijos (3), al menos la que se introduce a través de las distintas asignaturas que componen la Educación para la Ciudadanía (4), ya que por otros ángulos nos cuelan otros goles iguales o peores, que también hemos de vigilar, detectar y detener. Todo esto, independientemente de que en tal o cual colegio estas asignaturas se den mejor o peor, con mejores o peores profesores o con mejores o peores libros, ya que nuestra objeción no va contra ellos, sino sólo contra determinados aspectos de la LOE y los Reales Decretos que la desarrollan, aquellos que vulneran nuestros derechos constitucionales como padres.

 

 

REFERENCIAS EN EL TEXTO

 

(1) Sólo me refiero aquí al hecho de que estos alumnos se encuentran con suspensos o calificaciones de “no presentado”, lo cual no es nada agradable, especialmente para los acostumbrados a sacar buenas notas. Respecto a la promoción de curso y la obtención de titulaciones, de acuerdo a la normativa vigente y pese a lo que diga la ignorante o malintencionada desinformación del Gobierno y de algunos medios,  colegios, directores y profesores, sólo está realmente comprometida la titulación de Bachiller, única que exige haber aprobado al final del ciclo todas las materias obligatorias (Sobre obtención del Título de Graduado en la ESO, ver el Art. 15 de la ORDEN ECI/2220/2007, en BOE 174 de 21-07-2007 y, en la Comunidad Valenciana, el Art. 7 de la ORDEN de 14-12-2007, en DOGV 5665 de 21-12-2007).

 

(2) Quede claro que este escrito no es un artículo científico basado en el estudio reglado de una muestra representativa, sino sólo una provisional reflexión personal extraída del repertorio de experiencias que conozco, incluida la mía propia. Mis conclusiones, por tanto, no son extrapolables a todos los casos en general. No obstante, esta limitación, modestia aparte, no las exime de cierta autoridad, dada mi triple condición de padre objetor, Pedagogo y miembro de la plataforma pro-objeción de conciencia a la EpC “Valencia Educa en Libertad” (VAEL), todo lo cual me proporciona una excelente y amplia atalaya de observación y unos criterios profesionales adecuados para interpretar aquello que he visto y oído.

 

(3) A la vista de la campaña de desinformación lanzada por el Gobierno, ciertos medios de comunicación y muchos colegios, tras hacerse pública la nota del Tribunal Supremo del pasado 28 de enero, en que se  anuncia un fallo en contra de la objeción en los cuatro casos que han sido vistos por los magistrados, creo necesario añadir aquí que, a falta de la redacción definitiva de las sentencias, dicho fallo sólo se refiere a las cuatro objeciones vistas por el TS, que pronto tendrá que resolver sobre otras 1800, de momento, y que en nada afecta a las restantes objeciones, las cuales siguen su curso legal, que llegará si fuese necesario hasta el Tribunal de Derechos Humanos de la UE en Estrasburgo y a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Lejos de haber terminado, esta batalla por la libertad no ha hecho sino comenzar.

 

(4) En contra de la citada desinformación, he de recordar también que la EpC no es una asignatura de la ESO, sino un nuevo conjunto de cuatro asignaturas obligatorias creado por la LOE: “Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos” (Primaria y ESO), “Educación Ético-Cívica” (4º ESO) y “Filosofía y Ciudadanía” (1º Bachiller). Cualquiera puede consultar la LOE (Ley Orgánica 2/2006 de 3 de mayo, de Educación) y los Reales Decretos que la desarrollan en la ESO (Real Decreto 1631/2006) y en Bachiller (Real Decreto 1467/2007), para comprobar que tampoco es cierta la afirmación de que no han variado los contenidos respecto a las antiguas materias de Ética de 4º ESO y de Filosofía de 1º Bachiller.

Algo más que felicitaciones y buenos deseos

 

 

No, no es que no vaya a felicitarles y desearles a todos lo mejor para el recién estrenado nuevo año. Por supuesto, que sí, de todo corazón. Pero, en este primer artículo de 2009, quiero ir un poco más lejos. Hay diversas costumbres que no me agradan mucho en relación con las nocheviejas y los cambios de año. Algunas de ellas, sin duda, son simples manías de un servidor. Pido disculpas de entrada a quienes sí les gusten. Pero hay otras que me parecen de mayor calado. Así que, con un ligero combinado, removido pero no agitado, de reflexión, ironía y buen humor, se las cuento.

 

Comienzo por lo más tonto, con la esperanza de ir subiendo de categoría a medida que escribo. Lo primero que me revienta es que en las noches de fin de año haya que divertirse por obligación. No sé a ustedes, pero a mí convertir lo lúdico en preceptivo jamás me ha dado resultado. Cuanto más prevista, provista, organizada y deseada es la alegría, más se escapa, la muy desgraciada. Por el contrario, cuando logras vivir cualquier pequeño momento cotidiano e imprevisto con la capacidad de sorpresa bien despierta, te encuentras con muchos momentos festivos.

 

Para colmo, la parafernalia hortera, freaky dicen ahora, de forzoso uso en los “cotillones” de nochevieja: Gorritos y antifaces de cartón, con esa gomita que dura unos cinco segundos sin soltarse; “matasuegras” que, en vez de cargarse a las madres políticas como es su obligación, sólo sirven para que te toquen las narices, las también inevitables narices de plástico con gafas y bigote a lo Groucho; trompetitas rompetímpanos que los niños no dejan de soplar hasta dejarlas afónicas; collares y pelucas de espumillón, detalles “fashion” donde los haya; serpentinas y confeti que aterrizan en el pelo, en el cava y hasta dentro de los calzoncillos…

 

En fin, una noche con licencia para hacer el ridículo a sabiendas, algo que quizá nos venga bien a todos, porque sin darnos cuenta ya lo hacemos todo el año. Sea como fuere, estas pueriles patochadas no son lo peor de la velada. Otro aspecto absurdo de las nocheviejas son los estúpidos y supersticiosos rituales de la buena suerte, cada vez más abundantes. El más arraigado y arriesgado: El empeño en atragantarse con las doce uvas de rigor, engullidas al imposible ritmo de las campanadas de la madrileña Puerta del Sol, con el inestimable asesoramiento de Ramón García con su capa de gala y Ana Obregón con sus grandes…, ejem, consejos.

 

A las uvas de la suerte se han ido sumando nuevas chorradas, inventadas por la marabunta de adivinos y brujas que nos ha traído la posmodernidad: Que si ponerse algo rojo (bueno, si es la ropa interior femenina, es posible que alguien tenga un poco de suerte esa noche), que si meter algo de oro en la copa de cava, que si dar una vuelta a la manzana con una maleta, que si abrir las ventanas para que se vayan los malos augurios, que si arrojar zapatos al aire para ver si caen boca arriba o boca abajo como las monteras de los toreros, que si comer lentejas junto con el marisquito…

 

No crean que sólo son inocentes paridas. Déjenme que profundice un momentito en el asunto. El ser humano, desde adquirió conciencia de sí mismo, de la certeza de la muerte y de la existencia de fuerzas que le superan y que ponen en juego su vida y su bienestar, ha tratado de manipular dichas fuerzas. La superchería fue el primer paso, superado luego por la religión y por el uso de la razón. Resulta triste y curioso que en la posmodernidad, después de que el cristianismo y la ciencia habían superado ya las supersticiones, tanta gente haya vuelto atrás, dejando un sustancioso mercado abierto a todo tipo de engañabobos.

 

Es lastimoso ver a tantas personas, en pleno siglo XXI, consultando horóscopos, astrólogos, adivinos, pitonisas, magos, brujas y curanderos. Pero, sigamos adelante. Sin perjuicio de lo anterior, hay otra costumbre de fin de año que todavía me preocupa más. Se trata de un bonito y amable gesto, pero que encierra en el fondo una concepción errónea e improductiva de la vida. Me refiero a los saludos deseando suerte, felicidad y toda clase de bienes para el año nuevo. Se hacen con buena intención, pero en nada colaboran para que el año nuevo sea mejor en realidad.

 

El año que estrenamos sólo será mejor si trabajamos por hacerlo mejor. Que nadie espere venturosos milagritos mágicos. Un mundo mejor, más justo, solidario y pacífico, lo mismo que una vida personal más humana, útil, realizada y feliz, no dependen de la suerte, ni de los buenos deseos. Todas estas cosas hay que construirlas activamente, cada uno y entre todos. Cada año nuevo es siempre una oportunidad, no sólo para formular magníficos deseos y proyectos, sino mucho mejor para hacer examen de conciencia y rearmarse moralmente para volver al tajo con firmeza.

 

Por eso, permítanme que, junto a mis mejores deseos de felicidad y buenaventura, les auspicie a todos y a mí mismo, un año nuevo repleto de nuevas acciones, tareas, retos y aguerridos combates. No imagino otra forma mejor de desearles a todos un feliz año 2009. Sabedor de nuestra pobreza y limitaciones, quiero terminar elevando  un ruego a Dios, a aquel que obra en nosotros el querer y el obrar, a aquel que nos creó sin nosotros, pero no nos salvará sin nosotros. Que él nos dé a todos la ilusión y las fuerzas renovadas que necesitamos para edificar un feliz año nuevo.

 

 

Los nuevos santos inocentes

 

(Publicado en Las Provincias el 26-12-08)

 

El próximo domingo 28 de diciembre, día en el cual este año coinciden dos importantes celebraciones cristianas, los Santos Inocentes y la Sagrada Familia, el Cardenal Rouco nos invita a todos los católicos a acudir a Madrid en familia para celebrar juntos una gran Eucaristía en la Plaza de Colón. Una vez más somos convocados a festejar y hacer presente nuestra fe y el verdadero y genuino rostro de la familia ante toda la sociedad. El día escogido no puede ser más oportuno.

 

Los Santos Inocentes y la Sagrada Familia son dos realidades que una vez acontecieron tristemente unidas y que hoy más que nunca vuelven a coincidir en la Historia, en nuestro momento actual. Hace algo más de dos milenios, el afán de poder sin entrañas del rey idumeo de Judea, títere del Imperio Romano, el taimado y cruel Herodes “el Grande”, le llevó a dar una de las más terribles órdenes jamás dictadas por gobernante alguno: Eliminar a Jesús matando a todos los niños menores de dos años.

 

De la misma forma que Moisés, el paradigmático profeta que condujo al pueblo de Israel a la libertad, nació en medio de una matanza de niños ordenada por el endiosado faraón de Egipto, la natividad de Jesús, el nuevo y definitivo Moisés enviado a liberar a toda la Humanidad, ocurrió terriblemente envuelta en una masacre de pequeños seres humanos inocentes. Jesús se salvó porque Dios le dio a San José el juicio y el arrojo suficiente como para llevarse al niño lejos de aquel monstruo.

 

En estas navidades se repite tan triste coincidencia. Nos vemos obligados a celebrar el nacimiento de Jesús en medio de una espantosa masacre de niños. Una matanza con proporciones genocidas de centenares de miles de seres humanos en su estado más indefenso y más inocente, asesinados a sangre fría en el propio seno de sus madres. Y el nuevo Herodes de la Moncloa, todavía no contento con ello, está preparando una ley que permita ampliar más aún si cabe tan atroz holocausto infanticida.

 

No matarás, ordena el quinto mandamiento, la quinta palabra de vida dada por Dios a la Humanidad, explicitando una de las más graves exigencias de la ley natural impresa en todos los seres humanos. Quitar una vida, gestante o nacida, siempre es objetivamente malo, sin excepciones. Pero la maldad del homicidio es más grave cuanto más indefensa e inocente es la víctima y cuanto más intencionado, premeditado e interesado es el crimen. El homicidio pasa a ser asesinato. Eso es el aborto.

 

He aquí a los nuevos santos inocentes, víctimas del aborto, envenenados, ahogados, troceados, triturados y arrojados a la basura, con el beneplácito de gobernantes y legisladores, bajo la sonrisita del Herodes de turno y de su corte de mercaderes de la muerte. Hoy más que nunca, la familia cristiana, la familia natural diseñada por Dios, debe hacerse visible en toda su belleza y oponerse sin complejos al crimen del aborto, siendo imagen viva de la maravilla y la dignidad inviolable de la vida humana.

 

Es desafortunadamente curioso que la tradición, no la cristiana, sino la popular, haya convertido el día de los Santos Inocentes en una jornada para las bromas pesadas y las risas a costa de los más ingenuos. Ni la antigua matanza herodiana de niños, ni el holocausto abortista actual me parecen asuntos para tomárselos a cachondeo. El aborto es la más terrible lacra de la Historia de la Humanidad y sus ciegos e interesados defensores todavía quieren más. Es algo tan horroroso que cuesta creerlo.

 

Aquel niño nacido en Belén y hecho adulto en el seno de su familia, aun siendo el inocente por excelencia, fue injustamente juzgado, torturado y ejecutado, mostrándonos en su cruz la íntima naturaleza de Dios: el amor ilimitado e incondicional a todos los hombres. Antes de exhalar su espíritu, rogó: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. Ciertamente, los abortistas no saben lo que hacen pero, cuidado: Dios perdona siempre y los hombres a veces, pero la Naturaleza no perdona jamás.

 

La Naturaleza es implacable y, para autorregularse, no repara en medios. De la misma forma que un día pagaremos muy cara la agresión ecologica a la que estamos sometiendo a nuestro planeta, mucho peor será la factura que la cultura de la muerte pasará a la Humanidad. Por eso, quisiera hacer en esta Navidad un gran canto a la vida, un anuncio de esperanza para todos y un ruego para que los abortistas abran sus ojos, miren en su interior y reconozcan el valor de la vida humana desde su concepción.

 

Este domingo 28 de diciembre puede ser un momento excepcional para elevar nuestra mirada y nuestra plegaria a la Sagrada Familia de Nazaret, imagen del Dios Trinidad, del Dios comunidad, del Dios familia, para asemejarnos a ella y acogernos a su ayuda, para ser en medio de esta generación iconos de la familia diseñada por Dios y para saber convencer a la sociedad y a quienes la lideran de que abandonen la matanza de estos nuevos santos inocentes. Unidos a Cristo no hay nada imposible.

 

 

 

(Edito y añado el día 29: Para que vean cómo está el patio de las libertades civiles en España, les pongo el enlace a un post de Nacho Arsuaga sobre las agresiones policiales sufridas por algunas personas que se reunieron pacíficamente el día 28 ante la clinica abortista Dator para testimoniar su defensa de la vida. Miren las fotos enlazadas y juzguen por ustedes mismos)

 

De la democracia representativa a la democracia participativa

 

He tenido el honor y la suerte de asistir en mi patria chica, Valencia, a una charla de Ignacio Arsuaga, presidente de Hazteoir, incluida por el Colegio Guadalaviar en una entrañable y bien organizada entrega anual de sus Premios Familia, seguida luego de una cena de buena fraternidad y diálogo con Nacho en “petit comité”, en compañía de varios “blogueros” de HO y otros amigos. Aunque bien lo merecería, no voy a hacer aquí un panegírico de las virtudes de Nacho ni de su valerosa conferencia. No es éste mi objetivo, ni creo que a él le fuera a agradar demasiado, ya que es una persona que, pese al creciente éxito de su plataforma y de sus esfuerzos por fomentar las redes sociales de participación, es demasiado inteligente y digno como para perder su envidiable sencillez.

 

De su intervención y de la posterior conversación, entre cucharadas de un sabroso arrocito a banda y sorbitos de un afrutado tinto de la tierra, quiero destacar y comentar una idea, que creo no equivocarme al afirmar que es el centro neurálgico de su pensamiento-acción y cuyo acierto y oportunidad comparto. No voy a hacer un reportaje de su conferencia, sino una reflexión muy personal. La idea se resume en el título de esta entrada. Parto del supuesto, que considero poco cuestionable, de que en España la democracia todavía no está plenamente desarrollada, aunque quiero pensar que estamos en ello y que iremos avanzando, como lo han hecho muchos otros países.

 

Somos todavía una joven democracia que aún no se ha despojado del lastre psicológico del  pasado y todavía conserva bastantes vicios ocultos y complejos sin superar. A muchos españoles les cuesta tomar conciencia de lo que significa la ciudadanía democrática y actuar en consecuencia. Piensan que ya es bastante democracia el poder votar a quienes desean que les gobiernen. Acuden a las urnas y pagan sus impuestos, dando con ello por satisfechos sus derechos y deberes democráticos. Una vez elegidos sus representantes, éstos ya se encargarán de todo. Hasta aquí llega para ellos el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, que constituye, en palabras de Abraham Lincoln que hago mías, la esencia de la democracia. Ignoran o quieren ignorar mayores complicaciones.

 

Diríase que para muchos es casi imposible quitarse de encima el espíritu de súbditos para pasar al de ciudadanos. Aquí, el que manda, manda, por mucho que sea elegido por mayoría. Con los votos se le entrega a un tipo una carta blanca para hacer y deshacer lo que bien le parezca, aunque, desde su legítima pero excesiva autonomía de poder, ignore sus propios programas electorales y las inquietudes y demandas reales de la sociedad. Nos cuesta ver a los gobernantes como empleados públicos a nuestro servicio, a los que elegimos y pagamos para gestionar nuestros intereses comunes, no los suyos propios. Parece como si, paradójicamente, en nuestra pueril democracia, fuésemos a las urnas para escoger democráticamente a quienes queremos que sean nuestros dictadores.

 

La democracia representativa es necesaria, porque la democracia directa es una quimera en una nación con decenas de millones de habitantes. Eso sólo es posible en pequeños municipios o pedanías que funcionan en régimen de concejo abierto. Pero no sólo es factible, sino necesario y urgente, que la sociedad española vaya evolucionando hacia una democracia cada vez más participativa. No basta votar y dejar hacer. Un pueblo que desee vivir en democracia tiene el derecho y el deber de hacerse presente de forma activa en la gestión de los diversos intereses que se conjugan en todos los terrenos de la vida pública. La pasividad en estos asuntos conduce a autocracias de hecho. Pocos políticos, aunque lo digan, miran con aprecio y promueven esta movilización social.

 

Tenemos una democracia todavía muy poco democrática. La estructura de la mayor parte de los partidos políticos es demasiado monolítica, piramidal y autocrática, cuando no feudal, ya que no celebran elecciones primarias para elegir a sus líderes. Para una vez que el PSOE las convocó, el candidato elegido por las bases, José Borrell, fue apartado de un plumazo y sustituido por Zapatero. Los candidatos acaban siendo productos de marketing muy alejados de la ciudadanía real. Ni nuestros congresistas, ni nuestros senadores, representan hoy por hoy, la soberanía popular directa de la gente de sus demarcaciones territoriales, como sucede en otros países. Menos participación tenemos todavía respecto a los jueces y fiscales, en cuya elección no intervenimos para nada.

 

Siendo importante todo lo anterior, aún lo es más la participación ciudadana directa a través de mecanismos de base. Es cierto que muchos avances enumerados en el párrafo anterior exigirían modificar diversas leyes e incluso la Constitución. Si alguna vez se abre un proceso constituyente para modificar nuestra Carta Magna, debería ser para mejorar estos asuntos esenciales para avanzar en la democracia y no para legitimar pretensiones ideológicas y políticas radicales y/o sectarias de ciertos lobbies. Pero no es necesario esperar a que se establezca ningún nuevo marco jurídico para que los ciudadanos tomemos conciencia de serlo y nos involucremos en la dinámica social. Basta abandonar la mortal comodidad de dejarse llevar y ponerse manos a la obra.

 

Hemos de aprender a percibirnos a nosotros mismos, no como objetos pasivos de la actividad política, sino como sujetos activos de la misma. Cierto que hemos de escoger cuidadosamente a nuestros representantes y gobernantes, fijándonos en quiénes son y qué hacen, no en lo que parecen o lo que dicen, pero no podemos esperar de ninguno de ellos que nos vayan a solucionar todo, todo y todo. No creo en el “Estado del Bienestar”, ese “Estado Padre” que monopoliza las soluciones a las cuestiones sociales. Creo más bien en una “Sociedad del Bienestar”, en la que la persona es la protagonista, debiendo asumir el Estado la promoción y coordinación subsidiaria de la iniciativa social. No está hecho el Hombre para el Estado, sino el Estado para el Hombre.

