Archivo Mensual de Julio, 2008

La lucha contra la EpC y algunas nostalgias de juventud

 

 

Yo pertenezco a la última generación que vivió el franquismo, ya en su período final, cuando el régimen trataba de amarrar sus últimos cabos ante el imparable avance de las aspiraciones democráticas de  la sociedad española. El anciano “generalísimo”, antes de resignarse a asumir el cambio de régimen y perdido ya gran parte del control ideológico en muchos ámbitos, decidió imponer una nueva asignatura escolar: La Formación del Espíritu Nacional (FEN) y, ya en los últimos años, la asignatura llamada más prudentemente “Política”.

 

La etapa del FEN me pilló siendo niño, si acaso preadolescente. Lo cierto es que la recuerdo más como un “rollazo” que como otra cosa. Si la memoria no me falla, nos hablaban de los “principios del movimiento”, algo que nunca llegué a entender, de las “Leyes Fundamentales del Estado”, que nunca llegue a aprender, y de una mezcolanza de normas sociopolíticas y religiosas que nunca me acabaron de convencer. Mi espíritu crítico no tardó en hacer sus pinitos en la siempre efervescente adolescencia.

 

Se diga lo que se diga, los jóvenes de aquella época éramos de “otra pasta”. Al menos, teníamos ideales, acertados o no, y nos movíamos por ellos. No digo que los jóvenes actuales carezcan de ideales sólidos, pero los que los tienen parecen ser sólo una honrosa y esperanzadora minoría. Mis primeros ramalazos de “rebeldía” comenzaron al final del antiguo Bachillerato. Como era frecuente, comencé por rechazar la religión católica, no tanto por su contenido, como por su carácter impuesto y obligatorio. Sólo años después, cuando me fue repropuesta de una forma viva y desde una libertad total, volví a asumir una fe católica renovada en su frescura original.

 

El paso a la Universidad fue decisivo. Mi nueva apuesta por la fe entró en diálogo, choque algunas veces, con la fuerte politización de los ambientes universitarios. Recuerdo con absoluta lucidez las asambleas, huelgas y manifestaciones de estudiantes, las cargas de los “grises” con sus caballos y porras, las aterrorizadas y heroicas carreras a lo largo de toda la Avenida de Blasco Ibáñez, sede del campus universitario literario, las violentas entradas en la facultad de las hordas ultraderechistas al grito de “¡Viva Cristo rey!”, los carteles pegados y arrancados, los encierros nocturnos en la Facultad de Filosofía, las canicas arrojadas al paso de la caballería policial…

 

Para ser sinceros, yo nunca acabé de identificarme con ninguno de los movimientos políticos, ni de izquierda, ni de derecha, porque mi renovada adhesión a Jesucristo no parecía caber en ninguna de ellas. Yo igual lloraba cantando la “Estaca” de Lluis Llach, que cantando el Himno Regional Valenciano, que escuchando el Himno Nacional cuando nuestros futbolistas y atletas participaban en eventos internacionales, que cantando un salmo de la Biblia. Mi sino de nadar contracorriente había comenzado… Y aún no se ha detenido.

 

Eran tiempos complicados para un muchacho que no parecía conformarse con nada, como yo. Pero había algo que nos unía y nos identificaba a casi todos los jóvenes de aquella época: no nos gustaba el mundo que nos dejaban nuestros mayores y queríamos cambiarlo. Nos divertíamos, hacíamos más de una gamberrada y las hormonas nos jugaban todas las pasadas habidas y por haber, pero teníamos ideales, cuanto menos un indefinido impulso interior por “hacer algo”, por proyectar nuestras vidas y por no dejar el mundo como estaba.

 

Como es lógico, acogimos con gran ilusión la transición democrática que se produjo en España. Por fin teníamos libertad ideológica, libertad de expresión, libertad de reunión, y la religión católica dejaba de ser una imposición, para ser una opción libre. Fue una gran época, dirigida por el único político que me ha merecido verdadera confianza, Adolfo Suárez. “Libertad, libertad, sin ira libertad”, “Habla, pueblo habla, tuyo es el mañana”, nos cantaban. Muchos creímos que iba a ser cierto. Y lo fue durante algunos años.

