Por Enrique Manglano, vocal de RedMadre Valencia.
Estos días he leído un artículo en un periódico italiano que me ha llamado la atención porque resume la situación que se vive en nuestro país respecto a los dos problemas que intento sintetizar en el título de este artículo: con qué impunidad y falta de escrúpulos se trata un drama como es el aborto en España y la violencia contra la mujer (y contra el varón) que supone la práctica de este crimen.
Les ofrezco la traducción de la dramática historia de Anna, que se repite en España más de 350 veces cada día, y que está dejando un reguero de infelicidad, resentimientos y remordimientos que lastran nuestra sociedad. Lo que los médicos llaman el síndrome post-aborto y que nuestros responsables políticos evitan ni siquiera tratar.
La historia la titulan Lucia Bellaspiga e Enzo Gabrieli, entrevistadores de Anna para Avvenire, “Mi drama con la Ru486. Me moría y lo he perdido todo” y dice así:
Un hijo no deseado, un embarazo anunciado y confirmado por dos test de embarazo rápidos en el baño de la universidad de Barcelona, donde estudiaba desde hacía unos meses con su novio. Al final, la decisión de abortar y el consejo benevolente de un médico español, tan amable como engañoso: “Dos pastillas y ya no pienses más en ello”… En cambio, Anna (nombre inventado), de 24 años, estudiante de Calabria (en el sur de Italia), siempre se acordará de lo que le sucedió a partir del momento en que tomó la RU486, una “medicina” que no cura nada ni a nadie, nacida con el propósito específico de suprimir la vida en su inicio. Pero que en aquel día estuvo a punto de matar a la joven madre, además de a aquel feto que hoy, mientras llora, llama “hijo”.
“Había salido de la Universidad de Calabria con el ‘Programa Erasmus’ –nos cuenta cuando nos encontramos en el Puente Pietro Bucci del Ateneo universitario-. Las señales de un sufrimiento indeleble en la cara y en la voz temblorosa-. Estudiaba, y sigo haciéndolo, en Cosenza. Entonces era una chica feliz y llena de planes de futuro, también porque acababa de conocer a mi novio, con el que más tarde salí hacia Barcelona…”. Sus ojos negros se mueven rápidos e inseguros, oscurecidos por una sombra de dolor, es lo que queda de su viaje a lo que ella llama “el túnel oscuro” del que todavía no sabe cómo salir.
Su historia es de esas que empiezan hasta demasiado bien, con una oferta de beca a los mejores estudiantes para un intercambio cultural y formativo en una ciudad de Europa, el brillante papel en la selección junto a su novio (que llamaremos Roberto), y la salida hacia la capital catalana. “Tenía que ser una experiencia inolvidable”, recuerda sin sonreír. Anna, que en su estancia en España comparte piso con dos compañeras extranjeras, un día se da cuenta, calendario en mano, que las cuentas no salen: “Al principio pensé que el retraso se debía a un antibiótico que había tomado por una gripe –continúa-. Después comencé a temer haberme quedado embarazada y compré el test de embarazo en una farmacia del centro”. La vida de su hijo, de la que supo en aquel váter, le cayó encima como la peor de las noticias. “Se lo dije a Roberto y ambos esperamos que fuese un error, pero el segundo test dio el mismo resultado. Y entonces discutimos acaloradamente…”.
La vida de Anna comenzó a hacerse añicos, y el primer pedazo que se desprendió fue precisamente el amor: por una parte estaba Roberto, decidido a tener aquel niño y a afrontar toda su responsabilidad como padre, no obstante sus 24 años y la falta de un trabajo remunerado. Por otra parte los temores de la joven, el temor a sus padres y el terror a la soledad. Y sola quedó de verdad Anna, acompañada solamente de una amiga española en el hospital en el que los médicos le explicaron que “España está mucho más avanzada que Italia y aquí hay libertad para abortar con mucha facilidad”. Sola está también cuando los enfermeros le cuentan que no habrá ningún problema, que “sólo tendrás que tomar dos pastillas, una para parar el embarazo y otra para expulsar el feto. Nada complicado. Como máximo las pequeñas molestias que sueles tener en el ciclo…”. Sola cuando penetra en aquel pasillo sin ni siquiera hacer saber a Roberto que en pocas horas ya no será padre.
Un montón de papeles para rellenar y declarar que había sido informada de todas las consecuencias de lo que iba a afrontar, una charlita apresurada con un asistente social, una prescripción médica y ¡píldoras adentro! “Eramos tantas –recuerda atormentándose por cada una de ellas- y nos llamaban por el nombre y apellidos, sin ningún respeto a la privacidad. Cuando me tocó a mí, ninguno en realidad me dijo nada del peligro al que me enfrentaba, así que firmé y me tomé la pastilla, que más tarde supe que se llamaba Mifeprex. Dos días más tarde volví al hospital, como me había dicho el médico y tomé la otra pastilla, el Misoprostol. Fue todo muy fácil”. Tan fácil como beberse aquel vaso de agua para tragarse las pastillas.