 

Lo que quiero decir, en suma, es que no creo en la capacidad de las superestructuras de poder, por mucho que cambien, para conseguir un verdadero avance social ni un progreso genuinamente humano. Eso sólo pueden hacerlo las personas, los ciudadanos libres, conscientes y activos, mediante una sabia elección de sus gestores políticos y a través de la participación responsable y directa, a través de asociaciones, plataformas, comunidades y redes sociales, en la generación de su propio bienestar social y en la defensa de sus intereses, necesidades y aspiraciones. Ojalá las nuevas asignaturas de Educación para la Ciudadanía se hubiesen diseñado para formar este tipo de ciudadanos libres, comprometidos y activos, y no para el mero adoctrinamiento sectario socialista.

Santa Constitución, virgen y mártir

 

 

No iba a escribir nada sobre el tema, para no cansar a los lectores, ya atiborrados estos días con noticias y artículos sobre la celebración del XXX aniversario de nuestra Constitución pero, vistos los “preparativos mediáticos” con que las fuerzas políticas están abonando el terreno para la fiesta, no puedo callarme. Está claro que este evento  quieren aprovecharlo muchos políticos para abrir o intensificar un debate que podemos resumir en la siguiente pregunta: ¿Todavía sirve nuestra Constitución de 1978 ó, por el contrario, hay que modificarla, ampliarla y/o cambiarla? Desde diversos medios de comunicación, sobre todo los más afines al PSOE, se está transmitiendo a la opinión pública la idea de que lo más lógico es lo segundo. Para muchos, el trigésimo cumpleaños del texto constitucional quiere ser una liturgia solemne de su pasión y muerte.

 

Sin embargo, a mí el texto me gusta como está. O casi. Diciendo esto no quiero afirmar que esta Constitución, ni ninguna otra, sea una Biblia repleta de dogmas intocables. Sin duda, podría mejorarse, como todo texto pactado y redactado por seres humanos. Pero mucho me temo que las voces que se alzan por doquier reclamando cambios y reformas, no solicitan modificaciones que vayan a mejorarla. Hace unos días, Rodríguez Ibarra decía en ese programa televisivo en que los micrófonos suben y bajan, que en los primeros momentos de la transición, cuando se redactó y refrendó la Constitución, las diversas fuerzas políticas, en realidad, no renunciaron a nada, sino que se limitaron a guardar temporalmente en un cajón sus posiciones más extremas. Creo que así fue.

 

Todos los “padres” de la Constitución, fuesen republicanos, monárquicos, derechistas, izquierdistas o nacionalistas, conocedores del delicado momento en que se encontraban, con una democracia recién nacida y sin consolidar, con riesgo de involución si se iba muy lejos demasiado rápido, optaron por “conformarse” con una Constitución que, si bien no respondía a todas sus aspiraciones, iniciaba un camino que, con el tiempo, les permitiría algún día, con la evolución del nuevo régimen democrático, desenterrar sus hachas de guerra y “sacar del cajón” todo aquello que, por interesada prudencia, habían guardado. Esta táctica a largo plazo nos introdujo a casi todos en el espejismo de ese buen espíritu de entendimiento y olvido del pasado que se llamó “espíritu de la transición”.

 

En aquellos momentos, sólo un gran partido de centro, como la UCD de Adolfo Suárez, era capaz de sostener tan precario equilibrio entre extremos. Pero, conforme la democracia fue adquiriendo solidez y el fracaso del 23-F de 1981 aminoró los miedos a una involución, las fuerzas políticas de derecha e izquierda fueron poco a poco sacando sus hibernados proyectos y la vida política volvió a polarizarse en torno a las vetustas izquierdas y derechas, todavía con tímidas ubicaciones de “centro-izquierda” y “centro-derecha”. UCD y su pálido sucesor CDS, desaparecieron del mapa, mientras el PSOE y AP (hoy PP) resucitaron el antiguo bipartidismo de las dos Españas que, acompañado en su camino por otros partidos más pequeños, nacionales o nacionalistas, haciendo de interesadas bisagras, ha llegado hasta nuestros días.

 

Muchos fuimos los jóvenes entusiastas de aquel esperado cambio, cuyas emblemáticas canciones “Libertad, libertad, sin ira libertad” y “Habla, pueblo habla”, tarareábamos. Fuimos tan bienintencionados como inocentes al pensar que las rencillas del pasado, los odios fratricidas y los extremismos radicales habían desaparecido para siempre en un gran proyecto en el que todos renunciamos un poco en pro de un bien mayor, nada menos que la convivencia en paz y libertad. Ignorábamos que aquellas encomiables renuncias y perdones mutuos no eran sino actitudes provisionales, parte de una estrategia política, y que muchos de aquellos partidos trazaron inmediatamente planes a largo plazo para volver a las andadas de forma progresiva, pero implacable.

 

En estos treinta años, el socialismo real marxista, que fue provisionalmente sustituido por la “socialdemocracia”, ha ido desarrollando sus verdaderos proyectos, de la mano del PSOE, hasta el punto de dejar fuera de juego a la extrema izquierda protagonizada inicialmente por el PCE (hoy integrado en IU), camuflado entonces tras el extraño invento del “eurocomunismo”. Muchos partidos nacionalistas, que nunca se conformaron del todo con la vertebración autonómica diseñada en la Constitución, han ido aprovechando su presencia en un Parlamento bipartidista con quasi-eterna necesidad de apoyos, para exigir y conseguir poco a poco sus auténticas reivindicaciones, hasta llegar al abierto secesionismo actual. El único que ha ido renunciando, entre complejos, vaivenes y escaramuzas internas, a muchos de sus principios y valores originales, ha sido el PP.

 

El progresivo destape de los proyectos marxistas, laicistas, republicanos y separatistas, es el que está convirtiendo a la pobre Constitución de 1978 en papel mojado. Apenas  le queda alguno de sus preciosos artículos que no haya sido cuestionado, retorcido o abiertamente vulnerado por la puerta trasera. Por ahora, ningún gobierno se ha atrevido a abrir un proceso constituyente, que es la forma legal establecida para modificar la Carta Magna, que exige la disolución de las Cortes, la convocatoria de elecciones constituyentes, la formación de un Parlamento “ad hoc”, el refrendo del posible nuevo texto en referéndum universal, una nueva disolución de las Cortes, otras elecciones generales y la constitución de nuevo gobierno según los resultados de las urnas.

 

Arriesgada faena para unos partidos políticos tan igualados en apoyo electoral. Por eso, hasta ahora, han preferido convertir a la Constitución Española en “virgen y mártir”. Virgen, porque muchos de los principios y derechos en ella recogidos jamás se han aplicado y permanecen “sin tocar”. Mártir, a base de todo tipo de torturas: el descoyuntado de varios artículos a base de forzar su interpretación, la desmembración haciendo caso omiso de otros y la lapidación a golpes de BOE. Nadie, ni siquiera un Parlamento democráticamente constituido y menos todavía un gobierno, por muchos votos que tenga, está legitimado para vulnerar a su antojo ni un ápice del texto constitucional, norma de todas las normas. Sin embargo, muchas leyes hoy vigentes son abiertamente inconstitucionales y casi nadie parece mover un dedo al respecto.

 

Creo que nuestra Constitución está bien como está. Mis razones son muchas, pero sólo citaré aquí la que me parece más preciosa y fundamental: Su equilibrio. Monarquía, sí,  pero parlamentaria; Integridad territorial, sí, pero vertebrada en autonomías; Principios comunes, sí, pero pluralidad y respeto a las diferencias… Y lo mismo con todas las realidades que conforman la nación española, conjugando tradición y modernidad, unidad y diversidad, libertad e igualdad. Nuestra Constitución de 1978 puede ser mejorada, seguramente, pero es una magnífica y ejemplar Carta Magna para cualquier país que quiera vivir en paz y en libertad, sin extremismos fanáticos y sin radicalismos destructivos. Si la Constitución va a ser despojada de su capacidad para compaginar los intereses y aspiraciones de todos, es mejor que el día seis no celebremos nada.

 

 

Enlaces a otros artículos relacionados que recomiendo:

 

¿Puede una virgen ser abuela?, por Alejandro Campoy

30 años incumpliendo la Constitución: ¡¡¡Felicidades!!!, por Miguel Vidal

¡Viva la Constitución!, por Jose Domingo

 

 

 

 

 

“La Ola” o cómo volver al totalitarismo

 

 

He tenido la suerte de poder asistir al preestreno de La Ola, película alemana que, ya de entrada y sin dudarlo, recomiendo a todos que la vean, mejor si tienen madurez suficiente para no malinterpretarla, quizá a partir de unos 14 años de edad. Dirigida por Dennis Gansel, comprometido cineasta alemán, conocido por su también imprescindible Napola (2004), con guión del mismo Gansel y Peter Thorwarth, extraído de la novela homónima de Todd Strasser (1981), se basa en hechos reales acontecidos en 1967 en un Instituto de Palo Alto (California). Al parecer, un profesor de Historia, Ron Jones, para responder a sus alumnos a la pregunta de cómo pudo ser posible la pasividad del pueblo alemán ante las atrocidades del nazismo, llevó a cabo en sus clases una ocurrente y dramática experiencia pedagógica, en la que se inspiró la novela y ahora la película.

 

Gansel escenifica aquel suceso en un grupo de adolescentes de un instituto de la Alemania actual. El profesor encargado de un seminario sobre autocracia es, en esta ocasión, el que pregunta a sus alumnos si consideran posible el retorno de una dictadura totalitaria y, frente a la seguridad con que los jovencitos responden que no, les propone el osado experimento. Iniciado éste, el docente va reproduciendo en sus clases todos los elementos que fueron capaces de conducir a la gente normal a mirar hacia otro lado, e incluso participar en muchos casos, ante los horrores del III Reich. Los alumnos, inicialmente escépticos y reticentes, con inusitada rapidez y casi sin darse cuenta, los van asumiendo con absoluta inconsciencia y entusiasmo. Muy pronto son ellos mismos quienes inventan nuevos pasos a seguir, superando las previsiones del profesor.

 

El docente propone su experimento como un juego y convoca la elección democrática de un líder. Tras un interesante tanteo de candidatos, es el profesor quien resulta elegido. Los pasos sucesivos son de máximo interés, no pierdan detalle. Una vez “en el poder legítimo”, el profesor cambia su actitud jocosa por un papel autoritario e impone medidas disciplinarias: Silencio, postura quieta y erguida en la silla, pedir permiso y ponerse en pie para hablar… Con la simple explicación de que todo eso es bueno para el organismo, acalla las protestas. Usando la misma bondadosa excusa exige comenzar las clases haciendo un ejercicio: Marcar el paso al estilo militar, añadiendo el astuto argumento de que, con el estruendo del pateo simultáneo, molestan a “los de abajo”. No es casualidad que “los de abajo” sean otro grupo que sigue un seminario sobre anarquía. Los alumnos, divertidos y entregados al jueguecito, sorprenden al profesor tomando la iniciativa de ponerse en pie y cuadrarse cuando entra en clase.

 

La experiencia que pone en práctica el profesor trata, sobre todo, de demostrar la potencia intrínseca e irracional de un grupo rígidamente adoctrinado, disciplinado, organizado y cohesionado. El líder electo, convertido ya en dictador populista, propone la necesidad de escoger un nombre que identifique al grupo. Los alumnos hacen  propuestas y él va anotando las ideas en la pizarra. Todas menos la de una alumna que, desde el principio, muestra señales de “disidencia”. A esta inteligente y librepensadora jovencita, ni caso. Al final, queda fijado un nombre: “La Ola”. El docente propone el uso de un “uniforme” que los distinga -tan sólo camisa blanca y vaqueros- y designa a un alumno poco aceptado, pero que sabe dibujar, para que diseñe el logo grupal. Creo que es éste mismo muchacho quien inventa un saludo propio del grupo, un movimiento de brazo, parodia de gesto militar, que enseguida es acogido y utilizado.

 

Con toda esta parafernalia simbólica, el profesor-dictador consigue que se sientan un nosotros en oposición a los otros. Cuando, en una situación de acoso, se defienden entre ellos, todos, especialmente los más débiles, saborean una sensación de seguridad que desconocían. Las reticencias iniciales desaparecen. Los disidentes son expulsados del grupo y su libertad de expresión entorpecida y secuestrada. Sin la camisa blanca y el saludo de rigor, se está mal visto y excluido de fiestas y actividades. Los militantes llenan el instituto y la ciudad de pegatinas y pintadas con su logo. Los alumnos de otros grupos, incluyendo varios del seminario sobre anarquía, se apuntan a La Ola. Los que no caben o son de otros cursos, se convierten en “simpatizantes”. Muchos compañeros del instituto, aun sin comulgar con el asunto, se adhieren a la movida, en cuanto se dan cuenta de que “conviene”. El grupo ya se ha convertido en un “movimiento”, que arrastra poco a poco a casi todo el alumnado.

 

El profesor, gracias a la ayuda de su esposa y de su alumna disidente, verdadera y heroica protagonista de la historia, adquiere consciencia del monstruo que ha creado, que ya amenaza con sobrepasar los muros del instituto y convertirse en un nuevo movimiento neonazi a gran escala, reconoce que su experimento se le ha ido de las manos y concluye que debe detenerlo de inmediato. Ante el alcance de lo ocurrido, el arrepentido profesor decide poner fin a la locura conduciéndola al máximo extremo, con la esperanza de que los alumnos perciban hasta dónde son capaces de llegar por la manipulación, se horroricen, se avergüencen, reaccionen y aprendan la lección. Para ello, convoca una masiva reunión de miembros y simpatizantes de La Ola, en la que los exalta al máximo con un enfervorizado discurso, con el que consigue que el grupo se lance literalmente al linchamiento físico de un “traidor” al glorioso proyecto.

 

En ese momento, el profesor detiene todo en seco, trata de hacer ver a sus alumnos que el experimento ya ha contestado a sus dudas y les abre los ojos a la barbaridad a la que se han dejado arrastrar. Todos parecen confundidos, como despertando de un extraño sueño, y poco a poco, a distintos ritmos, van asimilando la realidad. Unos ocultan su rostro con las manos, otros niegan con la cabeza, otros lloran, otros miran sin salir de su asombro. Pero el alumno más fanático, un chico que antes del experimento era el hazmerreír de todos y que idolatraba a ese movimiento que le había otorgado seguridad y autoestima, un desequilibrado muchacho que había confiado todas sus esperanzas a aquella locura y a su líder, no puede tolerar que su sueño se esfume de repente. El muchacho, enloquecido, saca una pistola que lleva consigo y… Vayan a ver la película.

 

Un sencillo, pero intenso y trepidante drama, que incluye una buena lección para todo aquel que quiera aprenderla. Al igual que La vida es bella o El niño con el pijama de rayas, La Ola no es “otra peli de nazis”. Es bastante más que eso. Nos presenta, de modo simplista, pero más claro que el agua, cuáles son los métodos utilizados por los dictadores modernos para implantar sus autocracias totalitaristas partiendo de una legitimidad democrática y desarrollando después sus verdaderas intenciones mediante estrategias en apariencia inocentes y bondadosas. Caminos que la Humanidad ha recorrido una y otra vez, por lo visto sin aprender nada. Sociedades enteras hipnotizadas y aborregadas, tan contentas con sus populistas líderes, sin mover apenas un dedo hasta que, cuando la verdad sale a la luz, siempre es demasiado tarde. La Ola nos enseña, nos advierte y nos muestra los indicadores que pueden ayudarnos a detectar y evitar, incluso en el S. XXI, la sutil imposición de nuevos totalitarismos.

 

 

Enlaces:

 

¿Será posible otra dictadura en España? Por Elentir. 

El último voto

 

No quiero que nadie piense que me las doy de crítico cinematográfico, porque no lo soy en absoluto. Soy un simple y empedernido aficionado al cine, con la deformación profesional de extraer lecciones pedagógicas de casi todo. Por eso me atrevo, sin pretensiones, pero sin complejos, a comentarles algo sobre un film a cuyo preestreno acudí recientemente en Valencia. Se trata de la película “El último voto”, dirigida por Joshua Michael Stern (también coautor del guión) y protagonizada por Kevin Costner y una genial actriz preadolescente, aunque un tanto pedante (más bien muy pedante) al menos en su personaje, Madeline Carroll.

Fui al cine con mi esposa y unos amigos, que hemos formado un pequeño “club de cine gratis”: Unos a otros nos avisamos cuando algún periódico, emisora o empresa regala entradas para preestrenos y rápidamente acudimos a la caza de todos los tickets posibles. Esta práctica nos ha permitido ver centenares de películas, “por el morro”, en los últimos años. Lo bueno es que vas al cine gratis y de vez en cuando ves alguna peli potable. Lo malo es que, muchas veces, te tragas unos bodrios de muerte. Con “El último voto”, me quede sorprendido de que no le hubiera agradado a ninguno de mis acompañantes y que a la salida, en los inevitables comentarios, me dejasen sólo con mi opinión positiva.

A decir verdad, el film no es para echar las campanas al vuelo, ni tampoco consigue eludir el implacable adjetivo de “americanada”. También es cierto que el supuesto sobre el que el guionista traza su historia es muy artificioso: En unas elecciones presidenciales en EEUU los resultados quedan tan igualados que, al final, la elección del nuevo presidente queda en las manos de un único votante, debido a un fallo eléctrico en el ordenador electoral, en el que, por cierto, es la concienciada ciudadana hija la que intenta votar ante la indolencia paterna. Muy forzado, sin duda, pero no olvidemos que en la pugna Al Gore-George W. Bush la victoria final, polémica y discutida, la obtuvo el segundo con una diferencia mínima extraída de un pequeño grupo de votantes.

Tampoco voy a negar que a la cinta le sobran minutos y le falta hilazón argumental en varios momentos, sobre todo en el desenlace final. Resulta poco creíble que el protagonista, un desaliñado, anárquico e inculto “caravanista” norteamericano, que en toda su vida jamás le ha preocupado para nada ni su país, ni la política, ni otra cosa que no sea arrastrar su vida por el camino más dejado, cómodo y descomprometido, de repente nos largue un discurso sociopolítico con la misma soltura que un Luther King cualquiera, por mucho que su hipermadura hijita y la guapa periodista afroamericana de turno le hiciesen de improvisados asesores.

Pero yo, que no cedo mi brazo a torcer con facilidad, sigo diciendo que me gustó, pese a todo. La truculenta trama argumental le ha permitido al guionista-director presentar algunos tramos de película tan significativos como hilarantes. Que conste que mis amigos también se reían, aunque me lo nieguen después, cuando la película iba mostrando los continuos y grotescos cambios de posiciones políticas que los candidatos y sus asesores hacen para ganarse el disputado voto del Sr. Bud Johnson, que así se llama el “ilustre” sujeto que acaba teniendo a su alcance la decisión del futuro de los EEUU (y de medio mundo, claro).

Casi me troncho viendo a los republicanos anunciando e iniciando medidas típicamente demócratas y a los demócratas haciendo lo mismo con las tesis republicanas, bailando al son de cualquier frase dicha al azar y sin conocimiento de causa por el “último votante”, cuyas supuestas aficiones y posturas son analizadas por los servicios de información de ambos partidos. Los republicanos defendiendo temas medioambientales y a los homosexuales, los demócratas atacando el aborto y tomando medidas contra los inmigrantes… Toda una serie de despropósitos y cambios de chaqueta ideológicos marcados por el único interés de hacerse con el voto que les falta para alcanzar el poder.

Una pérdida de los supuestos principios de cada partido, que no sólo acaba metiendo en crisis al esquema político estadounidense, sino que lleva a los respectivos candidatos, una vez perdido el rumbo hasta el absurdo, a plantearse el dilema moral de su propia incoherencia personal. Célebre la tremenda bofetada que la esposa del candidato demócrata le sacude a su marido cuando se entera de sus traiciones a sus ideales. Un cómico, pero satírico y crítico alegato contra la mercantilización de las ideas en favor del ansia de poder. ¿Cómo no me iba a gustar una película que pone en solfa ese tipo de cosas? ¡Pues claro que sí, hombre!