 

Lo que nunca imaginé es que la recién estrenada libertad fuera pervertida por los gobiernos posteriores, hasta convertirla en una mera ilusión óptica. El moderno Estado de Derecho que nos otorgó nuestra querida Constitución, cuya aprobación pude refrendar con mi reluciente derecho al voto, ha ido derivando en un Estado de Capricho, paraíso económico e ideológico de las nuevas oligarquías, originalmente descamisadas y vestidas de pana. Como canta el hoy arribista Sabina: “Lo que pudo ser y la mierda que ha sido”.

 

Ahora, la imposición de la EpC, el nuevo FEN del totalitarismo socialista, me ha hecho rejuvenecer. Ha retornado aquel joven inquieto, buscador de la verdad y defensor de la libertad. Revive en mí el entusiasmo que me produjo el advenimiento de la libertad ideológica y religiosa, el mismo que hoy me empuja a combatir contra la imposición de una nueva religión de estado, contra el retorno de un nuevo régimen fascista de guante blanco.

 

Es triste y trágico lo que está ocurriendo, pero hasta lo peor tiene su lado bueno: muchos nos hemos despertado, hemos salido de debajo del celemín y hemos vuelto al candelero de la opinión y la acción.

 

José Rafael Sáez March

Pedagogo. Psicopedagogo de la GV. Profesor Universitario. Miembro de VAEL (Valencia Educa en Libertad).

Análisis crítico de la EpC desde el punto de vista educativo

 

Publicado en Paraula, nº 1007, Domingo 20 al 26 de julio de 2008.

 

 

Los intolerables aspectos anticonstitucionales que conlleva la Educación para la Ciudadanía y la legitimidad de las formas de lucha contra la misma, ya han sido tratados extensamente por otros autores en este foro. Como Pedagogo, voy a colaborar con un modesto estudio crítico de los aspectos educativos –antieducativos más bien– de este desafortunado grupo de asignaturas obligatorias. Pido disculpas a mis colegas por el tratamiento minimalista de los temas a que me obliga la limitación de espacio.

 

Como ustedes comprenderán, los creadores de la EpC no han querido declarar sus intenciones doctrinarias de forma tan evidente que produjera una contraofensiva social y judicial mayoritaria. Por eso, el adoctrinamiento ético-moral que el Gobierno pretende realizar con la EpC, se presenta disimulado tras “inocentes” objetivos y contenidos, cuya astuta redacción exige una cierta agudeza pedagógica y jurídica para apercibirse de su verdadera intención. Donde mejor se ve es en los criterios de evaluación impuestos.

 

Los principales aspectos inaceptables que contiene la EpC, podemos agruparlos, sin ánimo de ser exhaustivos, bajo los siguientes epígrafes:

 

1.    Exigencia de actitudes favorables, no sólo de conocimientos.

 

Llegando al máximo de tolerancia respecto a la EpC, podríamos llegar a admitir que a nuestros hijos se les informe de las nuevas realidades sociales y familiares que, nos gusten o no, están ahí. Pero los criterios de evaluación van mucho más lejos: los alumnos deben mostrar opiniones y actitudes favorables a las realidades que se les presenten, deben asumir que son correctas. En esto no podemos transigir. La educación en  valores y actitudes éticas y morales de los hijos es asunto de los padres. La escuela debe continuar y ampliar esta formación, pero según la linea marcada por los padres. La sociedad democrática puede exigir respeto hacia las distintas opciones que no vulneren las leyes, pero jamás manipular nuestra personal valoración ética y/o moral. ¿No garantiza nuestra Constitución la libertad ideológica y religiosa, el libre pensamiento? Pues sí, lo hace, y es un derecho inviolable. No estamos en Cuba, afortunadamente.

 

2.    Inducción a una doble moral: pública vs. privada.

 

Los gobernantes laicistas del PSOE llevan décadas intentando sacar la moral del ámbito público, para relegarla al ámbito privado de la conciencia individual. Y ahora, de repente, se sacan de la manga una “conciencia moral cívica” que hay que imponer a todos. Primero crean un vacío de criterios morales comunes y luego lo rellenan con un modelo moral a su imagen y semejanza. No podemos consentir ni una cosa ni la otra. La conciencia moral de la persona es única y se expresa unitaria y lícitamente, tanto en el ámbito privado como en el público. Dividir la conciencia moral en dos planos, uno personal y otro cívico, además de una estrategia típica de los regímenes totalitarios, es una barbaridad psico-educativa de primer orden, puesto que escinde la personalidad y la obliga a debatirse en una perniciosa y psicótica doble moral. Ocurre que, son tantos los políticos acostumbrados a ello, que ni se enteran de su galopante esquizofrenia.

