Por José María Llanos, Prof. Titular de Universidad y Asesor Jurídico de VAEL.
Me temo que las señoras y señores del Partido Popular, “afincados” en la Calle Génova, están estudiando muy profundamente, y con mucha convicción, la “Religión de Estado”, que es Educación para la Ciudadanía. Y lo creo porque como en esa “asignatura de valores” no aparece la palabra “patria”, ni aparece una idea nacional de España, ni se habla de la bandera, ni se habla de ETA -cuando se hace referencia al terrorismo-, sino que se habla de las distintas nacionalidades (vasca, catalana, etc.), parece que en la sede nacional (¿con perdón?) del PP se están convenciendo de que España no existe.
Es posible que por eso en la Consejería de Educación de la Rioja (del Partido Popular) dijeran que la objeción de conciencia no existe ni este país ni en ningún otro; pero a qué país, o Estado, se estaban refiriendo; ¿a la Rioja? Entonces igual tienen razón, no porque no exista el derecho a la objeción de conciencia, sino porque no lo quieren reconocer (pero, y los médicos que no practica abortos, y los farmacéuticos, y los policías que no quieren sacar una peana en una procesión; ¿no están ejerciendo su derecho a la objeción de conciencia?).
Y Yo me pregunto: ¿dónde quedan las palabras del Sr. Rajoy, calificando esa asignatura como “innecesaria” y “adoctrinadora”? ¿Qué se puede decir más fuerte, sobre la misma? Sin embargo, ahora, parece que no defienden aquello por lo que fueron votados por más de 10.000.000 de electores “españoles”. ¿Será que del mismo modo que el gobierno del Partido Socialista quiere “reeducar” a nuestros hijos en “sus” valores, también el Partido Popular ha sido “reeducado”?
Lo que es evidente, a mi juicio (si no, acabaría tirando definitivamente la toalla), es que los votantes del PP estaban de acuerdo con el programa electoral con el que el Sr. Rajoy se presentó a las elecciones generales, y no con la deriva que parece estar llevando ahora el Partido Popular. Probablemente piensen en la Calle Génova de Madrid, en Valencia, en La Rioja (parece, de momento, que en el gobierno autónomo de Madrid no, gracias a Dios), que el voto del PP es un voto “cautivo”, que como el votante del PP no va a votar al PSOE, pueden quedarse tranquilos.
Sin embargo, espero que se equivoquen. Los españoles podemos votar, en ocasiones, con una venda en los ojos, otras, a lo que consideramos “el mal menor”, y otras, por exclusión; pero lo que no damos son “cheques en blanco” a nadie. Ya es bastante restrictivo el voto con listas cerradas, como para que además no sepamos qué programa estamos votando, o que aun sabiéndolo a priori, no sea el mismo a posteriori.
Sé que en algunas autonomías, como la valenciana, se han hecho intentos para respetar, e incluso de alguna manera, acoger (pero no de forma suficientemente adecuada), la grave inquietud de los padres que ven cómo el Estado pretende meterse dentro de sus casas, imponiendo de forma obligatoria una asignatura que pretende, como dicen los Decretos del Ministerio, “construir una moral cívica”, la suya, obviamente, porque en los seres humanos no hay dos morales (o no debe haberlas, pues eso sería lo que peyorativamente se ha conocido siempre como la “doble moral), sino una sola, que configura el ser intrínseco, y hacia el exterior, de cada persona.
Nos dicen los defensores de esa imposición, como la profesora Carmen Pellicer (que algún interés tendrá, siendo escritora de uno de los manuales de EpC, entre otras cosas), que lo único que se pretende es educar a nuestros niños y jóvenes en valores. Pero, ¿dónde estaba usted cuando el Estado se dedicaba a “cargarse” los valores preexistenes en sus ciudadanos, en las familias? ¿O es que la forma de educar ahora en “otros valores” era cargarse los de siempre?