No le pidan mucho más a la peli. Si acaso, en el inverosímil discurso final que Kevin Costner larga en un debate que convoca entre los dos candidatos para que respondan a sus preguntas, pese a su sosa ración de “americanismo” y su muy discutible alegato sobre “los grandes hombres” que necesita su país y la Humanidad entera para regir sus destinos, hay algo más que me gustó. Se trata del hecho de que, el hasta ese momento irresponsable ciudadano, se arrepiente de algo importante: Haberse limitado toda su vida a “coger” de su país lo que le ha dado la gana, sin haber aportado jamás nada de sí mismo. Interesante lección, creo yo.

Escándalo en Tierra Santa

 

Me veo obligado a medio copiar el título del célebre libro de Jose María Gironella para titular esta entrada.  Como podrán comprender, siendo católico, me siento muy apenado por lo sucedido, por esa absurda e incongruente pelea entre cristianos ortodoxo-griegos y armenios en el lugar más santo de toda la cristiandad, junto al mismísimo punto en el que la tradición sitúa la muerte, sepultura y resurrección de Cristo. Doy gracias a Dios porque los católicos no nos hemos visto envueltos en ese tipo de reyertas, al menos en los últimos siglos, y porque los frailes franciscanos, custodios de los Santos Lugares, siempre han realizado su eficaz labor con su espíritu de sencillez y mansedumbre. Pero no por ello me siento menos avergonzado.

Por desgracia, esto algo que alguna vez tenía que suceder en el intrincado y anticuado status quo que regula la presencia y el culto de las diferentes confesiones cristianas en los puntos más venerados de aquellas tierras en las que Jesús de Nazaret nació, vivió, predicó, padeció, murió y resucitó. Un status quo que se remonta a siglos atrás y que, en muchas ocasiones, se mantiene por hechos tan pintorescos y absurdos como quién barre cada zona. No exagero, porque yo he estado un par de veces en aquellas tierras y me he quedado más que sorprendido al comprobar “in situ” este tipo de cosas.

Lo que a mí sólo me pareció, en mis visitas, curioso, anecdótico y, sin duda, también bastante lastimoso, ha acabado estallando en un episodio violento que, según parece, no es el primero. Recuerdo perfectamente cómo, en otro lugar también muy importante para los cristianos, como es la cripta de la Basílica de la Natividad en Belén, donde la tradición sitúa el nacimiento de Jesús, los peregrinos con los que viajaba tuvimos que esperar un largo rato para bajar a celebrar una misa, “porque los monjes estaban barriendo” sus respectivas zonas.

No se trataba de tareas de limpieza, sino de un “ritual” que se hace, si no recuerdo mal,  un par de veces al día, y que es necesario para conservar el extraño status quo que allí regula el uso de los espacios. Alguien, no recuerdo quién, estableció hace siglos que el derecho de culto en aquel sagrado subterráneo correspondía sencillamente a quien se encargara de mantenerlo limpio. Los católicos franciscanos y los miembros de otra confesión que tampoco recuerdo, acordaron unas horas determinadas para barrer a la vez sus zonas asignadas, de forma que ninguno de ellos pase su escoba por el espacio del otro, ya que si sucediese tal cosa, el terreno barrido pasaría a ser de exclusivo uso de la confesión del barredor.

Que yo sepa, en Belén no han habido peleas por ello, pero hay que ver a los encargados de la cotidiana limpieza con qué energía pasan sus escobones a la misma hora y en paralelo, tropezando escoba con escoba, para evitar que el otro pase la imaginaria línea. Algo muy parecido, pero complicado por los ancestrales derechos de muchas más confesiones, sucede en la basílica del Santo Sepulcro. Ahora, a hechos pasados, confieso que me parece lógico, aunque radicalmente inaceptable, que tan endeble y trasnochado estado de cosas, que se ha mantenido con celoso respeto durante largo tiempo, alguna vez tenía que acabar a tortazo limpio en el momento en que algún fanático, que siempre aparece, extremase la situación.

Todos los cristianos amamos aquellos santos lugares en los que tenemos las raíces históricas de nuestra fe, y todos, o casi todos, deseamos poder visitarlos con libertad y en paz. En ese sentido, creo que Jerusalén es patrimonio espiritual de todos los que la aman, de todos por igual. Por eso me resulta realmente penoso que en estos tiempos, en los que las iglesias cristianas, bajo el impulso del Concilio Vaticano II y los sucesivos Papas católicos, están haciendo enormes esfuerzos de acercamiento, dentro de un movimiento ecuménico cada vez más potente, con el fin de acabar con las lamentables divisiones de todos aquellos que seguimos a Jesucristo, puedan ocurrir todavía trifulcas de este tipo, incluso a puñetazos y patadas.

No puedo imaginar nada más neciamente escandaloso y triste que haber visto en televisión a la policía israelí, armas en mano, entrar a la basílica para separar a un grupo de “fieles” enzarzados a golpes. Son hechos que ensombrecen la credibilidad y, por tanto, la misión, de los cristianos, que es ser ante el mundo imágenes vivas del amor ilimitado, predicado, vivido y hecho posible para el Hombre por Jesús de Nazaret. Yo mismo he estado varias veces en ese santo lugar y he sufrido los malos modos, e incluso algún empujoncillo, de unos enormes monjes vestidos de negro con imponentes barbas a lo pope ortodoxo. Gracias a Dios, no me dio por cabrearme, algo que me parece impensable al lado mismo del Monte Calvario y el Santo Sepulcro.

Es cada vez más urgente que todas las confesiones cristianas pongamos el máximo interés en limar las diferencias y entrar en una nueva era de comunión, superando estúpidas divisiones que fueron fruto, en su momento, de intereses más políticos que religiosos. Tal y como Benedicto XVI predica, por activa y por pasiva, está en juego la misma razón de existencia de la Iglesia, que es su misión ante el mundo. Como también es urgente desterrar de una vez por todas las posturas extremistas capaces de llegar a la violencia y, desde luego, establecer un nuevo status quo respecto al culto en los lugares sagrados de aquellas tierras, santas y entrañables para las tres grandes religiones monoteístas. ¡Por Dios y por la Virgen, que no estamos en la Edad Media! ¡Shalom, Salaam, PAZ para Jerusalén, por favor!

Aborto obligatorio

 

(Publicado en el diario Las Provincias de fecha 28-10-2008)

 

Hace poco, una persona allegada, escandalizada del alcance de los horrores que el lobby pro-abortista es capaz de defender, me preguntaba: “Pero, ¿Cómo hemos podido llegar a esto en España?”. Mi respuesta fue rápida: “Todo empezó cuando el PSOE legisló la despenalización del aborto en tres supuestos. Ahora estamos cosechando los resultados de aquella siembra”. Olvidé recordarle que aquella puerta hacia el crimen legalizado fue refrendada por los españoles en referéndum. Efectivamente, aquel fue el inicio de una estrategia a largo plazo que el PSOE, al parecer, tenía perfectamente diseñada. Comenzaron despenalizando el crimen del aborto en unos supuestos tan “humanitarios”, que centraron la atención pública en la madre, no en la vida inviolable del ser humano en gestación. Habían conseguido colar, en la legislación y en la cultura española, la posibilidad de asesinar impunemente al ser humano gestante.

 

 Marcado ese primer gol, padre de todos los restantes goles abortistas, el proceso posterior de avance de la cultura de la muerte sólo era cuestión de tiempo. Así se quedó el tema,  hasta que se introdujo, en el primer supuesto despenalizado, sobre la salud física de la madre, la “salud psíquica”. Ese añadido, aparentemente nimio, fue el segundo paso, convirtiéndose en un coladero total y una provisional puerta trasera hacia el mal llamado “aborto libre”. Digo mal llamado, porque me repugna que la palabra libertad se asocie con semejante crimen. No ha resultado nada complicado convertir el preceptivo informe psiquiátrico en un puro trámite y conseguir que alguno de esos doctores te lo firme, si no uno, pues otro. El mínimo control que conllevaban los supuestos despenalizados, había desaparecido para siempre en la práctica abortista.

 

Llegados a esta legislatura, y sin haberlo declarado en su programa electoral, el PSOE quiere más. Ahora viene con su Ley de Plazos, que en términos prácticos se traduce en la destipificación del aborto como delito, que podrá ejercerse al antojo de cualquier mujer que lo solicite, sin supuestos, ni informes, ni nada de nada, con el único límite de unos plazos, es decir, un determinado tiempo de gestación. Plazos, por cierto, que sobrepasan las semanas en las que un feto humano hoy en día es perfectamente viable. El aborto, a día de hoy, es un delito tipificado en el código penal, aunque “despenalizado” en tres supuestos. Es un crimen sin castigo. Lo que pronto va a imponer Zapatero (olvídense del prometido “debate social”) es que deje de ser delito, si está dentro de un plazo. Es el tercer paso. Una vez dado, ya sólo les quedará uno más: Quitar esos plazos. Ya lo verán.

 

 En general, los movimientos pro-vida, salvo algún extremista irrelevante, no pretenden que se encierre en la cárcel a la mujer que aborta, aunque sí abogan por que se castigue a todos aquellos que hacen del aborto un multimillonario negocio, trampeando las leyes vigentes. Rechazan el aborto, pero no a la mujer que aborta, de modo muy especial si se ve abocada al aborto, no como opción, sino como única salida para su embarazo en situación de dificultad, por no contar con ningún otro tipo de ayuda ni alternativa. Por eso centran todo su esfuerzo en reducir el número de abortos indeseados, que son la inmensa mayoría. Sí, he dicho abortos indeseados. ¿O es que a alguna mujer le encanta abortar, porque “le pone” hacerlo, como si fuera un nuevo deporte de riesgo?

 

No es así. Las pro-abortistas saben, aunque muchas se lo callen, que el aborto no es algo deseable en sí mismo, a no ser que sean unas psicópatas de encerrar. Ayer mismo, en Valencia, Pilar Bardem, pro-abortista donde las haya, pidió en el Puerto de Valencia, donde atracó el barco de la muerte holandés, que no se “criminalizara” a la mujer que toma una decisión “tan difícil” como abortar. Aunque sea sólo en esto, tiene razón. Abortar no es ningún plato de gusto. Puede haber un cierto número de mujeres, feministas radicales, que deciden abortar como quien lava, pero no sucede así en la inmensa mayoría de los casos. Se estima que alrededor de un 75% de las mujeres que abortan, no lo hacen por decisión libre, ni por desear el aborto, sino acosadas por circunstancias de gran dificultad, frente a las que no ven otra salida. Sólo es libre quien tiene alternativas para optar. Pero estas mujeres, ni conocen, porque no se les informa, ni se les ofrecen, los apoyos necesarios para que puedan, si quieren, tener a su hijo y atenderlo. Ante “tan difícil” decisión de abortar, sólo se le presentan dos opciones: ¿Sí o sí?

 

Los movimientos pro-vida tratan de cubrir esa importante e intolerable laguna. No buscan castigar a esas mujeres. Las que en verdad las castigan de por vida son las fanáticas y fanáticos abortistas que se empeñan en que aborten por narices, o los que se enriquecen a costa de realizar abortos. A todos estos no les interesan para nada las mujeres embarazadas con problemas, sino sólo su empecinamiento, ideológico o crematístico, en pro del aborto. Casi todas las iniciativas sociales a favor de la vida, pretenden que los gobiernos generen normas y medios para que cualquier embarazada con dificultades pueda recibir información y disfrutar de cuantos medios necesite para tener a su hijo, si así lo decide. Sin embargo, los colectivos pro-abortistas están en contra de estas iniciativas. Increíble. Nada de optar, sólo abortar, abortar y abortar. Nada de ofrecer alternativas, que eso es cosa de monjas derechonas. Nada de libre elección: abortar y punto. Todo lo demás es de “fachas”.

 

 No me puedo explicar qué persona mínimamente sensata y moral puede oponerse a que se ofrezca información y apoyo integral a las mujeres embarazadas, para que puedan tener a sus hijos y criarlos si quieren. El mismo movimiento feminista debería luchar encarnizadamente por ello. Oponerse a ofrecer a la mujer información y alternativas, sólo se explica por dos motivos: O por un cerrilismo ideológico, radical y fundamentalista que considere el aborto como un bien en sí mismo, que hay que realizar cuantas más veces mejor, o por el interés de forrarse sin escrúpulos de ninguna clase. Los colectivos de abortistas integristas, aunque se presenten como feministas y progresistas, son el peor enemigo, no sólo de la vida del no nacido, sino también de la mujer. Quieren que las mujeres aborten, no que solucionen sus problemas. Quieren que aborten sin posibilidad de elección. Quieren, en suma, que el aborto no sea libre, como dicen, sino, en la práctica, obligatorio.

 

Benditos micrófonos

  

 

El hecho de que casi todos los políticos fingen y mienten, es algo que, por la repetición, se ha hecho costumbre y ya no extraña a nadie. No sólo no extraña, sino que la gente sigue votando a esos mismos políticos que, de forma continuada, dicen y no hacen, hacen y no dicen. El problema es que millones de ciudadanos carecen, no de memoria histórica, sino de la simple memoria inmediata, como si una forma larvada de Alzhéimer se hubiera extendido como una pandemia.

 

¿Que un político promete algo y no lo cumple? No pasa nada. ¿Que un político oculta en su campaña electoral lo que va a hacer y luego lo hace? No pasa nada. ¿Que un político dice una cosa y al día siguiente la contraria? Pues tampoco pasa nada. Millones de personas no se dan ni cuenta y, muchas de las que sí se enteran de estas deshonestas incoherencias, las disculpan o miran hacia otro lado, haciendo de su apoyo a determinado partido una actitud irracional y cerril donde las haya.

 

Dentro de la inútil batalla de intentar llamar la atención de los ciudadanos sobre estos abusos de poder, han salido a la palestra, desde hace un tiempo, unos inesperados aliados: los micrófonos. Gracias a ellos, que parecen encenderse y apagarse cuando les da la gana, sabemos mucho más de los políticos que por ningún otro medio: la verdad que ocultan tras sus disfraces públicos.

 

Estas son sólo algunas de las pilladas microfónicas:

 

·        1997: Federico Trillo, entonces Presidente del Congreso, en una sesión parlamentaria, viéndose obligado a aplazar una votación sobre un asunto realmente infumable, apretó a destiempo el botoncito que encendía su micro ante la megafonía de la sala y soltó su famoso “manda huevos”. Los micrófonos habían comenzado su particular cruzada por la verdad y la transparencia. Si no recuerdo mal, este fue el primer pinito de la ofensiva de los micros.

 

·        2001: Las cámaras de la RTV-Andalucía, recogen una frase, pronunciada en el Parlamento Andaluz, sin que se vea en imagen quién es el autor: “Los moros, que se vuelvan a Marruecos, que es donde tienen que estar”. Dando por sentado que se trataba de un diputado del PP, el PSOE acusa injustamente a Matías Conde, exigiendo su expulsión inmediata por “higiene democrática”. Días después, se declaró autor de la frase el diputado socialista Rafael Centeno, que presentó su dimisión entre lloriqueos y disculpas.    

 

·        2002: Jose María Aznar, entonces presidente de turno de la Unión Europea, tras su discurso de resumen en la Cumbre de Barcelona del Parlamento Europeo, se autocalifica en voz baja, ante un micrófono demasiado sensible, diciendo: “Vaya coñazo que he soltado”. Vamos, que su royo no se lo cree ni él. Veremos que el taco “coñazo” se ha convertido en término de obligado uso entre los políticos.

 

·        2003: Zapatero y Jordi Sevilla, responsable económico del PSOE, presentan las líneas básicas de su política económica. El micrófono abierto deja escuchar que Sevilla le dice a su presidente que se le nota todavía inseguro y que se ha equivocado al confundir “progresividad” con “regresividad”, aunque le disculpa diciendo que son “chorradas”. Sevilla remata la faena con la famosa frase: “Lo que tú necesitas saber para esto…son dos tardes”. Así nos luce el pelo.

 

·        2003: En la misma presentación anterior, el portavoz parlamentario Jesús Caldera, también captado por los implacables micrófonos, riza el rizo cuando entra en la “secreta” conversación diciendo que, tras el debate, deberán reunirse con Jose Antonio Griñán, el portavoz socialista en la comisión del Pacto de Toledo sobre las pensiones, ya que ese tema “no lo tenemos arreglado” y le dice a Zapatero que “la vamos a liar”. ¡Eso es “talante”, sí señor!

 

·        2004: Jose Bono, entonces Presidente de Castilla-La Mancha, conversando por lo bajini con Joaquín Almunia, ante los “cerrados” micros de Antena 3, insulta al Primer Ministro británico, Tony Blair. Palabras exactas: “Oye… Y nuestro colega Tony Blair. Ese es un gilipollas integral”. “Blair es un imbécil”. Sólo la elegante flema de la diplomacia inglesa impidió un grave incidente internacional.

 

·        2004: Magdalena Álvarez, Ministra de Fomento, en Onda Cero Radio, también hizo gala de su exquisito lenguaje y su respeto por los gallegos, afirmando, ante el supuesto micro cerrado, que estaba “harta del Plan Galicia de mierda” y que “¡A mí me van a dar lecciones sobre este Plan Galicia de mierda!”. Sobran comentarios.

 

·        2006: Jordi Sevilla, haciendo gala de su “educación”, es captado sin advertirlo, por una cámara de Telemadrid, mientras conversa con Fidalgo. Montilla es cojonudo para mil cosas… pero todavía es pronto para que el presidente de la Generalitat sea un charnego“, fue la frase pillada. Por si no lo saben: “charnego” es un antiguo vocablo popular catalán de no muy amable intención.

 

·        2007: En plena campaña electoral, Zapatero es entrevistado en La Cuatro por Iñaki Gabilondo. Cuando ambos pensaban que los micrófonos ya estaban apagados, mantienen una muy amistosa conversación en la que el Presidente del Gobierno dice: “Lo que pasa es que yo creo que nos conviene que haya tensión… Yo voy a empezar, a partir de este fin de semana, a dramatizar un poco”. Curiosamente, uno de sus principales argumentos en contra de Rajoy, en la campaña, era que el líder popular la basaba en la crispación.

 

·        2008: La última, de momento. Mariano Rajoy, el mismo que grabó una declaración institucional en 2007 llamando a celebrar la Fiesta de las Fuerzas Armadas, fue “traicionado” por su micrófono en la sesión de clausura de la XIII Reunión Interparlamentaria del PP, celebrada en La Coruña el día 11 de octubre. Tenía a su lado a Javier Arenas y le dijo, ante los oídos de toda España que: “Mañana tengo el coñazo del desfile… En fin, un plan apasionante”. Todo un ejemplo de honra y respeto a las Fuerzas Armadas y a su Fiesta Nacional.

 

En fin, queridos micrófonos, gracias por vuestra colaboración para que la gente nos enteremos de verdad de quienes son y qué piensan nuestros políticos. Nos estáis prestando un servicio inestimable para que nuestra democracia se depure y se fortalezca. Aunque todavía no os hacen demasiado caso, ni los políticos, ni los sindicatos, ni los jueces, ni la mayor parte de la opinión pública, no perdáis los ánimos. Continuad con vuestra singular batalla por la verdad y la honestidad. Sin vuestras hábiles estrategias, estaríamos perdidos frente a la hipocresía política.

 

  • Añado el 29-1-2010: Esperanza Aguirre, el viernes, en una conversación “particular” con su vicepresidente Ignacio González, en el monte de la Maliciosa (Becerril de la Sierra): “Yo creo que hemos tenido una inmensa suerte de poder darle un puesto a IU quitándoselo al hijoputa”. Las malas lenguas pensaron enseguida que se refería a Gallardón. Ella aseguró que se dirigía a Fernando Serrano, ex consejero de Caja Madrid. Y se disculpó con él…

 

  • Añado el 12-11-2011: Las “pilladas” alcanzan a Sarkozy, presidente francés. A principios de este mes, hablando con Barak Obama, se le escuchó un grave desliz, acerca de Netanyahu, primer ministro israelí: “No le soporto, es un mentiroso”. A lo que Obama respondió: “Estarás harto, pero yo tengo que lidiar con él todos los días”. Otra “microfonada” más al archivo.