Pero el drama sólo había comenzado. “La mañana siguiente estaba sola en el piso, mis dos amigas habían salido, mi novio ni siquiera sabía que ya estaba poniendo en práctica mi deseo de abortar. Empecé a tener dolores que subían por el abdomen, a ir al baño continuamente con una diarrea incontrolada y unas nauseas terribles. Pensé que me moría. Caí en un estado de semi inconsciencia y después de algunas horas me desperté en un charco de sangre. La hemorragia era imparable, no paraba de perder sangre y sentía como si la vida saliese de mi cuerpo. No había estado nunca tan mal. Pedí auxilio y volví al hospital, donde me hicieron una nueva ecografía y recibí la noticia de que el aborto se había celebrado con “éxito”. En realidad, allí se ejecutó mi verdadero drama. Todas mis creencias se derrumbaron una a una, y caí en un estado de depresión terrible, siempre estoy llorando y a duras penas consigo encontrar fuerzas. Ahora me siento culpable frente a mi novio, que, por otra parte, he perdido, y sobre todo frente aquella criatura. Tengo que empezar de nuevo a reconstruir toda mi vida, pero sé que este recuerdo no me abandonará”.
Ana era una joven como tantas otras, con esas ganas de vivir incontrolables, con esa convicción de meterse el mundo en el bolsillo y una seguridad en sí misma que le lleva a hacer lo que le da la gana. “También en esa ocasión pensaba que había hecho la elección más adecuada. Así es como te venden en los periódicos la Ru486. Creía que era una conquista de la ciencia y en cambio, mi vida terminó con aquella pastilla, que te hace creer que no abortas cuando, en realidad te mata a tí además de a tu hijo…”.
Anna saldrá adelante. Su recuperación empieza aquí, desde su deseo de contar su historia, ocultada también a sus padres: “No quiero que otras chicas sigan mi camino, deben saber lo que les espera. Querría decirles sólo esto: cuidado con las falsas libertades y sobre todo, no decidáis solas. La vida, desde su comienzo, también en el momento del drama, se puede transformar en un don. Yo me he dado cuenta demasiado tarde, pero para vosotras todavía hay tiempo”.
Poco hay que añadir a esta historia, tantas veces repetida y ocultada a la opinión pública en España cuando se saca a debate público el aborto y la ley eufemísticamente llamada de Interrupción Voluntaria del Embarazo que, como vemos, no sólo interrumpe (cercena) una nueva vida, sino que rompe para siempre la vida de tantas jóvenes como Anna, que nunca más sonreirán con esperanza en el futuro.
Sólo remarcaré tres realidades con que este relato acusa a quienes se hacen ciegos ante el drama y proponen soluciones ideológicas contra la vida y contra la mujer.
Primera: en España, el aborto ha instaurado una cultura de la muerte que trivializa la vida. En España se termina con una vida, y con un proyecto de vida, con un simple vaso de agua que empuja una pastilla. Y en Red Madre Valencia sabemos, y acusamos, que en los centros de Salud de Valencia y de España se da esta pastilla para que se la tome la madre en la soledad de su casa, sin más explicación que decir ‘con esta pastilla se acaban tus problemas’. Nada más fácil y “limpio” para los “médicos” y los “políticos”, y nada más falso y trágico para la mujer.
Segunda: el proyecto de ley que está en discusión en el Parlamento plantea un dilema falso e injusto. La madre no es la dueña de la vida de su hijo, sino su custode. No podemos dejar sola a la mujer ante la responsabilidad de una nueva vida. En primer lugar, hay que dar responsabilidad al padre, que para nada aparece en el proyecto de ley, dando por buena la quimera de que la mujer es la única dueña de la vida. Y luego la sociedad debe ayudar a asumir la responsabilidad y dar alternativas al aborto. Justo lo que no hace el Proyecto de ley, que instaura el concepto ideológico de la salud sexual y reproductiva y eterniza el origen del problema con su proyecto de banalización de la sexualidad en nuestras escuelas, consagrado en sus artículos 9 y 10 y en EpC.
Tercera: el aborto es una auténtica violencia contra la mujer. La única salida que se le da es la condena a la soledad y el drama de matar a su hijo. Y esto es inhumano, trágico e injusto.
Una historia para reflexionar, un acicate para dar salida a tantos problemas que no se solucionan con el aborto, sino que se agravan. Es hora de que tantas mujeres que sufren en soledad alcen la voz como Anna y digan: no es verdad, no nos engañéis, ¡¡la solución es la vida!!