No iba a escribir nada sobre el tema, para no cansar a los lectores, ya atiborrados estos días con noticias y artículos sobre la celebración del XXX aniversario de nuestra Constitución pero, vistos los “preparativos mediáticos” con que las fuerzas políticas están abonando el terreno para la fiesta, no puedo callarme. Está claro que este evento quieren aprovecharlo muchos políticos para abrir o intensificar un debate que podemos resumir en la siguiente pregunta: ¿Todavía sirve nuestra Constitución de 1978 ó, por el contrario, hay que modificarla, ampliarla y/o cambiarla? Desde diversos medios de comunicación, sobre todo los más afines al PSOE, se está transmitiendo a la opinión pública la idea de que lo más lógico es lo segundo. Para muchos, el trigésimo cumpleaños del texto constitucional quiere ser una liturgia solemne de su pasión y muerte.
Sin embargo, a mí el texto me gusta como está. O casi. Diciendo esto no quiero afirmar que esta Constitución, ni ninguna otra, sea una Biblia repleta de dogmas intocables. Sin duda, podría mejorarse, como todo texto pactado y redactado por seres humanos. Pero mucho me temo que las voces que se alzan por doquier reclamando cambios y reformas, no solicitan modificaciones que vayan a mejorarla. Hace unos días, Rodríguez Ibarra decía en ese programa televisivo en que los micrófonos suben y bajan, que en los primeros momentos de la transición, cuando se redactó y refrendó la Constitución, las diversas fuerzas políticas, en realidad, no renunciaron a nada, sino que se limitaron a guardar temporalmente en un cajón sus posiciones más extremas. Creo que así fue.
Todos los “padres” de la Constitución, fuesen republicanos, monárquicos, derechistas, izquierdistas o nacionalistas, conocedores del delicado momento en que se encontraban, con una democracia recién nacida y sin consolidar, con riesgo de involución si se iba muy lejos demasiado rápido, optaron por “conformarse” con una Constitución que, si bien no respondía a todas sus aspiraciones, iniciaba un camino que, con el tiempo, les permitiría algún día, con la evolución del nuevo régimen democrático, desenterrar sus hachas de guerra y “sacar del cajón” todo aquello que, por interesada prudencia, habían guardado. Esta táctica a largo plazo nos introdujo a casi todos en el espejismo de ese buen espíritu de entendimiento y olvido del pasado que se llamó “espíritu de la transición”.
En aquellos momentos, sólo un gran partido de centro, como la UCD de Adolfo Suárez, era capaz de sostener tan precario equilibrio entre extremos. Pero, conforme la democracia fue adquiriendo solidez y el fracaso del 23-F de 1981 aminoró los miedos a una involución, las fuerzas políticas de derecha e izquierda fueron poco a poco sacando sus hibernados proyectos y la vida política volvió a polarizarse en torno a las vetustas izquierdas y derechas, todavía con tímidas ubicaciones de “centro-izquierda” y “centro-derecha”. UCD y su pálido sucesor CDS, desaparecieron del mapa, mientras el PSOE y AP (hoy PP) resucitaron el antiguo bipartidismo de las dos Españas que, acompañado en su camino por otros partidos más pequeños, nacionales o nacionalistas, haciendo de interesadas bisagras, ha llegado hasta nuestros días.
Muchos fuimos los jóvenes entusiastas de aquel esperado cambio, cuyas emblemáticas canciones “Libertad, libertad, sin ira libertad” y “Habla, pueblo habla”, tarareábamos. Fuimos tan bienintencionados como inocentes al pensar que las rencillas del pasado, los odios fratricidas y los extremismos radicales habían desaparecido para siempre en un gran proyecto en el que todos renunciamos un poco en pro de un bien mayor, nada menos que la convivencia en paz y libertad. Ignorábamos que aquellas encomiables renuncias y perdones mutuos no eran sino actitudes provisionales, parte de una estrategia política, y que muchos de aquellos partidos trazaron inmediatamente planes a largo plazo para volver a las andadas de forma progresiva, pero implacable.