 

  • Añado el 30-1-2012: Mariano Rajoy es “pillado” de nuevo por un micrófono abierto. Antes del inicio del Consejo Europeo, se le esucha confesar al primer ministro finlandés, Jirky Katainen, una frase lapidaria: “La reforma laboral me va a costar una huelga”. En otro momento, también se le escucha decir al primer ministro holandés, Mark Rutte: “Ahora viene lo más duro” y “Es que nos dejan una herencia muy mala”. Ahí queda otro testimonio microfónico para la Historia.

 

  • Añado el 27-3-2012: En el encuentro en Seúl entre Obama y el presidente ruso en funciones, Medvédev, se escucha la siguiente conversación: “Todos estos asuntos, pero en especial la defensa antimisiles, pueden resolverse, pero es importante que (Vladimir Putin) me dé espacio”, dice Obama en la grabación. “Entiendo su mensaje sobre (la necesidad de) espacio”, responde Medvedev. “Estas son mis últimas elecciones”, añade Obama, “Tras mi reelección tendré más flexibilidad”, concluye. “Transmitiré este mensaje a Vladimir”, promete Medvedev. Así es la diplomacia por dentro. 

 

El niño con el pijama de rayas

 

 

 

Hace unos días leí de un tirón el famoso libro de John Boyne, “El niño con el pijama de rayas”. Ayer vi la versión cinematográfica en su preestreno en Valencia. Desde luego, no se trata de “otra peli de nazis”. Al igual que la entrañable “La vida es bella”, esta historia es diferente. El libro, pese a ser un best seller, es tan simple y breve como un cuento: he ahí su grandeza. Encierra todo un mundo de mensajes y significados, cuyos distintos niveles de profundidad pueden ser captados con mayor o menor crudeza y horror según sea la madurez y la cultura del lector. Los terribles hechos del nazismo, que se dejan entrever en el breve relato, se reencuentran con el lector sin violentar su sensibilidad más allá de lo que ya sabe de antemano. Por eso lo puede leer igualmente un niño, que un adulto.

 

La película refleja bastante bien la trama básica del relato original, aunque resume algunas interesantes conversaciones y dramatiza el acelerado final cambiando elementos del libro y haciéndolo más trepidante aún si cabe. En general, presenta la historia de forma algo más evidente que en la novela, aunque tampoco se recrea en mostrar escenas cruentas que, como antes decía respecto al libro, quedan sólo apuntadas, de forma que la percepción de su brutalidad se modula según la capacidad de comprensión del espectador. Al finalizar la proyección, no obstante, en la sala, repleta de invitados, nadie se atrevía ni a respirar. A destacar la magnífica interpretación de los actores, especialmente los dos niños protagonistas. La novela y la película, ambos imprescindibles, para adultos y niños.

 

Dicho esto, y como no soy, afortunadamente, crítico literario, ni de cine, sino pedagogo y padre, quiero destacar algunos aspectos relacionados con la educación de este libro-película, que se me han quedado grabados a fuego. Para empezar, el relato en sí es formativo, educativo y pedagógico. Es formativo porque aborda una realidad que sucedió, desde los puntos de vista de las diversas personas implicadas. Es educativo porque destaca un buen ramillete de valores positivos y deja en evidencia, dentro de su propia dinámica, la maldad de otros valores inaceptables. Dice la crítica que la obra es una apología de la amistad. Es cierto. Pero aún me parece más importante cómo presenta la responsabilidad que conllevan las consecuencias de nuestros actos. Es pedagógico porque, como ya he dicho, su grado de dramatismo se ajusta a cada lector-espectador.

 

Quizá a otras personas les hayan impresionado más otras escenas. Mi sensibilidad hacia lo educativo me ha dejado impreso en la memoria un aspecto muy concreto. El niño protagonista, Bruno, y su hermana Gretel, obligados a vivir en una zona de Polonia apartada de la “civilización”, junto al campo de exterminio nazi de Auschwitz, regentado por su padre, flamante comandante de las SS, no pueden acudir a la escuela y reciben instrucción a cargo de un tutor. Las pocas escenas de las sesiones de clase son terroríficas. El tutor deja de lado las ciencias, sociales y humanas, para centrarse sólo en lo que él llama “Historia”. Esa materia consiste, para el profesor, en un  adoctrinamiento en la ideología nazi, una instrucción sobre aquello que debe conocer, sentir y asumir el buen ciudadano alemán. Hasta tal punto llega su lavado de cerebro, que Bruno duda de la bondad de su amistad con el niño judío y Gretel abandona repentinamente su preadolescencia convertida en una fanática jovencita pro-nazi.

 

Es una constante, en todo régimen totalitario, utilizar la educación para reproducirse y perpetuarse a sí mismo, amaestrando ciudadanos bien imbuidos, desde su niñez y adolescencia, de los elementos doctrinarios propios de la ideología oficial gubernamental. Esto no se evita sólo por que exista una democracia y porque los que mandan sean escogidos por votación. El psicópata Hitler, de hecho, accedió al poder por legítima elección de los alemanes en las urnas. Una vez situado en la cima el líder del Nacional-Socialismo, que así se llamaba su partido, puso bajo su control todos los poderes del Estado y se puso a llevar a cabo sus verdaderos planes. El pueblo que le había votado, como muestra la película, fue después sistemáticamente engañado con un aparato propagandístico oficial manipulado con absoluto descaro, junto a una censura y persecución férrea hacia cualquier mensaje o mensajero que osase criticar sus postulados.

 

El Führer, pronto contó con todo un ejército infantil y adolescente, perfectamente adoctrinado y emocionalmente subyugado por la parafernalia populista y simbólica del régimen, con la consigna de denunciar incluso a sus propios familiares si detectaban cualquier indicio de disidencia. El pueblo alemán, en su gran mayoría, no se apercibió del monstruo que habían aupado al poder con sus votos hasta que el horror de lo sucedido se abrió paso cuando el III Reich fue derrotado por el ejército aliado y los hechos salieron a la luz. Muchos millones de alemanes se sintieron entonces avergonzados y espantados, pero ya era tarde… Nunca prestaron atención a las pequeñas voces de los intrépidos disidentes, que les llegaban a través de las minúsculas rendijas del bloqueo informativo del régimen.

 

Sin comentarios…

 

EpC: Diario real de una objeción en Bachillerato

 

Nuestro hijo Juan comienza este curso 1º de Bachillerato, en un I.E.S. de Valencia. Mi esposa y yo, junto con nuestro hijo, tras una prolongada reflexión en común y conociendo perfectamente la normativa de evaluación académica para este nivel educativo, decidimos objetar en conciencia contra “Educación para la Ciudadanía”, que en Bachillerato adopta el nombre de “Filosofía y Ciudadanía”.

Como nos imaginamos que el camino por andar no va a ser fácil, he decidido abrir este post en forma de diario. En él iré anotando todas y cada una de las incidencias, positivas o negativas, que se vayan produciendo. Quedará como testimonio vivo del recorrido real de una objeción en marcha.

Espero que sirva para que todos los lectores que lo deseen puedan seguir su evolución, colaborar con sus comentarios y aportaciones, y estar al tanto del tratamiento concreto que vaya a tener la objeción de conciencia en la Comunidad Valenciana, que ahora comienza a impartir la EpC, sin perder de vista que las experiencias que aquí voy a exponer son sólo un botón de muestra, no necesariamente generalizables.

Que quede muy claro que no tratamos de ponernos como ejemplo para nadie. Somos padres normales y corrientes, bien concienciados y dispuestos, pero MUY normales. Esto es sólo una crónica de los hechos concretos que vayan sucediendo, que nadie sabemos cómo puede acabar. Esperamos tener fuerzas para llegar hasta el final. En todo caso, suceda lo que suceda, para bien o para mal, quedará aquí escrito.

Aquellos lectores que deseen seguir esta historia hasta el final, deben guardar el enlace permanente a este post, ya que, aunque aparecerá algunos dias en la página principal de HO, luego será sustituido por otras entradas que se vayan produciendo en los distintos blogs. Las nuevas anotaciones en el diario las haré cada vez editando este post. Sin más comentarios, comienzo el diario:

 

 

DIARIO REAL DE UNA OBJECION DE CONCIENCIA EN BACHILLERATO

06-05-2008: Presentamos nuestra declaración de objeción de conciencia a la EpC, a través de VAEL (Valencia Educa en Libertad), en el registro de la Consellería de Educación. Los funcionarios del registro se ven un tanto desbordados, ya que nuestra objeción se presenta junto con un bloque de gran número de ellas, pero las objeciones quedan registradas de entrada sin mayor problema.

11-09-2008: Presentamos copia de la declaración de objeción, junto con una carta explicativa dirigida al Director del IES, en el registro de la Secretaría del Instituto. De momento, nada que destacar. Si alguien quiere ver la carta, que me lo diga y la incluiré en sucesivos comentarios.

15-09-2008: Libertad Digital TV me realiza una entrevista en mi casa, como padre objetor con hijos a los que la EpC afecta directamente este curso. Los periodistas, muy amables y concienciados del asunto. La entrevista, breve, pero con tiempo suficiente para manifestar los motivos y aspectos esenciales de nuestra objeción. Aún no he podido ver la emisión de dicha entrevista. Ignoro cómo habrá quedado el montaje final.

16-09-2008: Nuestro hijo comienza hoy el curso. A fecha de hoy, y pese a la promesa hecha a VAEL por la Secretaria Autonómica de Educación, Concha Gómez, no hemos recibido respuesta administrativa alguna. Ante esta situación de inpass, hemos solicitado a los letrados de VAEL que estudien la forma de desbloquear la situación elevando recurso apoyándonos en el silencio administrativo o por otra vía jurídicamente viable. Por otra parte, de momento no hemos tenido comunicado alguno del Instituto.

Nuestro hijo ya ha vuelto de su primer día de clase. Ha venido escandalizado del horario en que han colocado la asignatura optativa de religión, al final de la mañana, para que los alumnos que no cursan religión, los que van a “alternativa”, puedan largarse a casa. A nosotros no nos ha sorprendido, porque ya conocíamos este asunto. Respecto a EpC, mañana tienen la primera clase, a primera hora. No les han dicho ni una palabra sobre lo previsto para los objetores, si es que han previsto algo.

El chaval nos ha preguntado qué debe hacer mañana y hemos estado hablando sobre el asunto. Hemos quedado en que, al llegar al Instituto, se dirija a su tutor, para hacerse presente y pedirle instrucciones. Si el tutor no se las da, que acuda al jefe de estudios, y si tampoco, al director. Si nadie le da razón de una actividad sustitutoria a la objeción, se quedará en algún lugar visible del Instituto, estudiando, y nosotros pediremos entrevista urgente con el director. En todo caso, mañana veremos qué sucede. 

17-09-2008: En el primer día de clase de EpC, ha sucedido algo extraño. Tanto darle vueltas a la cabeza con lo que podría acontecer y resulta que lo ocurrido ni se me había pasado por la cabeza. Lo que sí me imaginaba es que mañana me va a tocar entrevistarme con la profesora para ver si nos aclaramos, porque ni nuestro hijo ni nosotros hemos comprendido nada.

El muchacho y su primo, tal y como quedamos, ha acudido al Instituto antes de las 8:00 para pedir instrucciones a su tutor sobre qué actividad deben relizar fuera de clase los objetores. Les han dicho que en ese momento no había hora de atención del tutor. Viendo el percal se han ido directamente a preguntarle a la profesora de EpC. Al preguntarle si ella era la profesora de Filosofía y Ciudadanía, ella les ha dicho que ella no era profesora de Ciudadanía, sino tan sólo de Filosofía…

Al comentarle que ellos eran objetores, les ha dicho que su asignatura es obligatoria para aprobar el Bachillerato. Ellos le han contestado que ya lo sabían, pero que aún así eran objetores a la EpC. Ella ha insistido en que su clase no es de EpC, sino de Filosofía, que ella no da Ciudadanía. Ante ello, los chavales se han quedado perplejos y han decidido entrar a esa clase “sólo de Filosofía”.

La profe ha explicado el programa que van a dar, que consiste en Filosofía desde una perspectiva Psicológica, que es lo que ella domina, y nada más. El libro que deben comprarse, si embargo, es el de Castell-Nou y lleva por título “Filosofía y Ciudadanía”. La clase se ha dado en castellano, sin aparición alguna de profesores de inglés. La profesora ha comentado que en el Instituto se oponen a impartirla en inglés y les ha dicho que los exámenes de su asignatura ¡serán revisados por un inspector!

Ahora no sé si es que el Instituto ha decidido separar en dos bloques la Filosofía y la Ciudadanía, si es que la profesora ha decidido dar sólo Filosofía y omitir la Ciudadanía, si sólo es una maniobra para despistar a los objetores y que entren en clase o si, sencillamente, la profesora no se entera ni del nodo. Dice que ella es profesora de Filosofía y que su clase es sólo de Filosofía, pero el libro es de Filosofía y Ciudadanía. Y encima, esa intimidante advertencia de que los exámenes serán enviados a “un  inspector”.

Si no fuera porque conocemos hace tiempo a esa profesora, que ha dado clases muy correctas a otros de mis hijos, sin sesgos ideológicos y con excelente didáctica (mis hijas incluso la admiran como profesora), mi conclusión inmediata sería que se trata de una mera trampa. No lo sé. Así que, como me imaginaba, voy a tener que entrevistarme con ella para que me aclare el asunto.

Todavía me ha sorprendido más el comentario de que los exámenes los ha de revisar a un inspector. ¿Será posible que la Consellería sea capaz de haber establecido tal mecanismo de control sobre esta asignatura? ¿O se trata de una inspección estatal? ¿Qué demonios está pasando aquí? En fin, espero poder aclarar todas estas cosas mediante entrevistas con quien haga falta (profesora, tutor, jefe de estudios, director…), antes de la próxima clase de Filosofía y Ciudadanía, para saber a qué atenernos.

18-09-2008: He de confesarlo. Anoche no podía pegar un ojo, pensando en todo este embrollo y en lo que sucedería hoy en mis entrevistas en el Instituto. Me puse a rezar como un descosido a la Virgen, para que nos ayudara, nos diese discernimiento y fuerzas, y nos allanase el camino. Es relativamente fácil presentar una objeción, pero no es tan fácil llevarla adelante cuando llega “la hora de la verdad”. Gracias a Dios que tenemos su auxilio que nos sostiene. He de decir que la palabra de los distintos obispos que han hablado sobre la objeción ha sido y es un elemento fundamental que nos ayuda en este combate.

No he podido hablar con la profesora de Filosofía y Ciudadanía, pues no estaba en el Instituto y aún no han salido los horarios de atención a los padres. Pero sí que he podido hablar con el director. La conversación ha superado mis mejores expectativas. Además de un trato atento y amable, ha asumido con absoluto respeto nuestra decisión. El Instituto ya había previsto que los alumnos cuyos padres han objetado pudiesen estar en la biblioteca, en la que habrá en todo momento un profesor de guardia, pero lo había organizado para la ESO y es por eso que la profesora de EpC en Bachillerato no sabía nada. 

El director, un tanto despistado respecto al hecho de que la “Filosofía y Ciudadanía” de Bachiller forma parte del grupo de asignaturas de la EpC, ha aceptado de buen grado mis explicaciones y ha comprendido las razones de nuestra objeción en Bachiller. Esto no significa que las comparta o no, eso sólo él lo sabe, sino que las respeta. Era conocedor de nuestra objeción, pero sin querer había dado por supuesto que se referían a la ESO y por ello no había hablado con la profesora de Bachillerato.

El director ha tomado nota de los datos de mi hijo y de su primo y me ha asegurado que hablará con la profesora, para que sepa que ambos alumnos irán a la biblioteca en su hora de clase. Esto es importante, además, porque quedará claro que no se trata de una falta de asistencia. Me creo en el deber de dejar aquí constancia de la amabilidad y de la actitud de respeto ante las decisiones de los padres de este Director. Y eso en un Instituto público. Todo un ejemplo de corrección humana y verdadero espíritu democrático, a imitar, tanto por los directores de centros públicos, como concertados.

Como comprenderéis, he salido del Instituto con 30 kilos menos de peso y dando gracias a la Virgen. Al contárselo a mi hijo, también le ha cambiado la cara, ya que ahora se siente mucho más seguro que ayer depués de que la profesora les dejara, confundidos y dentro de clase. El muchacho sigue dispuesto a seguir adelante con el combate, ahora con mayor seguridad todavía. Así que, si no sucede nada extraño, por el momento no entrará en las clases y permanecerá estudiando en la biblioteca.

22-09-2008: Me lo temía. Hoy ha tenido mi hijo clase de Filosofía y Ciudadanía. Su primo y él le han preguntado a la profesora si el director había hablado con ella sobre su objeción y el ir en esas horas a la biblioteca con un profesor de guardia. La profesora les ha dicho que no y les ha vuelto a contar el mismo rollo del primer día de clase. Los muchachos, sin saber a qué atenerse, se han quedado dentro de la clase.

Mañana me toca volver a la carga y hablar con el director, para comprobar si es verdad o no que a la profesora no le han llegado aún sus instrucciones, para pedirle que lo haga si no lo ha hecho y para que pida a la profesora que deje de liar el tema diciendo que su asignatura “no tiene nada que ver con EpC”. Supongo que el director, con el fin de semana por medio, no ha tenido aún ocasión de hablar con la profesora.

Espero que esta semana quede claro el asunto de una vez por todas. Si la profesora sigue en sus trece, le comunicaré al director que los chavales irán directamente a la biblioteca, sin hablar más con ella. Como podréis comprobar, el combate sigue. Confío en poder avanzar paso tras paso, con la ayuda de Dios.

23-09-2008: ¡Bendito sea Dios! Y que bendiga al Director del Instituto de nuestro hijo (y a otras personas que en él trabajan y están por la labor). Tras el confusionismo de días anteriores, hoy le he escrito un mensaje al Director, diciéndole que los chavales seguían sin saber a qué atenerse, porque la profesora no sabía nada, y remitiéndole los textos legales donde aparece claramente la “Filosofía y Ciudadanía” enmarcada dentro de la “Educación para la Ciudadanía” (más que nada para que pudiese aclararle las ideas a algún que otro profesor despistado). Luego, por la tarde he hablado con él por teléfono.

Como siempre, me ha atendido con una amabilidad fuera de lo común. Me ha dicho que había leído mi mensaje y que ya había hablado con la profesora de Filosofía y Ciudadanía para explicarle que mi hijo y su primo, por motivo de su objeción, no iban a entrar a su clase, que en ningún momento se trata de absentismo o falta de asistencia y que la objeción no se dirige en modo alguno contra ella.

Por otra parte, dado que las clases de EpC las tienen, una a las 8 de la mañana y otra a última hora de la mañana, y la biblioteca (lugar dispuesto para los objetores de la ESO) está cerrada a esas horas, ha decidido que mi hijo y su primo acudan en esas horas al “Aula de Convivencia”, donde siempre hay un profesor de guardia. Allí podrán estudiar o hacer deberes. Ante mi ofrecimiento de que tal vez podrían aprovechar ese tiempo para hacer alguna actividad alternativa de colaboración con el Instituto (algo que manifestamos en la declaración de objeción), le ha parecido una idea fantástica. Hablará con los profesores para que, si algún alumno “trasto” de los que van a ese aula, de 1º de ESO por ejemplo, necesitase apoyo escolar, nuestros muchachos le echen una mano. “Eso sí que es auténtica educación para la ciudadanía”, me ha comentado.

Por útimo hemos quedado en que los chicos ya no acudan más a la clase de Filosofía y Ciudadanía, sino que directamente acudan a esa otra aula. Además, me ha dicho que mañana, a las 8 en punto, hora en que tienen la dichosa asignatura, mi hijo y su primo acudan a su despacho y que él mismo les acompañará al otro aula, para presentarlos al profesor y para que se sientan más seguros y arropados.

