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La era de las ideologías tristes

(Ha sido publicado el 3 de enero de 2013 en Análisis Digital)

La posmodernidad es deprimente, depresiva, deprimida y depresora. No es mera especulación, ni opinión gratuita. La depresión, junto con la ansiedad, es la enfermedad de moda. El siglo XX fue el siglo de la neurosis. Quizá también el de la psicopatía, porque nunca el ser humano había realizado brutalidades más grandes: el nazismo, el estalinismo, las dos guerras mundiales, la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki… Pero el siglo XXI, en el que la “posmodernidad” es un hecho consumado, es el siglo de la depresión. Si acaso también, el siglo de la esquizofrenia. Si todavía no lo ven, ya lo verán.

Hay que reconocer que se está dando un abuso en la calificación de casi cualquier cosa como “depresión”, o con ese diminutivo coloquial que llamamos “depre”. A la simple tristeza, abatimiento o apatía enseguida se le llama depresión, para negocio de psiquiatras, psicólogos y fabricantes de inhibidores de la recaptación de la serotonina. Este abuso engorda en falso las cifras de prevalencia de la depresión y revela que quizá no haya tanta depresión real, pero sí nos apunta la existencia de una cultura de la tristeza, una especie de desánimo social que ha echado raíces en el “inconsciente colectivo”.

Vivimos la resaca de la modernidad, aquella etapa tan optimista en la que la razón, la ciencia y la técnica nos iban a hacer muy felices. La modernidad fue una borrachera de rupturas con toda dependencia o atadura que se pusiera por delante, una puesta de largo de una Humanidad que quería abandonar su “niñez espiritual” para pasar a un estado adulto autónomo, liberado de toda exigencia moral heterónoma. El “siglo de las luces” llamaron a los comienzos de esta era en la que, libres de las “creencias irracionales”, íbamos a crear un paraíso terrenal llevados de la mano de la diosa razón.

Pero aquella diosa no cumplió el encargo. Vivimos ahora el desencanto de su idolatría, el poso amargo del desengaño. No vivimos mejor, ni material, ni psíquica, ni espiritualmente. En lo material: fracaso total del sistema y crisis de todos los modelos económicos por causa del problema no resuelto: la codicia humana. En lo psíquico: ansiedad, depresión e índices brutales de suicidio. En lo espiritual: el frío y solitario páramo del inmanentismo materialista, que nos ha encerrado en una cloaca, en la asfixia del absurdo existencial. El sueño de la razón ha producido monstruos y los monstruos nos han devorado.

Las ideologías dominantes, agarradas a los restos del naufragio, parecen una colección de consignas agrias, caras feas, gritos ofensivos, violencia callejera, quejas insaciables y mucha mala leche. Gente triste, siempre enfadada, insatisfecha de por vida, nunca contenta con nada, inventando derechos para justificar sus desvaríos, pidiendo que se legalicen sus antojos como si así se fuesen a liberar de la mala conciencia y el hastío en el que viven. Ideologías antivida, antifamilia, anti casi todo. Ideologías de muerte, de desvinculación, de ruptura… El hombre del siglo XXI es un ser cabreado y triste.

A la parte más grave de esta cultura destructiva se le ha llamado: “cultura de la muerte”, denominación tétricamente acertada. Se justifica, defiende y legaliza el aborto y la eutanasia, arrollando el derecho fundamental a la vida y arrogándose el hombre la venia de decidir quién ha de vivir y quién no. Se manipula el genoma humano, la intimidad de la naturaleza, al gusto del consumidor y se llega a prácticas eugenésicas que dejan pálida la barbarie nazi. Se aboga por lo temporal, lo desechable, lo superficial y lo desvinculado, en detrimento de lo permanente, lo duradero, lo profundo y lo comprometido. Se valora más la división y la ruptura que la unión y la reconciliación.

El ser humano, en su afán por encontrar algo de felicidad sin renunciar a su autonomía moral, se ha convertido en un tsunami, una apisonadora que huye hacia delante sin carril y sin frenos, aplastándolo todo. Rechaza cualquier molestia, cualquier compromiso, cualquier esfuerzo, cualquier sacrificio. Y para tratar de racionalizar su  desvarío inventa nuevas ideologías que lo justifiquen; ideologías que no construyen nada, que todo lo rompen, todo lo exageran, todo lo dislocan; ideologías irrespetuosas, chillonas, de botellón, pancarta y disfraz ofensivo, de rostros desencajados por el odio; ideologías tristes.

Ninguna de esas ideologías lúgubres va a mejorar el mundo en que vivimos. El desafío que se abre ante la Humanidad del III Milenio es cada vez más claro, acuciante y exigente: la restauración de los ideales y valores constructivos que hemos abandonado en la cuneta. Matar, romper, golpear, insultar o vociferar, no son los métodos que nos llevarán hacia una sociedad más justa, amable y libre. Las ideologías tristes se devorarán a sí mismas y no podemos consentir que arrastren a la Humanidad a su agujero negro. Pero no hay que combatirlas en su mismo terreno, pues esa es su mejor baza. Hay que superarlas con una fe renovada en la vida, en lo que une, en lo que construye.

La Humanidad está al borde del abismo y, por eso mismo, al borde de una posibilidad histórica de cambio. De esta “era de las ideología tristes” puede derivarse el final o el principio. Debemos elegir. Ya hemos comprobado a dónde nos lleva nuestra soberbia, nuestra aventura de independencia, nuestra idolatría de la razón y del instinto: basta ver un telediario. Hemos metido en crisis todo y ya es momento de reaccionar, aprender de la experiencia y dar un giro de 180 grados. Como profetizó el Beato Juan Pablo II, una “Nueva Humanidad” está a punto de nacer. Para ello, necesitamos la humildad de admitir el error, rectificar y volver a aquél que es el Camino, la Verdad y la Vida.

Dios, como el padre del hijo pródigo, ha dejado que nos alejáramos de él a correr nuestra aventura de autonomía moral. Nos ha dejado libres para malgastar su herencia como nos ha dado la gana. No es un padre neurótico y no ha salido corriendo para evitarnos el porrazo. Ha dejado que experimentemos hasta el final las consecuencias de hacer nuestra santa voluntad. Y nos hemos quedado solos y hambrientos, mendigando. Ha llegado la hora de volver a casa. Como el hijo pródigo, viendo nuestro error y sus consecuencias, entremos dentro de nosotros mismos y decidamos volver a la casa del Padre. Él nos espera, oteando el camino y con los brazos abiertos.

Los buenos deseos sí importan

Con este artículo me contradigo, pero lo hago a conciencia y muy a gusto en esta ocasión. Alguien dijo que rectificar es de sabios (alguien que se equivocaba mucho), así que me pongo al teclado y rectifico. Bueno, no quiero exagerar, la verdad es que más que rectificar lo que voy a hacer es matizar. El caso es que, no hace mucho tiempo, en un día como hoy en el que terminaba el año en curso, escribí un artículo criticando la costumbre de los “buenos deseos”, que se prodiga al máximo en las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

Mi crítica fue entonces ferozmente moralista: nada de buenos deseos, lo que hace falta es trabajar duro para conseguir nuestros objetivos. Un alarde de voluntarismo que parte de razón lleva, pero no toda, como trataré de explicar. El resto del argumento fue que los buenos deseos son inútiles, que no sirven para nada. ¿Acaso se va a cumplir un buen deseo por el mero hecho de expresarlo? Me parecía una práctica con pretensiones un tanto mágicas, ya que es del todo imposible influir en el futuro a base de deseos. ¿O tal vez no?

Hace unos días escribí en Twitter ese mismo contenido crítico, con un matiz más espiritual: “Los buenos deseos no sirven para nada, ni cambian nada. Sólo la oración insistente, humilde y confiada es eficaz. Feliz Nochebuena”. Cierto que tanto la oración insistente que aquí nombraba, como el trabajo duro del que hablé hace unos años, son una muy buena baza para enfrentar una nueva etapa de la vida, sobre todo si se combinan bien (“ora et labora”). Pero, como me hizo ver un colega “tuitero”, hay algo más que se me escapó.

Tras un rato de reflexión, he concluido que los “buenos deseos” que yo despreciaba con tanta ligereza podrían tener varios grandes efectos, enlazados entre sí, que repercuten en un incremento del bienestar de quien los recibe (e incluso del que los expresa):

a)      La persona a la que se expresan los buenos deseos se siente, si no querida (eso sería pedir mucho a frases tan convencionales), sí al menos existente y en cierta manera importante para quien tales deseos le expresa. Es agradable que alguien se dirija a mí para decirme que lo que le gustaría que yo tuviera es felicidad, alegría, prosperidad, etc. Convencionalismos así, cuantos más mejor. Claro que preferiría que esa persona hablara menos de mi bienestar e hiciera más por él, pero no está de más la buena educación y la agradable sociabilidad que impregnan los buenos deseos.

b)      Está demostrado que recibir mensajes positivos es bueno. Desde luego, mejor que el bombardeo de malas noticias y augurios que en estos tiempos nos cae encima a diario. Ya sabemos que, por mucho que me digan “próspero Año Nuevo”, no por ello voy a dejar de notar los efectos devastadores de la crisis. Pero, sin duda, me ayuda a enfrentar mejor la ansiedad que me produce el incierto futuro la recepción de mensajes alentadores y optimistas. Son como una brisa fresca en el bochorno estival: no quita el sol, ni el calor, pero mi bienestar subjetivo se incrementa un rato.

c)       Todo lo anterior produce el mejor de todos los efectos, al que quería llegar: el de las “profecías autocumplidas”. Si mi visión anticipada del futuro es negativa, sin darme cuenta yo mismo influiré en que acabe siendo un desastre. Y no se trata de una influencia de tipo supersticioso o mágico, sino de una influencia real, porque mi conducta cambia según sean mis expectativas. Ya saben: si creo que hoy voy a tropezar y caerme porque lo he leído en un horóscopo, concentraré tanto mi atención sobre ello que es muy probable que acabe tropezando. Por eso es tan importante disponer de “profecías” positivas sobre el futuro: tenderé a realizarlas.

Por todo ello, es una buena práctica social intercambiar (no sólo en Navidad o Año Nuevo) mensajes positivos sobre la vida, el presente y el futuro. No podemos vivir con la mente saturada de mensajes negativos, terribles y agoreros. Los pensamientos negativos provocan sentimientos negativos y estos favorecen la pasividad y las conductas torpes, débiles e ineficaces para superar los problemas. Los pensamientos positivos, en cambio, si no son en exceso descabellados, llevan a la acción con fuerza e ilusión, lo cual favorece el éxito. Así pues, queridos amigos: mis mejores deseos para el año entrante.

¡Feliz y próspero 2013!

Ni educare, ni educere, sino todo lo contrario


Para los profesores del área de las Ciencias de la Educación, esta antigua y perenne discusión que les comento estará seguramente muy trillada. No tanto para los que profesan en otras áreas de conocimiento. Con toda seguridad, creo que no estará de más que hagamos juntos un repaso a esta cuestión que, aunque no lo parezca, se sitúa en el alma, en el corazón de lo que es la educación. “Educare” y “educere” son dos verbos latinos que constituyen las dos posibles etimologías del vocablo “educación”. Más allá de una simple curiosidad lingüística, la adopción de una de las dos opciones se ha convertido en el fundamento teórico de dos modelos educativos diferentes, opuestos en cierto modo, ya que comportan dos antropologías y dos enfoques bien distintos de lo que es el hombre y su educación.

La versión “educare”, que significa “conducir” y también “introducir”, ha sido asignada, no sé muy bien por quién, a la llamada “escuela tradicional”, aquella institución tan vituperada de “la letra con sangre entra” y muchas otras supuestas felonías no exentas de un porcentaje de realidad.  En este modelo, la educación sería, por una parte autoritaria, directiva: se trata de conducir al alumno hacia determinadas metas marcadas por el educador. Por otra parte, la educación consistiría esencialmente en “meter cosas” en el alumno, llenar su cerebro de conocimientos y destrezas, con especial hincapié en la memorización. La mente humana sería una “tabula rasa” (pizarrín que usaban en Roma para escribir) aristotélica, en la que nada hay que no provenga del exterior a través de los sentidos. Nacemos “vacíos”, “en blanco”.

Este esquema educativo suele organizarse de forma “logocéntrica”, es decir, sometida a la estructura lógica interna de la ciencia o disciplina a aprender: clasificaciones, demostraciones, argumentos, etc. El diseño curricular sería sencillamente el índice de cada asignatura, junto con las actividades necesarias para ir aprendiendo las sucesivas lecciones en su orden lógico. Además, esta forma de entender la educación, en su extremo, ha acabado asociada a un modelo antropológico que podríamos llamar “pesimista”: el ser humano nace malo. O lo es  por naturaleza, o se ha corrompido de forma irremediable como afirman los protestantes extremos o calvinistas. La educación tendrá la misión de intentar enderezar ese árbol que crecerá torcido por necesidad, inculcando buenos hábitos y costumbres.

La otra versión etimológica, la derivada de “educere” (“ex–ducere”), que significa “sacar afuera”, “extraer”, se centra en todo lo contrario de lo anterior (aunque no es necesariamente incompatible, como veremos): el ser humano posee en sí mismo, desde su nacimiento, todo aquello que necesita para ser en plenitud. La función de la educación será como la de una comadrona (mayéutica socrática): ayudar al educando a que saque de sí mismo todo ese potencial que ya posee de forma innata, pero que necesita poner en acto. No se trata de conducir, ni de meter nada en el alumno, sino de colaborar a que él mismo (autoeducación) pueda desarrollar lo que ya es. De alguna forma, como decía Platón, “aprender es recordar”, pues todo conocimiento ya era poseído por la persona antes de cualquier experiencia.

Arranca de aquí un estilo no directivo que los renovadores de finales del siglo XIX y principios del XX se arrogaron para su “Escuela Nueva”. El modelo antropológico asociado es el que podríamos llamar “optimista”, muy bien representado en el “buon savage” de Rousseau. El hombre es el “buen salvaje”, que nace bueno por naturaleza, predispuesto al bien, pero es estropeado por la sociedad a través de la educación. La aplicación radical de este modelo llevó a fracasos libertarios famosos como el de Summerhill y su aplicación mediocre e insensata en España nos ha sumergido en la catástrofe educativa que nos ha traído el trinomio LODE-LOGSE-LOE. Porque en este modelo está desterrado el esfuerzo, el sacrificio, la constancia, la memorización, la excelencia, etc. Desde su enfoque radicalmente “psicocéntrico”, se abandona la disciplina académica y todo se centra en la psicología del niño (puerocentrismo). Según ésta, el niño debería aprender sin sufrimiento alguno, todo como en un juego, sin dar un palo al agua, divirtiéndose siempre. Así nos luce el pelo con los informes PISA y otros.

Desde una antropología y una pedagogía cristianas, esta dicotomía que acabo de presentar a grandes rasgos, no existe. El ser humano, ni es radicalmente malo, ni radicalmente bueno. Ni Calvino, ni Rousseau: Jesucristo. El ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, posee un diseño original bueno, para la verdad, el bien y la belleza. Pero también es libre. Y en uso de su libertad puede elegir el mal. Y de hecho lo elige. Y haciendo el mal, su diseño original para el bien se debilita, se oscurece. No se anula, ni se corrompe para siempre. Sólo se quiebra como una caña cascada y titila como una mecha vacilante. Pero en Jesucristo muerto y resucitado obtendrá, también bajo condición de asumirla libremente, la posibilidad de ser regenerado, de nacer de nuevo, de recuperar el diseño perdido y realizarse en el bien.

Tal es el optimismo cristiano que, sin perder de vista la necesidad de enderezar lo torcido, de corregir lo erróneo, de conducir al que no sabe caminar, de enseñar aquello que no se sabe, nunca pierde de vista que, junto a la labor educativa humana, hay otra sobrenatural, la del Maestro que forma desde dentro, Jesús. El educador cristiano supera la dialéctica “educare-educere”, no sólo porque alcanza una síntesis entre ambos extremos (lo cual es cierto, ya que para educar hay tanto que conducir, como que “meter en” como que “sacar de”), sino porque se sitúa “más allá”. El educador cristiano es consciente de que es un “asociado”, de que el verdadero “pedagogo” es otro, es Cristo. Reconociendo en su educando el rostro de Cristo, se hinca de rodillas y pide a Dios la sabiduría y la fuerza para llevar a cabo su obra, una obra personal que realiza con cada persona, de la que es mero y admirado servidor.

La fraternidad reconcilia a la libertad y la igualdad

(Ha sido publicado en Análisis Digital el 4-1-2013)

Damnificados por la LOGSE aparte, todos conocemos los tres grandes valores proclamados por la revolución francesa. Tres valores que han sido adoptados como fundamentales por Francia y por una buena parte de la civilización occidental. Se trata de la libertad, la igualdad y la fraternidad (liberté, égalité y fraternité, en su lengua original). Muchos han querido  cambiar la preciosa palabra “fraternidad”, que viene del latín “frater” (hermano), por otra que parece sonar menos a “cirio”: solidaridad. Hasta ahí llega la estulticia laicista. Pero esto es otro tema. Sigamos con esos tres valores clásicos bajo su denominación original.

La “dialéctica” (no uso el término en sentido marxista) entre libertad e igualdad es tema de reflexión, discusión y guerras desde antaño. Desde antes incluso de que se acuñasen esas dos palabras. Conociendo la Historia, parece imposible que ambas realidades puedan llegar a coexistir. Por mucho que se proclamen como valores paralelos, como si de alguna forma caminaran juntos, se empeñan en ser irreconciliables. En un plano especulativo, se pueden inventar todas las síntesis que quieran, pero lo cierto es que su descenso conjunto hacia la vida cotidiana no parece posible: o predomina la libertad, o predomina la igualdad.

Cuando se aboga por la libertad absoluta, por el “laissez faire” sin límite, la igualdad acaba siendo aplastada. Es el modelo liberal radical: dejar que la gente organice su vida, a todos los niveles, como le venga en gana. La iniciativa privada a ultranza. Cuantas menos normas, mejor. Prohibido prohibir. Ni dios, ni rey, ni amo. Cada uno decide todo a su criterio. La ley, el orden, la autoridad, todo eso sobra, todo eso es fascista, repugnante, limita las posibilidades de realización, de promoción. Muy bonito, pero, ¿quién paga esta borrachera de libertad?: Los de siempre, los eslabones más débiles, los menos favorecidos por la fortuna, los menos inteligentes, los menos capaces, los menos sanos. La desigualdad está servida.

Para que exista igualdad, hay que limitar la libertad. Es el modelo socialista o, en su extremo, el comunista: leyes férreas que protejan a los débiles de los fuertes, mucho Estado, mucha Ley y mucha Administración. Predominio de lo público frente a lo privado. Libertad moral, toda la posible, pero cívica, muy poca, porque los pícaros amenazan a la igualdad. Por eso, adoctrinamiento ideológico, policía del pensamiento, presos políticos, consideración de la oposición como disidencia y de la disidencia como enfermedad, Archipiélagos Gulag, campos de “reeducación” en Siberia, espionaje vecinal… Porque sólo una limitación de la libertad impide que unos, los más dotados o los más bordes, progresen más que los otros.

El liberalismo no ha conseguido triunfar con su pretensión de libertad ilimitada y así le luce el pelo. Ha creado tales injusticias y abusos que ha acabado implosionando en una crisis brutal. Tampoco el socialismo ha triunfado en su pretensión de igualdad radical y ya ven las burradas cometidas y las estrepitosas caídas que ha sufrido en todas partes donde no ha admitido algo de liberalismo. Todos los sistemas democráticos modernos quisieran congeniar ambos ideales y alcanzar una síntesis plausible entre la libertad y la igualdad. Al final, la realidad es que los ciudadanos occidentales sentimos una sensación de estafa política generalizada, porque los únicos que de verdad parecen libres e iguales son los miembros de la casta política.

¿No es posible, entonces, un equilibrio, una síntesis, una coexistencia al menos, de tan preciosa pareja de valores? Pues miren, sí, no es imposible. Ignoro quién fue el personaje concreto que ideó tan ilustre trío conceptual, pero fuese quién fuese, hizo una obra maestra. Tal vez conocedor de la difícil solución de la dicotomía “libertad-igualdad”, ya propuso la solución y la colocó dentro de la trilogía: la fraternidad. Efectivamente, ni la libertad, ni la igualdad, como valores aislados, podrían llegar a una síntesis factible. Necesitan otro valor que haga de moderador, coordinador, catalizador y posibilitador. Tal valor es, permítanme que así lo afirme, la fraternidad, que es mucho más que la solidaridad.

La “solidaridad”, con la que se ha pretendido presentar a la fraternidad de una forma descristianizada, es sólo la inevitable realidad humana de que todos estamos vinculados a todos, queramos o no. La especie humana es “solidaria” de hecho, no en un sentido moral, pero sí en un sentido existencial: lo que atañe a unos atañe a todos, porque nos influimos sin remedio unos a otros. Un delincuente seguramente no será “solidario” en sentido ético, pero influye en mi vida, por lo cual forma algo “sólido” conmigo, es “solidario” conmigo en ese sentido. La “fraternidad”, por el contrario, es mucho más que esa condición “sólida” de la raza humana. Añade multitud de connotaciones éticas y morales de mayor calado.

La fraternidad implica una relacionalidad responsable entre las personas. Es lo contrario de la  trágica exclamación que la Biblia coloca en boca de Caín, cuando es interrogado por Dios tras su acto fraticida: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?” (Gen 4, 9). Caín se desentiende de su hermano. Tal vez por eso llegó a matarlo, porque ya antes había renunciado a lo que es esencial en el ser humano: el hecho de que todos somos “custodios”, guardianes llamados al cuidado del otro. La fraternidad o hermandad, la condición del ser hermanos, además de apuntar a un origen común (mismo padre y madre), apunta a unas vidas enlazadas y a un destino común. Ser persona es ser celoso cuidador de sus semejantes.

Así es la persona humana y a eso nos referimos cuando decimos que es “relacional”: no sólo a esa condición solidaria fatalista que determina nuestra realidad de dependencia existencial, sino sobre todo al principio ético de responsabilidad mutua. El pecado de la posmodernidad, hijo de la egolatría de la autonomía moral, es el desentendimiento del otro, el individualismo atroz, el vivir desesperadamente para sí mismo, lo cual conduce a la soledad propia y a la de los demás. Una vez el Hombre rompe con Dios, enseguida rompe con el Hombre. Todos quedamos desatendidos, aislados, como “mónadas” incomunicadas e incomunicables, víctimas de un solipsismo terrorífico en un mundo incomprensible y hostil.

Sólo la fraternidad, que parte del reconocimiento de un origen común y nos lleva a compartir un destino común, es capaz de armonizar la libertad y la igualdad sin que ambas realidades sigan siendo íntimas enemigas. La preocupación por el otro, su custodia como hermano mío que es, el amor efectivo hacia el otro (no el mero sentimentalismo afectivo), me inclina a considerarlo un igual y a respetar su libertad. Si amo, puedo ordenar mi propio afán de libertad sin cometer abusos contra la igualdad de todos, a la par que defender mi igualdad sin someter a todos bajo la bota de mi código de leyes particular. El amor, que no otra cosa es la fraternidad, es el factor conciliador que buscamos. Y el amor, por si no lo saben, es Dios.

La familia demuestra de lo que es capaz en las crisis

Publicado en Análisis Digital

Publicado en Forum Libertas

Comenzaré por una afirmación contundente: si no fuera porque todavía existe una institución familiar potente en España, en estos momentos estaríamos enzarzados en una nueva guerra civil de todos contra todos, una batalla campal repleta de disturbios por la supervivencia. Con la enorme cantidad de personas sin empleo, muchas de ellas ya sin ningún ingreso, el pueblo habría repetido la historia y se habría lanzado con hoces y horcas al asalto de las despensas de los palacios de Versalles. Léase, en términos hodiernos: hipermercados y tiendas, edificios institucionales y las sedes de los partidos políticos culpables (y no culpables).

Sólo hay en el mundo un motor revolucionario más potente que el hambre propia: el hambre de los hijos. Las revoluciones, aunque instrumentalizadas por ideólogos, las han hecho los padres al ver a sus hijos en la miseria, la enfermedad, la inanición y la muerte. Es un instinto salvaje, primitivo, el instinto de protección de la prole. No conoce el miedo, ni límite alguno, ni legal, ni moral, ni de ninguna clase, cuando se hace acuciante y extremo. Esa fuerza movió a los franceses a asaltar la Bastilla, a los rusos a masacrar a los zares, a los mineros ingleses a inventar las huelgas, a hombres y mujeres de todas las épocas y todos los lugares a salir a la calle a la desesperada, para tratar de acabar por la fuerza con la tragedia.

Para ser exactos, son dos los fenómenos que están sujetando el ciclópeo problema de la crisis que sufrimos. Uno es la economía sumergida, como todo el mundo sabe. El otro es la amplia y poderosa red de apoyo familiar, de solidaridad entre parientes, que se ha desplegado por toda la geografía española. Estas redes de apoyo familiar son más fuertes en los países del sur de Europa, como España, Portugal, Grecia e Italia. Quizá por la tradición cristiana católica de casi todos ellos. Los países más al norte, con la institución familiar más débil, ya pueden hacer bien los deberes económicos, porque si llegan a la situación española, reventarán en un estallido de conflictos internos que no podrán detener ni con tanques en las plazas.

Las relaciones familiares casi nunca son fáciles. Los sentimientos amor-odio son frecuentes. Hay crisis en la convivencia de la pareja que fundamenta la familia, dificultades en la relación entre hermanos, conflictos intergeneracionales entre padres e hijos… La convivencia desgasta y pone a prueba cualquier relación. Los vínculos de sangre, no elegidos libremente, a veces resultan cargantes. Todo eso es cierto. Pero, cuando las cosas van mal, cuando hay problemas serios, los lazos familiares saltan como un resorte natural y se ponen en marcha mecanismos de solidaridad sin parangón en la historia de la humanidad. Las posibles diferencias pasan a un segundo plano y la unidad familiar pasa a ocupar la primera plana.

En estos momentos de profunda depresión, en los que cada cual parece ir a su propio interés, la familia está salvando la situación. ¡Cuántas familias con un solo sueldo del cual viven muchas veces incluso un elevado número de miembros! ¡Cuántos padres estirando sus pagas de jubilación para sostener a sus hijos parados en casa! ¡Cuántos hijos pasándose ayudas económicas entre sí o donándoselas a sus padres! ¡Cuántas mesas familiares que han vuelto a reunir a todos los miembros en torno a un plato de caliente! ¡Cuántos préstamos sin intereses entre familiares! ¡Cuánto apoyo moral en medio de la desesperanza!

Viendo estas realidades, uno no sabe si llorar o indignarse ante el menosprecio que infinidad de ideólogos, intelectuales, políticos y otros personajes muestran hacia la institución familiar. Porque la familia solidaria de la que hablo no es la de las “nuevas realidades familiares”, esa nube de todo tipo de asociaciones de personas que se ha apropiado del concepto de familia, sino la de la familia natural, la familia de siempre, con su papá y mamá unidos de forma estable y sus hijos. Una familia que respeta y cuida a sus mayores, que entrena en el apoyo mutuo, que trabaja por su estabilidad aunque a veces le falle, que hace de la convivencia su principal ocupación. Una familia que es escuela de valores de primera necesidad.

Una de las mayores insensateces imaginables es la de atacar a la familia, debilitarla, despojarla de sentido, puentearla, tratar de relevarla. El “divorcio exprés”, la destrucción del concepto de matrimonio, la ideología de género, el aborto, la eutanasia, las asignaturas escolares sectarias, el feminismo radical y otros muchos ataques a la familia son, sin quizá saberlo, ataques al corazón mismo de la sociedad, a la piedra clave que sostiene todo el edificio, al cimiento que sustenta la construcción. El que destruye a la familia destruye a la sociedad, pues priva a ésta del cemento que le da consistencia. Pero, claro, el poder totalitario, que de forma invariable quiere controlar todas las mentes individuales, no soporta a la institución familiar.

Unos, los “evolucionistas”, aseguran que la familia cumplió un papel importante en el pasado, pero que hoy en día es un impedimento para el progreso. Es la teoría marxista, que analizó a la familia a la luz de la “lucha de clases” y acabó condenándola dentro del despreciable saco de las imposiciones burguesas a desmantelar. Son los defensores del “Estado Padre” (que no otra cosa es la utopía del “Welfare State” o “Estado del Bienestar”) que habrá de sustituir a la familia próximamente. En gran parte de Europa casi lo ha conseguido. Ya hemos visto en España a dónde lleva ese delirio socialista: a un Estado quebrado, cuyos pobres están siendo atendidos por las “detestables” familias e instituciones de caridad cristianas.

Otros, los “individualistas”, propugnan un estilo de vida radicalmente egocéntrico, con un falso concepto de la realización personal como proyecto en solitario, que degrada a la familia a los llamados “momentos familiares”, simples caprichos pasajeros del individuo. Las ciudades se llenan de “singles” (solteros) en viviendas para personas solas. Lo importante es la “autorrealización”, la carrera profesional, el triunfo social. La pareja se establece de forma temporal, sin compromiso alguno. Los hijos, cuando se tienen, son un objeto más de consumo para la realización personal. Los “momentos familiares” no sirven para dar fundamento sólido a nada. Esto es lo que está entrando en España como una epidemia imparable.

Pese a todo ello, la familia natural, como todo lo que ha diseñado la naturaleza, se resiste a morir, aunque el depredador humano se empeñe en acabar con ella. Se alza de sus propias cenizas una y otra vez. Y ahí sigue, generando apoyo y esperanza. Si en la mente de los políticos hubiese menos prejuicios y más sensatez, besarían por donde pisa la familia.

27-01-2012: A propósito del tema, agrego este enlace: Los obispos del sur de España resaltan que la solidaridad de las familias está amortiguando los efectos de la crisis.

La desconsideración o el gran pecado de la posmodernidad

Publicado en Análisis Digital
Publicado en Forum Libertas

Es muy posible que el título de este artículo sorprenda por su aparente inocencia. ¿Cómo va a ser la desconsideración el gran pecado de la posmodernidad, habiendo como hay tragedias tan espantosas provocadas por el hombre? ¿Acaso la violencia, las guerras, la pobreza extrema, el hambre por injusticia, el tráfico de órganos, la trata de blancas, la prostitución infantil, el aborto, el negocio de las drogas y otras muchas salvajadas no son los verdaderos grandes pecados de la humanidad posmoderna? Pues sí, lo son, pero todos son hijos de otros pecados, mejor aún, de otro pecado: la desconsideración. Si quiero seguir por este camino argumental, tendré que abordar ya la tarea de definir qué entiendo por “desconsideración”.

Dicho término sería un sinónimo de egoísmo si no fuese de tan baja ralea. La desconsideración es el egoísmo barato, descamisado, pobre de solemnidad, un egoísmo ramplón y rastrero que poco y malo dice del “ego” de quién lo ejerce. El hombre posmoderno, a base de tanto centrar la existencia y el mundo sobre sí mismo, hace tiempo se ha salido del antropocentrismo filosófico iniciado en el Renacimiento, entronizado por el Iluminismo francés y vulgarizado a lo largo de toda la modernidad. Tanto mirarse el ombligo le ha creado una deformidad, una cifosis moral cada vez más acusada que le ha acostumbrado a una suerte de antropocentrismo práctico desde el cual el otro, el prójimo, llega a pasar totalmente desapercibido.

Es el pecado de Caín, pero no el de haber matado a su hermano Abel, sino aquel terrible desdén que se expresa en labios del asesino cuando contesta a Dios con la más espantosa frase jamás pronunciada por un ser humano: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”. Es decir: ¿A mí que me importa dónde está, cómo está o qué le pasa a mi prójimo? No es problema mío el sufrimiento del otro. Mi problema es mi propia vidilla, mi propio bienestar, no me fastidies con preocupaciones por el otro, que ese es su problema, no el mío. Es la destrucción de la empatía, del alegrarse o padecer con el otro, el desmantelamiento de las líneas de fuerza que sostienen el tejido social, el remate de lo poco que quedaba de amor en este mundo que mató al Amor.

Como decía, es una forma de egoísmo rastrero, devenido en deprimentes conductas de desapego y desentendimiento del bienestar ajeno. Se advierte tanto en aquel que es capaz de secuestrar a un niño y sacarle los órganos en vivo para venderlos al mejor postor, como en aquel que escoge materiales baratos para construir un puente con menor coste del presupuestado, como en aquel que rompe una botella de cerveza y deja los vidrios esparcidos por la arena de la playa donde juegan los niños. Es un pecado común al asesino consciente y al que lo es por negligencia, porque le importan un pito sus semejantes. Se visibiliza en grandes tragedias y en pequeños hechos cotidianos, como el de ese conductor que aparca ocupando dos o tres plazas a la vez.

Citaré algunos otros ejemplos de este egoísmo de poca monta que he llamado desconsideración. Es el pecado del que adultera los alimentos que fabrica o vende con sustancias de dudosa calidad sanitaria, el de aquel que corre a cerrar la puerta del ascensor y sube él solo sin esperar a otros vecinos que se acercan, el de aquel que pasea con su perro suelto dejando que se encarame y lama a los viandantes y encima los insulta si alguno protesta, el de aquel que arroja la basura de un picnic en medio del campo, el monte o la playa, riéndose de los que la arrojan al contenedor, el de aquel que se cuela tranquilamente en una cola en la que todos llevan horas esperando, el de aquel que, cuando usa un WC público, lo deja inutilizable para los demás…

A veces, estas conductas parecen ser sólo una falta de educación, de urbanidad. De eso nada. Es una total ausencia de pensar en el otro, en su malestar o bienestar. Es vivir como una apisonadora, ocupada la mente sólo en despejar el propio camino de obstáculos, sean personas, animales o cosas. Es una versión chatarrera del vivir para uno mismo, pasando olímpicamente de todo lo que no sea yo, yo y yo. Es el fracaso final del amor, de la solidaridad, de la fraternidad. Es el último escalón hacia el oscuro pozo de la soledad ontológica: el otro no cuenta, el otro no vale, el otro no existe, “que le den” al otro… Sólo existo yo y nada más que yo. Es el triunfo del solipsismo, todos somos mónadas aisladas e incomunicadas. Es el infierno en la Tierra.

La desconsideración generalizada está en el origen de la crisis económica y global que padecemos, así como en el de todas las catástrofes humanitarias que amenazan con asolar a la Humanidad. La salida a este callejón pasa por un cambio total de dirección, por una metanoia radical, por una conversión global, que permita al hombre darse la vuelta desde sí mismo hacia del otro, volver a alzar la mirada hacia el otro, salir de sí mismo y caminar hacia el otro, volver a considerarse “guardián del otro”, custodio del otro, próximo al otro, hermano del otro. La materia educativa más importante en este siglo recién estrenado es, sin ninguna duda, la “consideración” hacia los demás. Es la única base que puede llevarnos algún día a la solidaridad y al amor.

Las Jornadas Mundiales de la Juventud: un don de Dios para los jóvenes

 

(Publicado en Análisis Digital el 27-07-11)

(Publicado en Forum Libertas el 19-08-11)

(Publicado en Las Provincias el 15-08-11)

¡Cuántos regalos ha dado Dios a la Iglesia y al Mundo a través del Beato Papa Juan Pablo II! La misma persona de Karol Wojtyla ya fue un extraordinario don. Sus obras surgieron como un caudaloso manantial desde su enorme personalidad, firme y libremente atada a la voluntad de Dios. Obras algunas de tal magnitud que no es posible entender la historia del final del siglo XX e inicio del XXI sin conocer a fondo su figura y su legado. Una herencia de valor incalculable para los católicos y para todos los hombres de buena voluntad. De entre todos estos presentes, quiero destacar uno que me emociona de manera muy especial: las Jornadas Mundiales de la Juventud.

El origen de las JMJ se remonta al Domingo de Ramos de 1984, Año Santo de la Redención, fiesta en la que Juan Pablo II se reunió en Roma con 300.000 mil jóvenes de todo el mundo, que fueron alojados en 6.000 casas particulares de familias de Roma y alrededores. A aquel primer gran encuentro se le llamó “Jubileo Internacional de la Juventud”. A él asistieron el Hermano Roger, fundador y prior de la comunidad ecuménica de Taizé, que moriría en 2005 tras ser apuñalado por una enferma mental justo el día en que se iniciaban las JMJ de Colonia (Alemania), y la Madre Teresa de Calcuta. Fue entonces cuando el Papa regaló a los jóvenes la cruz de madera que preside todas las jornadas.

El año siguiente, 1985, fue declarado por la ONU “Año Internacional de la Juventud”. El Papa organizó otro encuentro mundial de jóvenes el Domingo de Ramos en la plaza de San Pedro, al que acudieron de nuevo unos 350.000 jóvenes. Juan Pablo II, después de este evento, instituyó la “Jornada Mundial de la Juventud” con cadencia anual. La primera tuvo lugar al año siguiente, 1986, en Roma. Desde entonces se celebra de forma ordinaria el Domingo de Ramos de cada año, en todas las diócesis. Tras las JMJ de 1987 (Buenos Aires, Argentina) y 1989 (Santiago de Compostela, España), las jornadas se ampliaron a varios días, con celebraciones y catequesis preparatorias, etc.

Desde aquel encuentro en Santiago, el primero al que tuve la suerte de acudir acompañando a un grupo de 200 jóvenes valencianos, el Papa Juan Pablo II implantó la costumbre de intercalar entre las JMJ ordinarias de los Domingos de Ramos, una jornada especial cada dos o tres años, que se convoca cada vez en un país distinto. Así vinieron las impresionantes JMJ de 1991 en Czestochowa (Polonia), de 1993 en Denver (Colorado, EEUU), de 1995 en Manila (Filipinas), de 1997 en París (Francia), del Jubileo del año 2000 en Tor Vergata (Roma, Italia) y de 2002 en Toronto (Canadá), la última en la que pudo participar Juan Pablo II antes de pasar al Padre.

Benedicto XVI recogió el testigo y continuó esta obra de su predecesor, celebrando la ya convocada JMJ de 2005 en Colonia (Alemania) y la de 2008 en Sídney (Australia), donde anunció que la siguiente Jornada sería en Madrid (España) del 16 al 21 agosto de 2011. Un apasionante camino alrededor del globo terráqueo en el que ambos Papas han sido acompañados en cada una de las estaciones por millones de jóvenes, protagonizando fabulosos espectáculos de buena convivencia, alegría y civismo que han asombrado a las autoridades de todo el mundo. Una imagen renovada y esperanzadora de la Iglesia, repleta de jóvenes cristianos intrépidos y entusiastas.

No he tenido la fortuna de vivir como “joven” ninguna de estas JMJ, pero sí las he vivido como padre de seis hijos que han acudido a diversas jornadas y como catequista acompañante de los jóvenes de mi parroquia en tantas otras. Los beneficios para los jóvenes son incontables: se refuerza su fe y su sentido de pertenencia eclesial, se establecen relaciones de amistad rompiendo fronteras, se tiene la experiencia de no estar aislado ni ser algo raro por ser católico gracias a convivir con millones de jóvenes creyentes, se amplían los horizontes culturales viajando por todo el mundo y un largo etc.

Como padre y catequista nunca podré dar suficientes gracias a Dios, a Juan Pablo II y a Benedicto XVI por habernos brindado la ocasión de vivir tales experiencias. También como persona, pese no haberlas vivido como joven, he de agradecer los múltiples beneficios que me ha reportado acompañar a los jóvenes a estas JMJ. No ha sido fácil soportar las interminables jornadas en autocar, las noches al raso tratando de conciliar el sueño en un saco de dormir, las tremendas caminatas hacia los lugares de encuentro… Pero la recompensa ha valido la pena con creces. He vuelto siempre hecho fosfatina, pero alegre y feliz como unas pascuas de todas las JMJ que he vivido.

Encontrarse con el sucesor de Pedro, con “el dulce Cristo en la Tierra” como llamaba al Papa Sta. Catalina de Siena, más aún en compañía de esa savia nueva de la Iglesia que son los jóvenes, ha sido siempre una experiencia fantástica. Una vivencia que ahora todos tenemos la oportunidad de repetir, o de experimentar por vez primera, este mes de agosto en Madrid. Todos los que tengan una salud potable, porque me temo que la mía no me va a dejar asistir. Pero no por ello puedo dejar de alzar la voz: ¡jóvenes!, si habéis ido a encontrarnos con el Papa a los cinco continentes, ¿cómo no acudir en esta ocasión, que los españoles tenemos tan, tan cerquita?

Si aún no te has inscrito, todavía estás a tiempo. Puedes hacerlo a través de tu Parroquia o Diócesis, a través de tu movimiento o grupo eclesial y de muchas otras formas. Visita la página Web dedicada a estas Jornadas (http://www.madrid11.com/es/inscribete). ¡Ánimo, que nada ni nadie te impida acudir a este fabuloso encuentro! Lo necesita la Sociedad, porque ha vuelto las espaldas a Dios y así le luce el pelo; lo necesita la Iglesia, para mostrar su rostro joven y vivo al mundo; lo necesitas tú, para fortalecer tu fe, esperanza y caridad. Jesucristo mismo te espera en Madrid, cargado regalos que llevan tu nombre. A ti te digo, joven: ¡Levántate y camina! ¡Todos a Madrid!

