[Ante la pintura. Narraciones y poemas, de Robert Walser. Edición de Bernhard Echte. Siruela, 2009. 132 páginas]
Son textos que el autor de El Paseo escribió al contemplar algunas obras maestras de la pintura renacentista y moderna: Apolo y Diana, de Lucas Cranach; Venus de Urbino, de Tiziano; La Piedad, de Van der Weyden; La educación de la Virgen, de Rubens; Paisaje con la caída de ïcaro, de Brueghel el Viejo; Regreso del hijo pródigo, de Rembrandt; La danza, de Watteau; La libertad guiando al pueblo, de Delacroix; La ronda de presos, de Van Gogh,…. Artículos, poemas, pequeños relatos, bocetos en los que, típico de Walser, el tema pictórico es un punto de partida para contar anécdotas aparentemente triviales. Nadie espere disquisiciones canónicas sobre la pintura. A Walser le encanta irse por las ramas, trazar laberintos de andanzas y encuentros personales, historias que entran y salen constamente del objeto contemplado, el cuadro. Otras veces, como ante la Venus de Urbino (1538) de Tiziano, la imagen da pie a una recreación sensual en un soneto o cualquier otra forma poética. Su estilo es siempre puntilloso, ostensiblemente arcaico y ceremonioso. A veces puede parecer naif; otras, que se burla del lector con una solemnidad impostada. La subjetividad de Walser es morosa con los objetos y los caracteres humanos. Consigue ponernos en tensión con trivialidades cotidianas, sucesos muchas veces patéticos o chuscos. ¿Cómo lo hace? Dilatando esos hechos, volcando un lenguaje microscópico en la celebración de lo insignificante. Nos muestra que la vida es una sucesión de acontecimientos sin sentido y, al mismo tiempo, suscita en nosotros la expectativa de una palabra que merodea por el significado del mundo. Walser apuesta toda la poesía a lo que no tiene Verdad, como quien se enamora de una piedra. Lo hace con una entrega gozosa y enfática a cada detalle de cada objeto. Su neurosis es bondadosa y festiva. Ante la falta de significado de todo, su subjetividad no es sombría, sino eufórica. Esta primorosa edición de Ante la pintura. Narraciones y poemas, con reproducciones muy fieles a los colores y texturas originales de los cuadros contemplados por Walser, ha estado al cuidado del señor Bernhard Echte, que firma el epílogo, y se publica en España por Siruela, que ha venido difundiendo en nuestro idioma la obra de este heterodoxo de la literatura alemana nacido en 1876 y fallecido en 1956, a la manera de sus personajes, tendido sobre la nieve cerca del manicomio de Herisau, donde pasó parte de su vida.
Imagen: Vincent Van Gogh, ‘La Arlesiana’ (Madamme Ginoux, 1888). Museo Metropolitano de Nueva York.