 

3.    Relativismo intelectual y moral.

 

Se trata de una perversa interpretación del sano pluralismo que debe caracterizar a una sociedad democrática. En la regulación de la EpC se esconde un relativismo radical que induce al desencanto escéptico. El relativismo intelectual propugna que no hay verdades universales, sino sólo particulares. Cada cual tiene “su verdad” y las de todos son igualmente válidas, lo que equivale a decir que ninguna es válida. El relativismo moral asevera que no hay criterios morales universales; cada uno tiene el suyo y basta. La moral se sustituye por la ley. Y, como la ley, en manos de legisladores laicistas, se dedica a inventar derechos para legitimar los caprichos de las minorías, resulta que no hay ningún axis moral sólido que oriente la conducta. En los criterios de evaluación de la EpC se aprecia con claridad una metodología que conduce a ambos tipos de relativismo, basada en el “busque, compare y quédese con lo que más le guste”.

 

4.    Constructivismo pedagógico y moral.   

 

El constructivismo es uno de los pilares pedagógicos que tienen el honor de haber creado una generación, casi dos, de analfabetos funcionales. Supone que el alumno construye sus aprendizajes por sí mismo y por sus propias experiencias. El resultado es que no saben apenas nada. No hace falta acudir al informe PISA, que nos pone a la cola de Europa; pregunten a cualquier jovencito y compruébenlo. La “autorrealización” (o “autopoiesis”) forma parte de la cultura popular. Aquello de “yo me he hecho a mí mismo”, se estima como un valor. Y no es más que una soberana estupidez, porque el hombre ni se construye, ni se educa, ni se realiza a sí mismo, sin la concurrencia y la ayuda de los otros y, sobre todo, del Otro en mayúsculas: Dios. El constructivismo moral de la EpC obliga al alumno a construirse una conciencia moral y a reconstruir los valores del entorno para crear un sistema de valores propio. El resultado final: anomía total, sin valores, ni moral, ni mínimo común ético alguno.

 

5.    Ideología de género.

 

Este es, entre otros, uno de los buques insignia de la armada laicista. La LOE obliga a que los alumnos deban Conocer y valorar la dimensión humana de la sexualidad en toda su diversidad. ¿A qué diversidad se refiere? ¿Acaso no somos simplemente hombres o mujeres? Se introduce aquí la llamada “ideología de género”, que rompe la distinción natural de sexo (hombre o mujer) y se acoge a la distinción artificial de “genero”, que no es más que un atributo gramatical (masculino, femenino y neutro). Eleva ese simple aspecto morfológico de las palabras a la categoría de clasificación de la “orientación sexual” humana e inventa y reconoce 6 nuevos “géneros”: heterosexual, homosexual, lesbiana, bisexual, transexual e indefinido. Y siguen inventando otros. Si a alguien le parece bien esa ideología, con su pan se la coma, pero que no la imponga.

 

Hasta aquí mi sucinta redacción. No quiero pasar de las mil palabras, que es el umbral de lo digerible para un artículo. Los temas merecían mayor y mejor desarrollo y muchos otros se quedan en el tintero. Al menos, les he dibujado unas pinceladas impresionistas para ojear el panorama y reflexionar un poquito. Espero haberlo conseguido. 

 

José Rafael Sáez March.

Pedagogo. Psicopedagogo de la GV y Profesor de la UCV. Colaborador de la Asociación Católica de Maestros. Miembro de VAEL (Valencia Educa en LIbertad)

EpC: Una batalla campal que nunca debió comenzar

 

 

Hace décadas que comenzó la ofensiva laicista que, entre otras estrategias, trata de utilizar a la educación como medio privilegiado de adoctrinamiento estatal. Ahora, desde que la LOE creó la EpC y sus tres Reales Decretos han desarrollado su contenido doctrinario en asuntos éticos y morales, el PSOE ha sacado a la calle sus armas de destrucción masiva de valores. La EpC, con su apariencia inocente, es una bomba de racimo contra las conciencias de los estudiantes.