El ocaso de la Unión Europea

 

(Publicado el 18-07-11 en Análisis Digital)

(Publicado el 22-07-11 en Forum Libertas)

 

Estoy absolutamente convencido de que ninguna riqueza del mundo puede ayudar a que progrese la humanidad. El mundo necesita paz permanente y buena voluntad perdurable.

(Albert Einstein)    

 

Quien escribe estas líneas fue del numeroso grupo de personas que se alegró e ilusionó con el proyecto de una Europa unida, prometedora y hermosa primicia de un futuro Mundo unido. Una idea, una de las poquísimas que comparto levemente con los padres del defenestrado comunismo, Marx y Engels, es su internacionalismo –recuerden aquello de “yo soy ciudadano del mundo”– aunque sus bisnietos ideológicos, huérfanos de de ideas, caminan en sentido contrario y se abonan, por espurios intereses de supervivencia política y aritmética parlamentaria, a anacrónicos y apolillados proyectos de división y secesión.

La Unión Europea, pese a su mal nacimiento a partir de alianzas anteriores eminentemente crematísticas, como las antiguas CEE, CECA y Euratom, podría haber sido una magnífica idea si sus necios constructores hubiesen comenzado tamaña edificación cavando hondo para poner los cimientos que nos unen, en vez de empezar por la caja de caudales. No me vayan a confundir “necio” con “ignorante”. Alguien puede ser ignorante por no haber podido recibir formación, sin tener nada de necio, y viceversa. La necedad es una forma de ignorancia que conlleva culpabilidad, pues consiste en no saber lo que se debe y puede saber.

A esta recua de necios fundadores, en vez de comenzar tamaña empresa examinando nuestras raíces comunes y el sustrato cultural que nos identifica y unifica, construyendo la incipiente Unión Europea sobre sólida roca, no se les ocurrió mejor idea que iniciar la andadura del nuevo proyecto otra vez con el dinero. Inventaron el euro, que cada día revela más su secreta identidad de nuevo “super-marco” alemán, con la promesa de todo tipo de parabienes y con la inconfesa pretensión de competir con el dólar USA. ¡Pretendían unir países a partir de la moneda! ¡Hay que ser patán! ¿Cuándo el dinero ha servido para unir a alguien?

El dinero o, mejor dicho, el afán por amontonarlo o codicia, es la raíz de todos los males, como bien advirtió San Pablo a su hijo espiritual Timoteo (I Tim 6, 11). No creo que el lector ignore que detrás de todos los problemas mundiales, nacionales, regionales, locales, familiares e incluso personales siempre está, en mayor o menor medida, el “poderoso caballero” haciendo de las suyas. ¿Cuál creen que es la causa de las guerras, del hambre, de las injusticias, de la destrucción ecológica, de las drogas, de la prostitución, del juego sucio político, de gran parte de los infiernos familiares e incluso de muchos conflictos psicológicos?

El sistema capitalista, como en su día el comunista, se cae a pedazos. La “crisis económica” cuya existencia primero nos ocultaron, luego nos negaron, después nos suavizaron y ahora nos han arrojado en la cara sin que el panorama ofrezca signos claros de acabarse en muchos años, no es más que el sarpullido que delata la existencia de una grave enfermedad, una epidemia planetaria de leucémica ausencia de valores, provocada por la descalificación de la razón moral, por la convicción práctica extendida en miles de millones de conciencias de que la existencia no tiene sentido alguno y, por tanto, tampoco orden ético alguno.

La Unión Europea se muere. Tiene los días contados. Y su verdugo va a ser, mire usted por dónde, el mismo factor que quisieron poner como cimiento: la economía. El dinero no tiene piedad ni misericordia, es implacable. Es una máquina de sueños que espera su oportunidad para pasar su terrible factura. Es el dios de este mundo. No es posible servir a dos señores, no es posible servir a Dios y al dinero. Todo el que adora a este ídolo y lo coloca como centro de su existencia se vuelve como él: frío e insensible, mentiroso, ladrón y asesino. Se ha construido una civilización sobre arena y se derrumba. Europa ha intentado unirse, pero ha escogido un mal pegamento. La U.E. comenzó por el euro y morirá por el euro.

El socialismo laicista es el opio del pueblo

(Publicado en Análisis Digital y en Forum Libertas)

El marxismo calificó la religión como “opio del pueblo”, alegando que ésta, con su promesa de un “más allá” -con premio incluido para los sumisos- conduce a la gente a desentenderse del “más acá” y a someterse sin protestar al alienante dominio de las “clases opresoras”. Es extraño que el filósofo alemán Karl Marx, que nació en una familia numerosa judía, descendiente de una larga saga de rabinos, mostrase tanta incultura religiosa. La lectura marxista de la realidad, desde su materialismo dialéctico e histórico, todo lo centra en la “lucha de clases”. Derivando desde la filosofía hasta la ideología, hizo un cerril absoluto de su visión particular de las cosas y se empecinó en mirar a través de ese cristal ahumado todas y cada una de las realidades humanas.

La “lucha de clases”, comenzó siendo un esquema supuestamente explicativo e inspirador de la acción sociopolítica frente a las relaciones de producción y las estructuras de poder alienantes, pero pronto extendió su croquis simplón y sugerente al análisis de la religión, la familia, la filosofía e incluso “el Estado”. Todo fue interpretado con la misma clave, concluyendo que todas estas realidades no son más que otras formas de alienación, como las relaciones de producción, ideadas por algún tipo de opresor para someter a otros a su antojo. Los erróneos y hoy ya defenestrados argumentos marxistas menguaron, de la mano de Lenin y Stalin, hasta rebajarse a un mero cajón rojo repleto de consignas, lemas, arengas y demás parafernalia panfletaria.

La religión, el más potente elemento cultural conocido por la Humanidad, fue una de las primeras realidades en sufrir la crítica marxista y la apisonadora estalinista. A través del cristal monocromo de la “lucha de clases”, fue calificada como otro instrumento de alienación de los proletarios en manos de los poderosos, un montaje ideado por los opresores para desmovilizar al pueblo mediante el conformismo. Es lo mismo que Marx y Engels hicieron con la institución familiar: leerla desde su esquema, aborrecerla y tratar de borrarla del mapa. Desde entonces, el acoso y derribo a la familia natural es una constante del socialismo laicista radical, que siempre procura sustituirla por estados padre y madre con acceso directo a las mentes individuales.

Antes de seguir, creo de justicia reconocer que, observando la forma en que muchas personas vivían y aún viven su religión, una parte de razón no les faltaba a los padres del marxismo. Cuántos cristianos, por ejemplo, han menguado la gigantesca fuerza transformadora de Jesucristo en una suerte de pietismo particular, tan estupefaciente como una adictiva droga. La Iglesia Católica reconoce la paupérrima forma con la que muchos católicos viven la ubérrima fuente de vida que mana de la Muerte y Resurrección de Jesucristo. Por eso, los cuatro últimos Papas se han empeñado en reevangelizar el mundo comenzado puertas adentro, por los propios fieles, que demasiadas veces acuden a misa por un simple cumplimiento vacío de contenido, por mera superstición o para escapar de la realidad que deberían transformar.

Dicho esto, añadiré que Marx se equivocó al leer la realidad con unas gafas mal graduadas, que le produjeron el miope efecto de tomar la parte por el todo. La religión no es el opio del pueblo, aunque más de una vez haya sido utilizada o malvivida como tal. Muy al contrario, no existe fuerza mayor para comprometer la vida de las personas con el bien de sus semejantes que la sana religión, la fe en un Dios que da sentido, dirección, dignidad y responsabilidad eterna a la existencia. Mandando a pastar a Nietzsche, que se atrevió a decir que eso de amar al prójimo es la crueldad más terrible jamás pronunciada, no cabe duda de que el amor incondicional proclamado y posibilitado por Jesucristo, pese a las deficiencias de los que intentamos vivirlo, ha generado los mejores logros humanos de nuestra civilización. Y no me refiero sólo a sinfonías o catedrales, sino al progreso ético y moral.

El verdadero “opio del pueblo y para el pueblo” es el socialismo-laicismo radical, detritus posmoderno del materialismo ateo marxista. La trágica alienación y el descarado dominio sobre el pueblo del que acusan a la religión es, vean la paradoja, mucho más fácil cuando no hay religión, cuando se aparta a Dios, cuando no hay ninguna referencia moral universal y los únicos patrones de conducta son el relativismo intelectual y moral, el positivismo jurídico o “ley a la carta”, el hedonismo práctico y las ideologías o “religiones laicas” impuestas por los Estados gobernados por la prole ideológica de Karl Marx. Entre otras cosas, esos neototalitarios travestidos de progresismo, dictan cada temporada desde su pasarela las ideas que van a estar “de moda” y las que van a ser relegadas a la “caverna”.

Yo afirmo lo contrario que los marxistas: el ateísmo, el agnosticismo, el antiteísmo, el laicismo, son el opio del pueblo y para el pueblo. Si no hay Dios, ni Vida Eterna, ni principios morales universales donde apoyar las leyes, ni responsabilidad escatológica de nuestros actos, ¿para qué hacer el bien? ¿Qué es el bien? ¿Qué está bien y qué está mal? ¡Yo lo decido! Hay que ser estúpido y fatuo. Como tan tristemente dicen muchos jóvenes: menos “comidas de tarro” y a “vivir a tope”. A disfrutar del placer que se ponga a tiro, luego al hoyo y “que me quiten lo bailao”. Triste filosofía de la vida, con criterios éticos precocinados y dictados por un Estado neototalitario que impone su ideología, su “religión de Estado”, un nuevo “opio del pueblo”, laicista y antiteo basado en el hedonismo y bien surtido por el consumismo.

¡Qué diferente es la vida de aquel que todavía usa la razón para discernir entre lo que es verdad y lo que es mentira, entre lo que es bueno y lo que es malo! ¡Qué distinto el ser, el estar y el hacer de aquel que sabe quién es y quién debe ser, que sabe de dónde viene y a dónde va, que encuentra un sentido a la existencia, una razón válida para hacer de su vida en este mundo una misión, un trabajo, un oficio cuya responsabilidad va más allá de las ordenanzas humanas, más allá de lo inmediato, más allá de la muerte! ¿No sabía Marx, con su formación judía, que sin Dios no hay razón para la justicia? ¡Menudo necio! Siguiendo como estúpidas polillas al engreído de Nietzsche, hemos “matado” a Dios y, sin saberlo, al mismo tiempo estamos aniquilando al planeta, a la vida que contiene y al ser humano en todas sus dimensiones. ¡Vaya faenita nos han hecho y nos hemos dejado hacer!

Espero que ninguno de ustedes piense que todo esto lo va a solucionar determinado partido político. Imposible, pues ya todos “los grandes” juegan en el campo del contrario. Sibilinamente la izquierda radical ha marcado las reglas del juego, lo políticamente correcto. El resto de partidos, aunque tengan planteamientos diferentes, ya no se atreven a mandar al carajo esa imposición y animar a todos a jugar en otros campos. Hay que romper el diccionario político español. Está pervertido y obsoleto. Es puro panfleto. Los conservadores se mueven a bandazos porque tienen miedo de hablar en su idioma. Sin duda, España necesita un cambio político urgente. Pero no esperen demasiado de ningún partido. Sólo la participación real del pueblo en los asuntos de la cosa pública nos brindará alguna esperanza de éxito.

No estoy callado, estoy “infoxicado” y paralizado

 

Aquellos de ustedes que me conocen o suelen asomarse a este Blog, habrán notado que, tras haber reanudado un poco su actividad tras una antigua y obligada pausa que en su momento expliqué, su “vidilla” ha vuelto a decaer en los últimos meses. ¿Cómo es posible que este hombre, que antes nos escribía su punto de vista sobre buena parte de lo que lo que ocurría o de lo que se le ocurría, tenga su blog en un dique tan seco?, se preguntarán algunos. ¿Estará tan enfermo o tan ocupado que ya no escribe? ¿Tal vez ya no le importa ni HO, ni DAV, ni sus diferentes frentes de combate? ¿Se habrá quedado sin  ideas para analizar y redactar? ¿Acaso ya no le gusta escribir?

Haciendo gala de una vanidad ciertamente engreída, pues lo más probable es que a la inmensa mayoría de ustedes les importe un bledo si escribo o dejo de escribir, me explicaré y contestaré a estas preguntas, puesto que las razones de mi nuevo silencio constituyen todo un artículo de opinión que deseo redactar. Es cierto que mi salud no está para echar cohetes y que la multiplicidad de ocupaciones no me deja demasiado margen para mis pinitos literarios. No es verdad que hayan dejado de importarme HO, DAV y sus fines, muy al contrario, cada vez me parecen más necesarios y, lo que es mejor, más oportunos y efectivos. Y me sigue apasionando escribir, bien o mal.

¿Me faltan entonces ideas? ¿Me abandonaron las musas? ¿Es ese el motivo de mi hipoactividad periodística y bloguera? Desde luego, lo que no faltan, ni a mí ni a nadie, son temas sobre los que disertar. Tampoco escasea información sobre todos ellos, sino más bien a la inversa: la cantidad de datos es tal, que ni la mente más capaz y organizada es ya capaz de recogerlos, verificarlos y organizarlos. Tal intoxicación informativa es conocida desde hace un par de décadas con el neologismo “infoxicación”, cuya autoría se atribuye Alfons Cornellá (1996), creador de Infonomía.com. Recientemente lo habrán escuchado hábilmente usado en un anuncio de coches.

Ni el fenómeno, ni el concepto que lo define son nuevos, aunque sí lo son la palabra “infoxicación” y su brutal incremento provocado por la vertiginosa expansión de Internet. En 1964 hallamos su precedente en la “information overload”, término mencionado por vez primera por el científico sociopolítico americano Bertrand Gross y popularizado en 1970 por el sociólogo y futurólogo Alvin Toffler en su best-seller “El shock del futuro”, que quizá alguno de ustedes haya leído. No es nueva, por tanto, la preocupación de los estudiosos por la excesiva e indigerible sobrecarga de información a que se ven sometidas las mentes de los seres humanos contemporáneos.

Me confieso casi totalmente infoxicado. No me faltan temas para reflexionar y escribir. Me sobran por los cuatro costados. Son tantos los problemas, los sufrimientos, los conflictos, los frentes de batalla, los sucesos, los vaivenes políticos, los eventos relevantes, que me he quedado embotado, paralizado, mudo, incapaz de generar ideas medianamente potables capaces de arrojar algo de luz sobre tanta sobreabundancia fenomenológica. Me he pasado casi toda mi vida hablando y los últimos años tratando de hablar menos y escuchar más. Actualmente estoy bloqueado para todo, sea hablar, escuchar, escribir e incluso leer. Mi capacidad cerebral parece haber tocado techo.

Quizá sea por eso que últimamente las palabras, que siempre he tenido en la más alta estima, estén cediendo el paso en mis preferencias a otras formas de contacto con la realidad: la música con poca letra, las artes plásticas, la escucha del silencio… No sólo escribo poco, sino que hablo lo menos posible y si acudo a alguna reunión, guardo un aparatoso silencio. Hasta no hace mucho estaba convencido de que tenía muchas, importantes y acertadas cosas que decir.  A fecha de hoy ya no lo tengo tan claro. Nada claro. La realidad, cada partícula de ella, tiene tantas facetas, que me abruma y me enmudece. ¿Cómo minimalizarla con cuatro palabras, siempre insuficientes?

Especial respeto, casi reverencial, me merecen los seres humanos. Parte importante de mi trabajo, el remunerado y el voluntario, es la orientación, el asesoramiento, la instrucción… Durante décadas me he lanzado a estas tareas con una verborrea, una convicción y una seguridad en mí mismo que hoy me resultan no sólo pasmosas, sino hasta vergonzosas. ¿Cómo he osado intervenir en la vida de tantos de mis semejantes, si a duras penas me aclaro con la mía propia? ¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el mismo hoyo? Llámenlo crisis existencial o pasajera, si les parece, pero lo cierto es que conociendo mi necedad, tengo pánico a hacer daño a alguien.

Mis familiares, amigos y hermanos en la fe, me regañan cuando les cuento estos pensamientos. Están empeñados en que no debo “dejarme engañar” por lo que ellos están seguros de que se trata de diabólicas trampas. Tal vez todo este “discurso del silencio” no sea más que la justificación de un soberbio pedagogo herido en su orgullo por algún reciente fracaso educativo. Así sería, seguramente, si el asunto no viniese de mucho más atrás, décadas atrás. Respeto y agradezco que cada uno de ellos trate de ayudarme según sus luces, en su gran mayoría muy superiores a las mías, del mismo modo que les agradezco su exquisito respeto por mis decisiones y desplantes.

Sólo una pizca de esperanza que conservo en que Dios haya querido utilizar y guiar mi lengua y mi pluma, no permitiendo que mis mensajes erróneos hayan hecho grave daño a nadie, me consuela en medio de mi actual reticencia a decir cosas. No me creo un “mensajero divino”, faltaría más, pero si Dios me quiere utilizar para ayudar a alguien, que haga lo que quiera, aunque él sabrá por qué escoge a tan zopenco emisario, que se siente infoxicado, desbordado, alelado, inútil e incluso peligroso y contraproducente para llevar a cabo tan delicada y complicada misión. Cuando me vuelvan a leer o escuchar, no duden en que me habré apoyado en esa pizca de esperanza.

Un gran abrazo a todos.

Los límites de la interculturalidad

 

(Publicado en “Nuestras Firmas” de Análisis Digital el 04-12-2010)

(Publicado en “La Firma” de Forum Libertas el 09-12-2010)

(Publicado algo reducido en ”Las Provincias” el 14-02-2011)

 

España siempre ha sido multicultural, lo cual no equivale a que haya sido, ni sea, intercultural. La multiculturalidad consiste tan sólo en el hecho objetivo de que en una comunidad humana cohabitan personas culturalmente diversas. Para empezar, la población que hoy llamamos nativa, local, natural o autóctona de España es fruto de un variopinto mestizaje de muchos pueblos. España ha sido, es y con toda probabilidad será, un espacio de cruce de razas y culturas. Su situación geográfica y su historia la llaman a la diversidad.

Nuestra  sempiterna multiculturalidad, de la que antes apenas se hablaba, ha adquirido mayor peso en la conciencia popular por haberse acentuado de forma vertiginosa en las últimas décadas por los contingentes de inmigrantes que han llegado a nuestro territorio. Pero, insisto, no por ello somos un país intercultural. Multiculturalidad e interculturalidad no son conceptos sinónimos, aunque muchos, incluso algún “especialista”, los confundan y los citen como tales. En los últimos años se ha generado una ingente cantidad de literatura sobre el tema, para todos los gustos y no siempre acertada.

La talla humana, sociológica, antropológica, pedagógica, política y ética de la interculturalidad dista tanto de la simple multiculturalidad como un sistema sanitario dista de una epidemia. La interculturalidad es una manera de vivir la diversidad cultural mucho más exigente que la mera coexistencia multicultural. Sin necesidad de recurrir a florituras etimológicas, he de decir que el prefijo “inter” nos da la clave. “Multi” sólo significa “muchos” o “varios”, pero “inter” implica interrelación, reciprocidad. La interculturalidad requiere el respeto mutuo, pero también de la convivencia constructiva y la cooperación de todos.

Una sociedad intercultural no obliga a nadie, sea nativo o extranjero, a renunciar a sus propios esquemas culturales y reemplazarlos por los de la sociedad receptora o los de la cultura en ella dominante (asimilacionismo). Tampoco consiste tan sólo en admitir en su seno la presencia de grupos culturales diversos, aislándolos en guetos o condenándolos a ser ciudadanos de tercera (segregacionismo). Menos aún se trata de alcanzar una síntesis de culturas –ni siquiera entresacando “lo mejor” de cada una– para construir una “monoculturalidad”, una cultura única universal (sincretismo).

El sincretismo cultural que pretenden implantar ciertos grupos o corrientes, como la masonería o la “new age”, son rodillos aplastadores de las diferencias culturales, de la gran riqueza que supone la diversidad cultural humana. Son formas de globalización descarada e indeseable que, paradójicamente, no son criticadas por los grupos anti-globalización, sólo preocupados por la también indeseable colonización cultural mundial  por el “american way of life”, el estilo de vida norteamericano. Cada ser humano es único e irrepetible. Tan valiosa es nuestra igualdad como nuestra diversidad. Toda ”clonación cultural” es una terrible pérdida.   

Una sociedad intercultural debe detectar y rechazar los prejuicios y estereotipos culturales y evitar el racismo y la xenofobia. Además, la interculturalidad exige que los distintos grupos culturales se relacionen entre sí con toda normalidad más allá de la mera coexistencia pacífica, que exista una comunicación fluida entre ellos, que sean capaces de negociar objetivos comunes y perseguirlos juntos, y que la diversidad cultural, lejos de ser una dificultad social, se acepte como una riqueza humana de la que todos pueden beneficiarse si media la humildad y la buena voluntad.

La tan cacareada “tolerancia” se propone constantemente como un valor estelar de la democracia y de la interculturalidad, pero en ella está precisamente uno de los puntos en los que topamos con los límites que dan título a este artículo. Desde hace unos años, el indefinido, sobreestimado y malentendido valor de la tolerancia ha tenido que ser “reajustado” con la aparición de numerosas “tolerancias cero”, entre otras las relativas a las distintas formas de violencia. No podía ser de otra forma, pues no todo es tolerable. En una democracia, cada uno puede pensar lo que quiera, pero de ninguna forma puede hacer lo que le venga en gana.

En los regímenes autoritarios, el autócrata o la oligarquía de turno imponen tanto las normas de juego, como un pensamiento único: el de quién ejerce el poder. En un régimen libertario, nadie impone ninguna de ambas cosas, dejándolas desde un necio “buenismo” al libre arbitrio de las personas. En los regímenes verdaderamente democráticos, debe existir la libertad de pensamiento, de religión y de ideología, junto al derecho a la libre expresión y al culto. Pero la democracia exige unas normas estrictas para asegurar su propia esencia, para que los derechos y libertades de todos estén garantizados y no puedan ser aplastados por nada ni por nadie.

La democracia requiere imponer algunos implacables límites a la libertad. La libertad individual acaba allí donde resulta amenazada la libertad y los derechos del otro. Un gigantesco logro de la sociedad noroccidental es haber conseguido consensuar y redactar una Declaración Universal de los Derechos Humanos, que recoge el mejor sentir ético de toda una civilización. Los países que se han adherido a ella, como España, han trasladado esos principios a sus Cartas Magnas, como es el caso de la Constitución Española de 1978 (todavía vigente, por si alguno no lo recuerda). Estos son los marcos normativos irrenunciables que deben presidir la convivencia social y la actividad política.   

Trasladado todo esto a la interculturalidad, debemos afirmar que también ésta tiene límites, pues no toda costumbre o práctica puede ser aceptada y consentida, por muy propia que sea o muy arraigada que esté en determinados grupos culturales. Por desgracia, siempre aparecen posturas extremistas, en casi todos los asuntos humanos, que sacan de quicio las cosas desde planteamientos ideológicos irracionales. Hay quien se empeña, por ejemplo, en negar todo derecho al inmigrante en igualdad con los de la sociedad receptora. Y en el otro extremo, hay quien justifica toda costumbre cultural, por muy cruel o indeseable que sea, hasta ablaciones y lapidaciones.

Pues miren, no, ni lo uno, ni lo otro. La interculturalidad también tiene sus “tolerancias cero”, sus límites y sus exigencias, que obligan tanto a la sociedad receptora o mayoritaria, como a las personas y grupos culturalmente diversos que desean vivir en un país democrático. El respeto no es unidireccional, sino bidireccional y recíproco. Todos, sin excepción, sean nativos o extranjeros, mayorías o minorías, deben cumplir las reglas de conducta y convivencia que se derivan de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y de la Constitución. Una sociedad intercultural no exige a nadie que renuncie a su forma de pensar, pero sí que se ajuste en su forma de actuar.

Bienvenidos sean, por tanto, todos aquellos que deseen compartir con nosotros nuestra tierra, nuestros fines, nuestras ilusiones, nuestros problemas y nuestro trabajo y respeten nuestros principios éticos, que siglos de historia y mucho esfuerzo y sangre nos han costado construir. Nuestra sociedad está llena de defectos, como todas, y también incumplimos demasiadas veces los Derechos Humanos de los que tanto hablamos, pero estos siguen siendo el ideal colectivo de humanidad al que queremos llegar y el contexto normativo en el que debemos movernos. Todos aquellos que no quieran respetar estos límites, ya saben dónde tienen la puerta.

Zapatero morirá matando

 

Era de esperar que Zapatero tratase de colar la eutanasia por la puerta trasera, como es su costumbre. Ya lo avisé en diversos artículos y comentarios: Zapatero morirá matando. Sabe que ya es prácticamente un cadáver politico y que España se está derrumbando a su alrededor sin que ni él ni sus sucesivos ministros muevan un dedo de forma útil (creo que ni de forma inútil lo mueven). Pero no va a renunciar a dejar terminado el plan del laicismo radical cuya culminación le ha sido encomendada, no sé si por su propio enfermizo odio a lo católico o por “otros” que le dirigen en la sombra como una marioneta sin alma para avanzar en su “nuevo orden mundial”, que pasa por eliminar a la Iglesia, la cultura cristiana que conforma nuestras raíces y todo cuanto se interponga ante su implacable rodillo.

Tras haber implantado, desoyendo a todo aquel que le contradijese,  aunque fuese el mismísimo Senado o los dictámenes del Consejo Superior del Poder Judicial o del Consejo de Estado, una buena parte de su proyecto ideológico, que ese y no otro es su proyecto político, ahora va a hacer lo imposible por rematar la faena. Ya consiguió debilitar a la institución familiar con su “divorcio express” y con su disolución del concepto de matrimonio, asimilando a él cualquier unión, sea o no entre hombre y mujer. También ha logrado colar en todas las escuelas su adoctrinamiento ideológico, con la imposición de la Educación para la Ciudadanía y con la “educación sexual” según su propia línea, que pronto se va a impartir en los colegios, así como su intento de introducir otra asignatura más, esta vez sobre su “ideología de género”.

Por supuesto, también ha metido su ley de aborto libre, que eso es lo que es su nueva ley, la llamen como la llamen y por mucho que disimulen. Con ella, el derecho a vivir del ser humano en fase prenatal ha dejado de existir. Además, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, en esa ley ha introducido sus nuevos adoctrinamientos sexuales escolares y la obligatoriedad de que en todas las facultades de medicina, los futuros médicos tengan que aprender a practicar abortos, trasladando el problema de la objeción médica de conciencia a un momento anterior: a la decisión de los estudiantes de medicina de arriesgarse a aprobar o no su noble carrera. Para más inri, en la misma ley vuelve a debilitar a la familia aún más, estableciendo que las menores de edad puedan abortar sin permiso ni conocimiento de sus padres.

Sólo le quedan dos temas para concluir la faena: la eutanasia y cerrar la boca a la Iglesia con su “ley de libertad religiosa”. Muchos piensan que la prudencia y el oportunismo político le desaconsejan que se meta en esos líos, con la que les está cayendo por su absoluta inoperancia para paliar la crisis económica. Quizá eso le digan sus consejeros. Pero no conocen bien al presidente si creen que va a dejar a medias su verdadero proyecto político, aquel que nunca apareció en programa electoral, pero que es su meta real aunque España y el propio PSOE acaben hechos trizas. Si en su propio partido o en el hemiciclo parlamentario no se lo impiden con contundencia, ambas cosas saldrán legisladas a su gusto antes de que salga de la presidencia del gobierno dejando al país hecho unos zorros. Lo dicho, este hombre morirá matando.

Como siempre que auguro cosas indeseables, ojalá me equivoque.

El Papa continúa sus abrazos en Barcelona

 

(Publicado en Análisis Digital el 7-11-2010)

Está claro que la misión que Benedicto XVI siente y realiza como fundamento de su pontificado atañe a la unión, la reunión, la comunión y la reconciliación, al abrazo entre las realidades humanas y las divinas que, al fin y al cabo, no son ajenas entre sí. Realidades que han coexistido varios siglos enfurruñadas por el orgullo humano y que muchos pretenden disociar para siempre en su empeño laicista radical. Benedicto XVI, en cambio, está gastando y desgastando sus últimos años trabajando por la unidad en el amor.

Desde el inicio de su pontificado, todos sus esfuerzos, todos sus escritos, todos sus viajes, todas sus mediaciones, giran sobre dos pivotes, tan bellos y necesarios como arduos y complejos: el ecumenismo o unidad entre todos aquellos que seguimos a Jesucristo (y el acercamiento con las demás religiones) y la reconciliación entre la fe y la razón, entre lo humano y lo divino, entre la religión y la ciencia, entre la Iglesia y la Sociedad. Su vida como Vicario de Cristo pasará a la historia como el pontificado de la unidad.

En sus alocuciones de esta mañana en Barcelona, Benedicto XVI ha vuelto sobre los abrazos a los que ayer invitó a Europa, a España y a cada uno de nosotros, elevando el nivel de su discurso, girando sobre los mismos temas en una armónica espiral de intensidad y belleza ascendente, que impresiona de modo progresivo nuestro espíritu, como una fuga de Bach, como un bolero de Ravel que repite su cadencia cada vez con mayor fuerza, con más riqueza de nuevos matices, hasta hacernos vibrar hasta la médula del alma.

Con su cuidado mosaico de mensajes, ha pintado un precioso cuadro, ha compuesto una emocionante sinfonía. Pincelada a pincelada, nota a nota, palabra a palabra, ha edificado una basílica de fe, belleza y amor en la unidad. Ha construido con sus palabras lo que Antonio Gaudí construyó con piedras: una completa catequesis sobre aquello que es esencial en el cristianismo. Cada palabra pronunciada hoy por el Papa ha encontrado eco eterno en algún pétreo rincón de la ya Basílica de la Sagrada Familia de Barcelona.

En su canto a la unidad, el Papa nos ha invitado a nuevos abrazos:

Abrazo indisoluble del matrimonio, del vínculo esponsal hombre-mujer sobre el que se funda la familia, tanto la doméstica como la gran familia humana. Alianza entre un hombre y una mujer basada en el amor y la fidelidad, a imagen de la Sagrada Familia de Nazaret, que a su vez es imagen de la “familia primordial”, que es la Santísima Trinidad. Abrazo conyugal que hoy el rodillo laicista radical trata de aplastar con su maquinaria mediática y aprobando leyes que desdibujan y debilitan cada vez más el matrimonio. No saben lo que hacen, no porque obren sin intención, sino porque ignoran la radical importancia de lo que deshacen.

Abrazo entre el amor y la libertad, sendos reflejos de la imagen de Dios en el Hombre, que tampoco pueden sobrevivir ni realizarse en plenitud por separado. Nunca será libre quien no sea capaz, con la ayuda de Dios, de amar sin límites, sin barreras, sin condiciones, gratuitamente, sin esperar nada a cambio. Será de por vida un esclavo de su propio egoísmo. De la misma forma, jamás podrá amar quien no sea libre de su solipsismo, de su “ombliguismo”, de su vivir para sí mismo, de su egocentrismo. Ni tampoco podrá amar quien no respete la libertad del otro, quien establezca condiciones al amor.

Abrazo entre el amor y la belleza, que Gaudí, hombre de profunda fe y piedad, supo expresar como nadie en su “opera magna”, la Basílica de la Sagrada Familia. La belleza es un regalo que Dios ha hecho al Hombre, una manifestación sensible de su amor por todo lo que ha creado. La emoción estética es, en el fondo, una emoción trascendente. El mismo Dios es un artista, el Artista, y como tal, ha creado la belleza y nos ha hecho a los humanos capaces de percibirla y gozar con ella. Una belleza cuya máxima expresión es Jesucristo. “La Belleza es Cristo”, pensaba el católico Dostoievski. La belleza es el amor y el amor es la belleza.

Abrazo a la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural. Acogida, protección, cuidado exquisito de todo ser humano que comienza su existencia en el cálido seno de su madre. Respeto inviolable a la vida de cada persona, sea cual sea su edad, su etapa de desarrollo, su raza, su color, su nacionalidad o su grado de “normalidad” física y/o mental. Abrazo a la vida, derecho sobre el que se fundan todos los demás derechos, que ha recibido los más terribles desgarros a través del aborto, de la eutanasia, de las guerras, del hambre y de todas las espantosas injusticias que todavía perduran en pleno siglo XXI.

Abrazo definitivo de lo humano y lo divino, sentido último de la existencia. Tal y como se ve nada más entrar en la Basílica de la Sagrada Familia, la catequesis plástica de Gaudí nos conduce hacia las realidades finales, hacia la escatología, hacia el final de los tiempos, en los que toda la Creación será recapitulada en el abrazo definitivo con Dios en Cristo. Momento final de comunión absoluta, de Gloria, de Cielo, que espera a todos los que han muerto en la esperanza de la Resurrección y a todos los hombres de buena voluntad. Gran esperanza de la Humanidad que le ha sido robada por el materialismo y el ateísmo militante.

La visita de Benedicto XVI nos ha dejado un hálito de esperanza, un anhelo de amar y un refuerzo a nuestra fe. Ha cumplido en España el encargo dado a Pedro por el mismo Jesucristo, tras avisarle de que iba a sufrir combates y tribulaciones: “Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22, 32). El Papa, sucesor de Pedro, ha vuelto a España con sus espaldas cargadas con la cruz del desprecio y la incomprensión de quienes, desde su ignorante odio, buscan la eliminación de la Iglesia. Y nos ha confirmado en la fe, la esperanza y la caridad. ¡Gracias, querido Santo Padre! ¡Hasta el verano próximo en Madrid!

Benedicto XVI llega a España cargado de abrazos

 

(Publicado en Análisis Digital el 7-11-2010) 

El Papa ya está en España. Mientras escribo estas líneas está volando de Santiago a Barcelona. El Vicario de Cristo, aquel que hace las veces de Cristo, que actúa en nombre de Cristo, el “Dulce Cristo en la Tierra” como llamaba Santa Catalina de Siena al sucesor de Pedro, ha pisado de nuevo nuestro país. “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación!” (Isaías 52, 7). ¡Bendito el que viene en el Nombre del Señor! Con esta aclamación recibieron los niños hebreos a Jesús y con esas mismas palabras te recibimos nosotros, Benedicto, Benedictus, Bendito.

En su primera jornada en España ya nos ha regalado tres sustanciosos mensajes. Aún no sabemos lo que nos dirá mañana, en Barcelona. Sus dos primeros discursos, en el aeropuerto internacional de Santiago y en su primera visita a la Catedral de Santiago, junto con su homilía en la Plaza del Obradoiro, han sido una sucesión de invitaciones al abrazo. En el primero, al abrazo entre la fe y la razón; en el segundo, al abrazo entre la libertad y la verdad, y al abrazo de solidaridad efectiva que todo discípulo de Cristo está llamado a ofrecer a todo aquel que sufre. En su homilía, al abrazo de reencuentro entre Dios y el Hombre.

Abrazo entre fe y razón, las dos alas que Dios ha dado al Hombre para elevarse al conocimiento pleno de la verdad y para realizar a su vocación existencial. Sendos dones de Dios que jamás debieron divorciarse, como ha ocurrido de forma cada vez más cerril desde el Renacimiento. Dos regalos que los seres humanos hemos recibido, ambos procedentes del mismo Creador y, por tanto, jamás contrapuestos si no es por la mera estupidez humana. Fe y razón, religión y ciencia, hermanas que tendrían que haber caminado siempre cogidas de la mano y a las que Benedicto XVI está empeñado en reconciliar.

Abrazo entre libertad y verdad. Otras dos hermanas que no pueden vivir separadas, sino a costa de la destrucción de ambas y de la aniquilación de la especie humana. La libertad con la que Dios ha dotado al Hombre, desligada de la Verdad completa del Hombre, de la Naturaleza, de la existencia misma, se convierte en un caballo desbocado, en un navío sin timón destinado a un terrible naufragio. La Verdad sobre lo que somos y estamos llamados a ser, la Verdad que debe ser la aspiración de la ciencia, ilumina el camino de la libertad. La Verdad nos hace libres y no a la inversa, como dijeron un par de necios gobernantes.

Abrazo de amor y solidaridad, en especial con los más pobres de la Tierra, que en nuestros días son los que sufren con más crudeza las consecuencias de la crisis económica y los efectos de las catástrofes naturales. Vocación esencial del cristiano y de toda persona. Diseño original con el que hemos sido creados a imagen de Dios, que es Amor, Trinidad, comunión, familia, comunidad de amor. No hay mayor desgracia para un ser humano que pasar por esta vida sin haber amado, sin haber salido de sí mismo en camino hacia el otro. Benedicto XVI nos llama, como el mismo Jesús, a cambiar el mundo con el amor. No hay otra forma.

Abrazo de retorno, de reconciliación, entre el Hombre y Dios. Europa se ha dejado catequizar por la soberbia laicista y millones de personas se han convencido de que Dios es enemigo del Hombre, que el cristianismo es una rémora para la plena realización adulta de las personas y la sociedad. Vivimos todavía sumergidos en la corriente antitea iniciada en el Renacimiento, consagrada por Iluminismo francés y convertida en hecho social a través de la filosofía atea moderna y la ingeniería psicológica laicista. El Papa nos recuerda la verdad: Dios es el Amigo del Hombre. Sólo con él y en él el ser humano puede vivir en plenitud su auténtica realidad, individual y colectivamente. Ojalá Europa te escuche, querido Santo Padre.

De vuelta con las palabras sobre educación

 

(Publicado el 20-10-2010 en Análisis Digital) 

El pasado mes de mayo publiqué un artículo titulado “De magistri et ministri”, que me valió algunos parabienes y un cariñoso rapapolvo de mi querido y admirado Amando de Miguel. En él esbozaba la sorpresiva oposición etimológica entre ambos términos, invertida con el tiempo. Los maestros, de alto rango en la antigua Roma, cuyos sirvientes fueron sus incultos ministros, fueron perdiendo estatus hasta llegar a ser minusvalorados socialmente e ignorados por los modernos (e igualmente incultos) ministros y “ministras”.

No se acaban aquí las filigranas del lenguaje propio del mundo de la educación. Las mismas palabras “educación” y “pedagogía” tienen curiosas etimologías y evoluciones. Con el verbo “educar”, cuya acción y efecto es la “educación”, ya tenemos el lío armado, porque nos tropezamos con dos posibles orígenes, que curiosamente les vienen al pelo a los defensores de dos modelos distintos de educación. Una opción le viene como anillo al dedo a los educadores “tradicionales” y la otra a los “progresistas”. Veámoslas.

La versión “tradicional” asegura que el verbo “educar” procede del latín “educare”, que significa criar, nutrir, alimentar, meter dentro de. Desde este punto de vista, la educación sería una tarea del educador, un proceso de aportación y enriquecimiento del educador hacia el educando, introduciendo en su mente los contenidos que considere más oportunos. Se trata de “llenar la cabeza”, como diría Montaigne. La memorización realizada a base de “codos”, es decir, con esfuerzo y constancia, es el método por excelencia.

La versión “progresista” aboga por la etimología “educere” (contracción de “ex–ducere”), que significa extraer de, sacar de. La tarea educativa corresponde al educando. El educador es un facilitador o estimulador en un proceso de autoeducación, que permitirá al niño extraer de sí mismo sus intrínsecas potencialidades hasta su total actualización (puesta en acto). El educando es el protagonista de su propia educación y será capaz de construir su propio aprendizaje con una mínima guía. Es la tesis básica del “constructivismo”.

No creo que ambas opciones sean incompatibles. Muy al contrario, considero que se complementan y que cada una por separado son erróneas. Por supuesto que el niño es el centro de la educación, pero no puede ser su propio guía, precisamente porque es un niño. La educación consiste en ayudar al educando a extraer lo mejor que posee en sí mismo. Pero esto no lo logrará sólo, sin sacrificio, sin perseverancia y sin memorizar nada, y mucho menos sin un buen educador que sepa indicarle las mejores metas y cómo alcanzarlas.

Otra palabra de interesante análisis es “pedagogía”. En esta ocasión no hay dudas sobre su etimología, aunque no fue fácil encontrar una denominación para esta ciencia. “Pedagogía” viene de “paidos” (niño) y “ago” (conducir). De estas raíces griegas surgió “paidagogo”, aplicado a los esclavos o libertos que llevaban a los niños y jovencitos a la escuela. No tardaron en escoger a los ayos más despabilados y cultos, para que también actuasen como vigilantes (para evitar “novillos”) y más tarde como ayudantes en sus estudios.

Por eso, pronto el término adquirió un sentido figurado y de mayor dignidad. Aunque al principio convivieron ambos tipos de “conducción”, la física y la cultural, poco a poco se fue abandonando la primera acepción en pro de la segunda. En este sentido de “pedagogo” como guía espiritual más que material, el término fue utilizado por Homero y Eurípides y más tarde citado por San Pablo en su I Epístola a los Corintios (4, 15). Clemente de Alejandría, ya en el siglo II, llamó a Jesucristo “pedagogo de la humanidad”.

