En los tiempos que corren, de emergencia educativa, no me agrada demasiado escribir sobre asuntos que no están relacionados con la enseñanza. Si me adentro en temas políticos, es en relación con la libertad educativa, que está seriamente amenazada en España. Sobre el deporte tan sólo escribí un artículo hace años, titulado “El Mundial de los Pobres”, que nunca fue publicado. No obstante, la relación entre educación y deporte es clara y potente. No en vano ambos temas han permanecido unidos en Ministerios y Consejerías autonómicas. Además, existe un buen consenso en la comunidad pedagógica respecto a la estrecha relación entre ambas realidades. Así que voy a decir algo sobre deporte, que la victoria de España en la Copa de Europa se lo merece.
Como yo creo en la unidad y jamás en la separación, creo en España, como también creo en la Unión Europea y en una utópica y futura Unión Mundial. Y ello sin renunciar al cariño entrañable que siento por mi patria chica, Valencia. En modo alguno es incompatible la diversidad con la unidad, aunque algunos se empeñen en afirmar lo contrario. Tampoco crean que soy un españolista demasiado fanático. Sencillamente, me parece que España tiene unas raíces históricas que la identifican, una Constitución que refrenda y debe garantizar su unidad y una magnífica proyección de futuro en el marco internacional. España es, sin duda, un valioso proyecto sociopolítico. No creo que el proyecto valenciano, ni ningún otro proyecto autonómico, salga beneficiado con una ruptura con el proyecto español, sino más bien todo lo contrario.
Desde esta perspectiva, ha sido reconfortante contemplar las imágenes de centenares de miles de españoles unidos bajo la bandera rojigualda y la conciencia de ser españoles, siguiendo a la selección española en su combate hasta la victoria final en la Copa de Europa de fútbol: aficionados y no aficionados, de todas las provincias españolas sin excepción, sintiendo y manifestando que, ante el mundo, todos somos españoles. Luego, en nuestra propia Liga y Copa, nos arreamos entre nosotros. Pero la selección española ha sido y es de todos, como lo fueron o lo son Paco Fernández Ochoa, Perico Delgado, Miguel Induráin, Fernando Alonso, los Sánchez Vicario, Rafa Nadal, Dani Pedrosa y tantos otros deportistas, cuya lista sería interminable. Cuando ellos compiten, todos competimos, cuando ganan, todos ganamos, cuando pierden, todos perdemos.
Así de noble llega a ser el deporte, por este y por muchos otros motivos: esfuerzo, sacrificio, constancia, cooperación, superación… A veces me parece que es uno de los pocos reductos que les quedan, tanto a la educación en verdaderos valores, como a la unidad nacional. Es cierto que siempre hay sombras, pero aquí predominan las luces. Me da igual que ciertos extremistas se hayan negado a animar a nuestra selección. Me da igual que tantos deportes se hayan convertido en puro negocio. Me da igual que muchos deportistas sólo busquen el dinero y la fama individual. Todo eso ensombrece la nobleza del deporte, pero hay algo que brilla por encima de todo, algo que se ha llamado tradicionalmente “deportividad”, que es un bellísimo y necesario ramillete de virtudes humanas que sigue todavía vivo y vibrante. ¡Ojalá no se pierda nunca!
Lo único que nubla un poco mi entusiasmo sobre lo que acabo de comentar es que, para millones de personas, todo esto no es más que contentarse con el “panem et circenses“ (pan y circo), expresión con la cual el satírico poeta romano Juvenal quiso denunciar la práctica de los emperadores (Julio César, Aureliano…) para mantener al pueblo acallado y paralizado, apartado de la política y ajeno a los graves problemas reales, proporcionándoles un cierto bienestar populista y un entretenimiento colectivo. Pan y circo, pan y toros, pan y fútbol, pan y Fórmula 1, pan y Copa América, pan y televisión, todo es lo mismo.
Y ahora que el pan ya no está tan seguro, por la creciente crisis económica, el circo tiene que aumentar. El panecillo de los 400 euros, aparte de que su aplicación es injusta para los más pobres, que no la recibirán, porque a ellos no se les retiene apenas para el IRPF, parece una burla. En la final de la Copa de Europa, Zapatero se mostró exultante y hasta pegaba saltos cuando marcó Fernando Torres. ¿Será cierto que se alegraba de la victoria española? Puede ser. Pero, sin duda, estaría más encantado aún al ver cómo “el circo” funcionaba y la gente se olvidó, al menos por una temporada, de los gravísimos problemas que nos acucian y nos esperan.
Con el pan, el Gobierno del PSOE lo tiene crudo, porque la involución económica mundial que le ha tocado bregar, no tiene ni idea de cómo aminorarla en España. A la gente se le puede convencer con diversos tipos de discurso, con zarandajas legislativas y otras tácticas, mientras su bienestar no se vea amenazado. Cuando se destruye empleo, se cierran empresas, la bolsa de la compra cuesta su peso en oro, las hipotecas son una carga imposible, las vacaciones vuelven a ser de sombrilla, tortilla y mesita plegable, y la nevera comienza a estar tan vacía como los armarios de los gays, el pueblo no lo soporta. El régimen de Zapatero caerá pronto, pero no por sus atropellos a las libertades fundamentales de todos y los mandatos constitucionales, como debía de ser, sino por la economía, asunto del que no es totalmente culpable. No existe mayor fuerza revolucionaria que la de los padres que ven en peligro la subsistencia básica de su familia. Terminada la absorbente Copa de Europa, ¿qué nuevos circos nos tienen preparados?
José Rafael Sáez March
Pedagogo.
Colaborador de la Asociación Católica de Maestros de Valencia.
Miembro de VAEL (Valencia Educa en Libertad).



