Educar es profetizar

Publicado en la Página Web de la UCV el 24-01-2012

Todo educador, sea familiar, profesional o de otro tipo, ha de ser muy consciente de que su forma de actuar, sus palabras, sus gestos, sus actitudes, van a determinar en buena medida aquello que el educando va a ser. Las expectativas que el educador tiene sobre su pupilo, todo lo que quisiera ver realizado en él, pasan fácilmente de las intenciones a los hechos, alcanzando la conciencia del educando en forma de exigencia o proyecto de vida.

Cuando el Apóstol San Pablo, en su  “Himno del Amor”, afirma que “el amor todo lo cree” y “todo lo espera”.  Nos enseña algo de extrema importancia. Lo primero, que Dios es así, nos ama así: creyendo en nosotros siempre, esperando de nosotros lo mejor siempre. La gente que nos conoce bien, si le decimos: “voy a cambiar, no lo haré más”, es corriente que ya no nos crea. “A mí no me engañas más veces, que ya te conozco”, suelen decirnos.

El hecho de conocernos, que es bueno, se vuelve contra nosotros y se hace “malo” porque que ya no confiamos ni esperemos apenas nada de los demás. Dios, sin embargo, nos enseña que el amor, que él mismo, siempre cree en nosotros. Es como un niño pequeño, que cree en lo que se le dice a pies juntillas. Si he cometido una burrada y le digo a Dios que no lo voy a hacer más, se lo cree. Porque el amor todo lo cree. Ese amor nos permite cambiar.

Es difícil que alguien mude de vida, conducta y actitud, o que progrese como persona, si no tiene cerca a nadie que crea en él. Lo primero, que crea en sí mismo. Lo segundo, que alguien para él valioso crea en él. En mis treinta años de trabajo con menores con graves problemas psicosociales, he podido constatar hasta qué punto esto es verdad. Esos adolescentes, con carencias afectivas y baja autoestima, sólo cambian si crees en ellos de verdad.

Esto sucede porque las expectativas del educador sobre el educando, el nivel de logro que espera  ver alcanzado por su discípulo, influyen directamente en su itinerario de desarrollo personal. Tendemos a ser y a hacer aquello que percibimos que esperan de nosotros, aunque no nos lo digan de forma expresa. Porque intuimos que por ello vamos a ser más queridos, aceptados y valorados. Y porque la confianza ajena nos infunde ánimos y fuerzas.

Un niño que, tras desmontar un juguete, es calificado por sus padres como “manazas”, tenderá a serlo y, de seguir así, de mayor será torpe para los trabajos manuales. En cambio, si el mismo niño hubiese sido calificado de “manitas” a la vista de su desguace, es probable que si sigue recibiendo este tipo de mensajes se convierta en un adulto hábil para tareas manuales. Es lo que en Psicología se llama “profecías autocumplidas”, fenómeno muy conocido.

Padres y profesores, en la cotidianidad educativa, expresamos con harta frecuencia lo que esperamos que el niño vaya a ser, lo que nos gustaría que fuera, lo que creemos que llegará a ser. Continuamente hacemos “profecías” sobre su vida. Si profetizamos en positivo, inclinaremos su camino hacia lo positivo. Y viceversa. Todo educador debe cuidar en extremo las profecías que hace sobre sus discípulos, pues éstas les marcarán para siempre.

2 Respuestas a “Educar es profetizar”


  1. 1 Ketty

    Totalmente de acuerdo con Ud. Sr. Sáez. Si todos los maestros, padres o mentores fuéramos tan conscientes del impacto que nuestras vidas pueden hacer en ellos, creo que intentaríamos llevarla de la mejor manera posible para poder ser un buen ejemplo sin tener que pedírselo a ellos, sino viviéndolo.
    O si decidimos que palabra que dedicamos a nuestros hijos o estudiantes sean edificantes, sería el mejor favor que podemos hacerles, siempre por supuesto para subir la autoestima de cada niño o joven.
    Tras años dedicada a la enseñanza, mas me doy cuenta que la que más cala es la que se hace con el corazón, el sentarse a lado de un hijo o un estudiante, el hacerle sentir o creer que si algo no lo entiende no pasa nada, se puede aprender en otro momento, porque seguro que otras cosas las entiende mucho mejor. Que no podemos esperar que cada niño o joven sea brillante en todos los aspectos de su vida, pero seguro que sí lo es en uno. Y esto viene de mí, alguien bastante exigente hace años, pero que la vida “o mis hijos” me han enseñado a individualizar a cada persona a la que intento tocar a través de la enseñanza, aunque sea simplemente un idioma lo que enseño. Y sí, debemos de cuidar todo lo que digamos a nuestros hijos o pupilos, porque aunque a veces creamos que no nos oyen, se fijan mucho en lo que decimos.
    Bueno, creo que me he extendido un rato, así que espero no se aburra de leerlo Sr. Sáez. :-)

  2. 2 Luna

    Ketty:
    A mí no me has aburrido en ningún momento. Entre tu comentario, la buena exposición de José sobre un asunto que parecía mucho mñas difícil y mi experiencia como hijo, he aprendido aquí una lección para aplicar como padre.

    Gracias, Kety, José, padres.

    En la didáctica antigua -que a veces tenía mucho de pedagocia y otras, todo lo contrario- encontramos buenos aciertos, pero también aberraciones que trajeron muy malos resultados. Creo que es un buen ejemplo aquella frase de “nunca serás nada en la vida”, que a tantos estudiantes e hijos pudo anular como personas.

    Pero en las espectativas contemporáneas encuentro otro peligro, la profetización de lo banal o accesorio. No todas las cualidades son virtudes, ni todos los medros deseables. Aunque no soy de los que sienten obsesión contra la competencia, sí que encuentro que ésta se fija como objetivo para conseguir un buen empleo o falamante titulación por encima de lo más humano y entrañable de la persona.
    José: Sé que te doy trabajo, pero quieros pedirte una entrada en que consideres lo que necesitamos profetizar y lo que debemos dejar de lado en el uso de este aliciente, cómo percibir que algo es deseable y la manera de evaluar la incidencia de esta dinámica.
    Entiendo que la pedagogía no es una ciencia exacta pero precisamente por eso, no tenemos el alcance que tú puedes tener. No somos capaces de calcularlo tan bien.

Añade un Comentario