Para terminar la conversación, me ha dado las gracias. ¡Sí, me ha dado las gracias él a mí! Yo le he dicho, naturalmente, que gracias a él, pero ha insistido en darme las gracias a mi. No sé exactamente por qué, la verdad.

¿Se puede pedir más? Al Instituto, desde luego, no. La objeción se va a hacer efectiva, los chicos no van a entrar en las clases, van a tener un lugar concreto dónde estar, con un profesor testigo de que están en el Instituto y, además, con actividad sustitutoria educativa pero no sectaria. Sabemos que no debemos bajar la guardia y seguiremos atentos al transcurrir de los hechos, porque los “enemigos” están por todas partes y en cualquier momento pueden asomar las narices para tocarnos las nuestras con nuevas dificultades. Pero, de momento, todo invita a dar gracias por cómo van las cosas.

Ahora sólo queda el “pequeño detalle” de que nuestra objeción sea admitida y nuestro hijo quede exento de cursar la asignatura y ser evaluado en ella. Por muy buena que sea la actuación del Instituto, si el chico no entra en las clases, suspenderá. Puede repetir la asignatura en 2º y continuar sin entrar en clase. Pero, si la Consejería de Educación y/o los Tribunales, no nos reconocen la objeción, no obtendría el título de Bachiller. Tenemos tiempo por delante para defender nuestra objeción pero, si llegara ese extremo (Dios no lo permita), la toma de decisiones sí que será radicalmente difícil. Pero, como Escarlata O’Hara, eso lo pensaré mañana…

Aunque no tengo muchas esperanzas en ello, quiero creer que el Consejero Font de Mora -el Gobierno Valenciano del PP en suma- actúe de forma urgente y coherente con las declaraciones que los consejeros de educación de las CCAA regidas por el PP han hecho públicas tras su reunión de ayer en la C/ Génova, que en su punto 4 aseguran que el PP va a reconocer la objeción, eximiendo a los objetores de asistir a clase sin que ello perjudique su expediente académico. ¿Es mucho soñar, verdad? Pero, quién sabe…

24-09-2008: Hoy mi hijo ya no ha entrado en clase de EpC. La única incidencia, de poca importancia, es que cuando ha acudido, según lo pactado, al despacho del Director, y él le ha acompañado al aula prevista, no había ningún profesor de guardia. El Director, a la vista de ello y mientras lo soluciona, le ha pedido que se quedara en un pequeño hall junto a su despacho. Es lógico que se produzcan estos fallos de ajuste, en pleno inicio de curso en un Instituto con más de 200 profesores. Confío plenamente en que el tema del local a donde debe acudir mi hijo en las horas de EpC se solventará en breve.

Quiero destacar la actitud de mi hijo. No es sólo “amor de padre”. Ayer se resbaló a causa de la lluvia y se dislocó la rodilla, algo que le sucede con cierta frecuencia, ya que tiene una rotura de ligamentos cruzados. Auque no es nada grave, ya que está acostumbrado a colocarse la rótula en el sitio y seguir adelante, estaba un poco dolorido y podría haberse quedado en casa. Pues nada, el tío ha cogido una muleta, me ha pedido un justificante para el profesor de Educación Física y se ha ido al Instituto, precisamente para no perderse el primer día en que ya no iba a entrar en las clases de Filosofía y Ciudadanía. Con un par.

29-09-2008: Mi hijo continúa sin entrar en las clases de EpC. Sin embargo, el despiste del Instituto sobre dónde debe permanecer en esas horas, continúa. Hoy tenían clase de Filosofía y Ciudadanía a última hora. Se han dirigido al despacho del Director, para saber a dónde dirigirse. No estaba. En la biblioteca y en el aula de convivencia no había ningún profesor de guardia. Sin saber qué hacer, su primo y él se han marchado a casa. Grave error que les he pedido que no vuelva a suceder. Para que sea efectiva la objeción, no pueden ausentarse nunca más del Instituto en esas horas, aunque tengan que quedarse sentados en un pasillo. Lo han comprendido perfectamente. Hemos quedado en que el miércoles, que tienen la asignatura a las 8 de la mañana, voverán a preguntar al Director dónde deben quedarse. Si el tema no se resuelve, volvere a comunicare con el Director para ver qué sucede y cómo arreglar de una vez por todas el asunto.

30-09-2008: Junto con otras dos familias objetoras, hemos estado esta tarde en una notaría, para hacer la dación de poderes a los abogados y procuradores voluntarios que se han ofrecido gratuitamente a ayudarnos en la defensa jurídica de nuestras objeciones (Dios los bendiga). Junto con un amplio grupo de familias objetoras, vamos a elevar el próximo día 6 de octubre una primera tanda de recursos contra la Consellería de Educación, ante la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribual Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana, entendiendo como denegada nuestra objeción por el silencio administrativo habiendo comenzado ya el curso escolar. Tras esta tanda, se irán presentando otras sucesivas.

Esperamos del buen juicio de los magistrados que nuestros recursos sean aceptados y nuestros hijos queden exentos de la EpC. ¡Dios ilumine sus conciencias! Me resulta muy triste e indignante que, en una Comunidad gobernada por el PP, partido que se ha declarado institucionalmente en contra de la EpC y a favor de la objeción, los padres objetores nos veamos obligados a estos extremos ante el absoluto ninguneo por parte del Conseller.  En fin ellos verán lo que hacen. Tendrán que asumir las consecuencias de sus actos y omisiones. Nosotros a lo nuestro, que es defender la educación que queremos para nuestros hijos.

06-10-2008: La objeción y el recurso que hemos presentado siguen en marcha. Pese a la buena disposición del director del Instituto, en los horarios de Filosofía y Ciudadanía, primera y última hora de la mañana, no están abiertas ni la biblioteca ni el aula de convivencia. Mi hijo y su primo siguen pasando esas horas sentados en un tresillo junto al despacho del director. Podría presionar al mismo con la normativa en la mano, para que les atienda el profesor de guardia, pero no quiero hacerlo. Creo que el director está haciendo lo que buenamente puede y no veo la necesidad de tensar las cosas con él.

Me he llevado un profundo disgusto, que me ha provocado un buen cabreo, enterarme de que muchas asociaciones y plataformas pro-objeción, se han desmarcado de la objeción integral a la EpC, en sus cuatro asignaturas, desalentado la objeción en Bachiller. Menos mal que tanto mi esposa y yo, como la plataforma a la que yo pertenezco (VAEL-Valencia Educa en Libertad), tenemos muy claro los objetivos y motivos de la objeción a la totalidad de las asignaturas de la EpC. Por eso nosotros seguimos adelante.

14-10-2008: Me he enterado hoy de que la Consellería ha comenzado a enviar una carta de respuesta a las objeciones, al menos a algunos de los que han objetado en 2º de la ESO. Nosotros no hemos recibido nada. Casi mejor, porque la carta es una auténtica tomadura de pelo, en la que tan sólo se informa de lo que ya sabíamos y no se dice ni sí, ni no, a la objeción. Es decir, que la carta no sirve para nada, porque no dice nada. La cobardía e inutilidad de nuestro gobierno autonómico en este asunto es realmente vomitiva. No respeta ni siquiera las propias declaraciones institucionales de su partido (el PP), que están clara e inequívocamente enfocadas a aceptar y proteger la objeción de conciencia a la EpC. ¡Qué asco!

03-11-2008: Me comenta mi hijo que el director del Instituto sigue preocupado por encontrarles un lugar y una atención adecuadas para él y su primo durante las horas de clase de Filosofía y Ciudadanía. Como en el horario de la asignatura ni hay profesor de guardia en la biblioteca, ni en el aula de convivencia, ha decidido hacerse cargo él mismo. Los hace pasar a su despacho, donde hay una mesa auxiliar para reuniones, y allí les deja estudiar bajo su supervisión directa. Además, aprovecha para hablar con ellos de diversos temas de gran interés. Un nuevo sobresaliente para este director.

El otro día se cruzaron con la profesora de Filosofía y Ciudadania y ésta, con auténtico tono de afecto, les dijo que les echaba de menos en sus clases. Ellos le dijeron a ella que también, pues es verdad que la profesora es una excelente profesional y persona. ¡Qué lástima que la puñetera EpC nos esté obligando a que se pierdan las enseñanzas de Filosofía que esta profesora imparte de maravilla! Encima, mi hijo me dice que le agrada y atrae la Filosofía. Como yo soy Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación, hemos decidido hacer en casa una pequeña “homeschooling” sobre esta materia. Le servirá, al menos, para introducirse de mi mano en el mundo del pensamiento y también para “adelantar” faena en el caso de que la justicia finalmente nos negase el derecho a objetar y decidiésemos que curse la asignatura el año próximo.

04-11-2008: Las primeras cartas de la Consellería a los objetores en 2º de la ESO han comenzado a llegar a los padres de Valencia. Es la misma que recibieron los de Alicante. Ni reconoce ni deniega la objeción. Informa de la situación, como la ve la Consellería, y punto. En modo alguno es una resolución ni una respuesta a la objeción. Tiene sólo dos aspectos útiles: Recuerda que los centros tienen la obligación de atender adecuadamente a los alumnos objetores y comenta que la objeción la hemos ejercido como cosecuencia del derecho a la libertad ideológica contenida en el art. 16 de la Constitución. Una pega: Que sólo se refiere a 2º de la ESO y no dice nada de los otros cursos que tienen EpC. Por eso, nosotros no la recibiremos. Seguimos a la espera de resoluciones judiciales.

03-01-2009: No, no me he olvidado de ti, querido diario. Lo que sucede es que, aunque por toda España se multiplican las resoluciones favorables a la objeción de conciencia, en Valencia apenas se ha movido nada más que la guerra del inglés, que a nosotros ni nos va ni nos viene.

En el Instituto siguen tratando a mi hijo con toda corrección aunque, como es lógico, le han calificado la primera evaluación de Filosofía y Ciudadanía con un “no presentado”. El chaval, aunque sigue dispuesto a la lucha, comienza a resentirse ante la cruda realidad. Necesitamos resoluciones urgentes.

El Gobierno valenciano sigue sin resolver nada acerca de la objeción. El TSJCV está tratando de quitarse de encima el embolao, declarándose incompetente para resolver nuestros recursos sobre un asunto que, según ellos, corresponde a los juzgados ordinarios de lo contencioso-administrativo, lo cual no es cierto, porque se trata de un caso de vulneración de derechos fundamentales.

En fin, que entre unos y otros, nos están haciendo perder un tiempo precioso, que es nuestra mejor baza a jugar en cuanto a las objeciones en Bachillerato. Cero pelotero para el PP valenciano y para el TSJCV. Apenas nos queda nada más que esperar a las ansiadas resoluciones que el TS ha prometido para febrero.

28-01-2009: Día fúnebre para la Democracia en España. El Tribunal Supremo ha dictado sus primeras sentencias sobre EpC y lo ha hecho desestimando el derecho a objetar. El poder judicial, por el momento, no nos protege de los abusos del gobierno, ni siquiera en un asunto de derechos fundamentales. Con este precedente es de esperar que el TSJCV tampoco nos apoye. La lucha no ha terminado, porque queda el TC y el Tribunal de Estrasburgo. Pero ese proceso va a ser tan largo que mi hijo, de seguir sin entrar en clase, ya se habrá quedado sin el título de Bachiller y sin poder pasar a la Universidad, eso aunque al final del trayecto nos dieran la razón. Todo esto es muy serio y tenemos que reunirnos en familia y pedir asesoramiento jurídico para decidir qué hacemos. Estoy muy triste y decepcionado, la verdad.

30-01-2009: Los análisis realizados por distintos profesionales del derecho y otros, sobre la sentencia del TS indican que no hay que apresurarse en la toma de decisiones. En primer lugar, aún no ha salido el texto de la sentencia, en el cual pueden haber sorpresas para el Gobierno, que puede haber cantado victoria demasiado pronto. En segundo lugar, la nota que ha hecho pública el TS sólo se refiere a los cuatro casos que han visto, no a los más de 1800 recursos planteados (cabe que en otros recursos mejor fundamentados sí que sea admitida la objeción). En tercer lugar, parece ser que en el texto de la sentencia el TS va a incidir de alguna forma en que a través de la EpC no se puede adoctrinar ideológicamente, lo cual puede ser un varapalo al Gobierno mayor de lo que se espera, puesto que las denuncias se pueden multiplicar por todas partes, creándose una judicialización y una movilización social aún más grande de la que ya existe. En todo caso, hasta que no salga el texto de la sentencia, conviene no tomar decisión alguna. Paciencia, oración, reflexión, información, asesoramiento y serenidad antes de mover un dedo. La guerra no ha terminado.

20-02-2009: Ya han salido los textos completos de las sentencias sobre los cuatro primeros casos de objeción que han llegado al TS y hemos tenido tiempo de analizarlas con detalle. En resumen, vienen a decir lo siguiente: a) Deniegan el derecho a objetar a esas cuatro familias; b) Declaran que la LOE y los RRDD que regulan la EpC se ajustan a Derecho, aunque notan que pueden prestarse a un uso indebido; c) Advierten al Gobierno, Administraciones, colegios, profesores y editoriales que ninguno de ellos puede aprovechar la EpC para adoctrinar en temas morales que son objeto de controversia social; d) Alientan a los padres a vigilar y denunciar ante los juzgados los posibles abusos que se produzcan respecto al anterior punto.

Se trata, por tanto, de una sentencia con pros y contras. El Gobierno y sus medios afines han lanzado una campaña de desinformación y de presiones que no pueden derivarse legítimamente de las sentencias. Las consecuencias reales, derecho en mano, son: a) Las sentencias sólo atañen a las cuatro familias a las que se dirigen, no a todos los objetores; b) Sientan un precedente contrario, pero no generan jurisprudencia, de forma que no obligan a que otros juzgados o tribunales rechacen la objeción; c) Son perfectamete recurribles ante instancias superiores y así lo han hecho ya los padres afectados; d) En modo alguno obligan a las Administraciones, ni a los colegios a denegar objeciones ni autorizan a que se fuerce a los alumnos a entrar en las clases de EpC; e) Contienen una prohibición expresa sobre el adoctrinamiento moral, que debe ser respetada por todos, desde el Gobierno hasta los profesores y editoriales; f) No sólo no paralizan al movimiento objetor, sino que le proporcionan nuevas vías para lograr sus fines.

El movimiento objetor sigue más vivo que nunca. La batalla continúa, con el escollo previsible del TS en casi todos los casos que le lleguen (no en todos, porque las sentencias dejan una puerta abierta a que en ciertos casos pueda reconocerse la objeción), pero con nueva armas muy poderosas en manos de los padres.

En nuestro caso, nos imponemos un breve tiempo de reflexión antes de tomar decisiones.

04-03-2009: A la vista de la lentitud prevista para que nuestro caso consiga una resolución final, ya que el TSJCV aún nos está regateando si admite a trámite nuestro recurso y, aún en el caso de que lo haga, habrá recurso de una de las partes ante el TS, seguido de recurso de una de las partes al TC y lo mismo hasta el Tribunal de DDHH de Estrasburgo, se prevé imposible que nuestro hijo sea declarado exento antes de que ya haya perdido toda posibilidad de obtener el título de Bachiller, ya que estamos hablando de un camino judicial de tres o cuatro años como mínimo. Sabiendo por otra parte que el currículo de Filosofia y Ciudadanía es el menos adoctrinante de todo el conjunto de la EpC y conociendo desde hace varios años el buen hacer profesional y moral de la profesora que le corresponde, hemos decidido lo siguiente:

a) La incorporación de nuestro hijo a las clases de Filosofía y Ciudadanía. Ya ha comenzado a entrar en clase. Por cierto, nada más llegar, se ha encontrado con un ejercicio para toda la clase, un comentario de texto sobre el concepto de “persona” en Max Scheler y nuestro hijo ha obtenido un “bien”.  No hay nada como la “home schooling”, aunque en este caso yo tenga ventaja por ser Licenciado en Filosofía y CCEE y ya había comentado un poco con mi hijo el tema filosófico de la “persona”.

b) Proseguimos la defensa judicial de nuestra objeción. Cuando dentro de unos años se llegue a una resolución final, sea o no favorable, ya no nos afectará para nada, pero queremos seguir adelante por principios y por solidaridad con quienes vengan detrás. Hay que conseguir que la objeción de conciencia sea reconocida en España respecto a los derechos de los padres sobre la educación de sus hijos.  Y hay que conseguir eliminar ESTA EpC que, diga lo que diga el TS, es un panfleto socialista-laicita.

c) Procedemos, como indica de forma el TS, a inspeccionar el libro de texto y el programa de clase de la asignatura. Examinados ambos, nos parecen imparciales y muy correctos. Igualmente, vamos a vigilar estrechamente todo posible intento de adoctrinamiento moral que pudiera producirse, no sólo en ésta asignatura, en la que conociendo a la profesora es improbable, sino en todas y cada una de las materias obligatorias. Denunciaremos judicialmente cualquier intento si se produjese.

No es ésta la opción que hubiésemos deseado, ni mucho menos, pero es la que estimamos mejor en la situación concreta actual. Quizá defraude a algún lector, pero ya dije que en este diario dejaria constancia de todo cuanto ocurriese, sea banco, negro.  O gris, como sucede en nuestro caso. No obstante, la guerra continúa, con nuevas estrategias y nuevo armamento. Por tanto, este diario no acaba aquí.

24-6-2009: El curso ha terminado y, con él, -ahora sí- este diario. Las cosas no han transcurrido en absoluto como hubiésemos querido, pero el imperio de la realidad se ha impuesto, como siempre. No hemos tenido el valor (o la estupidez, quien sabe) de dejar que nuestro hijo se jugara la obtención del título de Bachiller permaneciendo hasta las últimas consecuencias sin entrar en las clases de Filosofía y Ciudadanía.

Aunque la mayor parte de las asociaciones y plataformas pro-objeción han aconsejado que no sigamos emperrados en objetar en Bachiller, porque los contenidos de la EpC en ese nivel apenas contienen elementos de doctrtina sectaria y porque en Bachiller hay que aprobar todas las asignaturas de forma impepinable para obtener el título (cosa que no sucede en Primaria y en ESO), no estamos seguros de haber obrado con la intrepida valentía que exige la realidad que nos rodea. Hemos obrado con absoluta prudencia, pero no siempre la prudencia -en el sentido corriente- es la mejor consejera. Dios dirá.

Lo hecho, hecho está. Nuestro hijo aguantó sin entrar en clase dos trimestres, pero en el tercero le aconsejamos que entrase en las clases y tratase de aprobar la asignatura. Gracias a su esfuerzo y al trato impecable de su profesora y su director, cuyas bonanzas ya he agradecido en este post, ha aprobado Filosofía y Ciudadanía con un 5 peladillo (aunque ha suspendido otras dos, el muy tontaina, que esperamos que aprobará en septiembre, porque el chaval es muy voluntarioso pese a su adolescente juventud).

En lo que concierne a la objeción, con este hijo el asunto está concluido, aunque nuestros recursos siguen adelante y quizá algún día, dentro de unos años, alguien nos la reconozca cuando ya no nos sirva para nada. Al menos servirá para ayudar a abrir el camino a los que vengan detrás. Y el muchacho ha aprendido, aunque sólo hayan sido unos cuantos meses, a luchar por lo que es justo y a soportar los temores y problemas de navegar a contracorriente en un sistema de enseñanza que se ha convertido en propaganda panfletaria y doctrinaria de los estúpidos, inmorales y criminales postulados del progretariado laicista de la cuadrilla de totalitarios socialistas que nos gobiernan y que hacen las leyes y los reales decretos.

Nos queda por delante la pelea con nuestro hijo pequeño, que debería cursar el año próximo 4º de la ESO, aunque creemos que va a repetir 3º con tropecientos suspensos y el año que viene no habra que ejercer todavía la objeción efectiva, que también por él presentamos en su día. Ya veremos qué podemos hacer, con la ayuda de Dios, cuando llegue el momento de la verdad. Tampoco va a ser fácil, porque va a un colegio concertado que adapta todo lo que hace muy bien al ideario del centro y que han demostrado un cariño y una atención especialísima y exquisita a nuestro hijo. Pero esta es otra historia.