No por eso se resolvió el problema de asignar nombre a la ciencia de la educación. Fíjense en que el título de otras ciencias termina en “logía” (de “logos”: palabra, razón): Psicología, Antropología, Sociología… A lo largo de la historia se intentó darle nombres como “Pedología”, que afortunadamente no cuajó, sin que haga falta explicar por qué, al menos en castellano. “Paidología” tampoco triunfó, porque sería más bien la “ciencia del niño” que la “ciencia de la educación”.  Al final, y ya en el S. XVIII, nos quedamos con “Pedagogía”.

Por último, analicemos la bonita palabra “profesor”. Otra que, como sucede con “maestro”, muchos se empeñan en que desaparezca, cambiándola por feos términos como “enseñante”. Sólo “docente”, del griego “doceo” (enseñar) tiene sentido, aunque no tan precioso como el de “profesor”. No hace falta viajar por el latín o el griego. En esta ocasión nos basta el español. “Profesor” viene de la misma raíz que “profesión” y “profesar”. Profesor no es el sólo que enseña, sino el que profesa, el que manifiesta una entrega especial.

Cuando un religioso o un monje toman los hábitos, “profesa” sus votos. Cuando uno da testimonio de sus creencias, hace “profesión de fe”. No es lo mismo “trabajo” que “profesión”. El trabajo, en su acepción más popular, es la labor que uno hace para ganarse la vida honradamente. La profesión es algo más. Es aquello a lo que hemos dedicado nuestro ser ante la sociedad, aquello que profesamos como parte esencial de nuestra identidad y misión en la vida. ¿No es un maravilloso regalo profesar la profesión de profesor?

La Virgen del Pilar, Santiago y la evangelización

 

(Publicado el 13-10-2010 en Forum Libertas y en Análisis Digital)

 

Se celebran hoy tantas cosas a la vez, que se confunden en lo que ha acabado siendo una mera ocasión para un ansiado “puente del Pilar”: Día de la Hispanidad, Día de las Fuerzas Armadas, Festividad de la Patrona de España, la Virgen del Pilar… Tal vez no todos ustedes conozcan en su completa profundidad la bellísima y esperanzadora tradición de ésta última.

Soy consciente de la dificultad de discernir en la tradición qué es historia y qué es leyenda. En este caso y pese a mi mente científica, no me importa demasiado. Porque hay dos cosas sobre las que no albergo dudas: que la Virgen pudo hacer eso y mucho más, y que el mensaje de esperanza, valentía y constancia que contiene es de valor universal y perenne.

Un mensaje entrañable y esperanzador para todos aquellos que intentamos trabajar desde nuestras pobres fuerzas en las distintas formas y vías de evangelización, sea desde la catequesis directa de boca a oído, desde el diálogo académico fe-cultura, desde los medios de comunicación o desde la participación social en defensa de la verdad y del bien.

Una cariñosa embajada que trasciende el tiempo y el espacio, y que hoy vuelve a nosotros con más fuerza y oportunidad que nunca. Una palabra de ánimo que sobrepasa incluso las creencias de cada uno, para hacer diana en el corazón de todas las personas de buena voluntad que combaten cada día por la verdadera libertad, sean creyentes, ateos o agnósticos.

La tradición vincula en esta historia a la Virgen María con el apóstol Santiago, conocido también como Santiago el Mayor o “de Zebedeo”, para distinguirlo del otro apóstol Santiago, el “de Alfeo”. Jacob, este es su nombre original antes de ser transformado por el tiempo (“Yacob” – “Yago” – “San-Yago” – “Santiago”) era hermano de San Juan, uno de los “boanerges” o “hijos del trueno”, como los llamaba Jesús por su vehemente carácter.

Lo cierto es que nuestro Santiago, Jacob, Yago, Tiago, Jaime, Diego, Jaume, o como queramos llamarle, fue uno de los tres apóstoles “íntimos de Jesús”. Fue uno de los primeros convocados al grupo apostólico y estuvo junto al Maestro en momentos clave de su vida, como la Transfiguración o Getsemaní, junto con Pedro y su hermano Juan. Como los demás apóstoles, tras recibir el Espíritu Santo en Pentecostés, fue enviado a evangelizar.

Según la tradición, su destino fue, cruzando en barco todo el Mediterráneo, España, entonces Hispania, provincia romana. El relato se bifurca en cuanto a su entrada en Hispania. Según una versión, entró por “Gallaecia” (Galicia), dando un gran rodeo. De acuerdo con la otra tradición, desembarcó en “Tarraco” (Tarragona), siguió el valle del Ebro y llegó a la actual A Coruña, tras conectar con la vía romana que llevaba allí desde Cantabria.

No murió entonces, sino tras sufrir martirio en Jerusalén, como atestiguan los Hechos de los Apóstoles (Hch 12,2), adonde volvió, según los evangelios apócrifos, para estar junto a la Virgen María y los demás apóstoles en el momento de su dormición, deseo del mismo Jesús, imposible debido a la gran dispersión en que se hallaban los doce por todo el mundo conocido, pero que se hizo realidad a través de múltiples milagros y apariciones marianas.

Sigue la tradición contándonos que, tras haber sido martirizado y asesinado bajo mandato de Herodes Agripa, sus discípulos se las arreglaron para llevar su cuerpo a Iria Flavia, en Galicia, donde el obispo Teodomiro lo descubrió en el “campus stellae” (Compostela), gracias al aviso de un ermitaño, Paio, que vio unas extrañas luces como estrellas móviles en un campo desierto. 

Pese a las dudas de rigor histórico, no es nada descabellado pensar que tan aguerrido y fiel apóstol quisiese llegar, siguiendo el mandato de Jesús de llevar el Evangelio “hasta los confines de la Tierra”, al “Finis Terrae” (hoy cabo de Finisterre), considerado como “el fin de la Tierra” en la geografía latina y precolombina. Tampoco sería nada extraño que sus discípulos quisieran enterrar su cuerpo en la tierra que evangelizó.

Al parecer, con su predicación en Galicia fundó una pequeña comunidad, de la que existen  indicios arqueológicos. Allí escogió, para que prosiguieran su misión, a los famosos “Siete Varones Apostólicos”, que fueron ordenados obispos en Roma y que a su retorno a España fueron acompañados por el mismo Santiago, siguiendo la vía tarraconense.

Aquel equipo de misioneros encontró tal resistencia y rechazo a su predicación conforme avanzaban hacia el noroeste por la cuenca del Ebro que, desalentados por la falta de frutos pese a sus denodados esfuerzos, sintieron la insidiosa y lógica tentación de arrojar la toalla y volverse por donde habían venido. Justo en esos momentos, intervino María.

Antes de su dormición y asunción, sobre el año 40 y “en carne mortal”, Nuestra Señora se apareció al atribulado grupo sobre una columna de jaspe en Zaragoza, sobre el famoso “pilar” que ha dado nombre a su advocación como “Virgen del Pilar”, la “Pilarica”. Con su presencia les dio los ánimos que necesitaban para perseverar pese al aparente fracaso.

Gracias a la Virgen María, aquel grupo de misioneros inició la evangelización de España y España, más tarde, la del mundo entero. Por eso es la Patrona de España y de la Hispanidad. La Iglesia se apoya en los Apóstoles y ellos en Cristo y en María. La “Pilarica” se constituyó para siempre en base sólida en la que sustentarnos cuando todo viene en contra, cuando ya no podemos más, cuando se nos quiebra el valor, la fuerza e incluso la esperanza.

Nuestra Señora fue proclamada por Juan Pablo II “Estrella de la Nueva Evangelización”. Ella fue la primera en acoger el Evangelio, la Buena Nueva. En su seno físico gestó a Jesús y en su seno espiritual, la Iglesia, nos gesta a nosotros a la fe. En ella retornamos al seno materno para nacer de nuevo. Bajo su amparo podremos recobrar siempre el consuelo y la “parresia”, esto es, el coraje para perseverar aun cuando nos acogoten las dificultades.

Que hoy sea un día santo en el que, además de disfrutar del necesario asueto, acudamos a la Santisima Virgen y hallemos en ella el pilar, la columna indestructible de donde partir con renovadas fuerzas, cada cual a su misión.

Jesucristo y las drogas

(Publicado algo reducido en Las Provincias el 7-10-2010)

(Publicado completo en Forum Libertas el 27-10-2010)


Me tendrán que disculpar los teólogos por invadir un poco su terreno, aunque mi abordaje del tema va a ser desde la pedagogía, campo de mi competencia. Espero saber mostrarles, sin forzar los textos bíblicos que citaré, que Jesucristo tuvo contacto con la droga y que con su forma de actuar con ella nos lanzó un profundo y educativo mensaje, que hoy debe resonar más que nunca. En estos tiempos, en los que las drogas les están causando tanto daño, dedico estas reflexiones con especial cariño a todos los jóvenes.

Veamos el pasaje evangélico central sobre el tema en cuestión, un pequeño episodio que todo cristiano habrá leído o escuchado más de una vez, pero que con toda probabilidad le habrá pasado desapercibido si no ha contado con la ayuda de la exégesis oportuna. Los hechos ocurrieron en los últimos momentos de la pasión, cuando Jesús va a ser inminentemente crucificado. Dos evangelistas, Mateo y Marcos, dan testimonio de lo sucedido:

  • “Llegados a un lugar llamado Gólgota, esto es, “Calvario”, le dieron a beber vino mezclado con hiel; pero él, después de probarlo, no quiso beberlo” (Mt 27, 33s).
  • “Le conducen al lugar del Gólgota, que quiere decir: Calvario. Le daban vino con mirra, pero él no lo tomó” (Mc 15, 22s).

Para la interpretación de estos textos, partiré del comentario elaborado por los especialistas en Sagradas Escrituras de la prestigiosa Escuela Bíblica de Jerusalén, incluido en nota a pie de página sobre el texto de Mateo, en la Biblia redactada y editada bajo su dirección:

  • Brebaje embriagante que mujeres judías compasivas solían ofrecer a los ajusticiados para atenuar sus sufrimientos. De hecho, a este vino se le mezclaba más bien “mirra”; la “hiel” en Mt se debe a una reminiscencia del Sal 69, 22 (al igual que la corrección de “vino” en “vinagre” de la recensión antioquena). Jesús rechaza este estupefaciente”.

Jesús, rechazando ese “estupefaciente”, esa antigua droga que hubiera aminorado sus padecimientos, inaugura una perspectiva nueva en la historia, en la que constatamos que en toda época y cultura ha estado presente algún tipo de droga. El hombre ha recurrido siempre a estas muletas psíquicas frente al sufrimiento. Jesucristo rompe la tendencia. El sufrimiento cobra en él un nuevo sentido, el último y definitivo. No fue un masoquista que gozaba con el dolor. Sudó sangre en Getsemaní, tal fue su terror ante lo que le esperaba.

En aquel huerto, su deseo visceral, su voluntad como hombre, fue de lo más normal: escaparse corriendo. “Padre, si es posible, líbrame de este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Esta fue su oración. Fíjense bien: aparecen dos voluntades, la de Jesús como hombre verdadero, que no quiere sufrir, que quiere librarse de aquel horror, y la del Padre, que le pone delante la pasión y la cruz. Jesús escoge la del Padre. Asume su misión de mostrar y demostrar lo que es el amor hasta el extremo, el amor de Dios.

Si Jesús hubiera aceptado la droga que le ofrecían las mujeres, no hubiera cumplido su misión. Habría sido un ajusticiado inocente más, pero no nos hubiese salvado ni redimido de nada. Sólo cargando en su Cruz todo el mal de la Humanidad, mató a la muerte con su muerte y resurrección, liberándonos de la esclavitud a la que, según la Carta a los Hebreos (2, 15), estábamos sometidos de por vida por el “miedo a la muerte”, por el temor a la muerte del propio ser que conlleva amar al otro tal cual es, en sus debilidades.

Jesús fue el hombre por excelencia, el hombre completo. “Ecce homo”, he aquí el hombre, proclamó sin saber el alcance de sus palabras el escéptico y cobarde Pilatos. Aun siendo Dios y Hombre verdadero, durante su vida terrena sólo se llamó a sí mismo “Hijo del Hombre”. En él, Dios revela el hombre al propio hombre, nos muestra quiénes somos en su diseño original. Jesús fue el hombre total, el hombre que asume la realidad integral, que toma su vida en peso, sin alienarse, hasta las últimas consecuencias.

La sociedad actual, como la de todos los tiempos, pero con una obsesión más potente y peligrosa que nunca, ofrece el espejismo de felicidad, de escape al sufrimiento y de sensaciones placenteras que produce las drogas, cada vez más abundantes y variadas. Espejismo que tarde o temprano se rompe en mil pedazos difíciles de recomponer, porque destruye a la persona y la arroja a un infierno mil veces peor que aquel del que prometía librarle. Espejismo que sólo beneficia a los desalmados que participan en ese multimillonario negocio.

Espejismo, además, que interesa a los que anhelan el poder a toda costa, porque saben muy bien que es más fácil dominar a su antojo a una población entontecida y aletargada con la droga. Queridos jóvenes, esos neototalitarios camuflados de progresistas que os presentan la droga como una conquista de libertad, os tienen miedo, porque saben que vuestra natural rebeldía juvenil, vuestro impulso de cambiar las cosas, pone en peligro el chollo que se han montado. Por eso os prefieren abobados y desmovilizados por las drogas.

¡No se lo permitáis! ¡No caigáis en su trampa! Cada día se escuchan más voces clamando por la legalización de las drogas, presentándose como defensoras de la libertad o camuflando sus intenciones afirmando que así acabarán con su venta ilegal e incluso que se reduciría su consumo. ¡No hagáis caso a esos cantos de sirena, propaganda del mayor negocio de la historia! ¡Huid de las drogas, afrontad vuestra vida sin esas muletas, mantened la mente bien clara, sed hombres y mujeres libres y luchadores!

Los que todavía no habéis sucumbido a la tentación de la curiosidad o a la presión de vuestros amigos, ¡enhorabuena, seguid resistiendo como valientes! No es más hombre, ni más mujer, quien se deja llevar por la corriente, sino quien mantiene su integridad luchando con valor contra ella. Y aquellos que hayáis caído en la droga o que estéis tonteando con ella, ¡abandonadla ya mismo, antes de que sea demasiado tarde! ¡Pedid cuanta ayuda sea necesaria, invocad el auxilio de Jesucristo y escapad de ese pozo sin fondo!

Para terminar, ahora sí mosquearé a los teólogos forzando un poco uno de los textos bíblicos. Ya dije que, como pedagogo, no puedo evitar leer las Escrituras en clave educativa. Dice Mateo que Jesús “después de probarla”, no quiso tomar aquella droga. Esa “prueba” de Jesús seguramente no fue más que una mínima “cata” para identificar lo que le ofrecían. Pero, ¿no es posible que al mismo tiempo os estuviera echando un guiño a aquellos que también la habéis probado, para que como él y con él la rechacéis de inmediato?

Mis apuntes para una deontología gubernamental

(Publicado el 28-09-2010 en Páginas Digital)

 (Publicado el 4-10-2010 en Análisis Digital)

(Reproducido el 6-10-2010 en Profesionales por la Ética)

Sin pretender dármelas de “entendido” y hablando tan sólo con la autoridad de un miembro más del pueblo, he esbozado un retrato personal de las aptitudes y actitudes que desearía que configurasen la figura de nuestros gobernantes. Si encuentro algún político que cumpla este humilde bosquejo de deontología gubernamental, no dudaré en votarle. Alguno habrá, digo yo. Si no, lo cierto es que no me compensa perder el tiempo acudiendo a las urnas:

  1. Debe ser ante todo una persona con convicciones sólidas, transparentes, coherentes y profundas, con una concepción integral del mundo y de la vida bien definida, no un relativista funcional que se cambie la chaqueta y hasta la ropa interior de las ideas según la cotización electoral de las mismas. Sus principios tienen que estar claros y definidos. 
  2. Dichas convicciones no puede imponerlas al pueblo, sino que, traducidas en proyectos políticos concretos, debe proponerlas con claridad meridiana en su programa electoral, para que podamos decidir con nuestro derecho al voto si convenimos o no con ellas, sin llevarnos luego la sorpresa de que tan sólo hemos elegido a nuestro propio dictador. 
  3. Como persona pública de máximo rango, su conducta debe ser ejemplar. Ha de ser el primero en cumplir las exigencias legales, éticas y morales que recaen sobre todos los ciudadanos. Debe ser un modelo digno de admiración y emulación, no un mero charlatán. Su mayor enemigo no tendría que ser la oposición, sino su propia hipocresía. 
  4. Tiene que poseer carisma y vocación. No hablo desde una óptica religiosa, aunque no la descarto. Carisma no equivale a ser apuesto, “boquita de oro” o populista. Se trata de poseer una capacidad de liderazgo que ilusione por su honesta calidad humana. Su vocación no puede ser otra que la de servir al bien común de sus gobernados. 
  5. Su imagen personal debe ser digna, coherente y adecuada a su alto cargo y a su función representativa de su país. La ostentación, la marrullería, la presunción, la afectación, la pedantería, el disimulo, la mentira, el fariseísmo y la falta de vergüenza y sentido del ridículo deberían incapacitarle sin contemplaciones para el ejercicio del poder. 
  6. Debe poseer la máxima cualificación académica y profesional. Nadie encargaría un puente a un cirujano o se dejaría operar por un arquitecto. Debería ser Doctor en Ciencias Políticas y estar muy bien cualificado en su área de competencia (sanidad, educación, economía…). Ha de ser de los mejores y además dominar varios idiomas, como mínimo el inglés. 
  7. Debe sujetarse siempre al imperio de la ley, cuya máxima expresión es la Constitución o Carta Magna de su país, el marco de identidad y de legalidad que el pueblo soberano se ha dado a sí mismo ratificándolo mediante sufragio universal. Si no se somete por completo a las exigencias de este marco legal de máximo rango, no debería gobernar. 
  8. Puede no estar de acuerdo con la Constitución y, siempre que lo haya anunciado en su programa, promover el procedimiento legítimo para modificarla, el cual pasa por un nuevo sufragio universal, pero jamás puede vulnerarla por la puerta trasera utilizando el poder legislativo de su partido para generar leyes que “puenteen” la Carta Magna. 
  9. No debe perder jamás de vista el hecho de que no es ni más ni menos que un servidor público de alto rango. Es legítimo que gane un buen sueldo, digno y bien proporcionado a la gran responsabilidad que asume. Nada más. Debe renunciar a regalos, privilegios, ostentaciones y a cualquier fuente de ingresos que no sea transparente y legítima. 
  10. Al igual que la vocación de un periodista debe ser servir a la verdad y no a “su verdad”, la vocación de un político debe ser servir al bien común, no a su bien particular. El poder que le concede el pueblo soberano es tan sólo una herramienta que necesita para hacer su trabajo, no una ocasión para medrar, ni para imponer su santa voluntad. 
  11. El poder debe utilizarlo única y exclusivamente para llevar a cabo las tareas que el pueblo le ha confiado, según las formas y modelos que propuso en su programa. Debe asumir que los gobernantes son para el pueblo y no el pueblo para los gobernantes. Lo contrario haría de él un dictador autócrata, por mucho que su ascenso al poder fuese legítimo. 
  12. Los votos de los ciudadanos no son una carta blanca para que haga lo que le venga en gana, sino la concesión de su confianza temporal para que lleve a cabo un encargo concreto que debe cumplir. Su elección no le autoriza para llevar a cabo ninguna acción que no haya sido antes anunciada en su programa y  secundada en las urnas. 
  13. Debe ser hombre o mujer “de Estado”. Una vez ha llegado al poder, debe gobernar para todos y no sólo para los que le apoyan o votan. No puede hacer acepción de personas, ni favorecer con ningún tipo de prebendas a sus parientes, amigos, copartidarios, simpatizantes y comparsas de turno. El erario público no es suyo, es de todos. 
  14. No sólo debe gestionar correctamente todos los asuntos que le competen respecto al país que gobierna, sino que también debe velar por su mejor imagen, respeto, consideración y posición en el marco internacional. Nuestros “países amigos” deben ser las mejores democracias, no las dictaduras bananeras o las autocracias medievales. 
  15. Por último, ha de tener la humildad, la honestidad y la talla humana necesarias para reconocer sus errores, pedir disculpas y rectificar de inmediato. Si los fallos son graves, debe asumir sus responsabilidades políticas, dimitir, disolver el Parlamento y convocar nuevas elecciones, dejando que el pueblo le renueve o le revoque su confianza.

Acto de presentación de la Federación Educación y Desarrollo en Libertad de la C.V. (FEDEL)

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Tendrá lugar, D.m., el próximo sábado 25 de Septiembre, en el Salón Ausias March del Centro Cultural Bancaja, Plaza Tetuán Nº 23, 46003-Valencia. Inicio del acto a las 10:30 h.

 

A todos los que amáis y defendéis la educación en libertad, os comunico una magnífica noticia que quizá ya conocéis, pero que deseo resaltar:

Tras la implantación por la LOE y los RR.DD que la desarrollan, del conjunto de asignaturas llamado “Educación para la Ciudadanía”, flagrante y semi camuflado plan de adoctrinamiento estatal de los alumnos de Primaria y Secundaria al gusto de la ideología del gobierno de turno, se produjo en toda la geografía española una fuerte oposición social, llegando los padres a presentar más de 50.000 objeciones de conciencia y constituyéndose infinidad de plataformas y asociaciones con el objetivo de aunar fuerzas y ánimos e informar y ayudar a los padres en esta lucha sin cuartel. Con el nuevo añadido del adoctrinamiento sexual, la batalla se ha recrudecido mucho más todavía.

Diversas entidades fueron arrimando el hombro, con mayor o menor intensidad, para asesorar y apoyar a los padres en la defensa del derecho constitucional a que sus hijos sean educados según sus convicciones: Profesionales por la Ética, Foro Nacional de la Familia, Conferencia Episcopal Española… Junto a ellas, múltiples páginas Web (Objetores.org, Diario de un Padre Objetor, Ni un paso atrás, etc.). Y, por supuesto, nuestro querido Hazteoir.org y su página EpC NO. Otras entidades, cuyo apoyo hubiera sido decisorio, como FERE-CECA y EyG, no se atrevieron o no quisieron sumarse al frente de batalla, conformándose con un débil e insolidario “pacto” con el gobierno que les permitiría “adaptar” los contenidos de EpC a sus idearios.

Sea como fuere, los verdaderos protagonistas han sido los numerosos padres concienciados y movilizados en defensa de la educación en libertad de sus hijos, en especial los objetores. Poco podían hacer ellos solos, de modo que fueron agrupándose en centenares de plataformas. Nunca se ha visto en España tamaña movilización social pacífica. En la Comunidad Valenciana surgieron, como en las demás autonomías, diversas asociaciones provinciales. Fue la primera fase de la unión de fuerzas entre familias y profesionales voluntarios, que ha realizado y realiza una ingente labor. El siguiente paso era lógico: seguir aunando fuerzas. La multitud de pequeñas entidades debía asociarse o federarse para sumar y coordinar los esfuerzos.

Así nació, en la Comunidad Valenciana, FEDEL, federación que reúne, por el momento, a seis de las entidades comprometidas en la promoción de la educación y el desarrollo en libertad. También, como era lógico y cabal, se constituyó en octubre de 2009 una federación nacional, España Educa en Libertad, con el propósito añadido de constituirse en interlocutora ante las autoridades estatales, en representación de los padres asociados en las plataformas federadas. El próximo sábado, FEDEL, la Federación Educación y Desarrollo en Libertad de la Comunidad Valenciana, va a presentarse oficialmente ante la sociedad, en un interesante y entrañable acto al que todos estáis invitados. Para más información, leed lo siguiente:   

Qué es F.E.D.E.L.

La Federación Educación y Desarrollo en Libertad es una entidad de ámbito autonómico, constituida por 6 asociaciones sin ánimo de lucro radicadas en las tres provincias valencianas: Alicante Educa en Libertad (AEL), Asociación de Educadores Cristianos de Alicante (AECA), Castellón Educa en Libertad (CEL), Asociación Católica de Maestros de Valencia, Asociación Juan Pablo II por el Desarrollo Humano de Alzira y Valencia Educa en Libertad (VAEL). Según sus estatutos, a FEDEL “pueden sumarse otras entidades” que, “en el ámbito público, y esencialmente educativo”, reivindiquen “la libertad ideológica, religiosa y de culto, así como los principios que conforman la estructura intrínseca de la dignidad humana: la verdad, la moral (el amor) y la justicia”.

Entre otros fines, la Federación se propone defender los derechos de los padres a educar a los hijos en las propias convicciones, a elegir la lengua vehicular en la que los menores han de recibir la enseñanza y a acogerse a la objeción de conciencia cuando en la actividad escolar se incurra en adoctrinamiento ético y/o moral ilegítimo. También anuncia la creación de un Observatorio que denunciará ante la administración educativa –y, si ello fuese necesario, ante los tribunales– cualquier tipo de atentado que pudiera producirse contra los derechos antes mencionados.

Programa del Acto de Presentación

  •  10:30 h. Salutación y presentación del acto y de FEDEL, a cargo de su Presidente, el Dr. D. Jorge Sánchez-Tarazaga y Marcelino, Abogado.
  •  11:30 h. Conferencia impartida por el Dr. D. Francisco Jiménez Ambel, Abogado y Secretario del Pontificio Instituto Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia, con el título: “Libertad de educación como libertad de pensamiento”.
  •  12:30 h. Intervención del Rvdo. Sr. D. Rafael Cerdá Capuz, Presidente de la Comisión Diocesana de Enseñanza y de la Fundación Colegios Diocesanos de Valencia.
  •  12:45 h. Intervención de la Honorable Sra. Dª. Concepción Gómez Ocaña, Secretaria Autonómica de Educación de la Generalitat Valenciana, que clausurará el acto.

NOTA: Para localizar y conocer las formas de llegar al lugar del evento, pueden pinchar en el enlace al Centro Cultural Bancaja que consta en el texto en cursiva del encabezamiento de este artículo.

El pastor que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina

 

(Publicado en Las Provincias del 11-09-2010 y en Análisis Digital del 25-11-2010).

En los últimos días, hemos sufrido un alud de noticias sobre la pretensión del estadounidense Terry Jones, pastor protestante de una exigua comunidad en la también pequeña localidad de Gainesville (Florida), de quemar ejemplares del Corán en este 11 de septiembre, según él como conmemoración del atentado a las torres gemelas del WTC y como protesta por la construcción de una mezquita junto a la zona cero, el triste solar que ha quedado expósito tras el terrible atentado que segó la vida de casi 3.000 personas.

Primero anunció a los cuatro vientos la quema de los textos sagrados. Luego, tras haber captado la atención incluso del gobierno de su país por las posibles repercusiones, anunció que renunciaba a sus intenciones ante ciertas promesas del Sr. Barak Hussein Obama. Después saltó a la prensa que “se lo está pensando” y que tal vez sí se lance a consumar su pirómana idea. ¡Vaya forma de alcanzar notoriedad y fama la que se ha montado este excéntrico pseudo-cristiano, tan fanático como aquellos a quienes critica!

Aunque me parece una provocativa y desafortunada idea la construcción de una mezquita justo en ese lugar, cualquier persona razonable y de buena voluntad sabe que el Corán, e incluso el Islam considerado globalmente, no son los culpables de los atentados del 11-S, ni del terrorismo islamista. Los responsables de esos espantosos crímenes son grupos extremistas violentos que se consideran a sí mismos musulmanes y tratan de justificarse interpretando el Corán a su antojo, pero no lo es el Corán en sí mismo.

Como cristiano católico, reconozco con pesar las barbaridades que, a lo largo de la historia, se han cometido en nombre de Dios, de Jesucristo y de una interpretación errónea e interesada de la Biblia. Las han hecho supuestos católicos y las han hecho supuestos protestantes. Es fácil abrir la Biblia, sobre todo el Antiguo Testamento, interpretarla a gusto del fanático de turno y sacar citas fuera de contexto para justificar casi cualquier cosa. No por eso la Biblia merece ser quemada. Ese pastorcillo de Florida debería saberlo.

Los textos sagrados de las principales religiones contienen mensajes de fe, esperanza, amor, paz y vida ética y moralmente correcta. Interpretados en su globalidad y en su contexto histórico, con sabiduría, erudición y recta intención, no puede extraerse de ellos justificación alguna para actos violentos ni crimen alguno. Enarbolar la bandera de una religión o un nombre de Dios para cometer tales atrocidades jamás es legítimo. Dios “odia” la violencia, se apele a él como Dios, Alá o con el tetragrama hebraico.

El cristianismo ha ido comprendiendo cada vez mejor esta realidad y hoy en día ninguna gran iglesia piensa ni de lejos que de la Biblia pueda extraerse alguna enseñanza que justifique o aliente la violencia y el asesinato. El Islam, religión más joven, también ha ido comprendiendo –exceptuando los grupos extremistas– que el corazón del Corán es pacífico. Los musulmanes no tienen una institución que los aúne a todos, como el papado católico, y les es difícil dejar constancia de ello en un “concilio”, pero en general es así.

Por desgracia, es necesario seguir defendiéndonos de esas sectas islamistas fanáticas. No podemos permitir que se vuelvan a producir tan horrorosos atentados. Los más altos líderes de las religiones mayoritarias llevan años dialogando, alentados por el impulso ecuménico católico, para intentar realzar los puntos de comunión entre sus respectivas confesiones. Uno de los temas de  unánime acuerdo es que ni el nombre de Dios, ni los textos sagrados, pueden ser invocados para justificar forma alguna de violencia.

Ni la Biblia tiene “la culpa” de las atrocidades que algunos hombres han cometido retorciendo su contenido, ni tampoco la tiene el Corán. Quemar el libro sagrado de una religión es un acto de ignorante fanatismo y de inhumana falta de respeto hacia las creencias ajenas. Tal acción, más propia del Medioevo que del siglo XXI, sólo puede servir para alimentar más odio y más violencia. Si ese pastor en verdad quiere ver al mundo libre de fanáticos violentos, debe comenzar por abandonar sus propios fanatismos.

No piensen que, por decir estas cosas, me trago las chafarderías de Zapatero sobre su estúpida “alianza de civilizaciones”. Difícilmente se pueden “aliar” dos colectivos humanos todavía por civilizar. La parte islámica está formada todavía por retrógradas autocracias o teocracias, unas más abiertas que otras, con la peculiar excepción de Turquía. En muchas “repúblicas islámicas” (así llaman hipócritamente a sus dictaduras teocráticas), aún se practican lapidaciones, ablaciones, leyes de talión, desprecio a la mujer, etc.

La parte “de aquí” (no sé cómo llamarla, si ya no quiere ser “cristiana”), que está formada por democracias (eso dicen) y todo parece muy avanzado y muy progresista, es una gigantesca mentira en recesión, no sólo económica, sino también humana, ética y moral. No lapidamos, pero el Tío Sam aún permite la pena de muerte; no hacemos ablaciones de clítoris, pero asesinamos a los niños en el seno de sus madres; no seguimos la ley del talión, pero fabricamos leyes injustas como churros; y seguimos despreciando a la mujer.

Seguimos despreciándola porque no le facilitamos su maternidad y la empujamos a la tragedia del aborto;  seguimos despreciándola porque el feminismo radical neo-machista que ha impregnado las cúpulas del poder no la valora por sí misma, sino que “caballerosamente” le regala cuotas sin méritos; seguimos despreciándola porque no eliminamos la prostitución, ni su utilización como objeto sexual y publicitario; seguimos despreciándola porque la conciliación eficaz del trabajo fuera y dentro del hogar es un cuento chino…

Todos tenemos mucho que aprender en humanidad. Los de “esta parte” poseemos mucha ciencia y muy poca conciencia. Mucha tecnología y muy poca sabiduría para utilizarla sin que se nos apodere y nos esclavice. Hacemos mucho “ruido” con la justicia, la igualdad y la solidaridad, pero damos muy pocas “nueces”. Nuestro “way of life” comodón y burgués, ahora en justa y lógica crisis, no ha sido más que una inmoral “dolce vita” sustentada por la explotación, la miseria y el hambre de dos tercios de la Humanidad.

El pastor Jones, tan americano él, debería pensárselo dos veces antes de menospreciar al Islam en bloque y echar una miradita en torno suyo. Si fuese honesto en su ojeada, vería las salvajadas que produce a diario su amada patria, que tanto se llena la boca con el “God bless USA”. Y no creo que, tras ver tanta tragedia, se le ocurriese quemar su Sagrada Biblia, ni su adorada Constitución. Más le valdría a ese predicador de pacotilla dejar de soñar con cerillas y bidones de gasolina y pedir a Dios un poco de humildad.

Añado, el 30 de marzo de 2011, el siguiente enlace: ”Quema del Corán en los EE.UU. Los cristianos paquistaníes en peligro“.

Por una Tierra Santa en paz y concordia

Con Simon Peres 1

“¡Jerusalén, Ciudad Santa! ¡Dichosos los que te amen! ¡Dichosos los que se alegren en tu paz!” (Tb 13, 9.14)

 

Con esta bellísima cita del bíblico libro de Tobías, quiero iniciar una humilde reflexión personal sobre el nuevo proceso de paz que parece haberse abierto con seriedad y responsabilidad en aquella tierra,  santa para las tres grandes religiones monoteístas y, paradójicamente, tan castigada a lo largo de la historia por la división, la violencia y la guerra.

 Aunque no hay un acuerdo entre los especialistas, uno de probables orígenes del topónimo ”Jerusalén” (Jerusalem), hace referencia al término semítico arcaico ”salem”, del que se derivarían los posteriores ”shalom” y “salam”, vocablos que expresan, en hebreo y en árabe respectivamente, la paz y el deseo de la misma. Según esta etimología, la capital espiritual de Tierra Santa, la Ciudad Santa, está llamada a la paz desde su nacimiento. ¡Qué maldita ironía que aquella bendita tierra esté manchada con tanta sangre!

Me considero incapaz de comprender en todos sus detalles y profundidad el llamado “conflicto palestino-israelí”, pero desde el punto de vista de un sencillo observador cristiano católico, amante empedernido de aquellos entrañables parajes donde sucedieron todos los principales acontecimientos de nuestra fe, me produce una infinita tristeza que dos pueblos que se consideran a sí mismos hijos de Abraham, no hayan sido capaces, por el momento, de negociar alguna forma de convivencia que asegure una paz duradera.

Desde 1978, con los famosos acuerdos de Camp David, se han realizado multitud de intentos, con o sin mediación exterior, de alcanzar la paz, pero ninguno de ellos ha resultado eficaz y perdurable. No obstante, estoy seguro de que, excepto algunos fanáticos extremistas, causantes de muchos de los descalabros de los acuerdos, ambos pueblos necesitan y anhelan vivir en paz. ¿Tan difícil es ponerse de acuerdo para alcanzar un bien que todos desean? Lo dicho, jamás podré entender aquel conflicto que no parece tener fin.

El Primer Ministro Israelí, Benjamín Netanyahu, afirmaba ayer en su entrevista con su homólogo palestino, Mahmud Abbas, que la consecución de una paz duradera necesitará importantes e incluso dolorosas cesiones por ambas partes. Seguro que sí. ¿Pero, acaso no vale la pena asumir ciertas renuncias a cambio del fin de la violencia? ¿Pueden desear dos pueblos mayor bien que la paz, la concordia, el entendimiento y el fin de todo tipo de hostilidades?

Las conversaciones bilaterales que se han reanudado y que está previsto que se repitan cada quince días, son una nueva llama de esperanza. No me parecen descabelladas ninguna de las pretensiones de ambas partes. Los palestinos piden el cese de nuevos asentamientos y el desbloqueo de Gaza. Los ísraelíes quieren que se garantice su propia seguridad sin recibir más ataques. Creo que todo eso es negociable y posible.

En la foto, que no es un montaje, sino que es real, pueden ver a un servidor estrechando las manos de Shimon Peres, Presidente del Estado de Israel. Ya se imaginarán que no estoy sellando con él un acuerdo “en la cumbre”. Sólo fue una inesperada y agradable casualidad encontrarme con él en la terraza del Hotel King David de Jerusalén hace unos años, en el 2003 si no me equivoco. Conservo la fotografía, hecha todavía con una cámara de “carrete” fotosensible (no había aún digitales), como oro en paño.

Peres es uno de los pocos políticos de izquierdas que admiro, por sus constantes esfuerzos e iniciativas por alcanzar la paz. Por eso no dudé en acercarme a él para saludale y felicitarle. No sólo conseguí que sus escoltas me dejaran aproximarme y charlar un poco con él, sino que con la cara dura que me caracteriza, le pedí a uno de ellos que nos sacara la foto. Al venerable anciano, muy emocionado ante el hecho de que un sencillo españolito de a pie le conociera y admirara, se le humedecieron los ojos.

Shimon Peres ha apostado siempre por el diálogo como medio de resolver el conflicto. Estilo de hacer las cosas que le valió la concesión del Premio Nobel de la Paz en 1994, y que le costó la vida a su copartidario laborista Isaac Rabin, también Premio Nobel de la Paz y, además, Premio Príncipe de Asturias a la Concordia, que le fueron otorgados en el mismo año de 1994.

A la par que Netanyahu se reunía ayer con Abbas, con la mediación de Hilary Clinton, Peres se entrevistaba con el Papa Benedicto XVI y ambos manifestaron públicamente su confianza y esperanza en el nuevo proceso de paz, además de condenar toda forma de violencia y apostar por la satisfacción de todas las necesidades de ambos pueblos y por el diálogo interreligioso.

Yo también espero, de todo corazón, que de una vez por todas ambos pueblos puedan ver cumplidas sus legítimas aspiraciones y vivir para siempre en paz.

El indigno mercado de los valores

 

No se preocupen, no voy a hablar de economía, ni de las oscilaciones de las bolsas, ni de inversiones y cotizaciones. No voy a referirme a ese mercado de valores crematísticos del “parquet” bursátil, sino al mercado de otro tipo de valores, aunque relación tienen entre ambos. Voy a denunciar la banalización de los valores humanos, los valores éticos y morales, los valores culturales, que parecen haberse convertido en un producto más del mercado, cambiable y vendible según el interés del momento y al mejor postor.

El tema sobrepasa al pluralismo, que aboga por la tolerante aceptación de (casi) todos los valores; sobrepasa al relativismo, que niega la existencia de ningún valor universal o absoluto; y sobrepasa al positivismo, que propugna la libre creación de valores sin referencia a ninguna base natural o universal previa. ¿Pueden llevarse los valores humanos a un nivel todavía más bajo? Parece que sí. Es un hecho que los valores, para muchas personas –sobre todo públicas– han pasado a ser una simple moneda de cambio.

Todo esto suena a la famosa e irónica frase atribuida a Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”. Lo que el genial actor cómico tal vez dijo como una graciosa y aguda paradoja, para muchas personas ha pasado a ser una práctica común y corriente. La coherencia con los propios principios quizá siga siendo un valor para muchos, pero, ¿qué sucede cuando esos principios son sólo vacías declaraciones de intenciones que se pueden sustituir por otros al viento de los intereses de cada momento?

Algunos de los actuales “filósofos”, esos mismos que han contribuido a descalabrar las mentes de centenares de miles de adolescentes gracias a que sus libros son de obligada lectura y estudio en multitud de institutos, han hecho de su profesión un lucrativo negocio, renunciando al noble papel de trabajar “a la oferta” (proponiendo nuevos modelos de pensamiento que mejoren la vida humana) para dedicarse a filosofar “a la demanda”, es decir, vendiendo “razones” para sustentar ideologías preconcebidas.

Un valor tan precioso como la “autenticidad”, que alude al “ser uno mismo” y a la coherencia personal, ha sido puesto en crisis por estos pseudo-filósofos convertidos en bien pagados ideólogos. Alguno llega a ridiculizar la “autenticidad” con la burda afirmación de que no existe eso que llamamos “uno mismo”. Para ellos, la vida es, textualmente, como un baile de máscaras, una fiesta de disfraces en la que cada cual debe asumir el “uno mismo” que mejor le parezca en cada situación. ¡Qué pobre concepto del ser humano!

Los valores, las convicciones, los principios, los ideales, que constituyen el pilar desde el que se puede construir una personalidad propia y definida y un estilo de vida con razón de ser, sólo son ahora para mucha gente meras opiniones fugaces, tan mutables como una careta de carnaval. Es muy triste contemplar estas cosas en muchos jóvenes, que por naturaleza deberían ser calderos en ebullición, llenos de inquietudes por cambiar las cosas, por mejorar el mundo que les legamos. Y es indignante verlas en los servidores públicos.

Ya no se limitan a “cambiar de chaqueta” según soplan los vientos políticos. Ahora se cambian también la ropa interior. Antes estaban avezados en el feo arte del “donde dije digo, digo Diego”. La hueca posmodernidad les ha llevado más lejos o, mejor dicho, más bajo: “donde fui de tal forma, ahora soy de tal otra”. Así, de golpe, sin solución de continuidad, sin que tal cambio sea fruto de una maduración o evolución personal. Ahora me conviene “ser” así y, como me da la gana y me interesa, “lo soy” y punto.

Si antes era constitucionalista, porque me convenía, ahora me hago separatista, porque me conviene más. Si antes era antiabortista, porque en su momento me daba una identidad útil, ahora me hago el tonto con el aborto, porque me interesa más. Si antes disfrutaba viendo una corrida de toros, ahora me las doy de ecologista anti-fiesta nacional, sólo por eso, porque es “nacional”. Si antes creía que la educación es un ámbito en el que mandan los padres, ahora prefiero controlarla yo desde el poder. Y así con todo.