Este domingo se ha activado la iniciativa
1. Porque el aborto es un mal objetivo y me opongo a que se apruebe en mi nombre cualquier ley que lo multiplique.
Volver de la nieve por la tarde tiene ventajas e inconvenientes. Volver por la tarde, cuando el sol es una mandarina pocha y el cielo se desarbola como sábanas en la mañana de Reyes, ofrece una visión panorámica de los estragos. El primer autobús después del temporal atraviesa cauteloso una blancura salvaje, hiriente a los ojos. Ser el primero en verlo está bien porque puedes ponerle el nombre que quieras o puedes dejarlo todo en su intacto silencio sin borde ni centro, lo que creo que es más fiel. Últimamente, menudean las descripciones fatalistas del paisaje. ¿Que el señor Zapatero ha destrozado a esta generación? La lluvia, sin lugar a dudas, cae ponzoñosa y el prado se vuelve un lodazal. ¿Que unos políticos infames y una morralla envilecida hasta las cachas, a lo que llamamos Democracia, han enseñoreado la mentira, el pillaje, la cobardía y el deshonor como modelos de conducta? Lo suyo son árboles cenizos, un cielo opresivo, animalitos machucados en el asfalto, desaprensivas tormentas, pies fríos. Es de dudoso gusto –diga lo que diga mi admirado E.M. Forster- imponerle estados de ánimo a la naturaleza, pero resulta una grosería de la peor clase mezclarla en la política . Lo malo de volver de la nieve por la tarde es que las aceras de Madrid están untadas por una papilla parduzca y gélida. Los dueños del cotarro dan vueltas a la última entrevista del señor Rajoy – “No dimitiré si se demuestra que hubo financiación ilegal en mi partido. Eso no lo hice yo”- y las últimas declaraciones de la señorita Pajín – “Zapatero es nuestro mejor candidato”- . Hay pisadas de sal y arena en los vagones del metro. Restos de periódicos gratuitos tirados por el suelo. “El Madrid calienta el Bernabéu”. Rostros cetrinos descifrando impresos oficiales. Paradas en medio del túnel. No lo digas. No fuerces el lenguaje de las cosas. Recuerda que vienes de un lugar más puro. No lo digas. No…
Florecen por doquier los herederos de Albert Camus, cincuenta años después de su muerte. Sarcástica progenie de un individualista que rehusó crear o adscribirse a prole alguna; que denunció el sectarismo de todos los signos y combatió la degradación simiesca del hombre por la ideología. Porca miseria: el lenguaje mugiente de la manada, a izquierda y derecha, conmemorando como “uno de los nuestros” al especimen rebelde. La confusión de las tribus, el polvo de la estampida, retumbando gutural : “el hombre, el hombre…” Si Camus es un modelo para los sectarios de hoy, apaga y vámonos. En El País, el señor David Trueba
Se supone que hay una imagen que contiene todo y todo lo explica. La abeja reina de las imágenes, protegida por un enjambre de tumultosos recuerdos. Se supone que nació como un suceso trivial que, sin embargo, configuró la conciencia de todo lo demás. ¿Fue la hosca sedosidad de las algas bajo los pies, en la playa? ¿O tal vez algo abstracto como el miedo a las imágenes del relato de Arturo Gordon Pym leído con sarampión, fiebre de 40, entre sueños delirantes? No lo creo. No me veo de viejo, dando las boqueadas en mi cama de asilo y murmurando con fatigada ansiedad “¡Rosebud! ¡Rosebud!”, o recordando con vívidos detalles el tren de un parque de atracciones, compuesto por tres vagones para seis niños cada uno, cuya locomotora eléctrica exhala un simulacro de humo, adentrándose incesantemente en “un bosquecillo de pesadilla”, como Wladimir Blagidze es capaz de recordar con un balazo en la cabeza al final de la primera parte de ¡Mira los arlequines!. No. Más bien me mueve la imagen que está por llegar, la imagen futura. Puede aparecer al final, para supervisarlo todo y darle un sentido. O puede que nunca llegue: que la madeja de literatura y vida carezca de abeja reina. Hay días en que la promesa parece a punto de cumplirse. Defender el derecho a la vida, promover la libertad individual, todo eso da un sentido, promete una imagen. Otros días, como hoy, puedo pasarme un buen rato observando a la gente en el Metro, en un Starbucks o simplemente por la calle, intentando atrapar un poco de verdad, anotando minuciosas descripciones en una hoja para encontrar ese trozo de pureza. No suele ser una buena idea meter la mano en su guarida. A veces, con un poco de suerte, sales con un ascua de miel entre los dedos y la piel machucada a aguijonazos.
De 1968 es el poema de Jaime Gil de Biedma, Píos deseos para empezar el año. Hoy la gente no desea. Hace pronósticos. Directamente encarga el futuro como quien llama a Telepizza. Va a pasar esto, lo otro y lo de más allá. La arrogancia de los expertos ha enterrado la vieja humildad de soñar.
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