Aquí sólo me resta mostrar mi agradecimiento a todos aquellos que han ido siguiendo este diario y nos han ayudado con sus comentarios. También reiterar nuestra gratitud al director del Instituto y a la profesora de Filosofía y Ciudadanía, por su respeto hacia nuestras posturas, por la atención prestada a nuestro hijo mientras no entraba en clase y por la prestada cuando ha entrado en clase. Todo un ejemplo de verdadero espíritu democrático y de auténtica neutralidad ideológica en la escuela pública. Por último, agradecer a todos los amigos de VAEL, algunos de ellos abogados, que nos han ayudado durante todo este tiempo, siempre dándonos ánimos, comprensión y trabajando un montón sin cobrar un duro.

FIN DEL DIARIO

Mi querida España

 

 

 

El verano siempre es un estímulo para viajar, aunque sólo sea con la imaginación o a través de Internet. Recorrer los caminos, los pueblos y los paisajes de España, me produce un gozo indescriptible. He visitado varios países extranjeros, pero en pocas naciones cabe tanta diversidad y tanta unidad como en nuestro variopinto país. Tantas luces y tantas sombras, tantos colores, tonos y matices, tantos olores y sabores… Una obra maestra compuesta con tanta ilusión, sudor y sangre, que horroriza pensar que alguien la quiera romper a jirones. Es como rasgar un Van Gogh para venderlo a retales. Cada centímetro del cuadro es magnífico, pero sólo la pintura completa adquiere todo su valor.

 

No he tenido suerte con mis cantantes preferidos, aquellos que me enseñaron a saborear la estética de una voz con potencia de león, como Nino Bravo, con timbre de gacela como Cecilia, con el genio de la búsqueda, como John Lennon, todos ellos con el regustillo de autenticidad de un sincero compromiso con la vida, sin excesos militantes. Todos murieron prematura y violentamente, como todas las personas que han marcado mi vida personal, religiosa y ética: Jesús de Nazaret, Ghandi, Luther King… A veces bromeo con algún amigo y le digo que no trate de ganarse mi admiración… si quiere vivir muchos años.

 

Hace tiempo que no dejo de pensar y de escuchar a Cecilia, aquella chiquilla feucha y desgarbada, medio hippie, medio pija, que en su corta carrera nos dejó delicias turcas como “Un ramito de violetas” o “Dama, dama” y nos enamoró. En especial, no me quito de la cabeza ni de los labios una de sus canciones, que da título a este artículo y que hoy suena “políticamente incorrecta”: Mi querida España. Por si alguno de ustedes, sobre todo los más jóvenes y los más viejos, no conoce o no recuerda esa pequeña obra maestra, les pongo aquí la letra:

 

 

“Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra, de tu santa siesta ahora te despiertan versos de poetas. ¿Dónde están tus ojos, dónde están tus manos, dónde tu cabeza?

 

Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra, de las aras quietas, de las vendas negras sobre carne abierta. ¿Quién pasó tu hambre, quién bebió tu sangre cuando estabas seca?

 

Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra, pueblo de palabra y de piel amarga, dulce tu promesa. Quiero ser tu tierra, quiero ser tu hierba, cuando yo me muera”.

 

 

¿Por qué me vendrá a la memoria tantas veces, sobre todo desde hace unos años, esta sencilla balada? ¿Por qué se me llenan los ojos de lágrimas cada vez que la vuelvo a escuchar? Yo nunca he sido un patriota exaltado, ni he idolatrado ninguna bandera, ni me han preocupado demasiado los asuntos de fronteras. Sin embargo, viendo lo que sucede a mi alrededor, en esta España que tantos muerden para arrancarle un pedazo, algo dentro de mí también se rompe.

 

Y es que esta España, esta España mía, esta España nuestra, me ha conquistado la mente y el corazón. No le ha sido fácil, se lo aseguro, pero lo ha hecho. Su historia inigualable, que la convirtió poco a poco en el primer Estado moderno del mundo; su camino hacia la unidad que la hizo grande y fuerte; su transición pacífica hacia la democracia; sus gentes tan iguales como variadas; su cultura tan común como diversa; su proyección de futuro como casa común de todos… Una dulce promesa, en palabras de Cecilia.

 

Mi querida España me ha hecho español, sin dejar de ser, ni valenciano, ni europeo, ni “ciudadano del mundo”, bonita expresión acuñada por los padres del comunismo y del socialismo, cuyos hijos ideológicos hace tiempo han olvidado. Mi querida España, que de nuevo comienza a despertar de su santa siesta, que vuelve a encontrar sus ojos, sus manos y su cabeza. No dejes que nadie vuelva a beber tu sangre y a cubrir con negras vendas tu carne abierta. Yo también quiero ser tu tierra y tu hierba cuando me llegue el punto final… como este.

 

 

Por si alguno de ustedes quiere escuchar esta hermosa canción de Cecilia, les pongo aquí un enlace permanente a la letra y la música.

 

Mi querida España

 

 

La lucha contra la EpC y algunas nostalgias de juventud

 

 

 

Yo pertenezco a la última generación que vivió el franquismo, ya en su período final, cuando el régimen trataba de amarrar sus últimos cabos ante el imparable avance de las aspiraciones democráticas de  la sociedad española. El anciano “generalísimo”, antes de resignarse a asumir el cambio de régimen y perdido ya gran parte del control ideológico en muchos ámbitos, decidió imponer una nueva asignatura escolar: La Formación del Espíritu Nacional (FEN) y, ya en los últimos años, la asignatura llamada más prudentemente “Política”.

 

La etapa del FEN me pilló siendo niño, si acaso preadolescente. Lo cierto es que la recuerdo más como un “rollazo” que como otra cosa. Si la memoria no me falla, nos hablaban de los “principios del movimiento”, algo que nunca llegué a entender, de las “Leyes Fundamentales del Estado”, que nunca llegue a aprender, y de una mezcolanza de normas sociopolíticas y religiosas que nunca me acabaron de convencer. Mi espíritu crítico no tardó en hacer sus pinitos en la siempre efervescente adolescencia.

 

Se diga lo que se diga, los jóvenes de aquella época éramos de “otra pasta”. Al menos, teníamos ideales, acertados o no, y nos movíamos por ellos. No digo que los jóvenes actuales carezcan de ideales sólidos, pero los que los tienen parecen ser sólo una honrosa y esperanzadora minoría. Mis primeros ramalazos de “rebeldía” comenzaron al final del antiguo Bachillerato. Como era frecuente, comencé por rechazar la religión católica, no tanto por su contenido, como por su carácter impuesto y obligatorio. Sólo años después, cuando me fue repropuesta de una forma viva y desde una libertad total, volví a asumir una fe católica renovada en su frescura original.

 

El paso a la Universidad fue decisivo. Mi nueva apuesta por la fe entró en diálogo, choque algunas veces, con la fuerte politización de los ambientes universitarios. Recuerdo con absoluta lucidez las asambleas, huelgas y manifestaciones de estudiantes, las cargas de los “grises” con sus caballos y porras, las aterrorizadas y heroicas carreras a lo largo de toda la Avenida de Blasco Ibáñez, sede del campus universitario literario, las violentas entradas en la facultad de las hordas ultraderechistas al grito de “¡Viva Cristo rey!”, los carteles pegados y arrancados, los encierros nocturnos en la Facultad de Filosofía, las canicas arrojadas al paso de la caballería policial…

 

Para ser sinceros, yo nunca acabé de identificarme con ninguno de los movimientos políticos, ni de izquierda, ni de derecha, porque mi renovada adhesión a Jesucristo no parecía caber en ninguna de ellas. Yo igual lloraba cantando la “Estaca” de Lluis Llach, que cantando el Himno Regional Valenciano, que escuchando el Himno Nacional cuando nuestros futbolistas y atletas participaban en eventos internacionales, que cantando un salmo de la Biblia. Mi sino de nadar contracorriente había comenzado… Y aún no se ha detenido.

 

Eran tiempos complicados para un muchacho que no parecía conformarse con nada, como yo. Pero había algo que nos unía y nos identificaba a casi todos los jóvenes de aquella época: no nos gustaba el mundo que nos dejaban nuestros mayores y queríamos cambiarlo. Nos divertíamos, hacíamos más de una gamberrada y las hormonas nos jugaban todas las pasadas habidas y por haber, pero teníamos ideales, cuanto menos un indefinido impulso interior por “hacer algo”, por proyectar nuestras vidas y por no dejar el mundo como estaba.

 

Como es lógico, acogimos con gran ilusión la transición democrática que se produjo en España. Por fin teníamos libertad ideológica, libertad de expresión, libertad de reunión, y la religión católica dejaba de ser una imposición, para ser una opción libre. Fue una gran época, dirigida por el único político que me ha merecido verdadera confianza, Adolfo Suárez. “Libertad, libertad, sin ira libertad”, “Habla, pueblo habla, tuyo es el mañana”, nos cantaban. Muchos creímos que iba a ser cierto. Y lo fue durante algunos años.

 

Lo que nunca imaginé es que la recién estrenada libertad fuera pervertida por los gobiernos posteriores, hasta convertirla en una mera ilusión óptica. El moderno Estado de Derecho que nos otorgó nuestra querida Constitución, cuya aprobación pude refrendar con mi reluciente derecho al voto, ha ido derivando en un Estado de Capricho, paraíso económico e ideológico de las nuevas oligarquías, originalmente descamisadas y vestidas de pana. Como canta el hoy arribista Sabina: “Lo que pudo ser y la mierda que ha sido”.

 

Ahora, la imposición de la EpC, el nuevo FEN del totalitarismo socialista, me ha hecho rejuvenecer. Ha retornado aquel joven inquieto, buscador de la verdad y defensor de la libertad. Revive en mí el entusiasmo que me produjo el advenimiento de la libertad ideológica y religiosa, el mismo que hoy me empuja a combatir contra la imposición de una nueva religión de estado, contra el retorno de un nuevo régimen fascista de guante blanco.

 

Es triste y trágico lo que está ocurriendo, pero hasta lo peor tiene su lado bueno: muchos nos hemos despertado, hemos salido de debajo del celemín y hemos vuelto al candelero de la opinión y la acción.

 

 

Análisis crítico de la EpC desde el punto de vista educativo

 

 

Publicado en Paraula, nº 1007, Domingo 20 al 26 de julio de 2008.

 

 

Los intolerables aspectos anticonstitucionales que conlleva la Educación para la Ciudadanía y la legitimidad de las formas de lucha contra la misma, ya han sido tratados extensamente por otros autores en este foro. Como Pedagogo, voy a colaborar con un modesto estudio crítico de los aspectos educativos –antieducativos más bien– de este desafortunado grupo de asignaturas obligatorias. Pido disculpas a mis colegas por el tratamiento minimalista de los temas a que me obliga la limitación de espacio.

 

Como ustedes comprenderán, los creadores de la EpC no han querido declarar sus intenciones doctrinarias de forma tan evidente que produjera una contraofensiva social y judicial mayoritaria. Por eso, el adoctrinamiento ético-moral que el Gobierno pretende realizar con la EpC, se presenta disimulado tras “inocentes” objetivos y contenidos, cuya astuta redacción exige una cierta agudeza pedagógica y jurídica para apercibirse de su verdadera intención. Donde mejor se ve es en los criterios de evaluación impuestos.

 

Los principales aspectos inaceptables que contiene la EpC, podemos agruparlos, sin ánimo de ser exhaustivos, bajo los siguientes epígrafes:

 

1.    Exigencia de actitudes favorables, no sólo de conocimientos.

 

Llegando al máximo de tolerancia respecto a la EpC, podríamos llegar a admitir que a nuestros hijos se les informe de las nuevas realidades sociales y familiares que, nos gusten o no, están ahí. Pero los criterios de evaluación van mucho más lejos: los alumnos deben mostrar opiniones y actitudes favorables a las realidades que se les presenten, deben asumir que son correctas. En esto no podemos transigir. La educación en  valores y actitudes éticas y morales de los hijos es asunto de los padres. La escuela debe continuar y ampliar esta formación, pero según la linea marcada por los padres. La sociedad democrática puede exigir respeto hacia las distintas opciones que no vulneren las leyes, pero jamás manipular nuestra personal valoración ética y/o moral. ¿No garantiza nuestra Constitución la libertad ideológica y religiosa, el libre pensamiento? Pues sí, lo hace, y es un derecho inviolable. No estamos en Cuba, afortunadamente.

 

2.    Inducción a una doble moral: pública vs. privada.

 

Los gobernantes laicistas del PSOE llevan décadas intentando sacar la moral del ámbito público, para relegarla al ámbito privado de la conciencia individual. Y ahora, de repente, se sacan de la manga una “conciencia moral cívica” que hay que imponer a todos. Primero crean un vacío de criterios morales comunes y luego lo rellenan con un modelo moral a su imagen y semejanza. No podemos consentir ni una cosa ni la otra. La conciencia moral de la persona es única y se expresa unitaria y lícitamente, tanto en el ámbito privado como en el público. Dividir la conciencia moral en dos planos, uno personal y otro cívico, además de una estrategia típica de los regímenes totalitarios, es una barbaridad psico-educativa de primer orden, puesto que escinde la personalidad y la obliga a debatirse en una perniciosa y psicótica doble moral. Ocurre que, son tantos los políticos acostumbrados a ello, que ni se enteran de su galopante esquizofrenia.

 

3.    Relativismo intelectual y moral.

 

Se trata de una perversa interpretación del sano pluralismo que debe caracterizar a una sociedad democrática. En la regulación de la EpC se esconde un relativismo radical que induce al desencanto escéptico. El relativismo intelectual propugna que no hay verdades universales, sino sólo particulares. Cada cual tiene “su verdad” y las de todos son igualmente válidas, lo que equivale a decir que ninguna es válida. El relativismo moral asevera que no hay criterios morales universales; cada uno tiene el suyo y basta. La moral se sustituye por la ley. Y, como la ley, en manos de legisladores laicistas, se dedica a inventar derechos para legitimar los caprichos de las minorías, resulta que no hay ningún axis moral sólido que oriente la conducta. En los criterios de evaluación de la EpC se aprecia con claridad una metodología que conduce a ambos tipos de relativismo, basada en el “busque, compare y quédese con lo que más le guste”.

 

4.    Constructivismo pedagógico y moral.   

 

El constructivismo es uno de los pilares pedagógicos que tienen el honor de haber creado una generación, casi dos, de analfabetos funcionales. Supone que el alumno construye sus aprendizajes por sí mismo y por sus propias experiencias. El resultado es que no saben apenas nada. No hace falta acudir al informe PISA, que nos pone a la cola de Europa; pregunten a cualquier jovencito y compruébenlo. La “autorrealización” (o “autopoiesis”) forma parte de la cultura popular. Aquello de “yo me he hecho a mí mismo”, se estima como un valor. Y no es más que una soberana estupidez, porque el hombre ni se construye, ni se educa, ni se realiza a sí mismo, sin la concurrencia y la ayuda de los otros y, sobre todo, del Otro en mayúsculas: Dios. El constructivismo moral de la EpC obliga al alumno a construirse una conciencia moral y a reconstruir los valores del entorno para crear un sistema de valores propio. El resultado final: anomía total, sin valores, ni moral, ni mínimo común ético alguno.

 

5.    Ideología de género.

 

Este es, entre otros, uno de los buques insignia de la armada laicista. La LOE obliga a que los alumnos deban Conocer y valorar la dimensión humana de la sexualidad en toda su diversidad. ¿A qué diversidad se refiere? ¿Acaso no somos simplemente hombres o mujeres? Se introduce aquí la llamada “ideología de género”, que rompe la distinción natural de sexo (hombre o mujer) y se acoge a la distinción artificial de “genero”, que no es más que un atributo gramatical (masculino, femenino y neutro). Eleva ese simple aspecto morfológico de las palabras a la categoría de clasificación de la “orientación sexual” humana e inventa y reconoce 6 nuevos “géneros”: heterosexual, homosexual, lesbiana, bisexual, transexual e indefinido. Y siguen inventando otros. Si a alguien le parece bien esa ideología, con su pan se la coma, pero que no la imponga.

 

Hasta aquí mi sucinta redacción. No quiero pasar de las mil palabras, que es el umbral de lo digerible para un artículo. Los temas merecían mayor y mejor desarrollo y muchos otros se quedan en el tintero. Al menos, les he dibujado unas pinceladas impresionistas para ojear el panorama y reflexionar un poquito. Espero haberlo conseguido. 

 

 

EpC: Una batalla campal que nunca debió comenzar

 

 

 

Hace décadas que comenzó la ofensiva laicista que, entre otras estrategias, trata de utilizar a la educación como medio privilegiado de adoctrinamiento estatal. Ahora, desde que la LOE creó la EpC y sus tres Reales Decretos han desarrollado su contenido doctrinario en asuntos éticos y morales, el PSOE ha sacado a la calle sus armas de destrucción masiva de valores. La EpC, con su apariencia inocente, es una bomba de racimo contra las conciencias de los estudiantes.

 

En todo el territorio nacional, de forma especial en algunas CCAA, estamos viviendo una ardua batalla, con una nueva fractura social y una judicialización de la educación que hubiese sido innecesaria si el PSOE hubiera respetado el mandato constitucional que le obliga a garantizar el derecho de los padres a decidir sobre la línea educativa de sus hijos. A partir de ese nuevo desprecio al contenido de nuestra Carta Magna, han provocado una absurda batalla campal.

 

Es un espectáculo lamentable contemplar a la Educación sentada en el banquillo de los juzgados, por temas como éste, que viola descaradamente el Art. 27.3 de nuestra Constitución, contemplado, nada más y nada menos, en su Capítulo II, Sección 1ª, que regula nuestros derechos fundamentales.

 

Aunque lo cierto es que, todo el sistema socialista LOGSE-LOE, ya es, en sí mismo, una violación del derecho fundamental a recibir una educación regulado en el Art. 27.1, porque nos ha colocado a la cola de Europa (Informe PISA) y ha creado una generación de analfabetos funcionales. Y van a por la segunda. ¿A esta catástrofe la llaman educación?

 

Lo único bueno de esta guerra es que ha conseguido que, al menos una parte de la sociedad civil española, se despierte de su adocenado letargo y se movilice. Más de 50.000 objeciones de conciencia, cantidad sin precedentes en nuestra historia y más de 100 asociaciones y plataformas civiles batallando por este derecho, son un precioso indicio de que no todo está perdido.

 

Millones de personas se despertarán en un futuro muy próximo frente a la ruina económica, pero es infinitamente más edificante ver cómo son cada vez más los que se mueven por otros intereses de mucha mayor talla ética que el mero bienestar material, como son la educación de sus hijos en libertad, la defensa de sus valores y la oposición a las imposiciones ideológicas del gobierno de turno.

 

Como decía, la judicialización de la educación es un hecho. Treinta y seis sentencias y/o autos a favor de la objeción y en contra de la EpC del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, más los que se han sumado desde Tribunales de La Rioja y Huesca, aparte de un par de ellos en dirección opuesta de otros Tribunales. Una cadena de resoluciones y recursos que ya han llegado ante el Tribunal Supremo, que deberá unificar doctrina y resolver sobre el asunto. Eso sin contar las contiendas intra-autonómicas, como la generada en la Comunidad Valenciana a raíz de la Orden de 10 de junio, entre otras.

 

Todo un movimiento jurídico que llegará, si es preciso, hasta el Tribunal de Estrasburgo. Que yo recuerde, pocas veces han llegado tan lejos las iniciativas particulares, sobre todo en tan gran número. Digan lo que digan los adictos al régimen zapateril, todos estos valerosos padres son la verdadera avanzadilla que, luchando por preservar nuestro Estado de Derecho, evitará o, al menos retrasará, su premeditado camino hacia un Estado Neo-Totalitario.