En estos treinta años, el socialismo real marxista, que fue provisionalmente sustituido por la “socialdemocracia”, ha ido desarrollando sus verdaderos proyectos, de la mano del PSOE, hasta el punto de dejar fuera de juego a la extrema izquierda protagonizada inicialmente por el PCE (hoy integrado en IU), camuflado entonces tras el extraño invento del “eurocomunismo”. Muchos partidos nacionalistas, que nunca se conformaron del todo con la vertebración autonómica diseñada en la Constitución, han ido aprovechando su presencia en un Parlamento bipartidista con quasi-eterna necesidad de apoyos, para exigir y conseguir poco a poco sus auténticas reivindicaciones, hasta llegar al abierto secesionismo actual. El único que ha ido renunciando, entre complejos, vaivenes y escaramuzas internas, a muchos de sus principios y valores originales, ha sido el PP.
El progresivo destape de los proyectos marxistas, laicistas, republicanos y separatistas, es el que está convirtiendo a la pobre Constitución de 1978 en papel mojado. Apenas le queda alguno de sus preciosos artículos que no haya sido cuestionado, retorcido o abiertamente vulnerado por la puerta trasera. Por ahora, ningún gobierno se ha atrevido a abrir un proceso constituyente, que es la forma legal establecida para modificar la Carta Magna, que exige la disolución de las Cortes, la convocatoria de elecciones constituyentes, la formación de un Parlamento “ad hoc”, el refrendo del posible nuevo texto en referéndum universal, una nueva disolución de las Cortes, otras elecciones generales y la constitución de nuevo gobierno según los resultados de las urnas.
Arriesgada faena para unos partidos políticos tan igualados en apoyo electoral. Por eso, hasta ahora, han preferido convertir a la Constitución Española en “virgen y mártir”. Virgen, porque muchos de los principios y derechos en ella recogidos jamás se han aplicado y permanecen “sin tocar”. Mártir, a base de todo tipo de torturas: el descoyuntado de varios artículos a base de forzar su interpretación, la desmembración haciendo caso omiso de otros y la lapidación a golpes de BOE. Nadie, ni siquiera un Parlamento democráticamente constituido y menos todavía un gobierno, por muchos votos que tenga, está legitimado para vulnerar a su antojo ni un ápice del texto constitucional, norma de todas las normas. Sin embargo, muchas leyes hoy vigentes son abiertamente inconstitucionales y casi nadie parece mover un dedo al respecto.
Creo que nuestra Constitución está bien como está. Mis razones son muchas, pero sólo citaré aquí la que me parece más preciosa y fundamental: Su equilibrio. Monarquía, sí, pero parlamentaria; Integridad territorial, sí, pero vertebrada en autonomías; Principios comunes, sí, pero pluralidad y respeto a las diferencias… Y lo mismo con todas las realidades que conforman la nación española, conjugando tradición y modernidad, unidad y diversidad, libertad e igualdad. Nuestra Constitución de 1978 puede ser mejorada, seguramente, pero es una magnífica y ejemplar Carta Magna para cualquier país que quiera vivir en paz y en libertad, sin extremismos fanáticos y sin radicalismos destructivos. Si la Constitución va a ser despojada de su capacidad para compaginar los intereses y aspiraciones de todos, es mejor que el día seis no celebremos nada.
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No le pongo muchos peros a nuestra constitución, pero si hecho en falta alguna mención al “derecho a la verdad”, sin el cual veo difícil ejercer verdadera libertad, según se explica en este enlace:
http://biblicamente.org/products/%C2%A1la%20verdad%20os%20hara%20libres!-%20%C2%BFderecho%20a%20la%20verdad%3f/
Sin duda, Andreu, ya dije que la Constituciòn es mejorable, como todo lo humano. Lo que no me fío en absoluto es de las “mejoras” que determinados grupos políticos desean introducir, que seguro limitan algunos derechos fundamentales de todos en favor de los inventados por y para determinadas minorías.
Realmente vale más lo malo conocido. Reformar la Constitución podría abrir la puerta a los mayores disparates, aunque ahora se produzcan de forma velada. Un saludo.