Yo pertenezco a la última generación que vivió el franquismo, ya en su período final, cuando el régimen trataba de amarrar sus últimos cabos ante el imparable avance de las aspiraciones democráticas de la sociedad española. El anciano “generalísimo”, antes de resignarse a asumir el cambio de régimen y perdido ya gran parte del control ideológico en muchos ámbitos, decidió imponer una nueva asignatura escolar: La Formación del Espíritu Nacional (FEN) y, ya en los últimos años, la asignatura llamada más prudentemente “Política”.
La etapa del FEN me pilló siendo niño, si acaso preadolescente. Lo cierto es que la recuerdo más como un “rollazo” que como otra cosa. Si la memoria no me falla, nos hablaban de los “principios del movimiento”, algo que nunca llegué a entender, de las “Leyes Fundamentales del Estado”, que nunca llegue a aprender, y de una mezcolanza de normas sociopolíticas y religiosas que nunca me acabaron de convencer. Mi espíritu crítico no tardó en hacer sus pinitos en la siempre efervescente adolescencia.
Se diga lo que se diga, los jóvenes de aquella época éramos de “otra pasta”. Al menos, teníamos ideales, acertados o no, y nos movíamos por ellos. No digo que los jóvenes actuales carezcan de ideales sólidos, pero los que los tienen parecen ser sólo una honrosa y esperanzadora minoría. Mis primeros ramalazos de “rebeldía” comenzaron al final del antiguo Bachillerato. Como era frecuente, comencé por rechazar la religión católica, no tanto por su contenido, como por su carácter impuesto y obligatorio. Sólo años después, cuando me fue repropuesta de una forma viva y desde una libertad total, volví a asumir una fe católica renovada en su frescura original.
El paso a la Universidad fue decisivo. Mi nueva apuesta por la fe entró en diálogo, choque algunas veces, con la fuerte politización de los ambientes universitarios. Recuerdo con absoluta lucidez las asambleas, huelgas y manifestaciones de estudiantes, las cargas de los “grises” con sus caballos y porras, las aterrorizadas y heroicas carreras a lo largo de toda la Avenida de Blasco Ibáñez, sede del campus universitario literario, las violentas entradas en la facultad de las hordas ultraderechistas al grito de “¡Viva Cristo rey!”, los carteles pegados y arrancados, los encierros nocturnos en la Facultad de Filosofía, las canicas arrojadas al paso de la caballería policial…
Para ser sinceros, yo nunca acabé de identificarme con ninguno de los movimientos políticos, ni de izquierda, ni de derecha, porque mi renovada adhesión a Jesucristo no parecía caber en ninguna de ellas. Yo igual lloraba cantando la “Estaca” de Lluis Llach, que cantando el Himno Regional Valenciano, que escuchando el Himno Nacional cuando nuestros futbolistas y atletas participaban en eventos internacionales, que cantando un salmo de la Biblia. Mi sino de nadar contracorriente había comenzado… Y aún no se ha detenido.
Eran tiempos complicados para un muchacho que no parecía conformarse con nada, como yo. Pero había algo que nos unía y nos identificaba a casi todos los jóvenes de aquella época: no nos gustaba el mundo que nos dejaban nuestros mayores y queríamos cambiarlo. Nos divertíamos, hacíamos más de una gamberrada y las hormonas nos jugaban todas las pasadas habidas y por haber, pero teníamos ideales, cuanto menos un indefinido impulso interior por “hacer algo”, por proyectar nuestras vidas y por no dejar el mundo como estaba.
Como es lógico, acogimos con gran ilusión la transición democrática que se produjo en España. Por fin teníamos libertad ideológica, libertad de expresión, libertad de reunión, y la religión católica dejaba de ser una imposición, para ser una opción libre. Fue una gran época, dirigida por el único político que me ha merecido verdadera confianza, Adolfo Suárez. “Libertad, libertad, sin ira libertad”, “Habla, pueblo habla, tuyo es el mañana”, nos cantaban. Muchos creímos que iba a ser cierto. Y lo fue durante algunos años.
Lo que nunca imaginé es que la recién estrenada libertad fuera pervertida por los gobiernos posteriores, hasta convertirla en una mera ilusión óptica. El moderno Estado de Derecho que nos otorgó nuestra querida Constitución, cuya aprobación pude refrendar con mi reluciente derecho al voto, ha ido derivando en un Estado de Capricho, paraíso económico e ideológico de las nuevas oligarquías, originalmente descamisadas y vestidas de pana. Como canta el hoy arribista Sabina: “Lo que pudo ser y la mierda que ha sido”.
Ahora, la imposición de la EpC, el nuevo FEN del totalitarismo socialista, me ha hecho rejuvenecer. Ha retornado aquel joven inquieto, buscador de la verdad y defensor de la libertad. Revive en mí el entusiasmo que me produjo el advenimiento de la libertad ideológica y religiosa, el mismo que hoy me empuja a combatir contra la imposición de una nueva religión de estado, contra el retorno de un nuevo régimen fascista de guante blanco.
Es triste y trágico lo que está ocurriendo, pero hasta lo peor tiene su lado bueno: muchos nos hemos despertado, hemos salido de debajo del celemín y hemos vuelto al candelero de la opinión y la acción.
José Rafael Sáez March
Pedagogo. Psicopedagogo de la GV. Profesor Universitario. Miembro de VAEL (Valencia Educa en Libertad).




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