 

En todo el territorio nacional, de forma especial en algunas CCAA, estamos viviendo una ardua batalla, con una nueva fractura social y una judicialización de la educación que hubiese sido innecesaria si el PSOE hubiera respetado el mandato constitucional que le obliga a garantizar el derecho de los padres a decidir sobre la línea educativa de sus hijos. A partir de ese nuevo desprecio al contenido de nuestra Carta Magna, han provocado una absurda batalla campal.

 

Es un espectáculo lamentable contemplar a la Educación sentada en el banquillo de los juzgados, por temas como éste, que viola descaradamente el Art. 27.3 de nuestra Constitución, contemplado, nada más y nada menos, en su Capítulo II, Sección 1ª, que regula nuestros derechos fundamentales.

 

Aunque lo cierto es que, todo el sistema socialista LOGSE-LOE, ya es, en sí mismo, una violación del derecho fundamental a recibir una educación regulado en el Art. 27.1, porque nos ha colocado a la cola de Europa (Informe PISA) y ha creado una generación de analfabetos funcionales. Y van a por la segunda. ¿A esta catástrofe la llaman educación?

 

Lo único bueno de esta guerra es que ha conseguido que, al menos una parte de la sociedad civil española, se despierte de su adocenado letargo y se movilice. Más de 50.000 objeciones de conciencia, cantidad sin precedentes en nuestra historia y más de 100 asociaciones y plataformas civiles batallando por este derecho, son un precioso indicio de que no todo está perdido.

 

Millones de personas se despertarán en un futuro muy próximo frente a la ruina económica, pero es infinitamente más edificante ver cómo son cada vez más los que se mueven por otros intereses de mucha mayor talla ética que el mero bienestar material, como son la educación de sus hijos en libertad, la defensa de sus valores y la oposición a las imposiciones ideológicas del gobierno de turno.

 

Como decía, la judicialización de la educación es un hecho. Treinta y seis sentencias y/o autos a favor de la objeción y en contra de la EpC del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, más los que se han sumado desde Tribunales de La Rioja y Huesca, aparte de un par de ellos en dirección opuesta de otros Tribunales. Una cadena de resoluciones y recursos que ya han llegado ante el Tribunal Supremo, que deberá unificar doctrina y resolver sobre el asunto. Eso sin contar las contiendas intra-autonómicas, como la generada en la Comunidad Valenciana a raíz de la Orden de 10 de junio, entre otras.

 

Todo un movimiento jurídico que llegará, si es preciso, hasta el Tribunal de Estrasburgo. Que yo recuerde, pocas veces han llegado tan lejos las iniciativas particulares, sobre todo en tan gran número. Digan lo que digan los adictos al régimen zapateril, todos estos valerosos padres son la verdadera avanzadilla que, luchando por preservar nuestro Estado de Derecho, evitará o, al menos retrasará, su premeditado camino hacia un Estado Neo-Totalitario.

 

Toda una sarta de combates legales, bien aireada en los medios con múltiples juicios paralelos, todo un descomunal esfuerzo de los padres y profesionales que defendemos la libertad de enseñanza y la enseñanza en libertad, desde todos los ángulos, mientras los partidarios del adoctrinamiento estatal laicista no cesan de sembrar el campo de sal y echarnos arena a los ojos.

 

Todo un esfuerzo de las bases sociales, enroladas en una guerra que jamás debió comenzar, en una innecesaria conflagración cuyo único responsable es el más irresponsable de cuantos presidentes han pasado por la Moncloa: José Luís Rodríguez Zapatero. Lo que no ha calculado bien es que el pueblo comienza a despertar de su larga siesta y que cada vez está menos dispuesto a dejarse mangonear.

 

 

José Rafael Sáez March. Pedagogo. Miembro de VAEL (Valencia Educa en Libertad). Colaborador de la Asociación Católica de Maestros.  

El nuevo circo: A falta de pan… Una legislatura legislativa

 

Hace poco publiqué un artículo titulado Educatio, panem et circenses, en el que comentaba, al son de la euforia españolista de la victoria de nuestra selección en la Copa de Europa de fútbol, que me alegraba ver a personas de todas las comunidades autónomas y de todas las provincias de nuestra piel de toro, unidas al menos en lo relacionado con el deporte. Advertía, no obstante, del peligro que tienen esos fervorines de convertirse en el “circo” que utilizan los gobernantes para despistar a los ciudadanos de sus problemas reales y de la responsabilidad política al respecto, especialmente en estos momentos de vacas flacas en los que el “pan” ya no está tan seguro.

