Una agenda para la opresión

Hay un acuerdo de las élites gobernantes y de la Opinión sobre el catálogo de prioridades de la política de nuestro tiempo. Si uno repasa los discursos conmemorativos del derribo del Muro de Berlín, como si lo que hace es leer el artículo de un académico conservador como el sr. Timothy Garton Ash en la edición de este sábado de El País (en el que interpreta el bajo perfil de la nueva representante de la política exterior de la UE, la sra. Ashton, como signo de un “lento declive” y reconversión de Europa en un museo del bienestar tan caro como irrelevante), la lista de problemas que encuentra es la misma: cambio climático, China, Rusia e integración del mundo musulmán en la nueva gobernanza mundial. 

Resulta que, después de todo, nuestro presidente no iba desencaminado al elegir, como prioridades de su propia agenda, el cambio de modelo económico, so pretexto de frenar un supuesto calentamiento del planeta por humana inducción, y el cambio de sociedad, con la excusa de atender en pie de igualdad a todas las formas de vida. La diferencia con otros mandatarios es que estos se reúnen en el G-20 o en los Consejos de la UE sin que nada cambie, aunque hagan como que sí, como en el célebre apotegma del Gatopardo ; mientras que el señor Rodríguez Zapatero no es un simple farsante de las reformas, sino que se lo toma en serio y, como buen extremista, se aplica a su ejecución con todas sus consecuencias.

Una anécdota quizá sirva para ilustrar tal actitud: en el primer debate parlamentario sobre el proyecto de ley del aborto, celebrado el pasado jueves 26 de noviembre, constaté desde la tribuna del público que el presidente del Gobierno siguió todas las intervenciones desde su escaño, mientras que el jefe del PP llegó justo a tiempo de pulsar el botón del voto, al final de todo; ni siquiera estuvo el señor Rajoy para escuchar a la portavoz de su grupo, la señora Sandra Moneo, en la intervención más brillante de la sesión (por verdadera, por fundada en hechos y en razón; algo, el respeto a la verdad, la fidelidad a los hechos, la escucha del otro,… de lo que carece casi por completo el mezquino y grosero estamento político español del momento).

Está claro que al señor Zapatero le importa su misión y la realiza personalmente. Es un proyecto de exclusión del otro, un proyecto esencialmente opresivo. Lo ha sido desde el primer día de su mandato. Para todo lo demás, el menú diario de improvisaciones fotogénicas (la respuesta a un acto terrorista, un padre angustiado por la desaparición de su hija, el paro galopante o, en general, para el choque de los hechos con su brutal política), como hemos sostenido en una nota anterior de este blog, tiene un folio en blanco. Pero en el seguimiento de su misión de fondo, que es transformar el orden social y convertir al discrepante en disidente, su pulso es de hielo y su determinación, insobornable.

La novedad de la Transición iba a ser, tenía que ser, una derecha demócrata y nacional de liberales y conservadores. Las izquierdas y los nacionalismos son los de siempre y hacen lo que siempre han hecho: alentar el odio al otro y perseguir su exclusión civil y penal. Lo nuevo, el gran desafío, era y sigue siendo conseguir que la democracia de las masas (donde chapotean a sus anchas el socialismo y las ideologías de la identidad) se convierta en democracia de los ciudadanos. Fue el ideal de Ortega, que distingue entre hombre-masa y ciudadano: mientras el primero necesita una instancia superior que lo dirija, el segundo es capaz de producirla por sí mismo, la lleva en sí en forma de principios. Fue, también, el ideal de Herrera Oria (véase nota anterior, sobre el libro que el profesor Agapito Maestre dedica a la figura del abogado, periodista y cardenal de la Iglesia) ese “ciudadano cristiano” que acata las instituciones, que quiere participar en ellas sin dejar de resistirse a leyes injustas.

