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Celebración de José Emilio Pacheco

Casi nada aclara esta atmósfera de sordidez.  Hoy ha sucedido una cosa que sí. Hoy le han dado el premio Cervantes al señor José Emilio Pacheco. Nació en Ciudad de México en 1939, y se dio a conocer en 1959 con un libro de cuentos, La sangre de medusa; aunque es su obra poética, conocida a partir del libro Los elementos de la noche (1963) la que lo ha hecho inmortal.  Leyó antes, y mejor que nadie, a Borges, y lo enseñó en varias universidades de los Estados Unidos.  De él ha recibido, sin duda, el linaje filosófico, el gusto por los juegos de simetrías, los cambios de escala y un sentido del humor hecho de paradojas y desmitificaciones.

Poeta de visiones muy depuradas sobre la Verdad oculta en las pequeñas cosas. Sólo alguien que lo ha intentado alguna vez sabe lo difícil que es meter la broca por la superficie de las palabras, coger la vertical, llegar a lo hondo, extraer el concepto en su estado más fresco y puro sin remover ni enturbiar el agua de entrada que es la palabra. Es que es un dolor, una fatiga abominable mantener todo el tiempo esa tensión y tersura de lago quieto. Así, como lago, simbolizó Octavio Paz al señor Pacheco en el prólogo de Poesía en movimiento (1966),  antología de la poesía mexicana contemporánea. Un lago de las tierras altas. Espejo que “contempla, recibe y reflexiona” .

Se parece a esto, pero no es exactamente quietud la poesía del señor Pacheco. Prefiero otros dos símbolos: el saltador y el cristal de nieve. El primero sugiere la verticalidad de fondo característica de su poesía; también la precisión de su lenguaje. Del segundo me interesa esa estructura irisada del copo que refleja el objeto físico en su unidad, sí, pero también lo descompone en una abstracción caleidoscópica: el tiempo, la muerte, la misteriosa hilazón de lo inmundo y lo sublime, la condensación del universo en la física más humilde, el papel de la poesía como acta de algo entrevisto y luego perdido. “Y sin embargo amo este cambio perpetuo / este variar segundo tras segundo/ porque sin él lo que llamamos vida sería de piedra” (Contraelegía).

Este otro poema, La gota, ejemplifica la ingeniería de escalas que tan frecuentemente se da en su poesía: lo infinito contenido en lo ínfimo. “La gota es un modelo de concisión: / todo el universo/ encerrado en un punto de agua”. En La edad de las tinieblas (2009), que acaba de publicarse en España en la editorial Visor, se incluye un Elogio del jabón, “el objeto más bello y más limpio de este mundo”. Va contra el ideal que “su destino sea mezclarse con toda la sordidez del planeta”, lavando nuestra inmundicia. Pero es que “la materia prima del jabón impoluto es la grasa de los mataderos”. Así, el poema, también es ese objeto limpio y hermoso que  procede de lo inmundo y va a lo inmundo. Su verdad aparte, su belleza, existe sólo en esa fugaz transición entre el lodo y el lodo.

Conocí de un modo accidental la poesía del señor Pacheco. Fue en 1995, durante un curso de doctorado sobre el género del Bestiario en la literatura hispanoamericana contemporánea, impartido por la profesora y poeta Esperanza López Parada. Tratábamos con cuatro paradigmas del género: Borges, Monterroso, Arreola y Cortázar. Luego íbamos encajando el resto de las piezas de un bestiario americano lleno de prodigios exuberantes, una modalidad literaria prácticamente desconocida en España a lo largo del siglo XX. Nos movíamos en terreno de frontera: ni poesía ni cuento ni ensayo… bestiario. Descubrí, entre otros muchos, a José Moreno Durand y su Ocaso de sirenas; al gran Rubén Bonifaz Nuño, y a José Emilio Pacheco, el pariente literario de Borges y de Paz, una voz deslumbrante en una generación, la de los cincuenta, llena de voces deslumbrantes, una auténtica edad de oro de la literatura en lengua española, concentrada en México.

Fidelidad a la tradición y contaminaciones jocosas son las señas de este gran poeta. Paciencia y extrañeza ante el objeto real. Limpieza de pensamiento en un lenguaje preciso y sobrio. Humor exquisito e iconoclasta.  Todo eso, y más, es la poesía de José Emilio Pacheco. En esta sórdida ciénaga de mentiras, entre tanta verborrea turbia de políticos y tertulianos, celebro que le hayan dado el Cervantes.