Con tanta incoherencia, los españoles vamos locos, despistados, perdidos. Cada vez sabemos menos a quién votar con cierta seguridad. Un convencido socialista vota al PSOE y se encuentra con que el programa electoral que secundó con su voto no se lleva a cabo y, en cambio, se malversa su voto para imponer multitud de graves temas que no figuraban en el programa. Un conservador vota al PP, creyéndolo portador de ciertos valores y luego se queda pasmado contemplando los vaivenes de sus políticos electos…

Es como comprar una entrada para la Traviata de Verdi y luego, al comenzar la función, ver que ponen en su lugar un concierto de Marilyn Manson. Lo peor es que muchos de los frustrados espectadores, ni abandonan el teatro, ni protestan, ni devuelven las entradas: se tragan el inesperado esperpento y vuelven a sacar entradas para la próxima función. Dicen que la democracia española es joven y que por eso falta determinación en el pueblo para actuar. Yo diría que más que joven, nuestra democracia es tonta del culo.

Yo no sé ustedes, pero por lo que a mí respecta, no pienso votar jamás a nadie que no me haya demostrado con hechos y de forma constante y coherente, que posee y ejercita los valores que considero esenciales. Como todo el mundo, quien escribe estas líneas comete innumerables errores, pero no se justifica cambiando sus principios, ni sus convicciones, ni sus valores. Puedo comprender, por tanto, que un político se equivoque. Pero jamás aceptaré que ninguno me tome por imbécil y malverse mi voto.

Los políticos –salvo honrosas y escasas excepciones- se han montado un Olimpo particular y han formado una casta privilegiada situada a años luz del pueblo. El “espectro político” se ha hecho irreconocible, con todos los colores mezclados en una confusa masa marrón. Tanto “transfuguismo axiológico” (de valores) hace imposible reconocer quién es quién, o quién será quién cuando le convenga. Hace falta en España una renovación política de tal calibre, que no sé si será posible. Lo que sí sé es que hay que luchar por ello.

Ellos verán. La gente no es tan estúpida como ellos piensan. Aletargada, eso sí, pero no idiota. Poco a poco, el pueblo (omito deliberadamente el término “ciudadanía”) se va dando cuenta de que los políticos y la política ya no van con él, sino que siguen su propio “rollo”, basado sobre todo en hacer cuanto sea necesario para perpetuarse a sí mismos en el poder. Ve cómo sólo las minorías que les bailan el nano son atendidas de forma privilegiada. En resumen: el pueblo comienza a estar hasta las narices.

Ante la percepción de tanto mercantilismo con los ideales, los principios y los valores, cada vez más descarado, puede suceder cualquier cosa, desde la continuidad de un resignado conformismo mientras todo se derrumba solo, hasta una revolución que lo eche abajo por la fuerza. Espero que no suceda nada de esto. Confío en que el pueblo español sepa demostrar lo que en verdad vale y sea capaz de echar fuera del poder, con su derecho al voto, a toda esa recua de indignos charlatanes que lo creen suyo para siempre.

(Publicado en Análisis Digital el 29-09-2010)

Los abuelos y la educación de los nietos

Yayo y nietos (En la foto, mi padre, con 79 años, hablando con tres de sus nietos, de 15, 16 y 17 años, sobre cómo aprender a ser adultos sin dejarse manipular) 

 

“Evoco el recuerdo de la fe sincera que tú tienes, fe que arraigó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y sé que también ha arraigado en ti”.

(II Tim 1, 5)

Estamos en una cultura –ya no sé si llamarla contracultura– muy cruel con los ancianos, por mucho que el neolenguaje creado por los gobernantes huya de la palabra “vejez” para cambiarla por “tercera edad” y del término “viejo” para sustituirlo por “persona mayor”. Todos sabemos que en una sociedad como la nuestra, en la cual el valor de las personas está en función de su eficacia productiva, aquellos individuos cuyo vigor ya entra en la fase de declive interesan muy poco. Se les considera una carga social inútil y más bien molesta. Por mucho que se esconda tras otros argumentos, la eutanasia, próximo paso en el avance de la cultura de la muerte, está relacionada de forma muy estrecha con esta desgraciada concepción de la vejez.

Que nadie se engañe con las medidas del gobierno respecto a la prolongación de la edad de jubilación. El argumento oficial es que ha aumentado la esperanza de vida saludable, lo cual es cierto, y que hoy en día una persona de 65 años todavía suele estar en plenas facultades para el trabajo. Muy bonito, pero no creo que a nadie se le escape que tal medida, además de taponar la imprescindible entrada de los jóvenes en el mundo laboral, necesaria para abrirse paso en la vida adulta e independiente, no es más que una forma “in extremis” de reducir el gasto social de un Estado arruinado, gobernado por personajes ineptos para generar riqueza, paliar los efectos de la crisis económica y sostener el sistema de pensiones de jubilación.

Un sucinto repaso a los datos demográficos oficiales del INE, nos indica que nuestra pirámide poblacional está insosteniblemente invertida y envejecida. Es una realidad que la proporción de ancianos aumenta, lo cual no es ningún problema, ni mucho menos. El verdadero y gravísimo problema está en que no nacen suficientes niños para equilibrar la balanza. Nuestros mayores merecen todo nuestro respeto, nuestra gratitud y nuestra admiración. Su lugar y función en la familia y en la sociedad es imprescindible. Es una aberración y una insensata pérdida que sean con tanta frecuencia relegados a segundos o terceros planos, aparcados en residencias y abandonados a la soledad. Algo tan moralmente indigno es, además, una lastimosa pérdida social.

Hemos avanzado técnicamente de forma vertiginosa, pero al parecer, no mucho en humanidad. Las sociedades primitivas sabían reconocer el valor de sus mayores mucho mejor que las modernas y posmodernas. La veteranía era un grado. La sabiduría que otorga la experiencia de una larga vida era considerada de tal valor, que los ancianos, cuando no eran los dirigentes directos de los pueblos, eran al menos respetados consejeros. El término “senado” viene de una raíz latina que significa “anciano”. Lo mismo que la palabra “presbítero”, esta vez de origen griego, usada por la Iglesia para designar a los ministros con “segundo grado” de participación en el orden sacerdotal, por encima de los diáconos y por debajo de los obispos.

A los ancianos se les asignaba también un papel esencial en la educación de los jóvenes. Los primeros esbozos de la “escuela” fueron los grupos de niños y adolescentes que se reunían en torno a los venerables ancianos de los primitivos clanes para recibir de ellos todo tipo de enseñanzas, la sabiduría acumulada por su pueblo. La curiosidad infantil y el inquieto ardor juvenil se combinaban a la perfección con la serena autoridad de los más viejos, para producir un hecho educativo de altísimo valor para todos. Hoy en día, toda esta riqueza casi se ha perdido por completo. Los abuelos son “utilizados” como meros canguros mientras se valen para ello y, cuando les fallan sus facultades, son apartados de en medio sin contemplaciones.

Desde luego, hay abuelos que no cumplen bien su misión y se entrometen en la vida conyugal y familiar creando más problemas, conflictos e inseguridad que otra cosa. Pero son los menos. En realidad, el papel de los abuelos, en aquellas familias que todavía saben respetar su lugar, suele ser magnífico, sobre todo en relación con sus nietos. Enumerar todos los beneficios educativos de una buena relación entre ambas generaciones, sobrepasa con mucho la extensión aceptable de un simple artículo. Resumiré mucho, por tanto. Para empezar, afirmaré que el papel de los padres y de los abuelos, lejos de entorpecerse, se complementan y se necesitan entre sí.

La función y la consiguiente responsabilidad de la crianza y educación de los hijos recae, de hecho y de derecho, sobre los padres. Los abuelos tienen bien ganado el derecho a “descansar” de esa tarea que ya hicieron con sus hijos. Dicho en otras palabras, pueden e incluso “deben” permitirse el lujo de ser prudentemente “consentidores” con sus nietos. Si los padres saben estar en su sitio, son ellos quienes detentan la autoridad y quienes deben imponer límites y normas. Los abuelos actúan entonces como factor suavizador que ayuda a dar equilibro a la balanza educativa familiar. Eso sí, no deben desautorizar jamás a los padres, menos aún delante de los nietos.

Otra importante ganancia educativa que proporcionan los abuelos es la curiosa capacidad que tienen para establecer relaciones de complicidad -en el mejor sentido de la palabra- con los nietos. Es curioso que muchos adolescentes tengan más confianza para hablar de ciertos temas con sus abuelos que con sus padres. Es como si las barreras generacionales padres-hijos no funcionasen igual entre abuelos-nietos. Los abuelos suelen tener un “sexto sentido” para detectar problemas y estados de ánimo que tantas veces se escapan a los padres. Y los jóvenes parecen intuir que la sabiduría y la comprensión de sus abuelos va a serles de especial utilidad.

Los abuelos, además, son los “historiadores” de la familia. Quizá comiencen ya a no recordar bien los hechos recientes, pero se acuerdan a la perfección de toda la historia familiar. Las “batallitas” que con harta frecuencia enervan a sus hijos, son acogidas con insaciable curiosidad por los nietos, ávidos de conocer detalles de sus ancestros y encontrarse inmersos en una larga historia llena de acontecimientos sorprendentes e interesantes personajes desconocidos. A esta “memoria histórica” hay que añadir la transmisión de los saberes de la experiencia y los contenidos y valores de la tradición cultural familiar, algo que los abuelos saben hacer como nadie.

Por último, y a sabiendas de que apenas he rozado el tema, he de destacar la fantástica labor que pueden desarrollar los abuelos respecto a la educación en la fe de sus nietos, especialmente en esta generación repleta de padres medio herederos de aquel mayo del 68 francés, que apenas tienen fe y cuya cultura religiosa suele ser deplorable. Una labor cuyos ecos se reflejan tan bien en el fragmento de la Segunda Epístola de San Pablo a Timoteo que encabeza este artículo. Los abuelos no deben saltarse la voluntad de los padres sobre estos aspectos de la educación pero, a poco hueco que les autoricen, están llamados a transmitir la fe a sus nietos. Será su mejor herencia.

Publicado en Análisis Digital y reproducido en Perfiles.

Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis

 

“Le presentaban a unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios”

(Lucas 10, 13-16).

Este breve y conocido pasaje bíblico, que se repite en los tres evangelios sinópticos (San Mateo, San Marcos y San Lucas) casi sin variaciones, es tan revolucionario para su época, como exigente para todas. Presenta una situación en la que Jesús, como hombre verdadero, se enfadó. A ver si vamos dejando en el olvido las estampitas y los falsos conceptos de un Jesús que sólo era Dios, y un Dios melifluo y blandengue, además. Dios es Amor. Jesucristo también. Por eso mismo, porque nos ama infinitamente, se enfada y mucho cuando un ser humano, más aún un niño, es denigrado.

No es un torpe antropomorfismo aplicado por mí a Dios. A Dios nadie le ha visto nunca. Es el Hijo quien nos lo ha dado a conocer. Jesucristo es la imagen de Dios, Dios mismo entre los hombres. Y si Jesucristo se cabrea, nos revela un profundo trastorno en los planes salvíficos de Dios. ¡Mucho cuidado con los enfados de Jesucristo, porque detrás de ellos hay siempre una realidad muy, pero que muy seria, en la que van a haber consecuencias! Cuando Dios, “se enfada”, es porque algo muy grave e importante está en juego.

No es que Dios castigue “a los malos” –precisamente a quien corrige es a sus queridos hijos– porque el pecado es un desorden que acarrea su propia paga, sus consecuencias naturales. Cuando Dios “diseña” al Hombre, afirma hacerlo “a su imagen y semejanza”. Dios es Amor, ese es su corazón, su más íntima esencia. Por eso es Trinidad, es decir, familia, comunidad, tres personas en un solo Dios. Y por eso es creador, porque el amor siempre es expansivo, exige que exista el otro para poder amarlo. Con esa imagen hemos nacido.

La llamada “ley natural” –ya condenada por la dictadura de lo “políticamente correcto” impuesta a su gusto por el laicismo radical– es el reflejo del Dios-Amor a cuya imagen y semejanza hemos sido creados. Con la única excepción de los enfermos de psicopatía, todos los seres humanos saben y sienten, por ejemplo, que matar es objetivamente siempre malo. Subjetivamente pueden exhibirse diversos atenuantes o incluso eximentes, como la legítima defensa, pero el hecho de destruir una vida siempre es una acción indeseable.

Jesucristo, en el pasaje citado, no da un consejito o una sugerencia, sino una “orden directa”: “DEJAD QUE LOS NIÑOS SE ACERQUEN A MÍ… NO SE LO IMPIDÁIS”. Y no la pronuncia con una sonrisita en la boca, sino enfadado. Está irritado porque alguien está tratando de impedir algo que, para los amorosos planes de Dios con la Humanidad, es de capital importancia. Con su disgustada actitud y su tajante mandato, expresa que todo intento de apartar a los niños de Él, toda pretensión de entorpecerles el acceso a su persona es MUY GRAVE.

En nuestros días, sufrimos toda una batería de normas, acciones y omisiones que desacatan directamente este mandato. La ofensiva del laicismo radical aupado al poder, va a por los niños y está empeñada en impedir a toda costa que se acerquen a Jesucristo, que conozcan a Dios. Saben que los pequeños de hoy serán los adultos del mañana, saben que están en las edades más dúctiles, en su etapa vital más plástica, más permeable a la influencia de la educación. Y tratan de manipularlos a través de ella.

El plan está perfectamente trazado. Comenzaron implantando una “reforma educativa”, legislada progresivamente en la trilogía LODE-LOGSE-LOE, que ha dejado tras de sí una generación (ya casi dos) de analfabetos funcionales que nos avergüenzan ante Europa. Continuaron relegando la formación religiosa al plano más ínfimo posible dentro de los currículos escolares. Dieron un paso más, absolutamente decisivo, con la Educación para la Ciudadanía, con la cual abrieron la puerta al adoctrinamiento laicista estatal.

Muchos quisimos advertir del peligro que suponía dejarla introducirse en las escuelas, por muy disfrazada que la presentaran bajo títulos vistosos y aceptables. No se nos hizo caso. Unas decenas de miles de padres supieron ver el caballo de Troya que nos estaban colando en las escuelas. Millones no lo vieron venir, entre otras cosas, porque desde los mismos colegios –incluidos muchos centros católicos– se les puso una venda. La lucha objetora aún no ha terminado, pero el daño ya causado es irreversible.

Mientras los recursos judiciales de los objetores siguen adelante su largo itinerario, que en estos momentos ya ha llegado al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, ellos siguen con su plan. Ahora han conseguido sacar adelante su ley de aborto libre. No pierdo toda esperanza, pero dudo que el TC, que no la ha suspendido cautelarmente sabiendo que las consecuencias de su aplicación son mortalmente irreparables, luego resuelva a favor de los recursos, pues ello les haría responsables de las mismas.

En dicha ley han querido aprovechar la ocasión para dar otro paso adelante en su proyecto de llevar su ideología laicista al ámbito educativo. El mortífero contenido de la ley, junto con toneladas de pornografía más allá de lo imaginable, deberá formar parte de los currículos escolares. Ya hay un ejército de miles de profesores “cualificados” para impartir esos temas conforme al diseño de sus creadores. Además de esta nueva intromisión escolar, todos los estudiantes de medicina deberán aprender a practicar abortos…

El próximo paso para alejar a la infancia de la fe y la moral cristianas, e incluso de los más preciosos valores de la civilización laica, será la publicación a toda prisa, antes de que el ya casi defenestrado Zapatero desaparezca del poder por su inutilidad absoluta frente a la crisis, de la “ley de libertad religiosa”, expresión de la neolengua socialista radical que no significa otra cosa que “ley de mordaza a la Iglesia Católica”.  No quieren dejar que ni los niños, ni nadie, se acerquen a Jesucristo, ni a Dios, sino tan sólo a su ideología antitea.

Entorpecer el derecho constitucional de los padres a escoger la educación que desean para sus hijos, limitar la libertad de expresión pública de la fe cristiana, bloquear cuanto puedan la evangelización, es impedir que los niños se acerquen a Jesucristo. Pero no saben con quién se enfrentan. Ignoran que luchan nada menos que con un Jesús enfadado, que ha ordenado: “NO SE LO IMPIDÁIS”. Dios es Amor y sin duda tendrá misericordia de ellos, pero las consecuencias naturales de este fatídico desorden van a salirles muy caras.

Publicado en Análisis Digital

 

 

 

“La Roja” y la “neolengua”

 

Es inevitable. Hoy todos los graves problemas que nos tienen rodeados pasarán durante unas horas a segundo plano. También nos hace falta, ¡qué caramba!, un poco de descanso físico y mental y un poco de distracción y entretenimiento. Sólo un poco, que no está el patio como para dejarse distraer demasiado con el circo del césar. Pero, disfrutémoslo sin complejos y con pasión. Mañana seguiremos con los verdaderos problemas de nuestro país, espero que con renovadas fuerzas. Hoy, todos a animar a nuestra selección española de fútbol, que se juega contra la selección alemana (durita ella) el pase al encuentro final contra la holandesa, que sería pan comido.

Será deformación “profesional”, aunque no soy periodista sino pedagogo, pero no puedo ni quiero resistir a la tentación de comentar un hecho que, de tan torticero y repetido, me tiene hasta las narices. Habrán leído en el párrafo anterior que he dicho “selección española”. Así se llama el equipo que hoy va a captar la atención de millones de compatriotas. Por mucho que se hayan empeñado en llamarlo “La Roja”, en un nuevo ejercicio de distorsión nominalista de la realidad, es decir, de modificar la realidad cambiándole el nombre a las cosas. Otra manifestación de la “neolengua” que nos imponen implacablemente día tras día los ingenieros sociales del “nuevo orden”.

“Neolengua”, una creación típica de los regímenes totalitarios, proféticamente anunciada y denunciada por George Orwell en su magistral librito “1984”.  Una “neolengua” que destruye palabras para ocultar realidades y crea otras para inventarlas. Una descarada manipulación del lenguaje para encubrir errores, para rehacer la historia a su gusto, para cambiar la percepción de la realidad que tienen las personas, para implantar ideologías dominantes reduciendo al mínimo la oposición, para construir una “nueva realidad” a imagen y semejanza del tirano. Una maquiavélica habilidad en la que los regímenes socialistas radicales han demostrado ser auténticos maestros.

Los ejemplos son innumerables y han sido expuestos en numerosos artículos y ensayos. El ejemplo más reciente, el nombrecito aparentemente “inocente” que le han colocado a la nueva ley de aborto libre: “Ley Orgánica de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo”. Ya ven, ahora a asesinar a seres humanos inocentes en el seno de sus madres se le llama “salud”. Y el homicidio es “interrupción”, palabra que significa detener algo que luego puede ser reanudado, cosa que, evidentemente, no ocurre con el aborto. Abortar es matar y la muerte es irreversible. Más mentiras por centímetro cuadrado, imposible.

Otro ejemplo, menos cruento, pero claramente tendencioso, es eso de llamar a nuestra selección “La Roja”. Parece algo inocente, inocuo, simpático incluso. Pero, de eso nada. Tiene una carga ideológica de hondo calado, que nada tiene que ver con el color habitual de la camiseta de nuestros jugadores. El espíritu de unidad nacional que inspira un campeonato del mundo molesta a los empeñados en partir en pedazos nuestro país y nuestra Constitución. O a los interesados en repelar los votos de esos empecinados secesionistas. La palabra “España” y sus derivadas están siendo empujadas, como quien no quiere la cosa, a la mazmorra de lo políticamente incorrecto.

Eso de que, cuando juega la selección española, gentes de todas las comunidades autónomas, a millones, pongan banderas de España en los balcones, se envuelvan con ellas o se las pongan como capas de mosquetero, no hace gracia a los inquisidores gubernamentales, aunque se lo tienen que tragar por ser un asunto de masas. No te digo lo de pintarse la cara, las manos, el pelo y lo que haga falta, de rojo y gualda. Estos momentos de euforia españolista que provoca la selección española, o los éxitos de Pedrosa, Nadal y otros españoles, no les gustan. Necesitan recurrir a la “neolengua” para paliar tan “perjudicial” efecto aglutinador.

Por eso se han sacado de la manga lo de “La Roja” y han inundado los medios de comunicación bajo su control y contagiado a otros con la puñetita de “La Roja”. España es “la Roja”. ¿Qué afortunada coincidencia para el rojerío, no les parece? El socialismo y el comunismo son rojos. Sus banderas, con puño y rosa o con hoz y martillo, son rojas. El ejército republicano eran “los rojos”. El polvoriento libro de Mao era “rojo”. La plaza principal de Moscú, centro de la antigua Unión Soviética, es (o era) la “plaza Roja”. Ahora, la selección española de fútbol es “La Roja”. Rojo por todas partes. Mal color han escogido mis amigos de DAV, aunque significativo del aborto sí lo es.

Conste que nada de esto disminuye mi amor por mi patria chica, por Valencia y por la Comunidad Valenciana, en la que nací, en la que he vivido y en la que pienso seguir viviendo hasta mi último aliento. Sucede que me cuesta más restar que sumar, dividir que multiplicar. El proyecto común llamado España, como el llamado Europa, no empequeñece ni estorba para nada el proyecto llamado Valencia. Todo lo contrario. Pertenecer a algo más amplio, España, Europa, nos hace aún más grandes. Encerrarnos detrás de nuestras reducidas fronteras sería una completa necedad, pues si algo sobra en este mundo son fronteras, límites, divisiones y separaciones.

Así que, guste o no guste a los que desprecian la Constitución, nada de “La Roja”. Hoy juega la selección española, con camiseta roja y pantalón azul, porque es de todos. Hoy, los españoles, aunque el fútbol no entusiasme a algunos, debemos animar a España. Fíjense en los marcadores. Cuando goleemos a los alemanes: no dirán “Alemania: 1, La Roja: 3”. Dirán “Alemania: 1, España: 3”. ¡Hala, venga, quien no haya colocado ya en su balcón la bandera nacional (mejor con crespón negro por los seres humanos aniquilados por el aborto), que la ponga ya! Sin complejines. Con orgullo. Porque hoy nuestra selección juega y se la juega. ¡A ganar, muchachotes!

Malos tratos espirituales

 

Comprendo y respeto el hecho de que existan personas que no creen en Dios. El mismo San Pablo afirma que “la fe no es de todos” (Efesios 2, 8), lo cual no quiere decir que Dios se la niegue a nadie, sino que es un don suyo que unos conocen, asumen y secundan desde su libertad y otros no. Comprendo y respeto igualmente a los que no se sienten unidos a la Iglesia Católica (u otras iglesias cristianas). Me sabe mal que tantas personas se pierdan la maravilla que es la vivencia de la fe cristiana y sólo eso me mueve a la evangelización y a dar razón de mi esperanza, lejos de todo afán proselitista. Siento el deseo de compartir con los demás un bien tan precioso, nada más.

Muchas personas ”creen” que Dios no existe, aunque tan difícil es demostrar eso como lo contrario. Ya sé que la “carga de la prueba” corresponde a quien asegura que algo o alguien existen. No voy por esos derroteros. Sólo quiero decir que a mí no me convencen las demostraciones racionales, sean ateas o teístas. Que me perdonen los convencidos de unos u otros argumentos, pero en mi mente científica todos se deshacen sin remedio. Si soy cristiano católico es porque he tenido en mi vida experiencias palpables de encuentro personal con Dios. Sólo a partir de esas vivencias de fondo he podido comprobar que la fe en modo alguno está reñida con la razón, sino que se complementan.

Lo que estoy diciendo es a título personal, sin arrogarme la representación de nadie. De hecho, me puede ocasionar algún “tirón de orejas” por parte de los doctores de la Iglesia. No quiero en modo alguno contradecir a San Pablo: “Lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras” (Rom 1, 20). Tampoco soy tan fatuo como para colocarme por encima de sabios como Aristóteles, Platón, San Anselmo, Santo Tomás o Descartes, que elaboraron sugestivas demostraciones. Sólo estoy reconociendo mi propia incapacidad para dar por definitivos sus argumentos. ¡Ojalá pudiera! Menos aún me valen los sofismas ateos tipo Nietzsche.

También comprendo y respeto a los agnósticos, que abandonan las diatribas sobre la existencia de Dios persuadidos de que no hay forma racional de estar seguros de nada en los asuntos metafísicos. Siguiendo con los “comprendo y respeto”, añadiré lo mismo respecto a quienes se han apartado o no han llegado a la fe escandalizados por acciones pasadas o presentes de los creyentes que, aun con numerosas y honrosas excepciones, damos un pobre testimonio. Muchas veces sus juicios son meros prejuicios, generados por información deformada. Otras veces tienen razón, pues somos un desastre. Te pones a buscar a personas que vivan de verdad el Evangelio y…

Aquí se acaban mis “comprendo y respeto”. El siguiente escalón no lo admito ni en broma. Me refiero al empeño de los laicistas radicales en arrancar de la cultura y de las personas todo resquicio de fe, en especial si es católica. Voy a llevar el argumento al extremo: aunque Dios no existiese, la creencia en él ayuda a vivir a miles de millones de personas. Decía Voltaire, nada sospechoso de “cirio”, que “Si Dios no existiese, habría que inventarlo”. Exceptuando los fanatismos y las neurosis religiosas, que no son la fe, sino deformaciones o patologías de la misma, la religión ayuda al bien-estar y al bien-hacer de las personas. Y ayudando a las personas, lo hace a toda la sociedad.

Creer en Dios de un modo firme y sano no perjudica a nadie. Muy al contrario, favorece el equilibrio personal, impulsa conductas responsables, constructivas y altruistas, consuela en los momentos trágicos de la vida, es un agarradero existencial ante el absurdo aparente con el que ocurren las cosas. Es verdad que, por desgracia, muchas veces se ha instrumentalizado la religión para justificar guerras y otras formas de violencia, lo cual es intolerable de todas todas. Pero no es así la fe de la mayoría de los creyentes. Fanatismos aparte, la fe es un inofensivo y poderoso auxilio, además de un brioso motor para adoptar un estilo de vida generoso, solidario y benevolente.

¿Qué hay de malo, por ejemplo, en que una persona que ha perdido a un ser querido tenga el consuelo de la fe, que atenúa su dolor al pensar que la separación es sólo temporal y que la persona amada ha pasado “a mejor vida”? ¿Qué inhumana justificación asiste a los guerrilleros laicistas a robarle ese bálsamo a una persona sufriente? ¿Qué diabólicas razones les empujan a utilizar su maquinaria mediática para realizar un macro-proyecto de ingeniería social cuyo objetivo es erradicar la religión? Dicen que no quieren quitarla del ámbito de lo privado, sino sólo de lo público. ¿Y cómo puñetas van conocer las personas la fe si a ésta se le coarta su libre expresión y difusión pública?

Hay muchas formas de crueldad en este mundo, muchas formas de violencia y de maltrato. Todas ellas repugnantes e inadmisibles, sin excepción. Pero no sólo existen los malos tratos físicos (golpear, matar, privar de alimentos o medicamentos…) y los psíquicos (vejar, despreciar, amenazar, causar terror, abandonar a la soledad…). La “progrecracia” laicista dominante ha inventado y practica con fanática devoción una nueva forma de violencia, quizá la más terrible de todas: el maltrato espiritual. ¿Qué otra cosa es arrebatarle a la gente el consuelo, los ánimos, las esperanzas y los motivos para vivir que proporciona la fe? Es un crimen contra la Humanidad.

¿Ignoran, además, la inmensa labor que realiza la Iglesia a favor de los más pobres y necesitados, atendiendo a seres humanos que la sociedad apenas se atreve ni a mirar por el horror que les produce? ¿Es que no saben quién está cuidando con desinteresado cariño a los enfermos terminales de SIDA, o a las personas con graves deformidades, o a los hambrientos que siguen en aumento por la incompetencia del Gobierno para paliar la crisis? ¿Desconocen que la labor social de la Iglesia ahorró, sólo en 2008, 30.000 millones de euros al erario público? ¿Qué pasa con el incansable y arriesgado trabajo que miles de misioneros siguen realizando en el olvidado “tercer mundo”?

¿Tan satisfechos están esos verdugos de almas de su pueril y egoísta práctica de satisfacer “legalmente” sus caprichitos, con la cara dura añadida de adornar su juerga particular con alusiones a la solidaridad, la libertad, la igualdad y otros preciosos valores que ellos mismos han convertido en basura? ¿Tan orgullosos están de sus “conquistas”, que se sienten autorizados a robar a la gente unas creencias que no hacen daño a nadie y que les alivian en sus sufrimientos y les animan a seguir viviendo? ¡Qué horrorosa violencia la que ejerce a sus anchas esa banda de terroristas espirituales que, para más inri, se autocalifican como “no-violentos”!

Cuidado con el mundial y el verano

 

No, no les voy a aguar la fiesta futbolística, ni el merecido descanso estival. Disfrutemos de todo ello, que buena falta nos hace. Tan sólo quería proponerles unas pequeñas pero creo que  importantes reflexiones. En los últimos días, el Gobierno ha sembrado la confusión –ya no sé si deliberada o fruto de sus torpes vaivenes– sobre la “paralización” o no de su empeño legislativo laicista, concretado ahora en su liberticida proyecto de ley de “libertad religiosa”.  Dicen que posponen el asunto porque en este momento hay asuntos más urgentes (¡no me digan!), pero filtran a la prensa el anteproyecto… Que si que sí, que no que no… Una “parrala”, vamos.

Analizando los patrones de conducta del Gobierno durante lo que va de mandato, no me parece descabellado deducir que todo es una nueva estratagema plagada de mentiras y que llevan la intención de sacar adelante el proyecto de ley cuanto antes. Lo iniciarán deprisa y corriendo, justo en el momento en que los españoles estén más dispersos por el verano. No digo “veraneo”, porque no sé quién va a poder permitirse unas vacaciones con la que está cayendo. Por cierto, hablando de aguaceros, el campeonato mundial de fútbol les ha venido “como agua de mayo”. ¡Menuda suerte la suya!

Recordarán el famoso “panem et circenses” (pan y circo) de Juvenal, frase con la que el satírico poeta romano denunció la astuta táctica de los emperadores como Julio César para mantener al pueblo “desmovilizado” y calladito, entretenido con los juegos circenses y conformado con los chuscos de pan que se repartían entre el público. A un Gobierno que no es capaz de asegurar ni siquiera el pan (símbolo de las necesidades materiales), sólo le queda “el circo” para disimular su tiranía y su incompetencia. El mundial de fútbol le ha servido un buen “circo” en bandeja. Lo aprovechará cuanto pueda.

Se ha dicho que es imposible que el PSOE saque adelante su “ley de mordaza a los católicos” en un plazo breve. Puede ser. Yo no soy analista político y sólo puedo opinar, pero no dar razones de autoridad. Me limitaré a recordar que la actual “aritmética parlamentaria” permitiría que la ley fuese aprobada sin problemas. No olviden que a los partidos pequeños todavía les queda mucha tajada por sacar –si no económica, política– y que no votarían en contra. Es cierto que Zapatero y sus comparsas son ya “cadáveres políticos”, pero aunque sea como zombis, todavía se mueven. Intentarán “morir matando”.

Así que, mientras disfrutan de su descanso y contemplan los partidos de fútbol (quienes les agrade ese deporte, que son muchos millones), no pierdan de vista por el rabillo del ojo las maniobras de otro partido: el PSOE. No sería la primera vez que nos la clavan en verano y perdonen la expresión. Manténganse informados y dispuestos a defender a “la roja” no sólo en Sudáfrica, sino también en las graves cuestiones nacionales que están “al rojo vivo”. Visitando Hazteoir.org con frecuencia podrán seguir cómo van estos asuntos y participar en cuantas alertas e iniciativas sean necesarias.

Nada más y nada menos. ¡A descansar y veranear quien pueda y a ver fútbol quien le guste, pero con una oreja bien tiesa, no sea que al volver de las vacaciones nos encontremos que la España cuya selección nacional habremos jaleado ya no exista. ¿Podrán nuestros jugadores ofrecer la copa de la victoria a la Virgen o ya estará prohibido porque tales actos “ofenden” a no sé qué zoquete intolerante? En fin, sea como fuere, bienvenido sea un evento deportivo que todavía nos permite envolvernos con la bandera nacional o pintarnos la cara de rojo y gualda sin que nos tachen de “fachas”.

Hoy, 16-06-2010, añado un par de notas:

a) Una curiosa “casualidad”. Hoy, justamente cuando España juega su primer partido del Mundial y solapándose con él, el Consejo de Ministros va a aprobar su “decretazo” sobre la reforma laboral. Parece que ellos no van a ver ese partido. Les interesa más “otro”. Además, a la misma hora del encuentro comparecerán en el Congreso las ministras Trinidad Jiménez y Bibiana Aído. ¡Ojo a los goles que nos pueden colar mientras contemplamos el debut de nuestra selección! ¿Es casual tanta coincidencia? Veremos…

b) ¿Se han dado cuenta de la nueva manipulación nominalista que nos han colocado los creadores de lo “políticamente correcto”? Ayer se lo comentaba a mi familia y hoy me lo ha recalcado un amigo. Ya no animamos a “España”, o a la “Selección Española”, o a la “Selección Nacional”. Ahora se llama “La Roja”. “Todos con la roja” es el eslogan “oficial”, para eludir la palabra “España”, que ya es casi tabú. Otro gol que nos han metido con vaselina y casi “como quien no quiere la cosa”. Lo dicho, cuidado con el Mundial.

Primavera Escolapia en Valencia

 

No es una novedad lo que les voy a contar, porque los protagonistas llevan más de dos décadas dedicados a ello, aunque sí lo es que en breve todo podría quedar en agua de borrajas. Trataré de explicar el asunto con mis mejores luces. Los religiosos escolapios de la Provincia de Valencia emprendieron una aventura, en la que todavía siguen enrolados, de refuerzo de la vida espiritual de sus comunidades y centros de enseñanza. Yo no llamaría “renovación” a su labor, sino “optimización”, porque sus fines y actitudes no me parecen una crítica a lo hecho sino un loable y exitoso intento de mejora de lo que ya se hace. El caso es que su labor está siendo en estos momentos objeto de discernimiento para dejarla o no seguir adelante.

Desde luego, por esta experiencia no tiene por qué sentirse reprochada o amenazada en modo alguno la familia escolapia, sino todo lo contrario. Conozco a varios de estos religiosos y sé que nada más lejos de su intención que denostar y mucho menos dividir a una congregación a la que aman con todo su corazón, tanto como aman su misión específica y tanto como aman a los niños cuya formación cristiana les ha sido encomendada. De hecho, no hablamos de “renovación”, sino de “primavera”, es decir, de una explosión de vida que se ha hecho visible y palpabe en sus escuelas. Aún así, han sido objeto de más de una suspicaz mirada o irónico comentario por parte de algunos hermanos. Seguro que eso les habrá ayudado en la humildad.

El trabajo de estos religiosos podría resumirse en que tratan de que las “Escuelas Pías”, sean cada vez más pías, es decir, más piadosas y más evangelizadoras además de escuelas. No es una ocurrencia de los escolapios valencianos, sino una exigencia de su misión específica y del Magisterio de la Iglesia: la escuela católica es un centro de cultura y evangelización (Cf. Gravissimum Educationis, núm. 8). La síntesis de ambos aspectos, “piedad y letras” en palabras del fundador, es la razón misma de la existencia de la enseñanza católica y de la congregación escolapia. Ya pasaron los tiempos en que los religiosos fueron necesarios para ampliar el número de pupitres, especialmente para los más pobres. Eso ya está cubierto hace mucho.

En los umbrales del III milenio, la educación católica continúa siendo necesaria, yo añadiría que más que nunca, más aún que antes de que el Estado asegurase la escolarización para todos. Es todo un emocionante reto para las congregaciones religiosas dedicadas a la enseñanza, un desafío que va mucho más allá de la mera supervivencia de sus centros y que ya no apela tanto a la cantidad como a la calidad. Una calidad no sólo en la excelencia de la formación académica que deben impartir –que por supuesto debe de ser la mejor posible– sino sobre todo en su fidelidad a la urgente misión evangélica que necesita la descreída posmodernidad. La escuela católica tiene un futuro apasionante, si sabe encararlo con sabiduría y arrojo.

Es en este marco de “excelencia misionera” en el que estimo que hay que situar el afán optimizador de estos encomiables religiosos escolapios valencianos, su esfuerzo por ser cada vez mejores cristianos y escolapios, y su denodado empeño por acercar a los niños y a sus familias al encuentro con Jesús. Uno de los pilares esenciales de esta “primavera escolapia” ha sido intensificar de una forma demostradamente eficaz y atrayente los “oratorios” de siempre, uno de los más preciosos legados de la tradición calasancia. Por si alguien no lo sabe, estos “oratorios de niños” están constituidos por una serie de encuentros de oración, contemplación y escucha de la Palabra de Dios. He aquí todo el misterio de su sencilla grandeza.

Tanto en el mundo de la enseñanza, como en el religioso, demasiadas veces se entiende la “optimización” sólo como “innovación”. Quizá sea desde ese ángulo sesgado de donde provienen las dudas sobre el noble empeño de estos religiosos, no lo sé. Sea como fuere, estos hermanos no caminan por esos derroteros. Como el buen padre que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo (cf. Mt 13, 52), han sabido actualizar y potenciar con providencial éxito algo tan genuinamente escolapio como los oratorios de niños. Claro que, por eso mismo podrían ser tachados por los sectores más progresistas de retrógrados, de “arqueólogos religiosos” que entorpecen la innovación desenterrando reliquias pedagógicas o pastorales obsoletas.

No me corresponde a mí el discernimiento “oficial” sobre la bondad o no de lo que están haciendo. “Doctores tiene la Iglesia” y la Congregación para ello. Pero sí tengo un poquito de fe, un poquito de seso y bastante celo por la evangelización, además de 30 años de experiencia como pedagogo. También tengo una boca para hablar y una pluma (bueno, un teclado) para escribir. Déjeseme, al menos, sugerir algunas ideas. Creo no equivocarme si afirmo que uno de los criterios básicos de discernimiento eclesial son los frutos: “Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Así que, por sus frutos los conoceréis” (Mt 7, 18.20). Así nos enseña Jesucristo a distinguir entre los verdaderos y los falsos profetas.

Si algo caracteriza a esta “primavera escolapia” son los frutos buenos. En los oratorios, afloran realmente las capacidades religiosas de los niños, sus dotes para la oración y la acogida de la Palabra de Dios, algo de lo que estaban convencidos tanto San José de Calasanz como el Maestro, Jesucristo: “Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios” (Lc 10, 13-16). Participar en uno de estos oratorios es convertirse en testigo de la realidad del salmo que el mismo Jesús citó al escuchar a los niños que le aclamaban con su Hosanna: “¿No habéis leído nunca que de la boca de los niños y de los que aún maman te preparaste alabanza?” (Mt 21, 16; cf. Sal 8, 3 LXX).

Otro fruto de valor inestimable, tanto desde un punto de vista religioso como pedagógico, es la participación de las familias. Es un caballo de batalla en toda escuela conseguir la colaboración de los padres. Pues bien, es un hecho que un considerable número de ellos se han volcado con entusiasmo en la asistencia, organización y promoción de los oratorios. Además de que su propia fe ha salido no pocas veces reforzada al compartir con sus hijos estas experiencias, se ha conseguido que los padres se olviden de la odiosa práctica de delegarlo todo en la escuela y que se impliquen con seriedad en la educación de sus hijos. Es muy fácil y muy “moderno” hablar de “comunidad educativa”, pero hacerla realidad es un prodigio, se lo aseguro.

Es un hecho que varias Escuelas Pías levantinas han cobrado poco a poco una vitalidad sorprendente, admirable y esperanzadora. Permítaseme, por último, citar el que quizá sea el principal criterio de discernimiento católico: el florecimiento de las vocaciones, no sólo en cantidad, sino también en calidad. ¿Es o no es esto una primavera eclesial? Vocaciones a la vida religiosa, al sacerdocio y también al matrimonio cristiano, a casarse y fundar una familia sobre el cimiento de Cristo. Discúlpenme las autoridades competentes por mi incursión en su terreno de discernimiento. Que Dios les guíe para decidir según Su Voluntad. Tomen estas líneas sólo como un humilde testimonio. 

José Rafael Sáez March, Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación, Psicopedagogo de Menores y Profesor Universitario.

De la diosa razón al dios instinto

 

La sociedad noroccidental moderna creyó haber superado épocas anteriores de infantilismo y haberse hecho adulta “matando” a Dios, prescindiendo de Él. Entronizando a la “diosa razón” en Notre Dame, los iluministas franceses creyeron haber hallado “la luz”, que consistía en abandonar toda tutela sobrenatural para asumir el Hombre –centro y razón de todas las cosas– la tentadora autonomía moral. El trío de grandes falsos profetas del S. XX, Marx, Freud y Nietzsche, terminaron la faena. La modernidad quiso ser la era de la razón, la ciencia y la técnica, la realización definitiva del “homo sapiens”.