Esa creación de un nuevo sujeto político, el ciudadano, el demócrata de base liberal o conservadora, ha fracasado porque quienes tuvieron en la Transición la responsabilidad de crearlo no lo hicieron: los señores que fundarían UCD y AP, las élites intelectuales tradicionalistas y liberales y, por qué no decirlo, también una jerarquía eclesiástica que, bajo la dirección de Monseñor Tarancón, no supo extraer lección alguna de los desastres que una política de las masas produjo en los dos últimos siglos de España, y aceptó que el “ciudadano cristiano” quedase relegado del pacto constitucional en aras de una mal entendida reconciliación con las izquierdas y los nacionalistas, que nunca han querido reconciliarse, sino linchar al que piensa distinto.

En una creación constitucional sesgada desde su origen, la Monarquía, tan necesaria en España como fuerza moderadora de la cuestión nacional, como demuestra nuestra historia, podría haber sido esa garantía última de la libertad individual, un escudo que nos protegiera, por igual, frente a abusos e intromisiones del Gobierno, como frente a veleidades revolucionarias o colectivistas.  Sin embargo, tampoco en esto parece que hayamos tenido demasiada fortuna los españoles de mi generación.

En sus Reflexiones sobre la Revolución en Francia, Edmund Burke repugna las destituciones de reyes y gobiernos por el populacho sublevado. Burke sostiene que sólo es legítimo deponer a un estadista, si este incumple claramente un pacto cuyas condiciones han sido claramente tasadas. Por ejemplo, evoca el caso de Jacobo I, depuesto por el Parlamento inglés por haber “intentado subvertir la Constitución quebrantando el contrato original entre el rey y el pueblo”. ¿Cuáles son las obligaciones, hoy, de un rey con su pueblo? La respuesta es: las mismas de siempre, proteger la libertad individual a través de la ley (no olvidemos que el Rey sanciona las leyes: sancionó el Estatuto de Cataluña como le tocará sancionar la ley del aborto), situarse por encima de la política, no para inhibirse de la política, sino para rescatar a los ciudadanos de la política; todo ello por medio de la ley. Si ese pacto no funciona, si una de las dos partes no lo cumple, ¿qué sentido tiene la institución? Puede que lo tenga para el hombre-masa, el bruto que se contenta, en su mísera servidumbre, con el teatro de la política, pero no para el que quiere ser ciudadano y no súbdito.

Cualquiera con un mínimo grado de conciencia de la historia española comprende fácilmente que la peculiar textura de nuestra cuestión nacional, esa trama, casi siempre conflictiva, siempre en tensión, de intereses regionales y acendrados resentimientos de clase (anticlericales, anti-liberales, anti-aristocráticos,…), no admite otra solución constitucional que la forma de una Monarquía. Sólo imaginar, como le dijo el profesor Pedro Schwartz a su discípula, doña María Blanco, que alguien como el señor Zapatero pueda ser presidente de una República española, pone los pelos como escarpias.

Sí, ciertamente una solución rupturista nos espanta hoy al igual que espantó a Burke al contemplar, aterrado, lo ocurrido en Francia. 

Sin embargo, esta certeza no resuelve el problema de fondo, cual es la exclusión de ciudadanos españoles del espacio público por el mero hecho de querer ejercer su libertad en la educación de sus hijos, en la protección de derechos humanos básicos como el derecho a la vida, en su legítima aspiración a que sus principios cristianos influyan y sean decisivos en la vida política, …

¿Qué podemos y debemos hacer, quienes acatamos las instituciones, para impedir que otros las usen para oprimirnos?

El proyecto sustancial de Zapatero, su agenda de fondo prosigue sin grandes obstáculos a su paso. No es el proyecto en el que los españoles están pensado cuando buscan un trabajo o aspiran a su independencia y su bienestar, pero, siendo mayor que hace treinta años, el número de ciudadanos dispuestos a defender su libertad es aún claramente insuficiente, y el socialismo y los nacionalistas siguen y seguirán avanzando en la imposición de su proyecto colectivista y excluyente.