 

Toda una sarta de combates legales, bien aireada en los medios con múltiples juicios paralelos, todo un descomunal esfuerzo de los padres y profesionales que defendemos la libertad de enseñanza y la enseñanza en libertad, desde todos los ángulos, mientras los partidarios del adoctrinamiento estatal laicista no cesan de sembrar el campo de sal y echarnos arena a los ojos.

 

Todo un esfuerzo de las bases sociales, enroladas en una guerra que jamás debió comenzar, en una innecesaria conflagración cuyo único responsable es el más irresponsable de cuantos presidentes han pasado por la Moncloa: José Luís Rodríguez Zapatero. Lo que no ha calculado bien es que el pueblo comienza a despertar de su larga siesta y que cada vez está menos dispuesto a dejarse mangonear.

 

 

  

El nuevo circo: A falta de pan… Una legislatura legislativa

 

 

Hace poco publiqué un artículo titulado Educatio, panem et circenses, en el que comentaba, al son de la euforia españolista de la victoria de nuestra selección en la Copa de Europa de fútbol, que me alegraba ver a personas de todas las comunidades autónomas y de todas las provincias de nuestra piel de toro, unidas al menos en lo relacionado con el deporte. Advertía, no obstante, del peligro que tienen esos fervorines de convertirse en el “circo” que utilizan los gobernantes para despistar a los ciudadanos de sus problemas reales y de la responsabilidad política al respecto, especialmente en estos momentos de vacas flacas en los que el “pan” ya no está tan seguro.

 

Terminé aquel artículo con una pregunta: ¿Qué nuevo circo nos tendrán preparado?  Pues parece que la respuesta no ha tardado en llegar. No se trata de asuntos deportivos. Eso es pecata minuta. El PSOE nos tiene preparado un impresionante circo legislativo, aumentado con un previo debate público, cuando lo haya. Lo hemos visto y oído en la ponencia política de Zapatero en su reciente congreso. Los problemas realmente acuciantes, como la crisis económica, la destrucción de empleo, el rearme moral y operativo del terrorismo, el imposible acceso a una vivienda, las hipotecas impagables, la catástrofe educativa, la integridad territorial, la desigualdad entre comunidades autónomas o la ridícula situación internacional de España, son lo de menos.

 

Ahora lo que importa es aprovechar la escora centro-izquierdista del PP para extremar los postulados del PSOE y acelerar su programado avance hacia el laicismo radical. Los próximos años vamos a tener entretenimiento para rato, con nuevas leyes de tipo ideológico, con encendidos debates en la calle y en los medios, y con nuevos e inacabables enfrentamientos entre los españoles. Toda la atención de los ciudadanos desviada hacia asuntos de índole ético-moral: aborto, eutanasia, homofobia, libertad religiosa, manipulación genética… Total, para entretener al pueblo, porque al final, con o sin debate, impondrán sus criterios laicistas a golpe de Leyes y Reales Decretos.

 

Cuando el poder ejecutivo, que es el que debe resolver los problemas reales y angustiosos que tenemos y más que se avecinan, no se ejerce por dejadez, o se ejerce mal por incapacidad, pasa la pelota al poder legislativo, que está sujeto a la misma disciplina de partido que el ejecutivo. Si no podemos ganarnos al pueblo con nuestras actuaciones ejecutivas, que son las que necesita con urgencia, pues le ofrecemos un buen circo legislativo, cuanto más polémico y llamativo, mejor. España puede arruinarse o romperse, pero los socialistas se van a dedicar a otros menesteres. De paso, avanzan en su laicismo anticatólico y consiguen nuevas bolsas de votantes cautivos.

 

Frente a la grave situación, el lema de Zapatero es sigamos con el cambio, es decir, sigamos legislando, que no gobernando, que es más fácil y barato, además de menos impopular. Nada de medidas serias y urgentes, políticamente incorrectas si es preciso, para solucionar los problemas reales. Ofrezcamos al pueblo un buen espectáculo legislativo, a ver si se olvidan de que se han quedado sin vacaciones, de que sus neveras están medio vacías y de que España se deshace bajo sus pies. Esta legislatura, como la anterior, no va a ser ejecutiva, va a ser legislativa. Este es el gigantesco “circo” que nos tienen preparado. ¡Pasen y vean, damas y caballeros, pasen y vean!

 

 

¡Ayúdenme, por favor! ¿A quién voto?

 

 

 

Lo reconozco, me he perdido. Siempre me ha resultado difícil decidir a qué partido votar, pero ahora me resulta imposible. Les voy a resumir algunas de mis convicciones y anhelos, a ver si me echan una mano para las próximas elecciones:

 

Creo en el liberalismo económico que propugna la derecha, pero no tolero los abusos e injusticias sociales que suelen acompañarlo. Por eso, no creo en el capitalismo, pero tampoco en el comunismo. Ambos extremos han conducido a millones de personas a la miseria física y moral. Creo en una justa distribución de las riquezas y bienes, pero no creo en el modelo socialista que, incapaz de generar empleo, acaba cargando de impuestos a los pocos que trabajan y regalando subvenciones a todos los demás. No creo en el Estado del Bienestar, pero sí creo en la Sociedad del Bienestar, que no es lo mismo, porque creo mucho en las personas y muy poco en las Instituciones. Me parece retrógrada la monarquía, pero no puedo identificarme con las connotaciones que en España tiene el republicanismo.

 

Creo en el progreso, pero no en un avance tecnológico y científico desligado de la ética y la moral. Tampoco creo en el progresismo que se autoarrogan los socialistas, consistente en conceder “libertades” e inventar “derechos” para las minorías que vulneran los de las mayorías. Aún creo menos en la progresía intelectualoide y artística que baila el nano al poder que les subvenciona. Creo en nuestra herencia cultural y en nuestra tradición, pero no creo en memorias históricas revanchistas que pretenden resucitar fantasmas del pasado. Creo en la necesidad de preservar la naturaleza y el planeta, pero no creo en el ecologismo que coloca a los monos al mismo nivel que los seres humanos y que protege más a un embrión de oso panda que a un embrión humano.

 

Creo que muchas mujeres necesitan gran apoyo y ayuda al verse embarazadas en circunstancias terribles, pero considero que el aborto es un crimen, uno de los peores que puedo imaginar. Creo que la medicina debe progresar para paliar las enfermedades y el dolor, pero no acepto una medicina para matar. Creo en la investigación genética para prevenir y curar enfermedades, pero no en la manipulación genética (la humana todavía menos), ni en la congelación o destrucción de embriones. Por supuesto, rechazo de pleno la clonación. Creo en la ciencia, pero también en la conciencia. Creo que la investigación científica es algo grande e imprescindible, pero también creo que fe y razón no son incompatibles, sino que se prestan un inestimable servicio mutuo.

 

Creo en la igualdad de la mujer, pero no en los postulados feministas de discriminación positiva, ni de cuota, ni en el rechazo a la maternidad. Creo que la mujer tiene derecho a trabajar fuera del hogar y a ocupar el lugar que merezca en la sociedad, en equidad con el hombre, pero no soporto que se considere “tías marías” a las que prefieren quedarse en casa a cuidar de su familia y sus hijos. También considero que los hijos pequeños necesitan de la presencia constante de la madre y, en todas las edades, de una suficiente convivencia con ambos padres. Respeto a los homosexuales, aunque ellos no se respeten a sí mismos haciendo el payaso por las calles, pero me parece un grave error equiparar sus uniones legales con el precioso concepto histórico y cultural del matrimonio.

 

Creo en la paz mundial como bien inmediato a alcanzar, pero no estoy dispuesto a que cualquier nuevo Hitler se apodere de nuestro territorio, que es nuestra casa. Soy antibelicista, pero no antimilitarista, porque la legítima defensa requiere medios. Creo que la educación debe prolongar y completar la formación moral de los alumnos, pero según la línea marcada por los padres, no imponiendo una moral de Estado. Creo en el papel imprescindible de la Escuela y en la autoridad del profesorado, pero no pienso admitir que nadie reemplace las funciones y derechos de la familia. Creo que hay que saber disfrutar de la vida, de cada momento, pero no creo que el hedonismo que impera en la actualidad sea la forma, ni eficaz, ni correcta, de conseguirlo.

 

Creo que no hay que imponer a nadie ni ideologías, ni religiones, pero creo que todas deben ser respetadas y que todas tienen derecho a ser manifestadas y argumentadas ante la sociedad. Creo en la aconfesionalidad y laicidad del Estado, sin contubernios con ninguna religión, pero rechazo el laicismo anticatólico que quiere acallar a la Iglesia y encerrarla en los armarios de las sacristías. Creo en la autonomía de las regiones con una identidad histórica y cultural diversa, pero no creo en el nacionalismo fanático que espera ganar algo con la ruptura, la separación y la implantación de nuevas fronteras.

 

Ya saben más o menos cómo pienso. ¿Alguien conoce algún partido al que pueda votar por convencimiento, y no por hacer votos útiles o cautivos contra otros? ¿Algún partido que se ajuste a mis convicciones? ¿Algún partido en quien confiar, no por sus palabras, sino por sus hechos? ¿Algún partido que tenga intereses mayores que llenar las urnas? ¿Algún partido que deje alguna vez de girar y de resituarse en el marketing electoral? ¿Algún partido que realmente busque el bienestar material y moral de los españoles, por encima de sus ambiciones de poder? ¿Algún partido decente? ¡Díganmelo, por favor!

 

 

 

Educatio, panem et circenses

 

(Publicado en Las Provincias el 02-07-2008)

En los tiempos que corren, de emergencia educativa, no me agrada demasiado escribir sobre asuntos que no están relacionados con la enseñanza. Si me adentro en temas políticos, es en relación con la libertad educativa, que está seriamente amenazada en España. Sobre el deporte tan sólo escribí un artículo hace años, titulado “El Mundial de los Pobres”, que nunca fue publicado. No obstante, la relación entre educación y deporte es clara y potente. No en vano ambos temas han permanecido unidos en Ministerios y Consejerías autonómicas. Además, existe un buen consenso en la comunidad pedagógica respecto a la estrecha relación entre ambas realidades. Así que voy a decir algo sobre deporte, que la victoria de España en la Copa de Europa se lo merece.

Como yo creo en la unidad y jamás en la separación, creo en España, como también creo en la Unión Europea y en una utópica y futura Unión Mundial. Y ello sin renunciar al cariño entrañable que siento por mi patria chica, Valencia. En modo alguno es incompatible la diversidad con la unidad, aunque algunos se empeñen en afirmar lo contrario. Tampoco crean que soy un españolista demasiado fanático. Sencillamente, me parece que España tiene unas raíces históricas que la identifican, una Constitución que refrenda y debe garantizar su unidad y una magnífica proyección de futuro en el marco internacional. España es, sin duda, un valioso proyecto sociopolítico. No creo que el proyecto valenciano, ni ningún otro proyecto autonómico, salga beneficiado con una ruptura con el proyecto español, sino más bien todo lo contrario.

Desde esta perspectiva, ha sido reconfortante contemplar las imágenes de centenares de miles de españoles unidos bajo la bandera rojigualda y la conciencia de ser españoles, siguiendo a la selección española en su combate hasta la victoria final en la Copa de Europa de fútbol: aficionados y no aficionados, de todas las provincias españolas sin excepción, sintiendo y manifestando que, ante el mundo, todos somos españoles. Luego, en nuestra propia Liga y Copa, nos arreamos entre nosotros. Pero la selección española ha sido y es de todos, como lo fueron o lo son Paco Fernández Ochoa, Perico Delgado, Miguel Induráin, Fernando Alonso, los Sánchez Vicario, Rafa Nadal, Dani Pedrosa y tantos otros deportistas, cuya lista sería interminable. Cuando ellos compiten, todos competimos, cuando ganan, todos ganamos, cuando pierden, todos perdemos.

Así de noble llega a ser el deporte, por este y por muchos otros motivos: esfuerzo, sacrificio, constancia, cooperación, superación… A veces me parece que es uno de los pocos reductos que les quedan, tanto a la educación en verdaderos valores, como a la unidad nacional. Es cierto que siempre hay sombras, pero aquí predominan las luces. Me da igual que ciertos extremistas se hayan negado a animar a nuestra selección. Me da igual que tantos deportes se hayan convertido en puro negocio. Me da igual que muchos deportistas sólo busquen el dinero y la fama individual. Todo eso ensombrece la nobleza del deporte, pero hay algo que brilla por encima de todo, algo que se ha llamado tradicionalmente “deportividad”, que es un bellísimo y necesario ramillete de virtudes humanas que sigue todavía vivo y vibrante. ¡Ojalá no se pierda nunca!

Lo único que nubla un poco mi entusiasmo sobre lo que acabo de comentar es que, para millones de personas, todo esto no es más que contentarse con el “panem et circenses“ (pan y circo), expresión con la cual el satírico poeta romano Juvenal quiso denunciar la práctica de los emperadores (Julio César, Aureliano…) para mantener al pueblo acallado y paralizado, apartado de la política y ajeno a los graves problemas reales, proporcionándoles un cierto bienestar populista y un entretenimiento colectivo. Pan y circo, pan y toros, pan y fútbol, pan y Fórmula 1, pan y Copa América, pan y televisión, todo es lo mismo.

Y ahora que el pan ya no está tan seguro, por la creciente crisis económica, el circo tiene que aumentar. El panecillo de los 400 euros, aparte de que su aplicación es injusta para los más pobres, que no la recibirán, porque a ellos no se les retiene apenas para el IRPF, parece una burla. En la final de la Copa de Europa, Zapatero se mostró exultante y hasta pegaba saltos cuando marcó Fernando Torres. ¿Será cierto que se alegraba de la victoria española? Puede ser. Pero, sin duda, estaría más encantado aún al ver cómo “el circo” funcionaba y la gente se olvidó, al menos por una temporada, de los gravísimos problemas que nos acucian y nos esperan.

Con el pan, el Gobierno del PSOE lo tiene crudo, porque la involución económica mundial que le ha tocado bregar, no tiene ni idea de cómo aminorarla en España. A la gente se le puede convencer con diversos tipos de discurso, con zarandajas legislativas y otras tácticas, mientras su bienestar no se vea amenazado. Cuando se destruye empleo, se cierran empresas, la bolsa de la compra cuesta su peso en oro, las hipotecas son una carga imposible, las vacaciones vuelven a ser de sombrilla, tortilla y mesita plegable, y la nevera comienza a estar tan vacía como los armarios de los gays, el pueblo no lo soporta. El régimen de Zapatero caerá pronto, pero no por sus atropellos a las libertades fundamentales de todos y los mandatos constitucionales, como debía de ser, sino por la economía, asunto del que no es totalmente culpable. No existe mayor fuerza revolucionaria que la de los padres que ven en peligro la subsistencia básica de su familia. Terminada la absorbente Copa de Europa, ¿qué nuevos circos nos tienen preparados?

EpC: En camino hacia un neo-totalitarismo

La Educación para la Ciudadanía, ni es el principio ni el final del camino emprendido por el PSOE hacia un nuevo totalitarismo de corte posmoderno. Tampoco es un simple escalón más, aunque la intención del Gobierno fuese que pasara desapercibido dentro de un conjunto de asignaturas escolares de apariencia inocente e incluso atractiva. Es un decisivo y contundente paso adelante, hacia el obsoleto modelo del socialismo real.

Los regímenes totalitarios del S.XX, lo mismo si fueron de signo fascista como de signo socialista, tuvieron unos denominadores comunes que los definieron y siguieron unos pasos concretos para lograr su instauración. Les invito a hacer un breve repaso por sus principales tácticas y señas de identidad y, para el que quiera verlo, analicemos un poco el proceso de renacimiento de cada uno de ellos bajo los gobernantes actuales.

Monismo político. No se refiere al hecho de que ahora quieran reconocer derechos a los simios. Consiste en la concentración del poder en una sola persona o grupo, anulando el pluralismo divergente y la división e independencia de poderes.

Ya lo dijo Alfonso Guerra: “Montesquieu ha muerto”. La separación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, que da solidez a la democracia, apenas existe. Quien manda y quien legisla es el mismo. Y la independencia judicial está amenazada.

Limitación de libertades individuales y derechos fundamentales. Con el pretexto de traer una “nueva libertad”, se van reduciendo los derechos de expresión, de libertad ideológica y religiosa, de reunión y de manifestación pública del pensamiento.

Aquí todo el mundo puede decir lo que piensa… Menos la Iglesia. Cada vez que los Obispos abren la boca, les dicen que se callen y que se metan en sus asuntos. ¿Acaso no pueden los obispos decir lo que piensan de aquello que bien les parezca?

Pensamiento único. Sólo son legítimas las tesis oficiales de los gobernantes. Se crea el concepto de “disidencia” como actitud ilegal y punible. Se utilizan todos los medios imaginables para configurar la conciencia del pueblo a su antojo.

El relativismo impregna la ideología oficial. No hay verdades ni criterios morales universales, cada uno tiene los suyos y todos valen igual… Menos los del PSOE. Como comenté en otro artículo, “para el PSOE, hasta el relativismo es relativo”.

Legislación propia sustitutoria. Se ignoran, vulneran o eliminan los marcos constitucionales previos, aun siendo democráticos y refrendados por el pueblo, y se generan leyes fundamentales u orgánicas al gusto del gobernante.

Nuestra sufrida Constitución está tan agujereada como la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Con sus propias Leyes, el PSOE se ha ido pasando por el forro una buena parte del precioso articulado de ambas. Y nadie hace nada.

Moral de Estado. Receta: Primero se eliminan los criterios morales universales o comunes y luego se rellena el hueco con una moral basada en la ideología dominante, invadiendo y manipulando el ámbito de la conciencia individual.

Los sistemas morales que sustentan e identifican a nuestra cultura han sido demolidos o encerrados en los armarios de las sacristías. Porque la moral, dicen, es asunto privado. Sin embargo se impone una nueva moral cívica de diseño estatal.

Populismo político. El régimen y la ideología dominante trata de ganarse al pueblo con símbolos, fiestas, actos y discursos demagógicos y manipuladores, con el objetivo de crear una adhesión irracional, meramente emocional.

¿Cuántos españoles votan por convicción y basándose en los hechos, no en las palabras? Espero que sean todavía muchos los que no se contenten con “pan y circo” y los que no acudan a las urnas guiados por “quién es el más simpático”.

Oligarquía dominante. El grupo que ocupa el poder y sus adláteres intentan perpetuar su estatus indefinidamente, pese a que en principio suelen prometer una temporalidad. Una vez en el poder, ya no hay quien los apee del mismo.

Ya pueden pillar a un político con la mano en las arcas públicas, o fracasando totalmente en su política antiterrorista, económica o de asuntos exteriores. Nada, aquí nadie se equivoca y, aunque lo reconozca públicamente, no dimite ni a tiros.

Ruptura e aislamiento internacional. El mundo se divide en dos con un telón, entre los malos de fuera y los buenos de dentro. Se conservan sólo unos cuantos amigos de régimen parecido. Se rompe con el derecho y la comunidad internacional.

Hace unos cuatros años logramos estar en el centro de Europa. Ahora, Europa comienza de nuevo en los Pirineos. Pertenecer a la UE se ha convertido en una carga. Pero tenemos magníficos amigos exteriores, todos ellos dictadores populistas.

Control o anulación de la familia. Una institución familiar fuerte amenaza siempre a los totalitarios, porque actúa como blindaje y filtro frente a la ideología dominante. Es necesario lograr su adhesión o, si no, debilitarla, invadirla y destruirla.

El plan de demolición de la familia ha sido bien descrito por Eduardo Hertfelder, Presidente del IPF. Lo resumo: antinatalismo + aborto + divorcio express + ideología género + matrimonio homosexual + educación ciudadanía = familia RIP.

Denuncia intrafamiliar. Al control sobre la infancia y adolescencia, se añade y fomenta la denuncia de los hijos contra los padres. Los hijos se convierten en “espías” del régimen y en controladores ideológicos de sus familiares.

No se imaginan ustedes cuántas denuncias en falso realizan los adolescentes contra sus padres, sobre graves hechos inexistentes, con la única intención de asustarlos, manipularlos y desautorizarlos. La cultura “hijos contra padres” ha comenzado.