Karl Marx, no sólo proclamó un ateísmo filosófico –léase materialismo– sino que calificó a la religión como un instrumento de los poderosos para mantener oprimido al pueblo, un “opio” creado con el objetivo de suscitar conformismo. Sigmund Freud, desde su libidinosa teoría psicoanalítica, redujo la religión a una forma de neurosis y Dios pasó a ser una pueril creación mental, una proyección del “super-ego”, un modo enfermizo de capear las frustraciones. Friedrich Nietzsche, arrasó con sus sofismas y arrastró con su sugestivo vitalismo, pregonando un “super-hombre” dueño del bien y del mal.

La iconoclasta modernidad se propuso derribar dioses, religiones y morales. Se le hizo creer al Hombre que era capaz, con su razón, de construir su propio paraíso y su propia “salvación”. Fue la época del “self”, del “auto”: auto-realización (hacerse realidad a sí mismo), auto-poiesis (construirse a sí mismo), auto-nomía (darse normas a sí mismo). Las pujantes ciencias y técnicas auguraban la pronta solución de todos los problemas. Pero este “sueño de la razón” produjo monstruos, otro tipo de “autos”: las autocracias (estalinismo, nazismo…) Y, para más inri, no ha solucionado nada en verdad importante.

La prometedora tecnología sólo ha conseguido una paradoja: nos ha hecho la vida más cómoda con todo tipo de inventos y artefactos, al mismo tiempo que ha inventado otros cada vez más eficaces y potentes para matar. Un sinsentido que decepcionó y desencantó a la Humanidad, cuya fe en la bondad de la técnica quedó ahogada tras sufrir dos terribles guerras mundiales. La ciencia, despojada del “lastre” de la conciencia, ha descubierto muchas cosas, ha logrado curar graves enfermedades, pero ni la injusticia, ni el hambre, ni la violencia, ni la maldad han sido erradicadas, sino más bien todo lo contrario.

La entusiasta orgía de guiarse a sí mismo con la razón, que embarcó a toda una generación en una ola de optimismo salpimentada con una falsa sensación de madurez,  libertad y progreso, se ha esfumado como “smoke on the water”. Las respuestas siguen “blowin’ in the wind”. “El futuro ya no es lo que venía siendo”, lamentaba el optimista Arthur C. Clark. Las ideologías sufrieron el crepúsculo implacable del fracaso. El impulso contestatario juvenil de la flor en el cañón se evaporó entre nubes de cáñamo indio. La fiesta ha sido un fraude. La posmodernidad es la resaca de aquella borrachera.

Si el modernismo fue la era de la razón, el posmodernismo lo es del instinto. El fracaso de la idolatría de la razón ha obligado a buscar nuevas brújulas. Pero, por lo visto, la Humanidad todavía no ha aprendido la lección, aún no ha sufrido bastante como para recular y retomar con humildad sus raíces perdidas, su despreciada piedra angular, y sigue sin admitir su “heteronomía”, su óntica y existencial dependencia del Otro. El hijo pródigo sigue buscando unas míseras algarrobas fuera de la casa del padre. Es la terrible trampa del orgullo, de la soberbia, que empuja a “huir hacia delante” a cualquier precio, a no reconocer los propios desvaríos, a no rectificar ni por saber morir.

Destronada la razón, al Hombre posmoderno sólo le quedan los instintos para seguir en su empeño por auto-dirigirse. Ignora que la recta razón libera, pero el instinto esclaviza, nos devuelve a la condición de animal irracional no-libre. En su ya extrema necedad, la Humanidad posmoderna trata de “liberar” los instintos llamándolos “derechos”. Ante el naufragio de la modernidad, la consigna es “sálvese quien pueda”. Que cada uno se “busque la vida”. El positivismo jurídico radical que se ha impuesto legaliza los caprichos, convengan o no al bien común, y cada cual “a su marcha”, sin más.

El saber se ha quedado en opinión. La moral en apetencia o conveniencia. La ciencia se ha sometido al servicio de la técnica y ésta a las órdenes de la maquinaria productiva, que crea y recrea sin cesar un consumismo demencial que genera necesidades innecesarias y vende caros sus espejismos de felicidad. La catástrofe económica que amenaza nuestro “bienestar” es hija de ese hedonismo desbocado, tan inmoral como irracional. La felicidad se ha rebajado a divertirse, darse gusto. Para ello hay que consumir y eso cuesta dinero. ¡A por él, caiga quien caiga! Ahí tienen “la crisis”.

A las lenguas llamadas “muertas” porque no se hablan, habrá que unir las “ciencias muertas” porque no producen. Las más nobles tareas humanas se han quedado sin “telos” o fin último. Se educa, por ejemplo, sin cimientos antropológicos, sin un modelo de persona al que es deseable llegar. A los jóvenes se les enseñan “competencias” para insertarse en el engranaje empresarial y poco más. El tipo de persona que lleguen a ser da igual, que sean como quieran o puedan, “no es nuestro problema”. Estamos, quizá por vez primera en la Historia, en una cultura sin “paideia”, sin un ideal educativo.

Vivimos en un mundo en el que no paramos de hacer cosas, pero en el que ya no sabemos ni el por qué, ni el para qué de la mayor parte de ellas. Ya no hay principios ni fines, sino sólo objetivos a corto plazo. Del futuro se habla mucho, pero importa poco, por eso nos estamos cargando el planeta y suicidándonos cultural y demográficamente sin que se nos altere el pulso. Sólo queda el “carpe diem”, el disfrutar al máximo del hoy, más no en un sabio sentido bíblico, sino en la zafia versión de darse el mayor gusto posible y evitarse todo el disgusto que se pueda a costa de lo que haga falta, sin miramientos.

La posmodernidad va a traer mucho sufrimiento, porque vamos a tocar fondo. Hemos roto las tablas, nos hemos atiborrado del fruto prohibido. Y eso mata. Pero terminaré con un soplo de esperanza, porque Dios existe y conduce la Historia. Dios es, está y estará. Hay un sentido último para todas las cosas. Vale la pena creer, vale la pena razonar y vale la pena conjugar sendos dones de Dios para vivir en armonía y plenitud. Como profetizó Juan Pablo II, el tercer milenio va a tener unos comienzos muy difíciles, pero tras ellos surgirá una Humanidad nueva, que habrá aprendido a vivir en paz, justicia y libertad.

(Publicado en Análisis Digital el 09-06-2010)

(Reproducido en los blogs Perfiles y Almudi.org)

 

De magistri et ministri

 

¿No se afanan los políticos en cambiar a su antojo las palabras y las expresiones para endosar al pueblo sus cambalaches ideológicos? ¿No es el uso y abuso del destructivo nominalismo su táctica estelar para justificar sus tropelías morales y camuflar sus errores garrafales, con la sencilla estrategia de cambiarles el nombre? ¿No se quedó corto George Orwell con sus pesimistas predicciones, cuando previó la destrucción sistemática de las palabras que vendría de mano de los futuros dirigentes? ¿No han convertido la evolución del lenguaje en un sucio y taimado juego de destrucción de conceptos y, con ello, de las realidades que definen?

Pues yo también voy a jugar con las palabras. Pero no lo haré con el malévolo estilo nominalista de la panda de listillos de medio pelo que nos gobiernan, sino recurriendo al bonito y siempre instructivo recurso de la etimología. Ya saben, analizando el origen de los términos, las raíces con las que fueron creados, que revelan su significado primigenio. Lo haré con dos palabras antónimas, esto es, con sentidos contrapuestos, aunque no todo el mundo conoce esta oposición. Se trata de los vocablos “maestro” y “ministro”. Antes de proseguir, yo les preguntaría: ¿Quién es más, un “maestro” o un “ministro”? ¿Quién debe predominar sobre el otro?

Comencemos por el origen etimológico de la palabra “maestro”. Viene del latín “magister” (en plural, “magistri”, como aparece en el título de este artículo). Tenemos una raíz, “magis” y un sufijo, “-ter”. “Magis” significa “más”. Por otra parte, “-ter” procede del antiquísimo idioma raíz llamado “indoeuropeo”, anterior al latín y a las demás lenguas, y es un sufijo contrastivo, que indica contraste u oposición. ¿A qué otro vocablo se opone, entonces, la palabra “magister”? ¿Lo adivinan? Pues sí, se creó en contraste con la palabra también latina “minister” (“ministri” en plural), de la cual procede nuestro actual término “ministro”. ¿Por qué esa oposición? Veámoslo.

“Minister” viene de “minus”, junto con el sufijo contrastivo “-ter”. “Minus” significa “menos”. ¿No les gustan a los ministros y “ministras” los jueguecitos de palabras? Pues aquí tienen uno la mar de interesante. Resulta que “maestro” y “ministro” son dos palabras creadas originalmente en intencionada oposición semántica, es decir, en contraste de significados. El maestro es “aquel que es más”, en disparidad con el ministro, que es “aquel que es menos”. No crean que todo esto se quedó en florituras lingüísticas. Así es como se entendieron estas palabras en la práctica y así fue realmente el estatus social original de los maestros y los ministros.

Antes de que el término “magister” fuera adoptado por el mundo de la enseñanza –muy certera adopción, por cierto– se refería a aquel que sabe más, que tiene más conocimiento teórico y mayor destreza práctica en cualquier actividad humana. Los primeros maestros fueron los esclavos libertos griegos, escogidos porque eran los más instruidos entre el “personal” disponible, que enseñaban a los hijos de los patricios romanos. Esa autoridad cultural no tardó mucho en derivar en autoridad en muchos otros aspectos. El “magister” o maestro llegó a ser el que dirigía, el que daba las órdenes, por la sencilla y lógica razón de que era el mejor cualificado para hacerlo.

Todavía hoy el vocablo “maestro” conserva este significado. Cuando decimos que tal o cual persona es “maestra” en algo, afirmamos que domina de forma notable el saber y el hacer de ese algo. Un “maestro de obra” manda, porque se supone que sabe de obra. Si llamamos “maestro” a un pintor o a un músico, no es porque dé clases, sino porque domina de forma eminente su arte. También otorgamos ese título a los toreros que ya han merecido “tomar la alternativa”. En el habla popular, decir a alguien: “eres un maestro”, equivale a decirle que conoce muy bien los intríngulis de aquello que se lleva entre manos. Nada que ver con “ministro”, ¿verdad?

“Minister” o “ministro”, era (y parece que sigue siéndolo) alguien que no tenía ni idea sobre un asunto y necesitaba ser guiado y obedecer. Por eso no detentaba autoridad alguna (cosa que ha cambiando bastante últimamente, si nos atenemos a los currículos y a la “sabiduría” teórica y práctica de nuestro Gobierno). El “minister” era, en sus orígenes romanos, un simple siervo, un subalterno, un criado, al servicio y a las órdenes del “magister”. En el orden social, por tanto, el maestro llegó a ocupar un estatus preeminente y el ministro justo el contrario. Pero hay más, así que sigamos tirando todavía un poco de la manta del fascinante mundo de la etimología.

Veamos lo que significa “autoridad”. También viene del latín, en esta ocasión de la justicia romana, que distinguía muy bien dos tipos de autoridad: la “potestas” y la “auctoritas”. La “potestas” es la autoridad “oficial” o “formal” que se asigna a un cargo para el ejercicio de sus responsabilidades. La “auctoritas”, de donde viene nuestra actual palabra “autoridad”, es un concepto muy distinto. No viene “de serie” con el cargo. Es algo que se merece, que se gana con el trabajo bien hecho, que se suscita en los demás cuando estos reconocen en alguien el dominio de su ciencia o arte, cuando demuestra ser “una autoridad en la materia”, es decir, un maestro.

 Después de lo expuesto, ¿comprenden la estulticia de algunos maestros que prefieren rechazar tan bello y digno título de su profesión y cambiarla por “docentes”, “enseñantes” u otras zarandajas por el estilo? Luego se quejan de que han perdido estatus social, de que ni los alumnos ni muchos padres les respetan, de que sus opiniones no cuentan en las decisiones políticas y de que siguen “pasando más hambre que un maestro”, como se decía en un pasado no muy lejano. Entenderán también la perversidad y estupidez de un sistema, digamos “burrocrático”, que permite que ciertos  personajes políticos se aúpen al poder sin ser “maestros” en nada de nada.

Así nos va el pelo en España. Todo se ha invertido, de forma radical, como ya es costumbre. Los que de verdad saben, los “magistri”, esos que comenzaron teniendo a los “ministri” como criados para servirles y ejecutar sus órdenes, apenas pintan nada. Ni llegan al poder, ni son consultados a la hora de adoptar medidas en cualquier ámbito de decisión, ni se les escucha si acaso llegan a ser consultados. Los ejércitos de asesores políticos, supuestos “maestros” en sus respectivas especialidades, sólo sirven para comerse una buena tajada de nuestro paupérrimo erario público, porque los “ministros”, con su presidente a la cabeza, hacen a final lo que más les conviene.

El presente y el futuro de España, de todos nosotros, está ahora mismo en manos de demostrados ineptos. Muchas mentes privilegiadas que podrían aportar luces en la crisis generalizada que sufrimos (económica, educativa, territorial, social, moral…) no son atendidas, sino, por el contrario, son sometidas a la inquisición de lo “políticamente correcto” (es decir, lo que marcan los “progrécratas” dominantes). Sólo son escuchados, ensalzados y bien subvencionados los que se han vendido al mejor postor y se han convertido en ideólogos del poder. En cambio, aquí puede ser “minister” cualquier zopenco o zopenca que le baile el nano al jefe.

No pretendo defender aquí un “gobierno de los filósofos” al estilo de Platón, que pretendía la creación de una especie de casta de sabios, liberada de “trabajar” y mantenida por todos sólo para pensar y mandar. Ni siquiera abogo por una re-inversión de las cosas mediante el simple retorno al esquema romano de los “magistri” y “ministri”. Pero no he escrito estas líneas sólo para jugar con las palabras, aunque también. Lo que considero de pura lógica y máxima urgencia es que debería existir una estrecha colaboración, si no plena coincidencia, entre los “ministri” y los “magistri”, entre los que saben y los que mandan. Si no, les aseguro que no salimos de ésta.

NOTA: Lo he publicado, algo reducido, en Análisis Digital: pinchar este enlace

2009: reconozcamos lo que ha hecho bien ZP

Es costumbre, al acercarse las últimas fechas del año, repasar lo que éste nos ha deparado de bueno y de malo. Sobre todo, es bonito hacer memoria de lo bueno. En HO la verdad es que no estamos demasiado contentos con el Presidente de España, pero tampoco hay que ponerse así, porque cosas buenas habrá hecho. Seguro que sí. Vean si no, la extensa lista que he preparado con todo lo bueno que ha realizado por España y por los españoles D. José Luis Rodriguez Zapatero, sus Ministros y su PSOE:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Todo esto y mucho más. Que quede constancia. Seguro que en el 2010 la recopìlación será aún mayor.

Feliz año nuevo, Sr. Rodriguez.

27-D: Una bella jornada para la esperanza

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Acudir a la Eucaristía-Encuentro por la Familia Cristiana del domingo 27 de diciembre no ha sido nada fácil para mí y para la mayor parte de asistentes, especialmente para los que no estamos acostumbrados a temperaturas tan frías o nuestra salud flojea. Pero mi familia y yo hemos estado allí y ha valido la pena. Desde luego, hubiera sido más cómodo quedarse en casa y seguir la retrasmisión por televisión. El tremendo madrugón, el viaje de ida y vuelta en un solo día, el plantón de más de cuatro horas, la baja temperatura aunque lució un sorprendente y tímido sol… Para los jóvenes, que los había a montones, muy fácil. Para los que ya no lo somos, no tanto. Pero había que estar allí, y estuvimos. Y, repito, valió la pena. Con creces.

Escribo resfriado y con todos los huesos baldados, pero muy contento. Ha sido un experiencia entrañable en todos los sentidos. Un encuentro en contra de nadie, sino a favor de la familia cristiana, esperanza de la Iglesia y esperanza de Europa. Un modelo de familia eterno, revelado por Dios, indisolublemente unido por el cemento inquebrantable del amor derramado por Jesucristo en sus miembros, abierto a la transmisión de la vida y respetuoso de la misma desde su concepción, transmisor de los mejores valores que la Humanidad ha conocido, los valores cristianos, revelados por el mismo Dios en una progresiva pedagogía a través de la Historia de la Salvación.  Un modelo nada teórico, sino real y palpable, que ha existido, existe y existirá.

Un modelo ninguneado por esta sociedad paganizada, egoísta y empeñada en autoextinguirse, pero que crece bajo el impulso del Espíritu Santo. Un estilo de familia que el progretariado laicista intenta debilitar, porque estorba a sus planes de implantar un nuevo orden mundial basado la autonomía moral. ¿Nuevo orden mundial? ¡Pero si la sociedad que han diseñado no se reproduce, sino que se halla en caída libre hacia el suicidio demográfico! El monstruo social que han creado tiene los días contados, porque es estéril. Al despreciar la procreación y destruir la vida humana concebida se devora a sí mismo. El futuro es de las culturas que tienen hijos, no de las que no los tienen o los matan antes de nacer. Es de cajón.

“El futuro de Europa pasa por la familia”, dijo Juan Pablo II hace años en esa misma Plaza de Lima. Palabra profética cuya verdad se hace cada vez más patente, aunque hay quien no quiere verlo. Los musulmanes, que sí lo ven, no dudan en proclamar que en unas décadas Europa será suya. A mí no me agradaría nada que mis hijos o nietos viviesen un día bajo la Sharia, pero hay que reconocer al Islam que sus fieles están haciendo sus deberes y, nos guste o no, se lo merecen. Europa está vomitando al cristianismo y, todo hay que decirlo, en gran parte ello se debe a que muchas iglesias cristianas se han sumado demasiado al “trend” de la época. El rechazo a la “Humanae Vitae” de Pablo VI está pasando una terrrible factura a la Iglesia Católica.

La participación en el encuentro, no millonaria, pero sí multitudinaria. Lo mejor, además de la Eucaristía, la presencia de miles de familias enteras, padres e hijos juntos. Familias de toda Europa, unidas por el amor y la fe, muchas de ellas numerosas. Infinidad de niños de todas las edades, abrigados hasta las cejas, que iluminaban y caldeaban el día como antorchas vivas, testimoniando, aun sin saberlo todavía, que existe la esperanza para la Iglesia y para la sociedad entera, que tal vez Europa no esté irremediablemete condenada al suicidio colectivo, moral y demográfico.  La familia cristiana puesta “como espectáculo para el mundo”, como decía San Pablo de los apóstoles cristianos. La belleza de la verdad de la familia a la vista de todos.

Este encuentro ha sido una bella jornada para la esperanza. El Espíritu Santo no abandona a su Iglesia y sigue soplando con su imparable potencia. Los Estados, en especial el Español, ni reconocen sus errores, ni tratan de enmendarlos. La Iglesia Católica, pecadora por la debilidad humana de sus miembros y santa por la presencia en ella del Espíritu Santo, sí sabe rectificar, se preocupa con renovada energía de la fe y vitalidad de las familias cristianas, y reconoce y arropa los frutos que Jesucristo incoa desde la base, desde el pueblo de Dios. El lenguaje de nuestros pastores es cada vez más claro y valeroso. La voz de los seglares, también. Estamos en tiempos muy duros y adversos, pero privilegiados, una época fantástica de renovación. Si somos fieles a Jesucristo, siempre habrá esperanza para la Humanidad.

Por la familia, el 27-D, todos a Madrid

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La familia cristiana, piedra angular que sustenta nuestra cultura y nuestra sociedad, está siendo gravemente amenazada por los embates del laicismo radical impuesto desde un Estado cada vez más “padre” y “madre”, más intervencionista y más controlador de las conciencias individuales. Una estructura familiar sólida, basada en el matrimonio estable, con las figuras de padre y de madre, con apertura y respeto a la vida, es un estorbo para esas pretensiones totalitarias. La familia cristiana, modelo trazado por Dios para toda familia, es esencial para la construcción y la pervivencia de la sociedad. Pero posee unos gruesos muros que preservan su intimidad, sus derechos y sus libertades, que le permiten cumplir con su misión de educar a los hijos según sus propias convicciones. De ahí el proyecto de demolición de la misma por parte de un Estado que se ha extralimitado en sus funciones.

Los divorcios “express”, que permiten acabar con un matrimonio sin alegar motivos ni dejar tiempo a la reflexión y la reconciliación. La devaluación de la realidad del matrimonio, equiparándolo con cualquier tipo de unión. La empecinada política antinatalista, que está provocando el sucidio colectivo de la población europea. La ampliación del aborto, que destruye nuevas vidas humanas en el mismísimo seno materno, lugar de la máxima protección, cariño y seguridad. Los intentos de distanciar a los padres de los hijos en la toma de graves decisiones. La intromisión en las conciencias morales a través de la escuela.  Todo un plan maestro de ingeniería social, secundado por una propaganda implacable en programas y series de televisión, para debilitar la estructura familiar y dejar al individuo inerte e indefenso en manos del Estado, o lo que es lo mismo, en manos de quien ejerce el poder de turno.

No podemos quedarnos tranquilamente encerrados en nuestras casitas, viéndolas pasar sin hacer nada. No se trata tanto de embarcarnos en “luchas”, ni en “causas”, como de mostrar a la sociedad la belleza y el bien de la verdad de la familia cristiana. No queremos vencer a nadie, sino convencer.  Y se convence mediante el testimonio público de lo que somos. La Iglesia Católica que está en España nos propone, a través de sus pastores, parroquias, movimientos, grupos y comunidades, acudir el 27 de diciembre a celebrar todos juntos una gran fiesta, una gran eucaristía, un gran encuentro de familias cristianas. Somos convocados a presentarnos tal y como somos, sin miedos ni complejos, sin banderas ni colores políticos, sin más consigna que la de ser iconos vivos de la maravilla que es la familia cristiana. No podemos faltar a esta cita. Por la familia, por nuestros hijos, por la Iglesia, por la sociedad entera, el domingo 27, ¡todos a Madrid!

AVISO: Si aún no has planeado tu desplazamiento a Madrid, todavía estás a tiempo. Acude con tu parroquia, con tu movimiento, con tu grupo, con tu comunidad, o simplemente coge el coche, el tren o el avión y acude con tu familia. ¡No te pierdas esta fantástica fiesta de la familia, de la vida, de la comunidad cristiana! Para más información picha aquí: Por la familia cristiana.

La pedagogía de la cruz

 

(Me lo han publicado el 10-12-09, en Análisis Digital)

En los últimos días han corrido ríos de tinta y millones de bytes sobre el tema de la pretensión gubernamental de retirar los crucifijos de las escuelas y locales públicos. Parece que ya se ha dicho todo, a favor y en contra del asunto. Los argumentos de tipo ideológico, religioso, político y social ya están bastante definidos por parte de los defensores de ambas posiciones. Yo estoy del lado de los que defienden la presencia de los crucifijos y suscribo las razones de peso ya explicadas por otros, que apelan a la libertad religiosa y de culto, y a la preservación de nuestra identidad cultural.

Por eso, no voy a repetir ese tipo de argumentos, que han sido expresados en los medios por diversas personas y entidades, mucho mejor de lo que yo sabría hacerlo. Abordaré el tema desde una perspectiva diferente, la que me compete como pedagogo. Voy a hablar de los beneficios educativos de la cruz y de su presencia en las aulas escolares. De pasada comentaré algunas de las causas esenciales del deterioro de nuestro sistema educativo, que tanto alarma a quien tiene dos dedos de frente. Veremos la relación entre el rechazo a la cruz y la catástrofe educativa que sufrimos.

Empezaré a saco: determinados sufrimientos son necesarios y, aprender a encajarlos, es esencial para la vida. La cruz simboliza el sufrimiento y la muerte, así como, sobre todo, la victoria de Jesucristo sobre ambas cosas, a las que se entregó para salvarnos, abriendo un camino a su través, que cualquiera puede recorrer agarrado de su mano. La cruz expresa aquello que nos supone dolor, frustración, malestar, sacrificio, todos esos aspectos de nuestra existencia que quisiéramos apartar de un plumazo, aquello que nos limita, nos limita, nos fastidia y no comprendemos ni aceptamos.

No es que el sufrimiento sea bueno en sí mismo. Pensar o sentir así es puro y duro masoquismo o sadismo. Pero, por una parte, es inevitable que nos sobrevenga en la vida y, por otra, es necesario en una cierta medida. Sin duda alguna, una de las más nobles empresas humanas es trabajar por eliminar o paliar los sufrimientos de nuestros semejantes. Permanecer impasible ante el sufrimiento propio o ajeno es estúpido e inhumano. Y causarlo de forma intencionada, mucho peor todavía. Pero estas afirmaciones no son un criterio absoluto y sin excepciones, como trataré de explicar.

El sufrimiento, la cruz, alcanza a todo ser humano a lo largo de su vida, por mucho que se empeñe en evitarlo o escapar de él. Todo el mundo tiene problemas, a todos se nos mueren seres queridos, nadie se libra de sufrir reveses, contratiempos y frustraciones. ¿A quién no le duele algo alguna vez? Para poder vivir es necesario aprender a encajar estas adversidades sin desequilibrarse demasiado. Hoy en día, los psicólogos llaman a esta imprescindible capacidad: resiliencia. Toda la vida se le ha llamado entereza de carácter o fortaleza interior, pero esto suena hoy demasiado “a cirio”. Se llame como se llame, para vivir es necesaria la capacidad de sufrimiento.

El hedonismo que domina la sociedad actual ha provocado una huida masiva de todo lo que no sea placer, inmediato además. Muchos padres educan a sus hijos entre algodones, evitándoles hasta extremos neuróticos todo tipo de contrariedades y frustraciones, inundándolos de regalos que nunca se han ganado, dándoles todo gratis y sin esfuerzo, sin corregirles para que no se enfaden, tratando de que no tengan que sufrir por nada ni por nadie. Están creando una generación de dictadorzuelos, de “campeones”, de “reyes de la casa”, que en cuanto se asoman al duro mundo circundante, se desmoronan.

Los padres tienen la obligación de proteger a sus hijos -lo contario es incluso un delito punible- pero no deben sobreprotegerlos. La palabra “mimado” significa etimológicamente “estropeado”. Cuando estos niños estropeados se deprimen ante el menor contratiempo o comienzan a mostrar problemas de conducta, los padres se quedan sorprendidos: “Pero, si le hemos dado siempre todo lo que ha querido, ¿por qué actúa ahora así?”… El “rey de la casa”, en el colegio se ha encontrado con otros veinte mozalbetes que también son soberanos. Y en tan poco espacio no caben tantos monarcas absolutos. La frustración, la rabieta y las reacciones depresivas o agresivas están servidas entre estos reyes destronados.

El constructivismo, el modelo pedagógico que impregna todo nuestro sistema educativo, mal entendido y peor aplicado, ha menospreciado durante ya casi cinco décadas los valores del esfuerzo, del sacrificio, de la voluntad, de la disciplina, de la renuncia y de la constancia. Partiendo del “buenismo” -enraizado en el optimismo pedagógico de origen roussoniano- se ha colado en la educación la idea de que el aprendizaje no precisa esfuerzo, ni nada desagradable o penoso, sino que el niño lo realiza él solito, de forma natural, como un juego siempre divertido. Y luego nos escandalizamos de estar a la cola de Europa en diversos aspectos educativos.

Estamos en la era de los patinazos académicos, por mucho que se quieran disimular con normativas de promoción que casi regalan los títulos. Los niños, en educación infantil y primaria, apenas aprenden hábitos de trabajo y estudio. Cuando llegan a la ESO, para desesperación de sus profesores, no saben dar un palo al agua. Y comienzan los problemas, porque los currículos se complican, el trabajo esforzado y persistente se hace cada vez más necesario y enseguida se advierte que es demasiado tarde para comenzar a adquirir esos hábitos. Pese a las adaptaciones y las promociones facilonas, el fracaso y el abandono están haciendo estragos.   

No hay aprendizaje completo, ni desarrollo de la madurez personal, sin asumir con coraje una cierta medida de sufrimiento. Aprender no sólo cuesta esfuerzo, sino que debe costarlo para que tenga solidez y eficacia educativa. Lo que no se alcanza con sacrificio y constancia, no se valora, no produce verdadera satisfacción personal y no realiza para nada a la persona. El gran error de la pedagogía moderna, que ahora ya no se sabe ni como remediar, es ese pensamiento débil y buenista que ha querido convertir la educación en un mero jueguecito, exento de elementos que cuestan, de tener que “hincar los codos” y de sufrir un poquitín para aprender.

Por desgracia, la cruz gloriosa de Jesucristo, aquel que fue el hombre completo, el hombre total (“Ecce Homo”: he aquí el hombre), capaz de asumir la realidad integral, tomar la vida en peso sin escapar de los momentos difíciles y entregar hasta su propia vida amando a sus enemigos, aquel que tomó sobre sí todos los sufrimientos de la Humanidad por amor a todos y cada uno de los seres humanos, hace muchos años que desapareció de los colegios, aunque en algunos aún esté colgado el símbolo de madera. El aciago día en que se decidió arrancar de la educación el sentido del sufrimiento, los crucifijos ya fueron expulsados de las aulas.

Quitar lo que queda, los símbolos externos, es sólo rematar una trágica faena que se programó e inició hace siglos. Un gravísimo e intencionado error que ha herido de muerte a la educación en todo occidente. No hay una imagen que represente mejor lo que es el amor, el valor, el perdón, la entrega, el esfuerzo, el sacrificio, la audacia, el coraje, la fortaleza, la coherencia… Ni sus versiones modernas, como la resiliencia, la resistencia a la frustración, el autocontrol de sí mismo, la solidaridad con los que sufren… No hay mejor símbolo pedagógico para una escuela que la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo.

Sobre la autoridad en la educación

 

 

 

En el reglamento de lo “educativamente correcto” implantado por la “progrecracia” dominante, la palabra autoridad está proscrita. Tomando como punto de partida esta aguda viñeta que circula por Internet, me adentraré una vez más por un sendero plagado de espinos, navegando a contracorriente. Porque en este post voy a defender la necesidad de la autoridad en la educación. Todo el mundo sabe que algo marcha mal en nuestro sistema educativo, aunque no todos lo reconozcan, por ignorancia o por determinados intereses políticos e ideológicos. La realidad objetiva es que las últimas generaciones de “estudiantes” -si se les puede llamar así- no sólo son trágicamente incultas y con altos índices de abandono académico, sino también carentes de una disciplina básica.

 

Hay numerosas y afortunadas excepciones, pero parecen ser sólo una minoría que confirma la regla. ¿Quién no ha oído hablar del informe Pisa, que nos sitúa a la cola de Europa en materia de educación? ¿Quién no ha pensado que algo falla al comprobar la deprimente cultura general de tantos adolescentes y jóvenes? ¿Quién no se ha alarmado por el aumento de las conductas inadaptadas y antisociales en escuelas e institutos? ¿Quién no ha sufrido o ha visto y escuchado cómo se ha incrementado la violencia y extorsión entre compañeros y las agresiones de niños y adolescentes a padres y maestros, o incluso de padres hacia los profesores? Algo grave pasa, sin duda, y una de las causas (¿o efectos?), es una falta cuantitativa y, sobre todo, cualitativa, de autoridad.     

 

Desde el esquema pre-constitucional, como lo llama D. Emilio Calatayud, el famoso y simpático Juez de Menores de Granada, hasta el modelo actual, ambos tan bien caricaturizados en la viñeta, ha habido un cambio pendular, de extremo a extremo, casi sin solución de continuidad y apenas sin términos medios. Desde el autoritarismo excesivo de la escuela tradicional, hemos puenteado en muy pocos años toda la escala de tonos intermedios y hemos llegado a la situación de laissez faire (dejar hacer) soñada por los charlatanes de la nueva pedagogía, aquellos ilustres personajes de inicios del siglo XX incardinados en ese “totum revolutum” de ideas y experiencias que se dio en llamar Educación Nueva.

 

No tomaré partido en la “guerra” que se ha establecido entre padres y profesores, en la que unos se arrojan a otros las culpas de lo que ocurre, porque es una pescadilla que se muerde la cola, en la que es muy difícil determinar “quien empezó primero”, como si de una pelea infantil se tratase. Creo más bien que se trata de una crisis social generalizada que afecta a todos. Sea como fuere, el caso es que, en infinidad de hogares y de escuelas, quien realmente detenta la autoridad como un pequeño dictador es el niño, habiendo aparecido en escena ese nuevo fenómeno psicosocial que el Dr. Vicente Garrido, experto Psicólogo en temas de violencia, denomina con gráfico acierto el Síndrome del Emperador (1).

 

Es una necesidad urgente recuperar la autoridad de los maestros y de los padres. Digo autoridad, no autoritarismo, porque no se trata de volver sin más a modelos abusivos del pasado. Tampoco consiste, exactamente, en buscar el término medio entre los extremos de lo que fue y lo que es. Se trata de introducir en la educación un cambio de la calidad de la autoridad, no de sólo de la cantidad. “Autoridad” viene del latín auctoritas, palabra que procede del Derecho Romano y que hace referencia a la autoridad moral que otorga la gente, de forma espontánea, a quien demuestra poseer determinadas virtudes y/o saberes, en oposición a la potestas, que es el poder formal u oficial que conlleva un estatus o cargo.

 

Los educadores poseen -o poseían- la potestas que les otorga su estatus profesional, pero sólo tienen la auctoritas que sus educandos les conceden. Aunque es necesaria la reconquista de una potestas adecuada y equilibrada, es mucho más importante la auctoritas. Pero esta autoridad moral no viene “de serie”, al adquirir el estatus de educador, sino que hay que ganársela, hay que conseguir que el educando te la conceda. Y eso no se obtiene a base de palos y malas formas, ni se gana a base de concesiones de caprichos. No se conquista por la fuerza de la obligación, ni tampoco por el estúpido colegueo. Sólo se suscita en el educando por la admiración, que engendra respeto y mueve hacia la emulación.

 

¿Qué educador consigue ese tipo de autoridad?: aquel cuya maestría es notoria en su ciencia, que ama a sus alumnos, a la educación y a la materia que enseña, que es modelo de persona coherente y cuando se equivoca sabe reconocerlo y disculparse, que busca la verdad sin rehuir ninguna dimensión de la realidad, que porta una concepción del mundo y de la vida que da respuesta a las exigencias humanas básicas que nos constituyen, que ejerce sus responsabilidades sin el fariseísmo de creerse mejor que nadie, que no se tiene a sí mismo en tanta importancia como para estar siempre serio, que se acerca al educando y a sus problemas con empatía, que sabe ponerse en su sitio sin avasallar, que hace que sus pupilos se sientan seguros, comprendidos y ayudados.

 

La valía de un profesor no se mide por el número de títulos y diplomas que constan en su curriculum vitae, sino por su competencia real para generar aprendizajes en sus alumnos. Quien carece de auctoritas no puede hacerlo. Y quien no lo hace, carece de auctoritas. Así de unidas están ambas competencias. Sólo un verdadero maestro, en el sentido más gremial y taurino de la palabra, consigue que sus alumnos se comporten y aprendan. Acabo con un poco más de etimología. “Maestro” viene del latín magister, que a su vez proviene de dos raíces: “más” y “tres” (2). El auténtico maestro es “tres veces más”: Sabe su ciencia, sabe enseñarla y sabe, sobre todo, ser persona íntegra ante sus discípulos.

 

(1) Recomiendo la lectura de su libro “Los hijos tiranos”, publicado por Ariel.

 

(2) Después de la publicación de esta entrada y tras un estudio etimológico más profundo y detallado, es mi deber advertir que el origen de la palabra “maestro” (“magister”) probablemente no sea el que aquí he citado. Para más detalles, pueden leer el post que he escrito con posterioridad, donde el tema queda más claro: De magistri et ministri

   

¿De quién son los hijos?

 

(Publicado en Análisis Digital el 7 de julio de 2009) 

 

Es tan curioso como trágico el concepto que el progrerío izquierdoso laicista, sobre todo el más radical, tiene sobre la propiedad de los hijos, del ser humano en suma. Precisamente son los descendientes ideológicos del marxismo, los hijos políticos de aquellos que propugnaron su fuerte crítica al concepto de propiedad privada de los bienes, los que han desarrollado una retrógrada doctrina de la propiedad sobre las personas, un tema propio del esclavismo y que yo creía ya superado por nuestra cultura. Una doctrina que otorga a la madre gestante la propiedad absoluta del hijo que lleva dentro y que, si éste llega a nacer, es arrebatada por el Estado.

 

Cuando de la vida humana gestante se trata, la “dictadura del progretariado” establece que la madre es propietaria absoluta de la misma y que, como sucedía con los amos de los esclavos, puede disponer de ella como mejor le parezca, incluso matándola sin problema ético ni legal alguno. “Mi cuerpo es mío, todo lo que está dentro también y hago con ello lo que quiero”, sería la frase que resume esta falacia de propiedad ilimitada sobre sí mismo y sobre el hijo concebido. Esta es la burda antropología que fundamenta el pretendido “derecho al aborto”: el ser que se gesta en mi interior es mío y hago con él lo que me apetezca.

 

Para afianzar esta posición disimulando su evidente perversidad, necesitan completar su pobre antropología con una cosificación de la vida humana en gestación. Necesitan afirmar, contra la ciencia si es preciso, que el nasciturus no es un ser humano, ni siquiera una vida humana, sino una “cosa”, (viva, según Aído, pero no humana), un amasijo de células con la misma entidad que un tumor o la uña del dedo gordo del pie. ¿Que la “cosa” posee una identidad genética diferenciada? ¿Que la única forma de que esa “cosa” no llegue a ser una persona adulta es que muera? ¿Que la “cosa”, a las pocas semanas, ya posee los mismos miembros y órganos que un adulto? Todo ello les importa un bledo.

 

Pero no queda ahí la cosa. Cuando el niño no es asesinado en el vientre de su madre y tiene la suerte de nacer, se añade una absurda contradicción: desde ese momento, para el Matrix progre, el ser humano ya no es de la madre, ni de la familia, sino del Estado. La propiedad prenatal que abusivamente se atribuye a la madre, es enajenada de inmediato por esa omnipotente y omnisciente entidad artificial. A partir del nacimiento, el Estado Padre y Madre se apropia del hijo y se arroga la facultad de educarle a su antojo. El recién nacido pasa a ser “ciudadano”, en el peor de todos los sentidos. Los padres ya no tienen derecho ni a chistar, por mucho que se lo reconozca la Constitución y la Declaración de DDHH.

 

La patria potestad -no patria “propiedad”- que legítimamente corresponde a los padres es puesta en entredicho, limitada e incluso suplantada por esa imprescindible “tribu” de la que habla Jose Antonio Marina al mismo tiempo que afirma que la familia es, poco más o menos, el origen de todos los males, la transmisora de lo peor de la Humanidad, por lo cual no se le puede confiar sin una tutela exhaustiva la educación de sus pequeños. El Estado enajena a la familia y se hace propietario del nuevo ciudadano, utilizando los medios de comunicación, de los que también se ha apropiado, y la escuela, de la que también se ha apropiado, para educar al pequeño “como debe de ser”, que para eso el Estado lo sabe todo.

 

El Estado, entidad abstracta, se plasma en la realidad en una superestructura administrativa gobernada por personas concretas, las cuales dirigen el cotarro a su antojo y utilizan el poder, que les ha sido confiado para gestionar los intereses generales, para gestionar sus intereses particulares. Crean una “Educación para la Ciudadanía” según su propio modelo ético e ideológico sectario y la imponen, no sólo a golpe de leyes y reales decretos, sino a base de un astuto proyecto de ingeniería social que rebasa los límites de ese anticonstitucional grupo de asignaturas y se extiende transversalmente por todos los entresijos del sistema educativo, de los medios de masas y de la sociedad en general.

 

Pasándose por el forro el principio de subsidiaridad, el Estado aliena a los padres y se apropia del fruto del útero de la mujer, del seno de la familia, de la misma forma intolerable que, según la crítica marxista, el fruto del trabajo es alienado por parte del amo capitalista. Y todos tan contentos con este moderno y progre abuso de poder. Los herederos ideológicos de aquellos que criticaron, lucharon y se alzaron contra aquella terrible injusticia, son ahora entregados y entusiastas vasallos de todas estas nuevas formas de alienación y de autocracia disfrazada de democracia, y no dudan en renunciar a sus derechos respecto a sus hijos.

 

Porque no se trata sólo de derechos, sino también de deberes. La educación de los hijos es un derecho-deber irrenunciable e insustituible de los padres. El camino fácil es hacer dejación de ello y delegar el asunto al Estado, que tan bien y tan eficazmente ha demostrado que educa a los niños, adolescentes y jóvenes. Tan requetebién, que nos ha colocado a la cola de Europa. Tan estupendamente, que ya gozamos de casi dos generaciones de analfabetos funcionales, sin cultura general alguna, sin capacidad de esfuerzo, de sacrificio y de constancia, incapaces de orientar su vida y marcarse y alcanzar objetivos a largo plazo.

 

Cualquier gobierno sabe que cuanto más débil y “puenteada” esté la familia, y cuanto más zopenco sea el pueblo, más poder directo tiene sobre los ciudadanos, porque el conocimiento integral de la realidad es siempre liberador. Pero esto también les trae sin cuidado. Algunos padres ni se enteran y otros no se quieren enterar porque, como ahora los que mandan les gustan, pues no pasa nada si se dedican a adoctrinar a sus hijos. Una faena menos y adelante con el proyecto giliprogre que les tiene encandilados. Sin darse cuenta de que, con su dejación y su borreguismo están reabriendo la peligrosa puerta hacia el totalitarismo.    

