I.
Hay resistencias absurdas a adquirir ciertos conocimientos prácticos. Entre las mías, una de las más contumaces es aprender el maldito horario de autobuses. Cuando lo examino, reconozco sin dificultad un patrón temporal tan sencillo, que cualquier niño podría adoptarlo. Está claro que los días laborables pasa cada hora a las menos cinco y los festivos, también. Entonces, ¿por qué llego siempre cinco minutos después de que haya pasado?
El martes, no, fue el miércoles cuando había tres hombres sentados y otro de pie bajo la marquesina. Algo era distinto: un sol de cosquillas te acariciaba la sien con guedejas cristalinas. La luz parecía recién nacida desde detrás de unas pocas nubes altas y redondeadas que iban desprendiéndose como un cascarón. El color de las cosas se desperezaba: el chopo de la plaza tintineaba de esmeraldas mojadas, el cielo era un pozo azul, los campos de trigo retozaban con la brisa como un cachorro de león. Fue el miércoles, seguro, porque el martes todo era igual que antes, recuerdo perfectamente que aún duraba el invierno.
Uno de los hombres tenía el mentón apoyado en las manos cruzadas que, a su vez, descansaban en la cabeza de un bastón. Se polemizaba sobre cómo cultivar tomates con el menor esfuerzo posible. Se puede plantar matas aeropónicas, con las raíces al aire, sin apenas cavar, sostuvo el que estaba de pie, calibrando el palmo del terreno y los dos golpes de sacho que serían necesarios para que los tomates de ensalada brotasen del aire. Eso es un disparate, objetó uno de los que estaban sentados, dos ranuras socarronas tras unos cristales ahumados, gorra castiza a cuadros, el único sin bastón. El problema es el sabor. Los tomates ya no saben a nada, terció a su lado el que llevaba un mono azul de faena y unas pantunflas de pana. Prosiguieron la cháchara y los puyazos, con ramificaciones hacia el precio de las mandarinas o sobre dónde comprar papas nuevas en Colmenar de Oreja.
En la marquesina de Chinchón, decir “Colmenar de Oreja” o “Villaconejos” o “Aranjuez”, y no digamos “Madrid”, sigue siendo para los mayores un símbolo de aventura. Pasan autobuses, suben y bajan jornaleros ecuatorianos y eslavos a trabajar en los viñedos y los olivos, madrugan universitarios de la Rey Juan Carlos, oficinistas van y vienen rutinariamente de Madrid, … pero ellos, los hombres de la marquesina, están atentos a la variación de las cosas que no cambian. Incluso el movimiento (que nos parece ciego y disolvente) de las masas de la vida moderna sigue un orden inmutable hecho de repeticiones en las formas de la supervivencia y la felicidad. Patrones de autobuses y tomates, que los hombres de la marquesina -alguien tiene que hacerlo- custodian por todos nosotros.
He dicho que eran cuatro.
Uno de ellos mira lejos, mudo. La bufanda de cuadros engulle como a un tuareg la mitad de su cara cetrina y huesuda. El resto, lo que se ve, es una frente dorada y pecosa subiendo por una irregular escalera de surcos hasta que, hacia los lados y hacia atrás, brotan unos pelitos finos y cortos como un césped de ceniza perfectamente cortado. Usa gafas con montura de metal antiguas, demasiado grandes para una cara ínfima que parece que va a desvanecerse de un momento a otro, dejando en el aire la bufanda y la montura de un hombre invisible.
Ha recostado el bastón entre la acera y el asiento de la marquesina, y tiene las manos juntas. Más pecas y huesos y, no obstante, unos dedos largos y educados que contrastan con las mazas de labranza de sus amigos. Un discreto, prácticamente imperceptible, gesto con los dedos, imposible decidir si recorriéndolos falange a falange o estrujándolos en bloque, es el único signo de vida, pero qué signo: una llama. La mirada en algún punto lejano, impenetrable. Silencio ardiente entre la caterva frutal de los paisanos.