Instrumentalización de la enseñanza. La escuela es utilizada como instrumento adoctrinador del régimen. Se crean asignaturas para formar en los principios éticos y morales oficiales y se impregna a toda la enseñanza con ellos.

La “Formación del Espíritu Nacional” (FEN) que tuvimos que soportar durante el franquismo, ha vuelto. Ahora se llama “Educación para la Ciudadanía”. Si se miran sólo los títulos, ninguna de ellas parece tan mala, ¿verdad? Pues de eso se trata.

Monopolio de los medios de comunicación. La información que llega a la gente es controlada, filtrada y censurada. Se arrincona o elimina a los medios que plantean oposición. Se crean medios oficiales del régimen y organismos de censura.

Que le pregunten a la COPE si no ha sufrido acoso e intentos de limitar su libertad. Que le pregunten al PP por qué ahora se aleja de esa cadena y se acerca al grupo PRISA, a toda prisa. Ahí tienen todos ellos su diario “Pravda” y su “Radio Moscú”.

Reescritura de la Historia. Sabedores de que la percepción histórica de un pueblo configura su presente y de que la Historia depende de quién y cómo la cuente, se reescribe la misma según convenga a los intereses totalitarios gubernamentales.

La transición democrática española fue un ejemplo para el mundo entero. Para conseguirla, las “dos españas” dejaron atrás sus muchos malos recuerdos. Ahora, con la “Ley de Memoria Histórica”, reabren las heridas. ¿Adivinan para qué?

Captación de ideólogos de prestigio. El pueblo necesita figuras de referencia y argumentos digeribles o pre-digeridos para llegar a creerse los planteamientos del régimen. Para ello, se reclutan intelectuales o famosos dispuestos a venderse.

La historia de la filosofía, e incluso de la música y las artes, es una historia de propuestas y ofertas nuevas a la sociedad. Ahora, hay demasiados intelectuales y artistas que trabajan “a la demanda”, vendiéndose al mejor postor: el gobierno.

Control o eliminación de la religión. En los regímenes totalitarios, las confesiones religiosas sólo han tenido y tienen dos opciones: o alinearse con los propósitos del régimen, o arriesgarse a ser marginadas o eliminadas.

Los homosexuales, a exhibir su orgullo con pompas subvencionadas, actividades para niños incluidas. Los cristianos, a proponer su fe y su moral al armario. La libertad religiosa, de culto y de expresión, bajo amenazas de modificar concordatos.

Lo comentado es sólo el comienzo. Pero el itinerario está trazado y no se detendrá solo. Decía Einstein: La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por aquellas que se sientan a ver qué pasa. Ustedes verán qué hacen.

Luces y sombras de la Orden del PP valenciano sobre EpC en la ESO

Tras una ansiosa espera, por fin ha sido publicada en el DOCV la Orden de la Consellería de Educación que regula la aplicación de la EpC en la ESO en la Comunidad Valenciana, sin ningún cambio respecto al borrador que ya fue presentado en sociedad por Font de Mora. Sin duda, hay que agradecer al Gobierno Valenciano y a todos los que han colaborado con él, la elaboración de esta norma, única en toda la geografía autonómica española que ofrece a los padres una alternativa que disminuye, en la medida que permiten las competencias autonómicas, el efecto adoctrinador de índole afectivo, emocional, ético y moral que caracteriza a la EpC.

 

Con la oferta de la “opción B”, que otorga a los alumnos la posibilidad de cursar la asignatura mediante la presentación de un mínimo de tres trabajos, sobre temas escogidos del currículo oficial bajo la supervisión y orientación de sus padres, se mitiga en buena medida el problema de la “forma” respecto a la malicia de la asignatura. No obstante, usando la terminología del artículo 4.4 de la citada Orden, más que una alternativa a la asignatura, la opción B es una forma de organización didáctica de la misma materia, una mera opción metodológica que podría adoptar, tan sólo en virtud de la autonomía docente y la libertad de cátedra, cada colegio o cada profesor.

 

Pero, atención, no es un cambio metodológico cualquiera, ya que viene acompañado de unas condiciones muy interesantes: Los trabajos serán individuales, la elección de los temas a trabajar será libre y con el consentimiento expreso de los padres, la elección de un opcional libro de texto también decidirán los padres y las opciones A y B se impartirán en el mismo horario, pero en diferentes aulas y con profesores distintos. Estos aspectos hacen que la forma de organización didáctica de la opción B pueda ser una alternativa válida, capaz de solventar, como decíamos, cuanto menos una parte importante de la “forma” de esta peligrosa asignatura.

 

Especialmente interesante, aunque insatisfactoria, es la mención expresa que hace sobre los padres objetores de conciencia, a los que remite obligatoriamente a la opción B. Está bien que la Orden reconozca su existencia, pero en modo alguno es aceptable la consecuencia que hace derivar de ella, que no debería ser otra que la exención total de cursar y ser evaluado en esa asignatura. Lo esperable, en un Estado de Derecho, es que se reconozca la objeción de conciencia a una normativa inconstitucional mediante la exención, con los mismos efectos que han obtenido, por ejemplo, los médicos que se niegan a realizar abortos o los agentes del orden público que hace poco objetaron contra la obligación de portar andas católicas.

 

Además de este tema fundamental, quedan algunos importantes flecos “de forma” sin resolver, ya que, al parecer, las competencias autonómicas no alcanzan a tanto, como el hecho de que los objetivos, contenidos y criterios de evaluación sigan siendo los mismos, es decir, los que marca la normativa de desarrollo de la LOE. Por desgracia, la Generalitat no puede cambiar esto. Lo que no comprendo es qué quieren dar a entender, por mucho que lo diga la normativa superior, con el “enfoque transversal” que asignan a la materia, método didáctico que sólo se refiere, que  yo sepa, a temas que se tratan en todas las asignaturas y actividades del curso, ya que ambas opciones se refieren a una sola asignatura, la EpC, que va a abordarse longitudinalmente.

 

Quizá se refiera a lo de impartirla en inglés, no sé. Llegados al asunto del idioma, reconozco que no sólo es correcto desde el punto de vista normativo, sino que puede ayudar al conocimiento del inglés, algo indudablemente útil en el mundo actual. No obstante, me cabe la duda de si esta medida va a ser positiva en relación con el asunto fundamental, que es la EpC, mas aún sabiendo que la Orden dice que los profesores evaluarán la misma teniendo en cuenta, en todo caso, el grado de adquisición de competencias básicas en lengua inglesa. Ya veremos cómo queda el asunto en la práctica. Espero que no sea un escollo añadido para los alumnos.

 

Sea como fuere, el problema realmente grave es que, aunque en la Comunidad Valenciana puede haberse paliado la “forma” del asunto, el “fondo” del mismo permanece incólume. Me refiero al problema central de la EpC, que nos afecta a todos los españoles, sin distinción de ideologías o religiones: El hecho de que un gobierno se arrogue a sí mismo la facultad de educar a los niños y adolescentes en materias afectivas y morales, saltándose a la torera el artículo 27.3 de la Constitución, el artículo 26.3 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el artículo 14.3 de la Carta de Derechos Fundamentales de la U.E. e incluso la disposición final primera, punto 1c, de su propia Ley Orgánica de Educación (LOE), en todos los cuales se reconoce y garantiza el derecho de los padres a decidir la línea educativa que reciban sus hijos.

 

Esta maniobra del Gobierno de Zapatero, impregnado hasta la médula de laicismo anticatólico, de socialismo real y de revanchismo histórico, amenaza muy seriamente la persistencia de lo poco que nos queda de nuestro Estado de Derecho. Pretendiendo el control ideológico, directo y según su línea, de todos los estudiantes, se dirige en linea recta hacia el totalitarismo, que es su auténtico objetivo político, como lo fue en el socialismo real de la antigua y desvencijada URSS o lo es todavía en Cuba. ¿Acaso no sabemos quiénes son sus amigotes internacionales? Nuestra amada Constitución se está convirtiendo, a pasos agigantados, en papel mojado. Sus preciosos artículos están siendo desacatados uno detrás de otro, sin que nadie haga nada.

 

Por eso, los ciudadanos que amamos la libertad de educación para nuestros hijos y para los de todos, debemos oponernos a ello sin tapujos, con urgencia e intrepidez, con todos los medios legítimos que estén a nuestro alcance. En el caso de los católicos, así nos animan a actuar nuestros obispos. El más potente y decisivo de los medios legítimos que hoy nos quedan a los simples ciudadanos de a pie, es la objeción de conciencia. La “forma” de la EpC puede paliarse de diversas maneras, entre ellas la opción B del Gobierno Valenciano, pero el peligrosísimo e intolerable “fondo” contra derechos fundamentales que conlleva la asignatura sólo podemos intentar combatirlo objetando masivamente contra la Ley y los Reales Decretos de desarrollo.

 

Me he alegrado del esfuerzo realizado por el PP valenciano para facilitarnos las cosas y lo aprecio en lo que vale. Pero aún me habría alegrado mucho más si el PP en pleno, como partido que representa a muchos millones de españoles, no se hubiera limitado a criticar la EpC, sino que hubiera planteado, con todos los grandes medios que tiene a su alcance, una denuncia de la Ley y los Reales Decretos ante los tribunales. También me contentaría sobremanera que el PP, en todas las Comunidades Autónomas que gobierna, admitiera la objeción de conciencia y su consecuencia lógica que es la exención. ¡Claro que el Gobierno Central recurriría la decisión!, pero sería todo un gran partido político el que, representando a los padres, defendería la objeción en su arduo camino a través de los tribunales, hasta Estrasburgo si es preciso, y no los indefensos padres. Al final, si se consigue tumbar la asignatura de marras, será, como siempre, gracias a la libertad, la decisión, la valentía y la lucha del pueblo, de las decenas de miles de padres y madres de familia que han objetado en conciencia contra este atropello.

 

 

 

Educación Cívica, en vez de Educación para la Ciudadanía

Visto el atropello de derechos fundamentales de los padres y el adoctrinamiento ideológico que conlleva, creo que el Gobierno debería retirar la dichosa “Educación para la Ciudadanía”. Pero hay una parte de dicha asignatura, precisamente la peor desarrollada en la normativa curricular, que debería conservarse, ampliarse y mejorarse, cambiando su nombre por el de “Educación Cívica”. Veamos por qué:

a) Porque una parte de los objetivos y contenidos de la “Educación para la Ciudadanía” de Zapatero se refieren al conocimiento de las instituciones y las normas, autonómicas, nacionales e internacionales, algo que debe impartirse dentro del conocimiento del medio y de las ciencias sociales. Para eso no hace falta una asignatura nueva, sino enseñar bien las que ya existen.

b) Porque la nueva asignatura parida por esa panda de totalitarios, adoctrina, en una linea ideológica gubernamental, no aceptable por todos los padres, la conciencia ética y moral. Esas cuestiones deben ser tratadas de forma optativa, en las clases de religión o ética, siempre de acuerdo con la linea que decidan los padres. En “Educación para la Ciudadanía”, que es obligatoria, están de sobra.

c) Porque la verdadera demanda social hacia la escuela es que enseñe a los niños y jóvenes a comportarse como es debido, recuperando de un modo actualizado aquellas antiguas enseñanzas de “urbanidad” y “cortesía”. Lo que desean todos los padres, casi sin fisuras, es que se les ayude a desarrollar en sus hijos una amplia serie de actitudes cívicas básicas que hoy en día brillan por su ausencia.

La “Educación Cívica” que propongo, libre de ideologías y credos, se limitaría, ni más ni menos, a desarrollar actitudes aceptables por cualquier familia mínimamente sensata, independientemente de sus colores políticos, culturales o religiosos. Sin ánimo de ser exhaustivo, algunos de sus contenidos podrían ser: deferencia hacia los minusválidos, ancianos y mujeres embarazadas (a las no embarazas, no, porque las feministas interpretan cualquier detalle de amabilidad como una afrenta a la igualdad), respeto al mobiliario escolar y urbano, evitar el lenguaje soez y ofensivo, saber a quién hablar de usted o de tú, no avasallar a la gente por la calle con sus carreras y juegos, pedir las cosas por favor y dar las gracias, respetar la autoridad y dignidad de sus padres, maestros y fuerzas del orden público, saber cuándo y dónde hay que guardar silencio y no alborotar, ayudar a las personas que lo necesiten, mantener una higiene y limpieza adecuadas, tener en orden y cuidar sus juguetes, ropas y objetos de trabajo, compartir las tareas domésticas, escuchar sin interrumpir sobre todo a sus mayores, expresar sus opiniones de forma razonada y asertiva y no imponiéndolas a gritos, tirar los papeles a las papeleras y los residuos a sus correspondientes contenedores, no maltratar ni abandonar a los animales y a sus mascotas, esforzarse en el estudio y en el trabajo, hacer sus deberes escolares, cuidar y apreciar los libros y materiales escolares, no agredir, insultar o acosar a sus compañeros, ponerse en el lugar del otro, usar correctamente los WC’s, no sacarse los mocos con el dedo y en público…

Este tipo de aprendizajes son los que pide TODA la sociedad. Estos y otros por el estilo son los que deberían incluirse en una “Educación Cívica”, y no adoctrinamientos ideológicos, ni conocimientos que deben impartirse en otras asignaturas.

Lecciones de Educación para la Ciudadanía para políticos

Es de suponer que todas las excelentísimas e ilustrísimas señorías que nos representan, sabrán algo de educación, dado que no paran de legislar sobre ella. Si así fuese, que ya es credulidad por mi parte, sabrán que lo primero que debe hacer quien pretende educar es dar ejemplo de lo que predica. Los políticos también son ciudadanos y además, por su condición de personas públicas, deben ser modelos de lo que exigen a los demás. Así que, como pedagogo y profesor, les regalo un cursillo acelerado en diez lecciones, sobre esa Educación para la Ciudadanía que tanto desean para los demás:

1ª Lección: Acatar la Ley. En primer lugar, la Constitución Española y los acuerdos y declaraciones internacionales suscritos por España, incluyendo la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea. Así que, dejen de tontear con la unidad territorial, respeten las directivas de la UE, que ya les ha sancionado varias veces, no se carguen el concepto constitucional de matrimonio, no se salten a la torera los derechos de libertad religiosa y de libre elección de linea educativa de los padres y admitan su objeción de conciencia, reconocida por la citada Carta Europea e inherente a nuestra Constitución.

2ª Lección: Comportarse cívicamente. Los escolares no deben abandonar las clases, ni armar escándalo, ni insultar o abuchear a los compañeros o profesores, ni golpear las mesas o patear el suelo. Creo que sus señorías tampoco deben hacerlo en el hemiciclo. Las sesiones del Congreso y del Senado no pueden ser un “reality show”, ni un burdo combate de “pressing catch”. Las formas del discurso parlamentario deben ser un modelo de diálogo y exposición de ideas para la ciudadanía. Y tengan la deferencia de no abandonar sus escaños cuando hacen sus intervenciones los partidos más pequeños.

3ª Lección: No decir mentiras. Han acostumbrado ustedes a los ciudadanos a escuchar tantas mentiras y verdades a medias, que ya les da igual ocho que ochenta. Antes de las elecciones, nuestra economía, tasa de empleo, IPC y perspectivas de crecimiento, eran estupendas y prometedoras, aunque “algo desaceleradas”. Después de las elecciones, van destapando la catastrófica realidad. Rota la tregua de ETA, no habían habido nuevas conversaciones con ella, después resulta que sí… Han hecho de la mentira un hábito, un deporte nacional y una estrategia electoral normal y corriente. ¿No les crece la nariz?

4ª Lección: Desterrar la doble moral. No se puede defender, al mismo tiempo, una postura y su contraria. Sólo la hipocresía más descarada lo hace posible. Dicen defender la igualdad y crean un ministerio para ello, pero sólo son iguales los que piensan como ustedes quieren que lo hagan. Dicen proteger al inmigrante, pero lo dejan desamparado, los expulsan en silencio y preparan normativas restrictivas. Dicen ser respetuosos con la religión, pero sólo si es musulmana, porque a la católica no sólo no la respetan, sino que la atacan por todos los frentes. Como no quemamos contenedores, no podemos opinar.

5ª Lección: Defender la vida como valor supremo. Sólo les interesan las muertes que perjudican su imagen frente al electorado. En España uno puede suicidarse como quiera, con la droga o con lo que sea, pero no puede olvidar ponerse el casco o el cinturón de seguridad. El tabaco es la más terrible de las plagas, pero se sigue vendiendo cargado de impuestos. La vida es intocable, pero se puede matar al ser humano en desarrollo en el seno de las madres, incluso en casos de más de 22 semanas, cuando los médicos saben que la vida del feto es viable. Médicos que han hecho abortos, incluso en gestaciones de más de 24 semanas, son héroes, como algún otro que ha hecho eutanasias por su cuenta.

6ª Lección: Cumplir las promesas. Los programas electorales se han convertido en papel mojado, al igual que los discursos de campaña son sólo palabras que se lleva el viento. Prometer hasta meter (el voto en la urna, no sean mal pensados) y, una vez metido, nada de lo prometido. Tal es la práctica que ya se ha hecho costumbre. La palabra, en el ámbito político y, por extensión, en el ámbito social, ha dejado de tener valor alguno. ¡Hasta lo escrito ha dejado ya de servir para algo! Han destruido la palabra de honor y el honor de la palabra. Dicen y no hacen; hacen y no dicen. Y no pasa nada.

7ª Lección: No apropiarse de lo ajeno. El PSOE de la época de Felipe González fue un paraíso para la malversación de fondos públicos, la apropiación indebida, la especulación basada en información privilegiada, la financiación irregular de los partidos políticos y el simple y llano robo del dinero de todos los españoles. Supongo que todos ustedes recuerdan cómo dejaron las arcas de nuestro país y cuantos cargos políticos acabaron en la cárcel. Tampoco están libres de pecado los demás partidos, que a quien más y a quien menos, a todos les han pillado metiendo o poniendo la mano.

8ª Lección: Llamar a las cosas por su nombre. Otra práctica política, que se ha convertido en costumbre y en la más refinada de las artes, consiste en utilizar los principios del nominalismo y cambiar la realidad sin tocarla para nada, sólo cambiando el lenguaje. El aborto es “interrupción voluntaria del embarazo”; la eutanasia es “derecho a una muerte digna”; los envíos de tropas a zonas en conflicto son “misiones de paz o humanitarias”… Ahora han conseguido rizar el rizo hasta lo sublime: el trasvase de agua a Barcelona ya no es “trasvase”, sino “conexión de sistemas dentro de la misma demarcación hidrográfica de las cuencas internas de Cataluña”. ¡Con un par!

9ª Lección: Escuchar, respetar y valorar las opiniones ajenas. El debate real no existe en el Parlamento, ni fuera de él. Los discursos políticos son inmutables e ignoran las discrepancias ajenas, hasta que ellos mismos se contradicen por interés. Dicen gobernar para todos y no es verdad. Un ejemplo: El Gobierno actual aprobó en 2005 el matrimonio homosexual, pasándose por el forro la opinión de, vayan contando: multitud de entidades civiles, las religiones católica, protestante, judía y musulmana, el PP (al que no dieron ni turno de réplica, pese a que su representación en la cámara estaba sólo a cuatro escaños del PSOE), el Consejo General del Poder Judicial, el Consejo de Estado y hasta el veto del Senado. Dialogar, han dialogado, pero sólo con los terroristas.

10ª Lección: Tratar a todos por igual. Es un vicio político ya consagrado el favorecer a quienes les bailan el nano o les votan, a sus amiguetes y a sus parientes. El PSOE tiene como perrillos falderos a una comparsa de artistoides que viven de sus cánones y subvenciones. A las Comunidades Autónomas que no les votan, o que no les apoyan en sus correrías, ni agua, y nunca mejor dicho lo del agua. Escuchan con sospechoso placer las peticiones del lobby gay pero, si habla la Iglesia Católica, no sólo no la escuchan, sino que tratan de amordazarla con amenazas. Quien no está de acuerdo con lo que dicen y hacen es su enemigo. Sin duda, para ellos, algunos son más iguales que otros.