 

¿De quién son los hijos?, es la pregunta que he querido plantear como título de este artículo. ¿Son de la madre? ¿Son de los padres? ¿Son de todos? ¿Son del Estado? Pues miren, no, los hijos no son ni de los unos de los otros. Los hijos son personas y las personas no pertenecen a nadie en propiedad. Sólo las cosas pueden ser poseídas, y ello de forma limitada, si seguimos la doctrina social de la Iglesia, mucho más revolucionaria que la marxista, aunque poco conocida. Nuestros hijos son Hijos de Dios y, como tales, tienen la dignidad de persona libre. Con nuestra libre cooperación vienen al mundo y nos es confiado su cuidado y educación, pero no nos pertenecen, ni a nosotros, ni a la colectividad, ni al Estado.

 

Cuanto más intervencionista es un Estado, no es más moderno ni democrático, como pretende hacernos creer el progretariado socialista, sino todo lo contrario, es más retrógrado y totalitario. El paternalismo gubernamental, que siempre recela de la iniciativa social, no es más que una forma velada de autoritarismo. Un gobierno que no cree en el pueblo, no es digno de gobernar, puesto que su poder emana de él. Y unos padres que abandonan a sus hijos en las garras de la ideología particular del gobierno de turno, tampoco son dignos de tal nombre ni de tan importante responsabilidad. ¿Cómo es posible que los padres que se las dan de progresistas no sean todos ellos, precisamente, los primeros y más aguerridos objetores de conciencia contra la imposición de esta EpC?

 

¿Por qué sois tan cobardes?

 

 

 

 

 

Bendito sea el Señor, mi Roca, que adiestra mis manos

para el combate, mis dedos para la batalla

(Salmo 144, 1)

 

Ha sido una alegría, un consuelo y un buen rapapolvo encontrarme este domingo en la celebración eucarística con la lectura de ese pasaje evangélico comúnmente llamado “La tempestad calmada”, un título bastante pobre en relación con su contenido, por cierto. En este texto del Evangelio según San Marcos (Mc 4, 35-40), como sucede en cada fragmento de la Biblia, no sobra ni falta siquiera un punto o una coma.

 

En el citado pasaje, situado a orillas del Mar de Galilea, Jesús dijo a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla”. Acompañando a Jesucristo raro era estar mucho rato parado. Cualquiera que sigue con seriedad a Jesucristo sabe muy bien que su vida casi nunca es estática, sino siempre dinámica, movimiento, camino. La cómoda actitud pequeño-burguesa de “que no se mueva nada” es diametralmente opuesta al cristianismo.

 

“Esta orilla”, la de aquí, símbolo de aquella en la que trascurre nuestra vida diaria, era para sus primeros discípulos la zona de Cafarnaum, donde tenían sus casas, sus trabajos, sus seguridades. Es el área costera del Mar de Tiberiades en la que Jesús, con la multiplicación de los panes, se había revelado como Mesías y en la cual sus discípulos estaban entusiasmados de ser los amigos de tan ilustre personaje. Era la zona del éxito humano.

 

Pero Jesús, si escrutamos los Evangelios, se empeña una y otra vez en ir o en enviar a los suyos “a la otra orilla”, donde tanto él como sus discípulos eran casi unos extraños poco bienvenidos. Nuestra vida cristiana está siempre proyectada hacia esa “otra orilla”. Y no sólo a la definitiva, la Vida Eterna en el Cielo, sino también a “otra orilla aquí”, en esta vida. Para ello hemos sido llamados a ser perpetuos navegantes y caminantes.

 

En la orilla de acá parece que se está bien, disfrutando de las precarias comodidades y logros que creemos haber conseguido. A todos nos tienta el espejismo de una vida “fácil”, burguesa, tranquila, sin complicaciones ni sobresaltos, evitando problemas, cerrando los ojos a la realidad y dejando pasar cuanto ocurra sin mover un dedo. Pero el amor de Cristo, como dice la 2ª Lectura de hoy, “nos apremia” a movernos hacia los demás.

 

Todo cristiano que en verdad lo sea, se siente urgido por Jesucristo a embarcarse con él rumbo a “otra orilla”, a esa margen en la que nos espera nuestro prójimo sufriendo a chorros, a esa tierra prometida del amor incondicional al otro, a la incómoda arista del servicio sin esperar recompensa a cambio. El Hombre está hecho a imagen de Dios, que es amor absoluto, y sólo puede realizarse pasando a esa “otra orilla”.

 

Siguiendo el texto evangélico, vemos que, una vez metidos aguas adentro, se levanta una fuerte tempestad que amenaza con hundir la barca. En principio esto parece raro, pues el Mar de Tiberiades no es más que un lago interior, el Lago de Genesaret. Yo he estado dos veces allí y en una de ellas he tenido la suerte de contemplar en vivo una de esas tempestades. Doy fe de que suceden y de que son pavorosas.

 

Los discípulos están espantados al ver lo que está sucediendo a su alrededor. Como nosotros estamos acogotados ante la galerna que se ha desatado contra los que navegamos en la barca de Cristo en esta sociedad, que amenaza con devorarnos de un momento a otro, asustados como toda persona de buena voluntad que se niega a aceptar las mentiras emponzoñadas de “esta orilla” y se ha hecho a la mar.

 

Acongojados como todos los que no aceptamos la neototalitaria dictadura del progretariado laicista, ni su versión de lo “políticamente correcto” y navegamos a contracorriente de un mundo empecinado en su autolisis colectiva, una sociedad enloquecida y embravecida que no soporta que algunos no “bendigamos” su desvarío y que alcemos nuestra voz disidente entre el fragor de sus truenos mediáticos.

 

Pero no es ese el mayor problema que tambalea la fe de los discípulos. Hay otro mucho peor. Algo tan sorprendente como escandaloso: Jesús está tranquilamente durmiendo sobre un almohadón en la proa de la barca, sin percatarse de la que está cayendo y sin hacer nada de nada al respecto. Lo despiertan con un grito que a muchos de nosotros no nos resulta nada lejano: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?”.

 

Esta es la sensación de abandono que sentimos muchos de los que hemos dejado “esta orilla” y hemos zarpado en la barca que va a la “otra orilla”, una aventura de riesgo en la que nos enrolamos pensando que Jesús va con nosotros, que nada nos puede pasar y que llegaremos a buen puerto. Pero Jesucristo duerme en su almohadón como si le importara todo un bledo. Exactamente como si no estuviera, como si no existiera.

 

Cuántas preguntas, cuántas dudas, brotan de nuestro incrédulo corazón: Señor, ¿no ves el huracán que nos rodea? ¿No ves los millones de abortos? ¿No ves la manipulación del genoma que tú has creado? ¿No llega a ti el grito ahogado de los miles de niños que cada día mueren de hambre? ¿No ves que este planeta tiene los días contados? ¿No ves la perversión moral de la política y de la enseñanza? ¿Por qué no haces nada?.

 

Nos vienen al pelo las palabras que Jesús les dice a sus discípulos después de calmar la tempestad con una simple orden: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”. ¿No os dais cuenta de que si yo voy en la barca, la tempestad, por mucho que brame, carece de poder alguno? ¿No os dais cuenta de que yo estoy con vosotros? ¿No veis que voy delante, en la proa de la embarcación? ¿Qué miedo tenéis?

 

Dios nos habla cada día. Pero a veces su palabra es el silencio, un silencio que también forma parte de su lenguaje, como en la música. Son tiempos de aparente ausencia divina, imprescindibles para enseñarnos a vivir como seres humanos en plenitud, que no otra cosa es ser cristiano. Momentos de soledad y de prueba, en los que se libra el buen combate de la fe. Etapas para trabajar duro, apoyados sólo en la esperanza.

 

Cristo, además de echarles en cara a sus discípulos su falta de fe, les critica su cobardía. Jesús no necesita una manada de borregos estúpidos y blandengues, aunque sabe que lo somos tantas veces. Dios quiere formarse un resto, un pequeño pueblo de personas completas, aguerridas, sufridas, intrépidas, audaces y valientes, una comunidad de personas que no se arrodillen ante nadie que no sea el propio Dios.

 

Él conoce nuestra debilidad, nuestra pobreza y nuestros infinitos temores. Aún así, o quizá por eso mismo, cuenta con nosotros, como contó con aquel grupito de descreídos y gallinas que fueron sus primeros seguidores. Por eso nos enseña a sufrir y a luchar, a no dejarnos amedrentar por nada ni por nadie. Y para ello, como debería hacer todo buen padre, de vez en cuando nos deja “solos” en el campo de batalla.

 

Pero no estamos solos. Jamás. Como Jesús nos decía en el Evangelio de hace un par de domingos: “Sabed que yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo”. Despierto o dormido, Jesús va en la proa de la barca. Él ha vencido al mundo y marcha delante abriendo el camino. Cuando Dios calla es porque hay algo que nos toca hacer a nosotros. Así que, amigos marineros: ¡fuera miedos y a remar tocan!

 

La dictadura del “progretariado”

 

(Transcrito tal y como lo he publicado en Análisis Digital) 

 

La llamada “dialéctica”, tomada de prestado de Hegel, es la base teórica del pensamiento de Karl Marx, que se extiende desde su filosofía teórica, el materialismo dialéctico, a su filosofía práctica, el materialismo histórico. La dialéctica es un proceso tan fácil de comprender como difícil en su aplicación. Consiste en la conocida secuencia: tesis-antítesis-síntesis. La aplicación pragmática de esta regla se traduce en que la “tesis” es el estado actual de una realidad, la “antítesis” es la aplicación de su extremo opuesto y la “síntesis” un estado final más perfecto, el cual, a su vez, puede servir de nueva tesis para iniciar otra vez el proceso. Y así, supuestamente, se progresaría de forma continua.

 

Marx, quizá por su sensibilidad judía, percibió con intensidad las injusticias sociales del capitalismo y de los regímenes políticos autocráticos y, aceptando también el inmanentismo de Hegel, que tradujo en materialismo, ideó una forma de aplicar el modelo dialéctico para hacerlas desaparecer. La situación de injusticia existente sería la “tesis”. La “síntesis” final debería ser una sociedad justa. Para ello hacía falta una “antítesis” intermedia, un estado de cosas diametralmente opuesto a la “tesis”. Marx la concibió como una etapa de “dictadura del proletariado”. Para implantar esta etapa intermedia era necesaria una revolución. Tras ella, advendría una nueva y magnífica sociedad: el paraíso comunista.

 

Se equivocó, evidentemente, ya que su sugerente idea, secundada por gran parte de la intelectualidad y acogida con esperanza por gentes de todo el mundo, no trajo paraíso alguno, sino auténticos infiernos sociopolíticos que han acabado por caer estrepitosamente o han ido asumiendo, al menos en parte, una economía liberal de mercado. ¿Por qué y en qué se equivocó Marx? Es fácil atribuir el fracaso a la malinterpretación de sus ideas realizada por Lenin y, más aún, a su brutal aplicación por Stalin y otros. Como también lo es afirmar que su teoría era sencillamente falsa en todos sus aspectos y que, por tanto, su aplicación jamás podría obtener éxito alguno. Ambas explicaciones son posibles.

 

Sin perjuicio de lo anterior, creo que sus errores básicos fueron cinco: a) Su materialismo, convencido de que el Hombre sólo sería capaz de crear un mundo mejor anulando el “opio del pueblo” de la religión; b) Su buenismo, tan poco judío, que olvidó contar con el factor “debilidad humana” o “pecado” en sus planes; c) Su extracausalismo, hijo de los dos anteriores, según el cual aquello que “aliena” y envilece al ser humano no es lo que procede de su interior, sino algo situado en el exterior: las estructuras injustas; d) Su crematicismo o superlativo acento en la dimensión económica del ser humano; e) Su gregarismo, que extremó la dimensión comunitaria humana en detrimento de su dimensión personal. 

 

Todo lo anterior, sin duda, merece una explicación detallada que excede las posibilidades de un artículo de opinión. Vamos a los hechos: el comunismo, como ahora le sucede al capitalismo, se derrumbó sobre sí mismo. El socialismo real fue un simple sueño de la razón que, como decía Goya, no ha producido más que monstruos. Las “izquierdas” políticas, ligadas a la doctrina marxista, se quedaron sin su proyecto y sentido original y, obligadas a asumir cuanto menos una buena parte de los planteamientos del liberalismo, llevan décadas buscando nuevas “causas” e ideologías a las que abonarse para seguir existiendo.

 

El laicismo radical, distinto de una sana laicidad, es una de ellas, como también lo son el relativismo intelectual y ético, el positivismo moral y jurídico, el feminismo, ecologismo y pacifismo radicales, y una amplia gama de “ismos” extremistas. Autoarrogándose una paradójica exclusividad del progresismo -paradójica porque a duras penas consiguen disociarse de las nostalgias de quebrados espejismos del pasado- han optado por secundar los caprichos y desvaríos de ciertas minorías, inventando para ellas nuevos “derechos” a la carta, aunque con ello vayan dejando en la cuneta otros derechos fundamentales que sí son de todos.

 

El socialismo se ha convertido en un cajón de sastre donde cabe todo lo que les apetece calificar de progresismo, aunque sea regresismo, como lo es el aborto, la eugenesia o la eutanasia, prácticas que nos devuelven a etapas de barbarie ya superadas por nuestra civilización. La fallida “dictadura del proletariado”, que sumió a media Europa y parte de otros continentes, en la miseria material, psicológica y moral, ha sido sustituida por una nueva “dictadura del progretariado”, en la que cualquier grupillo que arme suficiente ruido puede imponer sus pretensiones con la bendición de los políticos, por muy descabelladas que sean.

 

Solo hay una condición para obtener el certificado oficial de progresismo y corrección política: que lo propuesto no huela a cirio. O mejor aún, que destruya algo de la cultura cristiana. Hasta grupos políticos con un ideario original humanista cristiano están cayendo en la tentación de girar el timón a babor para repelar votos de ese enjambre de pseudoprogres, sin darse cuenta de que esos cuervos, una vez criados, les sacarán los ojos. Pero esas “raras avis”, con sus piquitos de loro, copan titulares de prensa y espacios televisivos, son protagonistas de la comedia nacional. Así las cosas, todo político cazavotos trata de congeniarse con ellos.     

 

Entre unos y otros han conseguido que nuestro país baile al son de esa panda de progresistas de salón, tovarich con dacha en Marbella o Ibiza, chaqueteros oportunistas, intelectualoides vomitivos, cazadores de cánones y subvenciones para sus bodrios “culturales”, gritones de “no” a algunas guerras y mudos para otras, tertulianos habituales de telebasura y otras especies varias de ese pelaje. Me repugna hasta la náusea la caradura de todo ese progretariado que se pasa por el forro la Constitución, los Derechos Humanos y lo que haga falta, con tal de ver legalizadas y bien pagadas sus reivindicaciones miopes y egoístas.

 

Terminaré con un deseo paradójico: ojalá fuesen ciertos los postulados dialécticos y, siendo la “tesis” el fracasado socialismo real y la “antítesis” el actual capitalismo desaforado -en vías de extinción-, venga después la “síntesis” de un nuevo modelo social capaz de armonizar, de una vez por todas, la libertad con la igualdad, los intereses particulares con los generales y la libre iniciativa con la justicia social. Pero esa síntesis no se hará sin una reconstrucción moral “desde dentro” de las personas, no se hará sin Dios. Si quieren ver una buena maqueta de cómo podría ser esa síntesis, lean la “Sollicitudo rei socialis”, de Juan Pablo II.

 

 

¿Por qué una cultura de la muerte?

 

 

(Me lo han publicado hoy en Análisis Digital)

  

La llamada “cultura de la muerte”, es una realidad que se ha implantado en la sociedad occidental posmoderna, por mucho que sus partidarios y constructores lo nieguen y no acepten tal denominación. Es irrefutable que nunca antes se había promovido la legalización de tantas prácticas destructoras de vidas humanas: aborto, eutanasia, manipulación de embriones… No es que el aborto o la eutanasia sean algo nuevo bajo el sol. Lo que sí es una espantosa novedad es que, pese a la paulatina evolución de la sociedad hacia la estima del derecho a la vida, ahora se reivindiquen tales barbaridades como legítimos derechos y se legalicen.

 

Existe un pequeño pero poderoso lobby pro-muerte, autoproclamado como progresista y avalado por el certificado de lo políticamente correcto. Un “progresismo” que es “regresismo”, puesto que anula algunos grandes logros de nuestra civilización y nos devuelve a estados de barbarie ya superados. Es triste y paradójico que, en la misma sociedad que tanta sensibilidad muestra frente a otros atentados a la vida, con sus “no a la guerra”, “no a la pena de muerte”, “no al comercio de armas” o “contra la violencia de género, tolerancia cero”, se esté extendiendo tal desprecio a la vida de los más inocentes e indefensos. Una incoherencia que vuelve a cuestionar el valor inviolable de toda vida humana.

 

¿Por qué este sinsentido? Profundicemos un poco en esa “cultura de la muerte”, en busca de sus causas, porque son éstas las que hay que abordar de forma preferente para rehacer una “cultura de la vida”. El activismo pro-vida anda empeñado –yo mismo colaboro todo lo que puedo– en luchar contra las tropelías que esta cultura destructiva inventa día tras día. Todo esto es necesario, sin duda alguna. Sin embargo, tanto esfuerzo parece chocar con un impenetrable muro de cemento armado, con un parapeto de conciencias endurecidas y embotadas, empecinadas en matar más y mejor, sin querer ver ni oír nada que pueda cuestionar sus posturas y odiando a muerte (o casi) a quienes se les oponen. 

 

Esto sucede porque el aborto, la eutanasia o la manipulación, congelación y destrucción de embriones y demás prácticas anti-vida, son los síntomas externos de una grave enfermedad interna, de una epidemia social que, como las infecciones virales, no remite con remedios sintomáticos. Sin destruir el virus que la provoca, podemos pasarnos toda la vida luchando contra la sintomatología del problema, logrando quizá algunos valiosos éxitos pasajeros, pero sin poder evitar que vuelvan a aflorar una y otra vez. Es fácil explicar la etiología de esta homicida cultura por la mera concurrencia de intereses económicos, pero estos intereses sin escrúpulos no son más que otros síntomas de esa misma patología psicosocial.

  

El origen profundo de la cultura de la muerte no es otro que el resultado final del ejercicio generalizado del más grave de cuantos errores humanos existen, el padre de todos los demás errores, muy bien explicitado en primer libro de la Biblia bajo el concepto de “pecado original”, que consiste en reclamar para sí mismo la autonomía moral. Los postulados esenciales de este necio y soberbio desvarío son: “Ni Dios, ni ley natural, ni moral revelada, ni principios universales, ni otra norma de conducta exterior a mí que no sean las leyes positivas que elaboremos a nuestra conveniencia. Mi vida es mía, mi cuerpo es mío, yo decido sobre el bien y el mal, sobre la vida y la muerte”. En resumen: “YO SOY DIOS”.

 

El Hombre moderno, que se erigió a sí mismo como centro y medida de todas las cosas, apartando a Dios y colocándose en su lugar, en la posmodernidad ha acabado sin Dios y sin el Hombre. El vacío de Dios, que pretendía suplir con su razón, ha terminado siendo ocupado por el instinto. Expulsado Dios, caídas las ideologías sustitutivas y desacreditado el poder de la ciencia y la tecnología para proporcionarnos una vida plena en un mundo mejor, la Humanidad se ha lanzado a una carrera desenfrenada en pos del bienestar material y el placer hedonista, muy bien aprovechada, publicitada y surtida por un consumismo feroz. La insatisfacción profunda nos ha convertido en cazadores compulsivos de estímulos fáciles y en depredadores de todo aquello que amenace nuestro efímero “bienestar”.

 

El problema es que, nos pongamos como nos pongamos, NO SOMOS DIOS. El Hombre ha intentado serlo, ha tratado de orientarse por sus propias luces y deseos y lo ha estropeado todo: Nuestro planeta está moribundo, no hemos eliminado la violencia, ni las guerras, ni el hambre, ni la incultura, ni la injusticia, ni la desigualdad, ni apenas nada. Hemos logrado un avance tecnológico vertiginoso y deslumbrante, que no ha hecho más que crearnos nuevas necesidades de consumo. El homo sapiens se ha convertido en un minimalista homo œconomicus, encandilado con su injusto, insolidario e indecente “paraíso” material pequeño-burgués, ahora en lógica y justa crisis. Hemos metido la pata hasta el fondo. 

 

No somos Dios, evidentemente. Pero somos creaturas hechas a su imagen y semejanza. Dios es amor y nos ha creado por amor y para el amor. Ese es nuestro diseño original, nuestra identidad y nuestra razón de ser. Toda persona, atea, creyente o agnóstica, hasta la más degenerada, lleva impreso en su ser que no puede vivir sin amor y sin amar. Desechada la relación con Dios, quien nos da el ser amándonos sin condiciones y, por eso mismo, hace posible que podamos amar, sólo queda el insoportable absurdo de la soledad existencial absoluta, que es el infierno. El otro se convierte en aquel “que nos roba el ser”, como decía Sartre y “el hombre es el lobo para el hombre”, como aseveraba Hobbes.

 

Amar conlleva morir a nosotros mismos, romper las barreras que nos separan del otro. Todos podemos amar a quien nos gusta, nos construye, nos quiere, nos devuelve algo a cambio. Pero no podemos amar a quien nos estorba o nos roba la poca vidilla que tenemos, porque nos mata el ser. Sin tener dentro la Vida plena, que proviene de Dios, necesitamos defender la poca que tenemos y vivir para nosotros mismos. Sin Dios, no podemos amar más que nuestro propio reflejo en los demás. Y si no es posible amar al otro cuando se presenta como una amenaza, aparece la necesidad de defenderse de él, eliminarlo de alguna forma. Quien no puede morir, acaba matando, incluso físicamente. He aquí la raíz de la “cultura de la muerte”. Sin Dios, el respeto a la vida humana se esfuma.

 

Por eso, no hay tarea más importante que la evangelización, con la propia vida y con la palabra. No se trata de hacer proselitismo, sino de hacer presente en el mundo que Dios existe, que nos ama y que envió a su Hijo para que con su Muerte y su Resurrección, reabriese el camino que nuestro orgullo había cegado y restaurase nuestro amoroso diseño original. El Hombre moderno rechazó la invitación; el posmoderno apenas la conoce. Como el padre del hijo pródigo, Dios espera con los brazos abiertos a que regresemos de nuestra fracasada y dolorosa aventura de autonomía. La acción social por la cultura de la vida es justa y necesaria, pero será vano esfuerzo sin centrar el mayor empeño en una nueva evangelización que llame al Hombre a encontrarse con el autor de la vida: Dios.

La crisis según Albert Einstein

 

Mientras termino de perfilar mi siguiente entrada, he decidido prestarle un hueco en mi blog al Sr. Albert Einstein, que tiene cosas muy interesantes que decirnos sobre las crisis. Habría que aplicarse el cuento. No añadiré nada a lo que él dice, porque sería estropearlo. Lean, lean…

 

 

Esos superdotados con Síndrome de Down

 

 

Sin duda lo que voy a decir suscitará más de una socarrona sonrisa entre quienes sólo ven las cosas desde una perspectiva exclusivamente científica. Eso es algo que me trae sin cuidado porque, por fortuna, la realidad admite muchas otras lecturas, además de las extraídas mediante la aplicación del método experimental. Quienes sólo creen en aquello que es demostrable en un laboratorio, no saben lo que se pierden. Pero ese asunto ya lo abordaré en otra ocasión. Aquí les cuento lo que pienso, utilizando mi lectura preferida de esta realidad humana, y punto.

 

Siempre me ha resultado fascinante que las personas con Síndrome de Down no tengan en su dotación genética algo de menos, sino algo de más, un “extra” que los demás no tenemos. Es justo lo contrario de lo que nos sucede a los varones, que carecemos de un brazuelo en todos nuestros pares cromosómicos, que nos deja con un disminuido “XY” donde las mujeres tienen sus flamantes “XX” completas. Algo nos falta a los hombres en esos cromosomas “castrados” y sospecho que no sólo se trata del fabuloso don de la maternidad. Pero, volvamos al tema.

 

No me parece descabellado pararse a pensar que algo podrían tener los afectados por la trisomía del par cromosómico 21 -que en eso consiste el Síndrome de Down- gracias a ese cromosoma de triple cuerpo que los demás no tenemos. Diríase que la naturaleza ha regalado a ciertas personas un plus genético que, pese a alterar en distintos grados determinadas estructuras y funciones físicas y psíquicas, como todos bien sabemos, quizá les permita la posesión de algunas capacidades  imposibles para quienes no lo tenemos. Sondeemos un poco esta hipótesis.

 

Es un hecho observable que, aunque muchos padres -no todos- que tienen un hijo con Síndrome de Down, nada más saberlo lo perciben trágicamente, no son menos numerosos los que poco después insisten hasta la saciedad en proclamar lo recompensantes que resultan estos niños, que gozan de una capacidad de dar y recibir amor incomparable con ningún otro. A poco que sus padres sean capaces de liberarse de los prejuicios sociales, no hacen más que dar gracias por ese hijo, por muchos trabajos y padecimientos que acompañen a su diferencia.

 

No voy a negar, porque es evidente, que criar y educar a una de estas personas exige una dedicación especial y lleva consigo muchos temores y no pocos sufrimientos. En mayor o menor medida, aparecen retrasos intelectuales, pocas defensas frente a enfermedades, alteraciones anatómicas y fisiológicas y una expectativa de vida menor que la media de la población general. Siendo todo esto harto difícil, aún pueden ser peores las dificultades sociales: el rechazo o falta de acercamiento de otros niños. Esto es quizá lo que más hace sufrir a muchos padres.

 

Sin embargo, son innumerables los testimonios de familias que tienen en nada todos esos problemas, en contraste con la felicidad que son capaces de mostrar y transmitir estos hijos. ¿Quién ha dicho que sufrir por los hijos es malo? ¿Acaso hay otra forma de ser padres e incluso de ser personas adultas y maduras? ¡Cuántas familias han visto cómo mejoran sus relaciones, cómo se disuelven graves problemas y cómo ese miembro “especial” es verdaderamente una persona especial, no por sus deficiencias, sino por todo aquello que sabe dar como nadie!

 

¿No será que la trisomía del par cromosómico 21, no es una deficiencia, ni una desgracia, sino una misteriosa ventura genética que, aunque ocasiona desventajas respecto a eso que llamamos “normalidad”, en realidad otorga a sus portadores capacidades de valor extraordinario? Veamos: ¿Qué es más humano, tener un cociente intelectual alto o ser capaz de entregar mucho cariño? ¿Qué es más valioso, ser más productivo o ser más donativo? ¿Qué proporciona más felicidad a los padres, los sobresalientes en matemáticas o miles de besos y caricias no fingidos ni forzados?

 

¿Que estas reflexiones son pura poesía sentimental? Bello poema sería, pero no es esa mi intención. Estoy escribiendo en prosa y muy en serio. Dejen aparte las miradas compasivas hacia estas personas y obsérvenlas sin los prejuicios que nos imponen esas estúpidas reglas sociales que establecen que quien no es “como la mayoría”, es un desdichado. ¿Está usted seguro de que su vida es más feliz que la de ellos, porque es usted más inteligente y más hábil para cumplir con las exigencias sociales? ¿Ha contemplado alguna vez el rostro de felicidad de estas personas? ¿Ha escuchado las maravillas que sobre ellos dicen sus padres?

 

Es bastante común hoy en día medir la suerte o la desgracia de cada uno en contraste con los estándares sociales, con fríos criterios de “normalidad” estadística. Y se suele medir el valor de las personas cada vez más con el pragmático criterio de la capacidad productiva. Sin duda, sus diferencias reportan al afectado y a su entorno una serie de dificultades, tanto mayores cuanto más esté diseñada la sociedad sólo para los que dan la talla impuesta. Lo que muchas veces olvidamos es que los “discapacitados” suelen darnos sopas con honda como seres humanos y que son portadores de valores que con frecuencia no podemos ni soñar.

 

Por eso estas personas, más que “minusválidas”, son “minusvaloradas”, que no es lo mismo. Si supiéramos medir su valor con criterios más profundamente humanos, tal y como nos ha enseñado nuestra cultura cristiana, ahora desechada por los necios laicistas como una antigualla enemiga del Hombre, estas personas serían los primeros de la clase o, mejor aún, nuestros maestros en tantísimos valores que más nos valdría aprender. ¡Cuántas veces son estas personas minusvaloradas quienes nos enseñan a vivir de verdad a los que tan aventajados nos creemos!

 

Tiempo atrás, eran muchos los padres que, por aprensiones sociales, apenas se atrevían a sacarlos de casa. Afortunadamente, esas actitudes son cada vez menos. Hoy en día, si no se ven en la sociedad más personas con este síndrome es sencilla y llanamente porque miles de ellos ya no nacen tras ser asesinados en el seno de sus propias madres. Las exploraciones intrauterinas, cuya genuina función es detectar precozmente ciertas enfermedades tratables en la etapa prenatal, se han convertido en un juicio sumario con pena de muerte para los diferentes (1).

 

¿Cómo es posible invocar esta maravillosa diferencia, o cualquier otra, para negarles el derecho a nacer y vivir? ¿En qué mente sensata y civilizada o en qué corazón sensible y humano cabe tal atrocidad? ¿Es que hemos retornado a la más absoluta barbarie o acaso hemos caído a una psicopatía colectiva? ¿Ha resucitado Hitler con sus pretensiones de crear su “superhombre” sin defectos? ¿Cómo es posible que la matriz femenina pueda convertirse en un nuevo Auchswitz? ¿Qué atroz dureza y engaño habita en el corazón y en la mente del lobby proabortista?

 

No hace mucho Zapatero fue sometido ante las cámaras de televisión española, a la pregunta: ¿Cree usted que el no nacido es un ser humano o no? El Presidente se evadió de la cuestión. En el mismo programa, intervino una muchacha con Síndrome de Down. Zapatero no dudó en ensalzarla, halagarla y en coleguear y salir en la foto con ella, con la mejor de sus pinochescas sonrisas. Yo le hubiera hecho otra pregunta: ¡Pedazo de hipócrita! ¿Qué puede decirle a esta joven sobre el hecho de que, con sus leyes abortistas en la mano, podría haber sido asesinada impunemente en el seno de su madre por el sólo hecho de ser como es?

 

 

 

P.S. Vean este enlace: Una persona de esta foto no merecía vivir, por Elentir.

 

06-03-09: El aborto por discapacidad es contrario a la Convención de la ONU.

 

(1) El Dr. D. Esteban Martínez, en el foro “Amniocentesis” de HO, proporciona el escalofriante dato de que el 90% de los niños diagnosticados de Síndrome de Down antes de nacer, son abortados.

 

13-03-2009:

 

El primer universitario español con S.D. se estrena como maestro. En HO.

El aborto con los sindromes de Down. En HO.

Que el Gobierno pregunte sobre el aborto a alguien con S.D. En HO.

Síndrome de Down; el amor de unos padres. En HO.

ZP en TVE o el arte de echar balones fuera

 

 

Por comenzar en positivo, he de decir que lo mejor del “Tengo una pregunta para usted” con Zapatero fueron los invitados que intervinieron, sus preguntas y sus réplicas. Y, más aún si cabe, sus expresiones no verbales, que no tuvieron precio y que el realizador no dudó en sacar en pantalla. Ignoro el grado de preparación escénica que pudiese haber detrás del programa, pero la impresión fue que realmente se trataba de una muestra significativa de ciudadanos, que sus preguntas fueron espontáneas y que casi ninguno de los que pudieron intervenir se quedó muy conforme con las respuestas evasivas de Zapatero, aunque todos terminaron con un “gracias Señor Presidente”, seguramente preceptivo.

 

Los asistentes a un evento así, como es lógico, habrían sido previamente aleccionados y comprometidos con unas normas, como mínimo de cortesía y respeto, pero el margen de libertad de expresión fue amplio, mucho más de lo que yo me esperaba. Digo esto porque los rostros, los gestos y las réplicas de la gente lo decían todo. Lo cierto es que, con o sin manipulación teatral, pusieron al Presidente contra las cuerdas durante casi todo el programa. También fue una demostración de pluralidad el debate posterior en “59 Segundos”, en la que participaron representantes de la prensa de todo tipo y tendencia. Así que, al menos por una vez, vaya por delante mi felicitación a Televisión Española.

 

Dicho esto, una crítica a esa cadena sí quiero hacer: el conductor del debate lo hizo fatal. No supo moderar los discursitos excesivos y tantas veces apartados de las preguntas que largó el Presidente. De vez en cuando emitía un “hum, hum”, que quizá fuese una seña pactada, pero que no evitó la verborrea del interrogado, ni siquiera cuando, a todas luces, estaba alargándose y desviando el tema a base de arengas prefabricadas. Con su “cortada” actitud frente a Zapatero, no sólo consintió que nos largara sus habituales rollazos políticos, sino que moderó mal el tiempo disponible, de forma que sólo una cuarta parte de los cien invitados pudieron preguntar. En alguna ocasión también salió al quite del Presidente en preguntas muy comprometidas, como la de la venta de armamentos.

 

Sin perjuicio de lo anterior, lo peor del debate fue el Sr. Zapatero. Hay que reconocer que tuvo el valor de exponerse ante un difícil bombardeo de preguntas, cosa que otros han rechazado. Quizá no se esperaba que en esta ocasión Televisión Española fuera a dar tanta cancha a los interrogadores. Y no lo digo por las preguntas, que quizá conocía de antemano o, como mínimo, tendría información para imaginárselas, sino por las actitudes de desacuerdo, desencanto y frustración que tan claramente manifestaron los participantes, en sus replicas y en sus gestos. Lo cierto es que el Presidente no estuvo a la altura y dejó un tufillo de insatisfacción evidente y visible en los asistentes. A la misma conclusión llegaron después casi todos los periodistas invitados.

 

¿Qué es lo que considero que hizo mal en el debate? Pues, menos el hecho de dar la cara y de exponerse a las preguntas ante toda España, sin siquiera la protección psicológica de un atril o unos papeles escritos, que no es poco, todo lo demás me pareció horroroso:

 

§ Está claro que el mensaje básico que quiere transmitir es la confianza. Bien, me parece necesario en estos momentos de grave crisis. Pero la confianza no se pide, sino que se da, se suscita en las personas mediante actitudes y hechos. La confianza se transmite con un lenguaje corporal que denote seguridad y, sobre todo, con soluciones concretas a las situaciones de temor de los ciudadanos. Con la carita de crispado acongojamiento que llevaba y con su flagrante falta de respuestas válidas, lo que consiguió es confirmarnos a todos los españoles en que nuestros peores temores están bien fundados.

 

§ No recuerdo que ninguno de los que preguntaron se sintiera bien respondido con las palabras del Presidente. Casi todos acabaron defraudados, con cara de resignación, de insatisfacción e incluso de indignación contenida, como si se hubieran sentido tratados como idiotas. Creo que lo mismo nos sucedió a los que lo escuchamos desde casa, exceptuando, sin duda, a sus adeptos incondicionales, esos y esas que le seguirían hasta el mismísimo infierno si su líder se lo pidiese. Los que pudieron preguntar le pusieron delante inquietudes muy reales y muy concretas, que representan a la perfección las de todos los españoles, al menos en las cuestiones económicas y laborales, y no supo, porque no pudo, ni puede, contestar en concreto a ninguna. En varios casos, las respuestas a algunos asistentes fueron casi insultantes, como las dadas a algunos parados y a pequeños empresarios arruinados.

 

§ ¿Reconocer errores? Apenas uno. ¿Reconocer engaños? Por supuesto que no. ¿Asumir responsabilidades de lo que sucede? Ni una. Y ahora, inspirado por su admirado Obama, la responsabilidad de lo que ocurra se la pasa al pueblo. Ese es el mensaje subliminal que dejó caer. Por supuesto que sin el esfuerzo colectivo de todos no salimos de ésta y claro que el Gobierno no va a poder levantar a España él sólo. Eso ya lo sabemos, especialmente con este Ejecutivo concreto. Pero no es esa llamada a la colaboración, que es justa y necesaria, lo que me preocupa, sino otro mensaje diferente y semioculto lanzado por un Presidente acogotado y consciente de que casi todo se le ha ido de las manos. Un intolerable mensaje que podría resumirse así: Si España entra en quiebra y todo se va al carajo, la culpa no la tendré yo, ni mi Gobierno, ni mi PSOE, sino los ciudadanos, porque no han arrimado el hombro por su país…

 

Jamás aceptaré ni la más mínima insinuación de esa calaña. La capacidad y la voluntad de iniciativa, de sacrificio, de imaginación, de esfuerzo, de trabajo y de lucha del pueblo español están fuera de toda duda y han sido demostradas repetidas veces a lo largo de nuestra historia. España no es lo que ha llegado a ser gracias a los que nos han gobernado, de eso estoy más que convencido, aunque unos lo hayan hecho mejor que otros. Zapatero dice creer en ese potencial que posee el pueblo español, pero al mismo tiempo lo niega, a base de aminorar su propia responsabilidad arengando a la gente a que confíe y se comprometa, como si no lo estuviese haciendo ya con todas sus fuerzas. Si España no se ha hundido ya, es gracias a que los españoles confían y siguen luchando.

 

Por supuesto que los ciudadanos sabemos cuáles son nuestras responsabilidades en la reconstrucción económica de nuestro país. Quienes no lo saben, en todo caso, son los ricachones que han reventado su gallina de los huevos de oro y ahora malversan las inmerecidas ayudas estatales. Pero que no piense el Presidente que va a salirse de rositas depositando toda la carga sobre nuestros hombros. Es él quien ha sido elegido para gestionar nuestros intereses generales, que en este caso pasan por analizar certera y honestamente lo que ocurre y diseñar y poner en marcha las mejores soluciones. Para eso le pagamos por mandar, para que nos sirva y nos sirva bien, no para que escabulla el bulto con un discurso demagógico. Si España se hunde, no será porque los españoles la dejemos caer, sino por la incompetencia de su Gobierno.

 

28-01-2008: Añado algo importante. Me pareció degradante que no contestase a la pregunta del sacerdote sobre si creía que el no-nacido es un ser humano o no. Insistió descaradamente en contestar a otra cosa que no se le preguntaba. Si piensa que el nasciturus SÍ es un ser humano, una vida humana en desarrollo, ¿por que no lo dice? Porque desea contentar a los lobbies y comerciantes proabortistas ampliando el aborto, claro está. Pero, si piensa que el no-nacido NO es un ser humano, lo cual es condición sine qua non para que se le pueda matar impunemente, ¿por que no lo dijo? Pues porque no lo piensa, porque sabe que el aborto es segar una vida humana. Y pese a ello, está a favor de fomentarlo. Sobran más comentarios. 

 

06-03-2009: Añado esta foto, del post en el blog de Elentir abajo enlazado.

 

 

Enlaces sobre el tema, en relación con el aborto:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Partido Popular: ¿gavilán o gaviota?

 

(Publicado en el diario Las Provincias de Valencia, el 06-01-2009) 

Es cierto que casi todos los liberales que escribimos, sean profesionales como Víctor Gago, a quien reitero desde aquí mi afecto y apoyo, sean simples y humildes aficionados, como yo, hemos sido muy críticos con el PP y no sólo con los socialistas, como los peperos piensan que es “nuestra obligación”. Se olvidan de que los liberales somos eso, liberales, y que no nos casamos fácilmente con nadie. Nos casamos con quien nos quiere y con quien queremos. Y nos desapegamos de quien pensamos que se lo merece. Tenemos la rara costumbre de ser y hablar en libertad.

Pero las señorías y señoríos del PP no se dan cuenta, o no quieren hacerlo, de cuáles son nuestros motivos. Quizá hable por casi todos, o muchos, si afirmo que nuestras diatribas contra los populares parten de un afecto no correspondido y de una esperanza defraudada. El PP, sin haber sido nunca perfecto, era o pudo ser “nuestro partido”, el portador de los ideales y principios liberales, conservadores y, por qué no decirlo, cristianos. Somos muchos millones de españoles los que les hemos apoyado durante décadas pensando que ellos defenderían nuestros valores.

No ha sido así, ahora menos que nunca. Nos han dejado huérfanos de un partido mayoritario que nos represente. Han traicionado nuestras esperanzas y nuestra confianza, por eso estamos tan cabreados. Les criticamos porque les queremos, o porque queremos quererles, porque les necesitamos. Nos metemos con ellos para tratar de hacerles reaccionar, para corregirles, para tratar de que retornen a la coherencia con su proyecto liberal fundacional, para intentar que ocupen ese espacio político absolutamente indispensable que están abandonando a la carrera.

Aunque ellos jamás lo reconocerán, no somos sus enemigos, sino sus mejores amigos. Sólo te aprecia de verdad quien te amonesta. Nuestro empeño es que se aperciban de sus errores, que se den cuenta de que corren a tumba abierta hacia su descalabro, que se enteren de que se están haciendo cada vez más prescindibles, que recuerden quiénes somos sus votantes y que vamos a dejar de serlo si continúan olvidándonos, que abandonen la política de mercado y vuelvan a la política de principios, que pierdan sus complejos y que sean quienes nos dijeron que iban a ser.

