Atracón de sofismas y festín de manipulaciones en el veinte aniversario del derribo del Muro de Berlín. La palma a la gula falsificadora se la lleva, cómo no, El País y aledaños. Unas palabras sobre dos documentos significativos de la edición de este domingo: el editorial y un extracto de un prólogo de Helmut Kohl a las Memorias de Knaur Taschenbuch Verlag, igualmente destacado por el diario regimental.
En su editorial de este domingo, El país equipara moral y racionalmente colectivismo y libre mercado. Forzada, sin sonrojo alguno, esta falsificación disparatada, la cosa llega directamente a la consigna para el presente: el capitalismo se derrumba igual que se derrumbó el comunismo.
Véase:
“La utopía de la economía planificada fue sustituida muy pronto por la utopía de la desregulación de los mercados, que es la que ha entrado en crisis en vísperas de este vigésimo aniversario de la caída del Muro. A un extremo en materia económica le sucedió el contrario, como si, en la vorágine de las transformaciones que tuvieron lugar en 1989, se hubiesen olvidado las lecciones que aconsejan actuar con pragmatismo y no bajo el impulso de imperativos ideológicos. De algún modo, la crisis de entonces contemplada a la luz de la de hoy exige alcanzar consensos políticos que permitan a las sociedades avanzar tanto en justicia como en libertad, sin sacrificar un a la otra”.
El dia del colapso de Lehman Brothers, el señor Iñaki Gabilondo abrió su telediario en el canal Cuatro con el jubiloso comentario de que, al fin, ha caído el Muro que faltaba.
Una de las ventajas indudables que debemos a los alemanes y demás europeos subyugados que ganaron su libertad en aquellos días es que el pensamiento falsificador ha perdido enrevesamiento y ganado en claridad. Durante la Guerra Fría, los amigos de la Tiranía que formaban su quinta columna en el interior de Occidente tenían que hilar muy fino para justificar las bestialidades sabidas del otro lado. Invocaban grandes palabras vacías como “paz”, “desarme”, “neutralidad”, “pobreza”, “Tercer Mundo”,… que ellos llenaban de reproches a Estados Unidos y una matizada comprensión de las dictaduras, siempre que fueran dictaduras en aras de la justicia social y el bien del pueblo. Eran, en este sentido, unos sofistas cuidadosos con la inteligencia ajena, de la que desconfiaban, como siguen haciendo, pero a la que entonces acostumbraban a engatusar con un lenguaje oscuro e hipnótico sobre lo complejo y lo relativo.
Los llamados “intelectuales” del auto-odio occidental se han vuelto más toscos en sus falsificaciones, probablemente porque el horror salta a la cara en la era de Internet, mientras que antes era posible ocultar una paliza como la de la policía cubana a la periodista Yoani Sánchez, o disfrazar de leyenda urbana la brutalidad del islamismo con las mujeres y con los que no comparten su código moral y político. Pero, aunque simples en sus mentiras, siguen intentando destruir sañudamente el tipo de civilización y el tipo de testigos que fueron capaces de denunciar la tiranía soviética mientras ellos templaban gaitas con lo complejo y lo relativo.
El editorial de El País de este domingo es un buen ejemplo de esta degeneración hacia lo burdo y lo absoluto de la mentira en este nuevo siglo en el que la libertad sigue tan acosada como hace veinte años, si no más, por los que antes justificaban la opresión y hoy invocan el pragmatismo, el consenso y un Gobierno mundial desde sus puestos de mando político o dirección intelectual de las sociedades occidentales. Equiparar moralmente, y hacerlo sin ambages, colectivismo y mercado no resiste el examen más indulgante de la razón. En contra de la mentira acuñada por el editorialista, no existe una “utopía de la desregulación” ni un “extremismo” del libre mercado que se haya impuesto, como el movimiento de un péndulo, tras el derrumbe del modelo comunista. La crisis en curso, si de algo es consecuencia, es de la intervención de los Gobiernos en la economía a través, fundamentalmente, de experimentos con el crédito y la acuñación de moneda. Es, precisamente, la política cortoplacista, ese keynesianismo dogmático que se perfila en la invocación al “pragmatismo” en el editorial de El País, la que ha causado la crisis económica, y no ninguna “utopía de la desregulación”, que nunca ha existido y que, en todo caso, por lo que se percibe del consenso intervencionista en ciernes, está más lejos que nunca de realizarse.