Esos “ciudadanos excelentes”, en definición orteguiana, tan distintos del hombre-masa al que halagan hoy, por igual, las derechas y las izquierdas políticas y culturales; esas gentes que salen al espacio público y se resisten a ser excluidos, no tienen en la actualidad a nadie que les represente. Tampoco en esto, la traición del sr. Rajoy es una novedad en la desgraciada historia de la España contemporánea.

5 Respuestas a “Una agenda para la opresión”


  1. 1 Luna

    Víctor: Has dado en el clavo al tocar el tema del acuerdo de los gobernantes sobre las prioridades políticas de nuestro tiempo. (En cuanto a la opinión, discrepo. Aquí lo que tenemos en la mayopría de los casos es una mayor tirada de la prensa venal y subvencionada por los gobiernos).
    Este acuerdo obedece a un nefasto modo de gobierno, que no presta la debida atención a solucionar los problemas existentes en su totalidad, que usa de la prioridad como excusa y cortina de humo para tapar sus negligencias o intencionados ataques al derecho y a la justicia.
    Tiene un doble efecto: Pervierte las escalas de valores humanos, colocando los de rango menor sobre otros, dando por más necesarias cosas que lo son menos, y legitima la dedicación de tiempo y dinero para paliar la ineficacia y colocar al ciudadano entre la línea de “enemigo o amigo” del estado.
    Siempre que se dé, es un síntoma de mal gobierno, que se presenta al lado del abuso, a quien veremos acompañar.
    El gobierno no es quién para decidir e imbuir el ideario de un pueblo. En todo caso, debería escucharlo y seguirlo, si alguna actitud frente a éstos le cabe legislativamente.

  2. 2 Oxaì

    “Ciudadano que produce la instancia por sí mismo” Efectivamente, esto ha desaparecido. Lo veremos cuando rebatamos cualquier argumento y quedemos automáticamente encasillados en alguna circunscripción o tachados de fanáticos. Ya sólo existe la idea de lo social. El indivíduo, si no dirige una de las circunscripciones mencionadas, no es considerado como tal y si lo hace, se le tiene por una consecuencia.
    Por aquí veo desaparecer la libertad o al menos, el criterio de que puede existir en cada hombre. Y esto encaja con el efecto que ha descrito Luna.

  3. 3 Oxaì

    Oxai:
    Hay una excepción, que son los que dicen ser “ciudadanos del mundo”.Autoencasillados, tienen la etiqueta de libres por el simple hecho de no asumir con responsabilidad sus obligaciones y despreocuparse de todo.
    No obstante, tu comentario hace reflexionar. Si vemos al prójimo aplicar estos mecanismos, habremos de mirar si a nosotros nos sucede lo mismo de manera inconsciente, porque el fenómeno que describes se ha de parar de alguna manera.
    Lo creo resultado de un régimen totalitario, que es lo que sufrimos en esta república encubierta. Ni más ni menos.
    Nos dirán que “nos metemos en política” en los comentarios. Respondo que nos mete el Gobierno y nosotros denunciamos este hecho.
    Personalmente, denuncio que “meten en política” la moralñidad, en lugar de usarla para hacer política. Queda patente con los hechos mencionados en el post, especialmente las manipulaciones sobre la ley del aborto.
    No sé si tu lo verás, Oxai, pero a fuerza de leyes, están legislando cómo debe funcionar la conciencia del ciudadano y creando un sentido del bien y del mal dependiebnte de lo que disponga la ley. Pero nunca dejarían que la intromisión se hiciera en el sentido opuesto (Que sea la conciencia quien dicte las leyes).

  4. 4 Luna

    Perdón por la confusión entre nick y vocativo. El comentario anterior, de Luna, va dirigido a Oxai

  1. 1 used pianos
    Dirección Trackback a 18 Diciembre 2009 @ 2:43 am

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