 

Terminé aquel artículo con una pregunta: ¿Qué nuevo circo nos tendrán preparado?  Pues parece que la respuesta no ha tardado en llegar. No se trata de asuntos deportivos. Eso es pecata minuta. El PSOE nos tiene preparado un impresionante circo legislativo, aumentado con un previo debate público, cuando lo haya. Lo hemos visto y oído en la ponencia política de Zapatero en su reciente congreso. Los problemas realmente acuciantes, como la crisis económica, la destrucción de empleo, el rearme moral y operativo del terrorismo, el imposible acceso a una vivienda, las hipotecas impagables, la catástrofe educativa, la integridad territorial, la desigualdad entre comunidades autónomas o la ridícula situación internacional de España, son lo de menos.

 

Ahora lo que importa es aprovechar la escora centro-izquierdista del PP para extremar los postulados del PSOE y acelerar su programado avance hacia el laicismo radical. Los próximos años vamos a tener entretenimiento para rato, con nuevas leyes de tipo ideológico, con encendidos debates en la calle y en los medios, y con nuevos e inacabables enfrentamientos entre los españoles. Toda la atención de los ciudadanos desviada hacia asuntos de índole ético-moral: aborto, eutanasia, homofobia, libertad religiosa, manipulación genética… Total, para entretener al pueblo, porque al final, con o sin debate, impondrán sus criterios laicistas a golpe de Leyes y Reales Decretos.

 

Cuando el poder ejecutivo, que es el que debe resolver los problemas reales y angustiosos que tenemos y más que se avecinan, no se ejerce por dejadez, o se ejerce mal por incapacidad, pasa la pelota al poder legislativo, que está sujeto a la misma disciplina de partido que el ejecutivo. Si no podemos ganarnos al pueblo con nuestras actuaciones ejecutivas, que son las que necesita con urgencia, pues le ofrecemos un buen circo legislativo, cuanto más polémico y llamativo, mejor. España puede arruinarse o romperse, pero los socialistas se van a dedicar a otros menesteres. De paso, avanzan en su laicismo anticatólico y consiguen nuevas bolsas de votantes cautivos.

 

Frente a la grave situación, el lema de Zapatero es sigamos con el cambio, es decir, sigamos legislando, que no gobernando, que es más fácil y barato, además de menos impopular. Nada de medidas serias y urgentes, políticamente incorrectas si es preciso, para solucionar los problemas reales. Ofrezcamos al pueblo un buen espectáculo legislativo, a ver si se olvidan de que se han quedado sin vacaciones, de que sus neveras están medio vacías y de que España se deshace bajo sus pies. Esta legislatura, como la anterior, no va a ser ejecutiva, va a ser legislativa. Este es el gigantesco “circo” que nos tienen preparado. ¡Pasen y vean, damas y caballeros, pasen y vean!

 

José Rafael Sáez March. Pedagogo.

Miembro de VAEL (Valencia Educa en Libertad)

¡Ayúdenme, por favor! ¿A quién voto?

 

Lo reconozco, me he perdido. Siempre me ha resultado difícil decidirme a qué partido votar, pero ahora me resulta imposible. Les voy a resumir algunas de mis convicciones y anhelos, a ver si me echan una mano para las próximas elecciones:

 

Creo en el liberalismo económico que propugna la derecha, pero no tolero sus abusos e injusticias sociales. Por eso, no creo en el capitalismo, pero tampoco en el comunismo. Ambos extremos han conducido a millones de personas a la miseria física y moral. Creo en una justa distribución de las riquezas y bienes, pero no creo en el modelo socialista que, incapaz de generar empleo, acaba cargando de impuestos a los pocos que trabajan y regalando subvenciones a todos los demás. No creo en el Estado del Bienestar, pero sí creo en la Sociedad del Bienestar, que no es lo mismo, porque creo mucho en las personas y muy poco en las Instituciones. Me parece retrógrada la monarquía, pero no puedo identificarme con las connotaciones que en España tiene el republicanismo.