Pero no reaccionan. No quieren hacerlo. Se han pasado con armas y bagajes al mercadeo electoral y al nefasto criterio de lo políticamente correcto. Dan por seguro el voto conservador, liberal y cristiano y van a la caza del voto de la izquierda descontenta. Se equivocan en ambas cosas. Ni los votantes de derecha y centro derecha somos estúpidos y eternos cautivos del voto útil contra el PSOE, ni la gente de izquierdas se fía un pelo de tan sospechoso cambio de chaqueta. Se van a quedar sin los unos y sin los otros, es decir, sin nada más que sus militantes y no todos.

Han centrado sus esperanzas de poder en su supuesta mejor capacidad para superar la crisis económica que nos embarga, dejando entrever el pobre concepto que tienen del pueblo español y su desconocimiento de la astucia del PSOE. Creen que a los ciudadanos sólo nos interesa el bienestar material, lo cual no sólo es falso, sino también insultante. Y ahora que Zapatero y Solbes se han puesto a adoptar medidas al más descarado estilo capitalista, Rajoy se ha quedado pasmado y sin saber qué decir. Su discurso oscila entre el “nos han robado las ideas” y la defensa de las mismas tesis socialistas que el PSOE ha dejado aparcadas.

En fin, más mal que bien, a juzgar por el caso que nos han hecho, hemos intentado ayudarles a ellos y ayudarnos a nosotros con nuestras críticas, a veces corteses y otras veces menos, que no han querido escuchar de ninguna forma, encerrados en su necio orgullo y en su desesperada y desacertada partida de caza de papeletas electorales. Se han dedicado a ignorar los mensajes y a matar a los mensajeros. La gaviota se ha convertido en gavilán. Quizá la culpa sea nuestra en parte, por no haber sabido convencerles de nada, ni por las buenas ni por las malas. Espero que las urnas hablen mejor que nosotros.

 

Algo más que felicitaciones y buenos deseos

 

 

No, no es que no vaya a felicitarles y desearles a todos lo mejor para el recién estrenado nuevo año. Por supuesto, que sí, de todo corazón. Pero, en este primer artículo de 2009, quiero ir un poco más lejos. Hay diversas costumbres que no me agradan mucho en relación con las nocheviejas y los cambios de año. Algunas de ellas, sin duda, son simples manías de un servidor. Pido disculpas de entrada a quienes sí les gusten. Pero hay otras que me parecen de mayor calado. Así que, con un ligero combinado, removido pero no agitado, de reflexión, ironía y buen humor, se las cuento.

 

Comienzo por lo más tonto, con la esperanza de ir subiendo de categoría a medida que escribo. Lo primero que me revienta es que en las noches de fin de año haya que divertirse por obligación. No sé a ustedes, pero a mí convertir lo lúdico en preceptivo jamás me ha dado resultado. Cuanto más prevista, provista, organizada y deseada es la alegría, más se escapa, la muy desgraciada. Por el contrario, cuando logras vivir cualquier pequeño momento cotidiano e imprevisto con la capacidad de sorpresa bien despierta, te encuentras con muchos momentos festivos.

 

Para colmo, la parafernalia hortera, freaky dicen ahora, de forzoso uso en los “cotillones” de nochevieja: Gorritos y antifaces de cartón, con esa gomita que dura unos cinco segundos sin soltarse; “matasuegras” que, en vez de cargarse a las madres políticas como es su obligación, sólo sirven para que te toquen las narices, las también inevitables narices de plástico con gafas y bigote a lo Groucho; trompetitas rompetímpanos que los niños no dejan de soplar hasta dejarlas afónicas; collares y pelucas de espumillón, detalles “fashion” donde los haya; serpentinas y confeti que aterrizan en el pelo, en el cava y hasta dentro de los calzoncillos…

 

En fin, una noche con licencia para hacer el ridículo a sabiendas, algo que quizá nos venga bien a todos, porque sin darnos cuenta ya lo hacemos todo el año. Sea como fuere, estas pueriles patochadas no son lo peor de la velada. Otro aspecto absurdo de las nocheviejas son los estúpidos y supersticiosos rituales de la buena suerte, cada vez más abundantes. El más arraigado y arriesgado: El empeño en atragantarse con las doce uvas de rigor, engullidas al imposible ritmo de las campanadas de la madrileña Puerta del Sol, con el inestimable asesoramiento de Ramón García con su capa de gala y Ana Obregón con sus grandes…, ejem, consejos.

 

A las uvas de la suerte se han ido sumando nuevas chorradas, inventadas por la marabunta de adivinos y brujas que nos ha traído la posmodernidad: Que si ponerse algo rojo (bueno, si es la ropa interior femenina, es posible que alguien tenga un poco de suerte esa noche), que si meter algo de oro en la copa de cava, que si dar una vuelta a la manzana con una maleta, que si abrir las ventanas para que se vayan los malos augurios, que si arrojar zapatos al aire para ver si caen boca arriba o boca abajo como las monteras de los toreros, que si comer lentejas junto con el marisquito…

 

No crean que sólo son inocentes paridas. Déjenme que profundice un momentito en el asunto. El ser humano, desde adquirió conciencia de sí mismo, de la certeza de la muerte y de la existencia de fuerzas que le superan y que ponen en juego su vida y su bienestar, ha tratado de manipular dichas fuerzas. La superchería fue el primer paso, superado luego por la religión y por el uso de la razón. Resulta triste y curioso que en la posmodernidad, después de que el cristianismo y la ciencia habían superado ya las supersticiones, tanta gente haya vuelto atrás, dejando un sustancioso mercado abierto a todo tipo de engañabobos.

 

Es lastimoso ver a tantas personas, en pleno siglo XXI, consultando horóscopos, astrólogos, adivinos, pitonisas, magos, brujas y curanderos. Pero, sigamos adelante. Sin perjuicio de lo anterior, hay otra costumbre de fin de año que todavía me preocupa más. Se trata de un bonito y amable gesto, pero que encierra en el fondo una concepción errónea e improductiva de la vida. Me refiero a los saludos deseando suerte, felicidad y toda clase de bienes para el año nuevo. Se hacen con buena intención, pero en nada colaboran para que el año nuevo sea mejor en realidad.

 

El año que estrenamos sólo será mejor si trabajamos por hacerlo mejor. Que nadie espere venturosos milagritos mágicos. Un mundo mejor, más justo, solidario y pacífico, lo mismo que una vida personal más humana, útil, realizada y feliz, no dependen de la suerte, ni de los buenos deseos. Todas estas cosas hay que construirlas activamente, cada uno y entre todos. Cada año nuevo es siempre una oportunidad, no sólo para formular magníficos deseos y proyectos, sino mucho mejor para hacer examen de conciencia y rearmarse moralmente para volver al tajo con firmeza.

 

Por eso, permítanme que, junto a mis mejores deseos de felicidad y buenaventura, les auspicie a todos y a mí mismo, un año nuevo repleto de nuevas acciones, tareas, retos y aguerridos combates. No imagino otra forma mejor de desearles a todos un feliz año 2009. Sabedor de nuestra pobreza y limitaciones, quiero terminar elevando  un ruego a Dios, a aquel que obra en nosotros el querer y el obrar, a aquel que nos creó sin nosotros, pero no nos salvará sin nosotros. Que él nos dé a todos la ilusión y las fuerzas renovadas que necesitamos para edificar un feliz año nuevo.

 

 

De la democracia representativa a la democracia participativa

 

He tenido el honor y la suerte de asistir en mi patria chica, Valencia, a una charla de Ignacio Arsuaga, presidente de Hazteoir, incluida por el Colegio Guadalaviar en una entrañable y bien organizada entrega anual de sus Premios Familia, seguida luego de una cena de buena fraternidad y diálogo con Nacho en “petit comité”, en compañía de varios “blogueros” de HO y otros amigos. Aunque bien lo merecería, no voy a hacer aquí un panegírico de las virtudes de Nacho ni de su valerosa conferencia. No es éste mi objetivo, ni creo que a él le fuera a agradar demasiado, ya que es una persona que, pese al creciente éxito de su plataforma y de sus esfuerzos por fomentar las redes sociales de participación, es demasiado inteligente y digno como para perder su envidiable sencillez.

 

De su intervención y de la posterior conversación, entre cucharadas de un sabroso arrocito a banda y sorbitos de un afrutado tinto de la tierra, quiero destacar y comentar una idea, que creo no equivocarme al afirmar que es el centro neurálgico de su pensamiento-acción y cuyo acierto y oportunidad comparto. No voy a hacer un reportaje de su conferencia, sino una reflexión muy personal. La idea se resume en el título de esta entrada. Parto del supuesto, que considero poco cuestionable, de que en España la democracia todavía no está plenamente desarrollada, aunque quiero pensar que estamos en ello y que iremos avanzando, como lo han hecho muchos otros países.

 

Somos todavía una joven democracia que aún no se ha despojado del lastre psicológico del  pasado y todavía conserva bastantes vicios ocultos y complejos sin superar. A muchos españoles les cuesta tomar conciencia de lo que significa la ciudadanía democrática y actuar en consecuencia. Piensan que ya es bastante democracia el poder votar a quienes desean que les gobiernen. Acuden a las urnas y pagan sus impuestos, dando con ello por satisfechos sus derechos y deberes democráticos. Una vez elegidos sus representantes, éstos ya se encargarán de todo. Hasta aquí llega para ellos el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, que constituye, en palabras de Abraham Lincoln que hago mías, la esencia de la democracia. Ignoran o quieren ignorar mayores complicaciones.

 

Diríase que para muchos es casi imposible quitarse de encima el espíritu de súbditos para pasar al de ciudadanos. Aquí, el que manda, manda, por mucho que sea elegido por mayoría. Con los votos se le entrega a un tipo una carta blanca para hacer y deshacer lo que bien le parezca, aunque, desde su legítima pero excesiva autonomía de poder, ignore sus propios programas electorales y las inquietudes y demandas reales de la sociedad. Nos cuesta ver a los gobernantes como empleados públicos a nuestro servicio, a los que elegimos y pagamos para gestionar nuestros intereses comunes, no los suyos propios. Parece como si, paradójicamente, en nuestra pueril democracia, fuésemos a las urnas para escoger democráticamente a quienes queremos que sean nuestros dictadores.

 

La democracia representativa es necesaria, porque la democracia directa es una quimera en una nación con decenas de millones de habitantes. Eso sólo es posible en pequeños municipios o pedanías que funcionan en régimen de concejo abierto. Pero no sólo es factible, sino necesario y urgente, que la sociedad española vaya evolucionando hacia una democracia cada vez más participativa. No basta votar y dejar hacer. Un pueblo que desee vivir en democracia tiene el derecho y el deber de hacerse presente de forma activa en la gestión de los diversos intereses que se conjugan en todos los terrenos de la vida pública. La pasividad en estos asuntos conduce a autocracias de hecho. Pocos políticos, aunque lo digan, miran con aprecio y promueven esta movilización social.

 

Tenemos una democracia todavía muy poco democrática. La estructura de la mayor parte de los partidos políticos es demasiado monolítica, piramidal y autocrática, cuando no feudal, ya que no celebran elecciones primarias para elegir a sus líderes. Para una vez que el PSOE las convocó, el candidato elegido por las bases, José Borrell, fue apartado de un plumazo y sustituido por Zapatero. Los candidatos acaban siendo productos de marketing muy alejados de la ciudadanía real. Ni nuestros congresistas, ni nuestros senadores, representan hoy por hoy, la soberanía popular directa de la gente de sus demarcaciones territoriales, como sucede en otros países. Menos participación tenemos todavía respecto a los jueces y fiscales, en cuya elección no intervenimos para nada.

 

Siendo importante todo lo anterior, aún lo es más la participación ciudadana directa a través de mecanismos de base. Es cierto que muchos avances enumerados en el párrafo anterior exigirían modificar diversas leyes e incluso la Constitución. Si alguna vez se abre un proceso constituyente para modificar nuestra Carta Magna, debería ser para mejorar estos asuntos esenciales para avanzar en la democracia y no para legitimar pretensiones ideológicas y políticas radicales y/o sectarias de ciertos lobbies. Pero no es necesario esperar a que se establezca ningún nuevo marco jurídico para que los ciudadanos tomemos conciencia de serlo y nos involucremos en la dinámica social. Basta abandonar la mortal comodidad de dejarse llevar y ponerse manos a la obra.

 

Hemos de aprender a percibirnos a nosotros mismos, no como objetos pasivos de la actividad política, sino como sujetos activos de la misma. Cierto que hemos de escoger cuidadosamente a nuestros representantes y gobernantes, fijándonos en quiénes son y qué hacen, no en lo que parecen o lo que dicen, pero no podemos esperar de ninguno de ellos que nos vayan a solucionar todo, todo y todo. No creo en el “Estado del Bienestar”, ese “Estado Padre” que monopoliza las soluciones a las cuestiones sociales. Creo más bien en una “Sociedad del Bienestar”, en la que la persona es la protagonista, debiendo asumir el Estado la promoción y coordinación subsidiaria de la iniciativa social. No está hecho el Hombre para el Estado, sino el Estado para el Hombre.

 

Lo que quiero decir, en suma, es que no creo en la capacidad de las superestructuras de poder, por mucho que cambien, para conseguir un verdadero avance social ni un progreso genuinamente humano. Eso sólo pueden hacerlo las personas, los ciudadanos libres, conscientes y activos, mediante una sabia elección de sus gestores políticos y a través de la participación responsable y directa, a través de asociaciones, plataformas, comunidades y redes sociales, en la generación de su propio bienestar social y en la defensa de sus intereses, necesidades y aspiraciones. Ojalá las nuevas asignaturas de Educación para la Ciudadanía se hubiesen diseñado para formar este tipo de ciudadanos libres, comprometidos y activos, y no para el mero adoctrinamiento sectario socialista.

Santa Constitución, virgen y mártir

 

 

No iba a escribir nada sobre el tema, para no cansar a los lectores, ya atiborrados estos días con noticias y artículos sobre la celebración del XXX aniversario de nuestra Constitución pero, vistos los “preparativos mediáticos” con que las fuerzas políticas están abonando el terreno para la fiesta, no puedo callarme. Está claro que este evento  quieren aprovecharlo muchos políticos para abrir o intensificar un debate que podemos resumir en la siguiente pregunta: ¿Todavía sirve nuestra Constitución de 1978 ó, por el contrario, hay que modificarla, ampliarla y/o cambiarla? Desde diversos medios de comunicación, sobre todo los más afines al PSOE, se está transmitiendo a la opinión pública la idea de que lo más lógico es lo segundo. Para muchos, el trigésimo cumpleaños del texto constitucional quiere ser una liturgia solemne de su pasión y muerte.

 

Sin embargo, a mí el texto me gusta como está. O casi. Diciendo esto no quiero afirmar que esta Constitución, ni ninguna otra, sea una Biblia repleta de dogmas intocables. Sin duda, podría mejorarse, como todo texto pactado y redactado por seres humanos. Pero mucho me temo que las voces que se alzan por doquier reclamando cambios y reformas, no solicitan modificaciones que vayan a mejorarla. Hace unos días, Rodríguez Ibarra decía en ese programa televisivo en que los micrófonos suben y bajan, que en los primeros momentos de la transición, cuando se redactó y refrendó la Constitución, las diversas fuerzas políticas, en realidad, no renunciaron a nada, sino que se limitaron a guardar temporalmente en un cajón sus posiciones más extremas. Creo que así fue.

 

Todos los “padres” de la Constitución, fuesen republicanos, monárquicos, derechistas, izquierdistas o nacionalistas, conocedores del delicado momento en que se encontraban, con una democracia recién nacida y sin consolidar, con riesgo de involución si se iba muy lejos demasiado rápido, optaron por “conformarse” con una Constitución que, si bien no respondía a todas sus aspiraciones, iniciaba un camino que, con el tiempo, les permitiría algún día, con la evolución del nuevo régimen democrático, desenterrar sus hachas de guerra y “sacar del cajón” todo aquello que, por interesada prudencia, habían guardado. Esta táctica a largo plazo nos introdujo a casi todos en el espejismo de ese buen espíritu de entendimiento y olvido del pasado que se llamó “espíritu de la transición”.

 

En aquellos momentos, sólo un gran partido de centro, como la UCD de Adolfo Suárez, era capaz de sostener tan precario equilibrio entre extremos. Pero, conforme la democracia fue adquiriendo solidez y el fracaso del 23-F de 1981 aminoró los miedos a una involución, las fuerzas políticas de derecha e izquierda fueron poco a poco sacando sus hibernados proyectos y la vida política volvió a polarizarse en torno a las vetustas izquierdas y derechas, todavía con tímidas ubicaciones de “centro-izquierda” y “centro-derecha”. UCD y su pálido sucesor CDS, desaparecieron del mapa, mientras el PSOE y AP (hoy PP) resucitaron el antiguo bipartidismo de las dos Españas que, acompañado en su camino por otros partidos más pequeños, nacionales o nacionalistas, haciendo de interesadas bisagras, ha llegado hasta nuestros días.

 

Muchos fuimos los jóvenes entusiastas de aquel esperado cambio, cuyas emblemáticas canciones “Libertad, libertad, sin ira libertad” y “Habla, pueblo habla”, tarareábamos. Fuimos tan bienintencionados como inocentes al pensar que las rencillas del pasado, los odios fratricidas y los extremismos radicales habían desaparecido para siempre en un gran proyecto en el que todos renunciamos un poco en pro de un bien mayor, nada menos que la convivencia en paz y libertad. Ignorábamos que aquellas encomiables renuncias y perdones mutuos no eran sino actitudes provisionales, parte de una estrategia política, y que muchos de aquellos partidos trazaron inmediatamente planes a largo plazo para volver a las andadas de forma progresiva, pero implacable.

 

En estos treinta años, el socialismo real marxista, que fue provisionalmente sustituido por la “socialdemocracia”, ha ido desarrollando sus verdaderos proyectos, de la mano del PSOE, hasta el punto de dejar fuera de juego a la extrema izquierda protagonizada inicialmente por el PCE (hoy integrado en IU), camuflado entonces tras el extraño invento del “eurocomunismo”. Muchos partidos nacionalistas, que nunca se conformaron del todo con la vertebración autonómica diseñada en la Constitución, han ido aprovechando su presencia en un Parlamento bipartidista con quasi-eterna necesidad de apoyos, para exigir y conseguir poco a poco sus auténticas reivindicaciones, hasta llegar al abierto secesionismo actual. El único que ha ido renunciando, entre complejos, vaivenes y escaramuzas internas, a muchos de sus principios y valores originales, ha sido el PP.

 

El progresivo destape de los proyectos marxistas, laicistas, republicanos y separatistas, es el que está convirtiendo a la pobre Constitución de 1978 en papel mojado. Apenas  le queda alguno de sus preciosos artículos que no haya sido cuestionado, retorcido o abiertamente vulnerado por la puerta trasera. Por ahora, ningún gobierno se ha atrevido a abrir un proceso constituyente, que es la forma legal establecida para modificar la Carta Magna, que exige la disolución de las Cortes, la convocatoria de elecciones constituyentes, la formación de un Parlamento “ad hoc”, el refrendo del posible nuevo texto en referéndum universal, una nueva disolución de las Cortes, otras elecciones generales y la constitución de nuevo gobierno según los resultados de las urnas.

 

Arriesgada faena para unos partidos políticos tan igualados en apoyo electoral. Por eso, hasta ahora, han preferido convertir a la Constitución Española en “virgen y mártir”. Virgen, porque muchos de los principios y derechos en ella recogidos jamás se han aplicado y permanecen “sin tocar”. Mártir, a base de todo tipo de torturas: el descoyuntado de varios artículos a base de forzar su interpretación, la desmembración haciendo caso omiso de otros y la lapidación a golpes de BOE. Nadie, ni siquiera un Parlamento democráticamente constituido y menos todavía un gobierno, por muchos votos que tenga, está legitimado para vulnerar a su antojo ni un ápice del texto constitucional, norma de todas las normas. Sin embargo, muchas leyes hoy vigentes son abiertamente inconstitucionales y casi nadie parece mover un dedo al respecto.

 

Creo que nuestra Constitución está bien como está. Mis razones son muchas, pero sólo citaré aquí la que me parece más preciosa y fundamental: Su equilibrio. Monarquía, sí,  pero parlamentaria; Integridad territorial, sí, pero vertebrada en autonomías; Principios comunes, sí, pero pluralidad y respeto a las diferencias… Y lo mismo con todas las realidades que conforman la nación española, conjugando tradición y modernidad, unidad y diversidad, libertad e igualdad. Nuestra Constitución de 1978 puede ser mejorada, seguramente, pero es una magnífica y ejemplar Carta Magna para cualquier país que quiera vivir en paz y en libertad, sin extremismos fanáticos y sin radicalismos destructivos. Si la Constitución va a ser despojada de su capacidad para compaginar los intereses y aspiraciones de todos, es mejor que el día seis no celebremos nada.

 

 

Enlaces a otros artículos relacionados que recomiendo:

 

¿Puede una virgen ser abuela?, por Alejandro Campoy

30 años incumpliendo la Constitución: ¡¡¡Felicidades!!!, por Miguel Vidal

¡Viva la Constitución!, por Jose Domingo

 

 

 

 

 

“La Ola” o cómo volver al totalitarismo

 

 

He tenido la suerte de poder asistir al preestreno de La Ola, película alemana que, ya de entrada y sin dudarlo, recomiendo a todos que la vean, mejor si tienen madurez suficiente para no malinterpretarla, quizá a partir de unos 14 años de edad. Dirigida por Dennis Gansel, comprometido cineasta alemán, conocido por su también imprescindible Napola (2004), con guión del mismo Gansel y Peter Thorwarth, extraído de la novela homónima de Todd Strasser (1981), se basa en hechos reales acontecidos en 1967 en un Instituto de Palo Alto (California). Al parecer, un profesor de Historia, Ron Jones, para responder a sus alumnos a la pregunta de cómo pudo ser posible la pasividad del pueblo alemán ante las atrocidades del nazismo, llevó a cabo en sus clases una ocurrente y dramática experiencia pedagógica, en la que se inspiró la novela y ahora la película.

 

Gansel escenifica aquel suceso en un grupo de adolescentes de un instituto de la Alemania actual. El profesor encargado de un seminario sobre autocracia es, en esta ocasión, el que pregunta a sus alumnos si consideran posible el retorno de una dictadura totalitaria y, frente a la seguridad con que los jovencitos responden que no, les propone el osado experimento. Iniciado éste, el docente va reproduciendo en sus clases todos los elementos que fueron capaces de conducir a la gente normal a mirar hacia otro lado, e incluso participar en muchos casos, ante los horrores del III Reich. Los alumnos, inicialmente escépticos y reticentes, con inusitada rapidez y casi sin darse cuenta, los van asumiendo con absoluta inconsciencia y entusiasmo. Muy pronto son ellos mismos quienes inventan nuevos pasos a seguir, superando las previsiones del profesor.

 

El docente propone su experimento como un juego y convoca la elección democrática de un líder. Tras un interesante tanteo de candidatos, es el profesor quien resulta elegido. Los pasos sucesivos son de máximo interés, no pierdan detalle. Una vez “en el poder legítimo”, el profesor cambia su actitud jocosa por un papel autoritario e impone medidas disciplinarias: Silencio, postura quieta y erguida en la silla, pedir permiso y ponerse en pie para hablar… Con la simple explicación de que todo eso es bueno para el organismo, acalla las protestas. Usando la misma bondadosa excusa exige comenzar las clases haciendo un ejercicio: Marcar el paso al estilo militar, añadiendo el astuto argumento de que, con el estruendo del pateo simultáneo, molestan a “los de abajo”. No es casualidad que “los de abajo” sean otro grupo que sigue un seminario sobre anarquía. Los alumnos, divertidos y entregados al jueguecito, sorprenden al profesor tomando la iniciativa de ponerse en pie y cuadrarse cuando entra en clase.

 

La experiencia que pone en práctica el profesor trata, sobre todo, de demostrar la potencia intrínseca e irracional de un grupo rígidamente adoctrinado, disciplinado, organizado y cohesionado. El líder electo, convertido ya en dictador populista, propone la necesidad de escoger un nombre que identifique al grupo. Los alumnos hacen  propuestas y él va anotando las ideas en la pizarra. Todas menos la de una alumna que, desde el principio, muestra señales de “disidencia”. A esta inteligente y librepensadora jovencita, ni caso. Al final, queda fijado un nombre: “La Ola”. El docente propone el uso de un “uniforme” que los distinga -tan sólo camisa blanca y vaqueros- y designa a un alumno poco aceptado, pero que sabe dibujar, para que diseñe el logo grupal. Creo que es éste mismo muchacho quien inventa un saludo propio del grupo, un movimiento de brazo, parodia de gesto militar, que enseguida es acogido y utilizado.

 

Con toda esta parafernalia simbólica, el profesor-dictador consigue que se sientan un nosotros en oposición a los otros. Cuando, en una situación de acoso, se defienden entre ellos, todos, especialmente los más débiles, saborean una sensación de seguridad que desconocían. Las reticencias iniciales desaparecen. Los disidentes son expulsados del grupo y su libertad de expresión entorpecida y secuestrada. Sin la camisa blanca y el saludo de rigor, se está mal visto y excluido de fiestas y actividades. Los militantes llenan el instituto y la ciudad de pegatinas y pintadas con su logo. Los alumnos de otros grupos, incluyendo varios del seminario sobre anarquía, se apuntan a La Ola. Los que no caben o son de otros cursos, se convierten en “simpatizantes”. Muchos compañeros del instituto, aun sin comulgar con el asunto, se adhieren a la movida, en cuanto se dan cuenta de que “conviene”. El grupo ya se ha convertido en un “movimiento”, que arrastra poco a poco a casi todo el alumnado.

 

El profesor, gracias a la ayuda de su esposa y de su alumna disidente, verdadera y heroica protagonista de la historia, adquiere consciencia del monstruo que ha creado, que ya amenaza con sobrepasar los muros del instituto y convertirse en un nuevo movimiento neonazi a gran escala, reconoce que su experimento se le ha ido de las manos y concluye que debe detenerlo de inmediato. Ante el alcance de lo ocurrido, el arrepentido profesor decide poner fin a la locura conduciéndola al máximo extremo, con la esperanza de que los alumnos perciban hasta dónde son capaces de llegar por la manipulación, se horroricen, se avergüencen, reaccionen y aprendan la lección. Para ello, convoca una masiva reunión de miembros y simpatizantes de La Ola, en la que los exalta al máximo con un enfervorizado discurso, con el que consigue que el grupo se lance literalmente al linchamiento físico de un “traidor” al glorioso proyecto.

 

En ese momento, el profesor detiene todo en seco, trata de hacer ver a sus alumnos que el experimento ya ha contestado a sus dudas y les abre los ojos a la barbaridad a la que se han dejado arrastrar. Todos parecen confundidos, como despertando de un extraño sueño, y poco a poco, a distintos ritmos, van asimilando la realidad. Unos ocultan su rostro con las manos, otros niegan con la cabeza, otros lloran, otros miran sin salir de su asombro. Pero el alumno más fanático, un chico que antes del experimento era el hazmerreír de todos y que idolatraba a ese movimiento que le había otorgado seguridad y autoestima, un desequilibrado muchacho que había confiado todas sus esperanzas a aquella locura y a su líder, no puede tolerar que su sueño se esfume de repente. El muchacho, enloquecido, saca una pistola que lleva consigo y… Vayan a ver la película.

 

Un sencillo, pero intenso y trepidante drama, que incluye una buena lección para todo aquel que quiera aprenderla. Al igual que La vida es bella o El niño con el pijama de rayas, La Ola no es “otra peli de nazis”. Es bastante más que eso. Nos presenta, de modo simplista, pero más claro que el agua, cuáles son los métodos utilizados por los dictadores modernos para implantar sus autocracias totalitaristas partiendo de una legitimidad democrática y desarrollando después sus verdaderas intenciones mediante estrategias en apariencia inocentes y bondadosas. Caminos que la Humanidad ha recorrido una y otra vez, por lo visto sin aprender nada. Sociedades enteras hipnotizadas y aborregadas, tan contentas con sus populistas líderes, sin mover apenas un dedo hasta que, cuando la verdad sale a la luz, siempre es demasiado tarde. La Ola nos enseña, nos advierte y nos muestra los indicadores que pueden ayudarnos a detectar y evitar, incluso en el S. XXI, la sutil imposición de nuevos totalitarismos.

 

 

Enlaces:

 

¿Será posible otra dictadura en España? Por Elentir. 

Shakespeare and Company contra Cervantes

 

(Publicado en en diario Las Provincias de Valencia el 02-12 2008)

 

 

Somos muchos quienes lo pensamos, pero alguien tiene que decirlo: Estoy hasta las narices del inglés. Y para que nadie se llame a confusión, quede claro que, con este artículo, no me estoy alineando a favor de la movida orquestada en Valencia en contra de la impartición de la Educación para la Ciudadanía en esa lengua, ya que a la mayor parte de los instigadores de esa “causa”, por mucho que traten de camuflar sus motivos con otros argumentos, les importa un bledo el tema del inglés. Es una movilización a favor de que la EpC se imparta según el más puro estilo deseado y diseñado por el PSOE y su izquierda radical. Punto, aparte y a lo que voy.

 

De lo que estoy harto, es de la colonización cultural y lingüística anglosajona de la que estamos siendo víctimas, el mundo en general y España en particular. Me repugna la invasión de barbarismos –que así se llaman las palabras importadas de otros idiomas- que anegan nuestro habla popular, como si la lengua de Cervantes fuese tonta. La lista, sólo de gerundios, sería interminable: Parking, camping, footing, lifting, marketing, casting, zapping, merchandising, ranking, y hasta el arriesgado híbrido anglo-español “puenting”. No te digo la de sustantivos: Snack, pub, ticket, spray, brick, pack, blister, chat, stock, copyright, cutter, software y hardware, set, stand, blog…

 

Es una clásica y venerable aspiración de muchas personas, desde hace generaciones, la creación y aprendizaje de un idioma universal común, que diluyera fronteras y facilitara el entendimiento entre todos los seres humanos. Un bonito sueño que quiso plasmarse en diversos intentos, el más conocido de ellos el del polaco Dr. Zamenhof con su sincrético y todavía vivo “esperanto”, idioma no difícil de aprender, que ha recibido diversos e importantes reconocimientos y por el que muchas personas y asociaciones siguen luchando. Una encomiable iniciativa que quizá, con más apoyo por parte de todos, podría salir adelante.

 

Pero la partida iba a ganarla y la ha ganado, como siempre, el más poderoso. Hoy toda Europa clama para que todos los niños aprendan inglés en la escuela. La colonización universal por ese idioma se da por hecho. No hay vuelta atrás. El inglés manda y nosotros obedecemos. ¿Cómo vamos a ir por el mundo sin él? Las voces críticas han desaparecido ante lo que, habiendo sido evitable, parece que ya no lo es. Diríase que ya nadie duda de que sea justo y necesario tragarse la lengua de Shakespeare. Yo sí lo dudo, que por eso y para eso existo. Necesario, será, porque el “espiquinglis” ha conseguido imponerse, pero justo, pues va a ser que no.

 

Por todo ello, no puede dejar de sorprenderme que en varias comunidades autónomas de España ya no haga falta saber castellano, es más, llegue a ser un delito usarlo y una odisea aprenderlo, pero eso si, como no chapurrees el inglés eres un paleto oficial. Me pregunto dónde estarán los activistas antiglobalización: ¿Haciendo surfing “over the sea” con Bill Gates? ¿Cómo hemos dejado entre unos y otros que las “windows” de Microsoft nos hayan convertido a todos en “brothers” de ese Gran Hermano angloparlante?

 

Un gran país como España, que tiene como lengua oficial un idioma romance propio, con una capacidad expresiva y una riqueza de matices como pocos, que ha generado una historia literaria única en el planeta y cuyo número de usuarios está a punto de superar al de angloparlantes en el mundo, está dejando que el castellano se pierda, asfixiado tras las respetables lenguas cooficiales, también bellísimas y merecedoras de conservación, promoción y uso, pero minoritarias, y por la introducción masiva del puñetero inglés “comeculturas”.

 

Nos vamos a encontrar, en un futuro no muy lejano, con la vergonzosa paradoja de que, cuando en medio mundo se hable español, en media España tal idioma sea una reliquia desconocida. Nos empeñamos en meter a todos el inglés con calzador, porque hace falta para entenderse en medio mundo, pero desdeñamos un idioma común nuestro, hablado casi ya en el otro medio mundo occidental. Si alguien quiere aprovechar la devaluación del dólar frente al euro y escaparse a Nueva York, que no se preocupe, allí se habla castellano.

 

La mitad de los futuros españoles –no sé si aún se les podrá llamar así- sabrán muy bien su lengua autonómica y muy mal el inglés, porque si no se viaja no se aprende, aunque la escuela se empeñe, pero no sabrán ni papa de castellano. Para poder entenderse por una buena parte del mundo, tendrán que ir a estudiar español al “extranjero”, esto es, a Salamanca, o a Nueva York. Shakespeare & Company le están ganando el partido a Cervantes, en su propia casa y con la afición y el árbitro a favor del visitante. ¿Cuándo se ha visto semejante necedad cultural en la Historia? Tanta estupidez abruma.

 

  

 

El último voto

 

No quiero que nadie piense que me las doy de crítico cinematográfico, porque no lo soy en absoluto. Soy un simple y empedernido aficionado al cine, con la deformación profesional de extraer lecciones pedagógicas de casi todo. Por eso me atrevo, sin pretensiones, pero sin complejos, a comentarles algo sobre un film a cuyo preestreno acudí recientemente en Valencia. Se trata de la película “El último voto”, dirigida por Joshua Michael Stern (también coautor del guión) y protagonizada por Kevin Costner y una genial actriz preadolescente, aunque un tanto pedante (más bien muy pedante) al menos en su personaje, Madeline Carroll.

Fui al cine con mi esposa y unos amigos, que hemos formado un pequeño “club de cine gratis”: Unos a otros nos avisamos cuando algún periódico, emisora o empresa regala entradas para preestrenos y rápidamente acudimos a la caza de todos los tickets posibles. Esta práctica nos ha permitido ver centenares de películas, “por el morro”, en los últimos años. Lo bueno es que vas al cine gratis y de vez en cuando ves alguna peli potable. Lo malo es que, muchas veces, te tragas unos bodrios de muerte. Con “El último voto”, me quede sorprendido de que no le hubiera agradado a ninguno de mis acompañantes y que a la salida, en los inevitables comentarios, me dejasen sólo con mi opinión positiva.

A decir verdad, el film no es para echar las campanas al vuelo, ni tampoco consigue eludir el implacable adjetivo de “americanada”. También es cierto que el supuesto sobre el que el guionista traza su historia es muy artificioso: En unas elecciones presidenciales en EEUU los resultados quedan tan igualados que, al final, la elección del nuevo presidente queda en las manos de un único votante, debido a un fallo eléctrico en el ordenador electoral, en el que, por cierto, es la concienciada ciudadana hija la que intenta votar ante la indolencia paterna. Muy forzado, sin duda, pero no olvidemos que en la pugna Al Gore-George W. Bush la victoria final, polémica y discutida, la obtuvo el segundo con una diferencia mínima extraída de un pequeño grupo de votantes.

Tampoco voy a negar que a la cinta le sobran minutos y le falta hilazón argumental en varios momentos, sobre todo en el desenlace final. Resulta poco creíble que el protagonista, un desaliñado, anárquico e inculto “caravanista” norteamericano, que en toda su vida jamás le ha preocupado para nada ni su país, ni la política, ni otra cosa que no sea arrastrar su vida por el camino más dejado, cómodo y descomprometido, de repente nos largue un discurso sociopolítico con la misma soltura que un Luther King cualquiera, por mucho que su hipermadura hijita y la guapa periodista afroamericana de turno le hiciesen de improvisados asesores.

Pero yo, que no cedo mi brazo a torcer con facilidad, sigo diciendo que me gustó, pese a todo. La truculenta trama argumental le ha permitido al guionista-director presentar algunos tramos de película tan significativos como hilarantes. Que conste que mis amigos también se reían, aunque me lo nieguen después, cuando la película iba mostrando los continuos y grotescos cambios de posiciones políticas que los candidatos y sus asesores hacen para ganarse el disputado voto del Sr. Bud Johnson, que así se llama el “ilustre” sujeto que acaba teniendo a su alcance la decisión del futuro de los EEUU (y de medio mundo, claro).

Casi me troncho viendo a los republicanos anunciando e iniciando medidas típicamente demócratas y a los demócratas haciendo lo mismo con las tesis republicanas, bailando al son de cualquier frase dicha al azar y sin conocimiento de causa por el “último votante”, cuyas supuestas aficiones y posturas son analizadas por los servicios de información de ambos partidos. Los republicanos defendiendo temas medioambientales y a los homosexuales, los demócratas atacando el aborto y tomando medidas contra los inmigrantes… Toda una serie de despropósitos y cambios de chaqueta ideológicos marcados por el único interés de hacerse con el voto que les falta para alcanzar el poder.

Una pérdida de los supuestos principios de cada partido, que no sólo acaba metiendo en crisis al esquema político estadounidense, sino que lleva a los respectivos candidatos, una vez perdido el rumbo hasta el absurdo, a plantearse el dilema moral de su propia incoherencia personal. Célebre la tremenda bofetada que la esposa del candidato demócrata le sacude a su marido cuando se entera de sus traiciones a sus ideales. Un cómico, pero satírico y crítico alegato contra la mercantilización de las ideas en favor del ansia de poder. ¿Cómo no me iba a gustar una película que pone en solfa ese tipo de cosas? ¡Pues claro que sí, hombre!

No le pidan mucho más a la peli. Si acaso, en el inverosímil discurso final que Kevin Costner larga en un debate que convoca entre los dos candidatos para que respondan a sus preguntas, pese a su sosa ración de “americanismo” y su muy discutible alegato sobre “los grandes hombres” que necesita su país y la Humanidad entera para regir sus destinos, hay algo más que me gustó. Se trata del hecho de que, el hasta ese momento irresponsable ciudadano, se arrepiente de algo importante: Haberse limitado toda su vida a “coger” de su país lo que le ha dado la gana, sin haber aportado jamás nada de sí mismo. Interesante lección, creo yo.

Dejad en paz el Santo Cáliz

 

(Publicado en Las Provincias del 14-11-2008)

 

No me agrada lo más mínimo el nuevo cariz que está tomando la presencia del Santo Cáliz en la Catedral de Valencia. Desde que llegó a su ubicación actual, esta reliquia tan querida por los valencianos ha permanecido en humilde y respetuosa exposición y utilización litúrgica, muy bien custodiada, honrada y estudiada por su Cofradía y por el Arzobispado, expuesta a los fieles en su pequeña, bonita y austera capilla lateral, con una moderada apertura a turistas y curiosos. La preciosa copa de cornalina siempre ha sido muy venerada y apreciada y su historia está bien documentada. Los estudios científicos no han conseguido demostrar sin lugar a dudas que éste sea el cáliz que Cristo utilizó en la Última Cena o, menos aún, ese supuesto Santo Grial en el que alguien recogió la Sangre de Jesús Crucificado. Lo que sí han demostrado, de modo fehaciente, es que no existe razón alguna para que no lo sea, lo cual es ya un gran paso hacia su autentificación. Pero no es ésta la cuestión que quiero comentar.

 

El problema, que veo venir tras el reciente Congreso, es que la apreciada reliquia sea obligada a abandonar su actual estatus de discreta presencia y se convierta en objeto de culto desmesurado, peregrinaciones masivas, milagrería, curiosidades malsanas, literatura basura, misterios inventados y mercadeo de réplicas. Todos conocemos la interminable serie de noveluchas y películas sensacionalistas, repletas de códigos indescifrables, sociedades ocultas, supuestos engaños y secretos de la Iglesia, manuscritos apócrifos, caballeros templarios, logias masónicas y santos griales, que están tan de moda. Hoy en día, para escribir un best seller, basta inventarse un buen enredo combinando este tipo de elementos, de forma que la Iglesia Católica salga lo más malparada posible, y el éxito está servido. Menos mal que la gente ya empieza a cansarse de tanto argumento repetitivo y comienza a no hacer ni caso a esas tonterías.

 

La humilde presencia en Valencia de nuestro querido Santo Cáliz, acaba de romperse. No me parece mal que se profundice en su estudio, ni que se otorgue el valor que merece a la que podría ser la más importante de cuantas reliquias existen, a la par con la Sábana Santa de Turín. Lo que me temo, y me da pena, es que el Cáliz se convierta en una nueva fuente de inspiración para la incansable horda de cazatesoros e indianajones que ha tejido toda esa absurda y falsa, pero muy lucrativa, red de misteriosas historias de investigadores buenos y curas malos, pasadizos escondidos, códices encriptados, prioratos iniciáticos, sectas inexistentes e inconfesables secretos. Nada puede ser más atractivo para esa desaprensiva nube de carroñeros que la puesta en el candelero de nuestro Santo Cáliz. ¿Cuántos estarán ya pergeñando sus engañifas literarias, inventando subterráneas redes de túneles bajo la Catedral y toda una biblioteca de documentos ignotos y escandalosos que la Iglesia esconde?