El segundo gran sofisma de la conmemoración del veinte aniversario del derrumbe del Muro consiste en advertir, como hace el diario El País y como hizo este domingo una contertulia del programa A vivir que son dos días, de la SER, que la libertad debe condicionarse a la realización de un ideal de justicia social. “La libertad sin justicia social no tiene sentido”, dijo la tertuliana. El País, por su parte, exige “alcanzar consensos políticos que permitan (…) avanzar tanto en justicia como en libertad, sin sacrificar una a la otra”. Dos décadas, y estamos donde estábamos, o peor, más atrás, en términos de cultura política. Porque no es la justicia la que condiciona la libertad, sino al revés: es la libertad la condición previa de la justicia, así, sin apellidos. La justicia nunca puede ser social. La justicia es lo debido a alguien, a un individuo concreto, no a un grupo ni clase social. Y lo primero que se le debe a un individuo, la Justicia primera con una persona es disponer de su vida libremente. Pues bien, editoriales como el de El País y comentarios como los que se escuchan a diario en la SER (y no sólo en la SER: he oído y leído cosas parecidas, o peores, estos días, en la COPE, en esRadio, en Libertad Digital y en ABC, que excuso citar aquí, para no aburrirme, extendiéndome) indican el grado de involución liberticida en la política y en el discurso prevalente veinte años después de lo que se llamó insensatamente “el fin de la historia”.
Por último, una nota sobre el extracto del prólogo del sr. Kohl, protagonista de los fastos del veinte aniversario del fin del Muro de Berlín. Dice Kohl en ese prólogo que el único mandatario que estuvo a su lado en su política de aquellos días fue Felipe González. El ex canciller define esa política como un delicado juego de equilibrio entre el objetivo de la reunificación alemana y el deseo de no importunar al Oso soviético ni provocar un distanciamiento que deviniese ruptura irreparable. Kohl atribuye a la OTAN un papel decisivo en el desenlace de la Guerra Fría. El despliegue de misiles en Alemania en 1982 fue clave en ese proceso. Kohl perseveró en la decisión, con el SPD en pie de guerra y multitudinarias manfiestaciones en la calle. Al leer esta evocación, he pensado en cómo serían las cosas hoy en Europa, si el dilema volviese a ser entre disuasión o pacifismo unilateral. No me cabe la menor duda cuál sería la opción y de qué lado estaría el sr. Rodríguez Zapatero: del lado de las pancartas, por supuesto. Gracias a Dios, vivimos el momento más delicado de la historia europea con líderes más capaces que el sr. Zapatero o el sr. Chirac. El ex canciller Kohl es, a mi humilde juicio, bastante injusto con la sra. Tatcher y con el presidente francés Mitterrand (qepd). La renuencia inicial de la sra. Tatcher a la reunificación alemana está más que justificada, vista con la debida perspectiva. Ella no estaba pensando en una Alemania fuerte, potencial amenaza, de nuevo, para Europa, sino en todo lo contrario, una Alemania unida pero neutral frente al conflicto decisivo que enfrentaba el mundo, el conflicto entre la libertad y la tiranía. Distinta fue la motivación del sr. Mitterrand para ver con cierta aprensión, al principio, la reunificación. El líder francés temía, precisamente, un recrudecimiento de la tensión entre los dos bloques. En aquellos momentos, la reacción del Oso era una incógnita. En todo caso, en el interesante y revelador prólogo del sr. Kohl, que el diario El País extracta este domingo, se percibe, no sin nostalgia, el abismo que separa la calidad de aquellos políticos y los que, actualmente, tienen las riendas de Occidente en sus manos.
En La gran mascarada, publicado hace diez años, es decir, a mitad de camino de los fastos tramposos que hoy se conmemoran en Europa, Jean Francois-Revel supo advertir sobre el rearme ideológico de la izquierda europea heredera o usufructuaria (caso de la socialdemocracia) de la tiranía comunista. Yo creo que lo que el gran Revel no alcanzó a ver fue que el triunfo ideológico de la izquierda no llegaría por la vía de la habilidad y de la excelencia intelectual sino del populismo.



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