Todos hemos observado a ancianos que prefieren escuchar a hablar, que siguen la conversación de sus pares sin apenas intervenir, cuando se encuentran a diario en el parque o en la asociación de jubilados. Si llego a esa edad y me encuentro un día supervisando las cosas inmutables, me gustaría ser como uno de esos ancianos silenciosos y tener amigos que me eximan del penoso e inútil empeño de decir. Pero, aunque sólo permanecí bajo la marquesina 55 minutos, estoy en condiciones de asegurarles que el silencio de este hombre era de una naturaleza distinta; no el típico de los que siguen la corriente por comodidad o timidez, sino uno de cuerdas tensas y vibrantes, como hecho de aceptación e inminencia.
Se fueron marchando: el que apoyaba la barbilla en el bastón, a preparar el caldo para el almuerzo; el de la chispa en los ojos, al centro de salud; el del mono azul y las pantunflas anunció, finalmente, que se acercaría a la plaza mayor a comprar pan. A todos les dije adiós con una amabilidad sobreactuante, más que nada porque, ante la imperturbable fijeza del de la bufanda, me sentía obligado a ser cortés por los dos.
Nos quedamos solos bajos la marquesina, en silencio. No me atreví a abrir Undécima poesía vertical, de Roberto Juarroz, que había dispuesto como lectura del bus para el viaje de ida y vuelta de ese día. Las manos de aquel hombre reposaban ahora en el aire, colgadas de las dos rodillas. No sabría decir cuánto tiempo pasó antes de que oyera por primera vez su voz, pero fue un buen rato de meditación y pájaros. Me cogió desprevenido cuando, sin dejar de mirar al frente, dijo: “Ya han puesto el quiosco de los helados”.
En la esquina del almacén de aceite, han traído una caseta de Frigo, cerrada y con el cable eléctrico enrollado en el techo. Ese lugar resulta normalmente intransitable: aparcan coches sobre la acera y la lluvia forma charcos inmundos. Tras las últimas nevadas, se desarboló el patrón de paso de los autobuses y cambiaron de sitio la parada.
II.
Este viernes leí en El País un diálogo de los señores Krystian Lupa y José Luis Gómez sobre el estreno de Final de partida, de Samuel Beckett, el próximo 10 de abril en el teatro de La Abadía, en Madrid. No había oído hablar del señor Lupa, pero eso no importa, porque la periodista de El País asegura que es uno de los directores de escena más importantes del mundo. El caso es que, a medida que voy leyendo el artículo, me interesan más y más las réplicas del señor Lupa al señor Gómez.
Todo el mundo conoce la acción de Final de partida, publicada en 1957: Hamm, un anciano ciego e inválido, convive con Clov, su criado, también aquejado de una rara invalidez que le impide sentarse. Hamm no puede ponerse en pie y Clov no puede sentarse. Ambos se detestan, particularmente Clov a Hamm, pero por alguna razón que no queda del todo clara, están condenados a esperar el final juntos. Hamm es cínico, nihilista, despiadado y, no obstante, pide a su siervo algo que le evoque un corazón. Clov, por su parte, amaga siempre con dejarle, llega hasta la puerta, la abre y, al final, se queda. También están Nagg y Nell, los padres de Hamm, que viven en sendos cubos de basura y carecen de piernas.
El señor José Luis Gómez, que interpretará a Hamm, cree que los símbolos de la obra de Beckett tienen que ver con el horror de la II Guerra Mundial. El señor Lupa no lo tiene tan claro, al autor irlandés no le gustaba que se interpretara su obra con claves extrañas a lo que ocurre en la escena. No obstante, el célebre director concede que la Guerra produjo tal catástrofe moral que, de alguna forma, sus secuelas se vislumbran en la atmósfera nihilista de Final de partida.