 

Ya se han alzado voces en contra de la Iglesia sobre sus derechos de propiedad del cáliz y no tardarán en invadir nuestra ciudad colas de curiosos a hacerse la foto junto a la “misteriosa copa”, como sucede con la pequeña pirámide de piedra colocada bajo su homóloga invertida de cristal, en el Museo del Louvre de París, bajo la cual se le ocurrió ubicar al astuto Dan Brown nada menos que la secretísima tumba de María Magdalena. Yo no sé a ustedes, pero a mí no me apetece nada que, de repente, comiencen a salir como setas nuevos “Códigos da Vinci” que ensucien la amorosa y sencilla reverencia que hasta ahora ha recibido nuestro apreciado Santo Cáliz. Como tampoco me agradaría nada que los alrededores de la Catedral se llenasen de souvenirs de la reliquia, con sus insoportables y horteras réplicas baratas, repletas de lucecitas y adornitos de plástico. Nuestro entrañable Santo Cáliz está muy bien como ha estado hasta ahora. Estúdienlo todo lo que quieran, pero respétenlo y déjenlo en paz donde está, por favor.

 

Escándalo en Tierra Santa

 

Me veo obligado a medio copiar el título del célebre libro de Jose María Gironella para titular esta entrada.  Como podrán comprender, siendo católico, me siento muy apenado por lo sucedido, por esa absurda e incongruente pelea entre cristianos ortodoxo-griegos y armenios en el lugar más santo de toda la cristiandad, junto al mismísimo punto en el que la tradición sitúa la muerte, sepultura y resurrección de Cristo. Doy gracias a Dios porque los católicos no nos hemos visto envueltos en ese tipo de reyertas, al menos en los últimos siglos, y porque los frailes franciscanos, custodios de los Santos Lugares, siempre han realizado su eficaz labor con su espíritu de sencillez y mansedumbre. Pero no por ello me siento menos avergonzado.

Por desgracia, esto algo que alguna vez tenía que suceder en el intrincado y anticuado status quo que regula la presencia y el culto de las diferentes confesiones cristianas en los puntos más venerados de aquellas tierras en las que Jesús de Nazaret nació, vivió, predicó, padeció, murió y resucitó. Un status quo que se remonta a siglos atrás y que, en muchas ocasiones, se mantiene por hechos tan pintorescos y absurdos como quién barre cada zona. No exagero, porque yo he estado un par de veces en aquellas tierras y me he quedado más que sorprendido al comprobar “in situ” este tipo de cosas.

Lo que a mí sólo me pareció, en mis visitas, curioso, anecdótico y, sin duda, también bastante lastimoso, ha acabado estallando en un episodio violento que, según parece, no es el primero. Recuerdo perfectamente cómo, en otro lugar también muy importante para los cristianos, como es la cripta de la Basílica de la Natividad en Belén, donde la tradición sitúa el nacimiento de Jesús, los peregrinos con los que viajaba tuvimos que esperar un largo rato para bajar a celebrar una misa, “porque los monjes estaban barriendo” sus respectivas zonas.

No se trataba de tareas de limpieza, sino de un “ritual” que se hace, si no recuerdo mal,  un par de veces al día, y que es necesario para conservar el extraño status quo que allí regula el uso de los espacios. Alguien, no recuerdo quién, estableció hace siglos que el derecho de culto en aquel sagrado subterráneo correspondía sencillamente a quien se encargara de mantenerlo limpio. Los católicos franciscanos y los miembros de otra confesión que tampoco recuerdo, acordaron unas horas determinadas para barrer a la vez sus zonas asignadas, de forma que ninguno de ellos pase su escoba por el espacio del otro, ya que si sucediese tal cosa, el terreno barrido pasaría a ser de exclusivo uso de la confesión del barredor.

Que yo sepa, en Belén no han habido peleas por ello, pero hay que ver a los encargados de la cotidiana limpieza con qué energía pasan sus escobones a la misma hora y en paralelo, tropezando escoba con escoba, para evitar que el otro pase la imaginaria línea. Algo muy parecido, pero complicado por los ancestrales derechos de muchas más confesiones, sucede en la basílica del Santo Sepulcro. Ahora, a hechos pasados, confieso que me parece lógico, aunque radicalmente inaceptable, que tan endeble y trasnochado estado de cosas, que se ha mantenido con celoso respeto durante largo tiempo, alguna vez tenía que acabar a tortazo limpio en el momento en que algún fanático, que siempre aparece, extremase la situación.

Todos los cristianos amamos aquellos santos lugares en los que tenemos las raíces históricas de nuestra fe, y todos, o casi todos, deseamos poder visitarlos con libertad y en paz. En ese sentido, creo que Jerusalén es patrimonio espiritual de todos los que la aman, de todos por igual. Por eso me resulta realmente penoso que en estos tiempos, en los que las iglesias cristianas, bajo el impulso del Concilio Vaticano II y los sucesivos Papas católicos, están haciendo enormes esfuerzos de acercamiento, dentro de un movimiento ecuménico cada vez más potente, con el fin de acabar con las lamentables divisiones de todos aquellos que seguimos a Jesucristo, puedan ocurrir todavía trifulcas de este tipo, incluso a puñetazos y patadas.

No puedo imaginar nada más neciamente escandaloso y triste que haber visto en televisión a la policía israelí, armas en mano, entrar a la basílica para separar a un grupo de ”fieles” enzarzados a golpes. Son hechos que ensombrecen la credibilidad y, por tanto, la misión, de los cristianos, que es ser ante el mundo imágenes vivas del amor ilimitado, predicado, vivido y hecho posible para el Hombre por Jesús de Nazaret. Yo mismo he estado varias veces en ese santo lugar y he sufrido los malos modos, e incluso algún empujoncillo, de unos enormes monjes vestidos de negro con imponentes barbas a lo pope ortodoxo. Gracias a Dios, no me dio por cabrearme, algo que me parece impensable al lado mismo del Monte Calvario y el Santo Sepulcro.

Es cada vez más urgente que todas las confesiones cristianas pongamos el máximo interés en limar las diferencias y entrar en una nueva era de comunión, superando estúpidas divisiones que fueron fruto, en su momento, de intereses más políticos que religiosos. Tal y como Benedicto XVI predica, por activa y por pasiva, está en juego la misma razón de existencia de la Iglesia, que es su misión ante el mundo. Como también es urgente desterrar de una vez por todas las posturas extremistas capaces de llegar a la violencia y, desde luego, establecer un nuevo status quo respecto al culto en los lugares sagrados de aquellas tierras, santas y entrañables para las tres grandes religiones monoteístas. ¡Por Dios y por la Virgen, que no estamos en la Edad Media! ¡Shalom, Salaam, PAZ para Jerusalén, por favor!

Benditos micrófonos

  

 

El hecho de que casi todos los políticos fingen y mienten, es algo que, por la repetición, se ha hecho costumbre y ya no extraña a nadie. No sólo no extraña, sino que la gente sigue votando a esos mismos políticos que, de forma continuada, dicen y no hacen, hacen y no dicen. El problema es que millones de ciudadanos carecen, no de memoria histórica, sino de la simple memoria inmediata, como si una forma larvada de Alzhéimer se hubiera extendido como una pandemia.

 

¿Que un político promete algo y no lo cumple? No pasa nada. ¿Que un político oculta en su campaña electoral lo que va a hacer y luego lo hace? No pasa nada. ¿Que un político dice una cosa y al día siguiente la contraria? Pues tampoco pasa nada. Millones de personas no se dan ni cuenta y, muchas de las que sí se enteran de estas deshonestas incoherencias, las disculpan o miran hacia otro lado, haciendo de su apoyo a determinado partido una actitud irracional y cerril donde las haya.

 

Dentro de la inútil batalla de intentar llamar la atención de los ciudadanos sobre estos abusos de poder, han salido a la palestra, desde hace un tiempo, unos inesperados aliados: los micrófonos. Gracias a ellos, que parecen encenderse y apagarse cuando les da la gana, sabemos mucho más de los políticos que por ningún otro medio: la verdad que ocultan tras sus disfraces públicos.

 

Estas son sólo algunas de las pilladas microfónicas:

 

·        1997: Federico Trillo, entonces Presidente del Congreso, en una sesión parlamentaria, viéndose obligado a aplazar una votación sobre un asunto realmente infumable, apretó a destiempo el botoncito que encendía su micro ante la megafonía de la sala y soltó su famoso “manda huevos”. Los micrófonos habían comenzado su particular cruzada por la verdad y la transparencia. Si no recuerdo mal, este fue el primer pinito de la ofensiva de los micros.

 

·        2001: Las cámaras de la RTV-Andalucía, recogen una frase, pronunciada en el Parlamento Andaluz, sin que se vea en imagen quién es el autor: “Los moros, que se vuelvan a Marruecos, que es donde tienen que estar”. Dando por sentado que se trataba de un diputado del PP, el PSOE acusa injustamente a Matías Conde, exigiendo su expulsión inmediata por “higiene democrática”. Días después, se declaró autor de la frase el diputado socialista Rafael Centeno, que presentó su dimisión entre lloriqueos y disculpas.    

 

·        2002: Jose María Aznar, entonces presidente de turno de la Unión Europea, tras su discurso de resumen en la Cumbre de Barcelona del Parlamento Europeo, se autocalifica en voz baja, ante un micrófono demasiado sensible, diciendo: “Vaya coñazo que he soltado”. Vamos, que su royo no se lo cree ni él. Veremos que el taco “coñazo” se ha convertido en término de obligado uso entre los políticos.

 

·        2003: Zapatero y Jordi Sevilla, responsable económico del PSOE, presentan las líneas básicas de su política económica. El micrófono abierto deja escuchar que Sevilla le dice a su presidente que se le nota todavía inseguro y que se ha equivocado al confundir “progresividad” con “regresividad”, aunque le disculpa diciendo que son “chorradas”. Sevilla remata la faena con la famosa frase: “Lo que tú necesitas saber para esto…son dos tardes”. Así nos luce el pelo.

 

·        2003: En la misma presentación anterior, el portavoz parlamentario Jesús Caldera, también captado por los implacables micrófonos, riza el rizo cuando entra en la “secreta” conversación diciendo que, tras el debate, deberán reunirse con Jose Antonio Griñán, el portavoz socialista en la comisión del Pacto de Toledo sobre las pensiones, ya que ese tema “no lo tenemos arreglado” y le dice a Zapatero que “la vamos a liar”. ¡Eso es “talante”, sí señor!

 

·        2004: Jose Bono, entonces Presidente de Castilla-La Mancha, conversando por lo bajini con Joaquín Almunia, ante los “cerrados” micros de Antena 3, insulta al Primer Ministro británico, Tony Blair. Palabras exactas: “Oye… Y nuestro colega Tony Blair. Ese es un gilipollas integral”. “Blair es un imbécil”. Sólo la elegante flema de la diplomacia inglesa impidió un grave incidente internacional.

 

·        2004: Magdalena Álvarez, Ministra de Fomento, en Onda Cero Radio, también hizo gala de su exquisito lenguaje y su respeto por los gallegos, afirmando, ante el supuesto micro cerrado, que estaba “harta del Plan Galicia de mierda” y que “¡A mí me van a dar lecciones sobre este Plan Galicia de mierda!”. Sobran comentarios.

 

·        2006: Jordi Sevilla, haciendo gala de su “educación”, es captado sin advertirlo, por una cámara de Telemadrid, mientras conversa con Fidalgo. Montilla es cojonudo para mil cosas… pero todavía es pronto para que el presidente de la Generalitat sea un charnego“, fue la frase pillada. Por si no lo saben: “charnego” es un antiguo vocablo popular catalán de no muy amable intención.

 

·        2007: En plena campaña electoral, Zapatero es entrevistado en La Cuatro por Iñaki Gabilondo. Cuando ambos pensaban que los micrófonos ya estaban apagados, mantienen una muy amistosa conversación en la que el Presidente del Gobierno dice: “Lo que pasa es que yo creo que nos conviene que haya tensión… Yo voy a empezar, a partir de este fin de semana, a dramatizar un poco”. Curiosamente, uno de sus principales argumentos en contra de Rajoy, en la campaña, era que el líder popular la basaba en la crispación.

 

·        2008: La última, de momento. Mariano Rajoy, el mismo que grabó una declaración institucional en 2007 llamando a celebrar la Fiesta de las Fuerzas Armadas, fue “traicionado” por su micrófono en la sesión de clausura de la XIII Reunión Interparlamentaria del PP, celebrada en La Coruña el día 11 de octubre. Tenía a su lado a Javier Arenas y le dijo, ante los oídos de toda España que: “Mañana tengo el coñazo del desfile… En fin, un plan apasionante”. Todo un ejemplo de honra y respeto a las Fuerzas Armadas y a su Fiesta Nacional.

 

En fin, queridos micrófonos, gracias por vuestra colaboración para que la gente nos enteremos de verdad de quienes son y qué piensan nuestros políticos. Nos estáis prestando un servicio inestimable para que nuestra democracia se depure y se fortalezca. Aunque todavía no os hacen demasiado caso, ni los políticos, ni los sindicatos, ni los jueces, ni la mayor parte de la opinión pública, no perdáis los ánimos. Continuad con vuestra singular batalla por la verdad y la honestidad. Sin vuestras hábiles estrategias, estaríamos perdidos frente a la hipocresía política.

 

  • Añado el 29-1-2010: Esperanza Aguirre, el viernes, en una conversación “particular” con su vicepresidente Ignacio González, en el monte de la Maliciosa (Becerril de la Sierra): “Yo creo que hemos tenido una inmensa suerte de poder darle un puesto a IU quitándoselo al hijoputa”. Las malas lenguas pensaron enseguida que se refería a Gallardón. Ella aseguró que se dirigía a Fernando Serrano, ex consejero de Caja Madrid. Y se disculpó con él…

 

  • Añado el 12-11-2011: Las “pilladas” alcanzan a Sarkozy, presidente francés. A principios de este mes, hablando con Barak Obama, se le escuchó un grave desliz, acerca de Netanyahu, primer ministro israelí: “No le soporto, es un mentiroso”. A lo que Obama respondió: “Estarás harto, pero yo tengo que lidiar con él todos los días”. Otra “microfonada” más al archivo.

 

  • Añado el 30-1-2012: Mariano Rajoy es “pillado” de nuevo por un micrófono abierto. Antes del inicio del Consejo Europeo, se le esucha confesar al primer ministro finlandés, Jirky Katainen, una frase lapidaria: “La reforma laboral me va a costar una huelga”. En otro momento, también se le escucha decir al primer ministro holandés, Mark Rutte: “Ahora viene lo más duro” y “Es que nos dejan una herencia muy mala”. Ahí queda otro testimonio microfónico para la Historia.

 

  • Añado el 27-3-2012: En el encuentro en Seúl entre Obama y el presidente ruso en funciones, Medvédev, se escucha la siguiente conversación: “Todos estos asuntos, pero en especial la defensa antimisiles, pueden resolverse, pero es importante que (Vladimir Putin) me dé espacio”, dice Obama en la grabación. “Entiendo su mensaje sobre (la necesidad de) espacio”, responde Medvedev. “Estas son mis últimas elecciones”, añade Obama, “Tras mi reelección tendré más flexibilidad”, concluye. “Transmitiré este mensaje a Vladimir”, promete Medvedev. Así es la diplomacia por dentro. 

 

El niño con el pijama de rayas

 

 

 

Hace unos días leí de un tirón el famoso libro de John Boyne, “El niño con el pijama de rayas”. Ayer vi la versión cinematográfica en su preestreno en Valencia. Desde luego, no se trata de “otra peli de nazis”. Al igual que la entrañable “La vida es bella”, esta historia es diferente. El libro, pese a ser un best seller, es tan simple y breve como un cuento: he ahí su grandeza. Encierra todo un mundo de mensajes y significados, cuyos distintos niveles de profundidad pueden ser captados con mayor o menor crudeza y horror según sea la madurez y la cultura del lector. Los terribles hechos del nazismo, que se dejan entrever en el breve relato, se reencuentran con el lector sin violentar su sensibilidad más allá de lo que ya sabe de antemano. Por eso lo puede leer igualmente un niño, que un adulto.

 

La película refleja bastante bien la trama básica del relato original, aunque resume algunas interesantes conversaciones y dramatiza el acelerado final cambiando elementos del libro y haciéndolo más trepidante aún si cabe. En general, presenta la historia de forma algo más evidente que en la novela, aunque tampoco se recrea en mostrar escenas cruentas que, como antes decía respecto al libro, quedan sólo apuntadas, de forma que la percepción de su brutalidad se modula según la capacidad de comprensión del espectador. Al finalizar la proyección, no obstante, en la sala, repleta de invitados, nadie se atrevía ni a respirar. A destacar la magnífica interpretación de los actores, especialmente los dos niños protagonistas. La novela y la película, ambos imprescindibles, para adultos y niños.

 

Dicho esto, y como no soy, afortunadamente, crítico literario, ni de cine, sino pedagogo y padre, quiero destacar algunos aspectos relacionados con la educación de este libro-película, que se me han quedado grabados a fuego. Para empezar, el relato en sí es formativo, educativo y pedagógico. Es formativo porque aborda una realidad que sucedió, desde los puntos de vista de las diversas personas implicadas. Es educativo porque destaca un buen ramillete de valores positivos y deja en evidencia, dentro de su propia dinámica, la maldad de otros valores inaceptables. Dice la crítica que la obra es una apología de la amistad. Es cierto. Pero aún me parece más importante cómo presenta la responsabilidad que conllevan las consecuencias de nuestros actos. Es pedagógico porque, como ya he dicho, su grado de dramatismo se ajusta a cada lector-espectador.

 

Quizá a otras personas les hayan impresionado más otras escenas. Mi sensibilidad hacia lo educativo me ha dejado impreso en la memoria un aspecto muy concreto. El niño protagonista, Bruno, y su hermana Gretel, obligados a vivir en una zona de Polonia apartada de la “civilización”, junto al campo de exterminio nazi de Auschwitz, regentado por su padre, flamante comandante de las SS, no pueden acudir a la escuela y reciben instrucción a cargo de un tutor. Las pocas escenas de las sesiones de clase son terroríficas. El tutor deja de lado las ciencias, sociales y humanas, para centrarse sólo en lo que él llama “Historia”. Esa materia consiste, para el profesor, en un  adoctrinamiento en la ideología nazi, una instrucción sobre aquello que debe conocer, sentir y asumir el buen ciudadano alemán. Hasta tal punto llega su lavado de cerebro, que Bruno duda de la bondad de su amistad con el niño judío y Gretel abandona repentinamente su preadolescencia convertida en una fanática jovencita pro-nazi.

 

Es una constante, en todo régimen totalitario, utilizar la educación para reproducirse y perpetuarse a sí mismo, amaestrando ciudadanos bien imbuidos, desde su niñez y adolescencia, de los elementos doctrinarios propios de la ideología oficial gubernamental. Esto no se evita sólo por que exista una democracia y porque los que mandan sean escogidos por votación. El psicópata Hitler, de hecho, accedió al poder por legítima elección de los alemanes en las urnas. Una vez situado en la cima el líder del Nacional-Socialismo, que así se llamaba su partido, puso bajo su control todos los poderes del Estado y se puso a llevar a cabo sus verdaderos planes. El pueblo que le había votado, como muestra la película, fue después sistemáticamente engañado con un aparato propagandístico oficial manipulado con absoluto descaro, junto a una censura y persecución férrea hacia cualquier mensaje o mensajero que osase criticar sus postulados.

 

El Führer, pronto contó con todo un ejército infantil y adolescente, perfectamente adoctrinado y emocionalmente subyugado por la parafernalia populista y simbólica del régimen, con la consigna de denunciar incluso a sus propios familiares si detectaban cualquier indicio de disidencia. El pueblo alemán, en su gran mayoría, no se apercibió del monstruo que habían aupado al poder con sus votos hasta que el horror de lo sucedido se abrió paso cuando el III Reich fue derrotado por el ejército aliado y los hechos salieron a la luz. Muchos millones de alemanes se sintieron entonces avergonzados y espantados, pero ya era tarde… Nunca prestaron atención a las pequeñas voces de los intrépidos disidentes, que les llegaban a través de las minúsculas rendijas del bloqueo informativo del régimen.

 

Sin comentarios…

 

Mi querida España

 

 

 

El verano siempre es un estímulo para viajar, aunque sólo sea con la imaginación o a través de Internet. Recorrer los caminos, los pueblos y los paisajes de España, me produce un gozo indescriptible. He visitado varios países extranjeros, pero en pocas naciones cabe tanta diversidad y tanta unidad como en nuestro variopinto país. Tantas luces y tantas sombras, tantos colores, tonos y matices, tantos olores y sabores… Una obra maestra compuesta con tanta ilusión, sudor y sangre, que horroriza pensar que alguien la quiera romper a jirones. Es como rasgar un Van Gogh para venderlo a retales. Cada centímetro del cuadro es magnífico, pero sólo la pintura completa adquiere todo su valor.

 

No he tenido suerte con mis cantantes preferidos, aquellos que me enseñaron a saborear la estética de una voz con potencia de león, como Nino Bravo, con timbre de gacela como Cecilia, con el genio de la búsqueda, como John Lennon, todos ellos con el regustillo de autenticidad de un sincero compromiso con la vida, sin excesos militantes. Todos murieron prematura y violentamente, como todas las personas que han marcado mi vida personal, religiosa y ética: Jesús de Nazaret, Ghandi, Luther King… A veces bromeo con algún amigo y le digo que no trate de ganarse mi admiración… si quiere vivir muchos años.

 

Hace tiempo que no dejo de pensar y de escuchar a Cecilia, aquella chiquilla feucha y desgarbada, medio hippie, medio pija, que en su corta carrera nos dejó delicias turcas como “Un ramito de violetas” o “Dama, dama” y nos enamoró. En especial, no me quito de la cabeza ni de los labios una de sus canciones, que da título a este artículo y que hoy suena “políticamente incorrecta”: Mi querida España. Por si alguno de ustedes, sobre todo los más jóvenes y los más viejos, no conoce o no recuerda esa pequeña obra maestra, les pongo aquí la letra:

 

 

“Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra, de tu santa siesta ahora te despiertan versos de poetas. ¿Dónde están tus ojos, dónde están tus manos, dónde tu cabeza?

 

Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra, de las aras quietas, de las vendas negras sobre carne abierta. ¿Quién pasó tu hambre, quién bebió tu sangre cuando estabas seca?

 

Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra, pueblo de palabra y de piel amarga, dulce tu promesa. Quiero ser tu tierra, quiero ser tu hierba, cuando yo me muera”.

 

 

¿Por qué me vendrá a la memoria tantas veces, sobre todo desde hace unos años, esta sencilla balada? ¿Por qué se me llenan los ojos de lágrimas cada vez que la vuelvo a escuchar? Yo nunca he sido un patriota exaltado, ni he idolatrado ninguna bandera, ni me han preocupado demasiado los asuntos de fronteras. Sin embargo, viendo lo que sucede a mi alrededor, en esta España que tantos muerden para arrancarle un pedazo, algo dentro de mí también se rompe.

 

Y es que esta España, esta España mía, esta España nuestra, me ha conquistado la mente y el corazón. No le ha sido fácil, se lo aseguro, pero lo ha hecho. Su historia inigualable, que la convirtió poco a poco en el primer Estado moderno del mundo; su camino hacia la unidad que la hizo grande y fuerte; su transición pacífica hacia la democracia; sus gentes tan iguales como variadas; su cultura tan común como diversa; su proyección de futuro como casa común de todos… Una dulce promesa, en palabras de Cecilia.

 

Mi querida España me ha hecho español, sin dejar de ser, ni valenciano, ni europeo, ni “ciudadano del mundo”, bonita expresión acuñada por los padres del comunismo y del socialismo, cuyos hijos ideológicos hace tiempo han olvidado. Mi querida España, que de nuevo comienza a despertar de su santa siesta, que vuelve a encontrar sus ojos, sus manos y su cabeza. No dejes que nadie vuelva a beber tu sangre y a cubrir con negras vendas tu carne abierta. Yo también quiero ser tu tierra y tu hierba cuando me llegue el punto final… como este.

 

 

Por si alguno de ustedes quiere escuchar esta hermosa canción de Cecilia, les pongo aquí un enlace permanente a la letra y la música.

 

Mi querida España

 

 

El nuevo circo: A falta de pan… Una legislatura legislativa

 

 

Hace poco publiqué un artículo titulado Educatio, panem et circenses, en el que comentaba, al son de la euforia españolista de la victoria de nuestra selección en la Copa de Europa de fútbol, que me alegraba ver a personas de todas las comunidades autónomas y de todas las provincias de nuestra piel de toro, unidas al menos en lo relacionado con el deporte. Advertía, no obstante, del peligro que tienen esos fervorines de convertirse en el “circo” que utilizan los gobernantes para despistar a los ciudadanos de sus problemas reales y de la responsabilidad política al respecto, especialmente en estos momentos de vacas flacas en los que el “pan” ya no está tan seguro.

 

Terminé aquel artículo con una pregunta: ¿Qué nuevo circo nos tendrán preparado?  Pues parece que la respuesta no ha tardado en llegar. No se trata de asuntos deportivos. Eso es pecata minuta. El PSOE nos tiene preparado un impresionante circo legislativo, aumentado con un previo debate público, cuando lo haya. Lo hemos visto y oído en la ponencia política de Zapatero en su reciente congreso. Los problemas realmente acuciantes, como la crisis económica, la destrucción de empleo, el rearme moral y operativo del terrorismo, el imposible acceso a una vivienda, las hipotecas impagables, la catástrofe educativa, la integridad territorial, la desigualdad entre comunidades autónomas o la ridícula situación internacional de España, son lo de menos.

 

Ahora lo que importa es aprovechar la escora centro-izquierdista del PP para extremar los postulados del PSOE y acelerar su programado avance hacia el laicismo radical. Los próximos años vamos a tener entretenimiento para rato, con nuevas leyes de tipo ideológico, con encendidos debates en la calle y en los medios, y con nuevos e inacabables enfrentamientos entre los españoles. Toda la atención de los ciudadanos desviada hacia asuntos de índole ético-moral: aborto, eutanasia, homofobia, libertad religiosa, manipulación genética… Total, para entretener al pueblo, porque al final, con o sin debate, impondrán sus criterios laicistas a golpe de Leyes y Reales Decretos.

 

Cuando el poder ejecutivo, que es el que debe resolver los problemas reales y angustiosos que tenemos y más que se avecinan, no se ejerce por dejadez, o se ejerce mal por incapacidad, pasa la pelota al poder legislativo, que está sujeto a la misma disciplina de partido que el ejecutivo. Si no podemos ganarnos al pueblo con nuestras actuaciones ejecutivas, que son las que necesita con urgencia, pues le ofrecemos un buen circo legislativo, cuanto más polémico y llamativo, mejor. España puede arruinarse o romperse, pero los socialistas se van a dedicar a otros menesteres. De paso, avanzan en su laicismo anticatólico y consiguen nuevas bolsas de votantes cautivos.

 

Frente a la grave situación, el lema de Zapatero es sigamos con el cambio, es decir, sigamos legislando, que no gobernando, que es más fácil y barato, además de menos impopular. Nada de medidas serias y urgentes, políticamente incorrectas si es preciso, para solucionar los problemas reales. Ofrezcamos al pueblo un buen espectáculo legislativo, a ver si se olvidan de que se han quedado sin vacaciones, de que sus neveras están medio vacías y de que España se deshace bajo sus pies. Esta legislatura, como la anterior, no va a ser ejecutiva, va a ser legislativa. Este es el gigantesco “circo” que nos tienen preparado. ¡Pasen y vean, damas y caballeros, pasen y vean!

 

 

¡Ayúdenme, por favor! ¿A quién voto?

 

 

 

Lo reconozco, me he perdido. Siempre me ha resultado difícil decidir a qué partido votar, pero ahora me resulta imposible. Les voy a resumir algunas de mis convicciones y anhelos, a ver si me echan una mano para las próximas elecciones:

 

Creo en el liberalismo económico que propugna la derecha, pero no tolero los abusos e injusticias sociales que suelen acompañarlo. Por eso, no creo en el capitalismo, pero tampoco en el comunismo. Ambos extremos han conducido a millones de personas a la miseria física y moral. Creo en una justa distribución de las riquezas y bienes, pero no creo en el modelo socialista que, incapaz de generar empleo, acaba cargando de impuestos a los pocos que trabajan y regalando subvenciones a todos los demás. No creo en el Estado del Bienestar, pero sí creo en la Sociedad del Bienestar, que no es lo mismo, porque creo mucho en las personas y muy poco en las Instituciones. Me parece retrógrada la monarquía, pero no puedo identificarme con las connotaciones que en España tiene el republicanismo.

 

Creo en el progreso, pero no en un avance tecnológico y científico desligado de la ética y la moral. Tampoco creo en el progresismo que se autoarrogan los socialistas, consistente en conceder “libertades” e inventar “derechos” para las minorías que vulneran los de las mayorías. Aún creo menos en la progresía intelectualoide y artística que baila el nano al poder que les subvenciona. Creo en nuestra herencia cultural y en nuestra tradición, pero no creo en memorias históricas revanchistas que pretenden resucitar fantasmas del pasado. Creo en la necesidad de preservar la naturaleza y el planeta, pero no creo en el ecologismo que coloca a los monos al mismo nivel que los seres humanos y que protege más a un embrión de oso panda que a un embrión humano.

 

Creo que muchas mujeres necesitan gran apoyo y ayuda al verse embarazadas en circunstancias terribles, pero considero que el aborto es un crimen, uno de los peores que puedo imaginar. Creo que la medicina debe progresar para paliar las enfermedades y el dolor, pero no acepto una medicina para matar. Creo en la investigación genética para prevenir y curar enfermedades, pero no en la manipulación genética (la humana todavía menos), ni en la congelación o destrucción de embriones. Por supuesto, rechazo de pleno la clonación. Creo en la ciencia, pero también en la conciencia. Creo que la investigación científica es algo grande e imprescindible, pero también creo que fe y razón no son incompatibles, sino que se prestan un inestimable servicio mutuo.

 

Creo en la igualdad de la mujer, pero no en los postulados feministas de discriminación positiva, ni de cuota, ni en el rechazo a la maternidad. Creo que la mujer tiene derecho a trabajar fuera del hogar y a ocupar el lugar que merezca en la sociedad, en equidad con el hombre, pero no soporto que se considere “tías marías” a las que prefieren quedarse en casa a cuidar de su familia y sus hijos. También considero que los hijos pequeños necesitan de la presencia constante de la madre y, en todas las edades, de una suficiente convivencia con ambos padres. Respeto a los homosexuales, aunque ellos no se respeten a sí mismos haciendo el payaso por las calles, pero me parece un grave error equiparar sus uniones legales con el precioso concepto histórico y cultural del matrimonio.

 

Creo en la paz mundial como bien inmediato a alcanzar, pero no estoy dispuesto a que cualquier nuevo Hitler se apodere de nuestro territorio, que es nuestra casa. Soy antibelicista, pero no antimilitarista, porque la legítima defensa requiere medios. Creo que la educación debe prolongar y completar la formación moral de los alumnos, pero según la línea marcada por los padres, no imponiendo una moral de Estado. Creo en el papel imprescindible de la Escuela y en la autoridad del profesorado, pero no pienso admitir que nadie reemplace las funciones y derechos de la familia. Creo que hay que saber disfrutar de la vida, de cada momento, pero no creo que el hedonismo que impera en la actualidad sea la forma, ni eficaz, ni correcta, de conseguirlo.

 

Creo que no hay que imponer a nadie ni ideologías, ni religiones, pero creo que todas deben ser respetadas y que todas tienen derecho a ser manifestadas y argumentadas ante la sociedad. Creo en la aconfesionalidad y laicidad del Estado, sin contubernios con ninguna religión, pero rechazo el laicismo anticatólico que quiere acallar a la Iglesia y encerrarla en los armarios de las sacristías. Creo en la autonomía de las regiones con una identidad histórica y cultural diversa, pero no creo en el nacionalismo fanático que espera ganar algo con la ruptura, la separación y la implantación de nuevas fronteras.

 

Ya saben más o menos cómo pienso. ¿Alguien conoce algún partido al que pueda votar por convencimiento, y no por hacer votos útiles o cautivos contra otros? ¿Algún partido que se ajuste a mis convicciones? ¿Algún partido en quien confiar, no por sus palabras, sino por sus hechos? ¿Algún partido que tenga intereses mayores que llenar las urnas? ¿Algún partido que deje alguna vez de girar y de resituarse en el marketing electoral? ¿Algún partido que realmente busque el bienestar material y moral de los españoles, por encima de sus ambiciones de poder? ¿Algún partido decente? ¡Díganmelo, por favor!

 

 

 

Educatio, panem et circenses

 

(Publicado en Las Provincias el 02-07-2008)

En los tiempos que corren, de emergencia educativa, no me agrada demasiado escribir sobre asuntos que no están relacionados con la enseñanza. Si me adentro en temas políticos, es en relación con la libertad educativa, que está seriamente amenazada en España. Sobre el deporte tan sólo escribí un artículo hace años, titulado “El Mundial de los Pobres”, que nunca fue publicado. No obstante, la relación entre educación y deporte es clara y potente. No en vano ambos temas han permanecido unidos en Ministerios y Consejerías autonómicas. Además, existe un buen consenso en la comunidad pedagógica respecto a la estrecha relación entre ambas realidades. Así que voy a decir algo sobre deporte, que la victoria de España en la Copa de Europa se lo merece.

Como yo creo en la unidad y jamás en la separación, creo en España, como también creo en la Unión Europea y en una utópica y futura Unión Mundial. Y ello sin renunciar al cariño entrañable que siento por mi patria chica, Valencia. En modo alguno es incompatible la diversidad con la unidad, aunque algunos se empeñen en afirmar lo contrario. Tampoco crean que soy un españolista demasiado fanático. Sencillamente, me parece que España tiene unas raíces históricas que la identifican, una Constitución que refrenda y debe garantizar su unidad y una magnífica proyección de futuro en el marco internacional. España es, sin duda, un valioso proyecto sociopolítico. No creo que el proyecto valenciano, ni ningún otro proyecto autonómico, salga beneficiado con una ruptura con el proyecto español, sino más bien todo lo contrario.

Desde esta perspectiva, ha sido reconfortante contemplar las imágenes de centenares de miles de españoles unidos bajo la bandera rojigualda y la conciencia de ser españoles, siguiendo a la selección española en su combate hasta la victoria final en la Copa de Europa de fútbol: aficionados y no aficionados, de todas las provincias españolas sin excepción, sintiendo y manifestando que, ante el mundo, todos somos españoles. Luego, en nuestra propia Liga y Copa, nos arreamos entre nosotros. Pero la selección española ha sido y es de todos, como lo fueron o lo son Paco Fernández Ochoa, Perico Delgado, Miguel Induráin, Fernando Alonso, los Sánchez Vicario, Rafa Nadal, Dani Pedrosa y tantos otros deportistas, cuya lista sería interminable. Cuando ellos compiten, todos competimos, cuando ganan, todos ganamos, cuando pierden, todos perdemos.

Así de noble llega a ser el deporte, por este y por muchos otros motivos: esfuerzo, sacrificio, constancia, cooperación, superación… A veces me parece que es uno de los pocos reductos que les quedan, tanto a la educación en verdaderos valores, como a la unidad nacional. Es cierto que siempre hay sombras, pero aquí predominan las luces. Me da igual que ciertos extremistas se hayan negado a animar a nuestra selección. Me da igual que tantos deportes se hayan convertido en puro negocio. Me da igual que muchos deportistas sólo busquen el dinero y la fama individual. Todo eso ensombrece la nobleza del deporte, pero hay algo que brilla por encima de todo, algo que se ha llamado tradicionalmente “deportividad”, que es un bellísimo y necesario ramillete de virtudes humanas que sigue todavía vivo y vibrante. ¡Ojalá no se pierda nunca!

Lo único que nubla un poco mi entusiasmo sobre lo que acabo de comentar es que, para millones de personas, todo esto no es más que contentarse con el “panem et circenses“ (pan y circo), expresión con la cual el satírico poeta romano Juvenal quiso denunciar la práctica de los emperadores (Julio César, Aureliano…) para mantener al pueblo acallado y paralizado, apartado de la política y ajeno a los graves problemas reales, proporcionándoles un cierto bienestar populista y un entretenimiento colectivo. Pan y circo, pan y toros, pan y fútbol, pan y Fórmula 1, pan y Copa América, pan y televisión, todo es lo mismo.

Y ahora que el pan ya no está tan seguro, por la creciente crisis económica, el circo tiene que aumentar. El panecillo de los 400 euros, aparte de que su aplicación es injusta para los más pobres, que no la recibirán, porque a ellos no se les retiene apenas para el IRPF, parece una burla. En la final de la Copa de Europa, Zapatero se mostró exultante y hasta pegaba saltos cuando marcó Fernando Torres. ¿Será cierto que se alegraba de la victoria española? Puede ser. Pero, sin duda, estaría más encantado aún al ver cómo “el circo” funcionaba y la gente se olvidó, al menos por una temporada, de los gravísimos problemas que nos acucian y nos esperan.

Con el pan, el Gobierno del PSOE lo tiene crudo, porque la involución económica mundial que le ha tocado bregar, no tiene ni idea de cómo aminorarla en España. A la gente se le puede convencer con diversos tipos de discurso, con zarandajas legislativas y otras tácticas, mientras su bienestar no se vea amenazado. Cuando se destruye empleo, se cierran empresas, la bolsa de la compra cuesta su peso en oro, las hipotecas son una carga imposible, las vacaciones vuelven a ser de sombrilla, tortilla y mesita plegable, y la nevera comienza a estar tan vacía como los armarios de los gays, el pueblo no lo soporta. El régimen de Zapatero caerá pronto, pero no por sus atropellos a las libertades fundamentales de todos y los mandatos constitucionales, como debía de ser, sino por la economía, asunto del que no es totalmente culpable. No existe mayor fuerza revolucionaria que la de los padres que ven en peligro la subsistencia básica de su familia. Terminada la absorbente Copa de Europa, ¿qué nuevos circos nos tienen preparados?

El relativismo relativo del PSOE

Como ustedes sabrán, el relativismo es la filosofía imperante en nuestra sociedad noroccidental. He dicho filosofía y ya he dicho demasiado, porque es más bien una no-filosofía, una negación de la ciencia del pensamiento. Si cualquier idea tiene el mismo valor que las demás y si toda cabeza ocurrente está a la misma altura, la filosofía ha dejado de existir. Cuando las ideas de los filósofos se enfrentan de igual a igual con las de cualquier analfabeto famosillo que pulula por los coloquios televisivos, la filosofía ha muerto. Si las ideas que a cada cual se le antojan tienen el mismo valor, igual consideración e idéntica autoridad que la de los filósofos, éstos están de sobra.

Hay varias formas de relativismo. El relativismo estético hace ya tiempo que se implantó en nuestra cultura europea. “Contra gustos no hay disputa”, “sobre gustos no hay nada escrito”, rezan los dichos populares. Los cánones de belleza que aportaron los grandes genios de la pintura, la escultura y la arquitectura están obsoletos. En el arte posmoderno, cualquier cosa es bella: un mamarracho, un manchurrón, un excremento… Las “bellas artes” han dejado de ser bellas. Serán expresivas u otra cosa, pero no bellas. Los únicos patrones estéticos que quedan los marcan las pasarelas de moda, para desgracia de tantas muchachas que acaban enfermando e incluso muriendo de anorexia.

El relativismo intelectual también se ha impuesto. No hay verdades universales, sino sólo verdades particulares. Cada uno tiene su verdad y todas las verdades individuales tienen el mismo estatus. La verdad se decide por votación o, peor aún, la crean aquellos que tienen la mayoría electoral. La verdad, sin embargo, exige un compromiso con la realidad completa y su significado, y la realidad es sólo una, no varias. No puede ser cierta, al mismo tiempo, una verdad y su contraria. No existe verdad alguna porque afirmar que todas las verdades son válidas, equivale a afirmar que ninguna lo es. Así las cosas, la persona se convierte en un pelele, consumidor de verdades de mercado.

Con el relativismo moral, que atañe a la bondad de la conducta, ocurre lo mismo. Si cada uno, con su razón, puede decidir lo que es o no verdad, también puede establecer lo que está bien y lo que está mal. Como este fenómeno social crea un caos de criterios entrecruzados y opuestos, sólo queda la ley como patrón de conducta. Y como la ley se ha convertido en una maquinaria legitimadora de las apetencias de mayorías y minorías, la pescadilla se muerde la cola y los criterios morales estables brillan por su ausencia. El bien y el mal lo establece cada uno a su antojo y la ley legitima esos antojos para todos. Luego nos quejamos de que la juventud no tiene valores, de que la violencia aumenta…

Pero el PSOE ha conseguido rizar el rizo. La verdad es relativa y cada uno tiene la suya, pero la única que vale es la del PSOE. La moral es relativa y cada uno tiene la suya, pero la única moral que vale es la del PSOE. Esto queda absolutamente patente en la anticonstitucional Educación para la Ciudadanía, que impone a todos los niños y adolescentes españoles la ideología y la moral del Gobierno. Todo es opinable, menos lo que diga el PSOE. El Estado ha asumido la función de decidir sobre la verdad y sobre el bien y el mal. Mucho relativismo pero, al final, el totalitario que manda impone lo que le da la gana. Y es que, para el PSOE, hasta el relativismo es también relativo.