Es que no aprendemos del pasado; decía Chesterton que “siempre antes de romper un muro hay que preguntarse por qué lo han construido en primer lugar”. No se puede destruir lo construido porque sí, salvo que haya un interés espurio, una voluntad de comenzar de nuevo con unas “ideas muy concretas”. Es evidente que el vacío se puede rellenar, pero una mente bien formada, una persona con principios, no se puede “reeducar”. No le hace falta.
Una cosa es que se enseñen valores democráticos y derechos humanos, como recomendaba la Unión Europea, y otra muy distinta es que se “evalúe” a los niños sobre si están de acuerdo con que no existen el varón y la mujer hasta la preadolescencia, momento en el que uno “elige” su “orientación sexual”. Yo no quiero que a mis hijos se les diga eso, y cosas por el estilo. Yo no quiero que se diga a mis hijos que TODO es relativo, que nada es bueno o malo, que no existe la Verdad, sino que TODO es fruto del consenso. Es decir, que todos unidos, una tarde, en un café, podemos decidir lo que está bien, lo que está mal, lo que es la verdad. El problema es que en el café de al lado pueden estar llegando a conclusiones distintas sobre el bien, el mal, y la verdad.
Como señala el profesor Gustavo Bueno (padre), establecer cuestiones como el diálogo, el consenso, el relativismo, incluso la libertad, etc. sin establecer previamente los “parámetros” para el análisis, es llegar a ninguna parte, es una reunión que puede llegar a convertirse en mera cháchara. Y es que en esta asignatura impuesta se establece el diálogo como FIN, y no como MEDIO para llegar a un resultado satisfactorio.
Se acusa a los que nos oponemos a este adoctrinamiento, de que somos retrógrados, homófobos, etc. Pues tampoco. Yo me manifiesto liberal, y lo soy, y por eso defiendo LA LIBERTAD IDEOLÓGICA, LA LIBERTAD DE CREENCIAS, LA LIBERTAD DE ENSEÑANZA Y EL DERECHO “SUBJETIVO” A LA EDUCACIÓN. Son logros democrátios de los ciudadanos, no del Estado y del Gobierno de turno. Y no soy homófobo; en absoluto. Nunca he considerado que un homosexual no tenga los mismos derechos que un heterosexual; como tampoco creo que un niño aún no nacido no deba tener los mismos derechos que uno que ya vive fuera del claustro materno. Cosa distinta es que yo pueda pensar que la cuestión del matrimonio entre homosexuales merezca un debate moral, y puedan aceptarse distintas opiniones; entre ellas la mía.
Qué padres seríamos si con todo el respeto a la propia integridad de nuestros hijos, no les transmitiéramos nuestros valores. Cuando sean adultos, y estén bien formados, podrán asumir los valores que aprendieron, o modificarlos de forma plenamente consciente. Pero como el agricultor cuida sus tierras, los padres educan a sus hijos. No el Estado.
Concluyo con esta reflexión; cuando se acusa a los objetores de tener intereses políticos, religiosos, etc., yo me pregunto: ¿qué gana el prof. Marina -uno de los máximos exponentes de esta religión de Estado, y escritor de un manual de EpC-, y qué ganan los padres que se oponen, defendiendo el derecho a la objeción de conciencia?; ¿qué gana cada uno de los que han elaborado manuales y materiales de EpC y qué ganan los objetores?; ¿qué gana el Gobierno “reeducando” a nuestros hijos y qué ganamos los demás?; ¿qué ganan los adláteres del Gobierno en los medios de prensa, radio, televisión e internet, y qué gano yo frente a todo ese poder? Pues “ellos” no sé qué ganarán: ¿dinero, prestigio, poder?; y nosotros sólo ganamos independencia, ganamos libertad, defendemos principios (que ya existían, no se los ha podido inventar el Gobierno; al menos, los míos y los de muchos otros); pero eso sí, también ganamos mucho palo. Pero quién dijo que educar a los hijos era fácil; y además, por conseguir aunque sea un “pequeño reducto de libertad”, vale la pena. Ni un paso atrás.
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