 

Creo en el progreso, pero no en un avance tecnológico y científico desligado de la ética y la moral. Tampoco creo en el progresismo que se autoarrogan los socialistas, consistente en conceder “libertades” e inventar “derechos” para las minorías que vulneran los de las mayorías. Aún creo menos en la progresía intelectualoide y artística que baila el nano al poder que les subvenciona. Creo en nuestra herencia cultural y en nuestra tradición, pero no creo en memorias históricas revanchistas que pretenden resucitar fantasmas del pasado. Creo en la necesidad de preservar la naturaleza y el planeta, pero no creo en el ecologismo que coloca a los monos al mismo nivel que los seres humanos y que protege más a un embrión de oso panda que a un embrión humano.

 

Creo que muchas mujeres necesitan gran apoyo y ayuda al verse embarazadas en circunstancias terribles, pero considero que el aborto es un crimen, uno de los peores que puedo imaginar. Creo que la medicina debe progresar para paliar las enfermedades y el dolor, pero no acepto una medicina para matar. Creo en la investigación genética para prevenir y curar enfermedades, pero no en la manipulación genética (la humana todavía menos), ni en la congelación o destrucción de embriones. Por supuesto, rechazo de pleno la clonación. Creo en la ciencia, pero también en la conciencia. Creo que la investigación científica es algo grande e imprescindible, pero también creo que fe y razón no son incompatibles, sino que se prestan un inestimable servicio mutuo.

 

Creo en la igualdad de la mujer, pero no en los postulados feministas de discriminación positiva, ni de cuota, ni en el rechazo a la maternidad. Creo que la mujer tiene derecho a trabajar fuera del hogar y a ocupar el lugar que quiera en la sociedad, en equidad con el hombre, pero no soporto que se considere “tías marías” a las que prefieren quedarse en casa a cuidar de su familia y sus hijos. También considero que los hijos pequeños necesitan de la presencia constante de la madre y, en todas las edades, de una suficiente convivencia con ambos padres. Respeto a los homosexuales, aunque ellos no se respeten a sí mismos haciendo el payaso por las calles, pero me parece un grave error equiparar sus uniones legales con el precioso concepto histórico y cultural del matrimonio.

 

Creo en la paz mundial como bien inmediato a alcanzar, pero no estoy dispuesto a que cualquier nuevo Hitler se apodere de nuestro territorio, que es nuestra casa. Soy antibelicista, pero no antimilitarista, porque la legítima defensa requiere medios. Creo que la educación debe prolongar y completar la formación moral de los alumnos, pero según la línea marcada por los padres, no imponiendo una moral de Estado. Creo en el papel imprescindible de la Escuela y en la autoridad del profesorado, pero no pienso admitir que nadie reemplace las funciones y derechos de la familia. Creo que hay que saber disfrutar de la vida, de cada momento, pero no creo que el hedonismo que impera en la actualidad sea la forma, ni eficaz, ni correcta, de conseguirlo.

 

Creo que no hay que imponer a nadie ni ideologías, ni religiones, pero creo que todas deben ser respetadas y que todas tienen derecho a ser manifestadas y argumentadas ante la sociedad. Creo en la aconfesionalidad y laicidad del Estado, sin contubernios con ninguna religión, pero rechazo el laicismo anticatólico que quiere acallar a la Iglesia y encerrarla en los armarios de las sacristías. Creo en la autonomía de las regiones con una identidad histórica y cultural diversa, pero no creo en el nacionalismo fanático que espera ganar algo con la ruptura, la separación y la implantación de nuevas fronteras.

 

Ya saben más o menos cómo pienso. ¿Alguien conoce algún partido al que pueda votar por convencimiento, y no por hacer votos útiles o cautivos contra otros? ¿Algún partido que se ajuste a mis convicciones? ¿Algún partido en quien confiar, no por sus palabras, sino por sus hechos? ¿Algún partido que tenga intereses mayores que llenar las urnas? ¿Algún partido que deje alguna vez de girar y de resituarse en el marketing electoral? ¿Algún partido que realmente busque el bienestar material y moral de los españoles, por encima de sus ambiciones de poder? ¿Algún partido decente? ¡Díganmelo, por favor!

 

 

José Rafael Sáez March.

Pedagogo.

Miembro de VAEL (Valencia Educa en Libertad).