“Hasta la II Guerra Mundial estuvimos arraigados en la ilusión de que todos somos buenos, piadosos y humanos. Entonces, millones de estos piadosos obreros y sastres empezaron a matar a otros obreros y sastres de una forma que ni ellos mismos han podido comprender. Hemos encerrado la bestia en una jaula, pero no la hemos transformado”, comenta el señor Lupa.
Poco después, el señor Gómez insiste en que el arte debe servir a la memoria histórica. En España, sostiene, “seguimos tropezando con una sociedad heredera de otra que pasó y hasta vemos cómo un partido como la Falange presenta una querella contra Garzón, el único juez que ha intentado investigar los crímenes de guerra. Para poder vivir tranquilos siempre hace falta un proceso de reparación”.
El director no acepta, no traga, no se rebaja a ser cómplice de la vulgar manipulación política: “… ese proceso [de reparación] siempre será insatisfactorio”, le replica al actor.
“Hace falta un nuevo campo para que nazca un nuevo ser humano. Nosotros estamos demasiado aterrorizados. Y bajo esa oscuridad, bajo ese miedo, el ser humano ya no puede ver a otro ser humano. Sólo vemos enemigos. En Final de partida, la relación entre el miedo y el poder es muy interesante”.
Seguimos avanzando en el diálogo. Ahora hablan de Simone Weil. Al parecer, para el señor Lupa, polaco de nacimiento y experiencia, el pensamiento de Weil está siendo de enorme utilidad para entender la sed de espiritualidad que atraviesa el drama de Beckett por debajo de su silencio nihilista. Los personajes están “moralmente despiertos”. Hamm es “un rebelde que ha llegado al mal y después no sabe cómo desprenderse de él. Algo que a menudo nos ocurre: nos convertimos en recipientes del mal y los caminos al bien nos parecen hipócritas y repugnantes”. El caso es que en los ensayos se cita a menudo a la autora de Espera de Dios.
El señor Gómez acepta el catolicismo de Weil como una referencia inesperada para iluminar a Beckett, pero sólo como exponente de “un cristianismo herético”. Y, una vez más, vuelve al lugar común de la consigna medrosa: “En Polonia, la Iglesia fue beligerante con la dictadura, mientras que en España fue colaboradora con el régimen. En cualquier caso, mi sensación es que la Iglesia ha dejado poco camino para la espiritualidad…”
Esta mezcla de sectarismo y creatividad, de odio a la propia tradición y emulación snobista de todo lo foráneo, de falsificación e impostura, define el estado de la inteligencia artística media en España. Mentes superdotadas se obturan por las orejeras de la ideología. Reducen todo símbolo a alegato cerril, arrastran la imaginación por el lodo del panfleto. Es nuestra fijeza, nuestra inmutabilidad, nuestra contextura vital, nuestro patrón de paso. Seguimos usando “las palabras como pedradas” (María Zambrano). Percibir cualquier movimiento en ese drama, celebrar la novedad por fuera de la arenga excluyente, hallar un corazón entre la molicie mezquina que domina la inteligencia española, es nuestra expectativa de ciudadanos silenciosos y alertas.
III.
Dos mujeres se han acercado a la marquesina. Una resulta ser la esposa y la otra, la hija del hombre cuya voz acabo de oír celebrar el temblor del paisaje creado por la simple llegada del quiosco de helados para los meses del buen tiempo.
La mujer mayor se plantó de pie, delante del marido. Se quedó mirándolo un buen rato con una sonrisa llena de dulzura y, al final, le preguntó: “¿Qué hay, joven?” El hombre murmuró algo que me sonó a: “Bien”, aunque no estoy seguro.
La más joven de las dos abrió una de las bolsas de Eroski, sacó una caja de bayas rojas y la abrió para él. Fue depositándolas en su boca con una delicadeza que me hizo pensar que así es como deben alimentar a los pájaros inapetentes cuando están en cautividad.
-Toma, papá. Marijose nos dijo que son buenas, pero no me acuerdo de para qué. La llamaré luego para que me diga para qué son buenas las bayas.